Bahía de Chesapeake

James A Michener · Capítulo 2 de 13 · parte 3/3

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Bahía de Chesapeake

El Río

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Pueblo anónimo que vivía a orillas de un río anónimo, estaban destinados a dotar a su amodorrada región de uno de los títulos más obsesionantes del mundo: Choptank. La palabra debió tener un significado en algún momento; si es así, se ha olvidado. Una mujer muy vieja dijo una vez que significaba donde el agua fluye con fuerza hacia

atrás, pero no pudo explicar nada.

Los dos hijos varones de Pentaquod se estaban convirtiendo ya en jóvenes y responsables adultos, y Tciblento era una maravilla de ocho años, no tan alta como sus hermanos, pero mucho más rápida en

asimilar las lecciones que su padre le daba. Había empezado a peinarse en trenzas sus negros cabellos y solía ladear picarescamente la cabeza cuando escuchaba a los ancianos. Su padre se deleitaba en sus hijos, y fue en parte por su deseo de estar más tiempo con ellos por lo que convocó a su tribu para su discurso de despedida:

«Nunca han estado más seguras vuestras provisiones de alimentos, y vuestro poblado no es asolado ya por los nanticokes. Nunca conoció tiempos más felices vuestro río, con cangrejos durante todo el verano y pieles de castor para manteneros calientes en invierno. Ya he estado bastante tiempo con vosotros. Ha llegado el momento en que debéis elegir como werowance a uno de los vuestros.»

Este anuncio produjo gran desasosiego, pues todos comprendieron que, sin su dirección, podrían volver a los viejos tiempos de miedo y luchas. Los nanticokes sabrían que ya no se hallaba al frente de la tribu y podrían llegar a la conclusión de que ya no les interesaba continuar la paz, pero el alto susquehannock se mantuvo firme. Luego, expuso sus razones:

«En los viejos tiempos, siempre que huíamos a los ríos septentrionales, yo me fijaba en un punto en el que se unen dos aguas, y siempre he deseado vivir allí con Navitan y los niños. Cuando llegué por primera vez a vuestro río, viví en la isla en que Pescador Patilargo me enseñó mucho de lo que sé, y luego en el acantilado, donde vi lo hermosa que puede ser esta tierra, y en la marisma, donde Onk-or el ganso venía a verme, y luego en este misterioso poblado en el que no vivía nadie. Soy un hombre que gusta de vivir separado, y siento un profundo impulso de construir mi wigwam entre las dos aguas.»

–¿Quién será nuestro werowance? -preguntaron.

Él les dijo que debían elegir un joven que pudiera servirles durante dos generaciones, y cuando protestaron que ellos nunca habían elegido a sus jefes, Pentaquod paseó los ojos por la asustada multitud y vino a posarlos en Matapank, que había estado junto a él en la batalla, y cuando los demás comprendieron que Pentaquod había hecho su elección, gritaron:

–¡Matapank! – y quedaron satisfechos.

Pentaquod pensaba que, una vez anunciada su decisión de marcharse, debía hacerlo inmediatamente, pues si se demoraba restaría

importancia al nuevo werowance En consecuencia, dio a Matapank una serie intensiva de instrucciones hasta el sombrío día en que se subió con él a una canoa y remó río abajo, más allá de la isla hasta la margen de la bahía. Allí, mientras la canoa se mecía perezosamente a impulsos de la corriente, hizo entrega de la pesada carga del caudillaje.

–Has oído hablar de la época en que la Gran Canoa llegó a estas aguas.

El nuevo werowance asintió con la cabeza.

–De lo que no has oído hablar es de que cuando avanzaba a lo largo de la costa, Orapak, que era un niño entonces, y su abuelo, que era el

werowance, se deslizaron por entre los árboles y espiaron a la gente que estaba en la canoa.

Matapank frunció los labios; conocía las tradiciones de su tribu, pero no estaba enterado de aquella aventura.

–¿Qué vieron?

–Las personas que se encontraban a bordo de la canoa tenían la piel blanca, no como nosotros, y sus cuerpos eran distintos.

–¿En qué sentido?

–Brillaban. Cuando el sol daba sobre sus cuerpos, éstos brillaban.

Pentaquod dejó que esta información se abriera paso en la mente de su interlocutor y, luego, añadió:

–Y la Gran Canoa se movía sin remeros.

Esto resultaba aterrador. Se hallaban implicados valores que escapaban a toda comprensión, y el joven jefe se sentía desorientado. Y

entonces Pentaquod añadió su última información:

–Esa canoa volverá algún día, y trataremos con personas completamente diferentes…, pieles blancas… cuerpos relucientes…

Matapank había estado ansioso de asumir las responsabilidades de la jefatura, pero estos nuevos factores suscitaban su aprensión.

–Cuando vengan, ¿me ayudarás?

–Puede que cuando vuelvan yo ya no viva -dijo Pentaquod.

–Yo creo que sí -replicó el joven.

–¿Por qué?

–Hace mucho tiempo, soñé que yo sería el werowance. El sueño se ha cumplido. Y, al mismo tiempo, soñé que llegaban al río otros que no eran nanticokes ni susquehannocks. Y llegarán.

A Pentaquod le agradó la respuesta. El jefe de una tribu debe ser alguien que tenga visiones del futuro, que sepa acomodar su modo de pensar a acontecimientos que sabe inevitables. En su caso, había sabido desde el principio que la paz con los nanticokes era posible, y todos sus actos como werowance habían apuntado en esa dirección. También había sabido que su débil y pequeña tribu nunca podría vencer a los susquehannocks, y les había protegido de realizar ese fatal esfuerzo.

–Estás en condiciones de asumir el mando -dijo a Matapank, mientras la corriente impulsaba con suavidad a la canoa, y cuando llegaron a la orilla entregó al nuevo jefe un apreciado talismán, que había conservado para aquel momento: el disco de cobre llevado por los werowances de aquella tribu.

Luego, prometió:

–Si los extranjeros vuelven mientras yo estoy aún con vida, te ayudaré.

Ese día, salieron del poblado él y su familia. Quitándose sus tres plumas de pavo, condujo a los suyos hasta un par de sólidas canoas, una hecha de roble y la otra de pino, y remaron hacia el Oeste, más allá de las marismas y en torno a los blancos acantilados, hasta penetrar en un hermoso y pequeño río. Tras haber avanzado por él un trecho, llegaron a un arroyo secundario que se internaba adentro y que, al poco rato, se bifurcaba, rodeando entre sus brazos a la pequeña península en que se había fijado hacía tiempo.

Cubierta de árboles, estaba orientada al Sur, desde donde el Sol la calentaría en invierno. No había marismas en las que pudieran criarse mosquitos, pero sí suficiente y profundas aguas saladas en las que encontrar ostras y cangrejos. En la selva había ciervos; y en todas las aguas, gansos. Era uno de los mejores lugares que deparaba el Choptank, un refugio de visible seguridad y extraordinaria belleza.

Desde el punto en que Pentaquod y sus hijos erigieron sus tres

wigwams, la familia dominaba una amplia perspectiva del arroyo hasta el río y los lejanos pinos que bordeaban el invisible Choptank.

Pentaquod pasó allí los dos años más felices de su vida: 1605 y 1606

en el calendario occidental. Era ya más viejo y estaba ligeramente encorvado. Su ancho rostro mostraba las profundas huellas de los años de caudillaje, y sus cabellos eran blancos. Pero se sentía joven, pues su

hijo mayor había abandonado el refugio un día de verano para regresar remando al poblado, y cuando volvió lo hizo trayendo consigo a la hermana de Matapank, el werowance, y no tardó Pentaquod en tener un nieto, más largo y robusto de lo que solían ser los bebés entre los choptanks.

–¡Será un magnífico cazador! – predijo Pentaquod, y, antes de que el niño empezara siquiera a gatear, el abuelo estaba ya haciendo flechas para él.

Pero al año siguiente apareció una canoa que avanzaba rápidamente por el estero, y antes incluso de llegar a la orilla, los jadeantes remeros gritaron, con una mezcla de confusión y temor:

–¡Pentaquod! ¡Ha venido la Gran Canoa!

Tenía cuarenta y nueve años en aquel año de 1607, y era un hombre que se había ganado sobradamente el descanso; pero cuando reverberó a través de la selva esta información largo tiempo esperada, hizo lo que siempre había sabido que debía acabar haciendo: se puso sus plumas de pavo, dijo a su mujer y sus hijos que recogieran todas las cosas y les ordenó que le siguieran lo antes posible. Casi ávidamente, como un joven gamo irrumpiendo en nuevo prado, con las astas dispuestas, saltó a la canoa de los mensajeros y emprendió el regreso al poblado. Era como si deliberadamente se hubiera retirado del caudillaje hacía dos años para economizar sus fuerzas y purificar su mente, a fin de enfrentarse a las pruebas que le esperaban; estaba preparado.

Pero mientras la canoa abandonaba el pequeño arroyo para entrar en el río que le llevaría a sus nuevas responsabilidades, volvió la vista con tristeza y anhelo hacia la península que él había transformado. No la volvería a ver más, y él lo sabía, pues con la llegada de la Gran Canoa no sólo se perdería su paraíso, sino también el de todos los choptanks.

SEGUNDO VIAJE: 1608

Un frío y ventoso día de mediados de diciembre de 1606, el capitán John Smith, hombre colérico y obstinado, de menuda estatura, rostro barbudo y fogoso temperamento, reunió a siete audaces caballeros en un muelle del barrio de Blackwall, en Londres, y les dirigió la palabra con voz seca y tajante:

–Les he traído aquí para que inspeccionen los barcos en los que conquistaremos Virginia.

Y les mostró los tres pequeños navíos que les llevarían al Nuevo Mundo, designándolos por sus nombres:

– Susan Constant, cien toneladas. Godspeed, cuarenta toneladas. La pequeña pinaza Discovery, veinte toneladas. Y aquí abajo, en fin, el objeto de nuestra reunión de hoy.

Y les mostró, flotando en el Támesis al pie del muelle, una pequeña chalupa de un solo mástil y extremos iguales, de siete metros de longitud y provista de ocho ominosos remos.

–Usted, Edmund Steed, suba -ordenó Smith, y un joven rubio, de veinticinco años, vestido con ropas de estudiante, obedeció.

Al poco rato, los siete se encontraban a bordo, empuñando sus remos, mientras el capitán Smith, con su poco más de metro y medio de estatura, permanecía aprobadoramente en el muelle, observando cómo la pequeña embarcación se acomodaba al peso.

–¡Buena lancha! – exclamó con voz cortante, como si diera una orden.

Luego, irguiéndose al máximo que su estatura le permitía, saludó a la embarcación.

Tenía veintiséis años aquel invierno y era un hombre difícil, arrogante, insoportablemente ambicioso. Según él mismo contaba, había sobrevivido ya a peligros que habrían destruido a un hombre corriente: mercenario en los años más brutales de las guerras germánicas, heroico defensor de la Cristiandad cuando los mahometanos invadieron Hungría, capturado como esclavo y encerrado en una mazmorra turca, viajero a pie hasta Moscú y Madrid. Y ahora pasaba revista a su flota en vísperas de su más extraordinaria aventura: la fundación de una nueva colonia, el sometimiento de un nuevo mundo.

–¡Zarpamos!-gritó, mientras saltaba a la chalupa.

Cogiendo el octavo remo, empezó a manejarlo con una energía que avergonzó a los otros, y pronto estuvieron avanzando rápidamente Támesis abajo. Cuando pasaron ante los tres navíos, Smith gritó:

–Mr. Steed, ¿sabe manejar una vela?

–No lo he hecho nunca, señor -respondió el estudiante.

–Entonces, apártese mientras la iza Mr. Momford -bramó Smith.

Y un caballero que poseía conocimientos de navegación manipuló la lona, de tal modo que una vela ascendió por el mástil, tendida longitudinalmente de proa a popa. Una vez izada, la chalupa comenzó a moverse con tal rapidez, que ya no fue preciso remar.

–¡Embarquen los remos! – ordenó Smith; pero como los caballeros no estaban familiarizados con la orden, se produjo cierta confusión-.

¡Suban los remos! – rugió Smith, y fueron embarcados, como él quería.

Cuando hubo finalizado la breve excursión, con la chalupa de nuevo en el muelle, Smith sorprendió a su tripulación ordenando que la lancha fuese izada a tierra, después de lo cual entregó a Steed y Momford cubos de pintura y brochas, indicándoles que numerasen cada una de las tablas utilizadas en la construcción de la chalupa.

–Cada una debe tener su número, en cuatro puntos distintos, señalando su relación con todas las demás que estén en contacto con ella.

Finalizada esta curiosa tarea, llamó a los carpinteros, que desmantelaron la lancha, sacando tornillos y cuñas de madera hasta que sólo quedó un montón de tablas sobre el muelle. Entonces, ordenó que éstas fuesen atadas por grupos y llevadas a bordo del Susan

Constant, donde fueron almacenadas bajo cubierta, y, luego, Smith llevó a Steed hasta el borde de la bodega en que podían verse las atadas tablas.

–Una idea mía -dijo-. Concebida mientras me hallaba prisionero en un harén turco.

Y, una vez más, saludó a la embarcación que tan importante papel desempeñaría en la fundación de la colonia de Virginia.

Debido a su arrogancia y a su endiablado temperamento, al capitán Smith le había ido muy mal en Jamestown. Encarcelado por intento de amotinamiento, capturado por los indios, puesto a un paso de la muerte a manos de Powhatan y llevado realmente al patíbulo para ser ahorcado por insubordinación, fue salvado por una revelación en el último momento. Seguro de sí mismo y presciente, sobrevivió al trabajo, dio a la colonia la férrea dirección que necesitaba y encontró tiempo para dedicarse a su mayor preocupación: la exploración de la bahía de Chesapeake.

–Éste es un mar noble -dijo una noche a sus hombres, tras haber terminado el trabajo del día-. Sereno y hospitalario, majestuoso en sus dimensiones. Sus posibilidades superan todo lo imaginable.

Había montado ya dos exploraciones preliminares, y le alentaba lo que había encontrado: anchos ríos, innumerables puertos, gran abundancia de peces y cangrejos y campos que pedían a gritos ser cultivados. Pero sus dos objetivos principales se habían mostrado esquivos: no habían encontrado un paso a la India y no había descubierto el oro y la plata que se sabía existían en algún lugar a lo largo de las orillas de la bahía de Chesapeake.

–Irritante -gruñó un día de julio de 1608-. Hace tres años que oí hablar personalmente de los hechos. Los jefes de la expedición estaban en Londres, dedicados a la tarea de gestionar los permisos necesarios, por lo que un noble y yo nos fuimos al teatro. Se trataba de una obra insustancial, y yo me dispuse a marcharme, pues no me gusta perder el tiempo ociosamente. Pero el destino me estiró de la manga y me hizo quedarme… con una finalidad. Uno de los actores de la obra se adelantó al proscenio y declamó directamente para mí, para nadie más.

Habló de Virginia y me dijo lo que yo debía encontrar allí. Plata más abundante que el cobre. Sartenes y orinales hechos de oro puro. Rubíes y diamantes por las calles. Chiquillos recogiendo perlas a orillas de los ríos. Las riquezas están aquí, con sólo que sepamos encontrarlas.

El sábado, 9 de agosto, esbozó su plan:

–El oro se encuentra, estoy convencido, en ciudades escondidas a lo largo de la costa oriental de la bahía, y allí es donde exploraremos más detenidamente. El paso a la India arranca, probablemente, de la punta septentrional, por lo que, después de haber hallado nuestro oro, exploraremos en dirección Norte para identificar el paso y, luego, regresaremos a Jamestown con nuestro botín.

Los hombres convinieron en que aquélla era la estrategia más prudente, y el domingo, los dieciséis -siete caballeros, ocho marineros y el capitán Smith- fueron a la iglesia, donde se rezaron largas oraciones, y en la mañana del 11 de agosto condujo a su tripulación a las orillas del James, donde les habló con voz solemne:

–Estaremos fuera treinta días, y al final desearán ustedes que hubieran sido noventa.

A continuación, ordenó a sus quince hombres que subieran a la recompuesta chalupa, les mandó coger los remos y, como Alejandro Magno, se instaló en la proa de la embarcación, atalayando nuevos horizontes.

Entre los caballeros remeros, Edmund Steed, que no había participado en las dos exploraciones anteriores de Smith, había sido seleccionado con una finalidad especial. Smith no se había sentido muy complacido con los relatos de sus primeros viajes; eran geográficamente exactos, pero prestaban insuficiente atención a sus cualidades morales y heroicas. Esta vez estaba decidido a que sus logros fuesen presentados con adecuados adornos.

Steed procedía de una antigua familia de Devon y era graduado por Oxford. Escribía bien, estaba familiarizado con las alusiones clásicas y manifestaba un adecuado respeto hacia el capitán. Tanto en el Susan

Constant como en tierra, en Jamestown, llamaba la atención, y Smith le aseguró ahora:

–Sólo quiero un relato exacto de cuanto ocurra durante nuestra exploración. Estricta atención a los lugares por los que naveguemos y detalles especiales cuando desembarquemos.

Hizo una pausa, mientras Mr. Momford se disponía a largar la vela, y, luego, añadió confidencialmente:

–Y sería prudente que prestara atención a las palabras y los actos heroicos del comandante.

Steed comprendió. Siempre se había mostrado adecuadamente atento cuando Smith entretenía a sus compañeros con relatos de sus aventuras en Hungría…, los terribles meses pasados sufriendo las torturas turcas…, sus románticas escapadas en Rusia…, su audacia en España. Steed se maravillaba a veces de que un hombre sólo un año mayor que él hubiera pasado por tantas y tan variadas experiencias y se hubiera sentido tentado de tildar de mentiroso al pequeño guerrero de no ser por el hecho de que Smith hablaba siempre con intrínseca veracidad. Sus historias sonaban a verídicas, y no tardaba en convencer al oyente imparcial de que realmente había estado en los lugares cuyos nombres salían de su boca, pues indicaba la temperatura y explicaba la situación de la ciudad con respecto a su río y lo que sus

capturadores vestían y qué armas concretas llevaban los enemigos que él había matado en combate cuerpo a cuerpo.

La fe de Steed en su capitán derivaba de un incidente ocurrido durante el largo viaje desde Inglaterra, cuando, en una sola tarde, Smíth contó turbulentas aventuras en cuatro países distintos, terminando con España, y Steed había pensado: «Me jugaría el cuello a que nunca ha puesto los pies en España el muy fanfarrón.» Pero entonces el capitán, como si hubiera notado que había un incrédulo entre sus oyentes, finalizó con una extraordinaria evocación:

«Y de todas las ciudades que he visto en mis viajes, la que con más afecto recuerdo es la polvorienta ciudad que se halla situada en la desembocadura del gran río que lleva a Sevilla, en España, Sanlúcar de Barrameda es su nombre y se encuentra en la orilla izquierda de Uady-al-Quivir. como lo llaman. Es una ciudad pequeña y calcinada por el sol, con abundantes pastos en sus alrededores y vastas marismas llenas de pájaros. Es muy apreciada por Jos marineros a causa del delicioso vino clarete que elaboran sus vinateros, pues hay una plaza, cerca del centro de Sanlúcar, en la que éstos venden su mercancía, acompañada de unos pececillos salados que ellos llaman boquerones. Yo probé el pescado, pero no el vino.»

Las palabras sonaban como una campana al atardecer, y Steed abandonó cualquier duda que hubiera podido tener. Smith tal vez no hubiese permanecido prisionero en un harén turco, y probablemente no mató a tres adversarios durante un torneo a caballo con sus lanzadas, pero nadie podía negar que había visitado una polvorienta ciudad española emplazada en la desembocadura de un río.

Cuando Jamestown desapareció tras un recodo, Steed tomó cuidadosa nota de las características de la chalupa para no omitir ningún detalle importante: ausencia de cubierta, sin refugio frente a las tempestades, barriles de pan que ya se estaba agriando, una tanda de trozos de carne seca, algunos de ellos con gusanos, y una gran provisión de cañas de pescar. «Habrá peces en abundancia», aseguró Smith a los remeros, y, cuando Mr. Momford izó la raída vela, Steed tomó nota de que había sido remendada dos veces. Se proponía dejar constancia de tales deficiencias, pues su existencia haría más impresionante aún el descubrimiento del oro y del paso hacia el Oeste por parte del capitán.

Si los caballeros y los marineros experimentaban un cierto recelo ante una exploración llevada a cabo con tan inadecuado equipo, su capitán carecía por completo de él. Estaba de un buen humor extraordinario, y, cuando la chalupa respondió airosamente al viento, exclamó:

–¡Estupendamente botada! ¡Va a ser un viaje memorable!

Steed apuntó estas frases y otras en pliegos doblados que llevaba en una bolsa de lona, y aquella noche las copió en un Diario propiamente dicho, que el capitán Smith cogió en cuanto estuvo terminado.

No le gustó lo que vio. No le gustó en absoluto. Los datos geográficos eran exactos, pero le irritó haberse equivocado de aquella manera al juzgar el talento de Steed y, con la sinceridad que le caracterizaba, abordó el tema:

–Mr… Steed, al principio de nuestro histórico viaje, pone usted en mi boca las siguientes palabras: «Estaremos fuera treinta días, y al final desearán ustedes que hubieran sido noventa.» Es un discurso muy pobre para el comienzo de una gran aventura.

–Es lo que usted dijo, señor.

–Lo sé. Pero disponíamos de poco tiempo. Debe tener eso en cuenta.

Y, cogiendo la pluma de manos de su secretario, se sentó bajo la oscilante linterna y compuso una alocución más apropiada: Avanzando ya el día, el capitán Smith reunió a sus hombre junto a la chalupa y les dijo: «Señores, emprendemos hoy un viaje de exploración que deslumbrará a las Cortes de Europa. En Virginia encontraremos oro y plata. Tal vez descubramos el escondido paso que conduce a los tesoros de la India y la China. Recogeremos y almacenaremos las especias aromáticas de las islas. Penetraremos hasta donde ningún inglés ha llegado jamás, y regresaremos con joyas y preciosas telas capaces de alegrar el corazón de cualquier monarca.

Hacemos este viaje para mayor gloria de Dios, para llevar Su Palabra a tierras que no la conocen y para imperecedera grandeza de nuestro amado rey Jacobo, antes de Escocia, pero ahora de toda Bretaña.

Con arrogante ademán, el capitán Smith empujó el papel hacia su secretario, quien lo acercó a la linterna, y en sus pálidas facciones se dibujó un intenso asombro, mientras leía las correcciones del capitán.

–Usted nunca dijo esas cosas, capitán.

–Las pensaba -replicó secamente Smith-. De haber tenido tiempo, las habría dicho.

Se disponía Steed a protestar, cuando miró a las sombras y vio el barbudo rostro de su comandante. Era como hierro bordeado de roble, y comprendió que Smith habría pronunciado ese discurso si la ocasión se lo hubiese permitido, y sintió que no era lo que un soldado decía, sino lo que se proponía, lo que proporcionaba la motivación. John Smith vivía íntimamente con posibilidades que otros hombres no podían ni siquiera imaginar, y en sus sueños las forzaba a convertirse en realidad. Edmund Steed y Thomas Momford podrían estar en una destartalada chalupa, con alimentos deficientes y sin protección, explorando una bahía cercada de tierra; Smith se encontraba ya al otro lado del paso del Noroeste y en pleno Pacífico, capitaneando una carabela.

El séptimo día del viaje, Steed tuvo un atisbo del auténtico John Smith y de la isla que centraría su atención durante el resto de su vida.

Habían estado recorriendo infructuosamente la costa oriental, introduciéndose en un río tras otro, siempre con resultados decepcionantes, estableciendo superficiales contactos con indios que nunca habían visto hierro, y mucho menos oro o plata, y Steed había escrito:

Wicomico y Nanticoke, exploramos estos ríos durante millas y millas, confiando encontrar alguna ciudad de opulencia en la que los orinales estuviesen hechos de oro, pero, en lugar de ello, encontramos solamente los más sórdidos poblados indios, habitados por salvajes desprovistos de los conocimientos más elementales. Nuestro heroico capitán no perdió jamás el ánimo y supo traficar astutamente adquiriendo patatas y roanoke para su utilización contra las tribus próximas a Jamestown. Fue durante la práctica de estas actividades cuando averiguó hábilmente la existencia de un río hacia el Norte llamado el Choptank, cuya principal ciudad, llamada Patamoke, se sabe que tiene mucho oro.

Así, pues, la chalupa zarpó en dirección Norte con su grupo de excitados exploradores, y, cuando avistaron un ancho río, Smith gritó:

–¡Éste es nuestro Choptank! ¡Aquí está Patamoke, ciudad de oro!

Pero cuando la pequeña embarcación enfiló hacia el promontorio meridional que protegía al río, Edmund Steed vio su isla: de perfil delicado, resguardada dentro del río, coronada por una diadema de árboles.

–Capitán Smith -llamó-, ¿ha visto alguna vez una isla más hermosa?

El pequeño guerrero examinó la tierra desde varios ángulos y respondió:

–Demasiado baja para un fuerte.

La lenta chalupa necesitó unas cuatro horas para acercarse a la isla y rebasarla, y durante todo ese tiempo Steed permaneció apoyado en una de las finas hiladas, mirando Vio numerosas ensenadas en las que hubieran podido atracar, e incluso un pequeño río que conducía al corazón de la isla. Cuando divisó un amplio prado que parecía pedir a gritos ganado, pensó: «Esto es lo mejor de Inglaterra transportado al otro lado del mar. La llamaré Devon.»

Aquella noche, la chalupa fondeó aguas arriba del Choptank, bajo la protección de un blanco acantilado, y, mientras parte de los hombres trataba de coger peces para la cena, apareció un grupo de indios en dos canoas, anunciando con señas que su werowance deseaba que el jefe de los extranjeros les acompañase hasta la capital, donde serían bien recibidos. Cerró la noche mientras los ingleses discutían si su capitán debía arriesgarse o no a semejante viaje, y se expusieron muchas opiniones, ya que la invitación planteaba difíciles problemas, como informó Steed:

En la oscuridad, no podíamos ver a los indios que esperaban, ni tener el menor indicio de sus intenciones, pero ellos podían vernos, pues nuestro mástil se recortaba contra el cielo. Thomas Momford señaló que el capitán Smith había sido atraído dos veces a trampas como aquélla y, de hecho, había permanecido cautivo de Powhatan, destacado jefe de la costa occidental. Este recuerdo animó al capitán Smith a relatar aquel suceso. «Powhatan ordenó traer dos bloques de piedra, y fui tendido sobre ellos, y un guerrero se alzó sobre mí con su maza levantada, pronto para aplastarme la cabeza, cuando se produjo un milagro y fui salvado.»

Steed había oído ya cinco veces aquella historia; estaba convencido de que Smith creía que la cosa había sucedido así, pero él distaba mucho de tener seguridad de ello. Y luego, hacia el amanecer, Smith tomó su decisión:

Nos dijo, simplemente: «Debo ir a la ciudad de Patamoke, pues allí es donde encontraremos el oro.» Ningún argumento pudo disuadirle y, al despuntar el alba, designó a Chirurgeon Ragnall y Edmund Steed para que le acompañasen. Cuando subíamos a la canoa que nos esperaba, Thomas Momford exclamó: «¡Tenga cuidado, capitán!» A lo que Smith replicó: «Un capitán nunca debe temer entrevistarse con otro capitán.»

El corto viaje desde el acantilado hasta la ciudad fue de intensa excitación, pues el capitán Smith olía ya el oro y, en su expectación, comentó a Steed:

–Si nos reciben con un gran cortejo, yo iré delante, y usted marchará detrás Ragnal en forma adecuada para impresionarles con nuestra prestancia militar. Steed tomó nota de lo que sucedió: Después de atravesar una marisma llena de pájaros y ondulantes matorrales, nos acercamos a nuestro largo tiempo ansiado objetivo: la ciudad de Patamoke, cuartel general de los poderosos choptanks que dominan este río, y nuestros corazones comenzaron a latir aceleradamente. El capitán Smith, protegiéndose siempre de un ataque inesperado, se inclinó hacia delante en la canoa para echar un primer vistazo a la colonia, y, al ver sólo un círculo de wigwams, un montón de conchas de ostra y nada más, miró desconcertado a sus compañeros.

En tierra, nos encontramos con una nueva confusión. Identificamos inmediatamente al werowance por el disco de cobre que llevaba en el pecho. Se llamaba Matapank, y no nos causó gran impresión, pues, como carecía de dignidad y autoridad, se mostraba reacio a tomar decisiones. Sin embargo, estaba acompañado por un gigantesco indio de pelo blanco y con tres plumas de pavo en la cabeza, y este hombre, cuyo nombre era Pintakood, parecía ser el verdadero werowance.

Ni oro, ni plata, ni perlas, ni rubíes, ni esmeraldas. Hasta el cobre del disco había sido comprado. Los indios eran de pequeña estatura y carentes de majestuosidad, a excepción del llamado Pintakood, cuya hija, de unos doce años, estaba a su lado, tan distinguida como él.

El capitán Smith, amargamente decepcionado con aquel lastimoso poblado, sintió que debía, al menos, cumplir el ritual de una exploración, y sacó de su bolsa de lona una colección de atractivos objetos: cuentas de cristal de Venecia, un hacha de hierro, dieciocho piezas de tela de vivos colores y, para el werowance, un último regalo que cautivó a todos los indios.

Se trataba de un pequeño objeto de marfil, articulado en un costado con una tapa metálica que, al levantarse, dejaba al descubierto un pulido cristal bajo el que había algo increíble: una aguja, fina y delicada, que descansaba sobre un soporte de tal modo que, cualquiera que fuese la dirección en que se moviese la caja de marfil, la aguja volvía siempre a una posición constante.

¿Qué podía ser aquello? El joven werowance lo tomó en sus manos, lo movió en círculos y vio cómo la aguja regresaba a su primitiva posición. Estaba desconcertado.

Los que se encontraban a su alrededor se sentían más impresionados por el hecho de que podían ver la aguja -podían verla con toda claridad-, pero el invisible cristal les impedía tocarla, y también eso era un milagro. Los otros choptanks querían que el regalo pasase de mano en mano, pero el werowance se negó a entregarlo.

Entonces habló Smith. No conociendo ni una sola palabra de su idioma, utilizó un mínimo de gestos para indicar el cielo, la oscuridad de la noche y las estrellas que formaban la constelación de la Osa Mayor. Sus gestos eran incomprensibles para el joven werowance, pero el gigante de las plumas de pavo le observó con atención y, de pronto, cogió un palo y dibujó en el polvo las siete estrellas de la Osa Mayor.

–¡Sí! – exclamó Smith, señalando al firmamento.

Y, con el dedo índice, mostró cómo la constelación apuntaba a la Estrella Polar, pero esto era innecesario, pues el gigante ya lo sabía.

Con sus propios gestos, indicó que la aguja buscaba el Norte, y Smith asintió.

A mediodía se celebró un banquete, con carne de oso y pasteles de cangrejo, tras lo cual el capitán Smith envió a Chirurgeon Ragnall de regreso a la chalupa con la noticia de que todo iba bien; él y Steed pasarían la noche con el werowance. Ragnall protestó que el capitán podría caer en otra trampa, pero Smith no le hizo caso, y aquella

noche, mientras aparecían las estrellas del verano, Steed se sentó con la hija del hombre alto de las plumas de pavo. Su nombre -dedujo tras habérselo pronunciado numerosas veces-, era algo así como Tsiblinti, y ella le dio de comer una excitante mezcla de maíz y habas que llamaba

succotasb, si había entendido bien la palabra.

Al regresar a la chalupa, se enfrentó a la difícil tarea de describir aquella aventura. Quería ser exacto e informar de la placidez de aquel poblado indio, pero sabía que debía también presentar al capitán Smith en una postura heroica, y no resultaba fácil combinar ambas cosas.

Cuando el capitán leyó el relato, no pudo ocultar su desagrado.

–¿Quiere llamar Devon a la isla? Así será; pero, ¿no sería más adecuado dejar constancia de que ha sido decisión mía, no suya?

–Yo lo he propuesto, simplemente, señor. La confirmación le corresponde a usted.

–Confirmado, pero preferiría que el relato indicara que la sugerencia partió también de mí.

–Así lo haré constar.

Luego, Smith frunció el ceño y pasó a lo que realmente le preocupaba.

–Ha utilizado excesivamente pocas palabras para describir nuestra marcha. Debe recordar, pues ha participado en ella, la peligrosa empresa que emprendimos. No es tarea insignificante que tres hombres penetren desarmados en el corazón de un hostil territorio indio.

Steed iba a decir que nunca había visto gentes menos hostiles, indias o no, pero juzgó más prudente guardar silencio. Entregando las páginas al capitán, sostuvo la linterna para que Smith pudiera escribir en ellas, y al cabo de un rato, recibió lo siguiente: Estábamos entrando ya en el río más importante de la costa oriental, el río de los choptanks, en cuya desembocadura se alza una hermosa isla de serenos prados y majestuosos árboles. Vimos arroyos de agua dulce corriendo entre los bosques, y todos los hombres quedaron extasiados ante el paisaje que se nos ofrecía. Nos recordó las bellas tierras de Devon, y el capitán Smith lo bautizó con ese nombre en su honor. Tras haber rebasado la isla y avanzado bastante distancia aguas arriba del Choptank, nos vimos acosados por un grupo de feroces y hostiles indios, y el capitán comprendió al instante que

nuestra seguridad dependía de cómo tratáramos a aquellos salvajes, que hubieran podido dar muerte a todos los componentes de nuestra pequeña expedición si así lo hubiesen deseado. Por consiguiente, adoptó la audaz estratagema de pedirles que le condujeran a presencia de su

werowance, que se indicó estaba a cierta distancia, en la capital del territorio, Patamoke. Varios hombres protestaron por el peligro que suponía semejante viaje por su parte, señalando que los salvajes nos superarían en número en la proporción de varios centenares a uno y podrían matarnos a todos sin riesgo. Pero el capitán Smith estaba resuelto a entrevistarse con el werowance y concluir con él un tratado para el suministro de los alimentos que necesitábamos, por lo que reunió a sus hombres y les dijo: «El sabio Maquiavelo ha dicho con razón, en su enseñanza a los príncipes, que hombres, hierro, dinero y pan son elementos necesarios para la guerra, pero, de los cuatro, los dos primeros son de la máxima importancia, porque hombres y hierro pueden encontrar dinero y pan, pero pan y dinero nunca encuentran hombres y hierro.»

A continuación se adelantó intrépidamente con Chirurgeon Ragnall y Mr. Steed por compañeros, y gritó a los indios: «¡Llevadme a Patamoke!» Subimos a la canoa del enemigo y fuimos a nuestro encuentro con el werowance de los choptanks. Era un hombre atolondrado, de escasa categoría, pero tras él se ocultaba el verdadero jefe, un tal Pintakood, no más brillante que él. Se les veía a los dos dispuestos a causarnos daño, pero el capitán Smith les habló por señas y les dio una brújula con caja de marfil que les causó gran admiración, especialmente por el hecho de que podían ver la aguja a través del cristal, pero no tocarla. Eran incapaces de comprender para qué servía aquel extraño ingenio, pero nuestro capitán les explicó lo que eran los cielos y la redondez de la Tierra, y cómo danzaban los planetas y el Sol perseguía continuamente a la noche alrededor del mundo.

Cuando Steed leyó este pasmoso relato no supo por dónde empezar.

Todo era cierto y, al mismo tiempo, completamente falso. Pasó por alto la parte referente al bautizo de la isla Devon; el capitán Smith mandaba, y hasta que él no confirmaba un nombre, éste no se consideraba impuesto. Estaba dispuesto también a ignorar las afirmaciones de Smith de que los indios se habían mostrado hostiles; a

quien con tanta frecuencia había sido víctima de la falacia india, podría haberle parecido así. Y admitía, incluso, que el gigantesco guerrero de las tres plumas de pavo apareciera como un estúpido porque los otros lo eran. Pensó, con cierta exactitud: Smith odiaba al inteligente choptank porque el indio era tan alto y él tan bajo. Quería que fuese estúpido.

Pero al estudiante de Oxford le irritaba la versión de Smith citando a Maquiavelo para estimular a sus hombres.

–No he oído nada sobre Maquiavelo -observó, cautelosamente.

–Los indios apremiaban, y no tenía tiempo.

Steed no replicó, y Smith continuó:

–Si un capitán lleva a sus hombres a aguas desconocidas contra un enemigo desconocido, lo prudente es que piense en Maquiavelo.

Al oír esto, Steed clavó la vista en las tablas del fondo, apenas discernibles en la oscuridad, pero Smith no se conformaba con la aquiescencia; necesitaba una aceptación positiva. Con el pulgar levantó firmemente el rostro del joven hasta que las estrellas brillaron sobre él y los ojos de ambos estuvieron frente a frente.

–Dígame, Mr. Steed, ¿por qué había de subir a la canoa casi solo y aventurarme en el campo enemigo? Hombres y hierro obtienen alimento, nunca al revés.

En la oscura noche, los dos hombres se miraron fijamente, decidido Steed a resistir los halagos de su capitán. Smith, notándolo, levantó más la cabeza del joven y dijo:

–Insisto en que introduzca un cambio más en la parte que no he corregido aún.

–¿Es una orden?

–Lo es. En su relato de nuestra marcha con los indios quiero que escriba que, valerosamente, se ofreció usted voluntario a acompañarme.

–Pero usted me mandó que fuera.

–Si no se lo hubiese mandado, se habría ofrecido voluntariamente a ir, porque, al igual que yo, es usted un hombre de hierro.

Steed no respondió, y Smith avanzó unos pasos en la chalupa, pero pronto volvió con otra corrección.

–Mr. Steed, en el momento de mi encuentro con el indio de las plumas de pavo, ¿es necesario poner de relieve que él es muy alto y yo muy bajo?

Esta vez, Steed dijo:

–Mi descripción es, en efecto, poco cortés, y la modificaré con mucho gusto.

Pero Smith no había terminado aún. Bastante después, despertó a Steed con esta sugerencia:

–Creo que debe añadir que el capitán Smith se sintió tan sorprendido por la gigantesca estatura del general indio, que tuvo la seguridad de que el hombre no podía ser un choptank, sino que, probablemente, era un susquehannock.

Steed no pudo conciliar de nuevo el sueño y, mientras la chalupa se deslizaba suavemente sobre las aguas del río Choptank, se dedicó a contemplar alternativamente la silueta de la isla que él había bautizado

-plácida y silenciosa en la noche- y la dormida figura de su capitán.

Smith era un enigma, dispuesto a introducir cualquier alteración en el relato personal del viaje, pero obsesivamente decidido a mantener una escrupulosa exactitud en el aspecto geográfico. A la entrada de cada río, tomaba constantes mediciones para concretar su situación.

Consultaba constantemente su brújula y pedía a los demás que revisaran sus cálculos. Nunca anotaba en el Diario la altura de un árbol o la distancia a tierra sin hallar previamente confirmación en las estimaciones de los otros, y manifestaba una extraordinaria meticulosidad en la confección de mapas. Si describía la ropa de un choptank, lo hacía con toda exactitud.

Su sueño era agitado, y al amanecer se acercó de nuevo a Steed y le dijo:

–Creo que puede escribir que no encontraremos oro ni plata. Ese sueño era infundado.

Pronunció estas palabras con tan evidente tristeza, que Steed compartió su aflicción; pero al despuntar el sol, el pequeño capitán era todo energía cuando gritó a sus hombres:

–Bien, hacia el paso al Oeste.

Y enfiló su chalupa al Norte, hacia su siguiente decepción.

Era un jefe severo. Una noche congregó a su tripulación ante la desembocadura del Susquehanna y murmuró a Steed:

–Quiero que anote con especial cuidado lo que haga y diga esta noche.

Luego ordenó que los caballeros formasen en un grupo y los marineros en otro, y de este último mandó que se adelantara Robert Small. Cuando el hombre lo hubo hecho, dijo ásperamente:

–Levante el brazo derecho.

Y cuando el brazo estuvo levantado, Smith se subió al caído tronco de un árbol y con una vasija echó sobre el brazo un chorro de agua fría.

–Vuelva a llenarlo -dijo a Steed.

Una vez llena de nuevo la vasija, ordenó al marinero levantar el brazo izquierdo y vació sobre él toda el agua.

–Diga a todos qué ha hecho para merecer este castigo -exclamó Smith.

–Lancé un juramento, señor.

–¿Pronunció airadamente el nombre de Dios?

–Sí, señor. Había pescado un gran pez, y se me escapó.

–Vuelva a su puesto, Small.

El capitán se dirigió entonces a toda la tripulación:

–Si les pido que se comporten decentemente, es porque yo siempre lo he hecho. Nunca he bebido licores, ni jugado a dados o cartas, ni fumado, ni lanzado un juramento, ni perdido el tiempo con mujeres, ni me he degradado de manera alguna. Soy un soldado y me propongo serlo siempre. Los que navegan conmigo no juegan a los dados, ni beben, ni lanzan juramentos.

Aquella noche, cuando el relato hubo quedado redactado a satisfacción de Smtih, éste preguntó a Steed:

–¿Se propone convertirse usted también en un soldado?

–No tengo especial interés en ello, señor.

–Otros tampoco. ¿Qué planes tiene?

–No dejo de pensar en la isla Devon. Mi intención es establecerme allí cuando termine este viaje.

–No tiene usted licencia. Ni autorización.

–Estaría bien, capitán, que los hombres de Jamestown pensaran menos en licencias y autorizaciones.

Para un militar, aquélla era una doctrina desagradable e inadmisible. Un soldado se identificaba con su rey o su general y los servía; licencias, órdenes adecuadas y autorizaciones constituían el nervio de la profesión. Pero no podía esperar que Steed comprendiese; había en aquel joven algo tortuoso, algo oculto que Smith no había explorado aún, y no se sorprendió cuando le comunicó sus planes.

No encontraron ningún paso hacia la India. El extremo superior de la bahía descendía en una sucesión de bajíos y marismas en las que la chalupa encallaba repetidamente, y la quinta vez que los marineros se echaron a nado con el ancla para poder sujetar la embarcación, el capitán Smith exclamó:

–Mr. Steed, esta noche puede escribir que el paso no existe…, al menos para nosotros.

No volvió a hablar más de ese sueño perdido.

La exploración finalizó curiosamente. Mientras la chalupa se deslizaba de regreso a lo largo de la costa occidental, Steed se situó a popa con una caña de pescar, y, de pronto, picó un pez tan grande, que le resultaba imposible izarlo a bordo, y, mientras forcejeaba con el animal, el capitán Smith introdujo la mano en el agua para ayudarle y fue golpeado violentamente en la muñeca por el aguijón de la cola de una enorme raya.

Ahuyentando al pez, se miró el brazo y vio cómo empezaba a hinchársele. Al cabo de unos momentos había adquirido proporciones tremendas -más grueso que su muslo-, y los dedos comenzaban a tomar tonalidades purpúreas. El dolor era tan intenso, que tuvo que morder un trozo de madera para no gritar, y, al cabo de noventa minutos, cuando el color del brazo se tornó más oscuro y el dolor se hizo insoportable, el capitán dijo a Steed y al médico:

–Voy a morir. Cávenme una tumba desde la que pueda ver la bahía.

Y un grupo de marineros cavó una tumba, y Smith fue hasta ella y se sentó a un extremo, con los pies colgando dentro.

Mientras permanecía allí en silencio, contemplando el fin de sus aventura, el dolor empezó a remitir y desapareció de su brazo el horrible color púrpura, y, cuando quedó claro que no iba a morir ni a perder el brazo, recobró el ánimo y preguntó:

–¿Hemos sacado el pez?

–Sí, señor -respondió Steed.

–Estupendo. Lo tomaré para cenar.

Lo frieron, y lo comió.

En las últimas horas de este decepcionante viaje, Steed se vio obligado a reconocer que había surgido en él un indudable afecto hacia su capitán. Smith era más de diez centímetros más bajo que él y pesaba ocho kilos menos, pero era pura energía, pura dedicación al oficio militar, y, si adornaba los hechos para presentarse como más valiente de lo que había sido, ello no constituía una falsificación, ya que, si los acontecimientos hubieran exigido heroísmo, él lo habría proporcionado. Steed pensó: «Lo malo de Smith está en las palabras.

Exige que expresen lo que podría haber sido.»

El ultimo río que visitaron fue el York, y, aunque se hallaba ya próximo el final de la expedición, los cansados marineros se quejaban amargamente de la comida, de la lluvia, frente a la que carecían de protección, y de los insectos.

–¡Rayos y truenos! – explotó Smith-. Podría construir una nueva Jerusalén en esta bahía si encontrara diecisiete hombres que no temiesen a los mosquitos.

Caminó desconsoladamente con Steed a lo largo de la orilla, hasta que se sintieron fatigados y sudorosos. Entonces se dejó caer sobre un montón de hojas secas y confesó el fracaso de sus grandiosos designios.

–Buscaba sedas y brocados, y he encontrado indios vestidos con andrajosos taparrabos. Buscaba oro y no he hallado sino hierbajos de marisma. Esta bahía tiene riquezas, pero yo no estaba destinado a encontrarlas.

Mientras hablaba, su mano acariciaba agitadamente las hojas sobre las que estaba sentado…, tabaco llevado aguas abajo del York por los indios para su transporte a Londres. En años futuros, fardos, balas y barcos enteros cargados de aquella hierba bajarían por los ríos de Virginia y Maryland, produciendo más oro y brocados de lo que jamás soñó el capitán Smith.

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