Castleview

Gene Wolfe · Capítulo 37 de 38

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Capítulo 36

 

EL PAÍS DE LAS MANZANAS

 

HWAN ESCUCHÓ EL SONORO ESTALLIDO DEL RIFLE DE SHIELDS PRODUCIR un eco tras otro entre los muros y las sesgadas y sobrenaturales torres, hasta que le pareció que iba a sacudir el cielo. La dama del pelo marrón jadeó; pero si la bala atravesó a von Madadh, no dio muestras de ello, y siguió sonriendo como un lobo.

—¿Qué es esto, Will? ¿Le disparas a un hombre desarmado?

—Es mucho más seguro de esa forma —le dijo Shields —. Pero tengo la impresión de que no estás desarmado, y, ciertamente, no eres un hombre.

Mientras hablaba, volvió a disparar. Antes de poder lanzar un tercer tiro, von Madadh lo tuvo cogido del cuello. Cuando Hwan sacó la pistola de Tom Howard de debajo de su camisa, cayeron a los adoquines cubiertos de líquenes.

El chico de la cara vendada gritó: «¡Toma!» y le arrojó una refulgente espada de plata al hombrecito pálido (apenas era más alto que el mismo Hwan) al que en una ocasión le habían ordenado matar. El chico sacó una segunda espada mientras corría.

El hombre-gato le persiguió, una pistola en cada mano. El hombre pálido alzó la brillante espada y su gran revólver atronó. Un mono se desplomó como si lo hubieran aporreado; el segundo cargó contra él.

Otros también cargaban, formas de pesadilla que salían del lado de Morgan para unirse a la lucha. Aunque no entendía lo que veía, Hwan apuntó la pistola sobre José como un hombre sensato y apretó el gatillo.

—¡El rey está muerto! —von Madadh se incorporó de un salto, su barba una vez dorada, ahora roja con sangre —. El rey está muerto… ¡y el mundo vive! ¡El fin aún no ha llegado!

La voz sobrenatural de Morgan se unió a la suya:

¡… vivirá de nuevo!

Su eco no murió, sino que creció hasta convertirse en el ruido de unos cascos. Con la capa verde agitándose, un enorme jinete montado sobre un caballo de ocho patas entró con estruendo en el patio, seguido por un cazador de ojos salvajes, sin montura, que parecía pequeño sólo por comparación. Fantasmas y espectros se dispersaron como murciélagos ante ellos, de modo que durante un momento Hwan supuso que la batalla había sido ganada.

Sin embargo, quedó una figura encorvada que no huyó. Despacio, se irguió hasta que su barba nevada le colgó hasta las rodillas; y Hwan vio que estaba coronada, y lo que en un principio tomó por un bastón o un báculo, de hecho era una espada larga y recta. La voz quebrada del Rey Geimhreadh casi se perdió en la inmensidad del patio:

—Por fin has venido.

—Atraído por la sangre, estoy aquí para morir — dijo el gigante de la capa verde; señaló a Shields—. Para morir, con el fin de que tú y muchos otros puedan vivir. —Arrojando su gran yelmo con cuernos a los adoquines, bajó de un salto de su caballo de ocho patas y se arrodilló ante el viejo rey —. Golpea, como con el tiempo yo te abatiré.

La espada larga se alzó y cayó como un relámpago. Sus facciones verdes hacia abajo — luego hacia arriba—, su cabello oliva, la cabeza del gigante rodó sobre las piedras hasta reposar al lado de su yelmo. No había dejado de rodar cuando empezaron a caer los primeros copos de nieve.

—¿Qué le sucedió al chino? —preguntó Roberts. Conducía el Oldsmobile de su hija; ella estaba sentada a su lado.

Desde el asiento de atrás, Seth murmuró:

—Le disparó al tipo con el cuchillo enorme, el hombre que vino con él y la señorita Morgan… lo mató.

—Entonces, es un asesino —dijo Sally—, como quienquiera que matara a Tom. No habría aceptado volver a la ciudad.

—¿Crees que fue von Madadh? —inquirió Roberts.

Desde su lugar al lado de Seth, Judy dijo:

—Fue el hombre que quería tu casa. Me lo contó Morgan.

Su tía asintió.

—¿El señor Fee? Sí, supongo que fue él. Encaja con él.

Seth se sentía muy cansado, y los profundos cortes en sus mejillas y cuero cabelludo soltaban oleadas amarillas de dolor en su cerebro; no obstante, preguntó:

—¿Dónde está tu gato, Judy? Nos salvó. ¿Subió al Cherokee con Merc?

Judy sacudió la cabeza.

—Volverá en su momento. Siempre regresa.

—Apuesto que sí. Pero ¿no será un gato corriente?

—Es mi gato —afirmó Judy—. Nunca lo es.

Sally suspiró.

—Ésa es la parte que no comprendo. ¿Cómo podía hablar el gato de Judy?

¿Cómo pudo ayudar a Seth a escapar de ellos? — Cuando su padre no contestó, añadió—: Yo también lo vi cuando iban a luchar con nosotros. Caminaba sobre sus patas traseras como un hombre.

Roberts alimentó el motor en el instante en que el coche perdió velocidad sobre una colina que parecía tan empinada como muchas escaleras.

—Las cosas no son iguales en el país de las hadas. Cuando tú y Katie erais pequeñas, solía leeros historias. ¿Recuerdas «El Gato con Botas»? Te encantaba.

Sally negó con la cabeza.

—Era a Kate a quien le gustaban tanto, papá. ¿Pero el país de las hadas? No hablas en serio. No existe.

—Mucha gente ha creído en hadas. Para empezar, es de ahí de donde vienen esas historias.

—Es lo que solía comentar el doctor von Madadh.

—Correcto. Y quizá intentaba decirnos algo. ¿Lo has pensado alguna vez? Era el mejor de ellos.

—¡Era el peor! Fue el que mató al señor Shields.

—Lo sé. —Algo oscuro saltó en el camino. Roberts parpadeó; luego decidió que se trataba sólo de un conejo —. Sally, fue el que enviaron para que luchara por ellos. Nos pidieron que eligiéramos a nuestro campeón, ¿recuerdas? Al mejor que tuviéramos. Así que enviamos al señor Shields. El vaquero todavía está débil; lo mismo que Seth, quien, además, es demasiado joven. Yo ya soy malditamente viejo, y no vi a ninguna de vosotras adelantarse. Pero él lo hizo. El gato habría avanzado en uno o dos minutos, pero el señor Shields se adelantó tan pronto como ellos lo dijeron. En un momento como ése, no envías al peor que tienes, Sally. Eliges al mejor, y von Madadh fue el que ellos eligieron. ¿Recuerdas cómo permanecí en Alemania un tiempo justo al terminar la guerra?

—Sí, papá. Nos lo contaste.

Seth estaba medio dormido, pero Judy dijo:

—A mí no. Nunca me lo contaste, abuelo.

—Es cierto, creo que no. Bueno, Judy, toda mi vida había oído hablar de ese lugar llamado Alemania, y sabía tan bien como un hombre puede saber algo, dónde estaba geográficamente y que las personas que vivían allí eran los alemanes. Luchamos contra ellos durante cuatro años. Vi alemanes muertos y alemanes prisioneros, y algunas veces vi volar los aviones alemanes. Pero cuando llegué allí, descubrí que no era Alemania. Lo llamaban Deutschland, y ellos eran deutsch. Alemania no era ningún lugar real. Era como el país de las hadas.

Una franja de asfalto negro moteada de nieve apareció ante los faros. Roberts tuvo que esperar que pasara una furgoneta que dejó huellas fantasmales y serpenteantes en la superficie antes de poder sacar el Oldsmobile al camino.

En el Cherokee, Sissy dijo:

—De verdad espero que lo consiga. —Wrangler, que conducía, asintió con solemnidad —. Boomer es el caballo de Lisa, y si alguien puede sacarlo, supongo que es ella. Intenté contarle cómo era por ahí… que estuviera atenta a Sancha y esas cosas.

Mercedes miró a su madre.

—Creí que habías dicho que Sancha se encontraba en el hospital. ¿No la llevasteis tú y papá?

—En casa, se encuentra en el hospital —contestó cansinamente Ann—. Aquí, no lo sé. Ni tú tampoco. — Con los ojos secos y sombríos, Ann miró al frente, a la nuca de Wrangler.

Mercedes tragó saliva para hacer acopio de valor y, al fin, comentó:

—Deberíamos haber traído el cuerpo de papá.

—No nos dejaron cogerlo.

—Podríamos haber luchado para recuperarlo. — Mercedes habló con una intensidad que incluso la sorprendió a ella misma—. Yo tengo esta espada. Algunos de vosotros armas.

Sissy giró en el asiento delantero.

—Y también ellos. Long Jim tenía una pistola.

—Podríamos haber luchado por él —le dijo Ann a Mercedes —, y habría muerto más gente… más y más, hasta que no hubieran quedado las suficientes personas para llevarse a los muertos. Podrías haber muerto tú, Mercedes, y eres lo único que me queda.

Durante un kilómetro nadie volvió a hablar; entonces, Mercedes comenzó a cantar, al principio con voz titubeante: «Hace sólo un año fui a ver a la reina…».

Luego, más alto y fuerte, hasta que su vibrante y joven voz llenó el coche y rebosó por la ventanilla abierta en la que Wrangler apoyaba el codo.

Has oído hablar de Cleopatra,

La serpiente del Nilo,

Y cómo conquistó a Antonio,

Con una sonrisa seductora.

Intentó conquistar Irlanda,

Pero nosotros no cedimos,

Y la echamos con coles, hojas,

De la ciudad de Magheralin.

Después de haber dejado a Ann y a Mercedes en la Posada del Horno Rojo y regresado a Meadow Grass, Wrangler vació el viejo baúl del que había sacado el revólver de su hermano muerto. Envolvió la brillante espada que Seth le había lanzado en una de las mantas de los caballos y la depositó en el fondo, tapándola con vaqueros doblados y descoloridas camisas de trabajo. Cuando hubo vuelto a guardar todo, cerró el baúl con candado y fue a la cocina a hacer café.

Sissy se le había anticipado. Llenó una taza y la llevó a la sala.

Sissy también había encendido un fuego, y estaba sentada mirando las llamas nuevas mientras lamían los leños cortados.

—El café está hecho —comentó Wrangler.

—Me serviré uno dentro de un rato.

Se sentó, eligiendo un sillón más bien grande para él, con unos anchos apoyabrazos de madera y almohadones de cuero.

—Deberías irte a la cama. Tienes que estar agotada.

—Esperaré —le dijo Sissy.

—Boomer estaba extenuado. Seguro que lo traerá andando la mayor parte del camino. Ni siquiera hará que trote.

—¿De verdad crees que la dejarán salir? ¿Que no intentarán hacerle daño?

Sorbió el café, todavía demasiado caliente para beberlo.

—Dijeron que sí, y a nosotros nos dejaron marchar. Si no la dejan, te aseguro que regresaré para ocuparme de ello.

—No que creo que pudieras encontrar el camino de vuelta.

—Tengo esa espada —le dijo.

Durante un momento, Sissy pasó su atención de las llamas a él.

—¿Confías en ellos, Wrangler? —Él sacudió la cabeza —. Yo tampoco.

Sissy estaba profundamente dormida en el sofá, bajo la alegre manta india de color rojo y amarillo con la que la había tapado hacía más de una hora, cuando oyó relinchar a Buck. Salió a la suave nieve que caía en el exterior y, durante un tiempo, él y Lisa se abrazaron en silencio. Por último, dijo:

—Entra. Yo me ocuparé de los caballos.

—Te ayudaré —repuso Lisa.

Cuando Wrangler le quitó la silla de montar a Boomer, lo condujo a su caballeriza, vio que Wrangler ya había colocado paja fresca, le quitó las bridas por la cabeza y cerró la puerta. Antes de haber dado un paso, escuchó el ruido del gran caballo al tumbarse.

—Tendremos que reponer las puertas grandes antes de que llegue el invierno — le informó Wrangler—. La señora Shields se cargó las viejas.

Lisa asintió con cansancio, pensando en el dinero y el seguro que no tenían. El teléfono sonó en su oficina del albergue, un zumbido débil e insistente que se filtró por el cristal de las ventanas.

—Será mejor que contestemos —dijo Wrangler —. Sissy duerme delante de la chimenea.

Lisa volvió a asentir; subieron por los escalones, ella agarrándose a la barandilla porque estaba muy cansada y la nieve era resbaladiza. Él le abrió la puerta, y ella se dirigió silenciosa a su escritorio de madera y cogió el auricular.

—Meadow Grass.

—¿Hola? ¿Lisa? ¡Soy yo! ¿Te saqué de la cama?

—¡Sancha!

—No voy a morir. Mi enfermera me dijo que estuviste sentada a mi lado mucho tiempo, y que siempre volvías. ¡Ahora me he despertado, Lisa, y he tenido un sueño de lo más horrible!

Cuando Lisa colgó, Wrangler dijo:

—Va a sobrevivir. —Lisa asintió, e incluso sonrió un poco —. Ya ha acabado todo, y nosotros también lo vamos a conseguir, Lisa. ¿Recuerdas ese pino enorme que hay en el risco? Mañana lo talaré y lo cortaré en tablas con la sierra. Las desplegaré en el establo hasta la navidad, y allí se secarán bien. Antes de enero habré hecho las puertas nuevas… usaré los goznes y los cerrojos de las viejas, ya que sólo se rompió la madera. Cuando llegue la primavera, vendrán más excursionistas. Seguro que Sissy regresará, y quizá ni se vaya a su casa. Cuando llegue la primavera, nos casaremos. Te casarás conmigo, Lisa, ¿verdad?

Sólo fue capaz de llorar, asentir y abrazarlo.

—Oh, Wrangler —susurró—. ¡Oh, Artie!

 

De regreso en la casa vieja y grande que había sido de Tom Howard, Seth se despertó de un sueño inquieto y fue a la cocina en busca de un vaso de leche. Cuando volvía a su cuarto, oyó voces apagadas que salían del dormitorio de su madre y se detuvo a escuchar. Tan pronto como se cercioró de la otra voz, se acostó de nuevo; a él también le caía bien el doctor, reflexionó Seth mientras el sueño se apoderaba otra vez de su mente. No obstante, se preguntó cómo serían sus hermanastros y hermanastras, si es que llegaba a tenerlos. ¿Debería contárselo a Merc?

 

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