Yo no
Capítulo 6 - Mundos desconocidos
CAPÍTULO 6
MUNDOS DESCONOCIDOS
Cuando empezó a amanecer por la ventana del compartimento, pudimos ver la silueta de la Selva Negra y, algo después, cuando el paisaje se volvió más rústico y nos aproximábamos a Friburgo, pudimos divisar el Kaiserstuhl reluciendo al resplandor de la mañana. Mientras intentábamos adivinar los nombres de las poblaciones, los valles y las regiones que pasaban volando por la ventana, Wolfgang, que todavía tenía la mitad de su cabeza en Berlín, comentó que lamentaba que ya nunca iba a poder participar en una de las «tertulias de la sociedad secreta», tal como hacía poco le había prometido mi padre. Se tendría que conformar con el «tan noble como inmoral» Raskolnikov, que ya estaba terminando.
Yo todavía estaba muy lejos de esos conceptos, y sólo había oído hablar de Dostoievski a mi padre y, últimamente, a Wolfgang. A diferencia de mi hermano, me había dedicado durante casi todo el viaje a los dramas de Friedrich Schiller, que, después de las baladas y poemas, supusieron para mí el mayor descubrimiento de esa primavera. En la estación de Friburgo nos esperaba el amigo de mis padres que se había hecho cargo de los gastos de nuestra estancia. Dos taxis, que se hicieron esperar bastante tiempo, nos llevaron con nuestras maletas y cartapacios al internado, situado en la Adolf-Hitler-Strasse.
Era un edificio alargado de varias plantas y con la fachada principal orientada a la calle; subí la amplia escalera central con una mezcla de sentimientos. Al instante comprendí el extraño mundo que se abría tras la pesada puerta doble. La monja que estaba sentada al final de la entrada, en el cuarto de guardia, y que saludó nuestra llegada con tres inclinaciones de cabeza amables y afectuosas, me causó la impresión de una marioneta, pero cuando le susurré a Wolfgang una observación al respecto, él me cuchicheó disgustado: «¡Nada de chistes tontos! ¡Esto es un poco provinciano!». El silencioso pasillo que llevaba a la rectoría olía demasiado a productos de limpieza y cera para el suelo. El rector, doctor Hugo Hermann, a cuya puerta llamamos, tenía una apariencia impresionante: un hombre espiritual con unas facciones de clérigo muy características, alto, delgado y con modales simpáticos. Detrás de los cristales de sus gafas sin montura se veían los ojos pequeños, un poco rasgados.
Cuando entramos en la habitación estaba ocupado con un libro, pero continuó leyendo casi sin alzar la vista. Quiere decir «Yo soy el jefe aquí», susurré, esta vez a Winfried, que se echó a reír y con ello obligó al doctor Hermann a levantar los ojos. Se acercó a donde estábamos y estuvo hablando con nuestro acompañante sobre nuestros padres, sus compromisos políticos y las cualidades de cada uno de nosotros. Sólo entonces se volvió el doctor Hermann hacia nosotros. A mí me preguntó, en relación con el casi decretado Consilium abeundi del instituto Leibniz, por qué tenía tantos problemas con la disciplina, y yo le respondí con la presencia de espíritu de mi patrimonio berlinés: eso dependía siempre de la persona que me la exigía; mi padre nunca se había quejado. El doctor Hermann meneó la cabeza sonriendo con ironía; hizo ver que consideraba mi contestación poco habitual o incluso impropia. En este encuentro ya pudimos ver que era una persona inteligente, sensible y superior por naturaleza. Pero al mismo tiempo también se podía apreciar un toque de rigidez que, junto con su arrogancia clerical y su energía ascética, y a pesar de toda su simpatía, conformaba un carácter más bien paradójico.
Tal como pudimos constatar al término de la charla de presentación, llamaba la atención su agudo y a la vez correcto conocimiento de las personas. Me di cuenta de que el doctor Hermann reconoció de inmediato lo perturbadores que íbamos a resultar para el apacible funcionamiento de su institución, nosotros, alemanes del norte que procedíamos de una gran ciudad muy atea, según sus esquemas. Además, comprendió que «los berlineses», como muy pronto nos empezó a llamar en un arranque de irreflexión que resultaba excepcional en él, precisamente por su carácter subversivo, se sentían excluidos en ese mundo de la Selva Negra impregnado de espiritualidad. «¡Y nada de política! —nos advirtió al despedirse—. ¡Eso nos ocasionaría serias dificultades a todos!».
La noche del primer día, que en gran parte había pasado con Wolfgang y Winfried explorando la pequeña y agradable ciudad entre la catedral y la Martinstor, el doctor Hermann me llamó junto a él y su grupo de alumnos favoritos, que estaban conversando debajo de uno de los grandes y frondosos árboles del patio del internado. Su intención, en parte, era resarcirme de la impresión de la mañana delante de todos. Con una sonrisa que se esforzaba por parecer agradable pero que resultaba forzada, dijo que él también tenía que pedir comprensión, que yo no era el único que tenía derecho a ella, sino que él también. Hacía pocas semanas que había ido a Berlín por tercera vez en su vida, aunque para una estancia de sólo dos días. Se había sentido muy extraño allí, añadió en un tono jovial fingido, porque encontraba exagerada su introducción medio disculpatoria. En todo caso, en ese monstruo que es Berlín se había sentido tan desplazado al Este como si se hubiera ido a Brest-Litowsk o a Minsk, donde, ¡alabado sea Dios!, él no había estado nunca. ¡Y la gente! ¡Una raza desconocida, inquietante! Después, con una arrogancia satisfecha, se arregló su sotana entre las risas de los presentes y a la espera de mi contestación. Sin esperar a que cesaran las risas sumisas intervine: ¡Ahora entiendo por qué Friburgo es como es!
¡Tan cerca de África![9] Porque vayas donde vayas, según hemos visto esta tarde en la ciudad, te tropiezas con «algún negro por el camino».
El semblante del doctor Hermann se congeló de pronto, y todavía hoy puedo percibir el espanto que produjo esta observación entre los presentes. El rector me dio la espalda con brusquedad y, meneando la cabeza, desapareció dentro del edificio por la puerta más próxima. «Al rector no se le puede hablar así —me increpó uno de los alumnos—, ¿es que no tienes educación?». Claro que la tenía, repliqué, pero para cuando hay respeto mutuo. ¿Qué opinaba él sobre la observación del rector? ¿Acaso había estado bien? Me volví a mirar a mi alrededor, y vi que poco a poco todos se apartaban de mí, y muy pronto me encontré allí, solo apoyado contra el muro de ladrillo. Wolfgang y Winfried se me acercaron. Dejaron que les explicara el incidente y Wolfgang hizo el resumen: «¡Fracaso total! Te va a costar mucho salir del hoyo. ¡Pero no te preocupes! Estaremos a tu lado, a pesar de haberte comportado como un imbécil total».
A pesar de todos los reproches que se me hicieron en ese momento y durante mucho tiempo a causa de mi «facundia berlinesa», nunca intenté «salir del hoyo». Además, las autoridades me consideraban demasiado indolente e influido por el ejemplo de mi padre. Incluso, a pesar de los pocos años que contaba por entonces, sospechaba que en las reprimendas que me echó el doctor Hermann durante nuestro primer encuentro había también intención de ofender. Tiempo después escuché comentar a una persona que le conocía bien que durante largo tiempo el rector se había reprochado su poca habilidad. Sin embargo, no había podido comportarse de otra manera. Él creía reconocer en nosotros, «berlineses», a pesar de nuestros «respetables antecedentes familiares», una variante de ese espíritu dominante que él veía materializado sobre todo en los odiados hitlerianos.
Aunque hubiera habido mayor comprensión, yo tampoco me podría haber acostumbrado al estilo de vida del internado. Echaba de menos la libertad berlinesa del día a día. El horario, según el cual se toca la campana para despertarte, rezar, comer, guardar silencio, y así durante todo el día, hasta la hora de dormir; eso de hacerlo todo en común, tanto en el refectorio, como se llamaba al comedor para ajustarlo a modelos conventuales, como en los gabinetes de estudio, con su veintena de pupitres plegables alineados, como en los desnudos dormitorios de paredes blanqueadas: toda esta «vida en fila» al estilo de una academia militar me desagradaba profundamente. «Me he ido del Berlín tan denostado —escribí en una de mis primeras cartas a casa intentando ser irónico—, para conocer, precisamente aquí, la instrucción prusiana. Antes me gustaba; ahora, la odio». Mi padre contestó, como recordábamos más tarde, diciendo que no utilizase «palabras altisonantes».
Tampoco conecté con los compañeros de habitación. En su mayoría eran hijos de campesinos de la Selva Negra o del Alto Rin, a los que la institución brindaba la posibilidad de asistir a una escuela superior: la mayoría con talento, ambiciosos y extraordinariamente aplicados, pero de una estrechez aldeana que cerraba el paso a todo lo que venía del mundo berlinés. Algo apartado y siempre algo malhumorado, como me indicó Wolfgang, seguía sus conversaciones en ese lenguaje suyo tan difícil de entender y que desprende ese intenso sabor a terruño. Añoraba Berlín, la zona en torno a la estación de Silesia, el salto del andén e incluso la hermosa perversidad de la Friedrichstrasse. Además, cada vez echaba más de menos las conversaciones junto a la mesa del jardín. Y tocar el piano. Las plazas del internado para los tres o cuatro profesores que había estaban dadas hacía tiempo, y lo único que pude hacer fue apuntarme a las listas de espera. Me dijeron que en 1944 quizá habría alguna oportunidad, cuando los bachilleres de ese curso abandonaran el internado; de momento sólo había alguna plaza con las profesoras mayores, que daban clase de flauta dulce y laúd. Después de dar algunas horas de clase con la profesora de laúd, que creo recordar que se llamaba señorita von Neuenburg o algo parecido, decidí, sumamente afligido, abandonar el ejercicio de la música.
Donde sí encontré amigos fue en el colegio al que acudía desde el internado. El director, doctor Brühler, al que tuvimos que presentarnos antes de empezar nuestro primer día de clase, nos pareció un hombre de mundo, y automáticamente uno se preguntaba qué circunstancias le habrían llevado hasta ese puesto. Con su traje cruzado de color gris claro, a menudo con una flor en el ojal, causaba una impresión de gran elegancia. Aunque todavía estaba en los cincuenta, tenía el pelo blanco, peinado hacia atrás y ligeramente rizado en la nuca, y un rostro apopléjico enrojecido, como corresponde al tipo de caballero de su clase. Con una voz clara que revelaba gran seguridad en sí mismo, nos comunicó que su ambición era convertir el instituto Friedrich en el mejor colegio de Alemania, y mantenía con ahínco esta pretensión, a pesar de todas las circunstancias. Él esperaba rendimiento y disciplina. Pero también era muy importante que sus alumnos comprendieran algo del espíritu humanista sin el cual el aprendizaje degenera en un adiestramiento sin sentido. Y como si quisiera insinuar que él sabía algo de los antecedentes de nuestro cambio de colegio, añadió que todo lo demás le era totalmente indiferente. Sin duda alguna tendríamos que recuperar el tiempo perdido en Berlín a causa de los ataques aéreos y las numerosas interrupciones de clases. Al cabo de un año decidiría si el colegio quería que siguiéramos allí.
Sin embargo, la diferencia en cuanto a conocimientos con los alumnos de nuestras correspondientes clases nos exigió un esfuerzo mínimo. Más nos sorprendió otra cosa. Por contraste con la enseñanza en Berlín, volcada en el trabajo, en el instituto Friedrich soplaba una corriente de escuela científica. Prácticamente en cada materia, los conocimientos que se adquirían servían al mismo tiempo como material para hacer evidentes las relaciones entre ellas y para comprobar el atractivo y la dificultad que conlleva hacerse preguntas inteligentes. Esto es, llegar a conocer métodos cuyos rudimentos yo ya había aprendido durante las conversaciones junto a la valla del jardín. Un ejemplo de ello nos lo ofrecía nuestro profesor de griego, el doctor Breithaupt, un hombre espigado de nariz aguileña que se entregaba a su profesión con un fervor entusiasta. Había llegado a conocer al viejo Dörpfeld, que había participado en las excavaciones de Troya, Pérgamo y otros enclaves del mundo griego. Siempre que había ocasión traía alguna carta del investigador, que sostenía en alto con las puntas de los dedos como si fuera una reliquia de la época de los apóstoles, mientras, con los ojos iluminados, cosechaba la admiración que leía en las caras. Después, citaba algunas preguntas mencionadas en el escrito y a las que se estaba dedicando Dörpfeld, y quería escuchar nuestras respuestas a las mismas. También conocía a Karl Reinhardt y a otras grandes autoridades de la ciencia de la Antigüedad, cuyos nombres pronunciaba con susurrante veneración mientras trataba de familiarizarnos con las diversas teorías sobre la cultura minoica o la espartana, el desarrollo de la odisea de Ulises o la discusión sobre la aplicabilidad de los conceptos platónicos sobre el Estado.
Otra diferencia que encontrarnos con respecto a Berlín fue la mayor franqueza por parte de los profesores a la hora de expresar opiniones políticas. Esto no había que atribuirlo solamente a la tradicional liberalidad de Baden, sino también al catolicismo consciente de ese Land, que constituía un respaldo para todos. Nuestro profesor de historia natural se burlaba abiertamente de la «física aria»; el doctor Brühler, que posteriormente perteneció al Bundestag como diputado del D P, imitaba en la clase de inglés las intervenciones (le Otto Gebühr en las películas sobre Federico el Grande, y la simple traducción de alguna frase al otro idioma ridiculizaba la vacía afectación de esas intervenciones: «I am so lonely», suspiraba con una fatigosa caída de ojos después de una de las derrotas del gran rey. Poco después inflaba los carrillos: «But now I am going to victory! Who could hinder me? Me, the
one and only Frederic... no, Otto Gebühr![10] Durante la clase de religión, y en relación con las pastorales del obispo de Galen, se habló sin rodeos sobre los «asesinatos de la eutanasia». Muchos profesores en Berlín pensaban de la misma manera sobre estos temas, pero difícilmente llegaban a expresar sus opiniones.
Los únicos a los que se podía considerar seguidores del régimen eran el profesor de gimnasia, un hombre de soberbios músculos y con el nacimiento del pelo muy atrás, y, más aún, el doctor Malthan, que impartía clases de alemán y de historia. Pero mientras uno era del estilo fanáticopatético que consideraba cada ejercicio y cada mejora en el salto de altura como una aportación al programa nacional de entrenamiento, el otro personificaba el tipo del intelectual que justificaba cínicamente la intromisión del Estado en todos los ámbitos con razones que revelaban una mentalidad autoritaria. Alto, de pelo ralo y algo bizco, enseñaba sobre el Philotas de Lessing, sobre los emperadores alemanes y los Federicos de Prusia, sobre Kleist y Napoleón, Górres y Metternich, hasta llegar a la guerra de la independencia pangermana, incluyendo heroísmo y sacrificio. Le gustaba llamar Würstchen a los alumnos que no satisfacían sus exigencias, finalmente les ponía un «cinco» en su libro de notas, y se burlaba en el margen del cuaderno: «¡No pongas una cara tan desgarrada!». Los días señalados en el calendario como festivos para el nacionalsocialismo a veces se le veía con el uniforme parduzco de dirigente político. Atravesaba los corredores con pasos cortos y rápidos, y como solía llevar los brazos muy estirados hacia abajo, parecía una extraña figura de madera.
Sin embargo, el doctor Malthan no era en modo alguno una figura cómica, sino que todos le temíamos por sus exigencias escolares e ideológicas, y tanto nuestro profesor de religión como nuestros compañeros mayores nos habían advertido de que tuviéramos cuidado con él. Un día, como si tuviera que probar su peligrosidad, le hice una pregunta bastante escéptica mientras hablaba sobre el sentido de la campaña rusa como la ocupación de un espacio vital prometido a los alemanes desde tiempos remotos. Pero en lugar del esperado «trueno» con el que hacía callar a todo el mundo, del frecuente grito de «¿Qué es esto? ¿A santo de qué?», que a veces sonaba como desesperado pero que estaba ensayado, el doctor Malthan se mostró despectivo pero amable, y me mandó hacer en casa un trabajo sobre «la importancia económica de la cuenca del Donez para el Reich». «Cuando sepas esto —añadió—, comprenderás de una vez por todas lo necesario que es para nosotros el espacio vital en el Este».
Quizá fue sólo la furia irreflexiva que ya en Berlín me había puesto en aprietos en alguna ocasión, o quizá también la intención de hacerme el tema más interesante: en cualquier caso, escribí el trabajo, que me ocupó unas cuatro páginas y que detallaba cuidadosamente todos los yacimientos de materias primas, las instalaciones industriales y toda la superficie agrícola utilizable del inmenso territorio. El doctor Malthan me hizo salir y yo me esforcé por organizar bien el texto, por poner un punto o un punto y coma donde solamente había una coma, y mientras tanto él observaba al resto de la clase con desconfianza. Como no percibió movimiento alguno, dijo simplemente un «¡Bien!», e incluso se arrancó con un modesto elogio: «¡Eres capaz de hablar en público! Quizá alguna vez se te necesite en el colegio para una intervención en público». En cualquier caso, informaría sobre mí en la dirección.
Mi vía de escape del fastidio del internado seguía siendo Friedrich Schiller. Me había llevado a Friburgo el volumen con los primeros dramas, y durante el viaje había leído Los bandidos y el comienzo de Intrigas y amor. Sin embargo, esas lecturas se vieron entorpecidas por el jaleo en el compartimento, por el continuo cambio de pasajeros y por el parloteo sobre los pequeños cambios que los grandes acontecimientos habían provocado en sus vidas. Por tanto, al poco de llegar a Friburgo, empecé a leerlos desde el principio, y leía especialmente por la noche, debajo de las mantas, cuando reinaba el silencio.
Lo que me tenía atrapado desde el primer renglón era su tono elevado y su bella exaltación, como ya me había ocurrido durante el viaje. Por oposición a las fórmulas oscuras con las que Schiller suele tratar de todo lo vulgar y lo maligno, al final sale a escena de manera irresistible la clara luz, o al menos su reflejo. Hay algunos pasajes que todavía hoy no puedo recordar sin experimentar una sensación de emoción, dicha y encantamiento como solamente se siente con la música. En este punto hay que mencionar al menos algunas expresiones que por entonces eran habituales para todo el mundo. Por mi parte, no he podido olvidar las palabras con las que Thekla, que para consternación de su madre se ha enamorado de Max Piccolomini, se justifica ante su amiga por su retraso, palabras que resumen en dos renglones el conflicto, sin solución, de los sentimientos: «La madre lloraba tanto, yo la veo sufrir / y no puede cambiar nada el hecho de que yo soy feliz». O el arrebato del viejo Miller, con la fórmula cortesana que emplea a menudo, pero que convierte en ligera ironía. Y, naturalmente, el monólogo de Wallenstein y esos pasajes que han quedado en mi memoria como ejemplo de laconismo schilleriano. Y el más conocido, el final de Los bandidos, según el cual se puede ayudar al pobre diablo, del que había oído hablar Karl Moor. O la sencilla pero al mismo tiempo aplastante réplica de lady Milford a la locuacidad despectiva de Ferdinand: «¡Esto no me lo he merecido, señor mayor!». Y así mucho más.
Y luego, las imágenes sublimes y sin embargo no forzadas del poeta, como yo las veía entonces, su idea de la libertad o su sagacidad psicológica, que nosotros, como me aleccionaba Wolfgang, que siempre iba más adelantado que yo, traducíamos instintivamente a la política. Porque, a ver, decía él, ¿quién no piensa en el «farsante barrigudo Goering» cuando oye la frase «monos de la divinidad»? ¿O en un bellaco como Goebbels cuando se habla de «alojamiento junto a la horca»? ¿Y en todos ellos cuando el poeta habla del espectáculo de la fuerza, que sólo es desesperación? Medio enfadado se me escapó preguntarle dónde lo había leído, cómo sabía ya todo eso. ¿Cómo encontraba siempre citas con las que se me adelantaba?
En cualquier caso, en Schiller se podía percibir un escepticismo acerca de la humanidad que impregna casi todas sus obras dramáticas. El poeta está considerado entre los alemanes como un patético de la libertad más bien ingenuo; cuando se habla de él se piensa en la Novena sinfonía y en el abrazo universal del coro final, en el fin de toda tiranía, contra la cual el hombre agarra el cielo para hacer bajar sus «eternos derechos», «que estaban prendidos allá arriba como si fueran estrellas». Pero pronto me di cuenta de que Schiller era menos ingenuo desde el punto de vista político que el resto de la nación junta. Es cierto que podía ensalzar al «querido padre sobre el firmamento» y componer el idilio pequeñoburgués de la «Campana», pero también un ensayo como Sobre poesía ingenua y poesía sentimental, cuya astuta sagacidad no tiene parangón en el ámbito de la lengua alemana.
Al menos yo comprendía que Schiller, considerado en su conjunto, en los textos más generales y, sobre todo en los poemas, seguía aferrado a su optimismo en las cuestiones de la humanidad. En cambio, en las piezas dramáticas, más cercanas a la realidad, en Intrigas y amor, en La conjuración de Fiesco o incluso en La doncella de Orleans, prevalecen los contrapuntos más melancólicos. El Wallenstein es una larga ristra de taimadas intrigas, e incluso Hegel, como leí años más tarde, descubrió «un pozo de nihilismo» en su paisano suabo: un mundo gigantesco de traición, perfidia y juramentos quebrantados, de misterio, malicia y desdén. El poeta hace decir a Franz Moor que el hombre nace del fango, camina un tiempo por el fango, produce fango y luego regresa al fango. No cabe más pesimismo en una imagen del hombre.
Leí estas obras a lo largo del año, hasta el comienzo del invierno en Rusia, de manera que, para mí, el nombre de Friburgo estará vinculado para siempre a Schiller y, en absurdo contraste, a las tormentas de hielo frente a Moscú. Entretanto, también aprovechaba todo lo que caía en mis manos. En recuerdo de mi padre, tomé prestado de su biblioteca La cultura del Renacimiento en Italia, de Jacob Burckhardt, que me impresionó profundamente y que me animó a realizar más lecturas sobre los Borgia, los Sforza y la casa Malatesta, sobre Federigo da Montefeltro, Miguel Ángel y muchos más. Era una evasión. Al mismo tiempo leí, en caótica alternancia, a Rilke, desbancado por todo lo demás durante mucho tiempo; por entonces podía recitar de memoria la maravilla lingüística de La canción de amor y muerte del alférez Christoph Rilke.
En el colegio estábamos con La Odisea, que sustituía a esas «obras para el tiempo libre», como decían mis hermanos burlándose, y también con Virgilio y Horacio. Incluso durante una temporada llegué a considerar entre las materias agradables los deberes de matemáticas, que no me gustaban nada, pero dos veces a la semana pasaba las tardes con los demás de mi clase fuera de las puertas de la ciudad, en el estadio Dreisam. Al igual que en Berlín, Winfried destacaba en las distancias cortas, y en varias ocasiones corrió los cuatrocientos metros por debajo del minuto, lo que yo nunca logré. Para mi propia perplejidad, descubrí que yo tenía talento para el salto de altura, y llegué a alcanzar hasta el metro setenta y seis, mientras que Wolfgang mantenía su aversión hacia los ejercicios físicos y desarrolló una sorprendente imaginación para encontrar pretextos siempre nuevos que le eximiesen de practicarlos. Nuestro sentimiento de compenetración se mantuvo intacto frente a la «institución educativa», si bien ya no nos sentíamos «en contra del mundo». De vez en cuando emprendíamos nuestros «paseos por la pequeña ciudad», subíamos a la torre de la catedral, desde donde en días claros se podían ver Alsacia y los Vosgos, y escamoteábamos el tiempo libre para ir al Schlossberg o al Günterstal y así poder pasar algunas horas nosotros solos o en compañía de los amigos que íbamos haciendo.
Hacia finales del otoño leí la Historia de la guerra de los Treinta Años, de Schiller, así como, una vez en el tren, Historia del declive de las provincias unidas de los Países Bajos. Al contrario que Goethe, por entonces los alemanes consideraban a Schiller como una especie de «héroe de la cultura», y Daniel Rauch le presentaba como el joven perfecto en el que se reconocía la nación. Después de los primeros acercamientos, que terminaron en su disputa turingia, Schiller constató que Goethe «humaniza la propia existencia, pero sólo como un dios, sin entregarse». Los hombres no deberían tolerar entre ellos a alguien como él, añadió en una frase, mezcla de respeto, admiración y, por supuesto, envidia.
Pero entonces, Schiller, según leí en la letra pequeña de algún sitio, cuando menos se esperaba, escribió a Goethe la carta de admiración en la que figura la frase, a mi parecer absolutamente equivocada: «Usted tiene que gobernar un reino, yo sólo una familia de conceptos algo numerosa». Por entonces yo estaba profundamente convencido de que era justo al contrario: el monarca del reino poético era Schiller, mientras que Goethe estaba al frente de una familia que, si bien era grande, entre sus innumerables proyectos vitales sin acabar tenía también un nutrido grupo de bastardos. Y, a mi modo de ver, disponía, al igual que Heinrich von Kleist en El príncipe de Homburgo, de un matiz al que Goethe se aproximaba a lo sumo en sus primeros poemas, con su combinación de cálido naturalismo y artificiosa belleza: la armonía de un concepto siempre grande con una pasión impulsiva y con la belleza incomparable del vocablo. Cuando, a las pocas semanas, se me declaró de nuevo la fiebre schilleriana, al principio yo tenía mala conciencia, pues sólo seguí encontrando elegantes La canción de amor y muerte del alférez Christoph Rilke y algunos poemas de Rilke. Seguro que eran algo más que eso, y todavía hoy estoy agradecido a las muchas circunstancias que me llevaron, aunque fuera por poco tiempo, a una «fiebre de Rilke» que nunca se me ha curado del todo.
Al comenzar las vacaciones de verano nos fuimos a Berlín. La estancia empezó con una especie de historia de terror. Una noche, dos días después de nuestra llegada, empezaron a oírse de repente gritos de «¡Fuego!», los camiones contra incendios se precipitaron calle arriba con los neumáticos chirriando, y por todas partes sonaban sirenas a pesar de que no se había anunciado la alarma aérea. Se había desatado un incendio en la Junker-Jörg Strasse, un par de casas más arriba de nosotros, y en muy poco tiempo el edificio entero ardía en llamas. Nos tiramos de la cama a toda prisa y fuimos corriendo al lugar del suceso. Justo cuando llegábamos, el entramado del tejado se vino abajo y atravesó los cuatro pisos; los curiosos que contemplaban la escena con la boca abierta exhalaron un profundo suspiro. En ese momento, como salido de la nada, en un hueco de una ventana apareció un matrimonio mayor que no dejaba de mirar al vacío; entre el griterío de la gente, se lanzaron, cogidos de la mano, sobre la lona de salvamento que estaba preparada, para después, llorando y arrastrando las piernas, desaparecer acompañados por los sanitarios. Wolfgang, que siempre tuvo mala pata para las salidas irónicas, gritó al ver el corro de gente iluminada por el reflejo: «¿Por qué nadie grita "Luces fuera"? ¿Y dónde está el aviso de defensa antiaérea, maldita sea?». Un transeúnte que estaba a mi lado comentó: «¡Mocoso! ¿Te crees que puedes hacer eso?».
Nosotros nos quedamos por allí hasta que, a pesar de todos los esfuerzos, ardieron casi los cimientos del edificio, y sólo empezarnos a retirarnos después de que mi padre nos regañara unas cuantas veces. «¡Vamos para casa! —decía—. ¡Esto lo vais a ver con bastante frecuencia!». A la pregunta de Wienfried de qué significaba eso, mi padre respondió: «Esto es sólo el comienzo». Al poco de estar ya de regreso en nuestra casa, nos juntó a los hijos en un rincón y nos dijo: «Esto no era la guerra con bombas. Hasta hoy nos ha respetado. Pero en cualquier momento llegará hasta Karlshorst, y esto ha sido un preludio. Quizá un buen espíritu nos quiere decir que debemos acostumbrarnos». Cuando mi madre le oyó, se puso de pie y abandonó la habitación. En la puerta dijo, más bien para sí misma: «¡La culpa de todo la tiene la horrible política! ¡Lo destruye todo!». Como Wolfgang fuera detrás de ella, le comentó: «Tu padre puede pensar en el apocalipsis si quiere, pero dile, por favor, que al menos se lo guarde para él».
Para que nos diera tiempo a hacer algunas visitas, hasta pasados tres días no nos fuimos a Walken. Como era habitual, en la estación nos esperaba el tío Berthold con el coche de caballos, pero esta vez hicimos una parada en Schwiebus para visitar a unos parientes, entre ellos a «la otra Franziska», como la llamábamos en recuerdo de nuestra niñera, a tía Cille y a otros miembros de la familia paterna. Después, todo fue como siempre, atravesamos calles con baches en distintos pueblecitos y caminos de tierra hasta llegar a la granja junto al lago Packlitz, y esta vez lamenté desde el día de nuestra llegada que, como siempre, mis padres se marcharan a los pocos días y nos dejaran allí. Pues más que cualquier otra cosa, lo que aprendí a echar de menos en Friburgo era a alguien que respondiera con inteligencia a mis preguntas y contradicciones. Yo no encontraba sustituto para mi padre a la hora de orientarme en la diversidad del pensamiento, ya se tratase de preguntas simples o rebuscadas, y fue entonces cuando fui consciente de esa carencia. Wolfgang, siempre malhumorado y sensato, me dijo que no siempre iba a poder tener a personas listas a mi alrededor. Inútilmente, según me pareció, añadió: «Ahora estás fuera de las faldas del jardín de papá, o, si lo prefieres, del segundo turno para cenar. ¡Confórmate!».
De nuevo en Friburgo, nos esperaba una desagradable sorpresa. El miércoles, día de nuestra primera velada casera, como las llamábamos, el rector suplente del internado nos descubrió en el estrado de uno de los gabinetes de estudio, donde hasta entonces habíamos pasado las horas de JH conversando en voz baja o leyendo. Con evidentes muestras de espanto constató que no cumplíamos con una «obligación legal», y aún se mostró más estupefacto cuando se enteró de que nunca habíamos sido miembros de la organización de las juventudes nacionalsocialistas. Nos echó en cara nuestro «comportamiento irresponsable» y que, con ello, poníamos en cuestión la «existencia misma de toda la institución». Por la noche, «los berlineses» fueron citados ante el doctor Hermann, y al final de la semana apareció un dirigente de las juventudes, más o menos de nuestra edad, y nos entregó el carnet de miembros para el «Compromiso JH», y nos dijo que a ningún joven alemán honesto se le exigía demasiado por prestar servicio en una escolta. «¡No os preocupéis por eso! —gritó—, ¡Venís con gente como vosotros! Abrigaos bien, o mejor, desabrigaos —dijo intentando hacer una broma—. Los niños bien andan descalzos con nosotros por el infierno».
Al igual que Wolfgang y Winfried, yo tampoco me sentí mal en el Compromiso JH. Mientras los «respetables» cantaban en el sótano del instituto Friedrich «Aus grauer Städte Mauern... » o «Die Glocken stürmten vom Bernwardsturm... » y escuchaban con atención el redoblar del tambor del lansquenete, que iba marcando no sólo las alocuciones y los cánticos, sino también las heroicidades principales de las historias bélicas que se narraban, nosotros, hiciera el tiempo que hiciera, teníamos que marchar en círculo por el patio del colegio, avanzar cuerpo a tierra por el suelo o andar sobre el terreno en cuclillas con una pala o una rama en la mano extendida hacia delante.
Por regla general, se trataba de jóvenes simpáticos, rebeldes, infatigables, con el pelo cortado a la moda y que se referían como «veladas de música doméstica» a las Swing-Sessions que se organizaban en las casas paternas, para, según decían ellos en tono burlesco, acercar al mundo las pretensiones culturales del Führer. Hacía poco Himmler les había amenazado con el campo de concentración, pero es que él no sabía precisamente qué es «alemán» y qué no, me explicaba uno de ellos. Después de permanecer dos horas «empuercándonos por ahí», como decíamos entre nosotros al referirnos a ese tonto deambular por el sucio patio del colegio, esperábamos a los dirigentes de las Juventudes Hitlerianas y nos mostrábamos de mejor humor; a dos de nosotros nos encomendaron que preparáramos un chiste al que los presentes debían contestar con estruendosas carcajadas. A diferencia del internado o la clase del colegio, aquí no se escandalizaban con los chistes de adolescentes, la mayoría bobos, con los que Wolfgang y yo contribuíamos, tomados de nuestra cosecha de Berlín. Sin embargo, aunque los chistes no fueran buenos, disimulábamos: cuando los de las Juventudes se acercaban rompíamos en estruendosas carcajadas y nos alegrábamos cuando les veíamos pasar a nuestro lado enfadados.
Para Navidades regresamos de nuevo a Berlín. Tras el primer intercambio de noticias sobre cuestiones familiares, las noches discurrían contando historias interminables sobre el vecindario, bajo nuestra lámpara con borlones. Para entonces se habían suprimido los dos turnos de cena, y mis dos hermanas podían estar con todos hasta la hora de irse a la cama. Nos enteramos de los chismes más recientes sobre «Kalau» Hausdorf, sobre los Goderski, y del viejo Katlewski, que desde nuestra marcha «había ido cada vez a menos», así como sobre los Schönborn, y mi padre lamentaba que, a pesar de todas las invitaciones que se le habían hecho, el doctor Meyer no había vuelto a dejarse ver. Los Rosenthal habían informado a través del círculo de amigos que, más o menos pobres pero sanos y salvos, habían llegado a Inglaterra, y que tenían previsto seguir hasta Estados Unidos. «¡Bien lejos de la horrible Europa!», habrá dicho el señor Rosenthal.
Luego, mi padre empezó a hablar de Sally Jallowitz. Hacía poco, un día, ya de noche cerrada, habían bajado los dos juntos dos maletas con plata, joyas y telas ricas para enterrarlas debajo de la caseta del jardín. Les había costado bastante porque el suelo estaba muy duro a causa del hielo. Después comentó que abandonaba Berlín, que debía hacerlo así, pero sólo por unas semanas, y en cuanto pasara el fantasma nazi regresaría en el primer tren. Incluso lo haría en primera clase, había añadido, sobre «mullidos cojines», una «buena infusión» ante él y un buen cigarro en la boca. «y por fin la paz! —concluyó—. Y por todas partes gente encantadora. Todo lo que hoy se ve parecerá un pasado lejano. ¡Apenas puedo esperar a que eso llegue!». Le había regalado a mi padre un corte para hacerse un traje, «para un buen fin», había apuntado, «azul oscuro con raya fina, incluido chaleco». Y al final: «Este artículo se lo podrá poner cuando celebremos en la Esplanade el final de la guerra, usted y yo».
El doctor Goldschmidt también se había presentado una tarde, siguió contando mi padre, con una pequeña maleta que también habían enterrado como a un metro de profundidad, en la oscuridad de la noche, debajo de la mesa de ping—pong. El doctor Goldschmidt le comentó que solamente había llevado objetos valiosos, pero que ocupaban poco sitio. Mientras estaba dando sus explicaciones, que a mi padre le sonaron como un testamento definitivo, se retorcía el pelo, bien repeinado hacia atrás, con lo que dejaba ver lo despoblada que en realidad tenía la gruesa cabeza. Hablando perdieron la noción del tiempo, e incluso el doctor Goldschmidt tuvo que pasar la noche en nuestra casa, ya que no se podía salir a la calle después del toque de queda, pero también estaba preocupado porque alguno de los convecinos de su casa de Charlottenburg pudiera notar su ausencia y denunciarle para no inculparse a sí mismo. Para alegría de mi padre, el doctor Gans había estado hacía poco de nuevo en Karlshorst, muy abatido porque la suerte también parecía sonreír a Hitler en su aventura de Rusia. El, en cualquier caso, procuraría tener cuidado con considerar la aparentemente fallida ofensiva de invierno como un cambio en el signo de la guerra. Y así, con todo el tour des personnages conocidos, como lo llamaba mi padre.
Para la fiesta de Navidad mi padre tenía pensado un pequeño desagravio. En mi mesa de regalos estaba Sobre los acantilados de mármol de Ernst Jünger, de reciente aparición. Mi padre me comentó que no se trataba de Los Buddenbrook o de La montaña mágica, pero tampoco de un libro sobre una potencia naval. Era una especie de novela pero con «mucha realidad escondida en ella»; lo que había que hacer de verdad era leer entre líneas, pues allí se descubrían muchas cosas conocidas. Él esperaba darme una alegría. Esta vez fui yo quien le quiso dar un abrazo.
Naturalmente, al poco de llegar me fui a visitar al párroco Wittenbrink. Me invitó a ir a su casa alguno de los días entre Navidad y Año Nuevo para escuchar música, y al final fueron tres. Le hablé de mi aversión hacia la esencia del internado, ese «mundo cuartelero» obtuso, tampoco tolerable a través del catolicismo, y me contestó, sin equivocarse demasiado, que con mi susceptibilidad ante las medidas disciplinarias sólo me hacía la vida más difícil. Seguramente resultaría más ingenioso, en lugar de quejarse por no poder encontrar amigos, dar los pasos necesarios para que surgiese una amistad.
Rápidamente cambié de tema, y como estábamos sentados delante del gramófono y de montañas de discos, derivé la conversación hacia Mozart. Hacía poco había leído una manifestación de Leopold Mozart en la que afirmaba que nunca había conocido a nadie que no le hablara de su «hijo prodigio» como de un «milagro», incluido Haydn. Sorprendentemente, Wittenbrink no se paró en Mozart, sino que pasó pronto a Rossini y habló encantado de sus excepcionales escenas de conjunto, que, según vino a decir, con su combinación de crescendo y accelerando se convierten en mágicos palacios musicales. Los finales de acto como los de El barbero hacía ya tiempo que le dejaban sin respiración, me comentó, y me puso algunos de los nuevos discos con pasajes de La Cenicienta. Sin embargo, continuó como si de repente regresara a este mundo, cuando después de toda la dicha ruidosa que despliega Rossini recorremos más despacio los salones de estos palacios musicales, encontramos que toda su enorme amplitud está extrañamente vacía: el más exquisito placer terrenal, por así decirlo, en medio de la riada. La separación de espiritualidad, consuelo e intensidad se encuentra allí al lado, en los compositores alemanes.
Por entonces yo sólo conocía de Rossini El barbero de Sevilla, de aquella representación a la que me invitó mi tía Dolly, y apenas podía decir nada. Pero Wittenbrink ya había llegado a Beethoven. Goethe había observado que en la comedia nunca se muere, su objetivo es siempre el amor, el matrimonio y la felicidad. Pero la gran excepción es el Fidelio de Beethoven. Esta ópera, a pesar de todo su regocijo por la unión, al final no tiene nada de comedia; eso lo piensa una cabeza plena de la confianza universal de la Ilustración, que considera que toda necesidad y toda opresión acaban convirtiéndose en dicha. Pero, naturalmente, eso no es así. La salvación es lo más raro de este mundo, no ocurre ni en un sueño. En cualquier caso no le ocurre a él. ¡No hay más que mirar alrededor! Está por todas partes, en la política, la guerra y los incontables horrores.
Para el viaje de vuelta escogí El Cicerone de Jacob Burckhardt. Con la lectura de este libro buscaba hacerme una imagen del arte italiano, forzosamente descolorida a pesar de todos los esfuerzos por insuflarle color. Más tarde hojeé la Historia de la cultura griega, pero los demás viajeros molestaban tanto que a ratos me adormilaba. «Todo Berlín está huyendo —susurró Wolfgang mirando la congestión de los pasillos y las redes para equipajes atestadas de maletas—, el asunto del invierno ante Moscú parece haber contribuido a que muchos se hayan dado cuenta de las dificultades en que estarnos metidos». Después siguió leyendo su mamotreto de Dostoievski, pues el barullo de alrededor no parecía afectarle.
Pocas semanas después de nuestro regreso torné, por decirlo de alguna manera, la decisión sobre mi futuro profesional. El doctor Breithaupt nos leyó en la clase de griego un poema escrito en arcaizante, y si no recuerdo mal se titulaba «Las lágrimas de Nausicaa» o algo parecido. Su autor era Eckart Peterich, apuntó el profesor, y mostraba, hablando metafóricamente, el perfil de una muchacha que mira hacia un lado, y que con la mirada sigue una dicha ansiada o desvanecida. Cuando quise saber más cosas de este autor, nos habló sobre las publicaciones de Peterich, sobre su procedencia de una familia de eruditos ítaloalemana de Florencia y sobre su boda con una descendiente de una acomodada familia patricia, con la que pudo mantener una vida señorial. Todas estas circunstancias le permitieron llevar una existencia, a ver, decía mientras buscaba el término apropiado, podríamos decir que de intelectual independiente. El concepto, dicho como de pasada, actuó en mí como una iluminación. Incluida Florencia, por supuesto, la vida influyente y la adinerada mujer patricia. Cuando volví a reflexionar sobre ello, me di cuenta de que como «intelectual independiente», y conforme a las palabras de mi padre, podría eludir las miserables exigencias de la jerarquía nazi y sentirme tan libre en cuanto a los temas que me interesaban como ningún profesor universitario. Así y todo, mis predilecciones apuntaban sin excepción al pasado más alejado, fuera Atenas o Florencia. Tal y como años después me solía recordar mi madre, divertida, con fecha 22 de noviembre de 1941 escribí a mis padres con entusiasmo de sabelotodo: «¡Ya tengo profesión!».
Seguramente nunca se lee en la vida como se hace entre los quince y los veinticinco. Sin embargo, las circunstancias hacían que la guerra se nos incrustara en la cabeza e hiciera que temiéramos perdernos alguna de las obras importantes. Esta preocupación era más fuerte en lo que respecta a la música. Siempre que enredaba con el receptor de radio que me había regalado Wigbert Gans durante la última visita a Berlín, solía oír bruscos chirridos y los tonos intermitentes de un Basso Continuo, que me decían que precisamente podía estar ante la última oportunidad de escuchar esta interpretación del cuarto concierto para piano de Beethoven con Edwin Fischer, o aquella sinfonía de Haydn bajo la dirección de Eugen Jochum.
Esta sensación era tan fuerte que no era raro que me pasara horas enteras pegado al botón del receptor para no recibir más que algunos compases desfigurados de una pieza musical sin identificar, o que estuviera ratos y ratos leyendo libros de los que, en circunstancias menos amenazadoras, apenas habría leído un par de docenas de páginas. Me esforcé con La vida sencilla de Ernst Wiechert, que gozaba de amplia acogida y que todo el mundo alababa, con el comienzo de una novela de aventuras de Dwinger cuyo título he olvidado, al igual que el de un novelón de guerra de Werner Beumelburg, y empecé a leer El doctor Gion, de Hans Carossa, sin llegar muy lejos. La mayoría de los libros los podía leer después de la orden de apagar, con una linterna que metía debajo de la colcha, por lo que tuve que renunciar a Crimen y castigo y a El idiota, de Dostoievski, que Wolfgang se había traído de Berlín. Tanto el uno como el otro pesaban demasiado y resultaban inmanejables para leer debajo de la colcha. Después pasé al gran libro de Robert Graves Yo, Claudio, y por primera vez, después de tantas vueltas, volví a leer una obra que no solamente trataba sobre uno de mis temas preferidos, sino que con su categoría literaria combinaba esplendor lingüístico y enseñanza interesante.
El primer año no remitieron mis desavenencias con el reglamento del internado y que dieron lugar a continuos percances, que en algunas ocasiones resultaban cómicos. Nunca he llegado a entender por qué mis dos hermanos llegaron a llevarse bien con el reglamento, e incluso Wolfgang se tomó algunas libertades que prácticamente no tuvieron consecuencias. Al poco de llegar ya dio alguna conferencia a las tres últimas clases del seminario sobre el Fausto de Goethe a la luz de experiencias modernas, tal como rezaba el título de una de ellas que yo recuerdo, sobre el «Romanticismo del Sturm und Drang, al que nadie denomina así», al igual que sobre la batalla de Tagliacozzo, que terminó con el poder de Conrado de Hohenstaufen. Cuando, en una ocasión, el doctor Hermann intentó poner a Wolfgang en mi contra con palabras de aparente preocupación, éste, según se rumoreaba en el internado, habría impedido semejante pretensión, incluso utilizando un «impertinente tono berlinés». Se negó a darme más detalles. «¡No ha sido nada! —dijo simplemente—. ¡Ha habido cosas peores!».
A lo largo del invierno fui varias veces al teatro, y en primavera asistí a la ópera. En el programa figuraban Los maestros cantores de Núremberg, bajo la dirección de Bruno Vondenhoff al frente de la orquesta municipal. A mi modo de ver, esta representación plasmaba el lado amable y a veces desgarrado de la imagen de Wagner. Al mismo tiempo, animado por conversaciones y reflexiones, descubrí, junto al romanticismo de vidrio abombado de la antigua Núremberg, mucho Neuschwanstein gracias a aparatosos bastidores de cartón. Me causó muy buena impresión en conjunto, pero ésta se esfumó al regresar al internado. Por algún tipo de absurdo orgullo juvenil no había querido pedir permiso especial para salir, y le había pedido a Winfried que preparara mi cama como si estuviera ocupada para cuando llegara la hora en que realizaban el control nocturno, que siempre solía ser muy rápido. La mayor dificultad estaba en saltar la alta verja de metal del seminario y pasar por delante de la puerta. Pero todo discurrió sin incidentes, de tal manera que poco después emprendí mi segunda excursión a la ópera por invitación de un amigo de clase.
El padre de Willibald, así se llamaba el amigo, era un respetado editor de Friburgo, que por un contratiempo repentino no pudo acudir esa noche a la ópera. Aunque yo hubiera preferido alguna de las óperas de Mozart que yo conocía, en el programa figuraba Fidelio de Beethoven. Poco antes de salir me telefoneó el párroco Wittenbrink para responder a una de las «cartas interrogatorio» con las que yo intentaba proseguir nuestras conversaciones berlinesas, y cuando le conté mi invitación a la ópera se quedó como electrizado. «iFidelio!», gritó, y a continuación se le agolpaban las palabras. Habló de los papeles, las gradaciones, del final y entre medias siempre decía algo así: «El final: ¡presta mucha atención! ¡Ahí llega la señal!». Después continuó hablando con entusiasmo, hasta que llegó un momento en que yo ya no entendía nada de la historia. Al término de la atropellada conversación me recomendó que leyera el libreto de Fidelio.
La lectura del libreto me llevó bastante tiempo, y le decía a mi amigo que era una pena que no lo hubiera escrito Schiller en lugar de un francés desconocido junto con alguien más. La noche anterior a la representación me telefoneó Wittenbrink por segunda vez y me recomendó, esta vez en tono imperativo: «¡Estate pendiente de la trompeta! Esto es lo que te quería decir. ¡Ella es la señal! ¡La trompeta lo es todo!». Y así un rato más, hasta que al final añadió, sin ningún tipo de cautela política: «¡Nunca hay que perder la fe en la señal de la trompeta, ni siquiera hoy en día!».
Era evidente que la representación no comenzaba con Schiller, sino con «un francés desconocido». Después de la obertura me entretuve en contemplar la expresión de interesado aburrimiento que, en la penumbra del patio de butacas, podía leer en todas las caras. Sin embargo, la escena fue ganando en trascendencia con la salida a escena del prisionero, la escena del calabozo y la aparición del carcelero acompañando a Leonore y al comandante. Nunca he podido borrar de mis oídos cómo la cantante que interpretaba el papel de Leonore, y que yo no conocía, se enfrentaba a Pizarro, que merodeaba con un puñal, y al penetrante grito de «¡Mata primero a su mujer!» tiraba de pistola, como se decía entonces. En ese momento llega como de lejos e irrumpe en el silencio del horror el toque de la trompeta. Cuando has oído algo así, no se olvida nunca, o incluso puede que jamás se haya escuchado algo semejante, en ningún sentido.
La impresión causada fue más o menos así. Naturalmente que su grandiosidad, junto a la música impetuosa de Beethoven, tenía que ver con las circunstancias políticas que dominaban todo nuestro pensamiento y nuestra conciencia. A comienzos de año nos había llegado la noticia de que uno de los hijos del tío Berthold se había congelado en la nieve rusa, y ahora nos enterábamos de que también había muerto su otro hijo. Impresionado por estos precedentes, pensé que la escena de la trompeta con «el deseo y presentimiento» del mejor rey, la felicidad por la liberación y la alegría por el reencuentro nunca se iba a entender tan bien como lo entendíamos nosotros en los años de Hitler. Pues, ¿dónde se da el que, por una simple señal, revienten las puertas de la prisión, los condenados a muerte sean liberados y los opresores puestos fuera de combate? Mientras aún estábamos aplaudiendo, le aseguré a mi amigo Willibald que, en el fondo, esto lo tenía que reconocer todo el mundo. Sin embargo, a medida que salían los asistentes, comentaban el tono agudo, que sonaba intenso, de Florestan, las últimas noticias del frente y, retomando el tema, que Marzelline no terminaba de conseguir su voz. En cambio, para mí todo había sido un cuento, incluso un cuento alemán, y creía que por parte del régimen había sido bastante imprudente autorizar la representación de Fidelio. Willibald me ayudó a saltar la verja del seminario.
Una semana más tarde empezaban las vacaciones de verano y viajamos a Berlín. Wolfgang se sumergió entre suspiros en Guerra y paz, mientras que yo volví al Renacimiento italiano. Ante mí tenía un libro profusamente ilustrado sobre el «iluminador» y el «tirano más gentil del mundo», según ponía literalmente en la obra, Lorenzo el Magnífico, y describía, como en un collage colorido y algo arbitrario, la época dorada de Florencia, su esplendor y sus tinieblas. Nada más llegar a Berlín, la familia se reunió en la mesa del jardín para cenar; poco después ya estaba el párroco en la valla para preguntarme por Fidelio. Aún hoy recuerdo que le contesté que había asistido a «la ópera alemana de cuento», más cuento que La flauta mágica tan querida por mi tía Dolly o que El rapto. Después quiso saber detalles escénicos, desde el dueto del principio hasta «la alegría infinita» del final, si Don Pizarro se había representado tan tétrico y con «las patillas tan cortas» como lo exige el papel, y que si Rocco, a pesar de que canta con el potente bajo de un tirano, había personificado al desgraciado.
Naturalmente, llegó al toque de trompeta, y tenía preguntas al respecto. Yo expresé mis dudas sobre la percepción escénica de Beethoven y volví sobre Schiller, apunté algunos olvidos del texto, que al poeta nunca se le habrían pasado, y finalmente llegué a la explosión de alegría del final. Con toda seguridad, Schiller habría añadido al coro final, aunque sólo fuera como advertencia, algunos contrapuntos que lo matizasen, ya que el espíritu del siglo, según todo lo que yo había aprendido con él, nunca se manifiesta del todo como heraldo de la libertad, y si lo hace es sólo en la lírica política. Observé que, en lugar de derribar a los canallas, más bien les proporciona oportunidades de reaparecer, y Wittenbrink se mostró desconcertado. Pero esto ya lo había dicho él alguna vez en la valla o por teléfono, le comenté. El decía que yo hablaba con tono despectivo de la gran parábola, al referirme a ella como un «cuento». Le respondí con palabras escogidas, pero manteniéndome en mis trece: seguramente era el cuento más bonito del mundo, y al mismo tiempo el más inverosímil. «Pero sólo un cuento. ¡La libertad no funciona así! ¡Y un cuento alemán! ¡Nada más que una ocurrencia operística!».
En cualquier caso, con el paso del tiempo siempre se me ha reprochado lo mismo. Antes de viajar ese año a Walken, cada vez que la conversación volvía al Fidelio, me ponía de mal humor por lo obstinados que eran todos los de mi entorno, ya que incluso mi padre se pasó al bando contrario. Le dije que no podía hacer eso, pues, según palabras de mamá, él siempre se expresaba de manera apocalíptica. «Sí, sí», contestó malhumorado, pero al calificarlo como un cuento había echado abajo una gran esperanza. Después de pasar unos días en el regimiento del tío Berthold, comencé a echar de menos nuestras desavenencias.