Castleview

Gene Wolfe · Capítulo 4 de 38

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Castleview

Capítulo 3

 

 

COCHES Y CABALLOS

 

LA AGENCIA SE ENCONTRABA EN LA PARTE BAJA DE LA CIUDAD, TAL COMO a menudo sucedía con las agencias en las ciudades pequeñas, y su solar se extendía casi toda una manzana, lo cual haría que para alguien fuera un gran emplazamiento para un edificio, siempre que la ciudad empezara a crecer. Había entrado en los cálculos de Shields, junto con muchas otras cosas; por la noche, mientras yacía al lado de una roncante Ann, imaginaba que Chicago avanzaba poco a poco hacia Castleview, más y más cerca, hasta que por fin se convertía en un suburbio remoto.

Despierto, sabía que no sucedería… no en su vida ni en la vida de los hijos de Mercedes; la distancia era demasiado grande.

Había un par de espacios de aparcamiento bajo el toldo de la fachada del edificio, pero Shields se dirigió hacia la parte de atrás y corrió bajo la lluvia hasta entrar por una puerta trasera. Era mejor dejar esos lugares secos para los clientes. La parte de atrás, la zona de servicio, estaba cerrada; los mecánicos se iban a casa a las cinco. Dos coches esperaban en el montacargas; un modelo de tres años y uno de cuatro, notó Shields, los dos casi listos para ser cambiados.

Sus vendedores estaban sentados en la sala de exposición bebiendo café. No había nadie mirando; ciertamente, ningún comprador (razón para los aparcamientos vacíos); sin embargo, los vendedores cumplían con absoluto honor el quedarse en sus puestos hasta las nueve. Después de todo, era la noche del viernes… la gran noche de compras en Castleview. Hablando al unísono, dijeron:

—Buenas noches, señor Shields.

—Buenas noches, muchachos —contestó con una sonrisa, aunque, a decir verdad, no estaba satisfecho con ninguno.

—No hay mucha acción con los modelos nuevos esta noche — comentó el más joven, Teddy.

Existía la implicación de que era culpa de Shields, y dio la casualidad de que éste se mostró de acuerdo.

—Pronto vamos a lanzar nuestra publicidad de invierno.

Teddy sacudió la cabeza. Empezaba a quedarse calvo, y el movimiento hizo que los focos de la sala iluminaran la parte desnuda de su cabeza como si fuera cristal lustrado.

—El invierno es la peor temporada.

—Entonces, razón por la que necesitamos una campaña publicitaria.

—El señor Hotchkiss solía cerrar en enero — intervino Bob Roberts, el vendedor más viejo—. Siempre se iba a Fort Lauderdale.

Y tú recibías un mes de vacaciones, pensó Shields. En voz alta, dijo:

—Puede que yo también lo haga… si las ventas de noviembre y diciembre son lo bastante buenas. — Roberts era el mejor de los dos, estaba seguro, pero era viejo, tenía más de sesenta y cinco años.

—¿Cuál será la política de invierno? —preguntó Teddy.

—Aguarde a verla —repuso Shields; si le revelaba a Teddy las rebajas en los precios, podría aconsejar a sus clientes favoritos que esperaran hasta que entraran en vigor.

Roberts se encontraba al lado de la máquina de café.

—¿Quiere un poco de café, señor Shields?

—Sí.

Uno de los vendedores no sería reemplazado, decidió. Él ocuparía ese puesto, y cambiaría al otro por una mujer. Las mujeres compran coches casi con la misma asiduidad que los hombres, y les gusta tratar con una mujer.

Sonó el teléfono. Teddy lo cogió con presteza.

—View Motors, Ted Camberwell al habla. ¿En qué podemos ayudarle?… Sí, está aquí. — Le alargó el auricular a Shields, diciendo en voz baja—: Su mujer.

—¿Ann?

—Soy yo, Willie. Se me acaba de ocurrir una idea. Ahora bien, no tienes por qué hacerlo, ¿de acuerdo? Es sólo un pensamiento.

—¿De qué se trata?

—Quiero que me prestes un coche. Tienes unos cuantos usados, así que, ¿no podrías hacer que ese vendedor me lo trajera hasta aquí? Luego yo lo llevaría de vuelta. Te ahorraría pagarle el taxi, y puede que no consigamos uno; después, dispondría de un coche para hacer recados y cosas mientras tú estás en la agencia.

Shields asintió.

—Tengo una idea mejor. Haré que te lleve nuestro coche. Yo cogeré uno de los usados cuando cerremos.

—Oh, Willie, ¿de verdad?

—Claro. Llegará en diez minutos.

—Willie, te quiero mucho mucho.

Sonó el click. Shields colgó, le pasó a Teddy las llaves de su coche y le explicó lo que debía hacer.

—Hay unos vehículos estupendos ahí afuera — le comentó Roberts cuando Teddy se hubo marchado. Shields hizo un gesto afirmativo, vio el café que el hombre había colocado delante de él y revolvió la leche en polvo—. Es su agencia —continuó Roberts—. Bien puede aprovechar lo mejor que tiene.

Shields sacudió la cabeza.

—Me temo que en su mayor parte es del banco.

—De acuerdo, si quieren un coche, se lo financiaré.

Shields se rió apreciativamente entre dientes.

—Bob, ¿podría decirme dónde está el Museo del Condado?

—¿El Museo de la Sociedad Histórica del Condado? Desde luego. — Roberts señaló con la mano—. La Avenida Willow, bajando tres manzanas y media. No puede perderse… es un edificio grande y de ladrillos de dos plantas, con un letrero de color rojo, negro y blanco en el exterior. Yo mismo lo pinté.

—No sabía que pintara letreros —dijo Shields.

—Sarah pinta un poco. Cuadros, ya sabe, y me metió en ello. He hecho algunos carteles para la agencia, no pósters impresos, sino cosas individualizadas que colocábamos en el escaparate. Así que cuando decidieron que necesitaban un letrero, dije que yo lo haría. Soy miembro de la directiva, y me siento obligado a ahorrar nuestro dinero siempre que puedo.

—Supongo que ahora no estará abierto, ¿verdad?

Roberts sacudió la cabeza.

—Sólo abre los jueves y los domingos por la tarde. Nos cuesta mucho que vaya alguien a echar un vistazo. Por lo general, nos quedamos allí sentados durante horas y no entra nadie. ¿Quería ir esta noche? Yo podría llevarle.

—Se lo agradecería —dijo Shields—. De verdad que sí.

—Me encantará hacerlo.

Shields se encontraba en la oficina repasando los libros cuando oyó que el Buick frenaba fuera. Por la ventana, vio a Teddy bajar y salir corriendo en dirección a la puerta. Shields saludó a Ann con la mano, y recibió como recompensa una sonrisa y un beso al aire mientras se alejaba.

Desde la parte trasera del edificio, Shields y Roberts contemplaron el solar brillantemente iluminado.

—Como no tiene una gabardina —sugirió Roberts—, tal vez pueda decirme cuál quiere. Cogeré las llaves y lo llevaré hasta la entrada. — El mismo Roberts estaba enfundado en el impermeable de caucho favorito de los granjeros.

—De acuerdo —asintió.

—El Lincoln azul y blanco es muy bonito.

Shields sacudió la cabeza.

—Demasiado bonito; dejémoslo aquí y vendámoslo. ¿Cuál es ése que sobresale en el extremo?

—Un Cherokee del ochenta y seis. La carrocería está bastante maltratada, pero funciona bien. Cuando lo necesita, tiene tracción a las cuatro ruedas.

—Lo cogeré. —Con repentina conciencia, añadió —: Si no le importa ir a buscarlo…

Roberts sonrió, mostrando unos dientes perfectos que Shields tuvo la certeza de que eran postizos.

—No me derretiré; además, este impermeable es nuevo. Aguarde un segundo. — Desapareció en el interior del edificio.

Solo en el borde de la lluvia, Shields trató de recordar el ático de la casa de los Howard, la ventana, la lluvia que a veces había salpicado el cristal y lo que había visto desde allí. Estoy persiguiendo un fantasma, pensó, una ilusión. Puede que necesite tracción a las cuatro ruedas.

Roberts reapareció y se adentró a toda velocidad bajo la lluvia, moviéndose entre los vehículos inmóviles con los precios en blanco en sus parabrisas y sus ventanillas: 12.999$; 9.800$; 8.750$; 6.900$. Después de casi un minuto, Shields oyó el motor del Cherokee encenderse, toser, apagarse y volver a encenderse.

Reinó una pausa mientras Roberts dejaba que se calentara, una larga pausa en la que Shields no pudo estar seguro de que no se hubiera apagado una segunda vez. Por fin rugió y avanzó, los faros centelleantes, metiéndose en Dixon y dando la vuelta en la esquina de Main.

Un momento después frenaba delante de él; Roberts había rodeado el edificio de modo que la puerta del pasajero quedara frente a Shields. La abrió y subió.

—Pensé que también podía conducir —explicó Roberts —. Sé dónde se encuentra el Museo.

—Claro —le dijo Shields.

Emprendieron la marcha; súbitamente, con un pensamiento demente, Shields tuvo la sensación de que había estado de pie ante la puerta de una fortaleza. Este hombre de cabello gris — un viejo escudero o un maestro de armas, tal vez un caballerizo— acababa de traerle el caballo de batalla que iba a montar.

Y no era joven ni elegante, ni siquiera limpio, sino un corcel grande, duro, de color rojizo y con ojos centelleantes.

A Ann le pareció que la segunda pregunta era si llevaba a Mercedes. Le habría gustado su compañía, pero Mercedes no querría venir, y ni siquiera llegaría a comprender por qué la misma Ann estaba yendo.

Es decir, no lo comprendería si Ann no se lo explicaba, lo cual no tenía intención de hacer. Pasó delante del motel sin detenerse, obligándose, en realidad, a disminuir la marcha para contar el kilometraje a partir del letrero. Ocho kilómetros, había dicho Emily, por la carretera. ¿Cómo se llamaba? ¿Meadow Gold? Sonaba a mantequilla.

Un ciervo con cornamenta se adelantó despacio a la carretera y se detuvo, hipnotizado por sus faros. Unos ratones de patas heladas subieron y bajaron por su espalda cuando frenó. No sólo porque podría golpear al ciervo (aunque eso habría sido horrible), sino porque durante un fugaz momento el grácil animal le había parecido un objeto de miedo supernatural.

Como el caballo y su jinete.

Tocó la bocina, y el ciervo se marchó de un salto… no era más que un ciervo corriente, uno al que matarían, con toda probabilidad, el primer o segundo día de la temporada de caza. ¿O ya había empezado? Quizá ya había terminado. ¿Quién querría cazar bajo esta lluvia?

De nuevo había puesto en marcha el coche cuando notó algo oscuro en el espejo retrovisor. Se agrandó y pasó rugiendo a su lado, las ruedas chirriando y levantando crestas de agua de lluvia, un sedán viejo sin luces. Desapareció en el acto, dejando Old Penton Road tan oscuro y silencioso como antes.

De acuerdo con el odómetro, había recorrido exactamente cuatro kilómetros ochocientos metros desde que pasara delante del motel. Ocho kilómetros por camino, había dicho Emily. Bruscamente, el camino bajó. Un letrero: CAMIONES VAYAN EN PRIMERA. Tampoco era una mala idea para ella, decidió Ann, pasando la transmisión a segunda. ¿Qué había hecho el sedán? Debía ir a ciento veinte cuando llegó a esta parte del camino.

Ann esperaba ver las llamas anaranjadas de su accidente alrededor de cada curva.

Deseó —bastante— haberse traído a Mercedes. Cualquier compañía sería bienvenida, incluso la de una malhumorada joven de dieciséis años. Y Mercedes… ¡La radio! ¿Cómo se le pudo haber olvidado?

La encendió. «… a lo largo de Old Penton Road. Las inundaciones repentinas también pueden…».

La apagó. ¿Para qué servía una radio si te asustaba? ¿Qué había dicho Goethe? Willie lo sabría. «La naturaleza no sólo reacciona a la enfermedad física, sino a la debilidad moral: cuando el peligro aumenta, nos da valor». Algo por el estilo. Bueno, vamos, Naturaleza, ponte a trabajar.

Cocinando con Goethe.

Cocinando para la Naturaleza.

Una pequeña catarata surgió en la oscuridad muy por encima de ella, cayendo al asfalto ya inundado. Ann aceleró el Buick y pasó por debajo. Este camino debe de haber descendido varias decenas de metros en el último cuarto de kilómetro, pensó. ¿O fue un cuarto de kilómetro en las últimas decenas de metros?

El motor tosió, volvió a cobrar vida. Algo en su interior se había mojado; hasta ahí Ann sabía de motores. Se había vuelto a secar porque el motor era bueno y estaba caliente. Willie se lo había contado, y él solía correr… Willie debía saberlo. Si se le paraba, se quedaría inmovilizada aquí hasta que llegara la policía, o hasta que también parara la lluvia. Quizá toda la noche. ¡Maldición!

Meadow Grass… así se llamaba. Ahí estaba el letrero, grande pero viejo, descascarándose un poco.

Detuvo el Buick, sacó una linterna de la guantera y bajó la ventanilla a medias, MEADOW GRASS CAMPAMENTO DE VERANO, con la fotografía de un vaquero — no, de una vaquera— sobre un caballo. Se trataba, entonces, de un campamento para chicas; debía de haberlo imaginado. Nadie llamaría a un campamento para chicos Meadow Grass.

—Cuando se supone que están durmiendo —había dicho Emily —, se escabulle alguien, monta a caballo y cabalga hasta la ciudad.

Seguro que eran chicas. Los chicos cabalgarían de noche, pero no irían a la ciudad. Los chicos saltarían vallas o algo por el estilo.

Al oír el ruido sordo de cascos, Ann redirigió el haz de la linterna. Alguien cabalgaba hacia ella; bajaba por la curva del camino que había al otro lado de la puerta. A través de una lluvia plateada, la luz resplandeció sobre el cañón de un rifle.

 

Mercedes había decidido darse una ducha dos minutos antes de que llamaran a la puerta. Rápidamente, volvió a colocarse el sujetador y se enfundó el jersey rosa que se había quitado.

—¡Ya voy! Un minuto.

Cuando la abrió, vio a Seth de pie en el exterior, bajo la lluvia.

—Oh —dijo—. Pasa. No te quedes ahí.

—Gracias. —Se sacudió (casi como un perro mojado) antes de entrar.

—Puedes colgar tu chaqueta en ese armario — a tientas, extendió una de las perchas de plástico del motel.

—¿Dónde están tu padre y tu madre?

—Fueron a alguna parte. Mamá regresará pronto.

—Estupendo.

Llevaba una chaqueta con las letras del instituto de Castleview. La lana azul mostraba puntos de color índigo allí donde las gotas de lluvia habían empapado la tela; otras se alzaban en verrugas cristalinas de las mangas casi nuevas de cuero verde. Bajó la cremallera y la colgó.

—Escucha —dijo Mercedes—. Lamento muchísimo lo que le pasó a tu padre.

Un repentino espasmo retorció las facciones de Seth.

—Yo también.

—¿Cómo lo lleva tu madre?

Se encogió de hombros.

—No muy bien, supongo.

—Está muerto, ¿verdad?

—Sí, está muerto. ¿Cómo lo sabes?

—Lo adivinamos; bueno, mi padre lo hizo. Pensé que lo más probable era que tuviera razón.

—Se cayó. Es lo que dicen.

Había unas sillas de plástico marrón al lado de la mesa pequeña en la que estaba el libro abandonado de Ann; Mercedes se sentó en una y le indicó la otra.

—Eh, ¿te gustaría salir a tomar una Coca Cola o algo así? Podrías dejar una nota. Tengo el Oldsmobile de mamá.

—¿Cuántas patas tiene un caballo?

Seth la miró durante un momento.

—¿Cuatro?

De repente decidida, Mercedes se puso de pie.

—Me encantaría. Acabamos de… para decirte la verdad, estoy un poco aturdida. Necesito salir y hacer algo.

—Estupendo. Yo también. —Seth suspiró—. Llueve menos, así que quizá, después, podamos buscar el castillo. ¿Lo has hecho alguna vez?

 

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