Castleview
Capítulo 5
MERODEADORES
EL VIEJO DOCTOR, PENSÓ SHIELDS, HABÍA TENIDO UNAS GRANDES IDEAS sobre el arte. Su estudio era largo y bajo ningún aspecto estrecho, con seis ventanas amplias. Los pinceles y los tubos de pintura ya no estaban; lo mismo que los caballetes y los artistas — presumiblemente, sus hijas— que en una ocasión habían trabajado con ellos, quizá recibiendo aquí a la gente que solicitaba sus obras. Las pinturas no habían desaparecido.
O, por lo menos, había muchas pinturas y dibujos en el cuarto, y unas cuantas fotografías. Shields se puso a estudiarlos, y aún lo estaba haciendo cuando entró Roberts.
—Bastante variados, ¿verdad, señor Shields? — Era evidente que ahora se hallaba bajo control.
Shields asintió.
—Es lo que pensé en un principio.
—Bueno, compruébelo usted mismo. La mayoría ve un castillo… es lo que alguien les dijo que verían, de modo que lo ven. Algunos ven algo más parecido a una ciudad… quizá se trate de St. Louis, tal vez de otro lugar. Y lo que ven otros, ni siquiera el Buen Señor lo sabe. Observe ese de allí y dígame qué es… ¿edificios, árboles o rocas?
—Suponga que todos ven algo que nadie ha visto jamás en ninguna parte salvo aquí, una cosa única — comentó Shields.
Roberts permaneció en silencio un momento, acariciándose la mandíbula.
—Usted sí que tiene algunas ideas, ¿verdad? Apuesto a que nuestras ventas de invierno van a ser todo un éxito.
—Eso espero.
—¿De qué tipo será?
—No lo sé —le dijo Shields—. De lo contrario, estaría de regreso en la agencia.
—Supongo que sí. Bueno, usted lo ha visto. ¿Qué ha sido?
—Vi el castillo de Castleview… —Shields se encogió de hombros —. Dejémoslo en eso. Usted ha dispuesto de mucho más tiempo que yo para observar estos cuadros, Bob. ¿Ha llegado a alguna conclusión?
—Sólo que la gente ve tres o cuatro cosas diferentes y las llaman igual. ¿Ve ese rosado de ahí? Tiene cinco puntos… torres, o como quiera llamarlos. Ahora observe éste. Las torres ya no son rosadas; son negras. Y en aquél, son grises. El negro — Roberts agitó un dedo—, tiene una, dos, tres, cuatro, cinco, seis torres. El gris tres. Claro, las cosas cambian de color con los cambios de luz, en especial si no están cerca. Pero no cambian de forma.
—Algunas sí —afirmó Shields.
—Quizá las nubes.
—Y los coches. Los aviones.
Roberts miró fijamente; luego, se puso a observar un cuadro tras otro. La vieja casona gimió en el silencio, lágrimas heladas cayendo de sus aleros.
Por fin, Roberts dijo:
—Pensaría que se está moviendo.
—Aquí hay un gráfico de todas las visiones que se han producido — le comentó Shields—, usted debe haberlo visto. La mayoría fueron al Este de la ciudad; pero hay un montón que se produjeron casi al Oeste, una al Norte, una al Noroeste, y así sucesivamente. Hemos dicho que tenía torres. Imagínese a alguien en la Edad Media que estuviera mirando el mar y vislumbrara un gran destructor. Creería ver un castillo flotante, ¿no es cierto? Y no estaría demasiado equivocado.
—Se refiere a las chimeneas, mástiles y todo eso. — Shields asintió—. Y si se dirigiera justo hacia él, sólo vería una torre, pues las demás se hallarían detrás de ésa. Sin embargo, si estuviera de lado hacia él, vería tres o cuatro… más las chimeneas y todo lo demás que tuviera.
Shields volvió a asentir.
—Miremos las fotos; las pinturas y los dibujos son bastante subjetivos. Ninguna de las fotografías es muy clara… Sea lo que fuere, parece que no se fotografía bien, y nadie tenía en la cámara una lente lo suficientemente potente, pero todas muestran algo. — Una tras otra, las señaló—. Aquí tres torres, y tres en la siguiente. Luego, ésa muestra cinco… una de ellas no muy definida. La siguiente de nuevo tres, y la otra cuatro, con una mucho más ancha que las tres restantes. ¿Le importaría volver ahora al escritorio? Además, nos queda de paso hacia la salida, y hay algo que quiero enseñarle.
Pero Roberts ya no estaba escuchando a Shields.
—¿Ha oído una especie de arañazo?
—No. ¿Usted?
—Así me pareció. Probablemente, era un coche. Claro, podemos ir de vuelta al escritorio. ¿Quiere hacer una llamada?
Shields sacudió la cabeza. Cuando pasaron ante la vitrina que contenía el diario del agente de la Wells Fargo, preguntó:
—¿Tiene una transcripción del contenido, Bob? Me gustaría leerlo.
—Puedo prestárselo. Las llaves deben estar en la mesa.
Shields titubeó.
—De acuerdo. Gracias.
Pensó que también él había oído algo, aunque el sonido furtivo (si es que había sido un sonido) había aparecido y desaparecido tan rápidamente que no estaba seguro.
Había notado un dispensador de cinta sobre la mesa, y en uno de los cajones encontró lo que había esperado: papel blanco.
—Mire —pidió. Roberts observó mientras enrollaba una hoja de papel y la convertía en un cilindro, la pegaba con cinta adhesiva y la depositaba sobre un extremo en la superficie del escritorio. En rápida sucesión, añadió cuatro más, formando un círculo tosco—. Agáchese, Bob. — Shields le demostró cómo debía hacerlo, acuclillándose sobre los talones—. Cuéntelos, y dígame cuántos ve. No cuántos sabe que hay, sino los que usted ve.
Roberts se inclinó, con las palmas de las manos apoyadas en las rodillas.
—Ahora cinco. Aunque si me muevo un poco, únicamente hay tres, porque dos quedan detrás de los otros. Cuando retrocedo un poco… tiene razón… parecen cuatro. Sólo que uno es más grueso, pues en realidad son dos, uno asomándose por detrás del otro.
Cerca, en alguna parte, un cristal se rompió con estruendo, como precipitado por una explosión.
—Tal vez debería presentarme —dijo Ann—. Soy Ann Schindler.
Una de las jóvenes rodeó con energía un extremo del sofá, con la mano extendida.
—Lisa Solomon… ¡encantada de conocerla! Me temo que hemos cerrado por esta temporada — (las otras jóvenes emitieron unas risitas)—, pero me complacerá contarle lo que quiera saber sobre Meadow Grass. ¿Su hija está entre los catorce y veinte años?
Ann asintió.
—Sí, pero yo… no lo sé, tal vez sí. Verá, nos estamos mudando aquí, a Castleview, y yo…
Las tres jóvenes gritaron al unísono:
—¡Una chica de ciudad!
—Se llama Mercedes —finalizó Ann en voz baja, aceptando la mano extendida—. Me temo, en realidad no debería decirlo, que la bautizamos así por el automóvil. — Las tres jóvenes alcanzaron un estado de histeria—. No deberíamos haberlo hecho. Pero, por ese entonces, era el coche favorito de Willie, aunque ya no lo es, por supuesto, y el hombre que lo llamó así, lo hizo por su hija. —Se volvió hacia el jinete—. ¿Sabe?, no creo que usted y yo nos hayamos presentado adecuadamente. Soy Ann Schindler.
Él le cogió la mano y asintió.
—Wrangler Dunstan, señora. Odio irme tan pronto, pero debo quitarle la silla a Buck y darle de comer. Si quiere ver nuestro establo, la Señorita Lisa o una de las chicas se lo mostrará.
Cuando se hubo marchado, Lisa Solomon sonrió.
—Tiene que disculpar a Wrangler… es terriblemente tímido. ¿No quiere sentarse?
—Junto al fuego, si le parece bien.
—Claro. ¿Sabe?, hoy mismo he leído que los fuegos abiertos no calientan un edificio. Parece que atraen más aire frío del que calientan; piense en toda esa gente ignorante que se congeló hasta morir, sin darse cuenta, durante miles de años. ¿Le gustaría tomar algo caliente? No permitimos alcohol, pero una de las chicas podría preparar té o chocolate.
—Té, por favor.
Las chicas habían estado arracimándose en torno a ellas. La rubia dijo:
—Soy Sissy… yo lo haré.
—Y ésta es Lucie d’Carabas. Es de Francia.
—Normandie. —Una joven con el pelo negro como un cuervo esbozó una reverencia.
—Y Sancha Balanka, de Río.
La de piel más oscura de las tres sonrió con timidez.
—Sissy es de Cleveland —añadió Lisa—. Su nombre verdadero es Cecilia Stevenson.
—No estoy segura de entenderlo —dijo Ann—. Si tienen cerrado…
—Verá, mis padres se encuentran en Europa — le explicó Sancha con voz suave—. Se han retrasado. Ellos…
Desde el otro extremo de la estancia, Sissy intervino:
—Nadie nos quiere, señora Schindler. Y como no tenemos otro lugar al que ir, nos quedamos aquí.
—Eso no es verdad, Sissy —indicó Lisa con el tono de alguien que ha repetido las mismas palabras muchas veces. A Ann le explicó —: Son chicas cuyos padres aún no han podido venir a buscarlas. Nosotros, Wrangler y yo, vivimos aquí todo el año, así que nos encontramos en loco parentis.
—Por dinero extra —añadió Sissy—. He puesto la tetera. Té y tarta de queso en unos minutos.
—Gracias. —Aun se dejó caer en el sillón de cuero que había detrás de ella —. ¿No van a sentarse?
Lisa acercó otro sillón de cuero para ella.
—Eso es cierto, por dinero extra… que necesitamos desesperadamente. No ha venido a hablar de traer a Mercedes aquí el verano próximo, ¿verdad? — Ann negó con la cabeza—. Pero es concebible que sí lo haga, de modo que bien puedo ser sincera con usted. Estamos mal de dinero, y este año hemos tenido problemas.
Sancha musitó para sí misma algo de sonido perverso.
—Han matado a dos caballos y ahora alguien ha saboteado nuestro jeep. Supongo que se trata de unos delincuentes de la ciudad.
—Así que ésa es la razón por la que él había salido de noche con un rifle — comentó Ann.
—Sí. En su mayor parte, las cosas parecen suceder con mal tiempo. No tiene sentido para mí, pero es como ha sido. Últimamente, Wrangler apenas duerme cuando llueve.
—Wrangler no es su verdadero nombre, ¿verdad? — preguntó Ann.
Las jóvenes se rieron entre dientes, y la mujer las miró con tal severidad carente de humor que Ann se dio cuenta de que ella misma apenas era poco mayor que las jóvenes.
—No. Es un nombre perfectamente bonito, perfectamente hermoso; pero, por alguna razón, le avergüenza, así que le llamamos Wrangler. Podría decirle cuál es su verdadero nombre, pero las chicas se burlarían de él hasta matarlo, por lo que prefiero no hacerlo. Es un hombre realmente encantador, y se ha dejado la piel en este lugar.
—Me apuntó con un rifle —le dijo Ann.
—Sissy, ve a preparar el té… desde aquí oigo cómo silba la tetera. Señora Schindler, lo siento muchísimo. ¿Dónde se encontraba usted?
—¿Cuándo me apuntó? Ante la puerta. Me había desviado de Old Penton Road.
Lisa asintió.
—Hemos tenido problemas por ese camino, y no es nuestra entrada principal, que se encuentra en la Sesenta y Dos, unos tres kilómetros después de salir de la interestatal.
—Ha habido muchos muchos problemas serios — musitó Sancha—. Cuando estaba más seco, iniciaron dos fuegos.
—Así es —acordó Lisa—. Y Wrangler teme que vayan a quemar el establo. Lo ha rodeado de alarmas, y cuando duerme, lo hace allí dentro con el rifle y un extintor.
Sissy llegó con una gran bandeja en la que había una tetera, tazas, un azucarero, una jarra de leche y una gruesa porción de tarta de queso. Sancha y la otra joven — Ann ya había olvidado su nombre— fueron en busca de una mesita y la colocaron delante del fuego.
—Yo serviré —anunció Sissy—. Señora Schindler, ¿un terrón o dos? ¿Quiere leche? No tenemos ningún limón.
—Sin azúcar, por favor. Sólo leche. Lisa… señora Solomon, ¿no puede ayudarla quienquiera que sea dueño de este lugar? ¿Contratar guardias o algo parecido?
—Nosotros somos los propietarios —declaró Lisa —. Y no, no podemos. Ya estamos haciendo todo lo que podemos.
—¿Usted y Wrangler? —Ann aceptó una taza decorada con un sauce que le pasó Sissy.
—Perteneció a una dama mayor llamada Sylvia Baxter — explicó Lisa —. Era una anciana adorable y una mujer de negocios muy aguda, pero jamás le dio mucho dinero. Yo era la consejera principal, y Wrangler se ocupaba de los caballos; por alguna línea, está emparentado con los Baxter. Cuando la señora Baxter falleció, el campamento nos debía a los dos bastante dinero en sueldos atrasados, así que nos lo dejó en el testamento como pago por la deuda. Quedamos encantados… la tierra sola vale unos cuarenta mil dólares. Pero hemos perdido esos caballos, como le he dicho, y sufrimos muchos daños. Yo tuve que vender mi Cherokee… —se interrumpió para coger la taza de Sissy.
Ann bebió de la suya. El té era fragante y aromatizado, muy reconfortante y hacía entrar en calor.
—Pero usted no quiere escuchar nuestros problemas. Y si alguna vez iba a mandar a su hija aquí, ahora ya no piensa hacerlo. Me disculpo sinceramente por Wrangler, y sin duda que él mismo ya se ha disculpado. Pero era tarde y estaba oscuro, y hemos tenido muchos problemas, y usted se encontraba en nuestra tierra. ¿Qué puedo hacer ahora por usted para compensarla?
—No estoy segura. ¿Cuántos caballos tienen?
—¿En este momento? Veintiuno. Hay caballerizas para treinta.
—¿Puedo mostrárselos? —preguntó Sissy—. Quiero cerciorarme de que Lady está bien.
—Si quiere verlos —contestó Lisa—. ¿Lo desea? Creo que Wrangler lo mencionó. ¿Por qué?
—Porque yo… nosotros, mi marido, mi hija y yo, esta noche vimos a un hombre montado a caballo. Al principio pensé que había sido Wrangler, pero él no fue. Se trataba de un hombre mucho más grande, sobre un caballo más grande.
Lisa asintió.
—Ya veo.
—Además, Wrangler no sacaría a un caballo al camino, justo delante de un coche. Realmente no sé cómo explicarlo, pero hablé con él un poco, y no es ese tipo de hombre… no tiene esa clase de arrogancia.
—Está en lo cierto —acordó Sissy—. No haría nada que pudiera herir a un caballo a menos que hubiera un buen motivo para ello.
—Me asustó —continuó Ann—, más de lo que habría reconocido en ese momento, incluso para mis adentros; y lo que me asusta me enfurece. También me dijeron que era una especie de espectro, y me niego a creer en fantasmas.
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