Yo no

Joachim Fest · Capítulo 6 de 13

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Capítulo 5 - Despedidas

CAPÍTULO 5

 

DESPEDIDAS

 

Del verano de 1939 guardo los más felices recuerdos. Un día radiante seguía al anterior, y además hizo tanto calor que el cochero de los carritos Bolle de productos lácteos tenía que poner hielo continuamente. A veces, el camión de riego subía por la calle, rodeado siempre de una cohorte de niños alborotadores, y conservo imborrable el olor que dejaba el vapor del agua con la que mojaban el asfalto caliente. En muchos tramos del recorrido esperábamos ese momento en que nadie nos viera para meternos debajo del chorro del agua, hasta que el personal del carretón, como en el caso del lechero, nos echaba. El calor hacía que resultara demasiado cansado jugar a balón prisionero, por lo que solíamos jugar a pillar la bola, un juego en el que se trataba de hacer correr al equipo contrario calle arriba y calle abajo detrás de una pequeña bola de cuero.

A pesar del sol abrasador, algunas veces jugábamos al fútbol. Todavía recuerdo que nuestra Hentigstrasse 1937, al igual que el legendario Breslau Elf ganó ocho a cero a Dinamarca (todavía puedo citar de corrido los nombres de los jugadores, empezando por Jacob, Janes y Münzenberg, y siguiendo con Kupfer, Goldbrunner y Kitzinger), perdió ocho a cero frente a la Marksburgstrasse; una deshonra que, durante años, clamó por la revancha, que logramos en alguna ocasión. Los frutales estaban muy cargados de frutas en este último verano de paz, y durante el día estábamos muy atareados acarreando agua para los árboles del jardín y para las gallinas. Hacia el final de las vacaciones volvimos a Walken, y al poco de regresar a Berlín, después de las peleas mañosas con el tío y las horas de baño en el lago Packlitz, el cielo se oscureció.

«Habrá guerra», dijo mi padre un día al regreso de su tertulia, «y será inminente». A casi nadie que se lo dijera quería creerlo. «Usted y su pesimismo», le llegó a decir, incluso, algún amigo. Cuando estalló el conflicto, sufrió un nuevo desengaño. Estaba de acuerdo con sus compañeros de tertulia en que Hitler era del tipo de «cobarde temerario»; las personas así suelen llegar al límite, pero al primer contratiempo serio se rompe la cuerda y, con lo que les queda de petulancia, se pegan un tiro. Todos los tertulianos estaban de acuerdo en que Hitler era un suicida nato. Sin embargo, tanto los ingleses como los franceses habían permanecido inflexibles, y Hitler no se había suicidado por eso. «Éste se carga todos los principios», dijo mi padre durante la cena del segundo turno.

El sábado 3 de septiembre de 1939, cuando empezó a correr el ultimátum británico de dos horas, después de ir a la iglesia nos dirigimos a casa de los abuelos a desayunar. Mi madre estaba totalmente afligida, y unos días antes la había escuchado decirle a mi padre: «¡Todavía nos van a quitar a los niños!». Hacía años que lo arriesgaban todo, replicó mi padre, y habían conseguido muy poco, y ahora mi abuelo intentaba tranquilizarlos afirmando que Wolfgang y yo éramos demasiado jóvenes para esta guerra, que los avances de la tecnología no permitirían los frentes fijos y que la contienda duraría uno o dos años como mucho. Tras la comida emprendimos la vuelta a casa a través de la Stechlinstrasse hacia el Seepark, pasando junto a los altos rododendros y magnolios, y, sorprendentemente, muchos paseantes volvieron a saludar a mi padre, incluso gente que antes «se cruzaba de acera» llegó a intercambiar unas pocas palabras con él. La mayoría seguía siendo «fiel al Führer», pero algunos parecían empezar a percibir que el país se había metido en una aventura incierta.

La guerra la notamos sobre todo en el hecho de que los faroles se apagaron de golpe. Cuando llegaba la oscuridad, en el interior de las casas se tapaban las ventanas con cartones negros, y si a alguien se le olvidaba, desde abajo se oían varias voces que chillaban: «¡Fuera la luz!». Por la calle te cruzabas cada vez con más gente que llevaba una señal fosforescente en el abrigo o que se marcaba el camino con una linterna pálida. En lugar del camión de riego, por la calle sólo circulaban vehículos desde los que se gritaba: «¡Leña por mondas de patatas! ¡Venga, señores!

¿Quién tiene todavía mondas de patatas, crudas o cocinadas? ¡Aquí traigo la leña más fina para su estufa!», al tiempo que hacían sonar su campana.

Al margen de todo esto, la guerra se notaba en cualquier caso por la vida acelerada. Los transeúntes, entre los que ahora surgían de repente soldados o enfermeras, parecían correr con mucha prisa por las calles, los revisores del tranvía daban órdenes con impaciencia, los triunfalistas noticiarios de la radio sonaban más fuerte que antes, interrumpidos por Das Engelland-Lied (La canción de la tierra de los ángeles), que se alternaba con Erika y, por supuesto, con las orgullosas mujeres a las que Heinz Rühmann rompía el corazón con su encanto. La célebre bomba aérea alada, más alta que un hombre, que años atrás se había colocado como monumento en Rondeel, un buen día apareció adornada con un festón de flores con los colores ingleses, y muchos dudaron de que la corona estuviera dedicada a los valientes pilotos alemanes y a sus sacrificios. Después volvía a salir por las ventanas abiertas el vocerío de los receptores populares con arengas, proclamas y vivas. Una amiga de mis padres contó que había encerrado a sus dos criadas en la habitación de la radio para que oyeran un discurso de Hitler diciéndoles que, si le habían votado, tenían que escuchar palabra por palabra lo que tuviera que decir. Una noche mi padre comentó que él ya no podía oír más las sempiternas «arengas apasionadas», te hacían sentir patético simplemente al pedir una sopa de guisantes en Aschinger. Yo encontré bastante cómico ese comentario. Sin embargo Wolfgang dijo, con total indiferencia, que la gracia es lo que había sido patético.

Esas Navidades de 1939 me encontré sobre la mesa de los regalos, junto a un jersey, tres pares de calcetines y una camisa, un libro sobre la armada inglesa de un reputado historiador británico. Mi padre me explicó que esto era, de alguna forma, el resarcimiento por Los Buddenbrook, pues los libros sobre estos temas eran más provechosos que los de ficción, y en este caso, además, ayudaban al lector a conocer a qué enemigo se enfrentaba Hitler. Yo estaba a punto de ponerme a llorar, y mi padre intentaba consolarme, pero el libro me chafó el día de Navidad. Al principio él pensó que podría hacerme cambiar de opinión con palabras tranquilizadoras. Sin embargo, yo me iba poniendo de peor humor, hasta que le pregunté si al menos no podía haber sido un libro sobre el Renacimiento. Entonces mi padre me acusó de ingratitud y de amargar a todos la alegría por la Navidad. Furioso y con infantil temeridad, le respondí que no podía hablarme de esa manera. Al final, los dos estábamos «contra el mundo». Mi padre me miró dubitativo durante un buen rato, y temí un estallido de cólera. Pero, sencillamente, me abrazó. Este silencioso gesto expresaba al mismo tiempo reconocimiento y autocrítica. El incidente no volvió a comentarse nunca más.

Muy pronto encontramos apoyo para nuestra alianza «contra el mundo». Hacía ya algún tiempo que habíamos observado al nuevo párroco mientras decía sus oraciones paseando por los caminitos del jardín de la iglesia. Un día, mi padre intercambió con él algunas palabras, comprobaron que coincidían en algunos temas, y a partir del contacto casi diario se desarrolló una buena amistad. Sus misas eran de una formalidad litúrgica orientada al modelo benedictino, y además el párroco resultó ser una persona culta y de risa pronta. Era alto, y poseía una dignidad natural y numerosas arrugas en la cara, como huellas de su sonrisa.

Wittenbrink procedía de Waldenburgo, en la cuenca carbonera silesiana, y estaba profundamente ligado al mundo austriaco. Su enorme interés por la historia de los Habsburgo, las artes plásticas y la música lo había heredado de su madre, cuya ascendencia se remontaba a la nobleza de Silesia del siglo y que había nacido como princesa de Pless. En cambio, su aptitud para la comedia se la debía a su padre, un veterinario. Siempre que tenía ocasión, nos representaba alguna situación cómica. Todavía hoy recuerdo una imitación de un orador en el Hyde Park londinense que tenía un defecto de pronunciación, de tal manera que la «s» o la «th» las pronunciaba siempre como «sch». O la de una dama en el Café de París que se quería liberar de un molesto pelo que tenía en la nariz, y primero se ocultaba detrás de la carta de bebidas, después utilizaba un pañuelo de seda y, por último, intentaba ayudarse con la flor roja que llevaba en su solapa. Pero antes de que terminara con toda la operación, algunos de los clientes que estaban sentados a su alrededor empezaron a reírse, primero de manera disimulada y luego ya a carcajadas, lo que brindaba al narrador la oportunidad de imitar los más diferentes registros de las intensas risas que llegaban hasta la última fila.

A ambos les unía su apego a lo religioso y lo católico, que se daba por descontado en la forma de pensar de mi padre. Los dos eran personas creyentes, tanto por su mentalidad como por su educación. La familia iba a misa todos los domingos, y tanto Wolfgang y Winfried como yo mismo colaborábamos como monaguillos. También habíamos ayudado a la construcción de la nueva casa de Dios en 1936 acarreando piedras o material de construcción, y habíamos intentado, junto con otros niños, ser útiles de alguna manera. Con todo, mi padre no estaba ciego ante los funestos desaciertos del catolicismo político; sin embargo, durante largo tiempo los consideró como una manifestación de ingenuidad eclesiástica. Nunca renunció a su convicción de que una persona estaba «incompleta» sin un compromiso religioso. Ni la razón ni el andar erguido es lo que separan al hombre del mono; la diferencia entre uno y otro viene marcada por la necesidad de creer en una vida futura.

Las conversaciones con Wittenbrink, que empezaron siendo distendidas, pasaron a ser de amistad más profunda cuando empezaron a intercambiar puntos de vista políticos bajo los castaños que había junto a la valla del jardín, justo al lado de la gran mesa. Las confidencias se ampliaron cuando constataron que coincidían en considerar a Hitler como una «caricatura del anticristo». Una vez pregunté si la resistencia a una dictadura se podía justificar teológicamente y si el tiranicidio estaba considerado como un pecado, y por primera vez oí nombres como Altusio o conceptos como el de los dos reinos. En otra ocasión discutieron sobre la eterna cuestión de cómo el Creador podía tolerar la maldad en el mundo, o si se podía impartir la absolución a quien se confiesa, cuando reconoce su odio contra un vecino o un régimen político, pero les sigue odiando mientras está en el confesionario y no muestra el arrepentimiento necesario para recibir la absolución. Yo estaba sentado en la mesa del jardín, en el sitio donde solía hacer mis deberes escolares durante el verano, mientras seguía también los debates que se traían, y al llegar a la cuestión de la absolución, Wittenbrink permaneció inflexible: «¡No hay absolución para quien siga odiando!», insistió, teológicamente no existe la menor duda al respecto. En cierta manera, mi padre tenía razón con sus argumentos frente a esa opinión tan estricta, pero la Iglesia no podía hacer excepciones. Mi padre permaneció callado durante un rato, buscó otras justificaciones y, cuando se marchaba, meneando la cabeza murmuró que Dios consideraría las circunstancias; en cualquier caso, confiaba más en él que en los teólogos.

Junto a estas cuestiones, también se discutía de asuntos ajenos a la teología, como, por ejemplo, si el protestantismo tenía algún futuro, después de las experiencias de los últimos años y de su apoyo desde el púlpito como una SA divina. De todos modos, objetó mi padre, la lengua alemana le debía mucho al protestantismo a través de Martín Lutero, la música, a través de Johann Sebastian Bach, y la cultura en su conjunto, por los autores protestantes desde Lichtenberg hasta Nietzsche. Y tampoco había que olvidar a la Iglesia reconocida.

Apoyados en los picos de la valla con los brazos cruzados, prosiguieron la conversación y estuvieron de acuerdo en que tampoco la Iglesia católica había aprobado sin tacha su examen de confirmación durante los primeros años de Hitler. Alguna que otra vez la conversación se perdía en especulaciones, como por ejemplo si en el más allá se oiría música. Seguro que no las composiciones paganas de Richard Wagner, objetó Wittenbrink horrorizado, pero sí Mozart, Haydn y Schubert, sobre todo Schubert. Mi padre encontraba estas reflexiones completamente equivocadas. ¿Qué será entonces, replicó, del suicida enamorado Heinrich von Kleist, del Goethe de Las afinidades electivas o del marqués de Sade y su obsesión por el pecado? Él les daba una oportunidad a todos los músicos, poetas y artistas plásticos en el reino de los cielos, ya que las locuras que se les ocurrían carecían de significado en el más allá. Personalmente, tenía esperanzas en escuchar allá arriba, junto a Schubert, también a Paul Lincke o Emmerich Kálmán, e incluso confiaba en que Claire Waldoff también fuera admitida, en caso de que él pudiera decidir.

A pesar de las muchas sombras que caían sobre las conversaciones, tocaron muchos temas, y años más tarde mi padre se acordaba todavía de ellas con fervor. Aseguraba que había sido una manera de equilibrar la cadena repleta de exigencias con que le oprimía el régimen de Hitler. En cuanto veía desde la ventana de su cuarto de trabajo que el párroco salía al camino del jardín del terreno colindante, bajaba rápidamente a su «academia», como decía a veces, y también parecía que a Wittenbrink le agradaba la oportunidad de interrumpir sus rezos. Para mí, sentado a la mesa del jardín, era una especie de escuela superior o, al menos, su antesala. Por primera vez experimenté la plenitud de los argumentos, las incongruencias de la vida y, además, sobre cuántas cuestiones se podía discrepar. También percibí la satisfacción que nacía del desacuerdo, así como del esfuerzo por encontrar argumentaciones para el punto de vista propio y mantenerlo con la mayor convicción posible. Sin embargo, la lección más importante que aprendí de estos diálogos fue que había reglas para llevar una discusión de manera amistosa. De vez en cuando he pensado que el efecto imborrable de estas «conversaciones en la valla del jardín» se debe, quizá, a que ninguna frase iba dirigida a mí en plan didáctico. Si bien es verdad que cuando tocaban algún tema político o erótico, alguno de los dos me lanzaba una mirada inquieta, sin embargo nunca me invitaron a que me fuera para que no lo oyese, o a que fuese a echar un vistazo a los groselleros que se encontraban en la otra punta del jardín.

Uno de estos días de la primavera de 1940, justo cuando yo entraba en casa después de dejar mi sitio en la mesa del jardín, sonó el teléfono. En el otro extremo de la línea se percibía un interlocutor que claramente llamaba desde un teléfono público y que casi sin respiración dijo con voz disimulada: «¡Van a recibir una visita!». El comunicante no dio nombre alguno, no dijo nada más y no se despidió. Simplemente colgó. Desde la ventana llamé a mi padre para que subiera. «¡En diez minutos!», respondió, pero yo debí contestarle: «¡No, inmediatamente! ¡Es importante!». Muy extrañado, tiró a un lado la pala con la que en ese momento estaba arreglando las hortalizas y subió. Me preguntó, qué era eso tan importante, yo le conté lo de la llamada, y cuando iba a preguntar qué podía significar eso, él ya estaba en el cuarto de estar junto a la radio sintonizando Beromünster en la emisora de Alemania, acto seguido fue a toda prisa al cuarto de trabajo y cogió el primer torno del Marlborough de Winston Churchill, que no sé de dónde lo habría sacado, para colocarlo en un estante, y después fue cuarto por cuarto revisando lo que pudiera haber de «sospechoso».

Todavía estaba mi padre apurado por todas las habitaciones, cuando llamaron a la puerta. Sin mediar palabra alguna, dos hombres, que a pesar de su vestimenta civil parecían uniformados, se metieron en casa mientras hacían con energía el saludo hitleriano. Junto con mi padre pasaron al despacho, y desde la habitación contigua estuve escuchando voces tranquilas que en alguna ocasión pasaron a un intercambio de palabras un poco más fuerte. Los visitantes se fueron al cabo de una media hora sin haber comprobado la radio. Mi madre, que desde la llegada de los hombres de la Gestapo había estado sentada en su cama tapándose los ojos con las manos, se precipitó hacia mi padre. Sin embargo, él permaneció bastante tranquilo, no pasaba nada, ella no tenía por qué preocuparse. Quizá era así, o quizá lo decía sólo para tranquilizarnos. En cualquier caso, a lo largo de los años siguientes se produjeron como unas quince llamadas de este tipo previniendo a la familia. No siempre se producía la visita anunciada. La identidad del misterioso informador se conoció ya pasada la guerra y por casualidad.

Por esa misma época se produjo la primera alarma aérea. Apenas terminó el clamor de las sirenas, mi padre subió con mis hermanos y conmigo al tejado de la casa para observar la ofensiva. Después de una hora sin incidentes, durante la cual nos dedicamos a escudriñar el cielo en busca de los signos del zodíaco que conocíamos, empezamos a percibir el zumbido de los motores, primero más lejos y enseguida acercándose más, pero sin poder descubrir nada en la trayectoria de los reflectores, que parecían buscar al azar. Fue cuando se juntaron los haces de luz en el cielo cuando percibimos en los puntos de cruce aviones plateados, y poco después vimos rayos de fuego. Sin embargo, la ofensiva tenía lugar muy lejos, por Britz, Kreuzberg y hasta Rudow. Cuando ya había sonado el final de la alarma y nosotros seguíamos sentados en los travesaños del tejado, empezaron a pasar sobre nosotros multitud de pequeñas partículas negras, y Wolfgang comentó que se trataba de las llamadas nubes de Shrapnell que se formaban después de cada disparo. Al día siguiente las clases no empezaron hasta las diez. Y así cada pocos días.

Los ataques se convirtieron en el tema de conversación favorito. Algunos decían saber de casas que estaban en las cercanías y que se habían visto afectadas, y cada uno por nuestra cuenta empezamos a coleccionar cascos de granadas. Una vez que la alarma no sonó en unos cuantos días, Gerd Donner se mostró bastante enfadado; ya no se puede uno fiar de los «viejos Tommys», refunfuñaba, a él le gustaban las alarmas aéreas y bajaba al sótano como quien iba al cine. Y no solamente porque las clases empezaran una hora más tarde los días en que la noche anterior había habido una alarma después de las diez, sino porque había montado en su sótano, detrás de una mampara de cartones de embalajes de Persil, un «rincón de carantoñas», donde no iba nadie, y en el que desde hacía dos semanas «tenía un poco de ronroneo con la bonita Inge de cinco casas más abajo». La bella Inge tenía entonces trece años y medio, «pero con todas sus cosas», remarcaba él con ademanes muy expresivos. Unos días antes había llegado ya hasta el tercer botón de la blusa, y precisamente entonces había sonado el final de la alarma. «Pero según llegué ayer a mi rincón, ya estaba allí la bonita Inge preparada y con la blusa abierta hasta el tercer botón, y me dijo a modo de invitación: "Puedes seguir". ¿Y qué podía hacer yo? Continué lo que había empezado. ¡Palabra de honor!». Otro compañero de clase se quería dar importancia contando que su padre, cuando él se retiraba a su dormitorio, siempre cerraba la puerta con llave, y preguntaba con estudiada ignorancia:

«Bueno, digo yo, ¿a qué viene esto?». Gerd Donner le interrumpió: «Deja ya de aburrirnos. Yo no hablo de mi viejo, sino de la preciosa Inge y de mí».

Una de las veces que mi padre regresó ese invierno de su tertulia mensual vino diciendo que el grupo de amigos ya no iba a poder seguir ayudando con documentación falsa o dinero a las personas que lo necesitaran. Habían destruido las pocas hojas que les quedaban con nombres falsos, las direcciones y el código. Solamente podrían prestar ayuda en caso de extremo peligro. Los controles se estaban volviendo más rigurosos, los castigos muy duros y casi todos podían aportar algún caso reciente de persecución sin tregua. Escuchar «emisoras enemigas» se iba a castigar con la cárcel, y por tanto, casi seguro, con la muerte, al igual que la simple difusión de chistes políticos. Sólo aludir a ellos iba a suponer una dura amonestación, y finalmente, añadió, en el largo debate todos habían notado lo desesperado que estaba. En tiempos como éstos lo que a uno le queda es saber que tiene algún amigo cerca. Más tarde nos contó que juristas de primer orden estaban trabajando en la tipificación de un nuevo «delito de estilo de vida», para hacer el Derecho más flexible y adaptarlo a las «necesidades nacionales», delito que criminalizaba el simple aislamiento de la comunidad.

Por esa época más o menos fue cuando Wolfgang y yo cerramos nuestro segundo negocio de los 25 pfennigs. Él me ofreció diez fotos de desnudos de procedencia francesa que había conseguido de un vendedor ambulante que se ponía cerca del Admiralspalast. Según recuerdo, las fotos mostraban mujeres más bien corpulentas que llevaban botas con cordones hasta media pierna, y que con un pie sobre un escabel miraban al observador con una sonrisa lasciva y a veces con los brazos estirados como expresando deseo. Wolfgang pedía 25 pfennigs por cada semana de préstamo, por lo que tuve que volver a aprenderme poemas para poder reunir la cantidad que me requería. A mí no me parecía que esas mujeres desnudas fueran «perversas», sino que las encontraba bastante «chifladas». Supuestamente formaban parte de la etapa de hacerse adulto, según opinaban Wolfgang, Rudi Hardegen, Helmut Sternekieker y todos los demás amigos. No obstante, antes de cerrar el trato yo le pregunté si con este negocio no estaríamos incurriendo en un «delito de estilo de vida». Me contestó que nosotros éramos enemigos de los hitlerianos y no teníamos que sentirnos intimidados por sus leyes.

Desde que el párroco Wittenbrink oyó que yo iba a asistir con mi tía Dolly a la representación de Las bodas de Fígaro de Mozart, empezó a llamarme, cada vez con más frecuencia, para que me acercara a la valla cuando salía por las tardes a hacer los deberes en la mesa del jardín. Esas conversaciones me hicieron descubrir lo mucho que le gustaba el arte, especialmente la música. Me preguntó qué era lo que yo sabía sobre Mozart, qué operas había escuchado, si me era familiar el concepto de «niño prodigio», y me relató los episodios conocidos sobre su precocidad con el violín y los viajes que realizó por media Europa con su padre y su hermana. Nunca dejaba de causarle admiración el hecho de que Mozart escribiera una sinfonía siendo un niño y compusiera una ópera con poco más de diez años. También admiraba su habilidad técnica y que parecía saber todo sobre la vida y, como a veces pensaba, también algo sobre la muerte.

Wittenbrink volvió sobre Fígaro con más detenimiento. Decía que Mozart introduce en la pieza, de una manera inimitable, que sólo él domina, un alegre enredo amoroso, pero al final irrumpe la seriedad mortífera. En sus obras, al menos en las óperas «italianas» como Don Giovanni, cuyo argumento me contó en síntesis, siempre sale a escena un convidado de piedra que anuncia a los asustados actores: «¡La obra ha terminado!». En Fígaro, continuaba, ese momento llega cuando la condesa se retira el velo de la cara y el conde cae de rodillas totalmente arrepentido: es la escena más conmovedora de toda la historia de la ópera. Me aconsejó que leyera sin falta el libreto antes de asistir a la representación, pues en caso de no hacerlo no entendería bien la confusión aparentemente cómica. Y nunca debía olvidar que las melodías de las óperas de Mozart, que se tarareaban por todas las calles debido a su combinación de gracia y canto popular, tenían un efecto conciliador. Pero todo oyente experto sabe que la dicha mientras suena la música anuncia en secreto la desdicha.

Al día siguiente Wittenbrink me invitó a su casa. Recuerdo que de las paredes de la llamada habitación grande colgaban dos Ruisdael con su característica fácilmente reconocible, la rama de árbol que aparece en el fondo del cuadro en diagonal, además de un Jacques d'Arthois y uno o dos lienzos de los innumerables pintores de segunda línea italiana y de primera línea alemana, como me aclaró. A continuación pasamos a su colección de discos, que ocupaba bastantes armarios y repisas. Después de unas largas explicaciones puso el final de Fígaro y, como no sabía parar cuando se trataba de Mozart, siguió con el Così fan tutte. Sobre ese finale pretendidamente sereno comentó que era el final más lúgubre de todas las óperas, y que solamente Mozart poseía ese genio capaz de hacer sonar el do mayor de estos compases como claros gritos de auxilio. Me preguntó si yo lo oía así. Contesté que no, pues para eso seguramente tendría que haber oído mucho a Mozart y a muchos otros; en lugar de eso, yo tenía al señor Tinz y su forte prestissimo resonando por todas las esquinas.

Justo en esos días, bajo la espesa cubierta de hojas, cuando en el colegio pasábamos de la Anábasis de Jenofonte a La Odisea de Homero, y en la clase de historia nos hablaban de los turcos a las puertas de Viena, volvió la casi olvidada guerra: en la madrugada del 10 de mayo de 1940 comenzó la ofensiva contra Francia, demorada durante más de medio año. Al contrario que en la Primera Guerra Mundial, el conflicto quedó resuelto en pocas semanas, y mi padre cayó de nuevo en el dilema de los últimos años. Durante la segunda cena, en la que ya participaba también Winfried, nos comentó que se alegraba de corazón de la derrota de los franceses, pero nunca jamás de la victoria de Hitler. Poco después, en la valla del jardín comentó que prácticamente nunca se había sentido tan desconcertado ante la «lógica de la historia» como en esos días, y Wittenbrink le replicó que no existía ninguna «lógica de la historia». Que lo que así denominamos no es otra cosa que lo que, a posteriori, llamamos casualidad, y que estaba al alcance de cualquiera comprobar que, por cada diez ejemplos de lógica de la historia en el pasado, había varias decenas de ellos de falta de lógica. En la cara de mi padre se podía leer lo deprimente y certera que le parecía esta afirmación.

Todavía se hacía sentir en nosotros el efecto de esta conversación cuando al poco tiempo nos visitó el doctor Gans, el padre de mi amigo del colegio. Como el cielo estaba cubierto de nubes grises, los dos se retiraron al despacho. Mi padre ofreció al visitante un cigarro Boenicke mientras mi madre preparaba café. Me invitaron a que me quedara, y así me enteré de que, sobre la guerra contra Francia que había terminado hacía unos días, el doctor Gans opinaba que Hitler había pasado a dominar media Europa; ahora tenía que consolidar el poder que había conseguido hasta entonces y convertirlo en hegemónico. Esto lo tenía que entender Hitler; además, alguna vez tendría que saciarse el gran devorador, o al menos necesitaría tiempo para la digestión. Por eso, él pronosticaba con moderada seguridad que por el momento no existía la amenaza de una nueva campaña. Sin embargo, cuanto más hablaba y argumentaba sus reflexiones el doctor Gans, con más escepticismo escuchaba mi padre. Cuando terminaron el café, ya se había despejado el cielo, por lo que ambos bajaron al jardín y se sentaron bajo los castaños.

Todo eso que comentaba, dijo mi padre retomando la conversación, sonaba razonable, pero precisamente por eso estaba en un error. No se podían hacer cálculos sin contar con la sinrazón de Hitler. Él siempre había actuado contra lo evidente. Por eso, sólo se podía decir una palabra para describir la situación de manera apropiada, es de Goethe y dice así: «Todos los consuelos son indignos / y la desesperación es obligación». Esto era precisamente lo que reflejaba nuestra situación. Después de dar unas cuantas vueltas a sus ideas, se despejaron las facciones del doctor Gans y se pudo ver cómo cambiaba de opinión: «¡Es verdad! —balbuceó, no sin esfuerzo—. No había considerado en su justa medida que este Estado tiene a un loco al frente». Y después de una breve pausa añadió: «La cita proviene del "Paralipomena", de Fausto II. También la conozco». Meneando la cabeza, el doctor Gans oyó decir a mi padre que allí sólo están recogidos algunos «fragmentos». Entonces se entabló una especie de disputa filológica. Cada uno se mantenía firme en su opinión, y, dado que nos encontrábamos en la mesa del jardín, era un poco complicado bajar los libros para hacer las comprobaciones. Quedaron de acuerdo en que al día siguiente se llamarían por teléfono. Al día siguiente, cuando volví del colegio, se demostró claramente que los dos habían tenido en la cabeza el mismo texto, pero bajo títulos distintos. Esta escena se me ha quedado en la cabeza como un ejemplo de lo que debe ser una disparidad de criterios entre ciudadanos educados.

Por esas fechas escribió mi padre a Roger Reveille, según me contó éste después de la guerra. Él se alegraba de la derrota de Francia, el país se lo había buscado. Lo único que él le quería hacer saber, recurriendo a un poeta alemán, pero con otra entonación, es que «nosotros estamos sobre un barco fúnebre». Al preguntarle si no había sido bastante imprudente al mandar una carta así a Francia, mi padre contestó que no había puesto ni remitente ni firma y que había echado la carta en un buzón de Lichterfelde. Su amigo Roger le había hecho saber a través de una tercera persona que había recibido la carta. Volví a plantearle si Roger, en caso de fuerza mayor, esto es, bajo amenaza de tortura, no habría podido delatar al remitente ante la Gestapo. Sin riesgo no se consigue nada, me dijo mi padre, y añadió sonriendo que lo peligroso también tiene su aliciente.

Quizá tomé éstas y otras observaciones similares de una manera demasiado literal. En cualquier caso, por esta época establecí un nuevo récord en «salto del andén». La cosa consistía en bajarte antes de tiempo, de un salto y sin vacilaciones, del tren que llegaba, recorrer con el impulso los treinta pasos desde la caseta del vigilante y caer lo más cerca posible de la escalera de bajada de la estación. Pero caí muy pronto en empresas más irreflexivas, realmente imprudentes. En algún momento del otoño de 1940 empecé a garabatear una caricatura de Hitler en vallas, farolas o puertas de las casas, dibujo que estaba formado por un círculo ovalado, una línea ligeramente curvada hacia la derecha y unas manchas a base de puntos: siempre salía la cara de Hitler. Esto sólo lo sabía Wigbert Gans, que alguna vez incluso participó; más tarde oí que también otros compañeros se habían aventurado en imprudencias similares, algunos, por cierto, con un boceto de la hoz y el martillo chorreando gotas de sangre. Para todo esto nos resultaba muy útil el hecho de que desde hacía poco las clases duraban hasta el anochecer, ya que, por motivos de ahorro de energía, se había trasladado el colegio desde la Mariannenufer hasta la Dieffenbachstrasse, y las horas lectivas se alternaban por semanas de la mañana a la tarde.

El profesor encargado de la clase era el doctor Appelt, un hombre melancólico, siempre sudoroso, con cara ancha, que raras veces entraba en el aula sin llevar el emblema del partido. Las oscuras ojeras bajo sus gafas evidenciaban la fatiga de las muchas horas pasadas por la noche para hacerse con la materia de enseñanza, sin conseguirlo del todo. En cualquier caso, Wigbert Gans le descubrió varias veces errores en sus cálculos y en la aplicación de leyes físicas, ante lo cual la clase se burlaba y pataleaba mientras él corría a la mesa para repartir malas notas y horas de arresto a troche y moche. Por algún motivo que a mí se me escapaba y que probablemente tenía que ver con mi padre, sentía hacia mí una antipatía que no disimulaba jamás, y a la que yo correspondía con todo el descaro de mis trece años. En una ocasión en que me reprendió desde la mesa, le contesté que le agradecía que se hubiera acercado a echarme un «rapapolvo»; éste te lo suelen mientras estás de pie, en tanto que el doctor Appelt me había sermoneado estando yo sentado.

Esta fue una muestra de rebeldía de adolescente por la que, además de las risas de mis compañeros, conseguí una amonestación en mi diario de clase. Consecuencias mucho más graves tuvo otra imprudencia que cometí algo después. Por algún motivo que no recuerdo, llegué un día al colegio un cuarto de hora antes del comienzo de las clases. Como estaba aburrido en el aula y con mucho frío a causa de la lluviosa mañana de invierno, saqué mi navaja y, sin pensar, me puse a arañar en el pupitre la caricatura de Hitler que desde hacía algún tiempo solía garabatear en las paredes de las casas y en las vallas.

Por suerte para mí, el primero que llegó a clase fue Gerd Donner. Después de echar un rápido vistazo al banco, me susurró con ese instinto de supervivencia aprendido en la jungla de los patios traseros del Berlín oriental: «¡Quita eso inmediatamente!». Sin esperar a que yo reaccionara, sacó su navaja y empezó a raspar pequeñas esquirlas lacadas del tablero del banco. Entretanto fueron llegando los demás, el aula se llenó, algunos se nos acercaron y pudieron descubrir los rasgos de la conocida caricatura. En medio del alboroto que se organizó, Gerd Donner amenazó con enfadarse con cualquiera que se chivara de algo.

Ante el estupor de todos, apenas el doctor Appelt había entrado en la clase, uno de los alumnos se levantó y, tal como había aprendido como cabecilla de las juventudes hitlerianas, dijo que, «en cumplimiento de su deber», le tenía que comunicar un asunto. Cuando terminó, el profesor se me acercó moviendo la cabeza con fastidio, se inclinó sobre el banco para examinarlo, volvió a agitar la cabeza perplejo y finalmente me conminó a que le siguiera hasta la clase en la que estaba el director. Allí me sometieron a un breve interrogatorio, y al día siguiente volví a ser interrogado por un funcionario al que habían llamado para la ocasión.

Tal como me hicieron ver mis padres esa misma noche, lo que había hecho había sido una solemne tontería y, con toda la razón, me preguntaron si no había pensado en las consecuencias que el incidente podría acarrear para nuestra familia. Algunos compañeros de clase también se apartaron de mí. Por primera vez me embargó la sensación de sentirme excluido. El doctor Appelt afirmó que mi mala reputación iba a más, y que cada irregularidad que yo cometía había que contemplarla como expresión de un elemento desagradable que no sirve absolutamente para nada, ni en el aspecto político ni en el humano. Pronto di un salto extraordinario y encabecé la lista de los alumnos censurados en el libro de clase o con anotaciones de arrestos, y, como muestra de que los sufrimientos no habían acabado, llamaron a mi «desventurado padre», según me explicó el doctor Weinhold, para que acudiera a la Dirección. De nuevo estaba allí un señor de mirada severa, que claramente representaba a la administración del colegio y que de inmediato tomó la palabra como si estuviera en un interrogatorio. Yo protesté por la imputación de intencionalidad política, aunque admití el daño efectivo, y pedía perdón por ello, tal y como me habían aconsejado desde distintos puntos. Tras largas deliberaciones, que me sirvieron para conocer la habilidad negociadora de mi padre, estuvieron de acuerdo en que se iba a prescindir del próximo Consilium abeundi decisorio. Sin embargo, la condición era que, en el plazo más inmediato posible, en Pascua de 1941, esto es, en unos tres meses aproximadamente, yo abandonaría el colegio de forma voluntaria. «¡Mejor llévese también a sus otros dos hijos!», le aconsejó a mi padre el representante de la administración. Después de la conferencia, que había tenido lugar durante la última hora de clase, mi padre me abrazó delante de todos los presentes en un gesto poco habitual en él, y abandonó la sala con expresión reservada para regresar a Karlshorst, mientras yo volví a incorporarme a mi clase. Entre los amigos que se mantenían leales a mí estaban, naturalmente, Wigbert Gans, Clemens Comer y Gerd Donner. Gerd me esperó fuera en el pasillo al terminar lasclases, y a pesar de que yo iba a estar ya poco tiempo con él en clase, desde entonces me acompañó con bastante frecuencia, durante ese invierno extremadamente frío, en mi recorrido de una media hora hasta la estación. El primer día le conté lo ocurrido en la sesión con el director, y exclamó: «¡Ocurrió!», y después de dar algunos pasos añadió: «¡Pero también has tenido una suerte loca! ¡Puedes estar contento!». En ese preciso momento mi relación con él pasó a ser esa amistad tardía, que antes o después todos vivimos. Daba igual el tema sobre el que habláramos, siempre encontrábamos la armonía que requiere la amistad y los desacuerdos que la avivan y alimentan, daba igual que se tratara de fútbol o de bellezas del cine, de libros o de receptores de radio, de amigos o de alguna «bonita Inge».

Como es natural, he olvidado el contenido de casi todas nuestras conversaciones. Sin embargo, en mis recuerdos ha permanecido una que mantuvimos poco antes de las Navidades de 1941, porque en su transcurso interrumpimos nuestro recorrido y, a pesar del frío, nos quedamos un rato en el oscuro puente sobre el Spree. Caía mucha nieve apelmazada del cielo gris, se amontonaba en la barandilla, se empezaba a derretir, y caía al suelo. Los transeúntes, que pasaban rápido a nuestro lado, siempre embozados y muchos con un árbol de Navidad debajo del brazo, parecían como encogidos. Nos pusimos a dar patadas en el suelo. En un par de ocasiones pasó a nuestro lado alguno de los carros que se volvían a utilizar, y sus caballos resbalaban y coceaban entre nubes de vaho.

Lo que nos mantenía tan ensimismados era una conversación sobre las últimas cuestiones. Gerd Donner opinaba que, como yo era una persona inteligente, no podía creer todo lo que se contaba en las iglesias. No tenía nada en contra del capellán Lauen, nuestro «cortante» profesor de religión; pero los cuentos sobre el querido Dios de barba rizada, junto con la resurrección y la «inmaculada concepción», todo eso le provocaba la risa. Y en el fondo, de eso estaba él bien seguro, yo también me reía. Del pretil del puente colgaban témpanos de hielo, cuando hablábamos nuestro aliento era puro vaho, y finalmente le respondí que yo sí creía en lo que él consideraba un cuento. Quizá todo era inventado. Pero en cualquier caso se trataba de adornos para mentes sencillas y me sorprendía en gran manera comprobar que él era una de ellas. Lo que la fe me proporcionaba en el fondo era el sentimiento de tener una especie de segunda casa que proporciona seguridad y que hace frente a todo. De aquí él podía esperar lo mejor. Gerd Donner hizo un movimiento desdeñoso con la mano y replicó que sólo faltaba eso; por su parte, él no había sospechado que yo fuera de ésos. En cualquier caso, él se las arreglaba sin «el viejo barbudo de allá arriba». Y cuando nos volvimos a poner en marcha ya casi congelados, comentó: «Quien procede de mi calle, que tú ni siquiera conoces de vista, no necesita al querido Dios de los católicos». Ese sentimiento de entenderse con el mundo lo adquiere no por el querido Dios, sino a través de la leche materna; de lo contrario, está perdido. Cuando nos separamos en la estación de Silesia, no nos habíamos acercado ni un milímetro.

Un domingo de comienzos de febrero, poco después de volver de la iglesia, dos altos mandatarios de las Juventudes Hitlerianas aporrearon con fuerza la puerta de casa y exigieron hablar con mi padre. Acababan de descubrir, le gritó uno todavía desde el pie de la escalera, que ninguno de sus tres hijos había pertenecido a la organización de las juventudes hitlerianas ni a la de los adultos. Eso tenía que acabar. «¡Holgazanería!», ladró el otro mientras tanto. «¡Qué desvergüenza! ¡Qué cosas se permite usted!». Todo el mundo tiene obligaciones que cumplir.

«¡Usted, también!», se hizo oír de nuevo el primero.

A todo esto, mi padre ya había llegado junto a ellos. «Sean ustedes quienes sean —replicó, frunciendo enojado la frente—, no les consiento que me vengan con mentiras también un domingo. Sus juventudes ya nos han incomodado en repetidas ocasiones, incluso en mañanas de domingo. Así que no vienen ustedes a descubrir nada». Y con un tono cada vez más elevado, les chilló:

«Ustedes me echan en cara que somos unos holgazanes y ustedes mismos son unos cobardes». Y después de otras cuantas reprimendas gritó desde el segundo escalón por encima de sus cabezas con corte militar: «¡Y ahora les exijo que abandonen mi casa! ¡Fuera! ¡Inmediatamente!». Los dos parecían haberse quedado sin habla ante el tono que se permitía utilizar mi padre, y antes de que pudieran responder, se puede decir que los empujó por el pasillo de entrada y los echó por la puerta. El jaleo había sobresaltado a toda la casa, y muchos convecinos se habían asomado a la escalera. Cuando vieron a los uniformados, cerraron con cuidado las puertas de sus viviendas.

En cuanto cerró la puerta de la casa detrás de los dos dirigentes de las Juventudes Hitlerianas, mi padre subió las escaleras a toda prisa para tranquilizar a mi madre. Estaba como petrificada delante de la puerta y sólo dijo: «¡Esta vez has ido demasiado lejos!». Mi padre le pasó un brazo por los hombros y confesó que por un momento había faltado al respeto. Pero primero los nazis le habían robado su profesión y sus ingresos, y ahora arremetían contra el domingo y contra sus hijos. Al menos una vez había que marcarle un límite a la gente. «Ellos no conocen límites», dijo mi madre con voz apagada. Por eso es mucho más importante hacérselos ver, replicó mi padre. Él no había ido demasiado lejos, pero sí los golfos de las JH. Precisamente él definía a un nazi como alguien que siempre iba demasiado lejos.

Para nuestra sorpresa, el incidente no tuvo consecuencias. Únicamente, dos días más tarde pasó por casa el vigilante del bloque, Fengler, y aleccionó a mi padre delante de toda la familia, justo cuando estábamos sentados a la mesa: «¡Compórtese, hombre! Usted no está solo en este mundo.

¡Dese cuenta de eso de una vez! ¡La pertenencia a las Juventudes Hitlerianas ya es una ley!». Mi madre invitó a mi padre a que siguiera sentado, y acompañó al odioso vigilante hasta la puerta de casa: «Mi marido no suele ser así —dijo en plan conciliador—. Pero el domingo volveremos a la iglesia. ¡Eso nadie nos lo puede impedir!».

La visita de Fengler nos llevó otra vez al pasado. Mi padre estaba furioso y divertido al mismo tiempo. «Volksgemeinschaft». ¡Por Dios! ¡Ese tipo repugnante produce náuseas!». Después de todas las cosas incomprensibles que se habían llevado a cabo de manera oficial a través de las leyes, la exclusión de todos los judíos de las profesiones civiles, incluidos médicos y farmacéuticos, la retirada de aparatos telefónicos y la «estrella amarilla», ahora, continuaba mi padre, se atenta cada vez más contra la gente corriente de la calle y se inventan nuevas formas de acoso para las autoridades. Los judíos no se podían sentar ya en los bancos de los parques, no podían «apestar con sus paseos el fresco aire del bosque alemán». Tampoco podían ya estar suscritos a revistas y periódicos, y el doctor Meyer, que hasta hacía poco había sido un gran «paseante», había tenido que entregar su bicicleta y su máquina de escribir. Hacía poco se había decretado que los judíos tampoco podían tener animales domésticos como perros, gatos, canarios o hámsteres. Cuando un judío amigo de Hans Hausdorf quiso comprar flores para llevar a su mujer recién fallecida, el vendedor le espetó que las flores eran un ornamento de estilo alemán, que los judíos no tenían derecho a ellas y que se largara. Y a la pregunta que hacía el empleado del registro civil de si los contrayentes estaban dispuestos a permanecer unidos toda la vida, los propios alemanes tenían que responder no con un sencillo «Sí», como era habitual desde hacía generaciones, sino con un «¡Sí! ¡Heil Hitler!». ¿Qué había pasado con el país?

Mis hermanos y yo comenzamos a finales de marzo nuestras visitas de despedida. Con la ayuda de un amigo de mis padres había sido posible encontrar plaza en un internado católico de Friburgo, cuyos alumnos estaban asignados a uno de los dos institutos municipales. Visité a la familia Gans en el parque de Treptow, y con Gerd Donner me acerqué una vez por su barrio, detrás de la estación de Silesia, que estaba sin luces, miserable y con fachadas a las que se les había caído el revoque. En torno a nosotros correteaban mocosos, a lo largo de las calles había carretones de mano con patatas, leña y otras mercancías menores, había niños recostados en algunos edificios, como si estuvieran a disposición de alguien, y algunos de esos pilluelos intentaban tirar al vacío a una cabra testaruda desde uno de los pisos. En los días siguientes me despedí de los padres de mis compañeros de clase que vivían en Karlshorst y del párroco Wittenbrink, que me hizo prometerle que le escribiría con regularidad. También visité al doctor Körner, médico jefe del hospital de Karlshorst, que era íntimo amigo de mis padres y cuyo hijo había sido mi compañero de pupitre en el colegio durante mucho tiempo. También me despedí de Gerd Schülke y de mi amiga Ursel Hanschmann. Wolfgang encontraba excesivo todo esto, y observó: «Pero ¿qué es esto? ¡Si no nos vamos a una colonia penitenciaria! ¿O acaso nos vamos desterrados?», preguntó. «¡Algo así!», le contesté. La víspera de nuestra partida visité al doctor Meyer.

Cuando me abrió la puerta de su casa estaba como siempre, con un traje ligero de color claro y un pañuelo de color al cuello, y esta vez tenía puesto incluso un sombrero de verano redondo. Por el pasillo llegaba un olor a sopa de col, pobreza y vejez. Mientras nos saludábamos, una sonrisa recorrió sus facciones, con frecuencia como petrificadas. Dijo solamente: «¡Pase usted!», y me precedió hasta la biblioteca. Cuando llegamos a la habitación berlinesa, el té ya estaba preparado sobre la mesita auxiliar. En algún sitio había conseguido pastas. Me pidió noticias sobre mis padres, mis hermanos y los amigos, me rogó que evitáramos temas políticos y me propuso que le leyera algunos de sus poemas preferidos. Todavía estaba leyendo uno cuando ya había elegido el siguiente: empecé, tal y como recuerdo hoy, con «Salutación y despedida», leí «Pienso en ti...» así como «El aprendiz de mago», de Goethe, continué con «Nänie», de Schiller, y por último leí algunos versos de Heine, Lenau y Chamisso. Iba a continuar con Stefan George, pero el doctor Meyer de pronto me pidió que parara; no se encontraba en la mejor de las disposiciones. Y después de unos cuantos sorbos, dijo que quizá no había sido buena idea que hubiera ido a visitarle. Estaba desanimado y se planteaba demasiadas preguntas para las que no tenía contestación.

Comenté algo sobre el futuro, que era una incógnita para todos, pero el doctor Meyer siguió hablando sin prestar atención a mis palabras. Lo peor de todo era que los grandes poetas, de los que yo había leído algunas cosas, no eran ajenos a su desdicha: Goethe, Schiller y todos los demás... Cuántas veces, todavía en vida de su mujer, había reflexionado sobre la emigración y había estado a punto de irse. Pero siempre había prevalecido la confianza en el espíritu cultivado de los alemanes... Se dijeron que un pueblo que ha engendrado a Goethe, Schiller y Lessing, a Bach, Mozart y a muchos otros, sería incapaz de cometer barbaridades. Siempre habían existido, creían ellos, invectivas contra los judíos, desprecios. Pero nunca persecuciones manifiestas. No nos harían nada... «¡Vaya! —se interrumpió—, usted ya sabe cómo nos hemos engañado...».

Después, el doctor Meyer hizo una pausa. Su mujer, continuó con sus pensamientos, había sido más sensata que él. Al contrario que ella, él había supuesto que sus admirados alemanes tenían buena fe e ingenuidad política. Los hombres sólo son unos torpes. Pero ahora ya era demasiado tarde para lamentaciones. ¡Teníamos que dejar de quejamos! Por eso, siguió hablando con un apreciable cambio en el tono de su voz, él me envidiaba. Por ejemplo, porque podía viajar a un lugar elegido por mí; porque los teatros de la ópera estaban abiertos para mí y, sobre todo, porque todavía tenía ante mí la lectura de Los Buddenbrook. Yo debería saber que en esta vida pocas cosas hay comparables a leer un libro como éste por primera vez. Bebimos unos sorbitos de nuestras tazas un tanto preocupados. Pasados unos minutos, el doctor Meyer se puso de pie con decisión y me pasó un brazo por los hombros: «¡Ya va usted mejor!». Cuando hubimos alcanzado la puerta de la casa al final del pasillo, pensé, cansado, en lo que le podía decir, pero estaba como paralizado y solamente me acordaba de las palabras de mi padre de que, en tiempos como los que corrían, había que evitar toda emoción.

De regreso en Karlshorst, ya desde el portal se oía cantar a la señora Bicking, con un trino estridente, que iba a bailar en el cielo con no se sabía quién, donde ella, imitando a la golondrina, según seguía cantando sin descanso, construiría un nido con su novio. Pero enseguida volvía a su canción preferida. La señora Dölle, a la que le gustaba hacerse pasar por policía, me preguntó si «el griterío de la vieja Bicking era todavía canto o si había pasado a ser atosigamiento fónico». Como no esperaba ninguna respuesta por mi parte, comentó que por esta vez iba a dejar canturrear a la vieja loca; sin embargo, añadió señalando repetidas veces con su escoba al techo de madera: «¡Aunque todo tiene un final!». Y terminó: «¡Sí, sí, pronto llegará!», imitando sin gracia los berridos de la vieja Bicking.

Mis padres se estremecieron cuando les conté mi visita al doctor Meyer, y mi madre me interrumpió para preguntarme cómo le podríamos ayudar. Cuando sugirió que se podía recurrir al apoyo del grupo de amigos, mi padre meneó enérgicamente la cabeza: él ya les había hablado de la necesidad de emigrar después delboicot de abril de 1933, de las leyes de Núremberg de 1935 y siempre que había habido ocasión, hasta llegar a la noche de los cristales rotos, cuando perdieron la ocasión más propicia. Pero nadie había querido escucharle. Todos habían mencionado miles de motivos para quedarse, e incluso llegaron a echarle en cara que, al igual que los nazis, quería una Alemania «libre de judíos». No obstante, una vez que se tranquilizó, prometió hacer lo posible por ayudar a su amigo.

Albert Tinz pasó por casa a la mañana siguiente. Mientras mi madre nos llamaba habló algunas palabras con ella, luego pasó al cuarto de estar, donde estaba el piano, se sentó en el taburete y, tras una sucesión de acordes, pasó a improvisar un andantino, combinando con gracia algunas melodías tomadas de los Lieder de Schubert preferidos por mi madre, desde Nacht und Träume (Noche y sueños) hasta Brieftaub' im Sold (Una paloma mensajera a mi servicio). Después interpretó una de las primeras sonatas de Beethoven, que también se contaba entre las preferidas de mi madre, y al extinguirse el último tono interpretado con los ojos cerrados, comentó: «Una vez más, lo que yo siempre digo: no hay que forzar ni siquiera en lo sentimental. En ese caso es como soplar en un montón de cenizas. ¡Sin pasión no hay nada! ¡Ni siquiera un pianissimo! ¡Nada de música en absoluto!». El hombrecito de pelo primorosamente rizado se puso de pie y nos dijo que, exceptuándome a mí, con nosotros no había obtenido ningún resultado. Quizá en algún momento llegáramos a comprender dónde estaba el comienzo y el final de toda la música. Estaría contento de que así ocurriera, y no perdía la esperanza. Después de estas palabras, agitó la melena y, como siempre, se fue con prisas.

La última persona de la que me despedí, acompañado de mis dos hermanos, fue del viejo Katlewski. Estuvimos con él al lado de las plantas de especias, y cuando nos preguntó si de verdad nos marchábamos esa noche, le respondimos como con una sola voz: «¡Sí, a las 20:12!». Nos quería dar una despedida importante, nos dijo, y contarnos un chiste sin las habituales precauciones, completamente a sus anchas. «Pero ni una sola palabra a nadie», comenzó diciendo, para continuar después: «Vale, empezamos: Está uno del socorro pidiendo con una bolsa y gritando: "Venga, hombre, un Groschen (moneda de diez pfennigs). ¡Compatriotas, cualquiera tiene un Groschen! ¡No seáis remilgados! ¡También puede ser un Sechser (moneda de cinco pfennigs)! ¡Vamos, vamos!

¡Anda, anda!". Allí apostado hay un hombre con las manos en los bolsillos que dice tranquilamente: "¡No doy nada!", y cuando el del socorro le objeta: "¿Y eso por qué? ¡No doy nada! ¿Yeso?", el otro responde: "¡No soy ningún compatriota!", a lo que el que tiene la bolsa replica: "¡Eso tiene gracia! ¡No es compatriota! ¿Cuándo se ha oído algo así? ¿Y por qué, si puedo preguntarlo?". El interrogado se ríe irónicamente y contesta: "¿Que por qué? ¡Porque soy judío!". El del socorro se queda totalmente perplejo durante un rato largo. Después dice: "¿Dice usted que es judío? Judío... ¡Eso lo puede decir cualquiera!"».

Estallamos en ruidosas carcajadas, pero «Olle Kat» se llevó el dedo índice a los labios y nos advirtió de nuevo: «¡No lo vayáis contando! ¡Ya lo sabéis! ¡Esto es para siempre!». Ya al final se empeñó en contarnos un «dicho» muy fresco, vamos, de ayer mismo. «Lo que tiene Hitler», le había confiado un antiguo amigo socialdemócrata, es que miente con tanto descaro «que incluso es falso lo contrario de lo que él dice». Después se despidió con un «¡Que os vaya bien, chicos! ¡Estuvo bien conoceros! ¡A cada uno de vosotros!», dio media vuelta y se marchó.

El doctor Appelt fue el único profesor del instituto de quien no me despedí como es debido. Después de su última clase, que terminó con una somera alusión a mi marcha, me acerqué a unos tres metros de él e incliné ligeramente mi tronco hacia delante, con la pretensión de dar un sentido irónico a mi acción, pero pareció envarado. En cualquier caso, no le estreché la mano.

Toda la familia nos acompañó por la noche a la estación de Anhalt. El tren ya estaba allí. Tras haber colocado el equipaje y haber intercambiado unas palabras de despedida en el andén, ninguno de nosotros tenía la sensación de que terminaba una etapa de nuestras vidas. Mi padre nos llamó a sus hijos uno por uno y caminó con cada uno unos cincuenta metros a lo largo del andén hasta el final del techo de cristal. Era un auténtico profesor, opinó Winfried, y no podía hacer otra cosa: todos recibimos palabras reconfortantes o, en el peor de los casos, de advertencia, una oportunidad así no la podía dejar escapar un profesor de escuela. De hecho, cada uno de nosotros recibió en ese paseo una especie de reglas de conducta. A mí me dijo mi padre que él solía dividir a las personas en los que preguntan y los que responden. Los nazis, por ejemplo, eran gente que siempre tenía una respuesta. Yo debía procurar estar siempre entre los que preguntan.

Poco después, el tren, con su vapor, se puso en movimiento, entre exclamaciones y pañuelos agitados. Ese periodo, con su punto de inflexión de 1933, sus inseguridades y sus innumerables temores, fue muy duro para mis padres. Para nosotros, por el contrario, fueron años dichosos. Por una parte, porque ellos intentaron que percibiéramos sus preocupaciones lo menos posible; por otra, como me dije más tarde, porque esas preocupaciones, cuando, mejor o peor, se superan, no sólo no perjudican la vida, sino que la hacen más sólida y completa.