Bahía de Chesapeake
La Isla
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
–Edmund Steed, te traigo saludos de tu padre. Soy Martha Keene, de High Wycombe, en Bucks.
Steed no supo qué decir, ni siquiera pronunciar una tartamudeante bienvenida, pero Simón Janney se adelantó, presto a hacer frente a cualquier eventualidad… excepto la que ahora había surgido.
–Es una mujer excelente, Edmund -dijo rápidamente-. Todo el mundo la respetaba en el barco.
–Mr. Janney tiene mi equipaje en la pinaza -dijo la recién llegada.
Cuando sus cosas fueron depositadas en tierra, dando así carácter definitivo a su desembarco, Janney dijo:
–Ahora Meg puede venirse conmigo.
–Nunca haré tal cosa -replicó Meg.
Con exagerados gestos, entregó el niño a Martha Keene y dijo:
–Puedes quedarte con el pequeño bastardo, y con el grande también.
Miró a Steed y resopló.
–Le regalo los dos, Mrs. Keene. Hace ya algún tiempo que tenía decidido largarme de aquí.
–¡Meg! – exclamó Steed.
–La lancha está cargada. ¡Vamonos! – exclamó Meg, y echó a correr hacia la orilla, mientras Simón Janney trataba de detenerla, de agarrarla, de hacer cualquier cosa para que subiese a su pinaza.
–Tengo que recuperarte -suplicó-. El pasaje está pagado.
Meg ya había tenido bastante.
Plantándose resueltamente en el muelle, con los brazos en jarras, miró despectivamente a Janney y Steed y exclamó:
–Podéis iros al diablo los dos. Habéis pagado esto y habéis pagado lo otro y habéis ofrecido comprar. No estoy en venta. Vine aquí y me desollé las manos para construir esta isla, y habría hecho lo mismo por ti, Janney, si me hubieras dado una casa decente. Pero todo eso de comprar y vender se ha terminado. Podéis meteros vuestro dinero en el culo, y al infierno los dos.
Steed estaba demasiado sorprendido para responder, pero Janney preguntó en un susurro:
–¿Adonde irás, Meg?
–A Jamestown. Con alguien que aprecie a una esposa por lo que es.
Para sorpresa de Steed, fue a él a quien reservó sus palabras más mordaces. Mirándole desdeñosamente, dijo:
–Caza tus castores, construye tus capillas y vete al diablo.
Steed contuvo el aliento. Nunca sospechó que ella albergara semejante despecho, y, en el fuego de su repulsa, le pareció más deseable aún que cuando le aceptaba pasivamente por su agradecimiento al haberle ofrecido un refugio.
Fue Martha Keene quien mejor comprendió lo que estaba sucediendo. Con la dignidad propia de una gran familia acostumbrada a la vida de un condado inglés, siguió a Meg por el muelle, sosteniendo al niño, y preguntó serenamente:
–¿Estás en tu sano juicio… para dejar al niño?
–Quédate con el bastardo papista. Nunca será nada, y si alguna vez necesito otro, puedo encontrarlo.
Martha Keene ofreció una respuesta que sería largo tiempo recordada en el Choptank: tomó la mano de Meg, se la llevó a los labios y la besó.
–Tendrás días mejores -dijo sosegadamente-. Y gracias por el niño.
¿Cómo se llama?
–Ralph -respondió Meg.
Y, para sorpresa de todos, subió, no a la pinaza de Janney, ni a la lancha de Steed, sino a la recia canoa de roble.
–Éste es mi barco -dijo solemnemente-. Vamos a Jamestown.
No consiguieron las súplicas de Janney hacerla abandonar su puesto entre las pieles de castor, y Steed, sorprendido por sus revelaciones, no hizo ningún esfuerzo por atraerla hacia su lancha.
Desde su canoa, Meg lanzó su despedida. Le gritó a Martha Keene:
–Supongo que insistirás en un matrimonio en regla. Ven conmigo, y encontraremos un cura en alguna parte.
Martha Keene había tenido intención de regresar con Steed para celebrar una ceremonia nupcial, pero la conducta insultante de Meg le disuadió. Llevándose a Steed lejos del muelle, pero conservando al niño en sus brazos, le confió:
–Tu padre me eligió porque soy católica. Mi familia ha sufrido tan intensamente como la tuya, y la fe es preciosa para mí.
Hablaba con voz tensa y con autoridad, como si hubiera leído libros y conocido a través de ellos el martirio de Sir Latimer. Tenía solamente
veintidós años aquel verano, pero su sabiduría correspondía a una edad mayor.
–Tu padre previó dificultades, y también el mío. Convinieron en que, si surgían, yo podría esperar contigo en la isla hasta el momento en que llegara un sacerdote.
–Podrían pasar años.
–Lo sé.
–¿Y serás mi esposa hasta que llegue el sacerdote?
–Sí.
La llevó a la capilla de troncos, donde, después de detenerse a leer la inscripción del Génesis, ella se arrodilló para dar gracias por haber llegado sana y salva. Cuando se levantó, Steed la cogió de las manos y dijo:
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–Debes comprender. Yo no habría podido construir esta isla ni esta capilla…
–Sin Meg -interrumpió ella-. Lo comprendo, pero ahora somos nosotros quienes vivimos aquí.
Le dio un beso y, luego, sonrió al oír a Meg gritar desde su canoa, ordenando que las embarcaciones zarpasen rumbo a Jamestown. Acompañó a Steed hasta el muelle y contempló cómo subía a la lancha e izaba la vela. Permaneció allí, con resuelta expresión y sosteniendo en brazos al niño, mientras las tres embarcaciones comenzaban a navegar hacia el Choptank.
Tres semanas después, al regresar a Devon, Steed experimentó un mar de confusiones. Su viaje a Jamestown había constituido un éxito sin precedentes…, volvía no sólo con más mercancías de las que esperaba, sino también con varias monedas españolas, ya que no se le había exigido que pagase ocho libras a Simón Janney por Meg Shipton. Pero con su júbilo se mezclaba una sensación de inquietud ante el hecho de que al desembarcar en Devon se encontraría a solas con la desconocida que ahora era su mujer.
No sabía nada de ella, salvo que había sido elegida por su padre, que procedía del vecino condado de Bucks y que era católica. En los breves momentos que había hablado con ella, le había parecido muy austera, pero tal vez ella hubiera sentido lo mismo respecto a él; preciso era reconocer que se había acomodado con notable facilidad al extraordinario comportamiento de Meg Shipton y había aceptado al niño sin aparentes escrúpulos. Una cosa más: por lo menos tres pasajeros del Victorious del capitán Hackett habían buscado a Steed para asegurarle que en Martha Keene obtenía una mujer maravillosa: «Prestó mucha ayuda durante los días de mareo, y es una dama.»
Asquas y los demás indios habían visto acercarse la lancha de Devon y estaban esperando en el muelle cuando ésta arrió la vela, pero Martha no se encontraba allí, por lo que, mientras la
embarcación maniobraba, una de las mujeres fue a buscarla. No hacía falta; Martha se había retrasado sólo porque había estado cuidando al niño; ahora, llevándolo como si fuese una madonna, salió de la cabaña para recibir a su marido.
Steed nunca olvidaría aquel momento. Había estado dando instrucciones a los indios para descargar la embarcación y llevaba en sus brazos un pesado fardo de telas, cuyos extremos flotaban en la brisa, cuando la vio bajar cuidadosamente por el sendero en dirección al muelle. Se movía con estudiada gracia, como si entrase en una iglesia, y llevaba el niño como si fuese suyo. Un pañuelo negro atado en torno a la cabeza enmarcaba su pálido rostro, pero sus ojos y sus labios coincidían en una sonrisa de bienvenida que le pareció a Steed la expresión humana más cálida que jamás había visto.
Dejando caer el fardo de telas, saltó a tierra y corrió hacia ella, abrazándola y besándola ante los sorprendidos indios.
–Me alegra mucho que estés aquí -murmuró.
–Éste es mi hogar -dijo ella.
Pero Steed sería siempre una clase especial de católico, un tradicionalista poético: cinco mil años de poesía celta en la que se habían injertado mil años de prudencia sajona. Nunca podría descansar tranquilamente con Martha Keene hasta que se hubieran casado ritualmente, y cuando, en diciembre, habló del asunto con ella, descubrió que también ella experimentaba una abrumadora sensación de pecado. Trataron de tranquilizar su conciencia embelleciendo la capilla, la primera estructura católica de su género en Virginia, con un tosco crucifijo tallado por él y un manto morado que ella tejió y tiñó, como si esto sancionara su unión.
Pero, al comenzar el nuevo año, ella preguntó de pronto:
–¿Nos casaría el werowance… a su manera?
Ese mismo día navegaron río arriba hasta Patamoke, y, tan pronto como vio a la nueva mujer, tan austera y formal,
Patamoke dijo en choptank:
–Steed, ésta es mucho mejor.
–Queremos que el werowance nos case.
–Nunca te habías preocupado antes.
–Temía que se marchara.
–Yo también -respondió el viejo jefe, y, mientras hablaba, sus ojos se posaron en Tciblento, que había estado escuchando la conversación, y se preguntó por qué aquel hombre había sido incapaz de encontrar en su hija la esposa que necesitaba. Cuestión sumamente desconcertante, pues desde la primera vez que vio a Meg Shipton comprendió que Steed no debía casarse con ella; era rápida y huidiza como el pato negro, y ningún hombre podría cogerla. La nueva sería fuerte y estable, como Onk-or, el ganso, una buena esposa pero desprovista de ardor. Y, durante todo el tiempo, allí estaba Tciblento, la mujer más exquisita que el río había producido ni produciría jamás, y no había encontrado forma de convencer a Steed de esta verdad. Era realmente desconcertante, como si el inglés tuviera ante los ojos una nube que le impidiera ver la excelencia de una india.
No obstante, Pentaquod organizó una solemne ceremonia de boda, bajo altos robles tierra adentro, y todos los miembros de la tribu se congregaron para rendir tributo a un hombre en quien habían llegado a confiar. El chamán entonó bendiciones, y las comadres predijeron que la unión sería fructífera. Cangrejos, peces y pieles de castor fueron depositados ante los dioses, que, adecuadamente propinados, podía confiarse en que prestaran su protección a aquel matrimonio. Cuatro niñas de la tribu llevaron flores para que Martha se situara sobre ellas, y cuatro niños entregaron a Steed una larga pipa y una flecha con plumas de águila.
Luego, Pentaquod habló con palabras que Martha no pudo comprender. Se refirió a sí mismo y a Steed como dos extranjeros
que habían llegado a aquella tribu, y que habían encontrado felicidad y bienestar a orillas de aquel río. Señaló que tanto él como Steed habían tomado mujeres extrañas y que esas cosas daban a menudo buen resultado, como en su caso. Dijo luego que, cuando un hombre va a un lugar nuevo y toma una nueva esposa, se asocia para siempre con la suerte de ese lugar, y queda obligado a defenderlo en la guerra y a guiarlo en la paz. Steed había demostrado ser el buen vecino. Los indios que trabajaban en la isla Devon le habían asegurado que la esposa de Steed sería también una buena vecina, y él les bendecía a los dos por haber llegado a aquel río.
Cuando el anciano terminó, Steed tenía lágrimas en los ojos, y también Tciblento, que apreciaba con terrible intensidad la propiedad de lo que su padre había dicho. Mientras el werowance oficiaba la ceremonia, ella había intentado, intentado desesperadamente, mantener apartados de Steed sus oscuros ojos, pero, al final, le fue imposible contenerse. Mirándole con un anhelo que la consumía, formuló la pregunta que carece de contestación:
–¿Por qué? ¿Por qué?
Cuando la lancha devolvió a la pareja a la isla, Martha dijo:
–La muchacha india de las trenzas,…, la de los ojos oscuros…, está enamorada de ti, Edmund.
–¿Tciblento? Es la hija de Pentaquod.
–¿Por qué no te casaste con ella?
–¡Una india!
Martha no volvió a hablar más del asunto, pero, más tarde, cuando Tciblento se ofreció a visitar la isla para instruirla en las costumbres indias, rehusó cortesmente, y a veces pasaban meses enteros sin que los Steed vieran a Tciblento, pero un día de 1619 el propio Pentaquod llegó a Devon para informar a los colonos que su hija iba a contraer matrimonio y que se sentiría muy complacido si asistían a la ceremonia. Fueron, y Martha vio que la muchacha
india, de veintitrés años a la sazón, y muy hermosa en su vestido de piel de ciervo adornado con púas de puerco espín, estuvo durante toda la ceremonia con las lágrimas a punto de saltársele. Martha opinó que el joven con quien ella se casaba valía muy poco y dudó que heredara jamás el título de werowance.
En aquellos años los Steed pagaron a Pentaquod y a los choptanks importantes sumas por cualquier nueva tierra que ocupaban. Poseían ahora 2.160 acres en la isla Devon; la extensión exacta había sido calculada por Martha, con la ayuda de cuidadosas mediciones realizadas por su marido. Sólo unos pocos estaban sometidos a cultivo, pero tenían derecho también a otros 2.488
acres en el continente. Estos terrenos no habían sido despejados aún; Steed tenía intención de quemar los árboles tan pronto como hubiera adiestrado a un número suficiente de indios en el cuidado de los campos, de los que obtendría cada vez mayor cantidad de maíz para Jamestown.
Fue en 1626 cuando la suerte de los Steed dio un giro radical, después del cual el desbroce de nuevos terrenos se convirtió en urgente necesidad. En diciembre de aquel año había ido a Jamestown con su lancha cargada de maíz, pieles de castor, sasafrás y caviar, y, mientras transfería todo a un navio de dos palos procedente de Londres, vio que una tosca lancha fluvial llegada de algún punto situado aguas arriba del James estaba descargando también al otro lado del mercante. Se trataba de Simón Janney, y la carga que izaba con ayuda de cuerdas era nueva para Steed.
–¿Qué son esas grandes balas? – preguntó.
–La hierba hedionda -respondió Janney.
–¿Tabaco? ¿Hay beneficio en el tabaco?
–Desde luego.
–¿Dónde está tu granja?
–A bastante distancia río arriba.
Una pausa, y, luego:
–¿Está Meg contigo?
–No.
Nuevo silencio. Luego:
–¿Qué ha sido de ella?
Janney no respondió a la pregunta.
–Si has desbrozado terrenos, Steed, deberías pensar en el tabaco. Difícil de cultivar, pero fácil de vender.
–Yo he dedicado mis tierras al maíz.
–Cambia al tabaco. No te arrepentirás.
–¿Y dónde está Meg?
Janney dio una patada a una de las balas y, luego, confesó:
–Dos horas después de bajar de su canoa en Jamestown, encontró un hombre que buscaba esposa. Antes de que llegara la noche, ya me había pagado el dinero de su pasaje, y no tardaron en casarse. Vive en una de las nuevas casas de la orilla del río.
Steed la vio una vez. Llevaba una sombrilla y se tocaba con un gran sombrero de paja ribeteado con una cinta dorada, del que asomaba provocativamente su cabello, reluciente al sol. Caminaba con pasos ágiles y parecía sonreír para sus adentros aun antes de ver a su ex marido, como Steed insistía en llamarse. Cuando vio que era Steed de Devon quien estaba junto a la calzada, le saludó con gravedad inclinando la cabeza, sonrió levemente, como si le fuera imposible dominar su risa interior, y pasó de largo. Su marido
-dijeron a Steed los hombres del muelle- era un hombre de creciente importancia en la colonia.
Pero fue Simón Janney quien causó la impresión duradera en aquel viaje de 1626, pues cuando la lancha de Steed y la suya hubieron sido descargadas, condujo al isleño a una taberna, donde hablaron seriamente durante largo tiempo.
–Si tienes preparados buenos terrenos, Edmund, deberías plantar tabaco inmediatamente. Yo tengo más semillas de las que
necesito, y estoy dispuesto a llevártelas a Devon para que puedas empezar, siempre que repartas conmigo los beneficios.
–Has dicho que es difícil de cultivar. ¿Cómo de difícil?
–Hay muchos riesgos. Debes cuidar que la tierra no se ponga mohosa. Ni que se caliente demasiado. Y es mejor si tienes un cobertizo para el secado; pero, aun en ese caso, es preciso revolver las hojas.
Pasaron la noche discutiendo el cultivo de aquella delicada planta, y hacia la mañana Janney convenció a Steed para que probara suerte.
–No te molestaría si tuviera mis propias tierras, Steed, pero los indios se muestran reacios. Mi mujer y yo no hemos podido…
–¿Qué mujer?
–El capitán Hackett la trajo. Ciento treinta y siete en total. Y
todas quedaron colocadas en dos días. La mía es flacucha, pero sabe trabajar.
Mrs. Janney había estado trabajando como criada en Londres y había quedado embarazada de su amo, que cayó sollozando en brazos de su mujer, con el lamento: «La muy zorra me tentó.» El clero la había llevado al tribunal, que la condenó como ramera; cuando su hijo nació, muerto, todos los afectados consideraron que lo mejor era enviarla a Virginia, por lo que su señora le pagó el pasaje en el barco del capitán Hackett.
Éste, naturalmente, olvidó que su pasaje ya había sido pagado y la ofreció en venta a su llegada. Era una criatura esquelética y desgarbada, que merecía la descripción de «flacucha» que había dado su marido. No suscitó ninguna puja en los primeros momentos de la subasta, pues, ciertamente, no presentaba grandes atractivos, pero esto no desanimó a Hackett.
–Alguien tiene que quererte -le aseguraba-. Las mujeres son muy estimadas…, cualquier mujer.
Y, aunque ella y otros dos adefesios permanecían solos en el extremo de la fila, el capitán seguía confiando en encontrar algún plantador poco favorecido que la necesitase.
Simón Janney era aquel hombre. Tras la amarga decepción anteriormente sufrida en aquella cuestión, regateó el precio con Hackett, y, cuando llegaron a un acuerdo, se la llevó hacia el Oeste.
Esta vez no tuvo ningún problema para conservar a su mujer; para ella, él representaba un refugio definitivo.
Steed permaneció en Jamestown más tiempo del que había supuesto, porque Janney insistió en que remontara el James para inspeccionar los campos de tabaco, y, cuando desembarcaron en el destartalado muelle y vio las inmundas condiciones en que vivía Janney, comprendió la decisión de Meg de fugarse.
–Ésta es Bess -anunció Janney cuando Steed entró en su choza.
Steed vio una mujer demacrada y cubierta con un harapiento vestido. Tenía los dientes en mal estado y llevaba el pelo desgreñado. Pero cuando ella y su marido le llevaron a ver los campos, encontró todo cuidado con extrema pulcritud y comprendió su estrategia: primero, los campos.
–Son unos terrenos excelentes, Simón -dijo-. ¿Producen buen tabaco?
–Sí. Y si pudiese confiar en la ayuda de los indios, despejaría la zona que se extiende más allá de los árboles.
–La ayuda puede tardar mucho en llegar -repuso Steed, pensando en lo pacíficos que eran los choptanks y lo peligrosos que eran los potomacs.
–Se habla de traer más negros de África -dijo Janney-. Pero aun entonces los pequeños plantadores nos quedaríamos sin ver siquiera a uno de ellos.
–Necesitas ayuda para despejar esta comarca -convino Steed.
Se quedó luego observando mientras Janney desvelaba los misterios de la plantación del tabaco, el cultivo de los campos y el
manipulado de la hoja. Steed nunca había fumado tabaco y dudaba mucho que la moda fuese a durar, pero cuando supo las ganancias que Janney había obtenido con sus pequeñas tierras, su codicia despertó.
–¿Podría yo ganar lo mismo con los míos? – preguntó.
–¡Más! Observé tus campos cuando fui a buscar a Meg.
Este triste recuerdo aminoró su entusiasmo, y continuó, con voz más apagada:
–Steed, con tus campos y tus indios, podrías triplicar lo que yo gano.
Llegaron a un acuerdo, conforme al cual Janney haría acopio de la mayor cantidad posible de semillas de tabaco, y luego seguiría a Steed a Devon, donde enseñaría a los indios a cultivar lo que él llamaba «la hierba hedionda». Cuando llegó, Steed y su mujer pidieron a Pentaquod que les prestara seis choptanks más para labrar los campos y cuidar las delicadas plantas. Construyeron también junto a la orilla un par de alargados cobertizos para secar las hojas, y Janney les enseñó a construir barriles de roble. Se desarrolló en Devon una importante industria, y cuando la cosecha era recogida y curada, los grandes barriles rodaban hasta el muelle en que el capitán Hackett atracaba su Victorious.
La costumbre exigía que los virginianos, como colonos, enviaran su precioso tabaco sólo a la madre patria y sólo en buques ingleses. Ésto significaba que el capitán Hackett y su Victorious, superviviente de mil tormentas, ejercían un monopolio que pagaba mezquinamente a los colonos y generosamente a los comisionistas de Londres. Aun así, cuando empezaron a llegar a Devon cargamentos de mercancías que hacían las delicias de los indios a lo largo del Choptank, Steed comprendió que estaba en camino de construir una fortuna.
Janney le espoleó a obtener más beneficios aún, al señalar que, como podía utilizar a los indios, Steed debía poner en explotación
las abundantes tierras que poseía en la orilla Norte. Así, pues, Steed formó un grupo de trabajadores compuestos por él mismo, Janney y siete nuevos indios para despejar grandes extensiones de terreno al otro lado del canal, en las mismas condiciones que antes: Janney regresaría a Jamestown una vez que los campos estuviesen preparados y volvería con semilla de tabaco, compartiendo todos los beneficios que se obtuviesen.
Durante todo el invierno y la primavera humearon en el cielo las hogueras, mientras los indios se arrodillaban en torno a los troncos de gigantescos robles y pinos, cercándolos y obligándolos a morir. En los campos en que habían sido quemados los troncos, se ataban cuerdas a las ramas más altas, ahora muertas, y los centinelas del bosque eran derribados. Luego, Steed y Janney esperaban un día de lluvia, cuando el peligro de que el fuego se propagase era mínimo, y encendían vastas conflagraciones para consumir los caídos árboles, que no les ofrecían ninguna utilidad. Durante semanas, el cielo sobre el Choptank permanecía negro de humo, y los hombres, más negros aún de hollín.
–¡Nos estamos haciendo ricos! – exclamó Janney, lleno de júbilo-. Y, cuando hayamos terminado aquí, transportaremos a estos indios al otro lado de la bahía y quemaremos nuevos bosques que he visto a lo largo del Rappahannock.
–¿Abandonarías tu granja a orillas del James?
–Ha sido un río infausto para mí.
–¿Por qué no vienes aquí? Podrías tomar tierras a lo largo del Choptank.
–¡Oh, no! – replicó Janney, sin vacilar-. El centro de la vida siempre estará allá.
Y ningún argumento pudo convencerle para que abandonase la orilla occidental, donde se amasarían las grandes fortunas y se forjarían reputaciones perdurables.
El capitán John Smith se había convertido en un viejo parlanchín que aburría a sus amigos de Londres con incoherentes historias de Hungría y Virginia. Hasta rnuchos años después de su marcha de la colonia y de la muerte de la princesa india Pocahontas, no reveló que cuando el jefe Powhatan le salvó del tajo fue sólo porque la bella princesa se había arrojado ante su postrado cuerpo, el de Smith.
–Me amaba -confió-, me amaba desesperadamente,
–Entonces, ¿por qué se casó con Rolfe y no contigo? –
preguntó un hombre que había conocido a Pocahontas durante la visita de ésta a la corte inglesa.
–¡Casarme! – resopló Smith-. ¿Un capitán inglés enredarse con una india y mucho menos casarse con ella? Eso es para gentes de menos categoría, como el joven Rolfe.
Quedó consternado cuando viajeros llegados de Virginia le informaron de que Edmund Steed, con quien había estado en Jamestown, había revelado finalmente su verdadera personalidad, presentándose como católico.
–¿Papista? – repitió varias veces, meneando incrédulamente la cabeza.
Luego, su mente se despejó y recordó sus aventuras con aquel valeroso joven.
–Estuvo muy cerca de la muerte. Le estaban arrancando la carne al pobre Ratcliffe, pulgada a pulgada, y el pobre hombre murió. No me importó gran cosa. Él había votado en Nevis porque me colgaran, pero volví a tiempo para salvar al joven Steed.
No había sucedido así. Smith se había ido mucho antes de que Ratcliffe muriese.
–También estuve con él en la enfermedad. Es decir, con Steed, no con Ratcliffe. En una tienda murieron de disentería siete de los que estábamos en ella, pero yo resistí. Steed compartió conmigo su última comida.
Había habido otras aventuras, pero Smith no podía recordarlas ahora.
–Recuerdo que tenía que corregir lo que escribía. No ponía cuidado en los detalles. Y debo confesar que siempre sospeché de él. Tortuoso, le llamé una vez. No sincero, como un inglés decente.
Papista, ¿eh? Sabía que ocultaba algo.
En los meses siguientes, Smith habló con frecuencia de Steed, y citaba su subversivo catolicismo como ejemplo de por qué el rey Carlos no debía conceder favores a los lores católicos de Baltimore.
–¡Concederles una colonia en Virginia! ¡Vergonzoso! Los papistas se adueñarán de todo el continente. Son tortuosos. Ya sabéis que el abuelo de Steed tuvo que ser ahorcado y descuartizado por la buena reina Bess.
Antes de que finalizara el año, había muerto, lamentando los oscuros cambios introducidos por los dos reyes, Jacobo y Carlos.
Uno de sus últimos juicios fue que las cosas habían estado mucho mejor dirigidas por Isabel.
Pentaquod había previsto que cuando el hombre blanco llegase al Choptank, peligrarían todas las tradiciones de la vida india, y había salido voluntariamente de su retiro para ayudar a su tribu a efectuar la transición. Lo que no había previsto era las curiosas formas en que se manifestaría el impacto.
No había esperado que ningún hombre blanco fuese tan agradable como el que se instaló en la isla Devon, ni que pudiera tener en común con él los problemas que preocupaban a todos los hombres: dificultades con las mujeres, la constante lucha por encontrar alimento, complicaciones en la educación de los hijos, protección de las ganancias. En tres ocasiones distintas habían llegado mensajeros indios procedentes del otro lado de la bahía con el propósito de inducir a los choptanks a rebelarse contra los blancos: un día determinado. Pentaquod daría muerte a todos los que se encontraban en Devon y, luego, cruzaría la bahía para
sembrar la muerte y la destrucción a lo largo del james y el Rappahannock. Pentaquod había respondido siempre: «Steed es un amigo en quien puede confiarse más que en la mayoría de los nuestros.» No sólo se había negado a matar a Steed, sino que había enviado más choptanks a proteger la isla contra los esfuerzos de los potomacs. Por eso, cuando la orilla occidental se vio asolada por horribles matanzas, nada sucedió en la oriental. Las relaciones con Steed eran mejores de lo que hubiera podido esperarse.
Por el contrario, se había sentido mortalmente herido cuando el sosegado inglés rechazó a Tciblento; Pentaquod había comprendido por qué, y sospechaba que su hija también. Los indios eran inferiores, y todo contacto entre las razas debía limitarse al ámbito del trabajo y el comercio. El anciano se sentía aterrado por la ansiedad con que los suyos se apoderaban de las chucherías que los comerciantes blancos les ofrecían. Ahí estaba el peligro, comprendía Pentaquod: en que pudieran quedar destruidos los valores de su pueblo. Por el momento, se conformaban con pescar y cazar castores y coger sasafrás y cuidar su maíz, pero llegaría el día en que abandonaran esas ocupaciones, y ese día empezarían a debilitarse los choptanks.
Tenía buen cuidado de no interferirse en las prerrogativas del joven werowance. Él había vuelto como consejero, y, pese a las presiones que se le ejercieron para que asumiera de nuevo la jefatura, se limitaba a desempeñar exclusivamente aquel papel. Lo hacía por convicción: los jóvenes debían aprender a relacionarse con los blancos si esperaban conducir a su pueblo a través de aquellos peligrosos tiempos. Por eso, cuando el capitán Smith apareció por primera vez en Patamoke, Pentaquod se había mantenido en un segundo término a fin de que el werowance adquiriese experiencia en la valoración de las intenciones de los recién llegados, y en todos los tratos con Steed, Pentaquod se había quedado al margen. Cuando hubo que firmar las escrituras de
cesión de la isla Devon, fue el werowance quien estampó el primer signo.
El anciano conservaba sus tres plumas de pavo, y cuando se movía entre los choptanks, todos sabían que él era su jefe, y a él se volvían siempre que se avecinaba una crisis. Ahora, acudieron también a él, perplejos.
–Cada día surgen nuevos incendios -protestaron-. Abrasan todos los árboles entre los ríos, donde solíamos escondernos.
Y Pentaquod subió a su canoa y remó río arriba para hablar con Steed. – ¿Es necesario quemar los viejos árboles?
–Sí.
–¿Con semejante desolación?
Y señaló a los ciervos que huían de las llamas y a un aturdido castor aferrado a su madriguera mientras se acercaba el fuego.
–Debemos tener más campos para el tabaco -explicó Steed.
–Nosotros cultivamos todo el tabaco que podemos fumar -dijo Pentaquod, señalando hacia los pequeños claros en que las mujeres de su tribu habían cultivado la planta.
–Es suficiente para vosotros, pero no para Londres.
–¿Tenemos que quemar nuestros bosques para Londres? –
preguntó el anciano.
A Steed le resultaba difícil esclarecer las complicaciones del comercio transoceánico, explicar que era no sólo obligatorio, sino también moralmente imperativo quemar bosques en Virginia para que el tabaco pudiera ser quemado en Londres. Pentaquod no podía comprender.
Tres veces más volvió para protestar contra aquella abusiva utilización de los bosques del Choptank, y en la última visita, Simón Janney se impacientó. No conociendo ninguna palabra de choptank, no quería que el anciano le hiciera perder su precioso tiempo. Empujándole a un lado, gruñó:
–¡Lárgate, viejo! Tenemos trabajo.
Pentaquod regresó, abatido, a su canoa. Manejó pesadamente el remo y, cuando llegó al poblado, informó al werowance que había que hacer pronto algo para detener aquellos voraces incendios. Los dos jefes hablaron largamente, sin querer ninguno de los dos enfrentarse a lo inevitable: luchar o huir. Y, cuando habían llegado a un silencioso callejón sin salida en sus deliberaciones, aparecieron corriendo dos jóvenes miembros de la tribu con una terrible noticia:
–¡Pentaquod! ¡Han provocado un incendio que destruirá tu refugio!
Los dos jefes remaron juntos más allá de la marisma, hasta el pequeño río que conducía a la bifurcación del estero en que había vivido Pentaquod, y, al aproximarse, vieron grandes incendios que avanzaban por todas partes arrasando el campo en que Navitan había cultivado ñames, calcinando el lugar en que había nacido Tciblento, destruyendo los árboles en que sus hijos habían tenido sus cachorros de oso. Mientras los dos indios contemplaban la escena, se intensificó el crepitar de las llamas hasta parecer como si todo el estero fuera a empezar a hervir, y, luego, todo desapareció: los árboles, el pequeño embarcadero, los recuerdos de Tciblento jugando junto a la casa. Horrorizado, Pentaquod se resistía a creer que los hombres lo destruyeran todo por conseguir hojas de tabaco, pero lo hacían.
–Debemos regresar -dijo Pentaquod al werowance.
Y aquella noche tomaron su decisión: era imposible vivir junto al hombre blanco, por lo cual fueron despachados en secreto mensajeros portadores de firmes órdenes, y, a la mañana siguiente, cuando Steed y Janney se disponían a provocar nuevos incendios, no encontraron ningún indio para ayudarles. Steed supuso que se habrían ido a pasar la noche en Devon con sus amigos, pero cuando fue allí en su pequeña embarcación, descubrió que no sólo habían
desaparecido los indios que trabajaban en los campos, sino también los establecidos en la isla, juntamente con sus mujeres.
–Anoche vinieron unas canoas a buscarlos -informó Martha-.
Se llevaron todas sus cosas. Dudo que vuelvan.
–¡Imposible! ¿Adonde iban a ir?
–A su poblado, supongo.
Sin esperar a recoger a Janney, se dirigió tan rápidamente como pudo a Patamoke, y allí estaban sus indios, sentados desconsoladamente ante la alargada cabaña.
–¿Qué hacéis aquí? – preguntó, pero ninguno de ellos habló.
Cuando repitió la pregunta, una de las mujeres hizo un gesto en dirección a la puerta de la cabaña.
–¿Os han obligado ellos a abandonarnos? – preguntó Steed.
El sonido de su voz alertó al werowance, que apareció en el umbral, vacilante y reacio a enfrentarse con el hombre blanco. Al instante apareció también Pentaquod, que se apoyaba en el hombro de Tciblento. Juntos, los tres indios se acercaron a Steed, y en sus rostros se reflejaba el respeto que sentían hacia aquel honrado inglés. Fue un momento que ninguno de los presentes olvidaría jamás, pues aquél fue el día en que se hizo inevitable la marcha.
–¿Qué me estáis haciendo? – preguntó Steed al werowance.
El joven permaneció en silencio. Pentaquod le dio un leve codazo, pero siguió sin atreverse a hablar. Fue el anciano quien respondió:
–¿Qué nos has hecho tú a nosotros? Has quemado nuestros pinos. Has cortado nuestros robles más altos. Has echado a los ciervos de sus hogares y a los castores de sus madrigueras. Has chamuscado las plumas de los pájaros y arrasado los lugares en que jugaban nuestros hijos. Steed, has destruido el paraíso que compartíamos contigo.
Steed retrocedió ante este torrente de acusaciones, y luego dijo, persuasivamente:
–Pentaquod, mi querido y fiel amigo, no comprendes. Si quemamos los campos, plantamos más tabaco. Si plantamos más tabaco, el barco del capitán Hackett vendrá con más frecuencia. Y
cuando viene, tú y los tuyos podéis tener escopetas para cazar.
–Antes de que tú vinieses, obteníamos nuestra carne sin necesidad de escopetas.
–Pero podéis tener también espejos, y brújulas como la que te dio el capitán Smith. ¿Te acuerdas?
–Siempre he sabido dónde estaba el Norte -replicó el anciano.
Luego, con tono de amarga tristeza, informó a Steed que en lo sucesivo ningún choptank trabajaría ya para él, y ninguna súplica del inglés logró modificar tal decisión. En pleno esfuerzo para despejar los campos, quedaba retirada toda la mano de obra de Steed; no se permitía que ni siquiera una sola mujer ayudase a Martha y a sus tres hijos. Cuando Janney se enteró de esa decisión, propuso que fueran a Jamestown, reclutaran un ejército y quemaran el poblado, a menos que los indios volvieran a trabajar, pero Steed desechó semejante locura.
En lugar de ello, Janney y él se quedaron a pasar la noche en Patamoke, y por la mañana solicitaron una entrevista formal con el werowance y Pentaquod. Fue concedida, y una vez más apareció el canoso anciano, apoyado en su hermosa hija. El saber que estaban a punto de quebrarse viejos lazos entristecía al antiguo jefe, y habló suavemente a su amigo.
–¿Qué quieres, Steed?
–Pentaquod, aliado de muchos años, ¿por qué nos causas daño?
–No es posible que tú y nosotros compartamos este río.
–¡Claro que es posible! Tus hijos y los míos juegan juntos, hablan la misma lengua, quieren a los mismos animales.
–No, Steed. Nos distanciamos en todas Jas cosas. Ha llegado el momento en que debemos separarnos.
–No es necesario. Cuando llegue el barco del capitán Hackett, puedes tener todas las cosas que tenemos nosotros.
–No queremos vuestras cosas. Sólo nos traen disgustos.
Janney, cuando le fueron traducidas estas palabras, indicó a Steed que le dijera a aquel viejo estúpido que, si los indios se negaban a trabajar, no tardarían en tener disgustos de verdad…, incluso guerra. Steed rehusó traducir sus palabras, pero Tciblento había aprendido suficiente inglés como para informar a su padre de lo que había dicho el otro inglés.
–¿Guerra? – repitió Pentaquod-. ¿Hablas de guerra? ¿Sabes qué ocurría al otro lado de la bahía cuando había guerra? Innumerables muertos y odio eterno. ¿Habéis sojuzgado a los potomacs o expulsado de vuestros ríos a los piscataways, Janney? Steed y yo hemos procurado que esa guerra no destruya nuestra amistad, y no la destruirá mientras yo viva.
Steed hizo caso omiso de esta argumentación y no se la tradujo a Janney, que miraba ferozmente al anciano. Lo que centraba la atención de Steed era el trabajo.
–Pentaquod, si mandas a tus hombres a trabajar para nosotros, les pagaremos… bien.
–¿Y qué comprarán con el roanoke?
–Lo que quieran -y extendió las manos para indicar la generosidad de Europa.
Pentaquod desechó con un gesto esta incongruente lógica y recordó a Steed:
–Cuando tú y tu esposa necesitasteis nuestra ayuda para construir un hogar en tu isla, trabajamos para ti. Y cuando quisiste despejar campos para cultivar alimentos, volvimos a ayudarte.
Incluso dije a mi gente que os instruyera en todas las técnicas necesarias. ¿No se ofreció mi hija Tciblento para enseñar a tus esposas?
Steed miró a la muchacha india, vestida con una piel de ciervo adornada con tiras de visón en los bordes y un collar de dientes de castor, y se dio cuenta por primera vez de que se había convertido en una mujer sorprendentemente hermosa. Tal vez le ayudara a ello el conocimiento de que, después de aquel funesto día, ya no la volvería a ver más. Se dio cuenta de que estaba enrojeciendo y de que sus ojos sostenían la mirada de ella durante más tiempo de lo que era correcto, pero se sentía incapaz de apartarlos. Luego meneó la cabeza, como para salir de su ensueño, y admitió:
–Tciblento nos ha ayudado mucho.
Tristemente, el anciano anunció:
–Steed, hoy nos vamos de nuestro poblado. No nos volverás a ver.
–¡No! – suplicó Steed.
–Durante muchas lunas he dicho a mi pueblo que podíamos compartir el río, pero estaba equivocado. Siempre quieres quemar más, destruir más. Te dejaremos con tus incendios.
–¿Qué está amenazando ahora? – preguntó Janney.
–Se marchan -respondió Steed.
–¡Estupendo! – exclamó Janney, con súbita aprobación-.
Ayúdales a irse. Échalos.
–¿Qué quieres decir? – preguntó Steed.
Pero antes de que el rudo campesino pudiera explicarse, Pentaquod llevó a Steed a un lado para preguntarle algo que le había desconcertado durante años.
–Querido amigo -dijo-, hace muchos veranos, cuando la Gran Canoa entró en la bahía, nuestro pueblo la observó cuidadosamente. Vieron las blancas velas, pero vieron también que los hombres tenían pieles que relumbraban al sol. ¿Qué era eso, Steed?
El inglés reflexionó pero no pudo encontrar una explicación razonable por lo que Pentaquod repitió el problema indicándose a
sí mismo en la cubierta del antiguo navío con el sol reflejándose en su cuerpo.
–¡Oh! – exclamó Steed-. Debía de ser un barco español.
¡Armaduras!
Y explicó cómo un hombre embutido en una armadura
resplandecería al sol, y luego Pentaquod abordó la cuestión que realmente le preocupaba.
–En el futuro, cuando yo haya muerto, los choptanks regresarán a este poblado. ¿Cuidarás de Tciblento?
Steed no respondió. Las lágrimas inundaron los ojos del anciano, haciendo innecesarias las palabras. Se abrazaron, regresaron a la alargada cabaña y se separaron por última vez.
Mientras su lancha se alejaba, Tciblento permanecía en pie en la orilla, una radiante mujer, sin agitar la mano en despedida y sin lágrimas en los ojos, simplemente erguida allí, en la desfalleciente luz, consciente de que nunca más volvería a ver al rubio inglés.
Cuando la lancha llegó a la marisma, Janney dijo
excitadamente:
–Hemos tenido suerte de librarnos de ese cerdo gandul.
–¿Qué vamos a hacer para encontrar ayuda?
–Los barcos llevan a Jamestown muchos tipos contratados para trabajar.
–¿Podemos hacer frente a ese gasto?
–El secreto es comprarlos baratos y explotarlos al máximo. Y
cuando hayan expirado sus siete años, largarlos.
Se succionó el hueco de un diente y añadió:
–Pero vienen tiempos mejores. Han empezado a traer grandes cargamentos de África. El capitán Hackett los ofrece en venta.
–La misma pregunta. ¿Podemos permitirnos ese lujo?
–Escucha, Steed. No puedes permitirte el lujo de no tenerlos.
Compras un esclavo una vez, y es tuyo para toda la vida. Él y sus hijos. Una verdadera ganga.
Pero no era tan sencillo como Janney había sugerido. Los esclavos no llegaban por barcos llenos, y los que eran traídos como parte de la carga, se quedaban en Virginia; eran demasiado valiosos para desperdiciarlos en los inseguros campos del otro lado de la bahía. Así, pues, cuando los indios se marcharon, su puesto fue ocupado por hombres blancos de la escoria de Londres, pero el grueso del trabajo era realizado por Steed y su mujer. La suya era la única plantación de la Orilla Oriental, una audaz y solitaria avanzadilla en la que los propietarios trabajaban quince y dieciséis horas diarias, el esfuerzo exigido siempre que debía construirse un hogar o una nación.
Steed supervisaba personalmente cada fase del cultivo del tabaco, desde la recolección de la preciosa semilla -diez mil no bastaban para llenar una cucharilla-, hasta desmochar las plantas jóvenes, operación que impedía la proliferación de hojas inútiles en el tallo y aseguraba que unas pocas y grandes hojas alcanzasen una altura adecuada; había que hacerlo durante los días más calurosos de julio y agosto, cuando el calor reverberaba en las quietas aguas.
Entonces, Steed se movía entre sus plantas, y las despuntaba cogiéndolas entre el pulgar y el índice derechos; con el tiempo, su mano derecha acabó haciéndose más grande y más fuerte que la izquierda, y su pulgar derecho se tornó grande, oscuro y grueso.
Una mañana, durante el desayuno, Martha Keene -se negaba a adoptar el apellido Steed antes de estar debidamente casada-observó la coloración del pulgar de Edmund y le sorprendió inclinándose sobre la mesa y besándoselo.
–El emblema de nuestra verdadera nobleza -observó.
En aquel tiempo, en la distante Inglaterra, el hermano mayor de Edmund ostentaba el título de baronet y era conocido como Sir Philip Steed, pero en el Nuevo Mundo estaba naciendo una nueva nobleza, de la que los Steed de Devon serían una de las familias fundadoras.
Al prestarse voluntariamente a emigrar a Virginia, Martha Keene realizó un acto de valor muchas veces repetido y rara vez apreciado; pero cuando se trasladó – la soledad de la isla Devon, aquello fue puro heroísmo.
¿Cómo sobrevivió? Precariamente. No había médico, y sólo las medicinas más elementales: calomelanos para la indigestión, té de sasafrás para la fiebre. El estreñimiento era un temor constante, pues podía originar enfermedades más graves, así que cada familia tenía su purga favorita; la malaria era también un tormento. Los dientes constituían un problema especial, y cada localidad poseía un par de tenazas, gastadas y oxidadas, para extraer las muelas careadas, así como un hombre de brazo fuerte y buena vista que era el encargado de realizarlo; dos hombres sujetaban al paciente por los hombros, otro se echaba sobre sus rodillas, y las tenazas hacían su trabajo, retorciendo y estirando hasta que algo se rompía.
Las madres veían con angustia cómo sus hijos contraían una interminable serie de enfermedades, velando las noches de fiebre y llorando cuando los pequeños eran enterrados bajo los pinos. Sin embargo, si los niños resistían este asalto mortal, desarrollaban una sorprendente inmunidad; a menudo, vivían desde los dieciocho años hasta los cuarenta y ocho sin padecer apenas ninguna enfermedad, gentes roqueñas que podían resistir el frío y el hambre y la mala alimentación, pero entonces eran ya viejos y solían morir a los cincuenta años. Las mujeres, especialmente, morían jóvenes, y no era raro que un marido enterrara a dos esposas antes de dejar una viuda joven que le sobrevivía durante veinte años.
La casa a la que llegó Martha había sido muy mejorada por su anterior ocupante, la animosa Meg Shipton, pero apenas era todavía algo más que una primitiva choza. Se hallaba soberbiamente emplazada: desde la bahía de Chesapeake, se torcía hacia el Este a través del canal Norte de la isla y, luego, se volvía hacia el Sur para entrar en el amplio estuario que conducía al río Devon. A una milla
aguas arriba emergía de la orilla Norte un embarcadero, y sobre éste, en una pequeña plataforma de excelente tierra y desde la que se dominaban amplias distancias, se alzaba la casa. Había sido construida por etapas, primero una cabaña, luego una cocina separada orientada al Este, de modo que recibía los rayos del sol al amanecer; luego, un segundo piso con dormitorios horriblemente fríos en invierno, y, por último, varios cobertizos comunicados entre sí y zonas de almacén.
Escasos muebles hechos con madera del lugar, algún que otro utensilio tallado en roble, unos cuantos cuchillos y tenedores y cucharas de madera: éstas eran las cosas con las cuales Martha tenía que trabajar. Tenía una olla de hierro, suspendida de un gancho sobre un fuego descubierto, y una especie de horno de hierro y barro en el que realizaba milagros. Un pequeño fuego ardía día y noche, alimentado por inmensos montones de madera apilados en el exterior, junto a la puerta. Había pocas mantas, pero muchas pieles de animales, que en algunos aspectos eran mejores, pues se manchaban menos, y unos pantalones de hombre duraban doce o quince años de uso constante, y un vestido de mujer sobrevivía a innumerables alteraciones o adiciones. Los adornos eran escasos, y los que un marido regalaba rara vez eran lucidos por la mujer, aunque los estimaba enormemente.
La casa tenía dos peculiaridades, una de las cuales enfurecía a Martha y la otra le producía gran satisfacción. Como había poco cristal en Jamestown, y absolutamente nada en Devon, los Steed habían cubierto sus ventanas con papel engrasado, y decenas de veces, Martha, contemplando ventanas que dejaban pasar la luz pero no permitían ver a su través, se sorprendía a sí misma lamentándose: «¡Ojalá tuviéramos cristales por los que se pudiera ver!» Y, siempre que un barco zarpaba rumbo a Bristol, suplicaba:
«¿No pueden traer cristal de Holanda?» Lo que le agradaba eran los pesados platos de estaño; eran sólidos, y verlos pulcramente
apilados en su armario de madera de pino era una experiencia que le complacía.
–Los aprecio más que si fueran de plata -decía a su marido, y los lavaba y se regocijaba-: Son míos.
El trabajo se acabó especializando, pues con la llegada de esclavos a Jamestown resultó útil para los dueños de plantaciones fomentar entre ellos habilidades particulares. Las esclavas que sabían coser eran mantenidas en el interior de las casas; los hombres que sabían hacer zapatos eran muy estimados, y también, y muy especialmente, los negros que sabían convertir robles en duelas, y las duelas en barriles para transportar tabaco. El pobre Steed, sin acceso a los esclavos, tenía que dominar por sí mismo todas las artes mecánicas y, luego, enseñárselas a los nuevos sirvientes que iban llegando a Devon. Era una tarea desagradecida; se pasaba dos años instruyendo a algún desmañado individuo a fabricar un barril y luego disfrutaba solamente de cuatro años de trabajo productivo por parte del joven, ya que el séptimo año resultaba desperdiciado en su mayor parte: el hombre se pasaba casi todo ese tiempo tratando de encontrar tierra en la que poder construir su propia granja. Steed se convirtió en el maestro instructor de la Orilla Oriental, y Devon, en la Universidad a través de la cual se civilizaría el Choptank.
Una característica peculiar de la vida en Devon era que no existía el dinero. A veces, los Steed se pasaban tres años sin ver una sola moneda, y cuando la veían, lo más probable era que fuese de origen español o francés. Las libras y chelines ingleses escaseaban increíblemente, como resultado de una deliberada táctica del Gobierno de Londres y de los oficiales del rey en las colonias. «Mientras controlemos la circulación de monedas -
razonaban-, conservaremos el poder.» Así, pues, las plantaciones se veían estranguladas por la falta de medios de cambio; ningún
empleado de Steed tenía jamás un penique que gastar, pues no había peniques, ni lugar en que gastarlos, ni nada en que gastarlos.
Como autodefensa, los colonos inventaron su propia moneda: el roanoke era universalmente aceptado; el tabaco podía ser legalmente utilizado para pagar cualquier deuda; y los impuestos eran específicamente fijados en barriles de la hierba. La riqueza total de los Steed, que se estaba tornando enorme, se hallaba representada en tabaco, ya fuera en los campos, o en los secaderos, o en barriles que esperaban ser embarcados, o en tránsito a través del Atlántico o en algún almacén de Londres. Hojas de papel, rotas y arrugadas a menudo, representaban sus ahorros.
Todas las cosas las esperaban de Londres. Un paquete de agujas era algo precioso, y Martha se apenaba profundamente si perdía una. Los clavos eran como oro; un sirviente no hacía en todo el año más que tallar clavos de madera, adquiriendo tal destreza en esta actividad, que sus bien acabados productos eran intercambiados ampliamente por toda Virginia. De Londres llegaban libros, y ropas, y utensilios, y muebles, y todas las cosas que hacían tolerable una remota isla. Los Steed seguían amando a Inglaterra, y cuando llegaban los barcos desde el otro lado del océano, la familia entera se congregaba en el muelle para ver las cosas que traían, y con frecuencia las cartas provocaban lágrimas, no por una sensación de pérdida, sino por una terrible nostalgia.
El muelle era interesante. Hacia él y desde él circulaba la savia vital de la plantación, y su supervivencia era de la máxima importancia. Se buscaron altos cedros, gruesos por la base y de diámetro progresivamente menor a medida que se iba ascendiendo.
Fueron cortados, desbastados y llevados hasta el borde del agua.
Luego se clavaron y sujetaron gruesos travesaños de dos metros de longitud a una estaca cuyo puntiagudo extremo hundieron dos hombres en el fango todo lo que sus fuerzas les permitieron, Después, otros dos hombres accionaron los extremos del travesaño
e introdujeron el pilote de cedro en el fondo del río. Finalmente, cuando todo estuvo bien dispuesto, otros dos hombres subieron a una plataforma y afianzaron a martillazos el pilote. El muelle se hallaba sustentado sobre veintiséis pilotes de éstos, y era tan sólido, que incluso los grandes navíos podían atracar en él sin peligro.
El aprender constituía una preocupación constante. Martha enseñaba a los tres chicos aritmética y latín, sabiendo que no podía considerarse instruido ningún joven que no poseyera amplios conocimientos de esa espléndida lengua. Edmund consideraba responsabilidad suya enseñarles Historia y griego, pero, a veces, después de haber trabajado duramente en los campos, se quedaba dormido durante las clases, y Ralph le daba un codazo y murmuraba:
–Sigue con tu griego. ¿Quieres que sean salvajes?
Todos los días, a las cinco de la mañana, Edmund se preparaba para la jornada leyendo libros que había traído de Oxford -
Tucídides y Josefo en griego, Séneca y Cicerón en latín-, y de estos autores, junto con Plutarco, que le entusiasmaba, obtenía ideas sobre cómo debían comportarse los hombres y las naciones.
Finalmente, estaba la capilla, el sencillo edificio de la cruz de madera. Los Steed se reunían allí para orar y para reafirmarse en su fe. Creían que Dios supervisaba sus vidas y anotaba en su favor todas las ocasiones en que se comportaban amablemente con sus servidores; pero, siempre que la familia abandonaba este lugar de oración, Martha se rezagaba en la puerta, volvía la vista hacia el altar y pensaba: «Algún día me casaré aquí.»
El problema de la religión de Steed no preocupaba ya a los dirigentes de Virginia; se sabía que era un tipo difícil, fiel a la fe por la que había sido ahorcado su abuelo, y circulaban por la colonia ciertos libros con grabados que representaban a Sir Latimer siendo descuartizado por su condición de traidor papista, pero la mayoría de los virginianos parecían contentos de que se mantuviera
apartado, al otro lado de la bahía y fuera de su vista. Las complicaciones surgieron a finales de 1633, cuando su hijo Ralph, de diecisiete años a la sazón, consideró que había llegado el momento de contraer matrimonio y crear su propia granja en los campos situados frente a Devon. Por consiguiente, navegó a lo largo de la bahía, entró en Jamestown y pidió permiso para casarse con la hija de un plantador de Virginia; los parientes de ésta señalaron que el muchacho era papista, hijo de un padre confesadamente católico y de una madre especialmente importada de Inglaterra, pero otros argüyeron, y con razón, que el joven Ralph no era hijo de la esposa católica, sino de Meg Shipton, que era tan buena protestante como cualquier otra persona de la colonia y estaba casada con un destacado comisionista de la región. Eso hacía que Ralph fuese sólo medio católico, pero era suficiente para impedir un matrimonio.
El muchacho quedó desolado ante este rechazo y se retiró a Devon en tan abatido estado de ánimo, que sus padres dejaron lo que estaban haciendo para hablar con él.
–Nuestra familia se mantiene fiel a la única fe verdadera -dijo Edmund-. Mi abuelo murió por ella. Mi padre sufrió graves inhabilitaciones. Y yo renuncié a las ventajas que se me presentaban en Inglaterra para poder levantar mi propia capilla en Virginia. Es una herencia tan preciosa, que la pérdida de cualquier chica, por muy…
–Penny no es cualquier chica -replicó el muchacho.
–Es encantadora -admitió Martha-, y ahora está comprometida con otro, ¿y qué se puede hacer al respecto, sino olvidarla y volver al trabajo?