Yo no

Joachim Fest · Capítulo 2 de 13

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Yo no

Capítulo 1 - Cómo llegamos a reunirnos todos

CAPÍTULO 1

 

CÓMO LLEGAMOS A REUNIRNOS TODOS

 

La tarea que me he impuesto es la de recordar. Al igual que le ocurre a cualquier persona, la mayor parte de mis vivencias y experiencias ha caído en el olvido. Nuestra memoria está trabajando sin cesar, aparta algunas cosas, las sustituye por otras o las cubre con nuevas experiencias. El proceso nunca termina; si echo la vista atrás y miro el largo camino recorrido, surgen un sinfín de imágenes, todas revueltas. En el momento en que ocurrieron no las relacioné con algo en concreto, y es años después cuando he descubierto el hilo oculto de mi vida.

Pero incluso entonces se agolpan de pronto todas las imágenes, especialmente las de los primeros años: la casa, con esa maleza asilvestrada a los lados y que más tarde el sentido del orden de mis padres nos quitó, con gran pena por nuestra parte; la pesca de cangrejos en el Havel; mi querida niñera Franziska, que un día tuvo que regresar a su Lusacia natal; los camiones que, con la bandera al viento, corrían por las calles ocupados por vociferantes uniformados; las excursiones a Sanssouci o Gransee, donde mi padre nos contaba hasta aburrirnos historias sobre una reina prusiana. Todo inolvidable. Al igual que cuando algún domingo de verano, a aquellos de nosotros que hubiésemos cumplido los diez años, nos llevaban al hipódromo —que más adelante se convertiría en uno de los mejores del país para carreras de obstáculos—, mientras tocaba la banda y los elegantes carruajes de los nobles, en su mayor parte calesas de dos ruedas, se alineaban en torno al «pabellón imperial». Mi abuelo había contribuido al desarrollo del hipódromo y de las obras de Treskow. Recuerdo, como si lo hubiera visto ayer mismo, el desfile de los enormes caballos con los pequeños hombrecillos encima, vestidos con sus coloridas ropas de yóquey, así como los solemnes señores pavoneándose dentro de su chaqué gris ratón, con pajarita al cuello y la pechera almidonada. Las damas, en cambio, permanecían ajenas al espectáculo observándose unas a otras bajo el ala de sus grandes sombreros: quizá para descubrir a alguna rival y despacharla con algún comentario demoledor.

El mundo que mi abuelo había llevado a Karlshorst era novedoso y distinguido. Él procedía de una notable familia de comerciantes en paños de Aquisgrán, diseminada por el Bajo Rin, y tan acomodada que, cada dos años, se podía permitir alquilar un tren para peregrinar a Roma y que el Papa los recibiera en audiencia privada. La vida le había puesto muy pronto en contacto con las familias de la alta nobleza. Con poco más de veinte años ya era «mariscal de viaje» del duque de Sagan, y poco después se marchó a Donaueschingen como «inspector del príncipe de Fürstenberg». Sus años jóvenes los había pasado sobre todo en los internados para nobles de Francia, y allí, en el palacio de Valençay, que había pertenecido a Talleyrand, conoció a mi abuela, que procedía de una familia de Donaueschingen y trabajaba como dama de honor de los Fürstenberg. Fue un gran amor que duró hasta la edad de Filemón y Baucis, antes de que la guerra hiciera saltar todo por los aires. Durante mucho tiempo se siguió hablando francés en la familia, y francesa era también la cocina de la casa, con sopa de cebolla, paté de pato y crème caramel. La biblioteca del abuelo contaba con la mayoría de los clásicos del país vecino en majestuosas ediciones en piel. Alguna vez le oí declamar a Racine paseando ante la mesa de su escritorio, pero sus autores favoritos eran Balzac y Flaubert.

El abuelo se había trasladado ya a Berlín cuando en 1890 el matrimonio Heinze perpetró el escandaloso asesinato de un acaudalado terrateniente o, según otra versión, de una señorita del servicio, o quizá, y esto es lo más probable, de una prostituta. Los Heinze, cuyo atroz crimen comparó mi abuelo, y mucha más gente, con los asesinatos de Jack el Destripador, declararon en el proceso que habían cometido el asesinato para llamar la atención sobre la escandalosa falta de viviendas que había en Berlín. Esto dio origen a que dos, y más tarde tres, grupos de familias acomodadas formaran sociedades urbanísticas filantrópicas, la mayor de ellas por iniciativa del presidente de la Cámara, el doctor Otto Hentig, y bajo el patronazgo del príncipe Karl Egon von Fürstenberg. Formaban parte de ella los Treskow, que residían desde 1816 en el cercano Friedrichsfeld, así como August von Dönhoff, los Lehndorff y otras familias del mismo rango. En esta etapa fundacional también estaba el reconocido arquitecto Oscar Gregorovius y, algo después, el famoso proyectista Peter Behrens.

Mi abuelo nunca creyó en la invocación de los Heinze a la miseria de los barrios bajos o al horror de los patios interiores de Wedding. Él pensaba que tan altruista motivo era falso, pues su conocimiento de la vida le decía que los Robin Hood de este mundo pertenecen a la literatura, y casi nunca a la realidad. Por consiguiente, se esforzó en averiguar todo sobre Gotthilf Heinze, al que solía llamar Gotthilf «el acuchillador», buscando incluso cómplices, alianzas secretas y, sobre todo, a esa belleza pelirroja de la que se hablaba en algunas fuentes malintencionadas: el «ángel de las alcantarillas», como la llamó una vez, años más tarde, delante de mí. Nunca he tenido muy claro si fue la prostituta asesinada o una cómplice del asesino. Mi abuelo creía que era la cómplice, y gruñía: «¡Curioso! La esposa le anima a cometer el asesinato, la querida permanece entre bastidores y se muestra dispuesta a divertirse».

El prefecto de turno firmó en mayo de 1895 el llamado acuerdo de colonización para las obras de Karlshorst, que abarcaba 600.000 metros cuadrados, y justo después comenzó una especie de carrera para hacer un reparto de parcelas. La sociedad filantrópica del príncipe de Fürstenberg nombró gerente a mi abuelo, que por entonces tenía veintisiete años. Su trabajo consistía en colaborar con Oscar Gregorovius y con las autoridades para convertir el terreno adquirido en un barrio periférico, trazar el recorrido de las calles, parcelar el solar y venderlo a precios razonables. En cada fase aparecía un nuevo barrio: estaban las calles «nobles», el barrio del Rin, el barrio de las sagas, el de Wagner, y así paso a paso.

Mi abuelo afrontaba su trabajo con gran acierto, pero pronto se dio cuenta de que a ese lugar, aparte de las viviendas con que

Karlshorst contaba todavía en mi juventud, había que dotarlo de algunos atractivos adicionales. Así, levantaron un hospital, una iglesia protestante y otra católica, y un pequeño parque con un estanque, que ubicaron sobre un antiguo terreno pantanoso y que pronto atrajo a paseantes de muy lejos. También el hipódromo de Treskow se transformó poco a poco en un centro de acontecimientos sociales. Años más tarde, pasada ya la época de mi abuelo, Karlshorst tuvo incluso una escuela militar. El «nido de preocupaciones», como a él le gustaba llamarlo, o también la «yerma pradera», como aparecía en un documento oficial, llegó a tener al final más de 30.000 habitantes, cuando había empezado nada más que con ocho casas, o más bien patios, que albergaban a no más de cien vecinos.

Cuando yo conocí realmente a mi abuelo era una persona estricta, reservada, que en las multitudinarias reuniones familiares afrontaba el a veces incesante parloteo de una manera seca y prosaica. Por la calle solía ir con levita, bastón y sombrero hongo, lo que ya entonces le confería un aire de anticuado del que él se obstinaba en presumir. Al contrario que mis tres hermanos pequeños, que le evitaban cuanto les era posible, mi hermano mayor, Wolfgang, y yo procurábamos conversar con él, aun cuando muchas veces era un diálogo monosilábico. Él era muy buen oyente, y siempre sabía hacer las preguntas pertinentes. Tiempo después, una de mis hermanas le reprochó que tuviera un semblante demasiado hosco y «las comisuras de los labios demasiado marcadas». Pero para Wolfgang y para mí hasta su silencio tenía importancia. Su pañuelo siempre estaba impregnado de unas gotas de colonia. Los paseantes le saludaban con sumo respeto y se quitaban el sombrero en un movimiento que llegaba casi hasta la rodilla, lo que muchas veces nos provocaba la risa. Las personas mayores todavía recordaban que Karlshorst era en parte obra suya.

La mujer que estaba a su lado, mi abuela, era una persona sumamente delicada, que sabía hablar a sus nietos de la manera apropiada para cada uno. Su vida no siempre había sido fácil, y a pesar de que las muchas preocupaciones habían marcado su semblante, no dejaba que el descontento la afectase; bien al contrario, era muy risueña y dotada de un gran sentido práctico. La hacía feliz sentirse útil, y esa sensación la compensaba de todos los pesares, solía decir con cierta frecuencia. El matrimonio tuvo cinco hijas, y ambos lamentaron no haber tenido ningún hijo varón. Dos de las hijas ingresaron en órdenes religiosas: una se fue a trabajar a una misión en África, y a la otra, que tomó el bonito nombre de sor Alcantara, la enviaron sus superiores a un convento de Moran. Muy espigada, su figura poseía la dignidad típica de una abadesa, pero al mismo tiempo parecía singularmente frágil. Estaba mal «del pecho», y en la «fría cueva del convento», como en ocasiones se lamentaba mi madre, falleció de una pulmonía sin haber cumplido los treinta años.

La hija menor enfermó de difteria con catorce años, durante la guerra, lo que le produjo la terrible minusvalía de una parálisis total. Los abuelos gastaron un dineral en reconocidos especialistas, e incluso recurrieron a curanderos para intentar aliviar a su hija, pero no lo consiguieron. La «tía Agnes» se pasaba todo el día tumbada en la chaise-longue del comedor y, como no podía mover la cabeza, cuando entrabas, la veías inmóvil con sus ojos abiertos, en los que se reflejaban las perdidas ansias de vivir. Por las noches, mi abuelo se despojaba de todo vestigio de su orgullo de antiguo caballero y la llevaba a dormir a su habitación. Si se aludía a su enfermedad, ella únicamente replicaba: «¡Por favor! ¡Estoy bien así!».

La más elegante de las hijas de mi abuelo era Dorotea, a la que llamábamos «tía Dolly». Tenía una esbelta figura y, al igual que mi madre, se educó en un internado de Silesia para hijas mayores. Su vestimenta revelaba una predilección por la policromía fronteriza con los límites del buen gusto. Normalmente la veías con los últimos modelos de sombreros y un zorro sobre los hombros, con sus garras reluciendo al sol. Al cuello solía llevar algo discreto de oro, tenía una conversación culta y con frecuencia nos advertía que no «berlineáramos». Mi padre opinaba que en el internado provinciano de Liebenthal había adquirido el interés por el gran mundo, mientras que mi madre se había traído de allí poesía y buen juicio.

Mi madre, de nombre Elisabeth pero a quien la familia llamaba «Tetta», pasaba por ser la más austera de las hermanas. Sin embargo, en contradicción con su actitud, que era altiva y no carente de orgullo, tenía un lado amable y sabía dotar a su entorno de una calidez cautivadora. Si bien tenía un carácter dominante, era evidente que le gustaba la «música tranquila», y ello se veía en sus aficiones líricas. Le gustaban especialmente Eichendorff y Mórike, así como Heinrich Heine, si bien al recitar los poemas de éste omitía los dos últimos versos. «No es fiel a sus sentimientos», decía, «se avergüenza de ellos. Cuando seáis mayores y estéis capacitados para ello», nos decía a mis dos hermanos y a mí, «tenéis que escribir nuevos finales para los poemas de Heine. Entonces podré decir que me gusta realmente».

Había algo de cierto en la, por lo demás injusta, opinión que mi padre tenía sobre Dolly: le encantaba salir a escena. Mi madre, en cambio, cuando sus ruidosos hijos salían de casa, se sentaba al piano, improvisaba un poco, y rápidamente pasaba a sus piezas preferidas: Para Elisa, de Beethoven, alguna que otra variación de Mozart y muchos estudios de Czerny. Por último, cantaba con su agradable voz un par de heder de Schubert o de Schumann y, especialmente, algunas piezas de Carl Loewe, como la de Herr Heinrich am Vogelherd (Don Enrique en el puesto del pajarero) o Die Uhr (El reloj). «¿Por qué lo haces?», preguntaba la tía Dolly maravillada. «¿Qué sacas con ello? Deberías dar conciertos en casa y traer invitados». Pero a Tetta, mi madre, no la podía convencer.

Por algún tipo de conexiones familiares, en sus años jóvenes mi madre fue invitada a uno de los bailes que tenían lugar en las caballerizas imperiales, y hasta bien mayor se emocionaba recordando a los caballeros, con sus fracs y sus coloridas bandas, que se habían turnado en sus galanteos o, como dijo una vez, «le habían hecho la corte». También hablaba de pecheras condecoradas y de cómo se conseguía dejar caer el monóculo del ojo ante una broma pesada o en caso de sorpresa. Y luego estaban los tenientes, a los que recordaba «bizarros; hay que ver cuánta insensatez color de rosa puede haber en la cabeza de una jovencita». Ella ya no sabía si la servidumbre, que pululaba por todas partes y captaba miradas clandestinas, llevaba escarpines con hebillas. «El personal del servicio tenía la habilidad de mirar al vacío cuando uno de los caballeros me ayudaba con el abrigo. Bonito, brillante y superficial, como alguna música barroca», decía, por su parte mirando al vacío, «pero ¡fuera, fuera!». No lloraba por el tiempo pasado, pues ¿quién llora por un cuento que ya ha acabado?

En cambio, la tía Dolly, que con frecuencia hablaba de «temas elevados» y a quien éstos gustaban por su inaccesibilidad, consideraba que el teatro y la música tenían suma importancia en el ámbito social, y le llegaban al corazón. Era como si renaciera al escuchar el murmullo del patio de butacas, cuando la gente iba ocupando sus lugares, así como con los registros de los instrumentos, aunque también disfrutaba con el trasiego en los pasillos y, sobre todo, con los atentos caballeros que, con una ligera reverencia, le lanzaban miradas que unas veces eran tímidas y otras descaradas. En ocasiones respondía con unas risitas disimuladas, más propias de una jovencita, a pesar de que ya había cumplido los treinta años. Fue entonces cuando empecé a sospechar que entre hombres y mujeres existía una enigmática complicidad que con el tiempo habría que explorar.

Todo el mundo se preguntaba por qué tía Dolly nunca encontró un marido, ella que era cortejada por el tipo de hombres experimentados o, como le gustaba decir a mi madre, «fatalmente venidos a menos». La respuesta que se dio con el tiempo es que durante años había estado profundamente enamorada de un oficial de la Marina de Kiel que estaba casado. Y ella siempre lo había ocultado. Sólo sabían algo mis padres, y a nosotros, después de enterarnos de alguna cosa a escondidas, nos hicieron prometer que no diríamos ni una sola palabra. Una vez, cuando Dolly me llevó al palacio Gloria, en la estación de Karlshorst, a ver una película de amor que terminaba de manera trágica, se sonó con su pañuelo y estuvo llorando discretamente durante toda la película, con suspiros cada vez más hondos. Cuando salimos, me pidió, con cara sonriente pero con las huellas del llanto en su cara, que la dejara sola, a pesar de que sin ella yo era incapaz de encontrar el camino de vuelta a casa.

Unos días más tarde apareció por la Hentigstrasse a una hora intempestiva y hablando sin parar. Cuando llegué, me llevó al salón y se disculpó por su «desaire». Como yo le quitara importancia, ella me replicó que también a su edad había que conservar la calma y, más importante todavía, guardar las formas. «Mi lloriqueo se saltó todas las normas». «La orgullosa tía Dolly», pensé yo. Con mis catorce años deduje de cada una de sus palabras lo mucho que envidiaba a mi madre. Ésta había empezado a trabajar a finales de 1919 en el banco Bleichróder, y todos los días iba al centro de la ciudad. Allí conocía a gente, adquiría experiencias e incluso había subido de nivel en su vida profesional.

Tía Dolly había puesto límites a su ambición y se había hecho bibliotecaria, ya que se supeditaba a ese dichoso oficial de la Marina con el que se prometía un futuro en común. El espíritu de Tetta, por el contrario, no era nada teatrero, y, con su discreción, no necesitaba de apariciones sociales ni de alicientes emocionales. No era ninguna diva, le oí un día decirle a un amigo de mi padre que le recriminó por no aprovechar más todas sus facultades, y durante cierto tiempo esa expresión se convirtió en una frase hecha: «¡Mamá no es una diva!». Apenas dos años después de entrar a trabajar en el banco conoció a mi padre, según le gustaba contar, «embelesada como una jovencita», después «un poco enamorada de él», luego incluso «muy enamorada», y muy pronto se casaron. Todo «sin sorpresa ninguna», todo sumamente «corriente», contaba a veces tía Dolly, y quizá incluso algo aburrido; pero muy esperanzador, como su propia existencia.

Las relaciones familiares por el lado paterno eran bastante más distantes y complejas. En la medida en que podemos retroceder en busca de datos, esto es, hasta el siglo XVII, los antepasados procedían de la villa de Liebenau, en Neumark. Los registros parroquiales reanudados en 1654, después de los desastres de la Guerra de los Treinta Años, los citan por primera vez en los años setenta. La mayor parte de ellos trabajaron como artesanos o comerciantes, y una rama de la familia llegó a poseer una fábrica de cerveza. Muchos de ellos habían trabajado durante generaciones como «consejeros», mayordomos de fábrica, de iglesia o «alcaldes de aldea». Los nombres que con más frecuencia se ponían en la familia también denotan pretensiones más elevadas. En todas las generaciones había una Rosina, muchas antepasadas se llamaron Cecilia o Justina, y mi abuelo se llamó Robertus Tiburtius, nombre latinizado siguiendo la tradición barroca. Era una persona vivaracha y muy alegre, que, como alguna vez se dijo, «revolucionaba todo salón de baile». Cuando era un joven recién casado, el espíritu colonizador de la época le llevó hasta la provincia de Posen, donde adquirió una gran propiedad agrícola. Al año de llegar allí y con sólo veintipocos años, ya era alcalde y estaba igualmente bien considerado por alemanes y polacos. Sin embargo, su mujer no se adaptaba al entorno polaco, por lo que hacia 1895 la familia regresó a Liebenau junto con los siete hijos que habían tenido. Allí, mi abuelo compró un molino harinero en las cercanías del pueblo.

Murió a comienzos de los años treinta, antes de que pudiéramos conocerle un poco mejor, y por ello los recuerdos que conservamos de él son una mezcla de lo que nos han contado y de lo poco que le vimos. Siempre que le veíamos andaba como una sombra taciturna y silenciosa por las habitaciones, apoyado en su bastón, acompañando nuestras riñas infantiles con un «Na, na» dicho como de pasada. Sólo se animaba a contar algo cuando mi padre le pedía que nos relatara algunos de los cuentos de Grimm que se había aprendido de memoria en el jardín de infancia, o que recitara el domingo por la noche el evangelio correspondiente a la misa matinal. Entonces, cerraba los ojos y empezaba: «En los tiempos en que vivía mucha gente y no tenían para comer...». Cuando nos reunimos en Liebenau para su entierro, le encontramos de cuerpo presente en el patio de su casa: vimos a una persona viejísima, apergaminada, que parecía extraña y quebradiza.

El féretro se había abierto de nuevo para la última bendición, y la abuela, muy encorvada y apoyada en un bastón, en un último y solícito gesto, le estuvo colocando el pico del pañuelo. El fallecido tenía la boca entreabierta y estaba semihundido en la mortaja adornada con encajes, y nosotros, los niños, solamente veíamos la parte superior y huesuda de su cara. Después de las posecillas de ceremonia que preceden a los rituales de este tipo, el sacerdote pronunció las exequias y salpicó a la comitiva fúnebre con agua bendita mientras jóvenes campesinos ajenos a nosotros cerraban el ataúd y lo sacaban al coche de caballos que esperaba en la calle. Casi cincuenta años más tarde, mi hermano menor, Winfried, recordó que a él, más que la abuela llorosa o que la parentela apesadumbrada reunida en torno al ataúd y las montañas de flores, lo que le había cautivado había sido una mosca que volaba en torno al céreo rostro del muerto y que varias veces había desaparecido por la boca. Yo también tenía ese recuerdo imborrable.

El abuelo fue un hombre sensato que, tal como me dijo más tarde mucha gente, era muy apreciado por todo su entorno; en las reuniones del ayuntamiento esperaban que él dijera las palabras definitivas, y siempre se hablaba de él. Mi padre gustaba de contar una historia de sus años jóvenes que reflejaba el sentido de la realidad tan riguroso que tenía el abuelo. Estaban sentados alrededor de la mesa de la cocina el abuelo y cinco o seis de sus once hijos, cuando a uno de éstos se le ocurrió preguntar qué iba a hacer cada uno con la enorme cantidad de dinero que les iba a llover del cielo por intervención divina, gracia angelical o simplemente por casualidad. «¡El premio gordo! —gritó—. ¡Nos va a sorprender! ¡Va a llover dinero! ¡Os acordaréis de mis palabras!». Franz, de doce años, explicó a los perplejos tertulianos sus planes en relación con ese dinero: se iría a la ciudad, a la taberna de Unkes Kurt, y se rodearía de mujeres bonitas y de los mejores vinos y licores. August, algo mayor, le compraría a Maria Zietsch, del pueblo vecino, el vestido más caro, y sólo entonces se atrevería a hablarle por primera vez. Cecilia se compraría un taller de costura con la maquinaria más moderna, y contrataría por lo menos a cinco modistillas. Y así uno detrás de otro, hasta que le tocó el turno al enjuto Ron, que siempre parecía estar hambriento. «Pues yo —explicó entre bocado y bocado— con todo el dinero me compraría Schlackwurst (embutido de tocino), setenta piezas o incluso cien, tantas como me alcance el dinero. Me pasaría el día entero, el mes entero, qué digo, incluso un año entero, zampando embutido. Una pieza detrás de otra».

Esto era como una consigna. Todos saltaron y aplaudieron entusiasmados: ¡Schlackwurst, es verdad! ¡Es fenomenal!, gritaban como locos. Hasta que el abuelo, que había permanecido todo el rato en silencio, se acercó a la chimenea, cogió su bastón y apagó el griterío dando un violento golpe sobre la mesa. Sin reparar en la hija que estaba presente, chilló al exaltado grupo: «¡Malditos golfos, hay que comer pan con el embutido! ¡No se come el tocino sin pan!».

La moraleja de la historia la dedujo mi padre de su propia experiencia. Se pueden tener sueños, fabricar castillos en el aire: todo está permitido. ¡Pero siempre hay que mantener los pies enel suelo! Cuando tenía quince años y era un alumno aventajado, quería estudiar «algo relacionado con religión o las matemáticas». Más tarde dudó si debía seguir su amor por la naturaleza y hacerse pescador o guarda forestal. Cuando finalmente, y a instancias de su padre, se decidió por la enseñanza, el hijo del vecino, que era un poco mayor que él, comentó que era una pena que un chico tan capacitado escogiera una «profesión típica de holgazanes». A la vista de sus capacidades, al acceder a la escuela superior se le eximió de dos clases, y al acabar no tuvo que hacer los exámenes orales; después de ocupar algunos destinos como profesor, a comienzos de la Primera Guerra Mundial resultó herido de cierta gravedad en Francia, por lo que volvió a ejercer su profesión y muy pronto estaba de regreso en Berlín. Políticamente comprometido desde joven, en 1919 había organizado diversas agrupaciones locales del católico partido del Centro en los distritos meridionales de la capital, y ocupó en

él puestos destacados, como lo haría también, más adelante, en el Reichsbanner,[1] surgido para proteger a la República.

Era una persona muy alta, dotada de una enérgica expresión, y la «fotogenia» que muestra en la mayoría de sus retratos, como solíamos ironizar mi hermano mayor Wolfgang y yo, revela solamente severidad y determinación, pero ni un atisbo de su cálida bondad ni de la tranquilidad que irradia estar en armonía con uno mismo. Uno de sus amigos dijo una vez que era una mezcla de energía, arrogancia y serenidad. Su agudo sentido del humor podía llegar hasta extremos insospechados. Amigos de juventud a los que he preguntado por los recuerdos que habían conservado de él, suelen comentar que, de niños, nunca habían estado tan a gusto con un adulto como lo habían estado con él, por las locas historias que contaba y porque se sabía canciones bobaliconas. Casi todos hablaban en términos parecidos sobre su carácter divertido y su afición por las bromas. También es cierto que a veces se dejaba llevar por su temperamento colérico, aunque su buen humor y su equilibrio interior hacían que quisiera acabar con todas las posibles miserias.

Hay que decir también que mi padre carecía de pretensiones sociales, y que lo mismo hablaba de manera despreocupada con una panadera que discutía serias cuestiones de Estado con un funcionario del ministerio, y también se sentía igual de a gusto con un profesor universitario que con los niños en nuestros cumpleaños. Cantaba con frecuencia, y solía tener innumerables canciones en la cabeza, desde la de Prinz Eugen (Príncipe Eugenio) hasta la olvidada la hab' mich ergeben... (Me he entregado...), cuya melodía sólo sobrevive en la académica obertura festiva de Johannes Brahms. En una ocasión, al finalizar una ronda de canto, presentó con mucho gusto unas KufürstendammChansons, que, por lo que yo recuerdo, hicieron inolvidable la afirmación de que «mi papagayo no come huevos duros», en otro punto formulaban la pregunta de qué arrastra, por amor de Dios, al mayordomo al Himalaya, o, en otro, ensalzaban a una amiga de nombre Titine, de la cual asegura su enamorado, y no sólo por culpa de la rima, que en su «pastel de la vida» no hay nada

tan insignificante como la «uva pasa».[2] Reía con bastante facilidad y podía amenizar una velada durante horas con sus anécdotas ingeniosas, o más serias, si así se requería.

Origen, trayectoria y poder de convicción marcaron el carácter de mi padre, que tenía cualidades muy contradictorias entre sí, pero que se complementaban perfectamente. Estas contradicciones se mantenían en armonía gracias a la fuerza de su personalidad, y cada una de sus líneas de pensamiento desempeñó su papel en su intransigencia frente al régimen nacionalsocialista. Él era un republicano convencido, a pesar de las deficiencias de la institución de Weimar. En distintas ocasiones le oímos decir que las dificultades del momento no podían poner en cuestión los principios. Y cada uno de nosotros, los hermanos, sufrió su enojo cuando, al acabar la dictadura de Hitler, se extendió el argumento exculpatorio de que en 1932-1933 sólo se había podido elegir entre el NSDAP (Partido Obrero Alemán Nacionalsocialista) o el KPD (Partido Comunista Alemán), y la gente se decidió por Hitler como mal menor. ¿No habría sido más sensato y, desde luego, más responsable, decidirse por la República, replicaba, o para el caso, por el SPD (Partido Socialdemócrata Alemán), el centro o los liberales? De hecho, todos los que más tarde hablaron de una situación sin salida habían carecido de conocimiento y de fidelidad al Estado, así como de determinación luchadora. Mi padre siempre fue un ferviente militante republicano; él quería enfrentarse a las tropas de asalto de las SS no sólo con palabras, sino también con la fuerza de las armas. Por ello, después de que el NSDAP ganara las elecciones del 14 de septiembre de 1930, estuvo deliberando con su amigo Hubertus zu Löwenstein sobre la formación de un movimiento de la juventud republicana, y poco después nació la «Vanguardia Negro-Rojo-Oro», un nombre con una gran carga simbólica.

Al mismo tiempo era un convencido prusiano, aunque no hacía mucha gala de ello. Los numerosos antiguos prusianos que vivían en los antaño dominios de los Federico y los Guillermo eran monárquicos en su mayoría, y no se llevaban muy bien con la República. «Yo no soy un prusiano pertinaz —se mofaba mi padre—, y no soy tan sentimental como para añorar al "desertor" Guillermo II». Ese término, que tomaba del prusiano, lo utilizaba ocasionalmente, y resultaba bastante anacrónico. Junto al conocido catálogo de obligaciones, la voluntaria limitación de los derechos incluye la renuncia a la ñoñería y la capacidad para dominar la vida con una «pizca» de ironía. «¡No olvidéis nunca la ironía!», nos exhortaba con bastante frecuencia. «Es el boleto de entrada a todo lo humano. Exteriormente mostramos la seriedad que requiere la situación, pero en nuestro interior expulsamos el disgusto con un chasquido de los dedos».

Él era lo suficientemente crítico como para saber que la tan cacareada ética prusiana de no defender nada que no fuera la propia Prusia no era una idea humanista. No era raro que le divirtieran los diferentes intentos de endosarle un «alma» o una «misión». Consideraba que los únicos poderes conquistadores habían sido la antigua Grecia y Roma. ¿Qué habían aportado al mundo España, Inglaterra o Francia, preguntó una vez en la comida, además del pequeño mariscal, el té de

las cinco, el oro de los incas y un par de frases bonitas? En cualquier caso, en cada una de estas tres potencias se había tratado de una explotación maquillada con un toque de humanidad, por lo que le gustaba mucho más la voluntad de supervivencia que impregnaba la idea de Estado en Prusia. Ellos también robaban, pero al menos no mentían. «Un viva para Prusia», concluyó por ello con una sonrisa; visto en su conjunto, no ocupaba tan mal lugar en el mundo.

Cuando, años más tarde, le recordé su predilección por las alusiones irónicas, me comentó que en esta vida la ironía hace que todo sea más llevadero, incluso el a priori «helador ambiente político» de Prusia. Todos los hermanos recordamos cuando, durante el viaje anual para visitar a los parientes de Neumark, el tren pasaba cerca de un pueblecito pequeño, casi engullido por el horizonte. Entonces mi padre nos contaba, pegados todos a la ventanilla: «Allí detrás está la silueta de Kunersdorf, donde Federico el Grande sufrió la peor derrota de toda la Guerra de los Siete Años. Los prusianos —continuaba—, entre los que por esta vez no me cuento, afirman siempre que después de un Kunersdorf viene siempre un Leuthen, con triunfo, fanfarrias y el cántico Nun danket elle Gott (Dad todos gracias a Dios)». Esto suena conmovedor y llena de orgullo el pertinaz corazón prusiano. «Desgraciadamente — seguía mi padre después de una meditada pausa—, la bonita historia no cuadra. La batalla de Leuthen tuvo lugar en 1757, mientras que la pavorosa derrota de Federico en Kunersdorf se produjo dos años más tarde, y sus desastrosas consecuencias sólo fueron mitigadas por la subida al trono de Rusia de un nuevo soberano. Sin embargo —concluía—, debe de haber algo de trampa cuando los prusianos todavía le atribuyen algo más al milagro de la casa de Brandeburgo».

La difícil convivencia de prusianismo y republicanismo en mi padre se vio complicada aún más por su estricto catolicismo. Era una persona piadosa que rendía cuentas al «Señor Dios» de todas sus decisiones privadas o políticas. Gracias a sus diferentes ocupaciones, mantuvo estrechas relaciones con el obispado, y se reunió en numerosas ocasiones con el nuncio, cardenal Pacelli. Perdonó al canciller centrista Brüning la reconciliación tipológica y política entre prusianismo y catolicismo. Mirando atrás, decía que, si lohubiera conseguido, todo habría sido muy distinto. Tenía amistad con el prepósito Lichtenberg, que años atrás había sido párroco en Karlshorst. A éste, en 1941, le llevaron a un campo de concentración debido a sus protestas contra la eutanasia y la celebración de rogativas a favor de los judíos perseguidos. Dos años más tarde, murió en oscuras circunstancias durante un traslado de prisioneros a Dachau. Mi padre defendía el punto de vista católico sin el habitual sosiego de éste, a veces incluso como atrapado por la postura de barricada de los católicos de la diáspora. Curiosamente, él, que aceptaba casi todas las debilidades humanas, nunca olvidó el papel tan indigno al que, por ambición y oportunismo, se prestaron los dirigentes de su partido Franz von Papen y el prelado Ludwig Kaas, en el transcurso de la llamada toma del poder.

También era un reconocido ciudadano ilustrado, tal como se intentará mostrar en las páginas siguientes. Si bien por aquella época el concepto no gozaba del descrédito que tendría después. No obstante, la palabra ya aludía a una mentalidad pasada de moda. Una vez que pasaron los años de los nazis, se ha querido considerar al sector educado de la población como una de las principales fuerzas sociales culpables del ascenso de Hitler; una mirada más detenida refleja el resentimiento de los hijos mimados que pretendían situarse moralmente por encima de sus padres y que tachaban toda formación como esfuerzo inútil. Las ciencias sociales han llegado a la conclusión de que es difícil determinar qué porcentaje de la población se puede considerar como instruida. No obstante, en las primeras elecciones de 5 de marzo de 1933, todavía más o menos libres, el partido de Hitler fue votado por más del 40 por ciento de las personas con derecho a voto.

Mi padre amaba los libros. Su orgullo era la edición cronológica de Goethe publicada por la Propyläen Verlag, que había comprado con su primer sueldo, así como una edición más limitada en diez o doce volúmenes. Junto a estas obras se encontraban los escritos desde Lessing hasta Heine, por supuesto también Shakespeare y muchos otros, hasta llegar a su admirado Fontane, todos ellos en las estanterías, no muy grandes, que cubrían tres de las paredes de su cuarto de trabajo. «Éste es de la familia», solía decir con guasa cuando se hablaba de Fontane, y señalaba hacia el sillón que estaba junto al balcón, «allí se sienta de vez en cuando». En la sección científica había dos o tres estantes de literatura teológica, le interesaban las cuestiones sobre la existencia de Dios, la contribución de Lutero al desarrollo de la lengua alemana; al lado aparecían los libros sobre la historia de Prusia, especialmente de la época de los reformistas, y otras obras sobre la imagen del hombre cristiano o la expansión de la fe en los lugares más remotos del planeta.

Estas estanterías, que llegaban hasta el techo, reflejaban con claridad los intereses de mi padre. El único hueco se encontraba encima del escritorio. En él había algunas fotos familiares y la silueta de Goethe con el dedo índice levantado frente al joven Fritz von Stein, así como una lámina de la Escuela de Atenas de Rafael: con Pitágoras y Sócrates, Platón y Aristóteles, el uno señalando al cielo, el otro hacia la tierra, tal como, para nuestra diversión, contaba mi padre a todo el que venía a casa. El propio Rafael se había pintado en el margen derecho del cuadro, como también nos refería con frecuencia. En el lado contrario había un retrato de Görres, por encima de un bronce de Dante, y a mi padre le gustaba decir que siempre había querido ser como Görres: rebelde en los años jóvenes, mandón en la mediana edad y conservador a partir de los cuarenta. Pero también tenía que seguir la época. En su caso, el tiempo se había opuesto repetidamente.

Mi padre hablaba muy a menudo de la época que siguió a la Primera Guerra Mundial, cuando, ya restablecido, regresó del hospital militar. Por entonces se adaptó muy bien a las circunstancias. Estaba lleno de ilusiones y, a pesar de la dolorosa derrota, tenía un fuerte sentimiento republicano que atribuía fundamentalmente a tres motivos principales, que resumía conforme al laconismo de su nueva patria chica, Berlín: la guerra ha terminado, el Káiser se ha ido y los excesos de los consejos de soldados han desaparecido. Al mismo tiempo, se había propuesto una Constitución, y todo junto había derivado en una ciudadanía abierta, definida como clase trabajadora, y una disposición unificadora.

«Sin embargo, antes de que se aprobara la Constitución, el cielo se oscureció», decía él. La primera conmoción vino con el tratado de paz de Versalles, y no sólo por las condiciones draconianas, que pesaban mucho. Causaron mucha más indignación las «circunstancias humillantes» que se exigieron a la delegación alemana, que iban desde la asignación de la entrada de servicio para acceder al edificio de negociación hasta los heridos con graves lesiones en la cara que, en un acto de humillación calculada, se apostaban a la entrada de la sala de reuniones. Él opinaba que éstas y otras escenificaciones similares legitimaban el artículo 231 del Tratado de Versalles redactado con «la arrogancia repugnante del mal ganador»: la declaración de que Alemania era la única culpable de la guerra. En realidad, las potencias demostraron que «no eran capaces de hacer frente a su victoria». La República regresó de Versalles «con un gorro de bufón», según decía una expresión que rápidamente se extendió por todas partes con escarnio y rabia.

Mi padre contaba muchas cosas sobre estos vaivenes. Opinaba que ya en el verano de 1919 empezó a asomar la debilidad. Además, al comienzo de la República no se había producido ningún gran acto fundacional que permaneciese en el recuerdo, sino que, como constataba cada vez más gente, se había originado con una derrota ignominiosa y a traición. Muchos se dejaban convencer con facilidad de que eran víctimas inocentes del engaño y la sed de venganza. Durante los primeros tiempos del nuevo Estado, contaba mi padre, cuando acudía noche tras noche a las federaciones locales, alertaba siempre sobre las dos puñaladas que la naciente República había sufrido: la una, representada por el «fraude de Hindenburg», la otra, por las potencias victoriosas, Francia especialmente, para la que no había perdón. De esta manera se brindaba a Hitler la posibilidad de presentarse como adalid de la llamada honra alemana.

«Pero todavía iba a haber una buena oportunidad», continuaba con sus recuerdos. Fue con el golpe de Kapp en marzo de 1920. El golpe de Estado de los viejos «bigotes» fracasó no sólo por la huelga general de los trabajadores, sino también por la resistencia más o menos cerrada de la inmensa mayoría. Ahí podía haber tenido lugar el largamente añorado acto fundacional de la República, explicaba una y otra vez, y los oyentes algunas veces se levantaban de las sillas aplaudiendo. Pero la República no había sabido aprovechar el regalo. De todos modos, él y sus amigos habían celebrado la victoria en los salones de fiestas y en las grandes cervecerías de Neukölln, Kreuzberg y Charlottenburg. Todos habían creído que el asunto estaba asegurado. El periodo de prueba parecía superado.

Durante esa época pensó por primera vez en dedicarse de nuevo a su actividad privada después de toda una vida plagada de asambleas y reuniones nocturnas interminables. Hacia finales de 1921 se trasladó del barrio pequeñoburgués de Neukölln a Karlshorst, y en la Hentigstrasse compró toda la planta de una casa, pensando ya en la futura familia. Por entonces estaba convencido de que ya había cubierto con éxito el primer tramo de su camino en la vida. Todo el mundo le predecía un futuro muy prometedor, tanto en el aspecto profesional como en el político. También había conocido a una atractiva joven de buena educación y posición, y ya empezaba a pensar en un posible matrimonio.

El se lo tomaba todo muy en serio. Después de informarse sobre la joven, su familia y su condición, un buen día empezó a coger fluidez en el habla francesa, sin tartamudeos, y durante cierto tiempo prefirió la literatura amena con diálogos distendidos: de esta manera, afirmaba mi padre bromeando, se preparaba para los tradicionales «recelos de los suegros». Le parecía que no debía descartar la posibilidad de que los estrictos Straeter, en un momento dado, empezaran a hablar en francés como sin querer, y que al cabo de un buen rato se disculparan por su pequeña equivocación. No quería que le suspendieran, decía riendo.

Y también riendo comentaba que hasta entonces su formación había estado centrada en los temas serios; en consecuencia, empezó a adornar los grandes «andamios», como decía, con guirnaldas, los ingredientes amenos que también correspondían a una buena formación, aunque solamente fuera para las relaciones sociales. Empezó a recorrer establecimientos especializados con el fin de adquirir seguridad en lo que se refiere al gusto, pues procedía del campo y; como se decía en el gran Berlín, era de «condición ordinaria». En casas de amigos y compañeros de partido había descubierto mobiliario distinguido y obras de arte elegantes, y ya se había hecho una idea de cómo le gustaría vivir. Cuando consideró que ya estaba más o menos preparado, rebuscó en las tiendas de antigüedades del barrio de Hansa para ver muebles, cuadros, alfombras o cualquier otra cosa que se ajustara a sus posibilidades. Adquirió incluso alguna pieza de mobiliario berlinés antiguo. Y, mientras tanto, enviaba alguna que otra señal de sus intenciones a la joven de la Riastrasse.

Se trataba de las muy nombradas cartas de amor que mi madre guardaba en un cofre junto con otros recuerdos y que en 1945, unos días antes de la entrada de los rusos, enterró en el jardín: la orden de evacuación daba un plazo tan breve que resultó imposible ocultarlo en lugar seguro, y durante toda su vida mi madre lamentó su pérdida. Las cartas contenían incluso algún poema de amor.

Un buen día, mi padre se presentó de improviso en casa de los Straeter. Al contrario de lo que él se esperaba, el salón estaba decorado con mobiliario de colores claros. La ligereza de los floreros y las coloridas figuras de porcelana de parejas de enamorados, arlequines y pastorcillas parecía no encajar con el aspecto tan serio de mi abuelo. Es cierto que a pesar de la timidez, la visita resultó más sencilla de lo que mi padre se había temido. Los futuros suegros le brindaron la tradicional cortesía francesa, y como se imaginaban por qué había ido el joven a visitarlos, de entrada le ofrecieron un licor ligero y le ayudaron a salir airoso de la situación. Cuando él se levantó de repente de su asiento y se puso ceremonioso, ellos le pidieron que no se levantara. El invitado comentó que para hacer lo que se proponía estaba mejor de pie, mientras que ellos harían bien en permanecer sentados. La situación se relajó de tal manera que mi padre perdió toda rigidez y pudo pedir la mano de Elisabeth con toda naturalidad.

Unas semanas más tarde se fijó la fecha de la boda para mediados de 1923. Cuando mi padre echaba la vista atrás, experimentaba cierta satisfacción. Había sido más afortunado de lo que nunca se había imaginado; había indicios que hacían pensar en que le iban a llamar para trabajar en el Ministerio de Cultura de Prusia. Y después, la vida seguiría. ¿Qué podía pasar mientras tanto?