Yo no

Joachim Fest · Capítulo 8 de 13

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Yo no

Capítulo 7 - Amigos y enemigos

CAPÍTULO 7

 

AMIGOS Y ENEMIGOS

 

Durante el viaje de regreso a Friburgo leí las escenas del Renacimiento de Gobineau que Schönborns me había prestado. Pero en Kassel subió una mujer que no paró de hablar de los problemas matrimoniales que traía consigo la guerra, de sus hijos de unos diez años de edad, del malhumor de los vecinos y otras cosas más. Después de tomar aire durante unos segundos dijo que hacía poco que, en la Pariser Strasse de Berlín, le había llamado la atención un transeúnte que llevaba los tacones torcidos. Se había acordado entonces de la observación que le había hecho su padre de que una de las características de los judíos es que llevan los tacones torcidos. Al llegar a la calle Güntzel se había acercado al hombre para comprobar que no llevaba la estrella de judío. «Pero lo era», prosiguió. Le había seguido otras dos calles hasta la casa en la que él se metió y había comunicado la dirección en el puesto de policía más cercano, por desgracia sin el nombre, pero ella tenía un «buen olfato» para todo lo judío. Tras echar una mirada escrutadora al departamento, añadió en un tono algo más bajo: «Se dice que los judíos ocultan dinero y joyas en los tacones; el que esté atento puede hacerse muy rico».

Ninguno de mis dos acompañantes dijo una sola palabra. Winfried dormía. Wolfgang murmuró algo de «estirar las piernas» y me invitó a salir: «¡Vamos, no es bueno estar sentado tanto tiempo!». Apenas estuvimos en el pasillo empezó a protestar en un tono imprudentemente alto: «¡Qué asco! ¡Una compatriota!». Yo le pedí que hablara más bajo, pero él me reprochó: «¡Cállate! Papá tiene razón: yo no quiero formar parte de esto. ¡La comunidad nacional da ganas de vomitar!». El viajero de mayor edad se bajó en la parada siguiente, en la estación de Mannheim, sin despedirse. En Offenburg le vi en el pasillo del vagón de al lado. Hizo como que no me veía, a pesar de que hasta Kassel, donde se había subido al tren la mujer habladora, habíamos conversado animadamente y era evidente que me había reconocido.

Cuando llamé a mis padres por teléfono para comunicarles que habíamos llegado bien, mencioné el incidente y luego pregunté por el doctor Meyer, pues durante nuestra estancia en Berlín había intentado visitarle varias veces en vano. «Ya no puede abrir la puerta —dijo mi padre, y luego añadió irreflexivamente—, por dar la explicación más benévola». Por detrás oía mi madre exclamar su «Dios mío, apiádate de nosotros». Mi padre me aseguró que uno de esos días se acercaría a la Hallesches Tor para, por así decirlo, llamar a la puerta como un loco.

En el seminario volvía a estar vigente la «regla monacal», como nosotros decíamos; en la escuela se estudiaban La Odisea y Virgilio, mientras que en clase de alemán aparecía Schiller con Intrigas y amor y se ponía de manifiesto mi superioridad de conocimientos. Unas semanas después, la clase recibió una especie de llamada a filas para obtener una formación militar básica para la defensa antiaérea, conocida por la abreviatura FLAK (Flugabwehrkanone). El campamento en el que debíamos presentarnos estaba en los alrededores de una antigua casa del partido en uno de los suburbios del sur de Friburgo.

Era el mismo régimen que yo ya conocía del internado, y aun así me sentí como liberado. Posteriormente me he preguntado con frecuencia por qué el reglamento mucho más férreo de los militares me resultaba más soportable que la vida con el doctor Hermann. Lo importante era que, a partir de entonces, ya no tenía que convivir sólo con jóvenes campesinos de la Selva Negra que por la tarde, en la sala de estudio, sacaban sus latas llenas de trozos de tocino y, con la boca llena, preguntaban por la Consecutio temporum. Pues se había reclutado no sólo a los alumnos del instituto Friedrich de Friburgo, sino también a los de cuarto y quinto curso del instituto Berthold y a los mismos cursos del cercano instituto de Emmendingen. Esa composición más heterogénea abrió nuevas posibilidades, amplió los temas de conversación e hizo ésta más libre. Y, naturalmente, uno estaba tan atrapado por los reflejos de la época, que acataba con mayor presteza las órdenes de un rudo suboficial que las advertencias, acompañadas de una inclinación de cabeza, de un monseñor.

El trabajo en el campamento de Haslach era tan estúpido como lo es cualquier formación militar. Teníamos que desfilar arriba y abajo por los amplios caminos de tierra entre los barracones, tirarnos al suelo al recibir la orden, presentar el arma, llevar polainas de punto y realizar una y otra vez los saludos militares prescritos en las normas del servicio militar, la HDV (Heeresdienstvorschrift), «con la espalda bien recta». También hacíamos maniobras de artillería y prácticas de tiro, limpiábamos las letrinas, ordenábamos las taquillas o servíamos el café, que salía de las cocinas en pesadas cafeteras que se entregaban a los encargados de repartirlo antes de llegar al comedor. No sé cómo se me ocurrió gritar entonces «¿Contraseña?». En cualquier caso, mi compañero, Franz Franken, un experto melómano, entonaba entonces parte de un aria: «Olvida pedir en silencio», a lo que yo contestaba, por ejemplo, «Qué tortura será siempre el café esperar», o bien con una deformación más simple, «Somos los factótums de un mundo bello...». Con el paso del tiempo, nuestras consignas pasaron a ser textos operísticos cada vez más deformados, como «Dame el puchero, mi vida», a lo que el otro respondía: «Arráncame el trago de café...» o cualquier otra cosa que se nos ocurriera.

Transcurridas aproximadamente cuatro semanas finalizó nuestra formación básica, pero yo llegué a Berlín después que mi hermano, ya que, en respuesta a una invitación de Wittenbrink, pasé antes por Viena. Viví con una familia que él conocía en la Weyringer Gasse, y cada mañana, cuando pasaba con Wittenbrink por delante de Belvedere camino de la ciudad, Viena se extendía ante mis ojos como pintada con un lápiz de plata. Los amigos opinaban que Viena, a diferencia de París, Berlín o Washington, no impone por su majestuosidad imperial; incluso la Heldenplatz le resulta hogareña a quien la observa con todos los sentidos. La elegancia austriaca permite que incluso la arquitectura extravagante entre en los barrios señoriales, y precisamente de la combinación de ambos surge una metrópoli cosmopolita que es, al mismo tiempo, grandiosa y humana. Estas reflexiones, planteadas ya en el desayuno, me impresionaron más aún por el hecho de que, a pesar de toda su evidente autocomplacencia, eran nuevas y convincentes para mí.

Pero la experiencia que más me marcó fue el encuentro musical con los amigos de la familia, que se reunieron una de las tres noches que yo pasé con ellos y que intentaron persuadirme de que Viena era indiscutiblemente la capital musical del mundo y Schubert su soberano, por delante de Mozart y de Beethoven. Hasta entonces yo conocía a Schubert casi exclusivamente como compositor de heder; entonces me di cuenta con progresivo asombro de que su música de cámara está muy por encima de ellos, desde los cuartetos tardíos hasta el incomparable octeto. Su inspiración llega hasta las raíces de la muerte, exclamó el entusiasta joven al que todos llamaban «señor consejero» para evitar su nombre checo prácticamente impronunciable. Incluso los scherzi parecían escritos para reírse de la muerte evocada unos compases antes, y con cada nota dejaban ver la pasión que los había inspirado. Un corpulento caballero se acercó de puntillas al piano para entonar un pasaje mencionado, retrocedió bailoteando para completar uno de los motivos de los Lieder y pidió, tanto en uno como en otro caso, que se prestara atención al «tono fundamental» de terror que Schubert escondía tras su melodiosa amabilidad. Todo lo que había compuesto, opinaba otro caballero, era «pura música fúnebre», y empezó por su parte a teclear para apoyar su afirmación con Winterreise y con pasajes del «Arme Peter» (Pobre Pedro) o de la «launische Forelle» (trucha enojada).

Así es como recuerdo aquella velada, y, por supuesto, sólo se trata de dos o tres detalles dentro de toda una variedad de temas e ideas. En el viaje de regreso a Berlín repasé con Wittenbrink todo lo vivido y le pregunté si la exaltación de Schubert tenía algo que ver con que éste, a diferencia de Mozart o Beethoven, por ejemplo, hubiera nacido en Viena. Wittenbrink consideró que era posible, que los vieneses estaban orgullosos de su ciudad y que les gustaba presumir de ella, sin menoscabo de la originalidad de Schubert.

Así se ampliaron para mí las imágenes, se hicieron más completas, y también más contradictorias, como lo es asimismo lo que describo en estas páginas, lo que retengo en la memoria y la adquisición progresiva del mundo. En esos años, Wolfgang y yo acudimos al Deutsches Schauspielhaus, después de esperar desde las siete de la tarde hasta que abrieron las taquillas a las nueve de la mañana. Por desgracia, al consejero de embajada Aprea le habían enviado a un remoto lugar del globo terráqueo. Ahora no sé decir con precisión si en esa ocasión hicimos cola para ver Fausto con Gustaf Gründgens y Paul Hartmann, Don Carlos con Horst Caspar, o una versión de Turandot, pues vimos todas estas obras, pero no recuerdo con exactitud en qué orden. Con la tía Dolly asistimos a la representación de La flauta mágica, porque cuando la vi por primera vez lo único que quería era volver al día siguiente, como ella recordaba a menudo.

En el año 1942 no tuvimos la típica discusión de Navidad. Casi la provoqué al mediodía del segundo día de fiesta, cuando agradecí el buen transcurso de las celebraciones, pero no pude evitar añadir que sólo había echado de menos el habitual enfado de mi padre. Y le dio de inmediato. Me reprochó mi inoportuno afán de molestar, pero yo le respondí que las discusiones formaban parte de los días festivos en nuestra casa. Cuando mis hermanas se mostraron de acuerdo conmigo con una sonrisa irónica, mi padre abandonó la habitación muy enfadado, pero enseguida regresó y dijo, mientras se colocaba de nuevo en el chaleco la servilleta que acababa de arrojar: «¡Olvídalo! Las impertinencias no merecen que me enfade».

Al día siguiente, frío y soleado, mi padre nos invitó a Wolfgang y a mí a dar un paseo hasta el Seepark. Comentó algunas impresiones políticas de los últimos tiempos y pasó a hablar del doctor Meyer, al que había intentado localizar en vano. La semana siguiente iría a la Kottbusser Platz; si no encontraba al doctor Meyer, debería temerse lo peor. Y «lo peor» significaba en este caso literalmente lo peor.

Después de dar unos pocos pasos, abandonamos el Seepark porque los caminos estaban demasiado helados. De regreso, mi padre dijo que nos tenía que contar lo que, para su disgusto, había escuchado recientemente en una emisión de la BBC, y no lo quería comentar en casa en presencia de mi madre. Uno de los locutores había informado detalladamente sobre un debate en la Cámara de los Comunes en el que se afirmaba que, en contra de lo que se rumoreaba, los nazis no instalaban a los judíos expulsados de Alemania en campos abiertos en el Este, lo que ya sería espantoso, sino que los asesinaban por decenas de miles. Todo se lo atribuía a Hitler y a sus secuaces. Aunque todavía pensaba que en este caso se trataba de una de las historias atroces como las que había inventado la poco escrupulosa propaganda de guerra inglesa ya en la Primera Guerra Mundial. Por ello buscaba pruebas nuevas, que se pudieran demostrar. Ninguno de sus amigos había podido aportar nada, y el tema no había vuelto a aparecer en ninguna emisión de la BBC, y eso que había pasado muchas horas junto a la radio.

Parecía muy inquieto, y nosotros intentamos aplacar sus temores. Dijo que rezaba para que lo que había escuchado no fuera cierto. Los nazis no podían llegar tan lejos, opinó cuando doblamos por la Hentigstrasse. Quizá sería más exacto decir «de momento no». Porque aún no estaban con el agua al cuello. Cuando se llegara a ese punto, ya no se podría garantizar nada. Entonces no habría nada seguro. Yo pensé en el doctor Meyer y en Sally Jallowitz. Cuando más tarde vi a mi padre entrar en su despacho, le seguí y le pregunté si sabía algo nuevo. Contestó que, a pesar de todas sus pesquisas, no había descubierto nada, quizá todos tuvieran miedo de revelar lo que sabían. Al final de la conversación le hice prometerme que, si se enteraba de algo, me pondría al corriente enseguida.

Pocos días después de volver al internado recibí, como todos los de mi clase, el llamamiento a filas. Nuestro destino era Friedrichshafen, junto al lago Constanza, que estaba rodeado de una amplia corona de baterías antiaéreas debido no sólo a las fábricas de piezas aeronáuticas, sino sobre todo a la producción de ruedas dentadas. «Sin ruedas dentadas no puede haber guerra», exclamó el sargento primero Grummel a nuestra llegada, para concienciarnos de la importancia de nuestra misión. Era un afable estibador del norte de Alemania, con la cara extrañamente arrugada, y responsable de nuestra formación como cuerpo de infantería. Después de habernos explicado sus cometidos, gritó de pronto: «¡Al suelo!» y «¡A cubierto!». Luego nos condujo hasta el barracón donde recibimos los uniformes azules de ayudantes de aviación y demás equipo, desde el quepis de servicio hasta las botas. Naturalmente, también el casco de acero y los utensilios de cocina. Apenas habíamos arreglado las taquillas cuando nos llamaron para que nos presentáramos ante el sargento mayor Knuppe, al que, al día siguiente, ya habíamos puesto el mote de «estaca».

A continuación nos asignaron nuestras funciones. La mayor parte de las tres clases, que nos habíamos vuelto a juntar, debía prestar servicio en la artillería de 8,8 cm instalada en terraplenes de unos dos metros de altura recubiertos de madera. A un grupo más reducido se le adjudicó el denominado equipo subterráneo, que estaba en búnkeres y debía determinar la posición de los objetivos volantes y comunicársela a los artilleros. Yo estaba en un puesto subterráneo.

La batería se encontraba en una colina sobre la ciudad de Friedrichshafen, en un florido campo de manzanos. Abajo lanzaba sus destellos el lago Constanza, y enfrente, más allá de la orilla, se elevaba, cubierto de nieve, el Asentís, en medio de un abrupto macizo montañoso. Cuando anochecía se veían las luces de los pueblos de la parte suiza reflejadas en el agua, mientras que a este lado, hasta Constanza y Lindau, todo estaba sumido en la más callada oscuridad.

En el transcurso de las primeras semanas llegaron algunos profesores para continuar las clases en las materias más importantes. Seguimos estudiando latín, historia y, durante un tiempo, también matemáticas y alguna que otra asignatura relacionada con el mundo natural. Pero las horas de estudio, subordinadas generalmente a las maniobras militares, pasaron a ser casi por fuerza secundarias, hasta que apareció el doctor Kiefer. Con una indumentaria poco habitual, pelerina negra y una bufanda roja alrededor del cuello, llegó a la clase, lanzó su sombrero sobre la mesa y se presentó con una breve frase que decía más menos así: «Tengo que contaros una historia sobre la estrechez y el provincianismo alemanes. También sobre el adelanto de las culturas italiana y francesa, así como sobre las itinerantes gentes del teatro que, con entusiasmo pero sin esperanza, viajaban con sus carretas mientras París tenía ya varios teatros y Nápoles incluso una ópera. Hasta que con Lessing apareció el primer poeta alemán de renombre mundial. Su genio convirtió el país en los cien años siguientes en un lugar de irradiación de las artes y las ciencias como Europa no había conocido hasta entonces. Ahora hablaré de Atenas. Y en caso necesario de la Florencia de Lorenzo el Magnífico».

La vestimenta de artista que Kiefer llevaba tenía que ver sin duda con el hecho de que consideraba la profesión docente como una especie de interpretación y, en el fondo, se veía a sí mismo como un pintor. Las horas en que no había clase las aprovechaba para vagar con su caballete, sus pinturas y su silla plegable por los terrenos en torno a las baterías. De vez en cuando se veía a ese hombre, que tendía a la corpulencia, entre los manzanos cargados de frutos rojizos buscando algún motivo apropiado mientras trepaba por una loma o una ladera; un par de horas más tarde regresaba al campamento sin aliento, pero cautivado por impresiones fascinantes, con dos o tres trabajos pintados con estilo expresionista, y entablaba con gusto una conversación con nosotros. En tales casos solía enlazar con los temas tratados en clase por la mañana.

Podía hablar sin cesar sobre Goethe y Schiller, sobre Kleist, Georg Büchner o sobre las traducciones que Schlegel y Tieck habían realizado de Shakespeare, sin aburrirnos con personajes muertos. Explicaba Intrigas y amor de Schiller como la tragedia de amor entre Fred, el hijo de un alto funcionario ministerial, y la hija de un portero que, según recuerdo, se llamaba Irmtraut Schönquell. Lady Milford, que con Kiefer recibía el nombre de Pamela Grace, como yo escribí a mi madre, era en palabras de él una «persona que había salido torcida». También trasladó Kiefer a la actualidad a El príncipe de Homburgo, con cambios insignificantes pero no exentos de peligro, lo mismo que al Fausto de Goethe, sin desvelar el origen de la historia. Al final Kiefer siempre explicaba que, por supuesto, él no había vivido el caso mencionado. Más bien se trataba de enseñarnos de un modo inusual, por decirlo de alguna forma, el tema de una de las grandes obras de la literatura clásica. Al mismo tiempo quería demostrar que el temor tan extendido a las obras de poetas famosos era totalmente infundado. Luego comenzaba el análisis literario de la obra en cuestión. Lo que le importaba ante todo era la duda, a la que, en una época de «creencias establecidas», había convertido en una especie de ídolo. «¡En caso de duda, a favor de la duda! Tiene que ser vuestra norma de vida», le gustaba decirnos.

Probablemente debieron ser las historias sobre el doctor Kiefer y algunas líneas arrogantes sobre la vida de soldado lo que le escribí en una carta larga y formal a mi abuelo en Berlín. En cualquier caso, él me contestó enseguida, y me invitó «a tomar el té en la Riastrasse» durante las próximas vacaciones. Un compañero de cuarto que vio la carta sobre la cama se rió de su tono formal y me preguntó si yo trataba de «usted» a mi abuelo. Yo le respondí: «No, nada de usted ni de formalidades. Sólo lo propio de una gran ciudad». Desde entonces fue diciendo por ahí que yo era intratable y maleducado.

Otro compañero de cuarto me recomendó, mientras limpiábamos las armas en el patio del cuartel, a Josef Weinheber, del que hasta entonces yo no sabía nada. Me prestó un libro de poemas, y yo lo leí con creciente interés. El título rezaba, si no me equivoco, Adel und Untergang (Nobleza y hundimiento). En aquellas páginas encontré un tono elevado, en mi opinión influido por Schiller, a veces grandilocuentemente heroico, que hermanaba siempre la muerte y la vida, y dominado por el pathos de la época. Se hablaba de «viajes sagrados», también del «fuego de los mundos», pero en el verso siguiente, con ecos expresionistas, de «escarpadas pasiones» o «rizos de ambrosía»: todo nobleza y decadencia, que luego cambiaban a un clasicismo nunca exento de esfuerzo. También me impresionaron los juegos de rimas y líneas, sobre todo en las denominadas coronas de poemas. Wolfgang, al que di a leer uno de los libros durante un encuentro que tuvimos en Fráncfort del Oder, donde él estaba de recluta, no pudo evitar reírse del «repicar de palabras», como él decía, y parodiar algunos pasajes como un Dies irae sacerdotal. Yo, por mi parte, que durante un tiempo vi un lirismo considerable en los «cuerpos coronados de flores» y las «bocas curvadas de sueños» de Josef Weinheber, años más tarde aprendí del poeta que se puede sucumbir al espíritu de la época a pesar de haber sido educado en contradicción con él.

A comienzos de mayo de 1943 llegó una carta de mi padre en la que contaba algunos acontecimientos de Karlshorst, y en una posdata me informaba de que había ido un par de veces a la Hallesches Tor, pero que no había podido encontrar a nuestro amigo «el doctor Müller»; seguramente había sido «enviado a una sucursal»; sólo podíamos confiar en que regresara sano y salvo. Por supuesto, yo tuve horribles sospechas, y volví sobre mis recuerdos de algunos poemas y sus observaciones en nuestra despedida, que habían creado y fortalecido nuestros lazos de unión. Pero no dije nada de ello en mi carta de respuesta. Antes bien, escondí mi intranquilidad tras algunos detalles sin importancia y comenté que probablemente tuviera vacaciones a finales de junio, y que esperaba tener más noticias para entonces. Al mismo tiempo confirmé mi intención de llevar a dos amigos conmigo. Todo lo demás lo debíamos aplazar. Y como posdata añadí: «¡Qué le vamos a hacer!».

A finales de junio viajé a Berlín con Helmut Weidner y Norbert Steinhardt. Mis padres nos esperaban en la estación de Anhalt. Mi padre parecía muy abatido, y mientras poco después caminaba junto a mi madre a unos pasos de los demás, ella me comentó que confiaba en que nuestra visita le levantara el ánimo. Había que hacer todo lo posible para conseguirlo, y evitar cualquier discusión política. Estaba preocupada, y con motivo, y esperaba mi apoyo.

Al principio, nuestras conversaciones derivaban siempre hacia asuntos políticos, pero mi madre y yo conseguíamos cambiar de tema, y una mañana en que el padre Wittenbrink apareció en el jardín, tuve tiempo de advertirle. Aunque nuestros amigos tenían más o menos las mismas ideas políticas que nosotros, le dije, nadie podía estar seguro de que fueran discretos en caso de apuro. Además, yo no los había invitado para hablar de política, sino para que conocieran Berlín, con el palacio, su avenida Linden, los museos y la Alexanderplatz. Sólo queríamos disfrutar de unas vacaciones del servicio militar, continué explicándole, ir al teatro y a algún concierto, a las carreras ciclistas del Sportpalast, y a ver a las «llamativas muchachas» de la Friedrichstrasse. Me sentí lleno de orgullo mientras los guiaba de un lado a otro, sobre todo cuando visitamos Potsdam, tan querido desde los días de la infancia y ahora algo desolado, Sanssouci, el Marmorpalais y la Garnisonkirche.

Cuando, a la mañana siguiente, nos dirigimos al jardín para desayunar, Wittenbrink ya estaba paseando arriba y abajo junto a la valla con su breviario. Apenas llegamos, y recordando mis advertencias, empezó a hablar sobre Mozart y cómo había nacido, por así decirlo, ya enseñado. Y cuando añadió que era casi como el milagro de Caná, me permití prevenirle contra el pecado de la herejía. Wittenbrink se rió y respondió que, por suerte, ya no existía la Inquisición. Pero como ni un tema ni otro encontraban el eco adecuado entre mis amigos, pasó a hablar de pintura. Sentía gran admiración por los italianos y los holandeses, aseguró. Luego describió las distintas escuelas, Siena, Florencia y Roma, y de ahí pasó al «gran Caravaggio», como él decía, al que admiraba incondicionalmente por su predilección por la «carne en exceso desnuda». El sueño de su vida había sido siempre un cuadro del «gran pintor», si bien el legado de Caravaggio era bastante reducido debido a los pocos años que vivió y que, además, pasó en su mayor parte entre tabernas, burdeles y prisiones. Su arte de tratar la luz como una especie de fuego frío le parecía fascinante, da calor y al mismo tiempo hace pasar frío al observador. No podíamos dejar de admirar las obras del «gran Caravaggio» en la Nationalgalerie.

Luego fuimos a visitar la ciudad, aunque me pareció que las pocas imágenes que me eran conocidas de visitas anteriores habían desaparecido. Pero mostré a mis invitados la Isla de los Museos, el barrio de San Nicolás y la avenida Linden, así como mi viejo instituto y otros lugares notables, para evitar los debates políticos con mi padre. Pues durante todo el tiempo en que nos acompañaron mis amigos tuve la sensación, reforzada quizá por mi preocupada madre, de que a mi padre le iba a dar uno de sus ataques de ira. Aproveché una ocasión para preguntarle por el paradero de algunos amigos, como Walter Goderski, Bruno Block o el doctor Meyer, pero no pudo darme detalles al respecto.

Cuando mi padre nos preguntó por la marcha de nuestras clases, la conversación derivó hacia Virgilio, y Norbert, que precisamente estaba leyendo un libro sobre el poeta amigo de Augusto, se presentó como gran experto en el tema. «¡Por favor, nada de charlas eruditas!», rogó Helmut. Pero una vez hubo empezado, Norbert no se dejó desviar del tema y narró innumerables detalles, históricos y legendarios, que relacionaban el auge de Roma con la decadencia de Troya. Contó cómo Eneas, cuando descubrió la horrorosa imagen de su ciudad natal, tuvo la certeza de que en Cartago tenían que vivir personas con sentimientos, pues la capacidad de sentir la desgracia ajena forma parte de la esencia humana. En algún momento mi padre hizo la observación de que Virgilio no había tenido nunca en Alemania la misma fama que en el resto de Europa. Para él era muy significativo que La Odisea acabara con un matrimonio y La Eneida, en cambio, con la fundación de un Estado.

Uno de los días siguientes acudí a tomar el té a la Riastrasse, y por primera vez en mi vida vi a mi abuelo como un conversador locuaz e incluso versado. No sabía sólo quejarse de la vida y los negocios, como nosotros afirmábamos siempre, sino que podía hablar con todo conocimiento de la literatura francesa clásica, desde Montaigne hasta Chateaubriand. Sorprendentemente, habló de la «pequeña y primera pieza literaria» que le había enviado con mi carta, quería escuchar más sobre el doctor Kiefer y los demás profesores, qué libro me había impresionado últimamente y cómo compaginaba mi gusto por la literatura con el embrutecimiento de la vida militar. Incluso las atenciones que siempre corrían de nuestra cuenta procedían esta vez de su parte: sirvió el té, acercó las pastas y de cuando en cuando me preguntaba si deseaba algo más. Además, quería conocer mis planes; yo le contesté que todo se limitaba a sobrevivir a la guerra. ¡Nada más! Había oído hablar de la carta en la que yo mostraba mi intención de ser «intelectual independiente», y me dijo: «¡Aférrate a estos tiempos! ¡Si algunos se ríen, no hagas caso! ¡Siempre se tienen problemas con los sensatos!». La abuela, que se sentó con nosotros como una media hora, me regaló al final un tarro de loza con su crème caramel tan apreciada por todos.

Poco después mi abuelo dio a entender que debíamos marcharnos. Cuando, en la puerta, hice ademán de despedirme, negó con la cabeza y dijo: «Hoy te acompaño yo a ti». Durante los primeros diez minutos de camino a la Hentigstrasse hablamos sobre el paisaje de Friedrichshafen y el lago Constanza. Yo le conté que durante una guardia de noche un camarada había dicho que era «amoroso», pero que enseguida me había pedido casi horrorizado que olvidara esa palabra. Mi abuelo opinó que eso se debía a que no era propia del mundo militar y sólo habría provocado risas, lo que de nuevo le hizo reír.

Cuando llegamos a nuestra casa, yo le dije que ahora me tocaba a mí acompañarle a él, que eso era lo apropiado. De nuevo sacudió la cabeza y dijo: «¡Hoy precisamente no! Hoy te he acompañado yo a ti a casa». Y mientras yo me preguntaba por qué mis hermanas le temían tanto al abuelo, me recomendó casi como una advertencia: «¡Procura sobrevivir!». Luego añadió que se podía hacer algo al respecto: «¡Ya sabes a qué me refiero!». Yo no tenía ni idea, pero hice como si le hubiera entendido. Por fin hizo el gesto como de darme un abrazo, pero giró sobre sus talones y se fue. Cuando se lo conté a mi madre, dijo sonriendo: «¡No le gustan los sentimentalismos! ¡Yo lo he heredado de él!».

Por la noche, en la cena, se produjo el temido enfado de mi padre. Empezó casi inocentemente, cuando observó que todo hombre tiene que pagar una deuda por llevar una vida rutinaria, si las circunstancias lo permiten. Con poco tacto, yo le pregunté que si con el final de la frase intentaba justificar su propia existencia, y en un segundo fue como si soltara toda la ira que había contenido. No podía permitir que le dijeran eso, gritó arrojando los cubiertos, incluso en presencia de mis compañeros. Hacía años que lamentaba su inactividad. Y todo por la familia, ¡por Dios! Pero detestar el régimen que se extendía más allá del jardín, escuchar la BBC y rezar por los que sufren: ¡eso no era nada en realidad! «¡Sí! —prosiguió—. Me mantengo al margen. ¡Como todos! ¡Y tengo motivos para ello! Pero sé que en las circunstancias actuales no hay tierra de nadie entre el bien y el mal. El aire está envenenado. ¡Nos infecta a todos!». Y así durante un buen rato. Ocurrió aproximadamente así, según hemos intentado reconstruir después a partir de nuestros recuerdos.

Durante este ataque de ira insólitamente intenso de mi padre, mi madre se levantó de la mesa, pero se quedó de pie junto a la puerta. Tras una breve pausa se dirigió hacia él y le puso las manos sobre los hombros. «Te lo ruego, Hans —dijo en voz baja—. Tenemos invitados». Mis amigos estaban como petrificados, pero era evidente que mi padre aún no había terminado. «Nadie puede sentirse libre de culpa —volvió a exclamar—, ni siquiera el odio más justificado da la absolución.

¿Qué es eso, a fin de cuentas? El odio es demasiado poco. ¡Acabemos ya de una vez con la palabrería! ¡Sólo tenéis que liberaros de la culpa!».

La escena finalizó cuando mis dos hermanas, asustadas por el escándalo, aparecieron por la puerta en camisón y llorando. Mi padre las acompañó a su dormitorio con palabras tranquilizadoras y volvió poco después a la mesa disculpándose. Mientras recogía sus cubiertos del suelo, dijo que se reafirmaba en cada una de sus palabras. Su disculpa sólo se refería a los gritos que había proferido y a la pérdida de autocontrol.

Los tres días que nos quedaban los pasé con mis amigos en la ciudad, que ya estaba marcada por los ataques aéreos, y en la mesa del jardín. Una vez nos visitó el doctor Hausdorf y nos implicó en una seria conversación sobre el escepticismo, al que consideraba, junto con la fe, una virtud verdaderamente humana. Cuando faltaba uno de los dos, la convivencia era difícil o imposible; en cambio, los dos juntos garantizan la escasa capacidad de soportar que puede alcanzar el hombre. Al plantearnos cómo se pueden compatibilizar ambas ideas contradictorias surgió un largo debate en el transcurso del cual le fuimos acorralando cada vez más. Pero cuando se marchó, estuvimos de acuerdo en que tenía razón. La vida se compone, al fin y al cabo, de contradicciones.

El día antes de nuestra partida volvimos a reunirnos en la mesa del jardín. El padre Wittenbrink, que ya estaba junto a la valla, se acercó a nosotros con pasos apresurados. «¡Por fin lo tengo! —empezó a gritarnos desde lejos—. ¡Olvidad a los escolásticos y a Tomás de Aquino, olvidad a Descartes y a Leibniz! ¡Tengo la prueba definitiva de la existencia de Dios!». Wittenbrink parecía fuera de sí, y mi madre, que en ese momento nos traía el té, más tarde comentó que tenía los ojos húmedos. «La cuestión no requiere complicadas deducciones —prosiguió—, sino que consiste en una palabra tan sólo, como todos los conocimientos concluyentes. La prueba más concluyente de la existencia de Dios es: ¡Mozart! Cada página de su biografía nos enseña que procede de otro mundo y, a pesar de la torturadora soledad, al mismo tiempo nos lo hace visible. ¿Por qué nadie lo ha visto hasta ahora?».

Wittenbrink continuó hablando en ese tono casi extasiado. «¿Cuándo se ha dado que alguien no tenga que elaborar algo, sino que simplemente escriba su inspiración porque es lo que siempre ha tenido? ¡Comparad las anotaciones de Mozart, la cantidad al menos, con las de Beethoven! Éste lucha con todo aquello con lo que Mozart vino al mundo, y escribe siempre música de exorcismo». Naturalmente, he olvidado la mayor parte de las palabras de Wittenbrink. Pero lo indómito de su arrebato quedó grabado en mi memoria. Lo mismo que alguna idea, como la de que uno puede ser ligero como el aire y al mismo tiempo profundo, alegre y triste literalmente en el mismo tono, grande y nunca trivial. Que puede convertir las contradicciones más evidentes en armonía total, sin quitarles nada de su carácter antagónico. «Quien escucha el Ave verum —comentó— tiene que entender que ningún tono humano puede expresar así la fe. Y se comporta del mismo modo con innumerables sentimientos: para el amor habría que mencionar el aria de las rosas; para la ilusión, el primer dueto entre Fiordigili y Dorabella de Così fan tutte; para otros, muchos movimientos de los conciertos para piano o pasajes de los cuartetos de arco». Hablaba sin parar. Sólo se permitía incisos para volver a mencionar el tan repetido concepto de la «prueba de la existencia de Dios». Mis dos amigos apenas entendieron algo de lo que pensaba; yo, al fin y al cabo, tenía una especie de escuela tras de mí. Resultaba más convincente por la forma en que lo decía. Hasta ese día yo no sabía que el argumento puede esconderse completamente tras el tono.

Poco antes de nuestra partida, cuando las maletas estaban ya prácticamente preparadas, mi padre me propuso dar un breve paseo. En las montañas de arena, donde no se veía a nadie en muchos metros a la redonda, volvió a explotar: estaba tan alterado porque tenía horribles noticias del Este. Cuando le pedí que me diera más detalles, rechazó contestarme y dijo: «¡Ahora no! Quizá en otra ocasión. ¡Sólo te pondría en peligro!». Sólo lo mencionaba, añadió, para que comprendiera su ataque de ira. Su comportamiento había sido disparatado. Pero yo debía saber que había tenido motivos para ello.

Y es que quien indagaba y mostraba cierta desconfianza ante los gobernantes se encontraba siempre con nuevas pruebas de asesinatos en masa en Rusia, Polonia y otros lugares. Muchas informaciones resultaban contradictorias y se transmitían en forma de rumor; la repetición las convertía casi en certezas. Las primeras insinuaciones me las hizo Wigbert Gans en mi siguiente visita a Berlín, y también en Friburgo corrían rumores sobre fusilamientos indiscriminados frente a fosas comunes. En la primavera de 1944, y de nuevo tres meses más tarde, Wittenbrink me puso al corriente, bajo promesa de guardar el más estricto silencio, de actos atroces apenas imaginables que le habían contado miembros de la parroquia enviados al frente oriental. Me dijo también que en ocasiones había discutido con mi padre casi hasta la desesperación sobre qué se podía hacer contra tales atrocidades. En cualquier caso, no debía decirle a él ni una sola palabra de lo hablado, pues le había tenido que prometer a mi padre que no nos contaría nada. Todas sus conversaciones finalizaban con la certeza de que su impotencia tenía que haberles resultado lo más deprimente. De cámaras de gas no se hablaba en ninguna de las noticias fiables que llegaron a mis oídos. Lo que sí se planteaba era por qué las emisoras de radio británicas no difundían lo que sabían sobre el exterminio de personas y ponían así al mundo en alerta. Pero Londres se había quedado mudo, me dijo nuestro profesor de religión, al que me encontré al volver a casa desde la catedral de Friburgo, después de escuchar uno de los encendidos sermones de domingo del arzobispo Gröber.

Cuando llegamos a la estación de Anhalt, mi padre nos llevó aparte. Avanzó por el andén hasta el final de la cubierta de cristal, rota a trechos, e incluso algunos pasos más allá, mientras mi madre se quedaba junto a la puerta del vagón con la mayor de mis hermanas, y dijo a mis dos amigos:

«Confío en vosotros, y sé que no vais a decir una sola palabra». Cuando ellos asintieron, siguió diciendo: «Espero a los rusos en la Puerta de Brandeburgo. Todos me tachan de pesimista. Pero no es eso. Me gustaría equivocarme, pues tener razón es a la larga un triunfo estúpido. Ya me ha ocurrido en demasiadas ocasiones». Cuando estuvimos de nuevo junto a la puerta del vagón, dijo: «Intentad, en la medida de lo posible, quedaros en el Oeste». Y cuando nos asomamos por la ventanilla para despedirnos, añadió: «Espero que Dios haga al fin una señal. No me atrevo a decir cómo sonará su voz». El tren se puso pesadamente en movimiento, y a pesar del estruendo aún pudimos oír a mi padre mientras corría por el andén: «¡Espero que volvamos a vernos!».

En Friedrichshafen volvimos al viejo trajín de los ejercicios militares, el cuidado de las armas, las horas vacías por la tarde y los atronadores ronquidos por la noche. Durante la instrucción, el sargento Grummel no paraba de gritar e intentaba poner cara de mal genio. El barrigudo y arrogante capitán Kersting, que regentaba una tienda en Karlsruhe, inspeccionaba regularmente las filas y nos exhortaba a estar más vigilantes. Pues desde la caída de Mussolini, y a medida que el frente avanzaba lentamente, se habían incrementado las incursiones, y apenas pasaba una semana en que no nos llamaran, de día o de noche, a coger las armas.

Todavía estaban allí los pocos profesores que nos habían acompañado al ser reclutados. A una señal de silbato corríamos con libros y cuadernos al barracón escuela. El doctor Kiefer estaba entretanto con el Woyzeck de Georg Büchner, y en el noveno curso leyó con nosotros Antes del amanecer, de Gerhart Hauptmann. Ya no recurría a su truco de cambiar a los personajes para sorprender a la clase, pero cuando ya nadie contaba con ello volvió a recuperarlo con la ayuda de una historia paralela de Enrique el Verde, de Gottfried Keller.

A la vista de la marcha de la guerra esta vez habló también de la duda como la primera virtud, y yo pensé en el doctor Hausdorf, que decía lo mismo con otras palabras. Siguiendo la recomendación del doctor Kiefer, en esa época empecé a leer a Nietzsche, junto a fragmentos de Oscar Wilde, cuya obra se había llevado Norbert, lo que me resultó muy sorprendente pues tenía un carácter melancólico, algo pedante, que difícilmente encajaba con el ingenio aforístico del escritor. Como muchos de mi generación, leí con atención La decadencia de Occidente, de Spengler, así como una edición comentada del Apocalipsis: todo mezclado, entendido a medias, atrapado por el sentimiento de que se acababa una época.

Nuevos eran los seis u ocho prisioneros de guerra rusos que prestaban servicio alrededor de las baterías. Cargaban las pesadas granadas de 8,8 cm, limpiaban los puestos y los barracones y hacían todo tipo de trabajos. Por lo general eran amables y solícitos, y, a veces, de las pequeñas tiendas en que se alojaban salían los cantos que yo ya conocía de escucharlos en Berlín. Con alguno de los rusos llegué a tener, con el paso del tiempo, una relación casi cordial. Pero un cabo primero que era un intransigente miembro del partido y que me vio en cierta ocasión hablando con Michael y Lew me llamó y me previno de tratar «con la chusma rusa como si fueran camaradas». Dijo: «Ésos son todos unos revolucionarios. Les gustaría matarnos a todos. Uno detrás de otro». Luego, levantando el dedo índice, añadió: «¡Si pudieran! ¡Y tú los alientas!».

Con él debíamos tener mucho cuidado, sobre todo cuando escuchábamos las emisoras extranjeras a altas horas de la noche. Desconfiaba incluso de la emisora de los Balcanes que se anunciaba con la música de Lili Marleen. Cuando avisé a mis compañeros de clase de que estaba terminantemente prohibido escuchar las llamadas «emisoras enemigas», y que el castigo suponía al menos diez años de prisión, una mayoría decidió que los beneficios y la satisfacción eran demasiado pequeños, y el peligro del «delito radiofónico», demasiado grande. A pesar de todo, una docena de compañeros escuchaba con gran cautela y atención las «emisoras enemigas» en un barracón que estaba algo más apartado.

Otra novedad eran las ayudantas de la plana mayor, que habían llegado durante los días de Navidad como refuerzo para la sección de mecanografía. Vivían en un edificio situado a unos cientos de metros de distancia. Los camaradas más avispados descubrieron que en la «residencia de las ayudantes» se celebraban regularmente «concursos», en los que una de las muchachas bailaba sobre la mesa con la música de la radio. En un momento dado se paraba de pronto la música, mientras la «danzarina» se quedaba quieta. Al grito de las espectadoras de « ¡ Quítatelo, quítatelo, ya no lo necesitas!», se ponía de nuevo en movimiento y, tras bailotear otro poco, dejaba caer otra prenda de su vestimenta con un gesto lascivo, hasta que la música se interrumpía de nuevo.

En Navidad estuve en Berlín, y dio la casualidad de que Karlshorst vivió en esos días su primer ataque aéreo. Las bombas no provocaron daños especialmente grandes, pero los impactos y la destrucción podían apreciarse por toda la ciudad. Quizá fue el hecho de que el avance de la guerra pareciera cada vez más inevitable lo que determinó que esos días de celebración transcurrieran en una atmósfera extrañamente agobiante. Winfried y yo intentamos elevar algo el ánimo general, sobre todo el de nuestras dos hermanas, que habían entrado en la fase poética de la adolescencia. A la dulce Hannih le contábamos historias más o menos inventadas sobre chismorreos y amoríos, mientras que Christa, de carácter mucho más práctico, prefería las historias alegres, a ser posible de humor.

El ambiente resultó más relajado cuando Wolfgang llegó a Karlshorst para pasar unas breves vacaciones de día y medio. De camino a la misa de Navidad me contó que quería haberle regalado a mi madre un poema que había compuesto él mismo, un poema en el tono de Heine, pero sin las dos líneas irónicas del final que a ella tanto le desagradaban. Ninguno de sus muchos intentos había tenido éxito. El poema debía contener la expresión favorita de mamá, «brisa de verano», su actividad preferida, el «piano», su prenda de vestir habitual en aquel momento, el «delantal negro», o al menos una combinación de todos esos conceptos tan antagónicos. Pero como poeta él era «demasiado simple», al menos eso había aprendido. Yo le contesté que era evidente que había querido escribir el poema con la mano izquierda. Se rió y dijo que los chistes sobre su propia incapacidad podía hacerlos él mismo.

En esos días, poco después de Nochebuena, vi a mi madre muy pensativa ante la caja donde guardaba sus recuerdos. Poco antes se había quejado de que todas las previsiones habían resultado erróneas. Wolfgang y yo éramos soldados, el régimen de Hitler no se iba a acabar. Ahora acariciaba con los dedos las preciadas bagatelas que, junto a algunas cartas y papeles familiares, guardaba en la caja: los primeros rizos de los niños, los diarios que había escrito sobre cada uno de ellos, así como tres viejas monedas de oro que supuestamente debían asegurar un perpetuo bienestar, y otras cosas más. También algunas cartas de Wolfgang y mías. Estaba sentada en silencio, mirando a la pared, y se asustó cuando de pronto me vio de pie a su lado. «¡No deberías hacer eso! —dijo—.

¡Imagínate que hubiera estado llorando!». Yo me senté a su lado y le pregunté si tenía ganas de llorar con frecuencia. Ella respondió: «Todos los días». Luego cerró la caja, se guardó la llave en un bolsillo y dijo, como reprochándose a sí misma: «Pero no son los sentimientos de cada día los que forman una vida».

A mediados de febrero de 1944 finalizó nuestro servicio como ayudantes de artillería antiaérea. Cuando se nos comunicó que, dos días después de nuestro licenciamiento, debíamos incorporarnos al Servicio de Trabajo (RAD) en representación de la unidad, negocié con el capitán Kersting unas «vacaciones» de catorce días hasta el comienzo de nuestra nueva misión. Como mi amigo Helmut Weidner entendía mi aversión al internado, me invitó a pasar esos pocos días libres en la habitación de invitados de la casa de sus padres.

Al día siguiente de mi regreso visité el seminario de Friburgo, y entre las tres o cuatro cartas que habían llegado hasta allí encontré, para mi sorpresa, un llamamiento para que me incorporara al servicio de trabajo a los dos días. Me enteré de que los demás compañeros habían recibido un escrito que ordenaba su entrada en servicio a finales de febrero, tal como habíamos acordado con el capitán Kersting y con la autoridad militar. Tras numerosas consultas, que me ocuparon todo el día siguiente, decidí presentarme en el lugar indicado, pero para defender mi derecho a unas vacaciones con la ayuda de una confusa historia difícil de entender.

A las ocho de la mañana acudí al punto de concentración, no lejos de la estación. Me dirigí hacia un oficial que gritaba órdenes a diestro y siniestro y cuyo uniforme marrón estaba lleno de cordones plateados. No pude evitar reírme para mis adentros del estúpido gorro de Robin Hood verde que se usaba en el servicio de trabajo. A la pregunta de qué quería, murmuré algo acerca de una «equivocación» y un «error burocrático». Pero el oficial me dijo en tono imperioso, como si yo fuera para él una carga infame: «¿Tiene un llamamiento?», y al yo asentir, me ordenó: «¡Bien, entonces a la fila!».

Hice como si me incorporara a la fila por atrás, y en un segundo paso me acerqué al barracón que hacía las veces de oficina. Los días anteriores había intentado conseguir por teléfono un certificado del capitán Kersting que justificara que yo también tenía derecho a catorce días de vacaciones. Pero sólo había conseguido toparme con el sargento Knuppe, que me había gritado:

«¡Aquí no hay certificados! ¡Puedo darle un par de polainas! ¡Pero tiene que recogerlas usted mismo!». Entonces conseguí un papel en el que se decía que, al finalizar su servicio, todos los miembros del año 1926 de la batería antiaérea 218 obtenían, por su trabajo ejemplar, un permiso especial entre el 12 y el 26 de febrero de 1944. El escrito estaba firmado a máquina por el doctor Hans Kersting y a mano por los once compañeros de clase que había conseguido localizar la tarde anterior.

Después de exponerle mi caso al militar de la oficina, le enseñé el escrito. Lo miró desconcertado y, rascándose indeciso la cabeza, me preguntó por los detalles. Cuando le estaba contando los antecedentes del modo más inconexo e incluso contradictorio posible, me interrumpió gritando: «¡Vaya, vaya! ¡No entiendo una sola palabra! ¿Usted ha sido llamado o no?». Yo contesté con el tono enérgico que todos empleaban en ese cuarto lleno a rebosar: «¡Naturalmente que no!

¡Aquí está la prueba! ¡Es un malentendido!». Mientras yo seguía hablando para hacer el tema aún más ininteligible, gritó: «¿Hombre, entonces por qué me molesta? ¡Tengo miles de asuntos que resolver! ¡Y encima tengo que tratar con idiotas como usted! ¡Fuera de aquí!». Yo hice un breve saludo militar a pesar de ir vestido de civil, y me marché.

Durante media hora vi desde una distancia prudencial cómo los reclutados se subían a los camiones que iban pasando y cómo la columna partía poco después. Catorce días más tarde me hallaba de nuevo, ahora con mi clase, en el punto de encuentro y me presenté en la oficina. Como nadie encontraba mi nombre, tomaron mis datos personales y me dijeron que me marchara. Durante las dos semanas siguientes no tuve noticias del RAD.

En esos días tuve una discusión inusualmente fuerte con mi padre, En una de mis cartas le había contado casi de pasada que no hacía mucho que me había presentado como voluntario en la aviación. Apenas había llegado la carta a Berlín cuando ya pude oír por teléfono cómo mi padre se iba enfureciendo cada vez más. «¿Voluntario? —gritaba intentando tomar aire—. ¿En esta guerra?

¿Has pensado en mí? ¿En nosotros?». Cuando yo le contesté que sí, él replicó: «¡Nunca lo podré entender!». Yo le dije que lo tenía que comprender, que casi toda la clase se había presentado y que ya conocía sus ideas a través de mis cartas. El volvió a rechazar mi argumento, y al final de la discusión, basada ya en meras repeticiones, se me escapó: presentarse como voluntario era la única forma de que no te incorporaran a las SS, cuyos reclutadores habían estado recientemente en la clase. No recuerdo las palabras exactas con las que le hice ver a mi padre las razones de mi decisión. Después de una larga discusión y un más largo silencio, colgamos el teléfono. En la carta que llegó pocos días después me escribió con una franqueza inconcebible que «a la guerra criminal de Hitler» no se presenta uno voluntariamente, ni siquiera por escapar de las SS. «Esa decisión — concluía— se la tienes que dejar a Dios o, si lo prefieres, al destino. En cualquier caso, no está en tu mano, aunque tú lo creas así».

A pesar de hablar e intercambiar cartas a menudo, no llegamos a un acuerdo. Por fin, mi padre me anunció que iría a visitarme a Friburgo para dirigir una instancia al mando aéreo con el fin de anular mi solicitud. Yo le dije que no era posible retractarse; además, cualquier día tendría que incorporarme al servicio de trabajo. Le oí decir algo y después, sin esperar una contestación, colgar el teléfono. Evitamos el tema durante años. Sólo una vez volvimos brevemente sobre él, y no he podido olvidar las ingeniosas palabras de mi padre, tan típicas de él: «En la única discusión seria que tuvimos durante la época nazi tú no estabas equivocado. ¡Pero yo tenía razón!».

Una vez finalizadas las clases tuve catorce días de vacaciones. Una mañana, poco antes de las seis, sonó el timbre en la casa en la que me encontraba como invitado. En la puerta había dos hombres con abrigos que parecían de uniforme y con el ala del sombrero bajada. Preguntaron por mí, y cuando se enteraron que estaba en la habitación de invitados, subieron corriendo la escalera sin decir una sola palabra. Una vez en el piso de arriba, abrieron primero la puerta de la habitación de al lado y me despertaron con el alboroto que armaron. «¡Así que usted es el desertor!», gritaron. Cuando yo lo negué y les dije mi nombre, me ordenaron: «¡Prepárese!». Esperaron en la puerta del cuarto de baño, metiéndome prisa de vez en cuando, y luego salimos de la casa. Delante de la entrada me dijeron casi al unísono que no querían tener problemas. De lo contrario tendrían que llamar a la policía. Nos dirigiríamos, continuaron explicándome, hasta la parada del tranvía en la Komturplatz. Yo debería ir diez pasos por delante de ellos. Luego sólo añadieron: «¡Andando!».

El funcionario del puesto de la Gestapo en la Dreisamstrasse me hizo esperar durante una hora mientras leía un legajo de actas. Cuando me atreví a preguntarle si no sería mejor que me marchara, pues no había desayunado, él me miró sonriendo, se quitó las gafas y dijo que tendría mucho, mucho tiempo. «¿Desayunar? Bueno, si quiere llamarlo así». Media hora más tarde llegó otro funcionario, comentó mi caso con su colega y revolvió con desgana en un montón de papeles. Luego trajo uno de los dos un té, y algo más tarde el otro, poniéndose de pronto de pie, empezó una especie de interrogatorio.

La declaración duró bastante tiempo, las preguntas se referían sólo a los hechos más recientes. Pero el procedimiento se repitió varias veces, por la mañana, por la tarde, ya de noche. Entretanto, me habían encerrado en una celda. La segunda tarde vino el empleado que me había hecho esperar tanto la primera vez, y me dio una serie de papeles sin decir nada. Uno era el llamamiento al servicio de trabajo; otro, la comunicación del destino, el valle de Stubai, en el Tirol; el tercero, la orden de partir. «Mañana a las 7:12 salida de Friburgo —dijo—. Si no pierde ninguna de las conexiones, debería estar mañana a las seis de la tarde en Innsbruck. Allí tornará el tren hasta el valle de Stubai».

Aliviado, me puse en camino hacia Herdern. Durante los interrogatorios y en las pausas no había dejado de pensar en mis padres y lo preocupados que estarían si se enteraban de que me había detenido la Gestapo. El disgusto de mi madre me importaba más que las objeciones de mi padre. Él mismo estaba ya bastante metido en problemas.