Yo no

Joachim Fest · Capítulo 5 de 13

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Yo no

Capítulo 4 - ¡Nada de sentimentalismos!

CAPÍTULO 4

 

¡NADA DE SENTIMENTALISMOS!

 

El mundo en el que crecimos estaba totalmente politizado; todas las conversaciones y casi todas las decisiones personales que se tomaban venían determinadas por las circunstancias dominantes. Bien es cierto que conozco a algunos de mis contemporáneos que en esa época crecieron en Berlín y se tomaron las cosas de otra manera. Desde el punto de vista político, ellos solamente percibieron el «rezo popular» que se llevaba a cabo en algunos colegios de manera colectiva los días de fiesta del nacionalsocialismo, el uniforme de las HJ y los cánticos corales, como por ejemplo el de los gansos silvestres, que con estridente griterío zumbaban por la noche.

No obstante, las normas de educación habituales permanecían vigentes, y en mi casa un poco más, si cabe. Nunca se cuestionaban; eran las normas corrientes que siempre habíamos oído y cuyo sentido oculto comprendimos más tarde: «¡No hagas gestos!», «¡Déjate de tonterías!», «Los niños no hablan si no se les pregunta». En la mesa no se podía hablar de dinero, de aventuras amorosas o de la comida servida. Nunca se profundizaba en los fundamentos que se expresaban a través de estas reglas. No se hablaba sobre ello, se entendían por sí mismas y pasaban por ser la base de un comportamiento apropiado. Cuando mi madre se quejó una vez de mi impertinencia, mi padre le respondió: «¡Déjale! Puede ser impertinente. Por lo menos aquí. Lo que tenemos que enseñarle es dónde está el límite. Si aquí no lo comprende, cuando salga fuera se lo enseñarán rápidamente».

Por todo ello, nuestra taciturna educación, por decirlo de alguna manera, suponía un contraste con el mundo del régimen impregnado de afectos anticiviles, y hoy, con la distancia que dan los años, la veo como una especie de evolución civil en una época incivilizada. Los que gobernaban no tenían ni idea de relaciones civilizadas, aseguraba mi padre, y por ello no lo hacían, como a veces decía él con mofa, en la línea de un Reich milenario, sino en la de uno que ha permanecido al menos cinco mil años en lo más profundo de la selva. En una especie de guión pedagógico anotó lo siguiente: «Todas las normas pedagógicas tienen como base un coro polifónico. Este coro abarca desde los diez mandamientos del tratado moral de la filosofía y la gran literatura hasta muchos otros temas que se encuentran en muchas bibliotecas. Y todo ello persigue un único y modesto fin: enseñar al hombre algunas de las verdades del barquero».

Traducidas a la cotidianidad, esas verdades del barquero significaban: cuidar la «decencia» y practicar las «buenas maneras» y el «respeto». Además, no había que considerar las formas como «simple formalidad», como dijo una vez Hans Hausdorf, amigo de mis padres, con su afición por las paradojas. Y mi madre solía acabar las arengas educativas con una frase que hemos oído con mucha frecuencia desde nuestra más tierna infancia. Daba igual que te hubieras lesionado la rodilla y ella te la curara con yodo, o que nos quejáramos por unas notas injustas o por un árbitro que había pitado en nuestra contra en un partido de nuestro club de fútbol, el Karlshorst SC: «¡Nada de sentimentalismos!», que es lo mismo que decir nada de lamentos, no hay que ser quejica, no derramar lágrimas por lo inevitable. Una vez, la más revoltosa de mis dos hermanas, Christa, se cayó, se hizo una herida en la rodilla y fue llorando a pedir ayuda a mi madre, y ésta le dijo mientras la acariciaba para tranquilizarla: «No llores, querida. No llores. Los berridos se quedan para el cuarto de las criadas». La prohibición de quejarse llevaba siempre implícito un orgullo social. Pero, aparejada a él, estaba la exigencia de un código de conducta más estricto.

No obstante, abundaban más los días tranquilos en los que no había que hacer deberes para el colegio, no había que cumplir con obligaciones propias de la edad ni tampoco se veían botellitas con yodo. Las vacaciones de verano marcaban la frontera. Al llegar el mes de julio solíamos viajar a Walken, la granja de mis abuelos, que estaba situada en Neumark, a unos pocos kilómetros del pueblo de Liebenau, y de la que mi tío Berthold se había hecho cargo al casarse con la hermana mayor de mi padre. Era un buen hombre, muy trabajador. Todos temían su severidad, y cuando se estiraba el bigote para ir a misa, reforzaba aún más la impresión de su enérgico carácter campesino. La finca se hallaba en una región de escaso atractivo, y las suaves colinas que había que arar y rastrillar dificultaban enormemente la explotación. Sin embargo, mi tío tenía dos hijos y dos hijas tan trabajadores y juiciosos como él, que nos sacaban entre cinco y diez años. En cuanto a su relación con nosotros, cumplieron a la perfección su difícil papel, mitad cuidadores y mitad compañeros de juegos. La que más nos gustaba era la vivaracha Irene. Nos enseñó a nadar, nos acompañaba cuando íbamos al acecho de conejos en nuestras cacerías siempre infructuosas, y también nos enseñó a atrapar topillos mordedores en los campos recién cosechados. En su caso, la autoridad que hace que los niños se comporten con sensatez no tenía ninguna connotación de temor. Todos la queríamos.

El caserío, de construcción cuadrada en torno a un patio, constaba de un ala para vivienda, dos establos y un granero con su era, y tenía dos portones: uno daba al camino de tierra que llevaba hasta Liebenau, y el otro, a un camino vecinal ligeramente escarpado que discurría junto a un pinar hasta el cercano lago Packlitz. La construcción con su espacioso patio interior se encontraba más o menos en el centro de unas tierras labrantías que ocupaban unas trescientas fanegas y requerían un mínimo de diez meses de agotador trabajo. Cuando anunciábamos nuestra llegada para pasar las vacaciones, el tío Berthold, bien preparado, nos iba a esperar a la estación de Schwiebus, a unos veinte kilómetros, y, enfundado en un buen traje, con sombrero hongo y su «bigote engominado», como decíamos nosotros, le veíamos sentado en el «trono» del la-cado carruaje de los domingos. Con una torpe reverencia nos invitaba a uno de los niños a ocupar un sitio junto a él en el pescante. Si hacía mucho calor, mi madre abría una pequeña sombrilla, y nosotros nos reíamos diciendo que parecía una princesa que, por capricho, había ordenado a sus criados de librea que bajaran del carruaje y regresaran andando a palacio. Ella se reía y abrazaba a aquel de nosotros que había tenido la ocurrencia. Si ocupaba un sitio un poco alejado, entonces le acariciaba la cabeza.

El trayecto desde Schwiebus solía durar dos horas o más. A veces la ruta discurría por caminos arenosos y accidentados, y con el calor del mediodía los cuerpos de los caballos se manchaban de espuma de sudor, y los tábanos no paraban de zumbar a su alrededor. Al llegar a la granja, provistos de unos trapos, nos dedicábamos a matar los insectos, agotados de chupar tanta sangre y que solían concentrarse en el cuello y en las patas traseras de los caballos. Mientras tanto, mi tío Berthold se ponía su ropa de diario y, con un palo largo de madera que le pasaba mi tía, sacaba del horno de ocho a diez planchas con delicias todavía humeantes: Streusel, pasteles de miel y tartas de manzana cuyo aroma se extendía hasta el último rincón de la casa.

Mi tío solamente tenía un punto flaco en su esencia de incansable trabajador: no concebía que hubiera otra actividad gratificante en la vida aparte del trabajo y la oración. Por eso, la noche de nuestra llegada ya nos informaba de nuestras tareas para el día siguiente. «Hora de levantarse, hacia las cinco», terminaba su arenga. «Aquí es lo habitual, también para los perezosos de la ciudad». Con el paso de los años, entre él y nosotros se estableció una guerra de guerrillas en toda regla cuando al anochecer daba las instrucciones para espigar, segar o agavillar. Las únicas que quedaban dispensadas eran mis hermanas, la dulce Hannih y la revoltosa Christa. Siempre empezábamos pidiendo un par de horas para ir al lago a bañarnos o para leer un rato. Pero mi tío, refunfuñando, lo desechaba diciendo que eso eran «pamplinas».

Nosotros, en cambio, pensábamos como hijos obedientes: ¡Nada de quejas! ¡Nada de sentimentalismos! Noche tras noche, cuando salíamos de la cocina con las velas y nos encontrábamos ya en las minúsculas alcobas, Wolfgang, Winfried y yo nos dedicábamos a diseñar astutas estrategias para ver cómo podíamos escabullirnos, cuando atravesábamos el bosque, para buscar setas o para levantar perdices por las colinas. Sin embargo, hasta las ocurrencias más peregrinas nos salían mal, porque nuestro tío recelaba de nosotros. Alguna que otra vez escondimos unas cañas de pescar en un avellanar para escaparnos a la mañana siguiente a una presa cercana donde los peces nadaban tranquilamente. Pero ni el cubo con barbos, tencas, anguilas y algunas pequeñas brecas que llevamos en una ocasión, ni el lucio de tamaño medio que también pescamos otra vez, propiciaron la indulgencia de mi tío: habíamos desobedecido sus instrucciones, gruñó.

Una vez le pregunté a nuestro querido tío si en invierno se ocupaba en algo además de efectuar las reparaciones necesarias. Me contestó con poco más que un cabeceo: «¿Para qué? Por supuesto que no hago otra cosa». A eso yo le repliqué que, entonces, él tenía que entender que nosotros tuviéramos en verano nuestro invierno; así es como ocurría en la ciudad. El largo periodo de vacaciones era, por así decirlo, nuestra época de reparaciones. Por ello, no nos podía obligar a estar todo el tiempo trabajando. Se produjo una larga pausa. Entonces, mi tío se pellizcó las puntas del bigote y murmuró con los brazos extendidos a lo largo de la mesa: «¡Esto es demasiado para mí!».

Mis padres sólo se quedaban unos pocos días, y después de su marcha aprovechábamos para corretear libremente. Durante su estancia en la finca familiar mi padre colaboraba y demostraba que sabía manejarse con la guadaña y los rastrillos, mientras que mi madre parecía perdida en un mundo extraño para ella. Nuestras preferencias infantiles se decantaban claramente por la herrería, donde se forjaban las herraduras para los caballos. En cuanto el fuego estaba encendido, ya podíamos soplar las llamas hasta que el carbón vegetal resplandecía bien rojo en el centro de la fragua. Entonces se colocaban los hierros hasta que también enrojecían, y sobre el yunque se ajustaban a la pezuña del caballo golpe a golpe. Mi tío permanecía ante la forja manejando el martillo, y un olor a cuerno quemado le rodeaba cuando clavaba los hierros a los sufridos animales. También en el transcurso de las vacaciones, normalmente hacia el final, tenía lugar la matanza de un cerdo, que nosotros seguíamos con una mezcla de horror y atracción.

A pesar de nuestra constante guerrilla, Walken era el lugar preferido para nuestros despreocupados juegos en esos años de la infancia. El caserío parecía haber sido colocado por la mano de un artista junto al lago Packlitz, una extensión de agua de unos cientos de metros a lo ancho y a lo largo. Dado que su superficie discurría un poco por debajo de la linde del bosque que lo rodeaba, yo lo recuerdo oscuro, liso como un espejo y con sólo unas pequeñas olitas brillantes en la orilla. Nunca olvidaré la delicada luz azulada sobre su superficie, el aroma de los pinares detrás de nosotros y la suave arena blanca del lugar del baño, que durante mucho rato se nos quedaba pegada a los dedos de los pies. A todo esto cabe añadir los sonidos que se oían en las calurosas tardes veraniegas: los murmullos de las olas, el pico martilleando en algún lugar, los chasquidos de los peces saltarines, así como, un poco más lejos, el griterío de los buceadores que, después de cada grito, se tiraban de cabeza al agua. Era como si se detuviera el tiempo. Sólo las miríadas de mosquitos que volaban por encima de nosotros nos estropeaban esa sensación de vacaciones indefinidas.

El verde de las hayas, abedules y sauces llorones que poblaban la orilla del lago, con sus ramas jugueteando en el agua, únicamente se interrumpía en la orilla opuesta. Se veía sobre todo cuando se ponía el sol. Entonces aparecía la fachada de color amarillo subido de un monasterio barroco con dos torres fundado por la orden de los cistercienses en el siglo que se reformó posteriormente con la llegada del Barroco desde Silesia. Su sereno encanto desprendía una atmósfera de quietud y solemnidad que desde entonces he relacionado siempre con este estilo. El pequeño pueblecito que se encontraba detrás del monasterio, tapado por el arbolado de la orilla, llevaba un nombre que para todos nosotros significaba la armonía indiscutible entre belleza de la naturaleza y belleza arquitectónica: se llamaba Paradies. Y, desde luego, era nuestro paraíso.

Otro edén que empecé a descubrir con ocho o nueve años, igual que si se me hubiera abierto con un «¡Ábrete sésamo!», fue el mundo de los libros. Al igual que

casi todos los niños, ya antes de ir al colegio nos habían leído el [7] Struwwelpeter y

sabíamos recitar de memoria sus versos moralmente intimidatorios. Más tarde, y para regocijo nuestro, venía Wilhelm Busch; recuerdo que Die fromme Helena (La devota Helena), Flipps der Affe (El mono Flipps) y, sobre todo, Max y Moritz, fueron los primeros textos que yo leí siguiendo los renglones con los dedos antes de empezar a ir al colegio. Cierto es que no vislumbrábamos nada de la opacidad del ánimo, al estilo de Schopenhauer, de Wilhelm Busch, que tarde o temprano le viene a la cabeza a todo lector entendido, pero versos como «Wer in Dorfe oder Stadt, / einen Onkel wohnen hat... » (Quien en pueblo o ciudad, un tío viviendo ha...) o «Ach, wie ist der Mensch so sündig! / Lene! Lene! Gehe in dich! » (Ay, ¡qué culpable es el hombre! / Magdalena, Magdalena, ¡arrepiéntete!) todavía me complacen, y en nuestra familia han adquirido casi rango de frase hecha. Sin querer, en cada fase de mi vida he caído en la lectura tan pronto tenía ante los ojos una parábola en verso escrita con ese ingenio tan magistralmente pesimista con respecto al hombre.

Todo esto, unido a las historias que mi padre nos contaba por las noches, supone mi satisfacción literaria de aquellos años. Ni el Dr. Doolittle ni las leyendas germánicas ni la cabaña del tío Tom pueden igualarse a los versos de Wilhelm Busch. Me volqué mucho más en la lectura cuando, una noche, Wolfgang me dijo que tenía que leer a «Kamai», que él ya iba por el tercer volumen, y Hansi Streblow aseguró que él ya se había leído cinco. A mi pregunta de cuántos libros había de ese Kamai, me respondieron que unos sesenta o setenta títulos, y entonces decidí que bajo ningún concepto iba a meterme con ellos. Pero entonces leí El tesoro del lago de la Plata, y me volví tan adicto que en poco más de un año me leí Winnetou y unas veinte obras más, y sólo hice una pausa para las historias de hombres de los bosques de Cooper, en una edición encuadernada en cuero y que, a pesar de las numerosas ilustraciones, encontré aburrida o, por decirlo con palabras de entonces, «tonta».

Hubo otra interrupción en las aventuras literarias por medio mundo del autor que, para entonces, también para mí se llamaba Karl May. Esa interrupción la constituyeron Tom Sawyer y Huckleberry Finn, de Mark Twain, las otras dos grandes vivencias literarias de esos años, aunque peguen muy poco con las otras. Durante cierto tiempo situé al autor de Tom Sawyer en la misma categoría que Goethe, considerado como el mejor poeta del mundo, y pensaba que el orden correcto debía ser, en primer lugar y a gran distancia, Wilhelm Busch, y después, Mark Twain, seguido muy de cerca por Goethe.

Tiempo después, con trece o catorce años, leí Moby Dick, la historia de la ballena blanca, que me había recomendado Wolfgang. Decía que me tenía que escapar de las «joyas literarias de la biblioteca familiar» de nuestro padre, y aunque le contesté malhumorado, muy pronto comencé a leer el voluminoso libro. Aunque muchas cosas apenas las captaba, la tensión del turbador libro me embargó por completo. Nunca olvidaré el drama de Ismael y el tétrico capitán Akab, recorriendo los mares con su única pierna, la cicatriz de su cara como trazada por un rayo y el arpón consagrado al demonio. Por primera vez me di cuenta de que la selección de mi padre no lo era todo y que, junto a las leyendas y las historias de almanaque, cuyo desenlace se conoce, existía otro mundo desconocido e inquietante. Melvil le me abrió otras puertas.

Por aquel entonces, a mis hermanos y a mí nos mortificaba el hecho de que sólo recibíamos diez pfennigs semanales para nuestros gastos corrientes, y la única posibilidad de conseguir un sobresueldo consistía en aprendernos poemas. Mi padre había ofrecido una propina de un marco por cada diez poemas que recitáramos sin cometer error alguno. De esta manera me aprendí «El rey de los elfos», de Goethe, y «El aval» y «La grulla del hibisco», de Schiller y otros muchos romances, para después pasar poco a poco, y sobre todo por complacer a mi madre, a la poesía lírica naturalista y a los poemas intelectuales hasta llegar a Rainer Maria Rilke y Stefan George. Cuando regresé a la época clásica y pude recitar «Susurra el agua...» de Goethe, mi padre me recomendó el poema de Gottfried Keller titulado «Seemärchen». Ambos se me antojan todavía hoy geniales, a la vez que una especie de continuación, explorando lo demoniaco de los versos reflexivos de Goethe, que al final empiezan a resultar inquietantes. La literatura barata por entregas, desde John Kling hasta Tom Shark, y otras cosas que tenían éxito entre los amigos y los compañeros de clase era raro que a mí me gustaran. Un día empecé a leer un libro que se titulaba Der Krieg der Miami (La guerra del Miami), pero me aburrió, y me puse a leer una novela del imperio de los incas, Das Gottesopfer (La víctima de los dioses), y como no me fue mucho mejor regresé a Karl May. Lomismo pasó con Binding, Steguweit o Wittek. Pero no así con Hans Dominik, cuyas novelas abrían el panorama hacia un futuro altamente tecnificado lleno de aparatos plateados.

A comienzos de 1938 pude ver cómo el señor Hofmeister, que vivía en las cercanías, hacía entrar a mi padre en el portal y con voz apagada le echaba en cara que fuera un insubordinado.

¡Tenía que abrir los ojos de una vez! Cuando, por la noche, durante la cena, le pregunté a mi padre por qué dejaba que le hicieran esas cosas, admitió que en el fondo el señor Hofmeister tenía razón. De hecho, las cosas iban mejor. Los siete u ocho millones de parados habían desaparecido como por arte de magia. Pero los diez millones o más de Hofmeisters no querían ver los medios con que Hitler conseguía sus éxitos. Ellos pensaban que tenía a Dios de su parte; quien todavía conservara aunque sólo fuera una pizca de sentido común le veía más bien como un aliado del demonio.

Wolfgang preguntó si lo que estaba pasando no podía ser algo más que conjeturas, y si realmente existirían pactos con el diablo. Eso mismo diría la explicación teológica al respecto. Volvimos sobre ese tema en reiteradas ocasiones, pues ejercía una fascinación especial sobre nosotros. Naturalmente, mi padre dirigió enseguida la conversación hacia el histórico doctor Fausto, que en la Edad Media y en diferentes lugares se llevaron a cabo experimentos para intentar conseguir oro, piedras preciosas o la piedra filosofal, y que acabaría convirtiéndose en el motivo de la principal obra de Goethe.

Las discusiones encontraron un brusco final cuando, en marzo de ese mismo año, tropas alemanas cruzaron la frontera de Austria, entre los gritos de las masas que cubrían los bordes de las carreteras y que ondeaban banderas y les lanzaban flores. Sentados delante de la radio escuchamos los vivas a Hitler, los cánticos y el traqueteo de los vehículos blindados, en tanto que el reportero informaba por encima de los cuellos estirados de mujeres entusiasmadas, alguna de las cuales llegó incluso a desmayarse.

Esto supuso un nuevo golpe para los opositores al régimen, a pesar de que mi padre, como los católicos en general y la aplastante mayoría de los alemanes y los austriacos, pensaba en términos pangermanistas. Permaneció sentado con la familia durante mucho tiempo ante el gran aparato Saba de radio y persistió absorto en sus pensamientos, mientras de fondo sonaba una sinfonía de Beethoven. «¿Por qué Hitler tiene éxito en todo?», murmuraba. Sin embargo, predominaba la satisfacción, incluso aunque se indignara una vez más con las antiguas potencias victoriosas. A la moribunda República de Weimar le habían prohibido la simple unión aduanera con Austria y la habían amenazado con la guerra. Sin embargo, frente a Hitler los franceses olvidaban su «afán revanchista», y los británicos se inclinaban con reverencias tan profundas que, verdaderamente, a uno le venía a la mente su «conocida falsedad». En cualquier caso, la República probablemente habría durado más tiempo si se le hubiera permitido un acierto del tipo del Anschluss.

Por lo menos, continuaba mi padre, la unificación llevaba aparejada la esperanza de que ahora Alemania fuera más «católica». No obstante, sólo hicieron falta unos días para que se diera cuenta de su error. En anteriores reuniones del grupo de amigos ya había tenido noticias de las vejaciones contra los judíos, y también escuchó estupefacto cómo el respetado Egon Friedell, cuya Kulturgeschichte (Historia de la civilización) se contaba entre sus libros preferidos, se había arrojado por la ventana desesperado, y que en la zona que muy pronto se llamaría Ostmark (Marca Oriental), las SS habían encontrado una aceptación hasta entonces desconocida. «¿Por qué sigue teniendo Hitler esas victorias tan fáciles?», preguntó una noche después de una enumeración detallada de los acontecimientos. Y por qué de nuevo se desencadenaba precisamente en Alemania esta mezcla de ambición y arrogancia. ¿Por qué no fracasaba la estafa nazi, que escarnecía a los intelectuales? O que escarnecía a la gente sencilla, que normalmente tiene más «carácter».

Así, siempre había nuevos motivos para esa sensación de conspiración que nos unía; en cualquier caso, mi padre sabía interpretar los antecedentes. A lo largo del verano nos visitaron algunos miembros de la «sociedad secreta» paterna, como decíamos Wolfgang y yo con cierta ironía, como Riesebrodt, Classe y Fechner. También Hans Hausdorf volvió a venir con cierta regularidad, y siempre traía «regalos para chupetear» para los niños, y para mi madre, un pastel de carne. Llevaba la raya en medio y el pelo muy repeinado, con gomina que casi brillaba. Nos gustaba su manera de hablar, tan llana, y una vez, después de una de sus visitas, Wolfgang me pidió que fuera a la ventana y escuchara los chistes que corrían por la calle. Corrí hacia el balcón y oí cómo Wolfgang se mofaba de mi perplejidad: yo tendría que saber que cuando Hausdorf estaba en casa corrían montones de chistes políticos por Karlshorst, porque «no dejaba escapar ninguno». Cuando le repliqué muy enfadado, me contestó sin inmutarse: «Esto también es un chiste. ¡Mejor que los de Hausdorfi ¡Pero con los suyos te ríes!».

De hecho, parecía que Hausdorf no se tomaba nada en serio. Pero cuando una vez le pedimos que nos explicara algunas cosas, su ánimo se volvió de repente reflexivo. Dijo que la convivencia comenzaba con la broma, y que para los nazis la ironía era cosa del demonio. Desde el principio entendí con claridad que se refería a que la hermosa civilidad estaba en peligro. Pero, a pesar de ello, mantuvo su opinión de que las ataduras se estaban relajando. En una ocasión, mientras mi padre despedía a Hausdorf, le oí quejarse de que hasta entonces los desahogos que permitía el régimen no habían modificado nada de su vida: siempre había tenido una casa hospitalaria, pero hasta eso había acabado ya, los medios con que contaba entonces solamente le permitían invitar a cenar una vez al mes, y ofreciendo una cena humilde. En realidad, ni siquiera eso. Ésta era la razón de que hubiera comenzado a invitar a las «horas del té»; eso todavía se lo podía permitir.

David, conocido como «Sally» Jallowitz, era un vendedor de maletas que antes venía ocasionalmente y que ahora acudía a mi casa con más frecuencia, y que revisaba los pucheros de la cocina ante la enojada mirada de mi madre. Una vez que ella se quejó del calor que hacía —treinta grados a la sombra—, él le dio el «buen consejo» de que lo que tenía que hacer era, precisamente, no ponerse a la sombra; y cuando ella encontró el chiste estúpido e inoportuno, Jallowitz se rió. También nos visitaban Walther Rosenthal y su mujer, que, según Wolfgang, era «delicada como una colegiala», pero a la que siempre se veía prestar atención con una cara muy melancólica y con su rebelde pelo rizado echado hacia un lado.

Sonja Rosenthal apenas pronunciaba una palabra, y por eso nos llamó poderosamente la atención que una vez contradijera a su marido y su afirmación de que el mundo nunca había sido tan brutal y tan violento como en esos tiempos. Él estaba equivocado, intervino ella con delicadeza, totalmente equivocado. Pues nunca había existido un mundo, unos hombres y unas circunstancias más pacíficas que las de entonces, y la vida había sido siempre una pura exigencia, cruel hasta el exceso; y apenas acabó, se sumió de nuevo en su silencio expectante, observando a los demás invitados.

Entre los amigos que solían venir con frecuencia se encontraba también August Goderski, que padecía una protuberancia en la boca y al que, a pesar de su humilde retraimiento, llamábamos el «hombre de los labios gordos». Al principio solía pasarse con su hijo Walter, ya un adulto. Walter era también quien nos visitaba siempre el 6 de diciembre disfrazado de Nikolaus. Año tras año me exponía sus larguísimas exhortaciones personales sobre el Niño Jesús y me aclaraba que un grupo de ángeles me juzgaría con severidad por las gamberradas que había hecho durante el año. Naturalmente, yo prometía rezar todo lo que me pusiera de penitencia y ser un ejemplo a partir de ese momento, y luego, con las manos juntas y piadosas reverencias, acompañaba al Nikolaus hasta la puerta. Sin embargo, una vez causé enojo general cuando, desde el rellano de la escalera, le grité:

«¡Felices Navidades, señor Goderski! ¡Y vuelva pronto! ¡Sus visitas nos alegran mucho!». Por entonces yo contaba ocho años. En cuanto se cerró la puerta, mis padres me echaron en cara que, con mis impertinencias, había arruinado la alegría navideña a mis hermanas Hannih y Christa.

En verdad, las visitas de Walter Goderski suponían siempre una satisfacción, porque era alegre y contaba muchos chistes. Todavía hoy recuerdo algunas de sus historias, que a nosotros nos parecían «tontas», como la de un inculto que reprende a un amigo con la siguiente observación:

«¿Quieres ser teligente, Maxe? Pues te diré lo que eres: totalmente in-

inteligente».[8] Por lo que respecta a la galería de mis invitados favoritos, debo citar al doctor Meyer, que cuando se producía una pausa en las conversaciones se ponía a hablar de los libros que estaba leyendo por segunda, tercera o cuarta vez. Entre sus autores predilectos se encontraban Grimmelshausen y Lessing, así como Fontane, naturalmente Goethe, Heine y, como aseguró en una ocasión sonriendo ante una pregunta que yo le había hecho, «todos los demás también».

Sin embargo, poco después, una especie de rayo atravesó de forma inesperada esta tertulia hipotéticamente distendida, aunque también sirvió para unirla más. El 9 de noviembre de 1938 los gobernantes desencadenaron la llamada «noche de los cristales rotos» y, como decía mi padre, mostraron su verdadero rostro al mundo después de tanta mascarada. A la mañana siguiente se acercó a la ciudad, y después nos contó toda la devastación que había visto: sinagogas incendiadas, escaparates destrozados, aceras llenas de cristales, jirones de telas, papeles y basuras dispersos por el suelo. Al final, telefoneó a algunos amigos y les aconsejó que escapasen de allí lo antes posible.

«¡Mejor hoy que mañana!», le oí gritar una vez al auricular. Pero sólo los Rosenthal se hicieron cargo de la situación.

Fue por esta época cuando el único alumno judío de nuestra clase dejó de asistir al colegio sin previo aviso. Era muy callado, muy introvertido, y casi siempre se mantenía apartado, pero alguna vez me pregunté si no mantendría esa actitud ante el temor de que los compañeros de clase le rechazaran. Todavía nos estábamos preguntando por su ausencia repentina cuando un día, en las cercanías de la estación de Silesia, me salió al encuentro como por casualidad y aprovechó la ocasión para despedirse personalmente, según me dijo. Ya lo había hecho con algunos pocos compañeros de clase, los que habían sido honestos con él; los demás le seguían resultando unos extraños, o incluso jefecillos de las Juventudes Hitlerianas, y aunque se habían mostrado amistosos con él, «quizá incluso demasiado amistosos», no veía razón para despedirse de ellos. Como era judío, ya no podría ir más al colegio. Su familia tenía ahora la oportunidad de emigrar a Inglaterra. No querían dejar pasar esa oportunidad. «Es una pena», me dijo al despedirse, alejado ya unos tres o cuatro pasos de mí. «Esta vez ya es para siempre».

Poco después de empezar el nuevo año, en marzo de 1939, mi padre telefoneó al doctor Meyer para preguntarle por qué llevaba tanto tiempo sin venir a tomar el té. El doctor le contestó que, desde que había fallecido su mujer, apenas salía con gente y que, además, el 9 de noviembre se habían hecho realidad sus más lúgubres presentimientos. Jamás había imaginado cuánta maldad anidaba detrás de las puertas de sus vecinos. Había tenido que cerrar su consulta, alguna vez acudía a las reuniones de la liga cultural, pero incluso le costaba hacer la compra, ir al banco o recoger la correspondencia del buzón. Al final de la conversación quedaron para tomar el té en el transcurso de la semana siguiente.

El doctor Meyer vino a Karlshorst uno de los primeros días de la primavera. Como la temperatura era agradable, propuso tomar el té en el jardín; con el abrigo puesto se estaba muy bien al aire libre. Cuando llegó, yo me encontraba en la casita del jardín ocupado en limpiar algunas herramientas y, ante una señal de mi padre, acerqué a la mesa el pesado servicio de loza que estaba en una balda del aparador, mientras mi madre preparaba el té en casa.

El doctor Meyer tenía cerca de sesenta años, y contó que se podía decir que su mujer había muerto de «falta de ganas de seguir viviendo». Él continuaba habitando su antigua casa de la Hallesches Tor, que con los años se había deteriorado y estaba un tanto deslucida. Mi madre, que había acudido con mi padre a darle el pésame, relataba cosas horribles sobre el estado de la vivienda. Platos sucios, tazas a medio llenar de té que se había vuelto grasoso; ropa tirada por todas partes sin ningún cuidado. Únicamente la biblioteca, que se encontraba en la llamada habitación berlinesa, presentaba un esmerado orden, sólo estropeado por dos o tres montones de cuadros enmarcados de expresionistas alemanes. Cuando llegó, mi madre comenzó a lavar toda la vajilla que estaba dispersa y a recoger todo lo que estaba por en medio. Sin embargo, el doctor Meyer le dijo que no se preocupara, que pasaba los días casi sin salir de la biblioteca, ya que la ventana daba al patio y allí no se podía oír ni ver a nadie.

Mi padre solía decir del doctor Meyer que siempre iba inclinado hacia delante, como si considerase que la inclinación para auscultar fuera su posición habitual. Si le observabas con más detenimiento, podías percibir en él un ligero estremecimiento. Tenía una voz un tanto ronca, y cuando nos recitaba poemas, tosía continuamente, de manera que nos preguntábamos si no se la provocaría una laringitis o más bien el profundo respeto con que lo hacía. Mi padre aseguraba que nunca había mantenido una conversación anodina con el doctor Meyer, y por eso me llamó esa tarde, cuando terminé de limpiar las herramientas, para que me sentara con ellos en la mesa del jardín. «Escucha lo que el doctor Meyer tiene que contar», me dijo. El tema abordado era precisamente el de los poetae minores alemanes: Geibel, Rückert, Gellert y Bürger, así como la «maravillosa Droste-Hülshoff». A excepción de Bürger, por entonces yo no sabía gran cosa de esos personajes. Sin embargo, el doctor Meyer cambió de tema y dejó caer algunas observaciones despectivas, dichas con enojada carraspera, sobre los judíos de su vecindario que ya habían emigrado; él no se contaba entre ellos. Él siempre se había sentido alemán, no se sentía judío ni siquiera en cuanto a cultura. Ya sus padres habían ido un par de pasos por delante de este mundo, y sólo los nazis le habían empujado de nuevo hacia esa «condición judía que le resultaba realmente extraña». A continuación volvió a sus poetas de segunda categoría, Matthisson, Hólty, Stolberg.

«Es curioso —pensaba yo—, los dos hombres aquí, bajo la fresca luz primaveral, embozados con sus gruesos abrigos..., parece como si estuvieran en una sala de espera».

Por la noche, mi padre contó que le había hecho algunos reproches al doctor Meyer por su enfoque tan arrogante respecto a los judíos de la estación de Silesia. Sin más, había admitido que era orgulloso como todos los judíos. Pero estaba permitido burlarse de los propios parientes. Mi padre, en cambio, no podía hacerlo, al menos si deseaba conservar su amistad. Después supe que mi padre había acordado que todos los sábados yo visitaría al doctor Meyer después del colegio. Ya había oído yo lo mucho que le costaba hacer la compra e ir a la oficina de correos, y me rogó que lo hiciera por él. El doctor Meyer aseguraba que estaba a gusto conmigo, y como era una persona muy culta, las visitas no me harían ningún daño. Además, era lo menos que se podía hacer por personas como él. Después de pensar un poco, mi padre añadió que iba a preguntar a los Rosenthal si les venía bien que Wolfgang fuera a su casa los sábados.

En cualquier caso, todavía transcurrieron algunos meses hasta que comenzaron las visitas, ya que, inesperadamente, el doctor Meyer empezó a poner objeciones, y mi padre creía que estaba claro que tenía miedo de permitir que un extraño viera las condiciones de su hogar. No obstante, a finales del verano de 1939 visité al doctor Meyer por primera vez, y durante un tiempo acudí a su casa prácticamente todos los sábados, mientras que Wolfgang, según recuerdo, solía desplazarse a visitar a los Rosenthal durante diez minutos cada cuatro semanas desde su colegio en la nueva Kantstrasse.

Esa etapa fue para mí sumamente instructiva, siempre llena de nuevos descubrimientos. Por lo general, llegaba a la «casa mohosa» del viejo Berlín a mediodía, hacia las dos. Lo primero que hacía era recorrer las tiendas de la vecindad con la lista que me había dado el doctor Meyer. En el vestíbulo de su casa me comentó que, además de la bolsa de la compra, debía llevar, como lo hacía él, una cartera para la otra mano, hiciese falta o no. El siempre llevaba un objeto en cada mano para evitar tener que hacer el saludo hitleriano, que siempre le exigían, aunque sólo fuera levantando el brazo hasta el hombro. «Yo no saludo cuando tengo una mano libre —repliqué yo con aire jactancioso, y añadí—: mi padre tampoco lo hace, ni siquiera cuando tiene las dos manos libres».

A mí apenas me molestaba el caos que reinaba en la vivienda y que tanto había incomodado a mi madre. Naturalmente, no se me escapaba que el doctor Meyer vivía en el escenario de un gran burgués que se había vuelto pobre y decadente. Las librerías, adornadas con tallas de madera oscura, llegaban hasta el techo, y aunque la estancia presentaba un orden tolerable, el doctor Meyer se disculpó por el revoltijo; él siempre había mantenido el orden en su habitación, todo lo demás era asunto de su mujer, y, antes de eso, del personal a su cargo. En algún momento empezó a hablar sobre el último viaje a la Provenza, del encuentro con sus hijos, de lo dichosos que habían sido entonces. Hasta que una mañana, hacía escasamente un año, su mujer se quedó en la cama, y tras muchos ruegos, le había explicado que ella no estaba hecha para esos tiempos y que ya no quería seguir viviendo. Él había recurrido a toda la elocuencia de la que era capaz. Pero al final ella se tapó los oídos, meneó la cabeza sin decir una palabra y ya no comió nada más. Mientras contaba todo esto, el doctor Meyer recorría inquieto la biblioteca de arriba abajo. De repente, se quedó quieto y dijo: «Al undécimo día, Hilde Meyer murió».

Algunas veces me he preguntado si era el recuerdo de sus días de vacaciones en Niza o su negativa a asumir el fallecimiento de su mujer lo que hacía que el doctor Meyer me recibiera casi siempre ataviado con un traje de verano de color beige y un pañuelo de cuello rojo. Volví a notar con claridad la precipitación con la que hablaba. Mi padre opinaba, con razón, que, cuando el doctor Meyer hablaba, transmitía la idea de que no le quedaba mucho tiempo. Cuando regresé de la compra, volvió a su mujer y a sus tres hijos, que ya hacía tiempo que habían emigrado; dos de ellos vivían en Sudáfrica, aunque no se sentían parte de ese país.

La vida se presta a muchos equívocos, continuó diciendo tras hacer una pausa en sus meditaciones, pero a veces los hombres solos se ponen sobre la pista falsa. Él era realmente una persona fracasada. Sus abuelos, vendedores ambulantes, habían vagado de acá para allá entre Cracovia y Lodz desde su nido galiciano, hasta que se quedaron varados en el Este proletario de Berlín. Si la historia de su familia hubiera sido algo más «normal», al menos él o alguna de sus hermanas podrían haber llegado hasta lo mejor del barrio de Kreuzberg, y sus hijos, hasta Charlottenburg, y los hijos de éstos, a una villa en el Grunewald. Ahora, dos de ellos vivían en Johannesburgo, y el otro, en México. «La vida ya no se atiene a unas normas —concluyó—. Pero ¿por qué?». Lo decía como si esa pregunta no tuviera respuesta.

Sin decir una palabra más se volvió y, con gesto sombrío, repasó algunas filas y nombres en la librería. Después me pidió que le leyera algunos poemas de una antología. Yo le conté lo que hacía mi padre, que nos ofrecía un marco por cada diez poemas, y para la vez siguiente me recomendó algún poema de Heine, Platen y Rilke. «Ich grolle nicht» (No guardo rencor), recuerdo instintivamente, «Es liegt an meines Menschen Schmerz» (Está en mi dolor de hombre) o «Jardin du Luxembourg» (Jardín de Luxemburgo), de Rilke. Una vez me di cuenta de que al doctor Meyer se le humedecieron los ojos durante uno de mis recitados. Según recuerdo hoy, estaba leyendo «Schlafe, was willst du mehr?» (Duerme, ¿qué más quieres?), de Goethe; pensé que seguramente se debía a que lo veía como el cumplimiento del último deseo de su querida difunta. Más tarde nos pasamos a la prosa, y leí Schach von Wuthenow de Fontane y algunas novelas de Kleist. El doctor Meyer plagaba todo de comentarios literarios o históricos; más adelante leí alguno de los relatos particularmente fríos de Conrad Ferdinand Meyer, y otro día El haya de los judíos, de Anette von Droste-Hülshoff, y Freund Hein, de Emil Strauss. El doctor Meyer era mi escuela.

Al mismo tiempo me enseñaba normas de conducta, algunas de las cuales no he olvidado. Es mucho mejor para el mundo que los hombres sean tontos a que tengan prejuicios, decía una de sus máximas; y otra decía que no pagamos nada tan caro como lo regalado. Una vez también me exhortó a prestar atención a la distancia. «Es mejor que no nos abracemos unos a otros — explicaba—, porque con demasiada frecuencia el abrazado guarda un cuchillo en la manga». Y después: «En todo caso, se abraza a una mujer. Pero incluso ella suele ocultar un cuchillo bajo el camisón». Ante esta afirmación, al parecer, le debí de mirar estupefacto, pues tras esas palabras le oí reírse por primera vez: «¡Es sólo un mal chiste!».

Las visitas al doctor Meyer hicieron que me acostumbrara a no volver inmediatamente a casa al terminar las clases en el colegio. A comienzos del verano de 1939, yo estaba por entonces a medio camino de los catorce años, y mi padre me comentó que ya había llegado el momento de tomar en serio el Renacimiento italiano y encaminar mi profesión hacia su estudio. Pues si iba a dedicarme a la historia, haría bien en no remontarme más allá del siglo XV para acercarme al presente; de lo contrario, caería inevitablemente muy cerca de las épocas dominadas por los nazis. Por esas fechas encontré en su biblioteca el libro de fotografías de Alfred Hentzen sobre el Nationalmuseum. Esto supuso hallar el material complementario para mis intereses, por lo que con frecuencia, al salir de clase, me iba a la ciudad, a la Isla de los Museos. Muy pronto quedé cautivado por la espaciosa pero a la vez íntima instalación, las construcciones en escalera, las galerías y sus filas de columnas. En cuanto al aspecto pictórico, mis preferencias se centraron en las salas de los románticos, los artistas alemanes residentes en Roma y Feuerbach, Hans von Marées, Böcklin y todo entre el David tardío y Manet. Respecto a los pintores italianos, desde Giotto hasta Reni, admiraba sobre todo su genialidad técnica, la palpable pesadez del brocado de los cuadros de Tiziano o la hermosa carnosidad de los cuerpos desnudos; pero al mismo tiempo me preguntaba por qué apenas se reflejaba en los cuadros la tan dramática agitación de la época. A menudo hablé sobre este tema con mi padre. Al final llegamos a la conclusión de que, desde el punto de vista histórico, el Renacimiento italiano era infinitamente más esplendoroso y melancólico, así como más sugerente en cuanto a materia de trabajo científico o literario, que los idilios de Olevano o Barbizon. No obstante, bajo las nieblas de Caspar David Friedrich o en el monte bajo y los pantanos de Monet se descubre más vida que en los cuadros de Salvatore Rosa o de Guido Reni, donde los santos luchan con dragones y otras jadeantes bestias venenosas. Sin embargo, mi padre opinaba que ambas cosas resultan interesantes, la figuración del arte y sus dominios de la realidad.

De tarde en tarde seguía un par de estaciones más con Gerd Donner o algún otro compañero de clase y nos íbamos al planetario, en la estación del Zoo. En realidad era un cine normal que, antes del noticiario semanal y del largometraje, nos mostraba y explicaba en la cúpula el cielo estrellado de cada día. Mis padres, un tanto ajenos al mundo, pensaban que un cine que ofrecía semejante programa complementario tan enriquecedor decididamente no podía exhibir películas de baja calidad y, en consecuencia, me veía las películas con toda tranquilidad acompañado de Heinz Rühmann, Willy Fritsch y Zarah Leander, Heli Finkenzeller y Heinrich George, en una palabra, veía todo lo que se llevaba. Mis padres se habrían sorprendido hasta cierto punto. Sólo les habría tranquilizado a medias el hecho de que, sea por instinto o gracias a las indicaciones de Gerd Donner, evité todas las películas de propaganda.

Ese verano nos anunció su visita Emil Lengyel, un amigo de mi padre de los años de Weimar, que desde entonces se había ganado respeto y reputación en Estados Unidos como profesor y como escritor político. A comienzos del verano de 1939 había iniciado un largo viaje por las capitales de Europa Occidental con el fin de examinar la situación política cada vez más amenazante. En la carta que nos mandó hablaba abiertamente sobre la responsabilidad de Hitler en la inminente guerra y calificaba al régimen del nacionalsocialismo como una versión de la dictadura húngara, de la que él había huido al acabar la Primera Guerra Mundial, pero dotada de la minuciosidad alemana.

Mi madre estaba horrorizada. «No me gusta el ardiente temperamento húngaro para la política. Y además: un americano tan enemigo de Hitler en nuestra casa —le dijo a mi padre durante la cena del segundo turno—, ¡piensa en tu familia! Nos van a buscar un lío por esto. ¿Por qué no os vais mejor a algún local?». Mi padre miró enojado delante de él y parecía pensar que no estaba dispuesto a discutir con mi madre delante de Wolfgang y de mí en esa segunda cena. Finalmente respondió:

«Al igual que tú, yo también pienso en todos nosotros. Pero la cobardía no está permitida. Eso pareces olvidarlo». Mi madre se puso de pie y, con las manos apoyadas en la mesa, le replicó, no sin brusquedad: «Tú no piensas en valor o cobardía. Tú sólo tienes en la cabeza tus principios». En todos esos años, ésta fue la única disparidad de criterios que mantuvieron mis padres en nuestra presencia.

Pero mi padre se mostró inamovible. Lengyel vino a la Hentigstrasse y, a sugerencia de mi madre, pasamos una agradable velada sentados a la mesa del jardín con pasos de Csárdás y palmoteos. Cuando se hizo de noche, el invitado hizo aparecer cinco farolillos de papel como por arte de magia y continuamos todavía un rato con los juegos. Después, apareció en su balcón el insoportable señor Henschel y nos pidió silencio: «Son las diez de la noche», rugió. En vista de esto, Lengyel y mi padre se retiraron al despacho.

Yo seguía con mis visitas al doctor Meyer, y un buen día llegamos a Thomas Mann, «indiscutiblemente el mayor poeta alemán», como solía afirmar el doctor. Hasta entonces yo sólo había oído ese nombre de pasada, pero ahora el doctor Meyer hablaba con su voz ronca sobre la categoría del poeta, el premio Nobel, el hermano mayor de Heinrich y la capacidad literaria de sus hijos. Sin embargo, yo me hacía un lío con tantos títulos y nombres. Al final me leyó algunas páginas de Tonio Krögery me comentó que el libro era la versión más breve del problema que afectó a Thomas Mann durante toda su vida. Todos sus protagonistas eran gente marginada, y cada uno de sus libros representa una variación sobre el tema. Una vez citó de un tirón algunos pasajes de Alteza real y de Los Buddenbrook. Se subió a una escalera plegable y cogió de la librería algunos volúmenes del escritor. Después de hojearlos, me pasó Los Buddenbrook para «la próxima quincena» y me rogó encarecidamente que no doblara ninguna hoja del libro ni lo perdiera o estropeara bajo ningún concepto. Thomas Mann no gustaba en esa época y, por tanto, era muy difícil hacerse con alguna de sus obras nuevas.

Empecé a leer las primeras páginas del libro cuando todavía iba en el tren, pero durante la cena no comenté nada, ya que conocía las reservas de mi padre ante toda la literatura novelesca. Una vez que mi tía Dolly, que trabajaba como bibliotecaria, trajo para Wolfgang Narciso y Goldmundo, de Hermann Hesse, a mi padre no le hizo gracia y dijo que las novelas eran generalmente para amas de casa desocupadas o para sirvientas. Tras una larga discusión, se leyó dos o tres páginas del libro y se lo devolvió a Wolfgang con un burlón «Vale, vale, ¡que te guste, señorita Magda!».

Su actitud respecto a Thomas Mann fue diferente. Pasados unos días, precisamente cuando había llegado a la descripción del fallecimiento del tío de Gotthold, mi padre descubrió el libro y me preguntó de dónde lo había sacado. Cuando le hablé de la predilección del doctor Meyer por Thomas Mann, me contestó con total indiferencia: «El doctor Meyer no lo sabe, pero no quiero a Thomas Mann en casa». Aunque era un escritor importante, era un irresponsable en política. Para él, continuó mi padre, Thomas Mann había perdido todo crédito con sus Consideraciones de un apolítico. Este libro, precisamente por estar tan bien escrito, había hecho más que el propio Hitler por el distanciamiento de los ciudadanos respecto a la República. Algo así no tenía disculpa. Por tanto, me invitaba a devolver el libro al doctor Meyer de inmediato, y él mismo le enviaría unas líneas aclaratorias.

Cuando regresé del colegio al día siguiente, el libro ya estaba en la oficina de Correos; mi madre comentó que había tenido cosas que hacer por allí cerca y había hecho el envío en mi nombre. El doctor Meyer me recibió el sábado siguiente meneando la cabeza y con Los Buddenbrook en la mano. Tímidamente, me dijo que mi padre quizá no sabía que la literatura es simplemente un juego. Se tomaba a los autores y los libros demasiado en serio. Toda buena literatura debe ser, por decirlo de alguna manera, un circo en casa, y tiene un lado algo humorístico. Algunas semanas más tarde pude comprobar cuánta razón tenía, cuando mi padre me exigió de nuevo que devolviera un libro. Esta vez se trataba de Ein Kampf um Rom (La batalla por Roma), de Felix Dahn, que me había prestado Heinz Steinki, el hijo de un sastre de la Blumenstrasse. Mi padre dijo que sentía actuar en este caso como un censor, pero tampoco quería en casa a un autor políticamente tan sospechoso como Felix Dahn. «Convivimos con gente así —decía—, se puede decir que se cuelan en la familia». Meneó la cabeza de un lado a otro: « ¡Felix Dahn nunca formará parte de ella!». En consecuencia, durante años nunca he sabido con detalle cómo pudieron llegar los godos a Cosenza y cómo les fue históricamente cuando hubieron enterrado a su rey, junto con su tesoro de oro, de noche en Busento. Lo que sí tuve claro fue la gravedad del trauma que causó el hundimiento de la República de Weimar a sus partidarios.

Por esa época más o menos volvió a aparecer Sally Jallowitz, a quien mi madre no podía soportar. Yo le conté la evolución de los domicilios por los que había pasado el doctor Meyer, según la cual la primera generación de judíos inmigrados se había establecido poco menos que en graneros, y cien años después los nietos residían en Grunewald. Desgraciadamente, esto ya se había acabado, había dicho el doctor Meyer, y él mismo era un ejemplo de lo incapaces que se habían vuelto los judíos. Jallowitz se limitó a sonreír con su inquebrantable optimismo. Sus padres y él habían vivido en un sótano en Andreasplatz; y ahora ya no vivía en una vivienda del subsuelo detrás de ropa tendida, sino en una confortable casa de vecinos cerca del Spittelrnarkt. Sí que era verdad que todavía tenía que ir con dos pesadas maletas visitando a los clientes, pero eso ya no le afectaba. Tenía escondida una «bonita suma» que había ahorrado, así como algo de plata, debajo de una tabla de madera de la tarima de su pequeña pero acogedora vivienda de dos habitaciones: «Los muebles, todos sin excepción, del Barroco más noble y moderno». Y pensaba casarse en un breve plazo.

«Pero yo le juro a usted —empezó a decir mientras se quitaba el sombrero para secarse el sudor del cuello y la frente— que mis hijos vivirán en Charlottenburg sin tener que dar el rodeo de pasar por la Seydelstrasse, y uno de los tres o cuatro hijos que tendré quizá vivirá en Grunewald. ¡Lo juro!».

A comienzos del verano de 1939, el fundador y director de la escuela de idiomas donde mi padre estudiaba italiano y ruso le propuso la dirección de la oficina .de Berlín. Al recordarle mi padre la prohibición administrativa que pesaba sobre sus clases particulares, el doctor Hartnack le cortó diciendo que, después de seis años, hasta los nazis se habían vuelto más tratables. No obstante, recomendó a mi padre que presentara una solicitud en la oficina correspondiente en la que pidiera la autorización necesaria, y mi madre acudía todas las mañanas a la «misa rogativa» para rezar por un feliz desenlace del asunto. La respuesta llegó unas tres semanas después: no se había podido conceder la autorización, decía el escrito, porque el «comportamiento conocido del solicitante en los círculos oficiales» no mostraba que su filiación política hubiera cambiado en los años precedentes. Ni siquiera había terminado su petición tal como estaba ordenado desde hacía años, con el «saludo alemán». En cuanto la oficina tuviera constancia de que el solicitante mostraba una apreciación positiva del ordenamiento nacionalsocialista así como del Führer Adolf Hitler, estaría dispuesta a reconsiderar las circunstancias.

Mientras mi padre lanzaba sobre la mesa el escrito, exclamó con risa enojada: «Esos tipos asquerosos pueden esperar sentados, todos eran colegas», mientras mi madre no disimulaba su desesperación. Aunque resultaba evidente cómo la impresionaba la intransigencia de su marido. A veces la veía por la noche agotada después de todo el día, sentada en el sillón del salón, cuando se le cerraban los ojos mientras remendaba y parecía invadirla una especie de desmayo. Si sentía que la observaban, entonces pegaba un respingo y decía sonrojándose que no se había dormido, que sólo estaba meditando. Después me pedía que le hiciera compañía durante un buen rato, pero yo solía fracasar en mi intento de encontrar un chismorreo divertido. Por tanto, le hablaba de las redacciones para el colegio, del pacto hecho con Wolfgang, según el cual yo ya no iba a apoyar al Schalke 04, sino que en el futuro iba a ir con el Rapid de Viena, y de mi observación de que últimamente había visto a bastantes personas con perros pastores. Al final mi madre dijo: «Seis o siete años, y mundo y hombres irán de cabeza». Ella jamás lo entendería.

Por esas mismas fechas se despidieron Walter Rosenthal y su atractiva mujer. Habían dejado de entender a los alemanes, contaba él por teléfono, y en tres días abandonarían el país a pesar de todas las dificultades que les ponían las autoridades. Les habría gustado ir a despedirse, pero las circunstancias se habían precipitado. Después se puso Sonja Rosenthal para decir unas «simples palabras de despedida». Solamente quería decir que la poca confianza que todavía conservaba en la gente debía agradecérsela a algunos amigos berlineses: «Quizá no tan pocos», añadió. Dijo un «¡Hasta la vista!», que sonó casi como una pregunta, y colgó.

Pero en conjunto, el verano de 1939 fue para mi hermano Winfried. Un día llegó a casa casi sin aliento debido al cansancio y la alegría y gritó: «¡Lo he conseguido! ¡Por fin! ¡Ya lo he logrado!». Llevaba dos o tres meses practicando el molinete grande en la barra fija con una determinación propia de su juventud y sin importarle el tiempo que hiciera. Wolfgang, que no era un gimnasta especialmente dotado y que sólo conseguía hacer el molinete flexionado, pronto se había dado por vencido, y yo, después de dos semanas, era capaz de hacer el pequeño molinete gigante, mucho más fácil. Únicamente Winfried había seguido esforzándose hasta conseguir por fin no sólo una rotación, sino dos molinetes gigantes. Toda la familia, incluidas mis dos hermanas, que nunca habían mostrado interés por nuestro mundo de chicos, le seguimos hasta el jardín. Como ellas estaban invitadas a un cumpleaños, llevaban en el pelo grandes y coloridos lazos en los que mi madre había puesto mucho empeño antes de la interrupción para que todo estuviera «como es debido». En esto, Winfried saltó a la barra desde una silla, tomó impulso un par de veces y se lanzó a hacer el molinete. Al terminar, quedó clavado en el suelo, y elviejo Katlewski resultó a su vez tan impresionado que se ofreció a inscribir a Winfried en el club gimnástico de Karlshorst, el KTV 1900, y mi padre despertó nuestra envidia cuando le dio a Winfried un marco: la misma cantidad que por diez poemas.

Al día siguiente pasó por casa por casualidad Hans Hausdorf, que seguía haciendo negocios lucrativos con la venta de instrumentos de dentista y accesorios, y vio una exhibición del molinete. Quedó tan asombrado que sacó cinco marcos de la cartera. Pero cuando se enteró de la cantidad que le había dado mi padre a Winfried, le dio también sólo un marco: «No puedo darte más que tu padre», dijo, y Winfried respondió con sequedad: «¡Claro que puede! ¡Pero no quiere!». Entonces, el señor Hausdorf, después de titubear un poco, añadió setenta pfennigs. «¡Con este dinero tienes que invitar a tu familia a un helado!».

Por esas mismas fechas, el organista de nuestra iglesia se mostró dispuesto a darnos clases gratuitas de piano a mis dos hermanas y a mí. En el caso de mis hermanos, se habían mostrado tan despectivos ante la simple pregunta sobre la clase, Wolfgang incluso un tanto burlón, que no tuvieron opción. El señor Tinz era una persona muy temperamental, dotado de la típica amabilidad renana, medio calvo y con el pelo de los lados peinado hacia atrás. Me enseñó tanto la postura del pianista como los distintos tipos de pulsación, y no sólo me acercó a compositores de los que yo apenas sabía algo, como Händel, Telemann o Schütz. Me enseñó mucho más su incesante entusiasmo, que en una conversación podía llegar a cansar. Decía que en la música era necesario el sentimiento tanto en intérpretes como en oyentes; «sin fuego» no queda de ella más que «resoplar en un montón de ceniza»: la pasión es más importante que la técnica, nos decía con su aguda voz. Una vez, después de una de sus ilusionantes clases, que él solía terminar con un movimiento transcrito en lo posible como presto de alguna sonata clásica, le pregunté a mi madre si, tras aquella hermosa apoteosis de artista, querría ella tocar el Ah, vous dirais-je maman o algunas de las danzas de Johannes Brahms, y ella me miró sonriente y casi compasiva desde su fogón. Con un laconismo que no solía ser habitual en ella, explicó: «¡Ahora no es momento!».

Ahora procede hablar de mi nuevo amigo, que también al piano me sacaba al menos un año: Wigbert Gans había llegado a nuestra clase hacía poco. Procedía de Halle, y las circunstancias quisieron que un año antes su padre también hubiera sido «despedido» de su puesto de director de instituto, como le había ocurrido al mío en abril de 1933. Bajo su pelo ondulado, su cara mostraba una concentración reflexiva, y Hans Hausdorf, que coincidió una vez con él en nuestra casa, opinaba que Wibgert escuchaba con tal vehemencia que provocaba desazón. Un día apareció por el colegio como salido de la nada, y después de cinco horas de clase todos sabíamos que ya teníamos un nuevo «primero» de la clase. No solamente nos aventajaba a nosotros y a algunos profesores en todas las asignaturas de ciencias naturales, sino también en las lenguas extranjeras, e incluso en la clase de gimnasia se contaba entre los mejores, en contra de todas las reglas del primero de la clase. Como no era ambicioso ni fanfarrón, desde el primer día se integró en el grupo. Poco después me visitó en Karlshorst por primera vez, y se presentó a mis padres con unas desconcertantes palabras:

«Yo soy Wigbert Gans, y procedo de una familia que también es "de buena ley" o "anti", como ustedes prefieran».

Nos hicimos amigos rápidamente, y también conseguimos sentarnos juntos en uno de los pupitres dobles. Intercambiábamos las más dispares experiencias, criticábamos sin piedad la falta de conocimientos de nuestro profesor el doctor Appelt, y también leíamos juntos La leyenda de los nibelungos, Hiperión de Hölderlin y a Knut Hamsun. De vez en cuando, al acabar las clases seguíamos un par de estaciones más hasta Alexanderplatz o hasta la Friedrichstrasse, y los peinados cardados, las blusas llamativas o las medias de malla verdes de las damas que se dejaban ver por allí nos parecían más excitantes que ellas mismas. Algunas veces también callejeábamos por la zona entre Hackescher Markt y Mulackstrasse, y mirábamos perplejos los zaguanes y las viviendas de los sótanos de este submundo mohoso. Delante de las entradas de las casas colgaba ropa mísera, ollas o lencería; del subsuelo subía un avinagrado olor a pobreza. Había vendedores de colillas dispersos por la zona que tenían las mercancías colocadas con todo esmero sobre viejas tablas y clasificadas según tipo y longitud. Tres puntas de cigarro costaban un pfennig un cigarro a medio fumar, tres pfennig. También pasamos al lado de algunos grupos de judíos que hablaban con las cabezas muy juntas y que, incluso en los calurosos días de verano, llevaban abrigos y sombreros oscuros. Transmitían una impresión de abandono y una sensación, difícil de explicar, de fascinación, estremecimiento y tristeza.

El instituto Leibniz era una escuela sin reputación, nada comparable con instituciones docentes tan legendarias como el instituto Fichte, el Graue Kloster o el Canisius-Kollege, cuyos nombres se saludaban con admirativos levantamientos de cejas. La pedagogía algo simple de la mayoría de los profesores enseñaba sobre todo a estudiar y asociaba la adquisición de conocimientos con un sencillo sistema de la valoración apropiada.

El director del colegio, Wilhelm Weinhold, pasaba por ser un nazi convencido, pero en realidad no lo era. El porte marcial que se esforzaba en mostrar y su barbilla pegada al cuello conferían a su autoridad algo de afectación. Los acuosos ojos, que tenían una expresión penetrante cuando echaba las reprimendas, también revelaban el esfuerzo que le costaba aparecer como el «sargento Wilhelm», que era como le llamaban los alumnos. ¿Pero fue de verdad casualidad que encomendara los temas ideológicos precisamente al apocado señor Pfaff, cuyo dialecto suabo nos provocaba la risa cuando hacía sus patéticas declamaciones? Mientras él explicaba por párrafos y con expresión perpleja El mito del siglo XX, de Alfred Rosenberg, nosotros colocábamos bolsas con agua encima de la puerta de clase, hasta que él se desmoronaba, en un suabo totalmente ininteligible, entre el griterío de la clase. Llevándose las manos a las sienes, trataba de buscar ayuda en el director Weinhold, que no hacía otra cosa que acudir a nuestra clase con enérgicas zancadas y con su barbilla pegada al cuello para ordenarnos repetidas veces «¡De pie!», «¡Sentados!», y daba el incidente por concluido con una llamada de atención sobre la guerra y el buen nombre de la institución. Como antiguo alumno de teología, durante la celebración anual de la Navidad en el salón de actos del colegio, y después de haber celebrado la parte oficial con cánticos nazis y poemas políticos, hacía retirar del salón la bandera con la cruz gamada antes de pronunciar un discurso religioso entre la lectura del evangelio y el canto del O du frühliche.

También estaba el profesor de historia, el doctor Schmidt, un calvo que llevaba trajes de tweed y al que le gustaba contar episodios de su vida, además del sensible doctor Hertel, que nos daba clases de alemán y latín, así como el profesor de geografía, el doctor Püschel, un hombre gruñón al que, ante una pregunta complicada, le brillaban los ojos y se acariciaba el bigote con el puño cerrado. Cuando la clase comprendía demasiado bien sus ambigüedades políticas con la percepción ágil propia de los chicos de la gran ciudad, se corregía aturullado, no sin enlazar su rectificación con un nuevo sentido oculto: un verdadero patán, un villano, que con el tiempo se reveló como un funambulista político, en contradicción con su carácter y temperamento.

Y, finalmente, cuando estábamos en segundo curso, apareció la señorita Schneider, que se presentó como la nueva profesora de gimnasia y que, cosa rara, respondía al nombre de «señorita Doris». Era atractiva y tenía una figura en la que, según el experto Gerd Donner: «Todo está en las curvas exactas y los lugares precisos». Para perplejidad de los alumnos, venía a clase en pantalones, lo que a nosotros nos causaba una especie de entusiasmo, aunque no así al claustro de profesores, según dicen, que lo tomó con extrañeza no disimulada. A la señorita Doris le gustaba inventarse nuevos ejercicios para hacer en el potro, la barra fija o las espalderas, todo ello con amplios saltos, y para ayudar al saltador le cogía a la salida del ejercicio con un fuerte abrazo. Muy pronto algunos reconocieron que la beldad de pechos turgentes ayudaba no sólo con los ejercicios físicos, sino que brindaba otras muchas posibilidades. Schibischewski fue el primero que aprovechó la oportunidad. Cuando volvía de un salto de plinto, nos hizo la siguiente observación: «¡Diana!», mientras Jendralski hacía gestos y Gerd Donner se limitaba a levantar dos dedos de la mano derecha, con lo que él siempre quería decir con eso. La semana siguiente se presentó con una «delegación» de tres condiscípulos ante el doctor Weinhold para manifestarle que, según «opiniones profesionales» y también en pro del deseable «fortalecimiento político», eran necesarias dos horas complementarias de gimnasia. Tras largas negociaciones, se decidió cumplir el «deseo ejemplar» de la clase con una hora más de gimnasia.

El tercer curso del instituto Leibniz tenía en Gerd Donner un líder nato. En la escuela primaria había tenido que repetir un curso, y por ello no sólo era mayor que los demás, sino más experimentado que nosotros. Además, tenía un instinto darwinista de supervivencia que había adquirido en los patios interiores del barrio obrero SO 36. Siempre iba vestido algo cursi y jugaba continuamente con el peine de bolsillo que sacaba en cada recreo y que, con la cabeza echada hacia atrás, se pasaba por el largo pelo rizado, cortado a la última moda. Su belleza proletaria le permitía, como experto, contemplar con asombro los bares de noche llenos de misterio y de historias excepcionales de mujeres. Según su lema, había que entrar siempre por las puertas traseras, así se alcanzaba mejor el objetivo. Una vez, de camino a la estación, me llevó a casa de un compañero de clase al que conocía de su época de primaria, Harry Wolfhart, cuyo padre tenía una colección de más de mil soldaditos de estaño. Bajito, algo corpulento y con el pelo cortado a cepillo, este hombre de unos cincuenta años mostraba tanta melancolía natural como nostalgia por sus antiguas e interminables noches de bebedor. Disfrutó enseñándonos los armarios de una habitación doble muy recogida donde guardaba su colección y hablándonos sobre las banderas que reproducían fielmente el original, los uniformes y las piezas de artillería.

Después nos dejó solos. Harry explicó que llevaba días organizando la batalla de Jena y Auerstedt con unos dos mil soldados uniformados como los de la época. Con un libro sobre la batalla abierto a su lado, señalaba los geniales movimientos envolventes de Napoleón, hacía avanzar unidades, las desviaba o las hacía huir en desbandada. Gerd me había avisado antes de llegar: cuando la batalla estaba en marcha, a veces a Harry le invadía la rabia y quería hacer trampas. Entonces sacaba una antigua cadena de lámpara de una de las cajas que había al pie de la vitrina y empezaba a derribar las filas, hasta que mandaba al diablo toda la bonita formación que estaba dispuesta para la batalla.

Eso fue lo que pasó exactamente durante nuestra visita, y Gerd comentó más tarde que ese día la acometida se había producido muy pronto, pues Harry había querido impresionarnos. Cuando le pregunté a Gerd la razón de ese ataque de locura, me contestó que Harry no estaba loco; simplemente, reproducía la vida. Su padre había sido un afortunado comerciante que había perdido todo por una serie de desgracias y que, desde Dahlem, había pasado a este oscuro rincón de Berlín. De hecho, mientras atacaba el terreno de batalla jadeante y con la cabeza enrojecida, Harry había gritado totalmente fuera de sí: «¡Yo soy el destino! ¡Nadie escapa de mí! ¡Soy todopoderoso!».

Gerd sabía que cada arrebato de su amigo le costaba entre ochenta y cien soldaditos. Algunos se podían volver a soldar, se pegaban, se pintaban de nuevo y se podían volver a exponer. Sin embargo, casi la mitad de los «gravemente heridos» se perdían, así como la totalidad de las veinte casitas repartidas por el terreno en torno a Auerstedt. El padre, añadía Gerd, solía llorar cuando veía sus ejércitos destrozados. Pero permitía que pasara.