Castleview
Capítulo 9
EL POLIZÓN
ANN PISÓ LOS FRENOS CON TANTA FUERZA COMO PUDO, CATAPULTANDO casi a la chica que iba en el asiento trasero al delantero.
—¿Quién eres?
—Una que se ha lastimado su pobre nariz, madame. Debe tener más cuidado al conducir.
Ann puso la transmisión en punto muerto y miró el espejo retrovisor, que no le mostró nada.
—¡Maldición! Estuvo a punto de darme un ataque al corazón del susto. — Girando el botón de los faros, encendió la luz del interior; se quitó el cinturón de seguridad y se volvió para mirar a la chica que iba acurrucada en el suelo—. Te he visto antes en alguna parte.
—Nos han presentado, madame —dijo la chica —. Y ahora de nuevo, creo. ¡Sang…! ¡Estoy sangrando!
—Toma. —Ann rebuscó un pañuelo en su bolso —. Allí, en el campamento. Eres una de las chicas extranjeras. Toma esto.
—Merci. Mi nombre es Lucie. Usted es Madame Schindler. Usted es alemana, creo. Por lo menos, tiene un nombre alemán, ¿no?
—Mis abuelos. ¿Qué estás haciendo en la parte de atrás de mi coche, Lucie?
—Rogándole que por favor me lleve a la ciudad con usted, Madame Schindler. Eso es todo. Es tan importante que vaya, y esa mujer, esa Lisa del campamento, no me lo permite. Debido a la lluvia y a las muchas cosas que han ocurrido… cosas tan terribles, madame, no le han contado lo peor y tendría que haber montado en un caballo.
—No la culpo —declaró Ann—. Debo llevarte de regreso.
—Oh, madame… —Con la agilidad de un mono, Lucie saltó al asiento delantero y se sentó a su lado —. No debe intentar girar su coche grande por aquí. Se atascará en el barro, madame, de verdad que lo hará. El camino es tan estrecho y la tierra ahora tan blanda.
Tenía unos ojos grandes y oscuros, clavados en la desconcertada mirada de Ann.
—Supongo que tienes razón, pero podré dar media vuelta cuando lleguemos a la puerta. — Ann puso primera. El camino mismo empezaba a ablandarse; sentía cómo cedía bajo las ruedas.
—Eso es sabio, madame. Muy sabio. Alejémonos de este lugar terrible. Pero debo ver a alguien. Es tan urgente, y se encuentra en la ciudad.
Ann asintió, sin apartar la vista de la franja gris del camino.
—¿Un chico?
—No, madame. Un hombre. Un caballero, un homme comme il faut. ¿Piensa que es mi amante? ¡No, no! Es un hombre que no me conoce, o sólo un poco, pero debo hablar con él.
—De acuerdo. Si Lisa Solomon dice que puedes ir, te llevaré conmigo.
—¡Pero no lo hará, madame! —la suave voz de Lucie creció hasta un gemido agónico —. Dirá, ¿cómo va a regresar? ¡No! No puedes ir.
—Yo misma dudo de que debas ir, si no tienes ninguna manera de volver.
—Usted podría conducirme, madame, en este auto. ¿O tal vez su marido? Entonces, todo estará bien. ¿No ha de encontrarse con su marido? Eso dijo al marcharse del establo. Yo me encontraba detrás de usted y lo escuché.
Ann miró el reloj del salpicadero; eran las siete y cuarto.
—No puedo hacerlo —indicó—. Me gustaría… ya voy a llegar tarde, pero de verdad que no puedo. En la puerta tendremos que dar media vuelta y regresar. — Le pareció que ya deberían haber llegado; sin embargo, ante los faros no apareció ninguna puerta. El camino bajaba por un pequeño y estrecho valle, apenas más grande que una hondonada, que Ann no recordaba en absoluto. Preguntó—: ¿Cuánta distancia queda?
—Dos kilómetros, quizá. —¿Cuánto era eso en millas? Tal vez una y media, pensó Ann —. Parece más largo de noche, ¿verdad?
—Ciertamente que sí —acordó. Casi en contra de su voluntad, añadió —: Cruzamos un pequeño puente… Wrangler y yo, cuando él conducía el coche. Tú y yo aún no lo hemos atravesado.
—¡Y no lo haremos, Dieu le veuille! No hay ningún puente por aquí. ¿Era viejo, y de madera? ¿Uno que se sacudía mucho al cruzarlo? Siempre temo que se caiga con nosotras. — Ann asintió con gesto sombrío—. Entonces, ha cogido el camino equivocado desde el campamento, madame. Usted llegó por la parte de atrás, que está mucho más cerca de la ciudad y que ahora Wrangler siempre cierra antes de que se ponga el sol. Este camino por el que vamos da a la puerta principal.
—¿Y está abierta? —Ann había olvidado el candado; se reprendió por ello —. ¿Podemos volver a la ciudad por allí?
—Oh, sí. Está más lejos, pero eso es todo. Debe girar a la derecha cuando lleguemos al camino grande… la carretera, es así como la llama, ¿verdad? Entonces… — Lucie se cogió de la parte superior del salpicadero.
—¿Qué sucede?
—¡El agua! ¿No la ve? ¡Tenga cuidado!
Nacida de la lluvia, una pequeña corriente formaba una catarata sobre un risco en miniatura y cortaba un sendero oscuro a través del camino. Ann quitó el pie del acelerador; luego, decidió que el agua no podía tener más de cinco centímetros de profundidad, si es que llegaba. Las ruedas del Buick levantaron chorros a izquierda y derecha cuando lo atravesó después de una pausa apenas perceptible.
—Lo siento, madame. Una vez casi me ahogué, cuando era pequeña… de ahí mi miedo al agua. Desconozco la palabra en inglés.
—Acuofobia, supongo. Pero el agua no nos hizo nada, ¿verdad?
Lucie sacudió la cabeza.
—Me aterró, madame, y eso me hace mucho daño. Hubiera preferido pincharme el dedo.
—Bueno, esperemos no tener que cruzar nada peor — dijo Ann.
El camino salió del diminuto valle, considerablemente mohoso en algunas partes, y ascendió a la cima de una pequeña colina. El reloj del salpicadero indicaba las 7:21. De manera inconsciente, aceleró hasta que se hallaron traqueteando a través de la noche húmeda a casi cuarenta y cinco kilómetros por hora. Algo largo — algo que no era blanco pero sí más claro que el barro y la hierba mojada— yacía al lado del camino. Aminoró hasta frenar.
—No es nada, madame —murmuró Lucie—. No pare, por favor, se lo ruego.
Estaba fuera de los haces de los faros, un montoncillo borroso que casi podría haber sido un tronco pequeño. Bajó la ventanilla y se asomó.
—Madame, usted no conoce este lugar. Pueden ocurrir cosas terribles. Continúe, por el bien de las dos.
—Es alguien herido —anunció Ann.
Salió del coche, encendiendo la linterna. La lluvia había parado, dejando detrás niebla y una sensación de vago desasosiego. Cuando tocó la cara del hombre tumbado, sus yemas se apartaron con algo caliente y pegajoso como la sangre. Ellos le cogieron, pensó, quienesquiera que sean. Le cogieron, y quizá aún se encuentren por aquí.
Así como una o dos veces había sentido que un asado se estaba quemando antes de haberlo olido, ahora sintió que Lucie estaba a punto de marcharse con el Buick. Había dejado las llaves en el encendido y el motor en marcha. Alzó la vista; pero la chica francesa sólo la estaba mirando, la cara tensa e inexpresiva.
—Es Wrangler —le dijo Ann—. Baja, tendrás que ayudarme.
—Se suponía que iba a encontrarme aquí con mi mujer y mi hija — le dijo Shields a la encargada del Dragón Dorado—. Me temo que he llegado un poco tarde. ¿Han preguntado por mí? Soy Will Shields. —La mujer negó con la cabeza—. Mi mujer es un poco más alta que usted. ¿Vio a alguien con el pelo castaño rojizo, un impermeable azul?
—Me temo que no, señor —contestó—. En realidad, no ha venido nadie preguntando por alguien. Ha sido una noche tranquila debido a la lluvia.
—Tal vez acaban de llegar y han ocupado una mesa.
—Me temo que no, señor —repitió la mujer—. Pero puede comprobarlo usted mismo si lo desea.
Lo hizo. Sólo había tres mesas ocupadas, y ninguno de los comensales se parecía en lo más mínimo a Ann o a Mercedes.
A su lado, ella dijo:
—¿Querría una mesa, señor? Puede esperarlas.
Shields sacudió la cabeza.
—Será mejor que llame. ¿Tienen teléfono?
—Desde luego, señor. Bajando por esa escalera. Está justo fuera de los servicios.
Shields bajó lo más rápido que pudo. Cansado y hambriento, sintió como si en cada escalón las rodillas fueran a ceder. Los «servicios» eran los lavabos, desde luego, con un teléfono público en la pared que los separaba. Hurgó en el bolsillo en busca de cambio.
—Posada del Horno Rojo.
Era la anciana; tuvo que barrer su cerebro para recordar el número de habitación.
—Cabina diez, por favor.
Sonó y volvió a sonar.
Está en el baño, se dijo Shields.
Una tercera llamada.
Pero no podían encontrarse las dos en el baño; si Ann se hallaba allí, Merc estaría en el dormitorio viendo la televisión o leyendo.
Una cuarta llamada.
Si Mercedes estaba en el baño…
Una quinta llamada.
Ann había dicho algo de hacer unos recados. Debió llevarse a Merc con ella. Se habían entretenido en alguna parte o uno de los recados llevó más tiempo de lo que Ann había anticipado. ¿Y cuáles eran esos recados? Probablemente, ya se hallaban de camino.
Una sexta llamada.
Miró su reloj. Las ocho y diez.
—No lo cogen —anunció la mujer mayor—. Lo más probable es que hayan salido.
—¿Seguro que llamó a la diez?
—Seguro. ¿Es el señor Shields?
—Sí, soy yo.
—Bueno, su mujer vino antes a hablar con Alfred y conmigo. Me preguntó por el campamento que hay camino abajo. ¿Cree que habrá ido hasta allí?
—¿Un campamento del ejército?
—No, de niños —corrigió la mujer mayor—. Les enseñan a montar, a nadar y esas cosas. Algunos se quedan un par de semanas, pero otros todo el verano… en su mayoría son adolescentes. Es de Syl Baxter, o lo era. Ya ha muerto.
—¿Y Ann le preguntó por ese lugar?
—Preguntó dónde tenían caballos, y ahí es donde hay. Algunas personas de por aquí tienen uno o dos, pero ése es el lugar principal.
—¿Podría darme el número de teléfono?
—Se lo puedo buscar. Aguarde un minuto.
—Por favor.
Shields esperó apoyado contra la pared, consciente de repente del silencio del restaurante, del olor de la comida que venía del comedor de arriba. Tuvo la certeza de que no había nadie en ninguno de los lavabos. Si no, ya habrían salido, habrían tirado de la cisterna o habrían abierto un grifo. Muy débilmente, oyó el murmullo de los comensales; se perdieron hasta que le pareció que esperaba solo, en un edificio vacío, en una ciudad abandonada.
En su oído, la mujer del motel dijo:
—Aquí está. ¿Tiene algo en lo que escribir?
—Lo recordaré —le aseguró Shields, preguntándose si lo haría. Si podría.
—Tres nueve uno… todos los números de por aquí empiezan con tres nueve uno. Quizá lo haya notado.
—Sí —dijo Shields—. Tres nueve uno.
—Ocho ocho siete ocho.
—Ocho —ocho setenta y ocho. Gracias.
—Encantada de ayudarle —repuso la mujer mayor, sonando como si fuera verdad; colgó.
También él colgó y buscó más monedas en el bolsillo. Otro teléfono, sin duda que por otra línea, sonaba arriba, timbre tras timbre.
Echó dos monedas de diez centavos en la ranura. Tres nueve uno, ochenta y ocho setenta y ocho. Una pausa; luego, en alguna parte — presumiblemente en el campamento donde tenían caballos—, sonó un tercer teléfono.
Dos timbres. Tres.
—¿Hola? —Era la voz de una mujer joven, no la de Mercedes.
—¿Es el campamento? —Se reprendió por no saber el nombre.
—Sim. Es Meadow Grass.
—Llamo por mi esposa… Ann Schindler. ¿Está allí?
—¿Sheeler? (la voz de una segunda chica, más apartada del auricular, dijo: «Déjame hablar»).
—Schindler —repitió Shields con esperanzas —. Ann Schindler. O nuestra hija, Mercedes. ¿Han estado allí?
—Aquí Sissy Stevenson —anunció una voz nueva —. ¿Busca a la señora Schindler? ¿Quién es usted?
—Su marido, Will Shields.
—¿Ha dicho Shields? —La voz lejana ahora sonó dudosa, aunque excitada.
—Sí, Will E. Shields.
—¡Espere un minuto!
Un thunk cuando cayó el auricular y un parloteo de voces jóvenes y femeninas desde una cierta distancia.
—Aquí Sissy Stevenson de nuevo, señor Shields. ¿Por casualidad conoce a un tal señor L. Robert Roberts?
La voz de la camarera le llegó desde la parte superior de la escalera:
—Señor, hay una tal señora Schindler al teléfono. Dice que es su mujer.
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