Yo no

Joachim Fest · Capítulo 4 de 13

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Yo no

Capítulo 3 - Aunque todos participen...

CAPÍTULO 3

 

AUNQUE TODOS PARTICIPEN…

 

Una tarde de comienzos de 1936, mientras ensayábamos nuevos saltos en la pista de hielo del jardín, mi padre nos llamó a Wolfgang y a mí a su despacho. El inusual tono que utilizó me hizo plantearle la impertinente pregunta: «¿Qué ocurre? ¿Qué se quema esta vez?». Visiblemente enojado, mi padre nos indicó que nos sentáramos. Al principio nos habló de la recién terminada casita del jardín. Había decidido habilitar en la parte delantera un pequeño espacio, una especie de «celda» con un escritorio, libros y bebidas, y hacer en la parte posterior varios pequeños establos. Pero a mitad de la frase se interrumpió, no nos había llamado para eso.

Tenía que hablar con nosotros sobre un tema, empezó a decir, que le había dado mucho que pensar en los últimos meses. El motivo eran las repetidas diferencias con nuestra madre, que se mostraba muy preocupada y apenas podía conciliar el sueño. Sin duda, ella lo tenía más difícil que cualquier otro miembro de la familia y, además, se tomaba todo más en serio que él. Por supuesto, él sabía que con la llegada de los nazis al poder ella consideraba que su vida, al menos de momento, estaba rota. Quizá él tenía mayor confianza en Dios, quizá sólo fuera más irreflexivo, aunque la expresión «cabeza loca de húsar» con la que tía Dolly, con su desbordante alegría, se

refería a él resultaba totalmente inapropiada.[5] Él sabía cuál era su responsabilidad. Pero también tenía principios que no permitía que nadie pusiera en tela de juicio. Ni siquiera la «banda de criminales» que estaba en el poder.

Repitió la expresión «banda de criminales», y si hubiéramos sido algo mayores seguramente habríamos notado el desgarro con que lo decía. Había hablado, continuó diciendo, con nuestra madre, y habían llegado a un acuerdo, si bien con cierta dificultad. A partir de entonces se servirían dos «cenas»: una temprano para los tres más pequeños y otra tan pronto como éstos se hubieran ido a la cama. Nosotros pertenecíamos al segundo turno. El motivo de esta división era muy simple: él necesitaba tener un espacio en este mundo en el que poder hablar abiertamente y soltar todo el asco que sentía. De lo contrario, la vida no tendría ningún valor. Al menos para él. Delante de los pequeños tenía que refrenarse, al igual que hacía al entrar en cualquier tienda, ante el más ridículo empleado de taquilla o desde hacía ya dos arios —por ley—al recoger a sus hijos del colegio. No lo soportaba, y finalizó con las siguientes palabras: «Un Estado que convierte todo en una mentira no debe entrar en nuestra casa. Al menos en el seno de mi familia no quiero estar sometido a la tan extendida costumbre de mentir». Eso sonaba, naturalmente, algo grandilocuente. En realidad, sólo quería mantenernos a nosotros al margen de la hipocresía establecida por decreto.

Respiró profundamente, como si se hubiera liberado de un gran peso, y dio un par de paseos entre la ventana y la mesa. Con ello, continuó diciendo, nos convertía, por así decirlo, en adultos. Ello conllevaba la obligación de ser extremadamente cautos. Los labios finos, apretados, eran el símbolo de ese Estado: «¡Pensad siempre en ello!». Nada de lo que habláramos entre nosotros relacionado con la política debía compartirse con nadie más. Cualquiera con el que intercambiáramos un par de palabras podía ser un nazi, un traidor o sencillamente un imprudente. En una dictadura la desconfianza no sólo era una obligación, sino casi una virtud.

E igualmente importante era, prosiguió, no sufrir nunca por el aislamiento que va unido de manera inevitable a la oposición a la opinión de la calle. Para ello quería citarnos una frase en latín que no deberíamos olvidar nunca; lo mejor sería escribirla, luego fijarla a fuego en nuestra memoria, por así decirlo, y después tirar el papel escrito. A él la frase le había servido de ayuda en varias ocasiones y le había evitado tomar alguna que otra decisión errónea. Y casi nunca se había equivocado cuando había seguido exclusivamente su propio juicio. Nos dio un papel a cada uno y nos dictó: «Etiam si omnes, ego non!». Era de Mateo, nos explicó, de la «escena del monte de los Olivos». Cuando vio lo que yo había escrito, se echó a reír. Ponía, si mal no recuerdo, algo así como: «Essi omniss, ergono». Mi padre me pasó la mano por la cabeza y dijo, consolándome: «¡No te preocupes! ¡Ya lo aprenderás!». Mi hermano, que ya iba al instituto, había escrito la frase correctamente.

Así transcurrió aproximadamente una hora en el despacho. Las palabras de mi padre, aunque las he recordado después con frecuencia, no son literales, como se puede comprender. Al volver a nuestra habitación, Wolfgang me repitió, con toda la arrogancia del hermano mayor, que ya éramos adultos, y que esperaba que yo supiera lo que eso significaba. Yo asentí con fuerza, aunque no tenía la menor idea de a qué se refería. Luego añadió que todos juntos formábamos un grupo unido. Orgulloso, me dio un golpe en el pecho: «¡Nosotros contra el mundo!». Yo volví a asentir sin entender lo que significaba estar contra el mundo. Sólo me sentía distinguido de un modo indeterminado por mi padre, con quien en los últimos tiempos discutíamos cada vez más a menudo por cualquier motivo sin importancia. También interpreté como una distinción el gesto de reconocimiento que desde entonces nos hacía con la cabeza de vez en cuando. Esa noche, después de dar las buenas noches a nuestros padres, mi madre entró de nuevo en nuestra habitación, se sentó durante unos minutos en la cama de Wolfgang y luego en la mía. «Yo sólo digo cosas alegres, y si no, prefiero callar», nos había dicho en cierta ocasión citando una regla de conducta de Liebenthal. Ahora la estaba cumpliendo. Pero parecía atormentada.

Durante las semanas siguientes, para mí fue una aventura pensar en ello, feliz, antes de dormirme. ¡Quién tenía la posibilidad de realizar con su padre una empresa tan arriesgada! Estaba decidido a no defraudarle. A lo mejor mi felicidad también tenía que ver con el hecho de que de vez en cuando volvía a aparecer en mí el infantil sentimiento de indefensión frente a los padres; pero no todo era impotencia, y en conjunto me sentía en una situación privilegiada. Y la confianza en los demás, otra de las ideas de aquella tarde, no es un regalo que pasa de mano en mano, sino una compensación poco habitual que el de enfrente debe ganarse.

Sólo con los años fui consciente del horror de aquella situación, en la que estar en alerta permanente era una especie de ley tanto para los padres como para los hijos, la desconfianza una norma de supervivencia, y el aislamiento una necesidad, donde una simple torpeza infantil podía conducir a la muerte o a la ruina. Cuando, unos quince años después, recordé a mi padre sus palabras de aquella tarde, en su gesto se apreció de nuevo la pena que le había invadido entonces. Luego se serenó y respondió que en aquel momento había sido absolutamente consciente del riesgo al que se había expuesto a sí mismo y a su familia. Quizá había ido demasiado lejos. Pero había confiado en que todo saldría bien. Y, en efecto, la arriesgada empresa había terminado bien. En cualquier caso, ni nosotros ni nuestro hermano pequeño Winfred, que se sumó a la cena del segundo turno, le pusimos nunca en apuros. Y, tal como él había deseado, ninguno de nosotros había olvidado la máxima que, según recordaba, nos había transmitido entonces. De hecho, la bella sentencia en latín formaba parte de toda vida verdaderamente libre: «¡Aunque todos participen, yo no!».

Pero, por lo demás, todo seguía como siempre. Las pequeñas peleas entre los cinco niños, las grandes reconciliaciones. En primavera florecieron los lilos, y cuando llovía, las grandes flores violetas y blancas se inclinaban casi hasta el suelo. El ciruelo que crecía ante la ventana de Deecke se llenó de jugosos frutos oscuros y, como cada tres meses, mi madre se puso su vestido azul oscuro con el cuello claro y el collar de perlas que mi padre le había regalado por su boda y se dirigió al Club Liebenthal, donde se ponía al tanto de las últimas «historias de porteras», como decíamos nosotros burlándonos, de la alta sociedad: los problemas educativos, las frustradas historias de amor de las hijas y a veces, con disimulado asombro, de algún embarazo anterior a la boda.

A comienzos del verano de 1936 mi padre y yo construimos un palomar en el tejado de nuestra casita del jardín. Cuando estuvo terminado, mi padre me dijo que, en reconocimiento, me eximía de la recogida de bayas y, en su lugar, me encomendaba la tarea, más esforzada pero mucho más instructiva, de cuidar las palomas: darles de comer, abastecerlas de agua, limpiar el palomar. Me dio un librito azul claro con el título Todo sobre las palomas. Para principiantes y expertos, y a los pocos días yo ya podía distinguir las variedades: las palomas buchonas, con su mecánico movimiento de cabeza; las palomas domésticas, que cuando volaban hacia el cielo se dejaban caer súbitamente y mantenían la caída como si cumplieran una orden; las orondas palomas reales; o las palomas mensajeras, a las que pronto me llevé conmigo cuando salía con mis amigos para enviarlas de regreso, provistas de pequeños mensajes, a la Hentigstrasse, dirección «Ventana de la cocina». Luego los atardeceres, cuando se callaba el ávido parloteo de los gorriones y en nuestro dormitorio se acababa la conversación, mientras fuera, subiendo desde el jardín, sólo se percibía el perezoso ruido de las gallinas y, a cierta distancia, el traqueteo de un tren al pasar. El día se desvanecía poco a poco, sólo ocasionalmente se oía una voz o, ya casi al amanecer, el timbre de una bicicleta.

La bella regularidad de los días se alteró en el otoño del año 1936. Entonces cada vez más vecinos y conocidos comenzaron a colaborar con el poder no sólo formalmente, sino cada vez más convencidos. Al menos en Karlshorst, donde empezó el gran cambio de posiciones. Quizá habría que atribuir ese cambio, opinó mi padre durante una de nuestras cenas, a los muchos favores que el régimen concedía a esas personas. El señor Patzek nos comunicó feliz que por primera vez había podido escuchar, por un precio razonable, a Willi Domgraf-Fassbänder o a Elly Ney y asistir a la representación de Fausto en el teatro, naturalmente también había visto Nora de Ibsen y una ópera dirigida por Arthur Rother. Cuando se decía que el ascenso de Hitler al poder era la historia de su menosprecio, había que añadir, nos hizo saber mi padre, que habría que hablar más bien de la historia del «apaciguamiento del pueblo» por Hitler. Ésta dio paso luego a la eficazmente escenificada historia de su aclamación.

No sólo se le aclamaba en nuestro país, sino también en el extranjero, lo que quizá resultó más desolador. Toda una serie de serviciales delegaciones de combatientes franceses, de periodistas o funcionarios pusieron Europa a los pies del dictador alemán. A ellos se unieron los sindicatos, que mostraban su reconocimiento a la política social de Hitler, y otro impulso fueron los juegos olímpicos que se organizaron como una gran fiesta de reconciliación. A ello había que añadir los numerosos adornos seudorrornánticos del mundo moderno, decía mi padre, que en el decorado nacionalsocialista ya no se componían de las orquestas de jazz, la arquitectura modernista y el cubismo, sino del folclore, las trenzas en el pelo y el arte de los viejos maestros. El que no se dejaba impresionar por todo eso decía convencido que colaboraba para «evitar algo peor». En realidad, ninguno de los que así hablaba había evitado nada peor, sino que había proporcionado reconocimiento al régimen y, con ello, había promovido el «mal».

Las adhesiones que el régimen conseguía de este modo se percibían también en la vida diaria. El trato siempre amable en la tienda de comestibles Busch ahora brillaba por su ausencia en cuanto mi padre entraba por la puerta, y antiguos conocidos se cobijaban en un portal cuando él se acercaba, o se cambiaban de acera. En nuestras cenas los llamábamos los «peatones del otro lado de la calle». El señor Henschel, cuyo jardín era colindante con el nuestro, se asomaba ahora al balcón con el uniforme negro de las SS en lugar de lucir el de la SA; con los puños apoyados en las orondas grasas de sus caderas gritaba con una especie de voz de mando que también los «jovenzuelos Fest» tenían prohibido alborotar; cuando la mayor de mis dos hermanas colgó una guirnalda de farolillos por su cumpleaños, él llamó a la policía para que acabara con tal «desorden». No le molestaba sólo el «jugueteo» de la luz, sino también el peligro de incendio. Otros avisaban al vigilante cuando les metíamos a sus hijos «polvos pica-pica» por el jersey o conseguíamos con engaños que nos dieran sus caramelos para lanzarlos con el tirachinas contra los gorriones o las farolas de la calle. La agradable señora Köhler, que vivía un par de casas más allá, le dijo a mi madre que el señor Fest era padre de «unos pequeños malhechores», y no lo decía con mala intención. Pero daría cuenta de un robo reciente, aunque sólo se tratara de tres manzanas que habían caído al suelo. En cualquier caso, el partido supo enseguida con quién se las tenía que ver y, en consecuencia, puso a mi padre de patitas en la calle.

Eran infamias que hasta entonces no se habían producido y que dejaban claro que en el tranquilo mundo del barrio, en el que siempre había habido desacuerdos personales o familiares, había irrumpido algo nuevo. Era angustioso contemplar cómo la estructura social siempre estable de Karlshorst se descomponía en poco tiempo. De repente surgieron enemistades que, aunque generalmente tenían un fundamento ideológico, no reflejaban más que la envidia, la maldad o la bajeza natural.

Mi padre observaba estos cambios con consternación. Cuando más tarde le pregunté qué era lo que más le había molestado, me dijo que el «vacío» abierto a su alrededor y el «muro de silencio» que se había levantado en torno a su persona y que la gente apartara la vista a su paso. Eso le había afectado más de lo que podía imaginar. En cambio, las malas acciones de aquellos que de pronto llevaban uniforme y tenían poder no le habían resultado inesperadas; a éstos ya los había visto venir, y más bien se había sorprendido de que muchos se comportaran de un modo más correcto de lo que cabía suponer. Pero al final siempre habían salido a la luz instintos malvados, como los de la siempre amable señora Köhler. Habría renunciado con agrado a la satisfacción de haber acertado en su desconfianza ante la humanidad. En cierta ocasión se le escapó, durante un ataque de rabia, que tenía continuas «ganas de vomitar». Pero muy poca gente vomitaba con él.

Sólo encontraba un cierto equilibrio en la tertulia de conocidos y amigos, que cada vez se hallaban más unidos. Sus once miembros se reunían cada cuatro semanas en locales apartados que habían pertenecido al antiguo Reichsbanner. Entre ellos se encontraban el antiguo alcalde Paul Mielitz, Max Fechner —quien a finales de los años cuarenta, tras la asamblea general del Partido de las Manos Unidas, fue nombrado ministro de Justicia de la República Democrática Alemana—, algunos miembros del consejo escolar y directores de escuela que en su mayoría se habían quedado sin trabajo, así como el antiguo presidente del SPD del gran Berlín, Franz Künstler, que había pasado los primeros veinte meses del dominio nacionalsocialista en el campo de de Oranienburg y más tarde había sido liberado. En cualquier caso, nunca contó nada sobre sus experiencias en el campo. No debía hacerlo, contestaba cuando le preguntaban, porque había firmado un «pacto de silencio», y sus reuniones le convertían en sospechoso. «Con nuestro silencio encubrimos los campos de concentración», aducía mi padre alterado. Al comenzar la guerra, Künstler fue declarado apto para el servicio y, con ello, condenado a muerte. Mi padre solía decir que sus honras fúnebres en el otoño de 1942, a las que asistieron casi dos mil personas, constituyeron la última manifestación de masas contra el poder de Hitler. A las primeras reuniones acudía con regularidad el último «director provincial» del Reichsbanner, Arthur Neidhardt, y eventualmente asistían también Heinrich Krone, que luego sería ministro federal, y otros amigos de tiempos pasados.

De esos encuentros mi padre siempre traía historias de apuros, detenciones o tragedias familiares, y algunas las mantenía tan en secreto que ni siquiera las contaba en nuestras cenas. Por eso, después de esas reuniones de amigos, Wolfgang y yo escuchábamos con atención. En alguna que otra ocasión, según nos enteramos, el grupo había ayudado a los perseguidos a conseguir papeles o algo de dinero. Mi padre nos contaba también los últimos datos, obtenidos de forma indirecta, del número de presos políticos: al comenzar la guerra eran, si mal no recuerdo, más de doscientos mil. En los primeros meses de la era de Hitler los amigos intercambiaron también informaciones sobre los sótanos donde llevaba a cabo sus torturas la SA, que a partir de 1934 pasaron a estar bajo el mando de las SS. Se decía que las gentes de Himmler actuaban de un modo mucho más frío y burocrático que la anterior SA: en lugar de «ir por ahí asesinando», habían descubierto la «muerte administrativa», oímos comentar a nuestro padre en diversas ocasiones, lo que nos provocó una fuerte impresión, si bien ni siquiera Wolfgang podía explicar lo que era. Se refirió también a un renombrado jurista que decía que el Estado constitucional era un invento de judíos y comunistas. La valoración sobre el despreciable papel de Papen era unánime, pues en su afán de notoriedad se había postrado docenas de veces a los pies del dictador. Decía que él iba a domesticar a Hitler. Riesebrodt le llamaba el «domador que se arrastra ante el león».

Pero en nuestras cenas se trataban en general temas de la vida cotidiana; quizá, pensé más tarde, mi madre había conseguido que mi padre se contuviera. Se hablaba de las diferencias con Rudi Hardegen, de la solemne presentación del nuevo párroco o, lo que sin duda fue el punto de discusión más divertido, del nombre que debíamos poner a los polluelos recién salidos del cascarón. Wolfgang y yo éramos incansables inventándonos palabras y poníamos nombres de lo más rebuscados a todos nuestros animales: un gallo especialmente presumido era «Chulo del corral»; su tímido hermano, «Mimosa del rincón»; una joven gallina que siempre chapoteaba, «Captagotas»; y otra, para bochorno de mi madre, «Hombreriega», porque en todo momento se dejaba cubrir por cualquier compañero del corral. De cuando en cuando Wolfgang y yo buscábamos temas de conversación para evitar que nos preguntaran por la composición de la semana anterior o que nos obligaran a disculparnos ante la señora Weyen por el último alboroto que habíamos organizado. Al final mi padre nos ofrecía breves v agudas frases de su inagotable repertorio, como «pasados tempi passati» o, con referencia a la pobreza de ideas de una persona, «seguro que ése no ha inventado el plato sopero».

Ésos fueron los momentos de más alegre convivencia, que podían cambiar en cualquier momento. Durante mucho tiempo se me consideró un muchacho difícil de domar, y mis padres tenían que escuchar casi a diario las quejas de amigos y vecinos. Durante años me recordaron mis actuaciones improcedentes. Una de esas historias decía que, en cierta ocasión, le destrocé a mi padre su cámara fotográfica, ya algo vieja, después de que él tuviera ciertas dificultades con ella; otras veces se hablaba de cuando, a los seis años, metí un conejito en la jaula de los pájaros y lo saqué para que viera mundo, y así otras muchas historias más. Mi hermana pequeña Christa, que tenía tres años en mi época más desenfrenada, contaba hasta bien entrada en años cómo cada día tenía que pegarse a los pantalones de mi padre para escapar a mis castigos. En cualquier caso, no se libró de docenas de collejas. Pero, por otro lado, si no había una reprimenda, no estaba satisfecho; sólo una paliza, o al menos una regañina, restablecía de nuevo el orden.

Sin embargo, los peores enfados se daban cuando yo quería decir la última palabra frente a mis padres. En una ocasión se me escapó en la mesa que la señora Vaupel, que se contaba entre los más íntimos amigos de mis padres, era una «cabra loca». Cuando mi padre replicó enojado que no quería volver a escuchar nada parecido una sola vez más, yo le dije sin titubear que la señora Vaupel era «una cabra loca, una cabra loca». Él me indicó enojado que me acababa de prohibir que dijese tal impertinencia; yo le respondí que él había dicho que no quería que lo dijera una sola vez más, y que por eso lo había dicho dos veces y había cumplido su deseo. Mi padre cambió de tema sacudiendo la cabeza, pero pude ver cómo mi madre se reía disimuladamente mientras abandonaba el comedor poco después.

A veces mi padre hablaba también sobre temas políticos, o mejor dicho: sobre temas ya casi históricos, que eran por los que se habían organizado en realidad esas cenas. Tras lanzarnos una mirada inquisitiva, hablaba del dificultoso establecimiento de la República o de su larga agonía, de sentencias judiciales irritantemente injustas, de los sótanos de la casa Columbia donde la SA llevaba a cabo sus torturas o de muchos otros lugares. En cierta ocasión dijo algo que no he podido olvidar jamás, que Papen y Kaas eran unos traidores y la dirección del SPD, una banda de cobardes.

«Cuando fundamos nuestro grupo de vanguardia Negro Rojo-Oro, nuestro lema era: "¡República Alemana, todos nosotros juramos: la última gota de nuestra sangre te pertenece a ti!" ¿Pero qué hemos hecho? Hemos dado nuestro arsenal a los nazis».

En otra ocasión mencionó un conflicto con el doctor Goldschmidt, un abogado ligado a él desde hacía años y a quien en 1935, tras la aprobación de las leyes de Núremberg, había pedido que abandonara el país lo antes posible. Pero el doctor Goldschmidt, que, como patriota que era, siempre se había sentido obligado a beber sólo vino tinto alemán, en lugar de los infinitamente mejores vinos franceses, y a comprar exclusivamente comida, trajes o zapatos alemanes, era un fanático. Según él, Alemania era un Estado de derecho y eso estaba también en la sangre de las personas. Su familia había encontrado una acogida casi libre de prejuicios ya en el siglo XVIII «bajo Federico Guillermo», primero en Teltow, luego en Berlín, y vivía allí desde hacía seis generaciones. Por supuesto, habían surgido desavenencias, pero sus antepasados habían sobrevivido a todo. No había que dejarse arrastrar por el pánico.

Había conflictos más prolongados. Pero ni el doctor Goldschmidt ni otros conocidos judíos como David Jallowitz o el doctor Meyer se mostraron razonables. A la mayoría de ellos sólo los vi en visitas ocasionales. Predominaba el tipo de rostro ascético, inteligente y con ese sorprendente ingenio que a mi padre tanto le gustaba. Al recordar a algunos de aquellos amigos judíos, me dijo después de la guerra, se daba cuenta de que, por su autodisciplina, su callada corrección y su valentía ajena a todo sentimentalismo, habían sido realmente los últimos prusianos, y que, en cualquier caso, había encontrado su modelo de prusiano entre los judíos berlineses, por lo general muy cultivados, con mayor frecuencia que en cualquier otro sitio.

Sólo tenían, prosiguió en cierta oportunidad, un único defecto que era fatal para ellos: al guiarse predominantemente por la cabeza, en la tolerante Prusia habían perdido el instinto que les había permitido evitar el peligro a lo largo de los tiempos. Al igual que el doctor Goldschmidt, también otros aducían los más variados motivos para permanecer en Alemania. Casi todos aseguraban que sus familias siempre habían tenido una «idea nacional», hablaban de principios o distinciones familiares en el curso de la guerra mundial en Verdún o en el Chemin des Dames, en Ypres y en el frente del Mame. Muchos de ellos decían que no querían dejarse contagiar por la histeria general, y un comerciante de Spittelmarkt al que mi padre conocía de los tiempos de Weimar le aseguró que uno de sus tíos abuelos había donado importantes sumas a la emperatriz Augusta Victoria, la Benefactora de la Iglesia, para su templo capricho, como decían los berlineses. El argumento más paradójico lo escuchó mi padre de labios de Harry Hirschberg, secretario de un bufete de abogados, que le dijo que los nazis habían empezado a expulsar a los judíos del país. Por eso mi padre no debía convertirse en cómplice y convencerle de que huyera. De este modo sería, sin quererlo, un «ayudante» de los criminales. Y con mirada recriminatoria añadió que eso era, como sabía cualquier persona medianamente versada en leyes, un delito.

Casi nadie, según decía, había tomado sus recomendaciones en serio, y de los que conocía más de cerca sólo lo habían hecho los Rosenthal y el hijo mayor del señor Lausen. En cualquier caso, creía que Aby Lausen no había emigrado a Inglaterra por sus advertencias frente a los nazis, sino siguiendo a su gran amor, que se había marchado al poco de llegar los nazis al poder. Otro argumento que presentaba también con frecuencia era que, tras las campañas difamatorias de los Stócker, Fritsch y otros, ¿quién huía por unos simples gamberros? Wolfgang preguntó que de quién se trataba, y hablando llegamos desde el Manual de la cuestión judía, pasando por la abundante literatura antisemita, hasta la idea de la Volksgemeinschaft (comunidad nacional).

Mi padre, según dijo en cierta ocasión, carecía de cualquier orgullo social, sus propios orígenes se lo habían impedido. Pero la idea de comunidad nacional, que tenía apasionados defensores tanto en la izquierda como en la derecha, siempre le había parecido absolutamente ofensiva. Nunca estaría de acuerdo con Henschel, el hombre de las SS que vivía enfrente, con el dirigente comunista Teddy Thälmann o incluso con Franz von Papen. En otra ocasión nos habló de la guerra, del amor a la patria o de lo que significaba el «seno de Abraham». Wolfgang y yo encontrábamos estas enseñanzas no menos interesantes que los partidos de fútbol del Oberschönweide SC, a los que acudíamos con frecuencia, y a veces seguíamos hablando de ellas en la cama... hasta que un día fue ya demasiado para mi padre, que se preparaba al menos brevemente muchas de sus charlas. Así, nos propuso mantener debates: sobre el mejor libro que habíamos leído, sobre la diferencia entre la orden de los benedictinos y la de los jesuitas, sobre el origen de algunas expresiones propias de Berlín, la historia de Schwanenwerder o muchos otros temas.

Durante el verano la familia viajaba dos fines de semana «al oeste», con lo que generalmente se hacía referencia a Potsdam, o la Arcadia prusiana, como mi padre decía sin ese tono que más tarde yo, a pesar de su ceño fruncido y cuando entendí la idea de Hans Hausdorf, un amigo de mis padres, denominé «inocente ironía prusiana». Le gustaba todo de la idílica ciudad imperial, desde la «fanfarronada» de Federico, el Palacio Nuevo, hasta el barrio holandés, cuyos alrededores solíamos visitar. Pero lo que más le atraía eran los modestos «lugares añorados», el palacio Glienicke, el Belvedere en Pfingstberg o las construcciones italianas de Persius que se encontraban por todo Potsdam.

Y sobre todo, la Heilandskirche o Iglesia del Salvador en Sacrow. Cuando nos acercábamos al Campanile por los sinuosos caminos de la orilla, hablábamos inevitablemente del oscuro Ratzenloch o «nido de ratas» que conocíamos a través de la obra de Fontane Wanderungen (Caminatas). Mi padre consideraba muy afortunada la combinación de sencillez, de los primeros tiempos del cristianismo, y espíritu prusiano conseguida en la construcción, y decía que ningún otro sitio expresaba con tanta claridad que el mundo prusiano no se compone sólo de cuero, golpes de bastón y reglamento. También se podía representar de un modo relajado e incluso amable siempre que el tosco sentido de lo «prusiano» se ennobleciera adecuadamente.

Nunca he olvidado la observación que mi padre hizo más tarde, poco antes de mi marcha de Berlín, de que el paisaje de la Marca de Brandeburgo en los alrededores de Berlín tiene, en todas las direcciones, la misma sencillez melancólica. Pero los gobernantes prusianos, enamorados del arte, habían construido alrededor de Potsdam aquí una iglesia, allí un pequeño templo, incluso una mezquita y otras cosas más, entre pantanos, arena y pinos. Y, donde eso había ocurrido, el simple «entorno» se ha convertido en un «paisaje» como por arte de magia. Una Arcadia. Para él eso era, como le gustaba decir con su temperamento de maestro de escuela, una especie de prueba de que en todo momento, a pesar de los avatares de la historia, Prusia supo buscar el bienestar de sus súbditos no sólo mediante conquistas, sino también de un modo filantrópico. Y de Sanssouci le oí decir en uno de nuestros últimos viajes al oeste, quizá reflejando unas palabras de Federico el Grande, que la historia de Prusia había sido en último término, a pesar de las objeciones no injustificadas, un «rendezvous con la gloria».

Jamás se cansaba de contemplar los efectos luminosos de la Iglesia del Salvador con sus ladrillos vidriados de tonos rosa y azulado. Por eso a veces se enfadaba cuando nosotros no mostrábamos mucho interés por ella y encontrábamos más divertidas las ranas que saltaban del camino al agua cuando nos aproximábamos o los cangrejos que en ocasiones sacábamos del agua a manos llenas. Desde Sacrow se podía ver la Casa de la Máquina de Vapor o el Castillo de Babelsberg, de Schinkel, a través de los «campos de luz», decía mi padre: cubiertos por un manto desgarrado de rayos de sol. Eran intentos llenos de inseguridad estilística por ocultar a la vista el modernismo que ya se anunciaba con sus frías y feas formas.

Otras excursiones que recuerdo nos llevaron hasta Neuruppin, la «ciudad genial» de la Marca de Brandeburgo, como mi padre la llamaba con ironía porque Schinkel y Fontane procedían de este «nido siempre pobre». O al Gransee de la reina Luisa y a Stechlin, donde esperábamos inútilmente para ver cómo las fuentes lanzaban al aire sus chorros de agua; a Rheinsberg, con el Obelisco de la Amistad, y a Lehnin. En cualquier punto de la linde arenosa del bosque, ante los esbeltos pinos alineados, se extendía el mantel y se abría la cesta del picnic. Por lo general había sardinas ahumadas de Kiel, compradas en el mercado a un marco la caja de madera pequeña, o la «buena banana alemana de Camerún», procedente de una de las antiguas colonias, que se vendía desecada y envasada igualmente en cajas de madera al mismo precio. Además había pan cortado en gruesas rebanadas, y de postre, una manzana. A mí la mezcla me parecía indescriptible y durante años me ha sorprendido que la hiciera mi delicada madre.

En una ocasión el doctor Knessel nos llevó a Potsdam en su nuevo Horch, porque quería enseñar el automóvil a mis padres. Le acompañaba su bonita hija Sophie, unos dos años mayor que yo, que en opinión de mi madre era demasiado «coqueta» y que se mostró disconforme con que Wolfgang se sentara en la plaza del acompañante junto a su padre, pues todos sabíamos que había puesto los ojos en él. En la larga carretera hasta el puente de Glienick, mientras los mayores hablaban sobre la magia del palacio de mármol, hacía muecas por puro aburrimiento. Cuando estábamos llegando a la ciudad, de pronto se sentó en mis rodillas e hizo ademán de besarme; cuando los adultos le dijeron que parara de inmediato, simplemente se apartó riéndose. Durante el viaje de vuelta, yo, para tomarme la revancha, me senté en sus rodillas, pero ella no se apartó, sino que me abrazó y comenzó a besuquearme de un modo que a mí me pareció apasionado. Tras varias advertencias inútiles, el doctor Knessel detuvo el coche al borde de la carretera, abrió la puerta y dijo con severidad: «¡Sophie, tengo que llamarte al orden!». Pero la niña no se apuraba tan fácilmente. «El desorden que yo causo —replicó con un tono más bien ingenuo— es el mismo que vosotros provocabais esta mañana en vuestro dormitorio». Tosiendo ligeramente, el doctor Knessel se sentó de nuevo al volante. «Tú y yo tenemos que hablar», reprendió a su hija. Por supuesto, mi padre tenía previsto hacer lo mismo conmigo.

Los reproches que tuve que oír al llegar a casa fueron más suaves de lo que esperaba. Mi padre recapituló las fechorías de los últimos tiempos y me dijo que cada vez era más «grosero». Luego salieron a relucir acciones de tiempos pasados, como cuando me llevé el gato de Deecke en la cartera del colegio y lo solté detrás del hipódromo para ver si encontraba el camino de vuelta a casa tan bien como nuestras palomas mensajeras. Asimismo, de vez en cuando gritaba por las ventanas descarados versos compuestos junto a mis amigos Ecki y Hoppi Scholz. ¿Pensaba seguir así? Hoy, para colmo, me había sentado en las rodillas de Sophie... Yo le interrumpí con toda la rabia de la mala conciencia por los reproches anteriores: «¡Hoy tenía que ser! ¡Lo que ha hecho Sophie no se puede consentir! ¡Yo al menos, no! ¡Alguien le tenía que enseñar a Sophie que eso se tenía que acabar!». Cuando terminé mi justificación y ¡ni padre, después de un breve intercambio de palabras, se quedó mirándome de mal humor, mi madre se sentó de repente junto a mí en el sofá. «¡Tienes razón, hijo mío!», dijo, y luego añadió dirigiéndose a mi padre: «¡No te tomes todo tan en serio!

¡Los niños de su edad riñen de vez en cuando! Además, ha empezado Sophie. No hay que sentarse en las rodillas de ningún extraño». Desde entonces en nuestro círculo familiar el incidente se llamó «la historia de la disputa sobre las rodillas».

Esas excursiones al oeste las solíamos hacer los domingos para, como decía mi madre, escapar del fisgoneo de Fengler, el vigilante del bloque. Tenía la impresión de que sentía una especial predilección por vigilar nuestra casa, para ver si tenía en el fuego el «puchero de domingo» mensual, tal como estaba establecido desde la denominada toma de poder. Ella le odiaba a él y a su forma de hablar sobre el gasto que suponía la búsqueda de tanto sospechoso, pues él tenía que hacer también de recaudador y cobrar en cada visita de control dos marcos cincuenta en concepto de ayuda de invierno. Cuando, en cierta ocasión, mi madre se armó de valor y durante la «prueba del puchero» le reprochó que pusiera gran empeño en la tarea por la que tanto se quejaba, replicó que él hacía cualquier tarea con «aplicación incondicional». Ella no dijo nada más, pero ya tenía un motivo más para odiar a ese «hombre pequeño con un gran delator dentro», como dijo en cierta ocasión con una agudeza poco frecuente en ella. El tipo incluso la hacía dudar de Dios, con lo que en la siguiente confesión tuvo que reconocer dos pecados: el odio y la falta de fe.

Para no desperdiciar los años súbitamente vacíos, a finales de 1933 mi padre comenzó a refrescar, además de las lenguas antiguas, el inglés y el francés que había aprendido durante sus años de estudiante. Para ello acudía a la Hartnackschule, situada en la Nollendorfplatz, que en aquel entonces empleaba los discos como un método revolucionario en la enseñanza de idiomas. Pero enseguida le resultaron insuficientes los idiomas aprendidos años antes; comenzó a hacer cursos de italiano y ruso. De este modo amplió su círculo de conocidos con algunos tipos pintorescos, en ocasiones incluso extravagantes. De los franceses recuerdo a Roger Reveille, que era muy ingenioso y que parecía dominar casi todas las lenguas europeas. Entre los nuevos invitados a casa había además tres rusos que habían emigrado a Alemania a comienzos de los años veinte, así como el consejero de embajada italiano Saverio Aprea.

A partir de entonces, en nuestra casa, o en verano en la mesa del jardín, se mezclaron tonos y voces especiales. De los rusos recuerdo ante todo el «tono vibrante» de sus voces bajas y huecas, casi siempre a altas horas de la noche. De tiempo en tiempo interrumpían sus melodías con series de staccatos, a su pesar, todo a media voz para no molestar a los vecinos, en especial al señor Henschel, que ya había aparecido varias veces en el balcón con su dedo amenazante. Roger hablaba de Marcel Proust y luego pasa-ba de golpe a Clémenceau, a la guerra y a su padre, que en 1914 estaba cerca del lugar donde el mío había resultado herido.

Hacia el signor Aprea, que poseía esa mezcla italiana única de psicología, encanto y astucia desarrollada en las dictaduras, era hacia el que sentíamos mayor cercanía, casi afecto. Lo que le hacía insustituible eran las entradas que nos conseguía a través de sus contactos diplomáticos. Gracias a él Wolfgang y yo tuvimos acceso a dos competiciones de los juegos olímpicos, con lo que no tuvimos que conformarnos sólo con echar un vistazo alrededor de la Puerta de Brandeburgo, sino que vimos a Jesse Owens en su inolvidable duelo con Lutz Long en salto de longitud. También tuvimos acceso a algunas revistas en el Admiralspalast, lo mismo que a la carrera ciclista de los seis días en el Sportpalast, donde aprendimos a silbar sin ayuda de los dedos, sólo con los labios, la canción de moda de Paul Lincke Das ist die Berliner Luft, Luft, Luft (Éste es el aire, aire, aire berlinés). A través de él accedimos también gratis a varias representaciones operísticas, así como a Hombres, animales, sensaciones y otros grandes espectáculos.

En el viejo Katlewski, nuestro «espíritu bueno del hogar», teníamos un factótum. Era de escasa estatura, tenía el pelo gris y la nariz gruesa y corta. La tristeza de su rostro estaba surcada por las arrugas producidas por la risa. Era pintor de profesión, pero hacía años que estaba jubilado. Una vez me enseñó su vivienda, que no estaba lejos de la nuestra, y de ella recuerdo el dormitorio con una cama de matrimonio enorme, sobre la que había colgado un cuadro en el que Jesús, con la mano alzada en un gesto a medio camino entre la enseñanza y la bendición, avanzaba por un trigal rodeado de sus discípulos, y enfrente aparecía san Jorge en su caballo clavando la lanza a un monstruo que echaba fuego. «Olle Kat» (viejo Kat) estaba siempre a disposición de la familia para ayudar o echar una mano. «A vuestro padre lo admiro por motivos políticos —decía—, pues soy un viejo "Sozi", un socialdemócrata; pero —añadía— también soy un caballero, y por eso respeto a vuestra madre como dama». Reparaba nuestras bicicletas, y una vez incluso arregló el balón de un amigo al que se le había roto una costura; podaba los lilos, recogía la fruta desde lo alto de una escalera y nos traía bolsas de comida para las gallinas de procedencia imposible de averiguar. Con motivo de una celebración en la iglesia, trenzó coronas de margaritas para mis hermanas, y siempre estaba disponible cuando se necesitaba ayuda.

Katlewski nos surtía además de los más recientes chistes políticos, y siempre nos anunciaba con los labios cerrados que sabía alguno nuevo. Cuando ya había despertado bastante nuestra curiosidad, mencionaba el «gran aprieto» en que se metería si alguien le oía. Pero después de un cuarto de hora Wolfgang y yo le habíamos convencido, y entre los groselleros o los botes de pintura que le mantenían ocupado accedía a contárnoslo aparentemente disgustado. «¡Pero ni una sola palabra!», decía siempre al empezar el chiste, y nos ponía la azada o la brocha llena de pintura delante de las narices. «¡Ni siquiera a vuestras hermanas! ¡Ni siquiera a ellas!».

La mayoría de los chistes de «Olle Kat» hace tiempo que los he olvidado. Pero con Wolfgang he hablado en ocasiones sobre la cita de Shakespeare que Katlewski contaba al referirse a Goering sobre que un hombre puede sonreír y sonreír y no obstante ser un canalla. «Lo aprendí en el centro de formación de los trabajadores», decía. Uno de los pocos chistes que han quedado en mi memoria trataba de la estupidez de los nazis, con el ejemplo del vigilante que fue a pasar revista con un zapato marrón y otro negro y resultó amonestado por su superior. «¡Hombre, Karsunke! — caricaturizaba Katlewski al jefe en el más puro dialecto berlinés—. ¡Ya le he dicho que tiene que tener cuidado con los zapatos! ¡Uno marrón y otro negro, eso no puede ser! Karsunke —proseguía el chiste— se puso en posición de firmes y respondió: ¡A sus órdenes, señor! Pero no lo entiendo. Ya lo he intentado, pero ¿qué puedo hacer? ¡Ni mi padre puede ayudarme! Es que en casa lo único que tengo es otro par igual».

En el verano de 1937 yo empezaba el instituto y, como en Karlshorst no había bachillerato de humanidades, mis padres decidieron enviarme, al igual que hicieran con Wolfgang dos años antes, al Canisius-Kolleg, dirigido por los jesuitas, a pesar de que estaba al otro lado de la ciudad, en Westend. Debido a la buena fama de que gozaba la institución, el edificio estaba lleno a rebosar y, para hacer frente a la demanda de cada año, la dirección había establecido unos exámenes de acceso difíciles. A pesar de todo, el Ministerio de Educación declaró ese mismo año que, por la escasa demanda, se había decidido su cierre. Pocos días después de que nos comunicaran que yo había aprobado el examen y estaba admitido en el colegio, llegó también un escrito en el que se revocaba mi admisión.

Ésta fue una primera decepción. La segunda fue que ese mismo año se prohibieron las gorras escolares con sus bandas de colores. La de Wolfgang era, según recuerdo, de rayas blancas y verde claro. Los galones de las gorras seguían la graduación de la clase; ahora desaparecían en nombre de la Volksgemeinschaft. Una compensación a todo ello fue la cartera que mi abuelo me regaló para sustituir a la ridícula mochila que había llevado a la escuela.

De este modo llegué al instituto Leibniz, un enorme edificio de ladrillo rojo situado en la Mariannenufer, no lejos de la estación de Silesia. Esta zona había sido durante generaciones la puerta de entrada para la gran masa de inmigrantes procedentes del este, lo mismo que el cercano barrio de Scheunen. La clase olía a sudor, a carteras de cuero y a la margarina de los bocadillos. Durante los recreos jugábamos al fútbol en el patio, y al final de las clases ensayábamos los saques de esquina, pases complicados o algunos incluso el difícil arte de los golpes de tacón. También causaba admiración dar tres o cuatro toques al balón de cuero sólo con la cabeza, y en la Hentigstrasse solíamos pasarnos tardes enteras jugando a balón prisionero con Hansi Streblow,

«Kutti» y Sternekieker. Siempre hacía de árbitro «polilla Böhm», que era algo mayor que nosotros y llevaba una cartera de tranviario con los cierres plateados muy pulidos.

Debió de ser por esa época o poco después cuando un día mi padre regresó muy deprimido de una de las reuniones con sus amigos. En adelante sólo habría derrotas, opinaba; Mielitz había informado, y Classe lo había confirmado a través de sus contactos con Inglaterra, que Fleet Street, desde el Times hasta el Daily Mail de lord Rothermere, mostraba abierta simpatía por los nazis, el Saturday Review incluso había llenado recientemente su portada con un «Heil Hitler» en grandes letras. Todos habían estado de acuerdo en que de Inglaterra ya no se podía esperar casi nada, el reconocimiento de la dictadura era lo más urgente, se oía en la isla.

Él mismo no podría entender jamás, prosiguió diciendo mi padre, por qué cualquiera que mantuviera una actitud contraria a Hitler tenía que vivir antes o después la experiencia de verse arrinconado. Esto había sido objeto de una larga y a ratos airada discusión entre ellos. Sólo se había puesto de acuerdo en que no estaban en absoluto preparados para la dictadura. Lo que había ocurrido en Alemania podría suceder en la lúgubre Rusia o en los Balcanes, pero no en la Alemania cumplidora de las leyes. ¿Qué había ocurrido?, se preguntaban todos, pero ninguno tenía una respuesta. En ese ambiente tan agitado Krone había dicho por fin que, en situaciones críticas, una cuestión sin solución es el mejor medio para mantener la firmeza. Sólo había que ser consciente de que no existen respuestas sencillas.

Algunos no pudieron soportar la presión de las circunstancias. Kalli Vaupel, uno de los mejores amigos de mi padre en su época de estudiante, había vivido no lejos de Berlín, en Uckermark, pero nunca había conseguido dar el tan ansiado paso a la capital. Era calvo, de una forma que nosotros llamábamos «pulida», musculoso y tenía un humor inagotable, incluso para los chistes vulgares. Nos contaba que en los «círculos distinguidos» se debía evitar en lo posible la expresión habitual «denkste!»

y, si no se podía evitar, era preferible emplear la inglesa [6] «thinkste!», que sonaba mejor; o que al tomar el té había que estirar el dedo meñique. Posteriormente perdió su alegría y empezó a beber, no podía salir del agujero, según él, pero tenía que acabar con ello; aunque no sabía cómo.

Es posible que, como pensaban algunos conocidos, la causa de la depresión de Kalli Vaupel fuera en realidad su atractiva y muy deportista mujer. Al menos ella fue la causa de que los amigos se distanciaran, pues se convirtió en una apasionada nazi. Aseguraba con total convicción que el Führer era un «enviado de Dios» y que a través de él el Señor tenía previstas grandes cosas para Alemania. Por su causa se producían continuas discusiones, de modo que ambas partes prefirieron no reunirse tan a menudo y dejar que la amistad de años se desvaneciera poco a poco.

Irmi Vaupel colaboraba con una organización del partido y, al estallar la guerra, formó parte de una agrupación uniformada, se decía incluso que había hecho carrera en el cuerpo de guardia de un campo de mujeres. Tras la guerra fue encarcelada junto a su marido. No sé qué fue de ella después, pero durante los interrogatorios Kalli Vaupel conoció en un campamento de Baviera a una mujer judía, sumamente atractiva, de la administración americana, de la que se enamoró. Como no se le podía acusar de nada, lo liberaron pocos meses más tarde, se divorció y se casó con la americana. Como persona, Kalli había sido más débil e inconstante de lo que él pensaba, sentenció mi padre. En esa época muchas vidas seguían una trayectoria absurda, guiadas a menudo por una dramática locura. Muchos no supieron reconocer el disparate. Cuando, al final de la era de Hitler, volvieron a recuperar la cordura, ya era demasiado tarde.

Uno de los compañeros de clase con el que me unían ciertos intereses y una buena amistad, Gerd Schülke, vivía en un barrio obrero de pequeñas viviendas unifamiliares con patio próximo al hospital. Tenía un carácter tranquilo y observador, y me prestaba los libros que le habían causado impresión. Sobre un mapa de los océanos dividido en cuadrados jugábamos a «hundir barcos», y luego él representaba batallas navales históricas, de Salamina a Skagerrak, pasando por Trafalgar. Decidíamos cada movimiento de las flotas con una tirada de dados. En sus batallas navales, el Imperio luchaba siempre contra la flota inglesa. Inglaterra era el enemigo, decía, no había ningún otro, pues es necesario un enemigo fuerte para que la victoria merezca la pena. Pero a diferencia del pasado o de todo lo que pudiera venir en el futuro, para él el curso de la batalla lo determinaba el azar de los dados: lo mismo ocurría en la realidad.

Uno de los acontecimientos importantes que ponían fin al año era el mercadillo de Navidad que se organizaba alrededor del palacio, y para mí el recuerdo de esta majestuosa construcción irá unido siempre al alegre barullo de los días previos a la Navidad, con las luces de colores, los adornos dorados y el pan de especias. Admirábamos el resplandeciente árbol de Navidad, los carruseles con los Papá Noel en movimiento, y disfrutábamos del aroma de las manzanas fritas y las almendras garrapiñadas. Nunca faltaban las menciones al origen del palacio o una visita al Schlüterhof. Y, sobre todo, la música de canciones como O du fröhliche... e In dulci jubilo. En las casetas se podían lanzar dardos metálicos contra estrellas, velas de goma o globos de Navidad, y una vez gané en una jugada acertada cinco piezas de algodón de azúcar, que enseguida se pegaron al pelo de mis hermanas. Era un mundo de magia, feria y felicidad navideña, y cada una de estas excursiones finalizaba con una tragedia infantil cuando nuestros padres nos llamaban para volver a casa. Desde el tranvía veíamos todavía un rato el resplandor rojizo en el cielo sobre el palacio, hasta que la imagen desaparecía en la penumbra de la gran ciudad.

A veces nos acompañaba también algún amigo de nuestros padres. En cierta ocasión lo hizo Felix Ernst, que llevaba la raya del pelo muy bien hecha y que mostró durante toda la tarde una ligera e inescrutable sonrisa. Ni siquiera la perdió cuando Wolfgang y yo le convencimos para que montara con nosotros en el tren de la bruja. Otra vez nos acompañó Hans Hausdorf, quien, durante las tres horas que pasamos deambulando entre las casetas y las velas, llevó en la mano una caja con una empanada para mi madre. En ocasiones también venían los Goderski, y cierto día lo hicieron los Patzek con «mirlo, tordo y bandada de niños», como susurrábamos entre nosotros. Pero siempre había lágrimas cuando teníamos que marcharnos.

En los primeros días del año 1938 recibimos una llamada del doctor Goldschmidt. Casualmente contesté yo al teléfono, y me preguntó por mi nueva situación en el colegio, por mis asignaturas favoritas y por mi relación con los chicos del «barrio proletario» de Berlín. Al final me dijo que quería hablar con mi padre porque tenía que comunicarle algo importante. Yo me quedé en la habitación y observé cómo mi padre escuchaba con un gesto cada vez más serio, exclamaba de vez en cuando «¡Vaya!» o «¿De verdad?», e hizo una incomprensible observación al final de la conversación. Una vez hubo colgado el auricular, se quedó un rato callado en su escritorio y luego dijo que el doctor Goldschmidt, con su incorregible patriotismo, quería hacerle creer que era un error oponerse a los nazis. Había estado en una oficina de la administración por un asunto de un cliente. El empleado de la oficina que le había atendido, a pesar de la «gruesa» insignia del partido que llevaba en la solapa, había sido muy amable y le había aceptado todo lo que él había solicitado, e incluso le había indicado alguna que otra trampa. Cuando Goldschmidt le expresó su agradecimiento, el funcionario le había contestado: «¡Pero doctor, que no somos monstruos!».

«¡Por favor! —había añadido el doctor Goldschmidt—. ¡Ahí lo tiene: no son monstruos! ¡Sólo un poco cuarteleros en su tono! Demasiado bruscos, por así decirlo, para nuestro mundo civilizado». Pero prefería eso a las palabras vacías; él siempre había dicho que la desconfianza nos vuelve ciegos. Cuando oyó eso, comentó mi padre, se quedó mudo, de forma que sólo pudo añadir:

«Y la confianza, más». El doctor Goldschmidt se había despedido riéndose de tal observación y le había advertido con ironía de que debía corregir su actitud. «¡Es incomprensible!», dijo mi padre cuando vino a cenar. Y que nadie se diera cuenta de hasta qué punto se habían entregado. «¡Ni siquiera cuando se les grita al oído!».

A mi madre le tembló la boca, como le ocurría siempre que mi padre estaba fuera de sí, y parecía que iba a gritar: «¡Por favor, Hans! ¡Delante de los niños, no!». En cambio, sólo nos miró preocupada y guardó silencio. Apenas habíamos dado el último bocado, empezó a recoger la mesa para impedir cualquier conversación posterior.