Bahía de Chesapeake

James A Michener · Capítulo 2 de 13 · parte 2/3

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Bahía de Chesapeake

El Río

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

–Yo conozco los peces. Eso no es ningún pez. Tiene la forma de una mano, y muchas patas.

Tan pronto como Pentaquod pronunció estas palabras, una benévola sonrisa se extendió por el rostro de su intérprete, que no dijo nada. Evidentemente, estaba recordando momentos de pasada

felicidad, después de lo cual llamó a la muchacha que había cogido las ostras.

–Tampoco conoce los cangrejos -murmuró.

La muchacha sonrió y, con la mano derecha, imitó los movimientos de un cangrejo retorciendo sus numerosas patas. Luego se dibujó en su semblante una expresión de compasión; no conocer las ostras resultaba divertido, pero ignorat la existencia de los cangrejos era patético.

–¿Qué son cangrejos? – preguntó Pentaquod.

Y Barbacortada respondió:

–Cuando Manitú, el Gran Poder, terminó de poblar el río con todo lo que nuestro poblado necesitaba, pinos para hacer canoas, ciervos para alimentarnos en verano, gansos y ostras para el invierno, vio que nos sentíamos agradecidos y bien dispuestos. Así, pues, en Su gracia, creó una cosa más como prueba de su interés hacia nosotros. Hizo el cangrejo y lo ocultó en nuestras saladas aguas.

Las mujeres del grupo preguntaron qué había dicho y luego le urgieron a que añadiera detalles que les interesaban:

–Un cangrejo proporciona poco alimento, ya que no es fácil de comer. Pero lo poco que ofrece es el mejor alimento que hay bajo la capa del cielo. Para comer cangrejo hay que trabajar, y eso hace apreciarlo más. Es la bendición, la conmemoración. Y ningún hombre ni mujer ha comido jamás suficiente.

Pentaquod escuchaba con creciente respeto mientras Barbacortada le informaba acerca de aquel manjar, y, cuando la disertación hubo terminado, preguntó con tono indeciso:

–¿Podría probar uno?

–Sólo vienen en verano.

–¿No guardáis algunos en conserva?

La pregunta, una vez traducida, provocó risas, que finalizaron cuando la muchacha se adelantó para indicar que la carne del cangrejo era tan delicada que había que comerla inmediatamente; sus finos dedos danzaban al representarlo mímicamente.

Pentaquod se sumió de nuevo en sus reflexiones, confuso por aquel bombardeo de extraña información.

–Pero si el cangrejo tiene el caparazón duro que encontré en la isla…

Vaciló, mientras la muchacha asentía con la cabe2a y se golpeaba los nudillos para demostrar lo duro que era.

–¡Aja! – exclamó Pentaquod, agarrándola por la muñeca-. Si el caparazón es tan duro, ¿por qué Pescador Patilargo puede partirlo por la mitad con su pico?

Cuando Barbacortada explicó que el susquehannock utilizaba ese nombre para designar a la gran garza azul y que se refería a la manera en que la garza cogía cangrejos, los arrojaba al aire y los partía por la mitad, la expresión de la muchacha se tornó más compasiva aún.

–Es el cangrejo blando -explicó.

–¿Qué?

–En verano atrapamos cangrejos que no tienen caparazón…

Esto era totalmente incomprensible, y Pentaquod meneó la cabeza, pero la muchacha continuó:

–No tienen caparazón, los asamos sobre el fuego, y son los mejores.

Pentaquod no entendía absolutamente nada, y se disponía a dejar de lado el asunto, cuando un niño de unos nueve veranos se situó junto a la muchacha y, llevándose repetidamente la mano a la boca en una serie de rápidos gestos, indicó que él mismo podía comerse cuatro o cinco de los cangrejos sin caparazón. Esto parecía absurdo, y Pentaquod se dio la vuelta, pero el audaz chiquillo le estiró del brazo y repitió la pantomima: podía realmente comerse cinco cangrejos blandos.

Cuando el grupo se dispersó para preparar desvencijados aposentos en que pasar la noche, Pentaquod se apartó de la playa para dirigirse a su propio wigwam; pero, antes de quedarse dormido, vio a Barbacortada de pie en el tosco umbral.

–Quédate con nosotros -dijo el hombrecillo.

Pentaquod no respondió.

–El werowance es ya viejo, y triste.

Ningún comentario.

–La muchacha que te ha dado las ostras es su nieta, y él se pone triste siempre que la ve.

Eso era inescrutable, pero el hombrecillo continuó:

–Su padre, el hijo del werowance, que debería estar ahora al frente de la tribu, murió de fiebre, y la muchacha le recuerda esa pérdida.

Pentaquod no veía razón alguna para responder a todo aquello, y el menudo intérprete permaneció en la oscuridad del umbral, satisfecho de observar la figura del alto susquehannock que había hecho aquel día tan memorable. Finalmente, cuando la noche cayó sobre el poblado, el antiguo esclavo de los susquehannocks se marchó.

En las semanas siguientes, los habitantes del poblado reconstruyeron sus wigwans e instruyeron a Pentaquod en su idioma, mucho más sencillo que el suyo. Aquella tribu vivía, en todos los sentidos, con mucha menos complicación que los susquehannocks; su

werowance tenía menos poder, y sus posesiones eran mas escasas. Su brujo no era tan formidable como los misteriosos chamanes del Norte, y habría resultado ridículo que intentara imponer decisiones de vida y muerte; era un echador de buenaventura y nada más.

El viejo werowance se llamaba Orapak; tenía más de sesenta años y no tardaría en morir, pero se le permitía conservar su puesto porque no había nadie que se lo disputara. Era un anciano sabio y ecuánime, y durante muchos años había librado de graves apuros a su tribu.

–Cuando los nanticokes vienen al Norte para luchar contra nosotros

-explicó-, nosotros huimos más al Norte. Y cuando los susquehannocks vienen al Sur para luchar contra nosotros, huimos hacia el Sur.

–¿No os lleva eso a la comarca de los nanticokes?

–No, porque cuando huimos hacia el Sur entramos en las marismas, y los nanticokes no se atreverían a seguirnos… -vaciló-. Mosquitos, ya sabes.

–Sí. He estado viviendo en la marisma este verano.

–Hombre valiente -dijo el werowance, y, luego, preguntó-: ¿Por qué creías que nos íbamos de nuestro poblado todos los veranos?

–¿Para qué sirven los mosquitos? – preguntó Pentaquod.

El anciano levantó los ojos hacia el cielo v respondió:

–El primer día, Barbacortada te contó cómo Manitú dio a este río todo, y, luego, una cosa más, el cangrejo. Bien, pues después de haberlo hecho, dijo: «Y ahora impediré que los hombres se vuelvan arrogantes», y agregó el mosquito.

–¿Por qué?

–Para recordarnos que puede hacer todo cuanto desee, y que nosotros debemos aceptarlo.

Pentaquod decidió que aquél era el momento de plantear la cuestión de su integración en la tribu.

–El río es excelente. He disfrutado de él cuando he vivido aquí solo.

El werowance estudió esta declaración y, luego, infló las mejillas, significando que apreciaba la importancia de las palabras pronunciadas. El susquehannock estaba señalando que había adquirido la posesión del lugar una vez que sus habitantes lo hubieran abandonado. Estaba insinuando un derecho de propiedad, aunque había allí muchos guerreros para impugnarlo. Orapak comprendía lo poderoso que era aquel extranjero; muy probablemente, podría derrotar a cualquiera de los guerreros, que hasta entonces no habían derrotado a nadie. Cautelosamente, dijo:

–Sería bueno que te quedases con nosotros -apresurándose a añadir- en el wigwam, que ya es tuyo.

–Me gustaría -respondió Pentaquod, y no se habló más del asunto.

Continuó ocupando su wigwam, que las mujeres le enseñaron a terminar debidamente, y empezó a cortejar a Navitan, la nieta del

werowance. A sus diecisiete años, ésta había observado a los jóvenes guerreros durante el campamento de verano, pero nada había sucedido, y ahora se mostraba receptiva a las insinuaciones del alto susquehannock.

Se casaron antes de la primera nieve. Las ancianas estaban encantadas de que Navitan se hubiera enamorado de un hombre tan audaz, y el chamán que ofició la ceremonia expresó su opinión de que el propio Manitú había enviado a Pentaquod para proteger aquel poblado.

En la división del trabajo común entre las tribus de orillas de la bahía de Chesapeake, Pentaquod se especializó en cortar grandes árboles, moldeándolos y quemando su interior para poder construir canoas. Se hizo también un auténtico experto en la caza de gansos, esas notables aves que él había conocido, simplemente, como pájaros grandes: talló dieciocho toscas imágenes de gansos en madera de roble y pino, las coloreó con pinturas de tierra descubiertas por la tribu y las situó en lugares estratégicos teniendo en cuenta la dirección de los vientos y el emplazamiento de la costa; estas figuras constituían un poderoso señuelo para los pájaros, que se acercaban tanto, que rara vez

fallaba con su fuerte arco. Pero se sentía turbado siempre que mataba un ganso; pues, aunque le agradaba el sabor de la carne asada, no le gustaba ver destruidos los majestuosos pájaros.

Fue a finales del invierno cuando llegó la noche triste, Navitan había estado buscando ostras en el arrecife, cuando vio comportarse de modo extraño a una bandada de gansos que se encontraban en un maizal. Los machos corrían unos tras otros, y los más pequeños se mostraban agitados, recogiendo ramitas como para construir nidos que sabían que no necesitaban. Un inquieto parloteo recorrió la bandada entera, cuando, de pronto, un viejo ganso, mucho más pesado que los demás, corrió torpemente unos cuantos pasos, batió sus grandes alas y se elevó en el aire.

Al instante, la totalidad de la bandada remontó el vuelo, describió varios círculos y, luego, emprendió resueltamente la marcha en dirección Norte. De otros campos que Navitan no podía ver, otras bandadas se elevaron también en el aire, y en cuestión de momentos el cielo quedó oscurecido por los grandes gansos, negros y grises, que volaban hacia el Norte.

–¡Oh! – exclamó Navitan, alertando al poblado-. ¡Se marchan!

Nadie necesitaba que le dijesen quién se marchaba. Los gansos, aquellos notables pájaros con los que la tribu se había alimentado durante generaciones, estaban abandonando el río. Dentro de nueve días no se divisaría un solo ganso por ninguna parte, y verles volar hacia el Norte, oírles graznar mientras se dirigían a los lejanos campos de hielo en que criarían a sus pequeños, constituía un momento de tristeza tal, que muchos de los hombres y mujeres ancianos se echaron a llorar, pues los grandes gansos habían sido sus calendarios y el medio para contar sus años.

Apareció entonces el werowance, pálido y con las piernas rígidas, vuelto el rostro hacia el firmamento, y, después de que hubiera pronunciado su bendición de los gansos, el chamán recitó la inmemorial oración:

«Gran Poder: Tú que velas por nosotros y dispones las estaciones, protege a los gansos que se separan de nosotros. Vela por ellos mientras vuelan a regiones lejanas. Encuéntrales grano para su largo vuelo y líbrales de las tormentas. Ellos son vitales para nosotros, son nuestra

protección del hambre, nuestros centinelas durante la noche, nuestros compañeros a lo largo del invierno, nuestra fuente de alimento y de calor, nuestros inquilinos en la tierra, nuestros vigías en el cielo, los guardianes de nuestros arroyos, los anunciadores de cuanto llega y cuanto se va. Gran Poder, protégelos mientras están lejos de nosotros, y, a su debido tiempo, tráelos de nuevo a este río, que es su hogar y el nuestro.»

Ningún niño produjo el más leve ruido, pues aquél era el momento más sagrado del año. Si los ritos no se efectuaban adecuadamente, los gansos podrían no volver, y el invierno en que tal cosa sucediese sería realmente terrible.

Pocas lunas después de haberse ido los gansos, llegaron los cangrejos para ocupar su puesto como fuente principal de alimento, y entonces descubrió Pentaquod qué querían decir los habitantes del poblado cuando afirmaban que Manitú, el Gran Poder, velaba especialmente sobre ellos. Fue un día de finales de primavera cuando Navitan le condujo a su canoa, dándole un cesto lleno de cabezas de pescado y ternillas de oso para que se lo llevase hasta allí. Aquella mezcla olía a demonios, pero Navitan le aseguró que aquello era lo que los cangrejos preferían, y él se preguntó cómo se podría sujetar aquel mejunje casi podrido a los curvados ganchos utilizados para pescar.

Para su sorpresa, su mujer no tenía ningún gancho.

–¿Qué clase de pesca es ésa? – preguntó, y ella sonrió, sin darle ninguna explicación.

Pero, una vez que Pentaquod hubo llevado la canoa hasta el lugar elegido por ella, la mujer sacó largas tiras de fibra retorcida e intestinos de ciervo, y ató a ellas cabezas de pescado y pedazos de cartilaginosa carne de oso, tras lo cual echó las cuerdas al agua por la popa de la canoa.

Pentaquod acechó los signos reveladores de que un pez había mordido el cebo, pero no se veía ningún movimiento, y llegó a la conclusión de que Navitan no cogería ningún cangrejo, pero, al cabo de un rato, sin aparente motivo para ello, la mujer empezó a recoger con la mano izquierda una de la cuerdas, al tiempo que sostenía en la derecha una larga pértiga a la que iba atado un cesto de mimbre. A medida que la cuerda iba saliendo del agua, Pentaquod vio que iba a

aparecer la primera cabeza de pescado, pero lo que no vio fue que, unido a ella, había un cangrejo que cortaba la carne con sus poderosas garras sin reparar en que estaba siendo casi sacado del agua.

Cuando el cangrejo estuvo visible para Navitan, ésta introdujo diestramente el cesto en el agua bajo el sobresaltado cangrejo y, levantándolo al intentar éste escabullirse, lo dejó caer en la canoa.

Pentaquod quedó estupefacto, y, cuando su mujer continuó tirando de la cuerda y cogiendo un cangrejo tras otro, comprendió que era aquélla una forma de pesca totalmente distinta de cualquiera que él hubiera practicado.

–¿Por qué no se alejan del cebo? – preguntó-. ¿No se dan cuenta de que vas a cogerlos?

–Les gusta que nos los comamos -respondió Navitan-. Manitú nos los envía con ese fin.

Pentaquod tocó cautelosamente uno de ellos y halló sumamente duro el caparazón, pero no pudo examinarlo con más detenimiento, pues las feroces garras saltaron al instante sobre él. Quedó más perplejo aún cuando Navitan llevó sus dos docenas de cangrejos al campamento y las echó en un puchero de agua hirviendo, pues a los pocos momentos adquirieron un vivo color rojo. Ella le enseñó luego cómo debía sacar la carne de los caparazones, y cuando hubo llenado un cuenco de barro, le dijo que lo dejase, pues sabía que era un trabajo fatigoso y aburrido: una docena de cangrejos solamente proporcionaban un puñado de carne.

Pero cuando cogió esta carne, como le había enseñado su madre, y la mezcló con hierbas, verduras y harina de maíz, y amasó pequeños pastelillos y los frió en chisporroteante grasa de oso, obtuvo uno de los platos más exquisitos que aquel río conocería jamás. «Pasteles de cangrejo», los llamó ella, y Pentaquod los encontró deliciosos.

–Hay algo mejor -le aseguró Navitan, y, como él lo dudara, le dijo que esperase a que llegara la época de la muda para los cangrejos, y un día le llevó cuatro que acababan de despojarse de sus caparazones y los frió directamente en grasa de oso, sin hervirlos ni picarlos primero.

–¿Cómo también las patas? – preguntó Pentaquod.

Y ella le instó a que las probara; cuando hubo acabado los cuatro, Pentaquod declaró que eran más suculentos de lo que hubiera podido

imaginar.

–Ahora eres uno más de nosotros -dijo Navitan.

Mientras se iniciaba en tan agradables costumbres, Pentaquod hizo un descubrimiento que le turbó: lo que Barbacortada le había dicho era cierto. Aquella tribu nunca se defendía de sus enemigos, y cuando llegaban los susquehannocks desde el Norte, o los nanticokes desde el Sur, no se hacía el menor intento de proteger el poblado. A sus moradores no parecía importarles lo que ocurriese; no montaban centinelas, no enviaban patrullas a custodiar las fronteras, no se dedicaban a maniobras de autodefensa. Por tanto, no sintió ninguna sorpresa cuando, una mañana, los niños acudieron corriendo para informar:

–¡Ya vienen otra vez los nanticokes!

Nadie mostró el menor pánico. Todos metieron las cosas esenciales en bolsas de piel de ciervo, ocultaron en el bosque cercano provisiones de víveres y huyeron. El werowance marchaba al frente de su pueblo, tan gallardamente como si fueran a la lucha, y lo condujo al interior de la zona que se extendía al noroeste de su poblado. Habían aprendido por frecuente experiencia que los nanticokes eran reacios a seguirles hasta aquella irregular zona, por lo que marchaban con la seguridad de que, al cabo de un cierto tiempo, durante el cual los invasores robarían todo lo que habían dejado allí y, luego, se retirarían entonando cantos de victoria, podrían regresar a sus hogares y reanudar su vida normal.

Pentaquod se sentía desconcertado ante esta actitud. Cuando los niños informaron que había comenzado la invasión, sintió deseos de enfrentarse al enemigo, darle una lección y hacerle retroceder a las regiones meridionales, pero el viejo werowance se habría opuesto, y tampoco ninguno de los habitantes del poblado habría querido combatir con los robustos hombres del Sur.

–¿Qué perdemos obrando así? – preguntó a Pentaquod una de las mujeres, mientras huían a la tierra surcada por abundantes brazos de ríos.

–Perdemos mi wigwam -replicó él, con tono airado.

–Un wigwam se puede construir en un día. ¿El pescado seco? ¿A quién le importa? El pato salado no lo encontrarán. Lo hemos escondido entre los robles.

Cuando la tribu llevaba ya escondida siete días, se consideró probable que los nanticokes hubieran causado ya sus estragos y se hubiesen retirado, mas era preciso enviar exploradores que confirmasen que se habían ido realmente. Nadie se ofreció voluntario para ello, por lo que Pentaquod, hablando también en nombre de Barbacortada, dijo:

–Iremos nosotros.

El intérprete, que había sido capturado una vez, no quería meterse en tal aventura, pero Pentaquod insistió, y, puesto que ir en compañía de aquel valiente susquehannock le conferiría un gran honor, el hombrecillo acabó accediendo a regañadientes.

Ningún espía en la larga historia de la región se movió jamás con tanta prudencia como lo hizo Barbacortada cuando entró en el territorio ocupado por los invasores. De hecho, era tal el cuidado que ponía en no hacer crujir tan siquiera una ramita, que Pentaquod comprendió el astuto plan del hombrecillo: avanzaría tan lentamente, que los nanticokes dispondrían de dos días más para marcharse.

Cuando él y Pentaquod llegaran finalmente al poblado, el enemigo estaría ya prácticamente de regreso en el suyo.

Pero Pentaquod tenía planes distintos y estaba decidido a ver qué clase de gente eran los nanticokes. No obstante, le resultaba imposible aguijonear a su compañero; fueron en vano sus burlas y sus apelaciones a la virilidad de Barbacortada. El hombrecillo se negaba a rebasar el prudente programa que se había trazado, y al final se agarró a un algarrobo, del que fue ya imposible separarle, por lo que Pentaquod continuó solo a lo largo del río.

Desde una eminencia, observó cómo la retaguardia de los nanticokes merodeaba por última vez en el capturado poblado, reuniendo los recuerdos finales de su incursión. Mientras el grueso de la tropa caminaba hacia el Este, entonando un canto de victoria en el que se narraba la feroz lucha con que habían sometido a los encarnizados defensores del poblado, cuatro guerreros se quedaron rezagados, forcejeando con algún objeto capturado que resultaba demasiado grande para ellos. Mientras los miraba, regocijado, Pentaquod no pudo resistir la tentación de realizar un gesto arrogante, aunque sabía que era disparatado y peligroso.

Saltando desde detrás de un árbol, lanzó su más feroz grito de guerra, blandió su lanza y se precipitó contra los cuatro sorprendidos nanticokes. Estos quedaron aterrorizados ante aquella aparición, aquel hombre cinco palmos mayor que ellos y mucho más ancho de espalda, y huyeron. Pero uno conservó la serenidad suficiente para gritar a los que caminaban delante:

–¡Los susquehannocks!

Al oír estas palabras, los saqueadores quedaron dominados por el pánico, abandonaron todo cuanto habían robado y se apresuraron con gran estruendo a una retirada desprovista por completo de dignidad.

Tan definitivos eran los sonidos de derrota, que hasta Barbacortada acabó saliendo de su escondrijo a tiempo para ver a su amigo Pentaquod blandiendo su lanza persiguiendo entre los árboles a un ejército entero de nanticokes. Nunca había imaginado Barbacortada que un solo hombre decidido pudiera igualar a cuatro sorprendidos nanticokes o a cuarenta aterrorizados, pero al ver las plumas en retirada de los bravos meridionales comprendió que había presenciado un milagro y empezó a componer la balada que inmortalizaría la victoria de Pentaquod:

Se lanzó, intrépido, entre los ladrones,

se enfrentó, poderoso, al innumerable enemigo.

Luchó ferozmente, indiferente al peligro,

arrojando los cadáveres por doquier,

aplastando las cabezas y retorciendo las piernas,

hasta que el exhausto enemigo chilló y tembló,

suplicando piedad, besándole, atemorizado, las manos…

Era un poema épico ajustado a la más exaltada tradición de la selva, y, mientras Pentaquod contemplaba los insignificantes daños causados al poblado y a su wigwam, escuchó con regocijo el canto. Le recordaba los cánticos de guerra que había oído de niño, cuando los susquehannocks regresaban de sus correrías contra las tribus del Sur; aquellos cantos habían descrito sucesos de increíble heroísmo, y él los había creído;

Y entonces los más bravos de los bravos susquehannocks,

Cherodah, y Mataloak, y Wissikan, y Nantiquod,

se arrastraron por la selva, avistaron la fortaleza

y, con violento coraje, saltaron sobre el enemigo…

Ahora se daba cuenta Pentaquod de que aquél era el poblado que sus antepasados habían atacado con tan indomable valor; los enemigos que habían sojuzgado eran los que nunca se habían enfrentado a ellos, pues se hallaban escondidos en las lejanas marismas. No había habido batallas, salvo en la imaginación de los antiguos poetas, que sabían que, cuando los guerreros marchan a la batalla, es obligatorio que haya cantos de victoria.

Y, sin embargo, aunque él conocía el fraude que tal conducta implicaba, cuando los habitantes del poblado regresaron tímidamente y vieron con satisfacción que esta vez no les habían sido arrebatados sus bienes, empezaron a cantar la composición de Barbacortada y a creerla. Pentaquod permanecía en silencio, con extraordinaria modestia, dejando que Barbacortada dirigiera las aclamaciones. Si el poblado se ha salvado, razonaba Pentaquod, ha sido gracias a mí, y aceptaré las consecuencias de mi acto. Fue aquella noche cuando los ancianos empezaron a pensar en él como un posible werowance.

Pero cuando llegó a la tribu la noticia de que los susquehannocks se estaban moviendo hacia el Sur, aunque Pentaquod aseguró a los habitantes del poblado que conocía ciertos trucos que podrían protegerlos -siempre que encontrase nueve hombres valientes que no huyeran-, el viejo werowance se opuso tajantemente a su propuesta.

–Lo único sensato es marcharse a las marismas. Llevamos muchos años haciéndolo, y durante todo ese tiempo hemos disfrutado de una buena vida, con abundancia de alimentos y hierbas de marisma suficientes con las que tejer de nuevo las paredes de nuestros incendiados wigwams. Que el enemigo tenga su triunfo si lo necesita.

Nuestra seguridad está en las marismas.

Lo extraño de esta política era que no aminoraba en absoluto la propia estima de los habitantes del poblado ni, ciertamente, debilitaba el prestigio de Pentaquod; éste había demostrado su valor contra los nanticokes, y Barbacortada había compuesto el canto épico. Pentaquod era un verdadero héroe, y no necesitaba repetir continuamente sus heroicidades para mantener su reputación. Mientras huía en compañía de los demás hacia la seguridad de las marismas meridionales, todos los hombres estaban convencidos de que, si hubiera querido enfrentarse a

los susquehannocks, Pentaquod habría podido hacerlo. En lugar de ello, prefería proteger a su esposa embarazada, y eso les parecía mucho más juicioso a los demás pobladores.

Mientras cruzaban el río, ocultaban sus canoas y se dispersaban por entre los cañaverales que saqueaban la orilla meridional, Pentaquod oyó dos relatos tribales que le fascinaron, y empezó a acosar a preguntas a los ancianos: «¿Decís que al Este, adonde vais en verano, hay un río mucho más grande que los que yo conozco?» «¿El agua es mucho más salada?» «¿Los pájaros son diferentes y ningún hombre ha visto jamás la otra orilla?» «¿Y está allí, continuamente, y una canoa no puede cruzarlo?» «¿Qué queréis decir con eso de que llegan a la orilla olas tan altas que derriban a un hombre?»

Se sentía tan excitado por sus descripciones y tan dispuesto a creer en ellas, puesto que todos coincidían, que manifestó su deseo de ir inmediatamente a ver aquella cosa maravillosa, pero el werowance dijo:

–Iremos allí en verano, para escapar de los mosquitos.

Así, pues, esperó.

La otra historia era increíble y mucho más importante que la descripción del gran río, pues contenía turbadoras implicaciones. La primera noticia le llegó de labios de Barbacortada, que dijo, con tono casual:

–Quizá, cuando la Gran Canoa vuelva castigue a los susquehannocks,

–¿Qué Gran Canoa?

–La que vino hace muchos inviernos,

–¿Adonde vino?

–Cerca de la isla.

–¿Cómo de grande era?

–Yo no la vi, pero Orapak sí la vio, y también Ponasque.

Se dirigió inmediatamente a Ponasque, hombre muy viejo ya, y le preguntó sin rodeos:

–¿Viste tú la Gran Canoa?

–Sí -respondió el anciano, mientras avanzaban por la marisma.

–¿Cómo de grande era?

–Como veinte canoas, cuarenta, una encima de otra. Se elevaba muy alto en el aire.

–¿Cuántos remeros?

–Ninguno.

Aquélla era la más ominosa declaración que Pentaquod había oído jamás, una Gran Canoa moviéndose sin remos. Reflexionó sobre ello durante unos momentos y, luego, preguntó ai anciano:

–¿Lo viste tú personalmente? ¿No es una de esas historias que se cuentan por las noches?

–La vi, al otro lado de la isla.

–¿Qué pensaste?

Los ojos del anciano se velaron al recordar aquel prodigioso día en que cambió su mundo.

–Sentimos todos mucho miedo. Todos, incluso Orapak. No podíamos explicar lo que habíamos visto, pero lo habíamos visto. El miedo nunca nos ha abandonado, pero, con el paso de los años hemos conseguido olvidar.

Indicó que no le agradaba que un extraño a la tribu reviviera aquellos lejanos temores y que no diría nada más.

Mediante prudentes interrogatorios, Pentaquod averiguó que todos los miembros de la tribu creían que la Gran Canoa había llegado realmente a la desembocadura del río; que su tamaño era enorme; que se movía sin remos. Una anciana añadió un detalle:

–Era blanca por arriba y de color oscuro en el fondo.

Pentaquod fue rumiando la inquietante noticia mientras se adentraban en el pantano, y, cuando llegaron a tierra relativamente firme en la que podía acampar, se acercó al werowance y le preguntó de sopetón:

–Orapak, ¿qué pensaste cuando viste la Gran Canoa?

El anciano contuvo el aliento y, luego, se sentó bajo un roble.

Reflexionó sobre lo que debía responder a aquella pregunta, consciente de que era algo que penetraba en el corazón mismo de la existencia de su tribu, y, al cabo, dijo lentamente:

–Yo no puedo entrar de nuevo en las marismas. Me resulta demasiado fatigoso y sé que está próxima la hora de mi muerte. Tú debes ser el próximo werowance.

–No te he preguntado eso, Orapak.

–Pero ésta es la verdadera respuesta a lo que has preguntado.

Pentaquod no lo entendió, pero el viejo jefe continuó:

–Cuando nos congregamos aquel día en la orilla para ver la Gran Canoa mientras avanzaba lentamente hacia el Norte, todos vimos lo mismo. Probablemente, lo sabes ya por las preguntas que has estado haciendo.

Pentaquod asintió con la cabeza. Estaba convencido de que aquel recuerdo tribal no era un simple canto compuesto por algún antepasado imaginativo como Barbacortada. Satisfecho sobre aquel punto, el anciano prosiguió:

–Cuando los otros vieron la Canoa y se aseguraron de que era real, regresaron al poblado, pero mi abuelo, que era entonces el werowance,

nos llevé a mí padre y a mí a la costa, y nos escondimos en la selva cuando la Canoa se acercó, y vimos que contenía hombres muy parecidos a nosotros y, sin embargo, muy diferentes.

–¿En qué?

–Su piel era blanca. Sus cuerpos eran de alguna sustancia distinta, pues relucían al recibir los rayos del sol.

Eso era todo lo que el anciano sabía, y, puesto que ninguno de los otros le había hablado de aquellos sorprendentes hechos, comprendió que se trataba de un conocimiento privilegiado, sólo poseído por la sucesión de werowances. Al compartir con él aquel conocimiento sagrado de los cuerpos relucientes, Orapak estaba transmitiendo a Pentaquod la carga de la jefatura. No necesitaba advertirle que no debía hacer ninguna mención de lo que la Gran Canoa contenía realmente, pues estaba claro que volvería algún día, trayendo consigo el enigma de los hombres de piel blanca y cuerpos que reflejaban la luz del sol,

–Volverán, ¿verdad? – preguntó Pentaquod.

–Sí.

–¿Cuándo?

–Todos los días de mi vida me he levantado al amanecer con una pregunta en mi mente: ¿Es hoy el día en que volverán? Esa carga es ahora para ti. No te acostarás nunca por la noche sin preguntarte:

¿Vendrán mañana?

Enterraron en las marismas, lejos del río que había amado, al viejo y prudente werowance, un cobarde que había perdido decenas de veces

su poblado, pero nunca un solo hombre en combate. De su agotado y consumido cuerpo retiraron el disco de cobre que simbolizaba su jerarquía y se lo ofrecieron a Pentaquod, pero éste rehusó tomarlo, pues tales discos de autoridad no formaban parte del ritual de los susquehannocks. En lugar de ello, se colocó sobre la cabeza tres largas plumas de pavo, de modo que destacaba más ostensiblemente aún sobre sus menudos subordinados, y Barbacortada recitó su poema épico de cómo el nuevo werowance había derrotado una vez a los nanticokes, solo y sin ayuda de nadie. Y, así, la tribu se convirtió en una más de la extraña procesión de naciones que eligen como jefe a alguien que ni siquiera pertenece a la tribu.

La primera prueba a que se vio sometida la jefatura de Pentaquod tuvo lugar cuando los nanticokes emprendieron la marcha hacia el Norte en su incursión tradicional. Las mujeres dieron por supuesto que la tribu huiría hacia el Norte del modo acostumbrado, pero algunos de los guerreros más jóvenes, contagiados por la épica de Barbacortada, consideraban que debían quedarse y pelear.

–Con Pentaquod para dirigir la batalla -argumentaban-, podríamos rechazar a los invasores y poner fin a nuestra vergüenza anual.

La idea le resultaba tentadora a Pentaquod como hombre, pero en su calidad de werowance, de quien dependía la seguridad de la tribu, tenía que pensar con más cautela. No podía sacrificar despreocupadamente a ningún hombre, pues el suyo era un grupo pequeño, aterrorizado y trivial. Una dura derrota podría desmoralizarlos, privándoles de la base necesaria para una existencia continuada. Además, su memorable victoria sobre los cuatro guerreros nanticokes la había obtenido por sorpresa, y no estaba nada seguro de que aquello pudiera repetirse. Dijo a los jóvenes guerreros:

–Adelantémonos a observar cómo se acercan esta vez los nanticokes.

Así, pues, él y dos de los más excitables jóvenes guerreros, se internaron sigilosamente en los bosques, corriente arriba y cruzaron a nado el río hasta la otra orilla. Allí, se ocultaron hasta que aparecieron los ruidosos nanticokes, y, como Pentaquod había sospechado, esta vez no se movían sin centinelas y sin exploradores. No habría sorpresas en aquella expedición, pues estaban preparados.

El entusiasmo de los jóvenes guerreros se desvaneció. Consternados, regresaron para informar a los demás.

–Avanzan como un ejército bien preparado. Será mejor que nos vayamos a los ríos.

Y, con un bien dispuesto Pentaquod al frente, huyeron.

Cuando regresaron al poblado, fue Pentaquod quien pasó revista a los daños causados; no eran grandes, pero sí humillantes, y juró: «No lo volverán a hacer.»

Aquel verano no permitió que su gente abandonara el lugar por causa de los mosquitos.

–Nos quedaremos aquí y lo fortificaremos. Tenderemos astutas trampas por los accesos, y todos los hombres se adiestrarán en el manejo de las armas. El que se queje de los mosquitos no comerá cangrejos.

Fue un duro verano. Los mosquitos eran terribles; al anochecer, centenares de ellos se lanzaban sobre cualquier brazo o rostro que permaneciera descubierto, y los habitantes del poblado se mantenían cerca de humeantes calderos cuando se ponía el sol. Se embadurnaban con grasa de oso, dormían con mantas en torno a la cabeza y se levantaban exhaustos por el pegajoso calor que les había estado haciendo sudar en la oscuridad. Pero les alentaba la perspectiva que su joven y alto werowance ponía ante sus ojos:

–¡Menuda sorpresa se van a llevar los nanticokes cuando vengan este año!

Poniendo repetidamente a prueba a sus jóvenes, adquirió la seguridad de que se mantendrían firmes y sabrían ejecutar su acción por sorpresa.

Utilizó todas las ideas militares desarrolladas por los susquehannocks e inventó otras apropiadas a la situación, y cuando los mosquitos desaparecieron a principios del otoño dejaron tras de sí un poblado preparado para defenderse.

Los jóvenes ardían en deseos de que llegaran los nanticokes, pero algún suceso inesperado acontecido en el Sur retrasó la acostumbrada expedición, y los emplumados guerreros comenzaron a irritarse.

Pentaquod, sabiendo que debía mantener el entusiasmo de sus hombres, dividió la tribu en bando, situando uno contra otro, y así

perfeccionaron su estrategia. Y un frío día de comienzos del invierno, cuando los gansos se alineaban ya a lo largo del río, los exploradores trajeron la noticia:

–¡Vienen los nanticokes!

Los meridionales llegaban con su aplomo y su estrépito habituales, con sólo unos pocos e indolentes batidores en vanguardia; después del ataque por sorpresa de que habían sido objeto por parte de Pentaquod, se habían mostrado un poco más atentos a los detalles, pero ahora, como había predicho a los suyos, volvían a comportarse con negligencia. Cruzaron el bosque como si se estuvieran corriendo una juerga, vadearon el río como si hubiesen ido allí a bañarse y divertirse y se desparramaron por la orilla del río como si concurriesen a una fiesta.

Y llegaron al lugar en que se encontraban las cuidadosamente formadas tropas de Pentaquod. Brotaron flechas desde detrás de los árboles y aparecieron hombres armados de lanzas, mientras el suelo cedía bajo el peso de los invasores, haciéndoles caer a los disimulados hoyos, y resonaban extraños sonidos por la selva, e incluso aparecían mujeres enarbolando palos. El desconcierto y el dolor hicieron presa en los nanticokes, que, al final, no pudieron hacer más que huir, dejando tras ellos más de veinte prisioneros. Jamás habían conocido un desastre semejante.

Los habitantes del poblado, al encontrarse con una victoria tal, sin precedentes en su pueblo, y con una veintena de cautivos, no sabían qué hacer. Desconocedores por completo de la guerra, a excepción de las retiradas que causaba, no tenían ni idea de lo que debían hacer con los prisioneros, y cuando Pentaquod explicó que en el Norte los susquehannocks hacían tres cosas, escucharon atentamente.

–A los heridos los matamos. A los fuertes los hacemos esclavos. A los rápidos los devolvemos a su pueblo con mensajes insultantes.

Todos mostraron su aprobación a estas sugerencias, sin darse cuenta de sus implicaciones, pero su werowance continuó:

–Pero nosotros no hemos herido a nadie, así que no hay nadie a quien matar.

La mayoría comprendieron el sentido común de estas palabras e incluso aplaudieron, porque no les agradaba matar.

–Nosotros no necesitamos esclavos, porque no hay trabajo para ellos, y si el trabajo lo hacemos nosotros, también tendríamos que prepararles comidas.

Esto era igualmente irrefutable.

–Y no creo que debamos enviar mensajes insultantes a los nanticokes. Queremos que sean nuestros amigos, no nuestros enemigos.

Para algunos, ésta era una decisión sorprendente. Muchos, especialmente los que no habían participado en la batalla, deseaban humillar a su enemigo y habían ideado hábiles formas de hacerlo; les disgustaba que Pentaquod predicase la conciliación, pero éste encontró apoyo en un sector inesperado.

Los jóvenes guerreros que habían permanecido detrás del primer árbol, donde habían funcionado las trampas, confesaron haberse sentido aterrorizados y que, si algo hubiera salido mal, habrían sido rodeados y muertos.

–Es mucho mejor que los nanticokes vengan como amigos -

razonaron-. Agasajemos a los prisioneros, hablemos con ellos y enviémoslos al Sur con nuestro respeto.

Tan pronto como fueron pronunciadas estas palabras, Pentaquod exclamó:

–¡Hagamos eso exactamente!

Prevaleció su consejo, y se celebró el banquete, con ganso, y venado, y ñames, y pescado cocido, y calabaza endulzada con zumo de tallos de maíz, y se fumó tabaco en largas pipas, que pasaban de mano en mano.

Uno de los nanticokes de buena familia dijo al terminar:

–Informaremos a nuestro pueblo de que ya no somos enemigos.

Y el Sol se levantó antes de que los nuevos amigos se separasen.

Este dramático cambio de situación produjo en el poblado un sentimiento de profunda excitación, y las conversaciones se tornaron audaces e incluso temerarias.

–Nunca más abandonaremos nuestro poblado a los nanticokes.

Hemos demostrado que podemos luchar mejor que esos necios. Un día de éstos marcharemos hacia el Sur sobre sus poblados, y verán el cambio que se ha producido.

Pentaquod no hizo caso de estas fanfarronadas; se daba cuenta de que era la misma jactancia que practicaban los guerreros

susquehannocks cuando él era niño; pero cuando oyó a sus hombres decirse mutuamente que todo el sistema del mundo quedaba alterado con su victoria, se sintió preocupado. Y cuando alardearon de que la próxima vez los susquehannocks bajasen del Norte habría guerra, les hizo callar.

–Los susquehannocks no son nanticokes -advirtió-. Ninguna de nuestras estratagemas les engañaría, porque son estratagemas susquehannocks, y ellos las utilizan contra sus enemigos.

Les habló durante largo tiempo, y, luego, se le ocurrió una afortunada metáfora. Bajando la voz e inclinándose hacia sus entusiastas guerreros, dijo:

–Entre los susquehannocks, yo era un hombre pequeño.

Su estatura era tan grande al decir esto, su torso tan ostensiblemente más ancho que el de ellos, que se quedaron sin aliento.

–¿Qué haremos cuando vengan otra vez? – preguntaron subyugados.

–Cruzaremos el río, esconderemos las canoas y nos adentraremos en las marismas -dijo, y les dirigió hacia las marismas.

En la década que siguió (1586-1595 por el calendario occidental), Pentaquod se convirtió en el mejor werowance que jamás había conocido su pueblo. Era un hombre alto, valeroso y afable, puesto al frente de un pueblo pequeño y asustado. Cuando su tribu emprendía la marcha hacia el Este, en dirección a las Grandes Aguas, él abría el paso y llevaba su parte de la carga, y en las raras ocasiones en que tuvieron que huir a las marismas meridionales, les servía de aliento su capacidad de absorber tal ignominia sin perder el buen humor.

Ya no tenían que ocultarse en los ríos septentrionales, porque había concertado una paz duradera con los nanticokes, y las dos tribus comerciaban ahora, en lugar de pelear: carne seca de venado para los nanticokes, brillantes conchas de roanoke para ellos. Había incluso intercambios de visitas, que eran beneficiosas, pues los que regresaban se jactaban con perverso orgullo:

–Nuestros mosquitos son el doble de feroces que los suyos.

Pentaquod y Navitan tuvieron un hijo que heredaría el título, y luego otro, y todas las cosas prosperaron. Él condujo a su pueblo hacia el Este, hasta el supremo río, y vio allí sus saladas olas elevarse a mayor

altura que su cabeza y estrellarse fragorosamente y con enorme fuerza contra la costa. Un día, mientras permanecía allí extasiado, fulguró en su mente una idea: Sí la Gran Canoa es capaz de surcar las aguas de este río de tan enorme poder, tiene que ser de tamaño tremendo, y los hombres que lo tripulan habrán de ser más grandes aún que los susquehannocks. Y contempló el océano con espanto y admiración.

Había otros misterios. En alguna noche sin estrellas, un niño gritaba a distanciados intervalos: «¡Allí está la luz!», y en la selva, al otro lado del río, brillaba un destello, y se movía como si estuviese dirigido por demonios, y se detenía, brillando ominosamente en la oscura noche. En el poblado, los padres hacían callar a sus hijos, y nadie hablaba de ello. Durante toda la larga oscuridad, la gente permanecía al borde del agua, mirando obsesiva y fijamente, preguntándose quién o qué podía estar moviéndose por la orilla meridional, pero nunca había una explicación satisfactoria, solamente aquella parpadeante luz que emanaba de alguna fuente desconocida.

Hacia el amanecer, se desvanecía y no volvía a aparecer en varios años.

Un misterio mayor se refería a la bahía. Se hallaba a poca distancia al Oeste, pero rara vez la veía ningún habitante del poblado, y nunca se aventuraban hasta ella. En todas sus generaciones de vivir a orillas del agua, no habían descubierto la vela, ni el hecho de que los hombres podían moverse sin remos a través de ríos y bahías; para ellos, la bahía era algo ajeno. Su abundancia de peces, cangrejos y ostras estaba vedada, y todo lo que sabían de aquel gran río de ríos era que se trataba de la ruta por la que atacaban los feroces potomacs. Estaban contentos con dejar aquella espléndida masa de agua a sus enemigos, y nunca conocieron la grandeza de la puesta de sol en las anchurosas aguas ni el nacimiento de una súbita tormenta.

Creían que en las noches en que se aproximaban acontecimientos portentosos, Pescador Patilargo llegaba al río cuando las estrellas comenzaban a palidecer, lanzando fúnebres kraannks para advertir de inminentes prodigios. Entonces se agazapaban todos en la oscuridad, escuchando, aterrorizados, los sonidos que retumbaban desde los árboles inclinados sobre el agua.

En una de aquellas noches de 1596, cuando lejanas naciones se preparaban para invadir la bahía, grandes bandadas de garzas azules

remontaron el vuelo desde los pantanos y se dispersaron por el paisaje antes del amanecer, dirigiéndose a los estuarios en busca de los peces de rápidos movimientos. Sus gritos llenaron la noche, pero, si bien turbaron a los hombres y mujeres que no tenían tranquila la conciencia y sí algo que temer, no causaron ninguna aprensión en Pentaquod, porque sabía que se habían congregado para señalar el nacimiento de su tercer hijo, y antes de que saliera el Sol oyó el tranquilizador llanto.

–¡Una niña! – informó la comadrona, mientras salía corriendo de la choza en que había tenido lugar el parto.

–Estoy contento -respondió gravemente Pentaquod, pero su alegría era mucho mayor de lo que su escueto comentario daba a entender.

Siempre había deseado una hija que le sirviera de consuelo cuando se retirase de la guerra, y al fin tenía una. Tan pronto como fue decoroso que visitase la choza del parto, se agachó y pasó bajo las ramas de pino y las ristras de bellotas para coger las manos de su mujer.

–Estoy contento -dijo, y se le permitió ver a la recién nacida, tan pequeña que costaba creer que fuese descendiente suya.

Con los dedos índices separados, indicó a su feliz esposa lo diminuta que era aquella niña, por completo diferente de sus dos hermanos al nacer. Se echó a reír y, luego, levantó la criatura y se la acercó a la mejilla.

–Se llamará Tciblento -dijo, y la niña se convirtió en la cosa más preciosa de su vida, la alegría de sus últimos años.

Le enseñó la ciencia del río: dónde se agrupaban los gansos y cómo observar a los castores en su trabajo, y las tiras de brezo que debían cortarse para un wigwam, y cómo quemar la médula de un árbol para hacer una canoa. La muchacha aprendió a bucear en busca de ostras y a pescar cangrejos, y, a instancias de él, se convirtió en una excelente cocinera.

Pero era la gracia de sus movimientos lo que más le complacía: era tan diestra como un cervatillo para escabullirse entre dos árboles. El suave color de su piel era también como el de un ciervo, y nunca era mayor su hermosura que cuando aparecía de pronto desde detrás de un árbol mientras trabajaban en la selva…, inesperada, de ojos radiantes y gestos rápidos.

Una vez, mientras él trabajaba entre los árboles, buscando pinos con los que se pudieran hacer canoas, la encontró dormida en un lecho de agujas de pino, con los cabellos negligentemente desparramados sobre el pecho. Los ojos se le llenaron de lágrimas, y murmuró:

–Tciblento, Tciblento, ¿por qué naciste en los días de cambio?

Barruntaba que durante la vida de su hija volvería la Gran Canoa y crearía terribles dificultades mientras ella tratase de acomodarse al nuevo mundo que aquélla traería. Mientras la miraba, se posó en tierra una garza azul que lanzó su melancólico kraannk, y, sin despertarse, la muchacha se retorció un extremo de su mata de pelo.

Las garzas no gritaban al azar; mandaban avisos. Y él recordó que la noche en que su hija nació habían sido avisados los choptanks.

Debe advertirse que esta pequeña tribu no se denominaba a sí misma los choptanks; ese nombre vendría mucho más tarde y sería puesto por extranjeros. Ningún grupo tan poco importante tendría la presunción de apropiarse un nombre. Eso quedaba reservado a otros, como los poderosos susquehannocks (procedentes del no de aguas

tranquilas), o los astutos nanticokes (los que surcan las mareas) o los brutales potomacs que imperaban al otro lado de la bahía (los que viven

donde nacen los dioses). Pero los componentes del pequeño grupo de ineptos pescadores de Pentaquod se llamaban a sí mismos Nosotros, o Nos, o, a veces, La Gente. El mundo los recordaría como los choptanks.

Tampoco llamaban con ese nombre a su río; en realidad, no lo concebían como una entidad, con un distante comienzo y una terminación en la bahía. Se conformaban con conocer su pequeño trecho de río, y les habría asombrado saber que dominaban sobre todo un sistema acuático que algún día sería conocido por su nombre.

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