Bahía de Chesapeake
La Isla
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
–Nunca la olvidaré -respondió Ralph.
–Y no debes olvidarla -admitió rápidamente Edmund, añadiendo, cuando su mujer frunció el ceño-: Quiero decir, en el
sentido de recordarla como una muchacha excelente. Pero ella se ha ido, Ralph, y tú has descubierto lo que significa ser católico.
El muchacho debió sentir la tentación de gritar: «¡No quiero ser católico!», pero, en lugar de ello, cruzó las manos sobre su regazo y bajó la cabeza.
–Siempre he querido ser un buen católico -dijo-. Creo que debería ser sacerdote.
–¡Vamos, Ralph! – empezó su madre.
Pero Edmund detuvo sus protestas, y dijo:
–¿Tienes verdadera vocación?
Les propuso ir a la capilla, y, cuando estuvieron dentro, con los moscardones zumbando contra el grueso cristal importado de Holanda, preguntó a su hijo si había oído hablar alguna vez del beato Edmund Campion, y habló durante varias horas de aquel luminoso espíritu. Recordó las tradiciones del movimiento clandestino católico en Inglaterra, y, especialmente, cómo él mismo había negado a la Iglesia durante un breve período de tiempo, hasta el momento en que despertó ahogado casi por los remordimientos.
Fue en esas circunstancias cuando decidió ir a un nuevo mundo donde pudiese practicar su amor a Dios del modo que el propio Dios había ordenado.
Los padres de Ralph creían firmemente que sólo una Iglesia podía representar la voluntad de Dios y, en prueba de ello, citaron las solemnes palabras que resolvían de manera definitiva la cuestión para las personas juiciosas. Cogiendo la pesada Biblia que Edmund había importado de Inglaterra, la traducida por los eruditos del rey Jacobo, la abrieron por la página en que el propio Jesús creó la única y verdadera religión:
Y yo te digo a ti que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré yo mi Iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.
Yo te daré las llaves del reino de los cielos, y cuanto atares en la tierra será atado en los cielos, y cuanto desatares en la tierra será
desatado en los cielos.
–Esta fue la verdad que sostuvo a nuestra familia -dijo Edmund-, lo mismo que sostuvo a Campion y que te sostendrá a ti.
Dijo a Ralph que, si estaba experimentando una verdadera vocación hacia la Iglesia, ninguna llamada podría ser más profunda, y que, si quería hacerse sacerdote, debía dedicar ya su vida a esa alta finalidad.
–¿Cómo? – preguntó el muchacho.
–En Virginia es imposible -dijo Steed, excitado ante la posibilidad de que los Steed de Devon pudieran dar un sacerdote-.
Lo que haremos, Ralph, es enviarte a Londres con el capitán Hackett, y, desde allí, debes viajar a Roma, al seminario para ingleses.
En éxtasis, cogió las manos de su hijo y sugirió que se arrodillaran todos para rezar.
–Estás pisando el sendero de los mártires.
El plan no pudo llevarse a la práctica. En su siguiente arribada a Jamestown, cuando Ralph se disponía a subir a bordo, el capitán Hackett, desorientado por los enormes beneficios que se obtenían con el tráfico de esclavos, anunció que, probablemente, nunca regresaría a Inglaterra.
–Me voy a Luanda.
–¿Dónde está eso? – preguntó Edmund, impaciente por mandar a su hijo a Roma.
–Portugal. Un punto de embarque en África.
Esto no tenía sentido, y Steed pidió una explicación, de modo que Hackett expuso los hechos:
–Luanda es una miserable ciudad que Portugal posee en África.
Los árabes capturan esclavos en la selva y los llevan encadenados hasta Luanda, para su embarque. Nosotros cargamos allí el Victorious, y vosotros tenéis aquí esclavos.
Pero no resultó tan sencillo. Navegó directamente hasta Luanda, y abarrotó las fétidas bodegas de su barco con grandes cantidades de negros; pero a los tres días de viaje, o quizá cuatro, el barco zozobró y se hundió en el mar, junto con Hackett y todos los esclavos encadenados a las amuradas.
Los dos Steed regresaron a Devon, donde Martha les consoló.
Insistió en que, si Dios había impedido su contrato por el capitán Hackett, debía de ser con una finalidad concreta, pero, no bien había pronunciado estas palabras, cuando una pinaza llegó al río Devon con sorprendentes noticias que transformarían la historia de los Steed. La pinaza procedía no dé Jamestown, sino de un punto situado al otro lado de la bahía, en las proximidades de la desembocadura del Potomac, y transportaba, precisamente, un sacerdote católico llamado padre Whitson. La información que traía apenas resultaba comprensible.
–Esta isla ya no forma parte de Virginia -dijo, casi tartamudeando a consecuencia de su excitación y su júbilo-. El rey ha ordenado que se funde una colonia católica en su Nuevo Mundo.
Ahora pertenecéis al palatinado de Maryland.
Eran unos cambios tan radicales, que necesitó bastante tiempo para explicarlos. Habló de George Calvert, Lord Baltimore, que se había convertido al catolicismo en los últimos años de su vida, permitiéndosele, no obstante, desempeñar el cargo de consejero del rey Jacobo. Había intentado fundar una colonia en la lejana Nueva Inglaterra, pero el proyecto se había frustrado, y ahora el rey Carlos, de quien muchos sospechaban que era secretamente católico, le había concedido un nuevo dominio situado al norte de Virginia y que llevaría el nombre de la reina María.
El padre Whitson tenía muchas otras revelaciones que compartir, pero antes de que pudiera hacerlo, Edmund Steed dijo:
–Padre, ¿podríamos dirigirnos a nuestra capilla para oír misa?
–¿Capilla?
Steed le precedió hasta el tosco edificio, y, al verlo, el padre Whitson quedó sin habla. Se arrodilló ante la cita del Génesis y rezó una oración; había sido puesto a prueba en los fuegos de Douai y Roma y había sobrevivido a los peligros mortales de la misa clandestina en Inglaterra, pero esta visible prueba de fe le desconcertaba. Al incorporarse, murmuró:
–Hasta en el desierto.
Después de extender un paño sobre el altar y sacar de su bolsa de lona los utensilios rituales, dio comienzo a la ceremonia, y Edmund sintió un nudo en la garganta mientras las nobles palabras latinas -las mismas que en cualquier misa celebrada en cualquier lugar del mundo- se repetían una vez más y en aquellos parajes.
Llegaron luego los dulces misterios del cuerpo y la sangre, y cuando la hostia tocó su lengua, Edmund comprendió que había vuelto a los brazos de su Iglesia. El padre Whitson, mirando los rostros de aquella familia arrodillada, experimentó una emoción más profunda de lo que había sentido jamás, ni aun en aquellas misas celebradas a medianoche en las granjas de la Inglaterra rural, pero había algo más.
Cuando se disponía a guardar sus cosas, Martha Keene hincó la rodilla ante él y murmuró:
–Padre, debe usted bautizar a nuestros hijos.
Y, cuando lo hubo hecho, añadió:
–Ahora, por favor, cásenos.
–¿No estáis casados? – preguntó él, mirando a los tres hijos.
–No -respondió ella, simplemente, no queriendo turbarle con el relato de su matrimonio indio.
Les pidió que se arrodillaran, y abrió su misal por la página de la ceremonia que une a los católicos, pero, al ver las palabras y los tres hijos, comprendió lo inadecuado que resultaría el ritual ordinario en aquella frontera del espíritu humano.
–Padre celestial -oró-, permítenos unir en la Tierra lo que Tú has unido ya en el Cielo.
Y les dijo:
–Estáis casados.
Los meses siguientes trajeron muchos motivos de perplejidad para los Steed. Al anunciarse la creación de una Maryland católica, habían supuesto que las colonias experimentarían la misma clase de terror que había invadido Inglaterra siempre que se producía un cambio en la religión oficial, y Edmund al menos pensaba con fruición en la posibilidad de saldar cuentas con ciertos empedernidos protestantes que le habían causado complicaciones.
Pero los hijos de Lord Baltimore, que habían heredado del palatinado tras la prematura muerte de su padre, no eran incendiarios ni verdugos. Después de su recorrido inicial por la nueva colonia, el padre Whitson regresó para exponer la ley.
Primero, entregó a los Steed un documento impreso: Se advierte a los católicos del palatinado bajo las más estrictas prevenciones del propietario que no deben celebrar misas en público ni con ultrajes a los practicantes de otra religión. Ningún católico debe hablar mal de nadie que pertenezca a otra religión, ni comportarse de forma reprensible. No habrá procesiones ni manifestaciones públicas, ni iglesias fastuosas, ni ninguna otra cosa que pueda agraviar. Los sacerdotes no procederán de forma ostentosa ni participarán en asuntos de gobierno. Debe prevalecer un espíritu de amistad en todo el palatinado, y son bien venidos los hombres de todas las religiones, siempre que reconozcan la existencia de Dios, la inmortalidad de su hijo Jesucristo y la santidad del Espíritu Santo.
–Esas son las reglas -explicó el padre Whitson-, y deben ser obedecidas bajo pena de severos castigos.
–¿Se avergüenza el propietario de ser católico? – preguntó Ralph.
–Trata de conseguir un palatinado pacífico -respondió el sacerdote-. Y la conversión de los indios a la verdadera fe.
–Nosotros no tenemos ningún contacto con nuestros choptanks
-repuso Edmund.
–¿Han llegado muchos católicos al otro lado de la bahía? –
preguntó Ralph.
–Docenas. Y cada nuevo barco trae más.
–Entonces, los jueces, los recaudadores de impuestos y los maestros, ¿serán todos católicos?
–No. Nosotros no cometeremos los errores que ha cometido Nueva Inglaterra. Maryland no será una teocracia.
Ralph no conocía esta nueva palabra, pero juzgó que no presagiaba nada bueno para su religión.
–¿Cuál es la ventaja? – preguntó.
–La paz -respondió el padre Whitson.
Y no se trataba de un objetivo ilusorio, aunque las alabanzas profusamente derramadas sobre el palatinado por su tolerancia no siempre estaban justificadas. Maryland fomentó sinceramente la paz con sus indios y, como consecuencia, sufrió menos guerras que otras colonias (pero en un acceso de desesperación, el Gobierno lanzó una cruzada para aniquilar a los nanticokes); y proclamó la libertad religiosa en su noble ley de Tolerancia Religiosa (salvo que los judíos y otros herejes que negaban la Trinidad podían ser ejecutados).
Los Steed tardaron mucho tiempo en comprender la estructura filosófica de este nuevo concepto de colonización; ellos querían una cruz católica en el centro de cada asentamiento y un sacerdote portando un mazo en todas las reuniones, y les resultaba difícil creer que pudiera sobrevivir ningún sistema menos absoluto. Los católicos habían ganado el derecho a una nueva colonia en América; que les dejasen disfrutarla. Pero el padre Whitson, con la
vista fija en la costa oriental, decidió de otro modo, y no se construyeron catedrales.
Pero había un punto en el que coincidían los Steed y su sacerdote. Virginia era un enemigo al que había que mantener a raya, y si eran precisas armas para lograrlo, las tenían.
Así empezaron las complicaciones. La concesión real por la que se creaba Virginia fue una de las más generosas y absurdas de la Historia; otorgaba al pequeño grupo de hombres desembarcados en Jamestown dominio sobre todas las tierras que se extendían entre el Océano Atlántico y el Pacífico en una expansiva cuña que abarcaba casi todo el norte de Florida por el Sur -incluyendo la mitad de Texas y toda California- y todo lo situado al sur de una línea trazada desde Nueva York hasta un punto del norte de Alaska.
En términos aproximados, se concedía a Virginia nueve décimas partes de lo que más tarde pasaría a ser los Estados Unidos, así como buena parte del Canadá, y hombres como el capitán John Smith se proponían conservar lo que les había sido dado.
Ciertamente, no permitirían que una pequeña isla en la orilla Oriental pasara a Maryland, y les repugnaba la idea de que un renegado como Edmund Steed, un católico al que expulsar, conspirase para incluir la isla Devon en el palatinado.
Los dirigentes de Jamestown enviaron una pinaza armada para capturar Devon; un gobernador iba a bordo de ella para asumir el control político, pero no llegó a desembarcar. Edmund Steed, su esposa Martha y sus tres hijos se situaron a lo largo del río cuando la embarcación trató de internarse por él y mataron a dos marineros. El llamado gobernador gritó que aquello era un motín, a lo que el joven Ralph replicó:
–No es motín. Es rebelión.
Cuando uno de los Steed disparó contra el gobernador, la pinaza se retiró.
Amenazaba la guerra, y fueron enviados refuerzos desde los asentamientos occidentales de Maryland, pero un juicioso estadista de Virginia comprendió la locura que implicaba semejante acción y halló una buena reacción cuando propuso a los funcionarios de Maryland someter a negociación los problemas. Se mandó llamar a Steed, y éste cruzó la bahía esperando ser alabado por su firme defensa del palatinado, pero, en lugar de ello, fue reprendido:
–Nosotros no queríamos que se produjesen muertes -dijeron los hombres de Lord Baltimore-. Vamos a enviar una comisión a Jamestown para resolver este asunto.
–Iré con mucho gusto -dijo contritamente Steed.
–Ciertamente, no queremos que vayas tú…, ni los de tu clase.
El propietario nos ha ordenado expresamente desde Londres que no enviemos a nadie de fe católica, con el fin de no provocar irritación.
–¡Maldita sea! – estalló Steed-. ¿Es un delito ser católico? ¿Es un delito defender una colonia católica?
–Mi querido amigo -replicó el hombre que dirigía las negociaciones-, nunca ha sido delito ser católico…
Y, con mojigata palabrería, pasó a exponer el nuevo estado de cosas, y Steed pensó: Él no puede recordar cuando era un delito, pero nosotros, los Steed, sí.
Hasta el padre Whitson le reprendió por haber abierto fuego contra el barco oficial de la colonia de Virginia.
–¡Diablos! – exclamó Steed-. ¿Qué quería que hiciese?
¿Entregar mi isla a esos piratas?
–La habríamos recuperado por medio de negociaciones -le aseguró el sacerdote.
–¡Jamás! No conoce a esos malditos virginianos.
Y, a partir de aquel momento, los Steed no aludieron nunca a sus vecinos de aguas abajo sin emplear el adecuado y descriptivo adjetivo de malditos. Un hombre de Maryland tenía que vigilar sus
redes de cangrejos, o los malditos virginianos le robarían sus capturas; tenía que proteger sus caladeros, o se vería despojado; sus ostras se hallaban en constante peligro de robo; y los virginianos conspiraban codiciosamente por apoderarse de cada pulgada de suelo. Un católico como Steed, que se vanagloriaba de obtener un tabaco comparable al del York o el Rappahannock, debía extremar la vigilancia, o los malditos virginianos le arrebatarían cuanto tenía, y quizá le quemaran los campos o dispersaran sus barcos.
Si era saludable tener un enemigo, los Steed lo tenían.
En 1637, cuando Ralph cumplió los veintiún años, el padre Whitson ideó una forma para que iniciase sus estudios en Roma.
Un barco mercante había llegado a la ciudad de St. Mary, y el joven Ralph fue llevado a bordo con una escueta nota de su padre: En el viaje a Boston no debes comunicar tus planes a nadie de Virginia, so pena de que te arrojen por la borda en alguna noche oscura; primero, porque eres católico, y, segundo, porque frustraste su intento de arrebatarnos nuestra isla. Y en el viaje de Boston a Londres debes guardar silencio, porque nada les gustaría más a los puritanos de esa ciudad que utilizarte como alimento de los peces.
Son tus enemigos naturales. Pero es en el viaje de Londres a Roma donde debes mostrarte especialmente prudente, porque cualquier descendiente de la reina Isabel encontraría un gran placer en destruirte.
Cuando el padre Whitson leyó esta admonición, dijo al joven:
–Utiliza tu tiempo a bordo del barco en discutir con otros más instruidos que tú para poder conocer el temple de tu mente.
–¿Me arrojarán por la borda?
–¿Se atreverían?
Y así fue cómo se marchó el primero de los jóvenes Steed. En rápida sucesión, se fueron también los otros dos, uno a Londres para estudiar Derecho, y el otro a París para hacerse médico. En aquellos primeros tiempos de Virginia y Maryland, era significativo
que los hijos de las mayores plantaciones conocían muchas veces Europa mejor que sus propias tierras natales; constantemente atracaban barcos en el muelle familiar y zarpaban pocos días después rumbo a Londres; serviciales capitanes cuidaban gustosamente de los jóvenes durante la travesía y los presentaban a abogados y médicos en la otra orilla del océano. Después de varios años en el extranjero, los jóvenes regresaban a las bahías y ríos con baúles de libros y recuerdos de teatros, conciertos y exhortaciones sacerdotales. Los tres muchachos Steed recibirían educación superior.
Se encontraban en Europa cuando un mensajero cruzó la bahía en una chalupa, con noticias que produjeron grandes cambios en Maryland.
–El propietario ha enviado instrucciones desde Londres en el sentido de que todos los terratenientes libres del palatinado deben reunirse en St. Mary's City para aprobar las leyes redactadas por Lord Baltimore.
Steed señaló que, estando próximos a llegar de Londres nuevos sirvientes contratados, no le era posible abandonar Devon, pero el mensajero le informó que la invitación no permitía opción:
–Debe estar allí, Mr. Steed, el 25 de enero del próximo año.
–¿Durante cuántos días? – preguntó Edmund, con cierta aprensión, ya que, sin sus hijos, Martha tal vez se viera en dificultades para dirigir la plantación.
–Durante los necesarios para votar la aprobación -respondió el mensajero, y, sin entretenerse en cortesías, se dirigió a la otra orilla.
Ningún miembro de las cuatro primeras generaciones de Steed en Maryland viajó nunca a ninguna parte más que por agua: no había carreteras. Dos plantaciones podrían estar a un cuarto de milla de distancia por el río, pero a cuarenta millas por tierra, suponiendo que se pudiera atravesar la espesa vegetación. Los primitivos colonos eran como los peces; lejos del agua, perecían.
Así, pues, Edmund Steed ordenó a dos sirvientes que preparasen el elegante queche de dos palos que había comprado recientemente a un constructor del James, tomó su mejor traje y su gorguera y emprendió la marcha hacia la capital. Fue una agradable travesía hasta St. Mary's City; bajó por el Choptank, cruzó la bahía, continuó más allá del Patuxent y, doblando al Oeste, remontó el río de St. Mary hasta un resguardado fondeadero en el que habían surgido ya una veintena de edificios de madera, y otros tantos se hallaban en construcción. Iba a ser una hermosa ciudad a orillas de un río igualmente hermoso, con sólo un inconveniente: se encontraba peligrosamente cerca de Virginia -justamente al otro lado del Potomac, para ser exactos-, y podía ser asaltada en cualquier momento que los virginianos quisieran destruirla. En tales circunstancias, no sería la capital durante mucho tiempo; el centro final surgiría mucho más al Norte, fuera del alcance de la milicia de Virginia.
A poca distancia del río, tierra adentro, se alzaba un fuerte rodeado por una empalizada, en cuyo interior se hallaban situados los -alargados y toscos edificios en que se reuniría una de las asambleas más trascendentales de la Historia colonial. Leonard Calvert, hermano del ausente propietario -que hubo de permanecer en Londres combatiendo a los persistentes enemigos que seguían intentando arrebatar Maryland a los católicos-, sostenía la opinión de que la Carta Magna otorgada por el rey Carlos debía entenderse en su sentido literal: «El propietario propondrá las leyes que considere adecuadas, y una Asamblea de terratenientes decidirá sobre su aplicabilidad.» Leonard, hombre juicioso a quien su hermano había reprendido a menudo por ser demasiado indulgente, se proponía presentar a la aprobación de los ciudadanos un proyecto de leyes que los Calvert consideraban adecuadas para el gobierno de su lejana propiedad.
Los hombres corrientes que componían la asamblea -
comisionistas, navieros y granjeros, pero ningún sacerdote-juzgaban que, aunque la carta concedía todas las prerrogativas al distante propietario, ellos se encontraban en mejor situación para determinar lo que era necesario en Maryland.
–Nosotros escribiremos las leyes, y el propietario juzgará acerca de su eficacia.
–Debe ser todo lo contrario -señaló Leonard Calvert-. Nosotros proponemos, y vosotros decidís.
–Lo enfocáis al revés -replicaron obstinadamente los miembros de la asamblea, y siguió un debate lleno de profundas implicaciones.
Lord Baltimore, en Londres, era uno de los propietarios coloniales más prudentes y escrupulosos, y consideraba peligroso permitir que la chusma redactara e hiciera cumplir las leyes; ésa era responsabilidad de hombres dotados de riqueza y posición. El poder de gobernar correspondía al propietario de una colonia.
Baltimore nunca fue un déspota, pero tampoco un necio.
Por el contrario, Edmund Steed, que en virtud de su temprano asentamiento en Devon era, evidentemente, el colono más antiguo de Maryland y uno de los más entregados, comprendía que en un nuevo mundo eran esenciales los sistemas nuevos.
–Debemos gobernarnos a nosotros mismos en la medida en que las circunstancias lo permitan, y el día en que renunciemos a nuestro derecho a formular leyes para las tierras que tan bien conocemos, habremos renunciado a nuestro derecho a ser libres.
–¿Te opones al Lord propietario? – se le preguntó.
–En todas las demás cuestiones, me someto a su superior juicio.
Él ha erigido este palatinado y lo ha convertido en un refugio. Me inclino ante él y ante su hermano, el vicegobernador. Pero en la cuestión fundamental de quién debe tarjar las leyes para un palatinado libre, no me inclino ante nadie.
–¿Ni siquiera ante el rey?
Era ésta una pregunta temible en aquel invierno de 1638. Pues quien se opusiera a la voluntad del rey, o simplemente la discutiera, corría el riesgo de ser acusado de traición, y había en Virginia muchos que esperaban la oportunidad de formular ese cargo contra los colonos de Maryland. Mas para un católico cuya vida había sido realzada por los actos del rey Carlos, ello constituiría ingratitud, el peor pecado que podría cometer un caballero.
Edmund Steed, consciente de la difícil posición en que se encontraba, respondió:
–El rey cuidará de que los habitantes de Maryland sean rápidamente investidos de todos los privilegios que poseen en Inglaterra los hombres libres.
–¿Y si no lo hace?
Steed no pensaba dejarse llevar a apoyar la traición. Ignorando la pregunta, comenzó su paciente trabajo con los otros delegados, razonando con ellos noche tras noche. Siempre insistía en que, si cedían en aquella cuestión fundamental, lo perderían todo.
–Debemos ser hombres libres en una sociedad libre.
Otros, viendo su obstinada defensa de sus libertades, llegaron a considerarle como su dirigente.
Steed de Devon, le llamaban, y durante los críticos cinco últimos días de enero hizo acopio de fuerzas y desplegó todos sus esfuerzos a lo largo de febrero, marzo y los más ardientes días de julio. Estaba en todas partes, instando a sus granjeros y comisionistas a mantenerse firmes:
–Si logramos resistir hasta después de agosto, habremos vencido.
El nunca había aspirado al papel de dirigente revolucionario.
En realidad, era pusilánime por naturaleza. De joven, había negado su catolicismo para evitar enfrentamientos; en sus primeros días en Jamestown no había participado en ninguna de las intrigas; había
huido a Devon para escapar a las maquinaciones de Jamestown; y había mostrado muy poco heroísmo al tratar de conservar a Meg Shipton. Su vida había sido tranquila y reservada; ni siquiera había permitido que Simón Janney hablara de la guerra con los choptanks, y, sin embargo, allí estaba él, Steed de Devon, firme defensor de la conciencia de Maryland. Por su constante estudio de los clásicos, se había convertido él también en un clásico.
En Londres, Lord Baltimore se negaba a ceder, y en el palatinado su hermano Leonard se mostraba igualmente obstinado, por lo que un abrasador día de agosto tuvo lugar la prueba de fuerza. En el tosco edificio atormentado por las moscas, el presidente formuló la pregunta:
–¿Cuántos creen que las leyes enviadas por Lord Baltimore y aprobadas por su delegado, Leonard Calvert, nuestro amado vicegobernador, deben ser aprobadas por esta asamblea?
Calvert votó afirmativamente, y también el secretario del palatinado, quien anunció con potente voz:
–Y tengo en mi mano las delegaciones de voto de otros catorce.
El presidente solicitó entonces los votos de quienes rechazaban las leyes de Lord Baltimore, prefiriendo las creadas por ellos mismos.
–¿Qué dices tú, Steed de Devon?
Edmund se puso en pie, inclinó respetuosamente la cabeza en dirección a Lord Calvert y, luego, miró a los hombres que le habían apoyado durante todos aquellos meses.
–Yo digo que nuestras leyes deben ser redactadas aquí, por el pueblo de Maryland.
Otros treinta y seis votaron en favor del gobierno local.
Maryland sería una colonia con autonomía legislativa.
No hubo ninguna celebración aquella noche; los victoriosos ciudadanos no consideraban que habían humillado a un tirano, pues Lord Baltimore nunca lo había sido. Simplemente, habían sentado
un principio, después de casi siete meses de debate, y cada uno de los hombres que subieron a sus lanchas al día siguiente sabía que había hecho una cosa buena.
Edmund Steed, de cincuenta y siete años aquel verano, estaba cansado cuando sus hombres trajeron su nuevo queche, y se dejó caer sobre unos almohadones cuando la embarcación comenzó a cruzar la bahía. Había luchado demasiado para no experimentar ninguna sensación de triunfo en su victoria; había presenciado demasiado de cerca la pugna trabada entre dos buenos principios.
Cada bando tenía su parte de razón, y la suya era sólo ligeramente más fuerte.
Hemos ganado la libertad, reflexionaba, pero si abusamos de ella, o si tratamos de obtener beneficios personales, no valdrá la pena tenerla. Conocemos los abusos de los reyes, pero como lo que ahora intentamos es nuevo, no podemos prever sus abusos. Éstos llegarán.
Deseaba que sus hijos pudieran estar con él ahora, para discutir aquellas grandes cuestiones que le habían ocupado durante los fétidos meses pasados en la capital. ¡Qué bueno sería el límpido aire del Choptank después de tanto esfuerzo! Cuando aparecieron los promontorios que protegían su isla y el queche navegó entre ellos, sintió como si estuviera cruzando las puertas de un paraíso que pocos hombres conocerían: el ancho río, los pájaros, la infinita vida bajo las aguas, los buenos campos y el culto a Dios.
Al pasar el queche ante la punta occidental de su isla, observó que tormentas recientes se habían llevado grandes trozos de tierra; caían árboles en la bahía a intervalos regulares, y los campos en que hubiera debido crecer el tabaco se derrumbaban en oscuras masas de barro.
–En cuanto llegue a casa -murmuró-, debo ocuparme de esas orillas.
La tarea no fue realizada, pues cuando el queche entró en Devon, experimentó una fatiga invencible y se desplomó sobre los almohadones. Uno de los sirvientes, al verle caer, se dirigió apresuradamente a él, sí tiempo para oír una última orden:
–Que celebren misa.
TERCER VIAJE: 1636
«Tiene el aspecto de un animal -pensó el juez, mientras observaba al preso que estaba sentado en el banquillo de los acusados-. No audaz como un león, ni grácil como un ciervo o un caballo decente, sino ladino, taimado y astuto. Es un animal, no hay duda, pero ¿de qué clase?»
Mientras el juez se formulaba a sí mismo esta pregunta, la atención del preso se dirigía, no a las devastadoras pruebas que estaban siendo presentadas contra él, sino hacia una mosca que había estado intentando coger. De pronto, con extraordinaria rapidez, cerró la mano y la atrapó. Luego se dedicó a arrancarle las alas, una a una. Cuando la mutilada mosca trató de escapar, su torturador alargó un grueso y alargado pulgar, sosteniéndolo unos momentos sobre la mosca, y moviéndolo a medida que se retorcía el insecto. Después, sonriendo, dejó caer pesadamente el pulgar y aplastó a la mosca. Sólo entonces levantó la vista hacia el juez.
–¡Un hurón! – murmuró en voz baja el juez-. Es un auténtico hurón.
Y, en ciertos aspectos, no le faltaba tazón al juez, pues el preso tenía la alargada cara de ese astuto animal, las diminutas orejas, la larga y afilada nariz. De rostro picado de viruelas y vivaces ojos tenía un aire repulsivo y el mechón de pálidos y desgreñados cabellos no hacía sino aumentar su aspecto animal. Cuando sonreía mostraba sus oscuros y aguzados dientes.
El juez se ajustó la peluca y frunció el ceño: un verdadero animal. Luego escuchó la exposición del informe: robo de tres gallinas a la viuda Starling, azotes y dos meses de cárcel; robo de
un bastón con puño de plata a John Coolidge, azotes y seis meses de cárcel; y ahora robo de tres barras de pan al panadero Ford. Su larga experiencia en el tribunal de Londres le había enseñado que los ladrones reincidentes rara vez se reformaban y que, cuanto antes fuesen permanentemente excluidos de la sociedad, mejor.
–Es un delito penado con la horca, Timothy Turlock -gruñó, mirando al indiferente ladrón-, y serás colgado.
Pero antes de que tal sentencia fuera realmente pronunciada, la madre del preso, una jadeante y ajada mujercilla, se puso en pie y suplicó que fuera oído su consejero, el reverendo Barstowe. Este anguloso clérigo se levantó e inclinó respetuosamente la cabeza; conocía al joven Turlock desde su nacimiento y tenía de él una opinión peor aún que el juez, pero consideraba que la horca era un castigo demasiado grave para un simple ladrón, y se acercó al estrado, donde murmuró algo al juez.
–Bien -anunció finalmente el juez al tribunal.
Aspiró rapé tres veces, cerró la cajita y mostró una evidente satisfacción por la adecuada forma en que se estaba expresando.
–Deberías ser ahorcado, Timothy Turlock, pero el reverendo Barstowe ha formulado una ingeniosa propuesta.
Miró al preso, que no dio la menor señal de hallarse interesado en ninguna propuesta, ingeniosa o no. Tenía veintiocho años, carecía de oficio, nunca había tenido un empleo fijo y siempre había dependido de su madre, que no le había enseñado a mantenerse erguido ni a prestar el debido respeto a sus superiores, y para postre, tenía granos.
–El reverendo Barstowe tiene un hermano -dijo el juez-, capitán de un barco que hace la travesía hasta nuestras colonias en Virginia.
Timothy miró al techo; nunca había oído hablar de Virginia.
–Y el capitán Barstowe, impulsado por la bondad de su corazón, se ha ofrecido a llevarte a Virginia…, con escritura para algún plantador de allí.
El preso no manifestó ninguna emoción.
–¡Turlock! – tronó el juez-. Presta atención. ¿Sabes lo que es una escritura?
No lo sabía. Oyó a su madre llorar desoladamente en el banco, detrás de él, ante la perspectiva de perder a su hijo, por lo que supuso que debía de ser algún castigo terrible.
–Significa -explicó el juez- que le deberás al caballero de Virginia que compre tu escritura siete años de trabajo.
Esto le sonó ominosamente a Turlock, y pudo comprobar por qué lloraba su madre.
–Después de lo cual -continuó el juez- serás un hombre libre.
Hizo una dramática pausa.
–Un hombre libre, Turlock, con todos los derechos y privilegios reconocidos a los hombres libres.
La palabra Libre galvanizó al preso. No iba a pasar más meses en la cárcel. No le iban a ahorcar. Iba a ser libre, de modo que cualquier castigo que ello implicara -la escritura de que hablaba el juez- era irrelevante.
–¿Comprendes las condiciones?
Afirmó vigorosamente con la cabeza.
–Siete años de trabajo honrado.
Asintió sinceramente.
–Y durante esos años, ¿aprender un oficio?
–¡Oh, sí!
–¿Y muerte instantánea si alguna vez vuelves a poner los pies en Inglaterra?
–Desde luego.
Su madre, al oír las palabras oficiales del destierro de su hijo, rompió de nuevo a llorar, lo cual irritó a su hijo. Éste quería que la irritación terminara, pero había más. Fue llamado el capitán Barstowe, que se adelantó como un poderoso tirano de algún país
asiático. Estaba acostumbrado a adquirir escrituras en los tribunales de Londres y conocía la forma de sacarles provecho.
Sus calculadores ojos valoraron en un instante al joven Turlock: perezoso, estúpido, mal educado, rebelde, camorrista nato, probablemente come como un cerdo. Bien, siete años en los campos de tabaco de Virginia le curarán. El capitán estimó que podría venderle por más de veinte libras, pues estaba en buena edad para trabajar.
El juez se dirigió al capitán.
–¿Promete a este tribunal transportar a este prisionero hasta Virginia, sin ningún coste para la Corona?
–¡Uh-huh!
–¿Promete no demandar nunca a la Corona para reclamar el dinero del pasaje de este preso?
–¡Uh-huh!
–¿Y queda entendido que debe usted recuperar el coste del pasaje mediante la venta de la escritura de este preso a cualquier caballero de Virginia que quiera aceptarle?
–¡Uh-huh!
Normalmente, llegados a este punto de lo que se había convertido en procedimiento rutinario en los tribunales ingleses, el juez hubiera debido levantar la sesión y ordenar que se extendiera la escritura correspondiente, pero en esta ocasión el juez, se sentía perplejo y preguntó al corpulento capitán:
–¿Cree realmente que puede encontrar comprador para éste?
–En Virginia -dijo el capitán, como fruto de su larga experiencia- aceptan cualquier cosa.
Así, pues, se redactó la escritura.
No se había equivocado el capitán Barstowe en su valoración del joven Turlock, si bien el joven delincuente resultó ser peor aún de lo esperado. Antes de que el barco llevara cuatro días navegando por el Atlántico, varios miembros de la tripulación acudieron a
Barstowe afirmando que Turlock les había robado, y cuando se registró su saco, se descubrió que contenía una sorprendente variedad de cuchillos, gorras y conchas talladas. Sólo había una solución: Timothy Turlock fue atado al mástil para recibir diez latigazos, pero al primer golpe aulló tan lastimeramente y sollozó con tan desgarradora congoja, que el capitán Barstowe quedó desconcertado. Era costumbre en todos los barcos ingleses que cualquier hombre soportara al menos los seis primeros latigazos con los dientes apretados, y algunos aguantaban doce en silencio para demostrar su hombría; ninguno de los que se encontraban a bordo podía recordar ocasión alguna en que un hombre adulto se hubiera comportado como Turlock, y, después de ocho latigazos acompañados de continuos alaridos, Barstowe gruñó:
–Soltadlo.
Turlock se pasó todo el día gimoteando, pero tuvo una gloriosa venganza. Habiéndose escondido en un rincón de la cocina, donde trataba de robar un par de afilados cuchillos, se encontró junto a una sopera destinada a los oficiales. Mirando rápidamente a su alrededor para cerciorarse de que nadie le veía, se abrió los pantalones, orinó en la sopa y, luego, se situó cerca del comedor, en un punto desde el que podía observar con profunda satisfacción al capitán mientras cenaba.
Cuando el barco de Barstowe entró en Jamestown a finales de 1636, descargó primero vajillas, cubiertos y barriles de clavos, y luego desembarcó a sus siete contratados, ofreciéndolos en venta en los diversos muelles tabaqueros. Dos sirvientas fueron despachadas rápidamente, al igual que los dos jóvenes de aspecto más fornido, pero el capitán tropezó con dificultades para colocar a los tres últimos.
Un hombre era sospechosamente viejo, pero finalmente fue despachado a precio de ganga a un plantador que necesitaba un empleado que siguiese la pista de sus remesas a Londres. El
segundo cojeaba tan lastimosamente de la pierna izquierda, que sería de muy poca utilidad en los campos; pero cuando demostró que sabía escribir, un grupo compró su contrato, con la intención de utilizarle como maestro de escuela para los niños de tres plantaciones.
Quedaba solamente Timothy Turlock, con su estólida expresión en el rostro, y de su venta dependía el beneficio de aquel viaje. El capitán Berstowe ensalzó a su huesudo ladrón, haciendo hincapié en su juventud, su afabilidad y en el evidente hecho de que era inteligente, de buen carácter y ansioso de aprender. No encontró comprador. Los prudentes plantadores habían aprendido a distinguir los buscalíos entre los desechos que mandaban los tribunales de Londres, y no querían cargar con aquella carne de patíbulo. Parecía como si Barstowe fuera a tener que renunciar, pero había oído hablar de un plantador establecido a orillas de un pantanoso estuario situado aguas arriba del James, al Oeste, que trabajaba una tierra tan miserable, que pocos barcos llegaban allá para ofrecerle sirvientes. Era dudoso que pudiera sobrevivir mucho tiempo, pero representaba un último recurso, y Barstowe se dirigió a su destartalado muelle.
–Estáte atento -gruñó a Turlock- y cuida tus modales. Ésta es tu última oportunidad.
–¡Uh-huh! – gruñó Timothy, mirando con desprecio el miserable lugar al que era conducido. Ni aun en los peores barrios de Londres había visto una casa tan desastrada ni un emplazamiento tan repulsivo. Se asomó a la puerta una mujer tan esquelética que parecía como si fuera a caer mortalmente enferma, pero su aspecto era de fortaleza y sus ojos penetrantes.
–¡Ha llegado un barco! – exclamó, volviéndose hacia el interior.
Apareció a su lado un campesino achaparrado, fornido y de rudos modales, que avanzó por el muelle extendiendo la mano.
–Me llamo Simón Janney -dijo.
La negociación resultó trabajosa; Janney, hombre
extremadamente pobre, se lamentó:
–Me gustaría tener un trabajador más, pero mi mujer está enferma, mis negros me arruinan y los indios…
Meneó la cabeza y, luego, admitió de mala gana:
–Me lo quedaré…, si el precio es bajo.
–Espera un momento, Janney. Este hombre es una ganga.
–Si lo fuese, no habrías venido hasta aquí.
–Te hará ganar mucho durante siete años.
–Siete años de complicaciones. Pero debo tener alguien.
–¿Te lo quedas entonces? ¿Cincuenta?
–¿Libras? No tengo ni cincuenta peniques.
–Entonces, ¿qué?
–Ese montón de hojas de tabaco.
La venta habría quedado concluida en aquel momento, pero Mrs. Janney fue hasta el barco, observó al hombre y le levantó la camisa para dejar al descubierto su espalda. Allí estaban las marcas del látigo, purpúreas y azuladas. Con un alargado dedo, recorrió una de ellas y dijo:
–Éste no es bueno.
Tan pronto como quedaron al aire las reveladoras marcas, Janney bajó el precio que estaba ofreciendo, a lo que Barstowe se opuso enérgicamente, asegurando al granjero que Timothy Turlock se estaba haciendo un tipo en quien se podía confiar.
Mrs. Janney le interrumpió, descubriendo nuevamente las marcas y diciéndole:
–Criminales como éste no deberían ser vendidos.
Pero a su marido le susurró:
–Cógele. Tiene fibra.
Recordaba su propia llegada y el hecho de que también ella había sido la última de su lote en encontrar quien se quedara con
ella.
Así, pues, quedó ultimada la venta: Timothy Turlock para los Janney a precio de ganga; la mitad del montón de hojas de tabaco para el capitán Barstowe, que lo vendería en Londres por el doble de lo que calculaban los Janney.
El primer trabajo que Turlock realizó en el Nuevo Mundo fue atar las hojas que representaban su compra. El siguiente, reconstruir el muelle, hundido en el barro hasta las rodillas, después de lo cual trabajó catorce horas diarias ayudando a despejar los campos. Luego abrió un canal para desecar un prado, rodeó éste con una cerca y construyó un cobertizo para albergar al ganado que pastaba en el prado.
Por entonces pesaba menos de cincuenta kilos y tenía todo el aspecto de un hurón, pues los Janney no le daban de comer más que lo que ellos mismos comían, y Turlock comprendió que aquella plantación tenía muy poco futuro. Le faltaban aún seis años y nueve meses, e imaginaba ese tiempo como un dilatado período de hambre y esclavitud. ¡Ésa era otra irritación! Janney había adquirido dos esclavos, pero como sólo podía obtener provecho de ellos mientras se mantuvieran sanos, les daba un trato mejor que a Turlock, que por dos veces oyó a Janney decirle a su mujer:
–No arriesgues a Toby en eso. Manda a Turlock.
Y, sin embargo, captó ocasionales detalles que le hacían pensar que Simón Janney le profesaba un cierto afecto. Una vez, en un viaje aguas abajo del James, fondearon ante una gran plantación cubierta de césped que llegaba hasta el río, y el amo dijo:
–Tim, he visto a orillas del Rappahannock tierras dos veces mejores que ésta. Si conseguimos mantener en marcha nuestra actual granja, algún día poseeremos una finca mejor que ésta.
Turlock miró a su jefe con vacua sonrisa, como si no pudiera imaginarse el sueño que seducía a Janney, y esto enfureció al campesino, que dijo, en una explosión de sinceridad y persuasión:
–Turlock, tú podrías convertirte en un buen trabajador y poseer algún día tu propia tierra.
–Tú… dar… comer… más -dijo Timothy, con tono de
resentimiento.
El ladronzuelo vivía casi a un nivel infrahumano y, desde luego, a un nivel infraverbal. Nunca hablaba en frases completas y rara vez utilizaba una palabra de más de dos sílabas. Lo que quería decir con aquella austera serie de cuatro palabras era: Si nos dieses más de comer, podría hacer un trabajo mucho mejor, pero formular una cláusula subordinada que empezase por si era algo que rebasaba su capacidad, y comparaciones como mejor y más de comer eran sutilezas de pensamiento que estaban fuera de su alcance. Él existía en un mundo de miradas significativas y palabras masculladas.
Janney había desarrollado la habilidad de traducir sus gruñidos a comunicaciones útiles, y dijo ahora, con cierto respeto a la capacidad de trabajo de Turlock:
–Tim, quédate con nosotros cuando termine tu período. El Rappahannock será nuestro.
Turlock ni siquiera se molestó en gruñir ante aquella remota proposición filosófica, pero al final de aquel año Janney le enseñó algo físico que excitó su codicia. Durante varias semanas había estado recogiendo semillas de tabaco de diversas plantaciones, y ahora Janney anunció que él y Turlock las llevarían al otro lado de la bahía, a tierras que, dijo, «poseemos allí».
–¿Dónde?
Janney no podía molestarse en dar explicaciones, pero encomendó a Timothy la tarea de ayudar a los esclavos a construir una chalupa para la plantación. El resultado fue lamentable, con más agujeros que tablas; pero si Turlock achicaba agua constantemente, se mantenía a flote. El primer viaje largo lo hicieron remontado la bahía hasta la isla Devon, adonde Janney
había ido para ayudar a quemar la vegetación, a fin de aumentar la superficie cultivable, y lo que Turlock vio allí, constituyó una revelación para él: una casa decente, una esposa que la mantenía limpia y que educaba a sus hijos, una capilla papista propia y otras dependencias que delataban la riqueza. Lo que turbó a Turlock -el cual contemplaba con ojos desmesuradamente abiertos aquel lujo-fueron ciertas insinuaciones que oyó en el sentido de que su amo, Janney, era casi tan rico como Edmund Steed. «¿Por qué… vive…
cerdo? – se preguntó-. ¿Por qué… siete años…, cerdo?»
La idea le obsesionaba, y cuando Steed dijo: «Mañana cruzaremos el canal y nos pondremos a trabajar», le dolió tener que abandonar aquel hermoso lugar. Pero cuando llegó a los campos del Norte, situados entre bellos ríos, con inesperadas panorámicas y espléndidas variaciones, se quedó sin aliento. Cada campo al que iba le parecía más deseable que el anterior, con profundas aguas en sus bordes, altos árboles bordeando sus lindes y una extraordinaria diversidad de vida salvaje.
Aquel taciturno delincuente de los suburbios de Londres se convirtió en el primer hombre blanco que apreciaba el esplendor de lo que yacía oculto entre los remansos existentes al norte del Choptank: los abundantes ríos, los múltiples esteros, las cien escondidas ensenadas.
–¡Al diablo el río James! – exclamó al contemplar aquel paraíso-. Mi tierra.
Mientras la chalupa, sin dejar de hacer agua, continuaba su tedioso viaje de regreso, Turlock reflexionó en la miserable situación en que se veía atrapado; el devastador impacto que la Orilla Oriental producía en su mente se debía no a su belleza, que le fascinaba, sino al hecho de que existía ahora, de que un hombre de valor podía disfrutarla ahora. Este conocimiento le obsesionaría durante un año, y, a su regreso, provocó más y más altercados.
Un día de agosto de 1638, cuando Janney insistió en que trabajara después de haberse puesto el sol, primero gruñó y, luego, se negó.
–Puedo llevarte al tribunal -amenazó Janney- y hacerte trabajar.
Luego, le encomendó una tarea demasiado peligrosa para sus negros, y Turlock se rebeló.
–¿Te niegas? – preguntó Janney.
–¡Uh-huh!
–Baja ahí y sujeta ese tocón con una madera.
–¿Cómo?
Y cuando Janney se agachó para enseñarle, Turlock cogió una azada y golpeó con ella en la cabeza a su amo. Luego, tras cerciorarse de que el hombre caído no estaba muerto, le dio dos patadas en la barbilla para mantenerle inconsciente y, después, se fue silbando hacia el lugar en que estaba amarrada la chalupa. Por el camino, robó una escopeta y todas las herramientas que necesitaría, las echó a la lancha y, luego, corrió hacia la casa.
Después de besar alegremente a Mrs. Janney, le robó sus tijeras, sus agujas, dos de las camisas de su marido y tres cañas de pescar con anzuelos.
–¡Adiós! – murmuró, dándole unas palmaditas en la barbilla, mientras emprendía la marcha en dirección al río.
Calculaba que, aunque Janney despertase antes de lo que esperaba, no podría llegar andando a ninguna plantación a tiempo para que los dueños tuvieran posibilidad de hacer gran cosa, y sin la chalupa, la persecución por el río sería también imposible.
Durante todo un día, por lo menos, podía navegar con tranquilidad.
Lo que no tuvo en cuenta fue la voluntad de hierro de los Janney; si habían sobrevivido a las incursiones indias, podían sobrevivir a la rebelión de un sirviente. Mrs. Janney, al ver desaparecer la chalupa, recorrió la plantación hasta encontrar a su marido, tendido de bruces en el fango, con la cara cubierta de
sangre. Llamando a gritos a Toby para que le ayudara, le llevó a casa, le bañó, le metió en la cama y, luego, emprendió la marcha a pie hacia la plantación más próxima. Llegó a casa de sus vecinos ya entrada la noche, y les informó:
–Nuestro sirviente ha intentado matar al amo.
Corrió de una plantación a otra la noticia de que había comenzado la rebelión. El temido mensaje se extendió como un incendio propagándose por los matorrales; aquélla era la consecuencia que todos los amos temían, la rebelión de sus sirvientes o sus esclavos. Cuando cogiesen a Turlock, le matarían.
Timothy, sabiendo lo que debía de estar ocurriendo en la plantación, no dejaba de mirar hacia atrás, y, al ver varias embarcaciones, supuso que se estaba formando una expedición para apresarle. Rápidamente, se introdujo en uno de los pequeños estuarios que desembocaban en el James, desmontó el mástil y sonrió satisfecho mientras los perseguidores pasaban de largo.
Al anochecer, colocó de nuevo el mástil y se deslizó silenciosamente río abajo, a lo largo de una docena de millas, y luego se ocultó al aproximarse el alba. De este modo llegó a la desembocadura del James, donde puso en práctica un astuto plan.
Sabedor de que la última plantación poseía una sólida balandra provista de una fuerte vela, retrocedió con su chalupa dos millas en dirección a Jamestown, construyó una pequeña balsa, ató a ella su provisión de herramientas y, luego estrelló contra un bajío la embarcación robada, regresó por las poco profundas aguas y, valiéndose de una pértiga, dirigió su balsa río abajo hasta donde se encontraba la balandra, de la que se apropió. Para el amanecer se había adentrado ya en la bahía de Chesapeake.
Su estrategia dio resultado. Los perseguidores del James vieron la naufragada embarcación y dieron por supuesto que se había ahogado. Hasta bastante avanzada la tarde nadie echó en falta la balandra, y para entonces él se encontraba ya lejos. Lo único que
podían hacer los frustrados plantadores era buscar un juez de Jamestown, que firmó una orden de detención, vivo o muerto. Al entregar el documento a Mrs. Janney, dijo:
–Traedle, y le ahorcaré.
A solas en la anchurosa bahía, quitado el mástil para no ser visto, Timothy Turlock remaba y reflexionaba sobre su situación.
Si volvía a Inglaterra…, horca. Si volvía a Jamestown… horca. Si entraba en cualquier río de Virginia…, cadenas y también horca.
Y entonces, alzándose entre la neblina, vio los primeros pálidos perfiles de la Orilla Oriental, y le pareció ver también los frescos ríos y las tranquilas ensenadas que había conocido cuando se dedicaba a quemar campos para los Steed, y aquel refugio se convirtió en su objetivo. Sería una nueva tierra, lejos de Virginia y de sus ruines amos. Pero, ¿podría sobrevivir solo? Mientras mantenía la balandra rumbo al Este, reflexionó sobre la cuestión y, por primera vez en su vida, trató de disciplinar en frases completas los vagos pensamientos que hasta entonces habían cruzado de forma desordenada su estólida mente.
« ¿Parar… Devon… Ver… Steed? » Decidió que no; Edmund Steed le había parecido la clase de hombre que podría ser un magistrado, obligado a entregarle. « ¿Indios… aquí… como indios… allí? » Sospechaba que los choptanks podrían resultar pacíficos; sí no, ¿cómo podía vivir tan fácilmente Steed? « ¿Qué para comer? » En su anterior viaje había visto patos y gansos, y los sirvientes de Steed habían encontrado ostras. « ¿Dónde dormir? »
Cualquier clase de choza sería equiparable a lo que Janney le daba, y, observando cómo construían los indios sus wigwams, tuvo la seguridad de poder hacerlo él también. « ¿Puedo… vivir? » Ésta era la cuestión fundamental, y, aunque recurrió a toda su inteligencia para sopesar los datos, no pudo llegar a ninguna solución. El esfuerzo le fatigaba, agotaba sus facultades, y abandonó estos difíciles procesos mentales. En su lugar, miró a la tierra que se
extendía ante él y sonrió. « Imposible… allá atrás.» Estaba destinado a la Orilla Oriental.
Para evitar ser detectado por cualquier barco inglés que navegase, por el Potomac, desmontaba el mástil durante el día y permanecía tendido en el fondo de la balandra; pero, una vez que llegó a la Orilla Oriental, avanzó rápidamente hacia el Norte, viendo numerosas y atractivas bahías. Comenzaba ya a sentirse hambriento, pero su astucia le prevenía contra la idea de desembarcar allí: demasiado cerca del James.
Más tarde, cuando consideró que se había distanciado lo suficiente hacia el Norte, dirigió su embarcación hacia tierra, ocultándola entre los cañaverales, y recogió todas las bayas que pudo encontrar. Utilizando como cebo la cabeza de un pez que pescó, logró hacerse con varios cangrejos; tostados sobre una pequeña hoguera, le servían de alimento. Al anochecer salía de su escondite y navegaba durante toda la noche, y de este cauteloso modo se aproximó al Choptank.
No se aventuró directamente en el canal existente al sur de la isla, sino que permaneció al acecho durante varios días, explorando el lugar. Vio elevarse humo de la escondida casa y percibió el movimiento de los sirvientes a lo largo de la costa, y, para su sorpresa, los mástiles de dos embarcaciones distintas. Una falúa y un queche. Supuso que este último sería un barco oficial llegado de Virginia para detenerle, por lo que resultaban aconsejables nuevas precauciones.
Esperó hasta una oscura medianoche en que no se veía ninguna luz en Devon y, luego, se deslizó silenciosamente a lo largo de la orilla meridional del Choptank, hasta encontrarse a bastante distancia río arriba. Después, cuando comenzaba ya a clarear el alba, cruzó el río y se ocultó en la orilla septentrional, y, al amanecer, vio algo que le tranquilizó: una baja marisma de muchos acres de extensión, y, al fondo, lo que, evidentemente, era tierra
firme, pues a lo largo de ella se alineaban corpulentos árboles que se recortaban contra el firmamento. Una ave nocturna cantó brevemente, y el ancho río permaneció en serena quietud.
« Hogar», pensó el fatigado ladrón, y dirigió cuidadosamente su balandra a lo largo del borde de la marisma, sin saber cómo penetrar en ella para encontrar la protección que necesitaba. Luego, en la extremidad oriental, localizó un espacioso estero, no lo bastante ancho como para que sus perseguidores se sintieran inducidos a explorarlo, pero sí lo suficiente para permitir el paso a quien quisiera esconderse. Bajando el mástil para facilitar su ocultamiento, se adentró remando suavemente en aquel pasillo que se abría entre la marisma, al Sur, y la tierra firme al Norte.
Cuando se hubo adentrado lo suficiente como para considerarse libre de peligro, dejó caer el ancla y depositó el remo en la proa.
Luego se quedó dormido, mientras las pálidas estrellas parpadeaban su indiferente aprobación. Hacia el mediodía, despertó con una curiosa sensación: tenía la impresión de que alguien le estaba mirando. Frotándose los tiznados ojos, levantó la vista, y allí, en la orilla ante la que había fondeado, se alzaban cuatro indios.
–No… huir… más -murmuró.
Incorporándose, sonrió a los guerreros y extendió las manos abiertas,
–Mirad -dijo esperanzadamente-, no… armas.
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