Castleview

Gene Wolfe · Capítulo 12 de 38

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Castleview

Capítulo 11

 

 

LA CENA IMPERIAL PARA DOS

 

¡ ASTELITOS! —EXCLAMÓ ANN—. QUÉ SUERTE, WILLIE. ME ENCANTAN. P

—A mí también. Adelante, yo ya he comido bastantes.

Antes había una docena de pequeños y fragantes pastelitos hervidos en la gran marmita de bambú. Él se había comido cinco, y sentía como si no hubiera comido nada. ¿De verdad había almorzado en algún otro restaurante con Ann y Merc antes de conducir hasta la agencia inmobiliaria? De ser así, ¿qué habían tomado? Se había desvanecido en la oscuridad que yace entre Egipto y Sumeria, si es que había tenido lugar… aunque no podía imaginarse a Ann o a Merc aceptando saltarse el almuerzo u otra comida. El desayuno habían sido unas tortas de harina de trigo. O cereal frío, Grape Nuts o Grape Nuts Flakes.

No, las tortas las comieron cuando estaban en Arlington Heights, siglos atrás; y los cereales los había servido su madre, desayunos rápidos antes de ir al colegio. ¿Desayuno? «Un tiempo igual lo había tirado / Bajo las ruinas de Grecia y Roma / Y nosotros ya no esperamos más / Aquella vela gastada que portó Argos».

Ann masticó un pastelito oscuramente coloreado con la salsa de soja casera del Dragón Dorado.

—¿Qué has dicho, Willie?

—Nada. Musitaba para mí mismo.

—¿Sobre tus aventuras? Por lo que dijiste por teléfono, las has tenido.

—Supongo que sí. No lo había pensado de esa manera. — Le sirvió té de jazmín.

—Entonces, deja que te diga, Indiana Shields, que no has visto nada. No has hecho nada. Soy yo, Calamity Jane, la Reina de la Frontera, quien… — Con el tenedor partió por la mitad un pastelito.

—¿Quieres contármelo? —preguntó.

Masticando con éxtasis, Ann negó con la cabeza.

—Voy a estar demasiado ocupada comiendo, Willie. Además, es mejor guardar la mejor parte para el final. Has pedido por los dos, ¿verdad? — Shields asintió—. ¿Pato? Se supone que aquí sirven un pato excelente.

Volvió a asentir.

—Y muchas más cosas.

—Entonces, haz que las traigan rápidamente, y dame todos los detalles truculentos. ¿Tú y ese vendedor fuisteis al museo porque la mujer de mi casa dijo que tenían material sobre el castillo? ¿Y él se largó? Es lo que me contaste por teléfono.

Shields sorbió el té.

—Dije que desapareció. Tal vez por voluntad propia… es lo que cree la policía. Tal vez… — Buscó las palabras adecuadas—. Tal vez porque alguien más, o algo más, lo atrapó. Es lo que yo creo. En vez de la policía, tendría que haber dicho el ayudante del sheriff. Según él, Castleview no dispone de una fuerza regular de policía. Hay un guardia que recoge el ganado perdido y supervisa a los que cortan el tráfico para que crucen la calle los niños.

—Queda un pastelito, Willie. ¿Seguro que no lo quieres?

—Cómetelo tú.

En un abrir y cerrar de ojos se lo llevó al plato.

—Me pregunto con qué rellenan estas cosas. Se supone que con cerdo sazonado, pero es demasiado rico para eso. Imagino que con restos de pato. En cualquier caso, ¿por qué querías averiguar algo sobre el castillo?

—Porque lo vi.

Ann se rió, casi se ahoga con un trozo grande de pastelito y lo ayudó a bajar con té.

—¡Vamos! Como dice Mercedes, sé realista. ¿Viste el castillo?

Shields asintió.

—No comenté nada porque sabía que no me creerías.

—Bueno, creo que creíste verlo. La gente lo cree, supongo, y todo el mundo ha estado diciéndome que vimos un fantasma. Aquel hombre a caballo, ¿recuerdas? Estuviste a punto de atropellarlo.

—No considero que fuera un fantasma.

—Yo tampoco, pero ya te hablaré de ello. Caballos y vaqueros… en cualquier caso, un vaquero. ¿Cuándo viste el castillo?

—Mientras nos encontrábamos en el ático de la casa de los Howard. Lo vi a través de una de las ventanas.

—Estaban bastante sucias.

—Sí —reconoció Shields—. Así es.

—Y llovía mucho.

—En su mayor parte, los aleros mantenían el agua apartada de los cristales. Miré por casualidad, y allí estaba… un edificio grande, de aspecto sólido y con torres, a menos de medio kilómetro de distancia. Era más o menos gris o gris rosáceo. ¿Existe un nombre para ese color?

—Rosa polvo. Willie, fue una ilusión.

Él asintió despacio.

—O una alucinación. Lo miré… lo miré directamente, Ann. Y desapareció de repente. Tú quisiste saber qué estaba mirando, y yo dije que no era nada. — Hizo una pausa, temeroso de que ella se enfadara—. No me pareció el momento oportuno para hablarlo.

—Así es, y le preguntaste a ella por el castillo mientras le echábamos un vistazo a su cocina.

Shields abrió la boca y volvió a cerrarla. No había ninguna forma en que Ann pudiera entender lo que él quería decir, jamás.

Le salvó la llegada del camarero, que se llevó la gran marmita de bambú y los pequeños platos en los que habían comido los pastelitos.

Cuando se hubo marchado, Ann dijo:

—Veo que te molestó bastante. ¿Seguía abierto ese museo?

Shields sacudió la cabeza.

—Bob Roberts tenía las llaves. Resulta que está en la junta directiva, me lo comentó cuando le pregunté por el castillo. Fue ahí cuando tomé la decisión de ir… ni siquiera pensaba en ello cuando te dejé a ti y a Merc en el motel. De paso, ¿dónde está?

—En el motel —contestó Ann—. No quiso venir. Probablemente ha salido para comer algo.

Como si ésa fuera su entrada, el camarero volvió con una bandeja con platos cubiertos. Colocó unos más grandes y limpios delante de ellos antes de depositar ceremoniosamente el mayor de todos.

—Pato a la naranja Pekín. Muy bueno.

—Ciertamente, espero que sí —comentó Ann, y la punta de su lengua realizó una fugaz patrulla por sus labios.

—También hay salsa de ostras, crema de alubias fritas y mucho arroz. Cerdo al estilo Szechwan, con especias muy picantes. Todo estupendo. ¡Cena imperial para tres… mucha comida! ¿Otro venir pronto?

—No lo sé —le dijo Shields—. Usted no nació aquí, ¿verdad, camarero? ¿Nació en este país?

Ann se apresuró a exclamar:

—¡Willie!

—No, señor. Nací en Hong Kong. Tengo muchos primos aquí, me trajeron, dueños Dragón Dorado.

—Así que lleva en Castleview desde…

—Dos años, casi.

Shields hizo un gesto de ánimo.

—¿Ha visto alguna vez el castillo?

El camarero dio media vuelta.

—No ver.

—¡Willie! —Ann se detuvo en el acto de servirse pato en su plato.

Shields observó la espalda del camarero al marcharse, se encogió de hombros y cogió el asa de la tapa del cerdo al estilo Szechwan.

—Willie, ¿qué clase de servicio crees que recibiremos después de esto?

Volvió a encogerse de hombros.

—Quise averiguar si lo había visto, si alguien de otra cultura era capaz de verlo.

—Y no averiguaste nada.

—Claro que sí. Ha visto algo. Si no, se habría reído y contestado que no. Pero ha visto el castillo, o ha visto algo; y quedó fascinado y aterrado, igual que yo. Me encantaría descubrir exactamente qué vio… si fue lo mismo que yo o, por lo menos, algo parecido.

Ann masticó y tragó.

—Bueno, ya no se puede arreglar, supongo. Si necesitamos servicio, le lanzaré una mirada centelleante o algo así. ¿Era bonito el museo?

—No. No, no lo era. —Pareció sentir una vez más el frío de sus cuartos altos, una gélida humedad que le había dejado con la sensación de que había estado en una cueva bajo el océano —. Es una casa vieja, casi tan vieja como la de los Howard, construida por un médico. Papel oscuro en todas las paredes, o un panel de roble; montones de molduras talladas manchadas de negro. Montones de polvorientas vitrinas de cristal… una se rompió, ¿te lo conté?

Ann sacudió la cabeza y bebió té.

—¿Vamos a tener que pagarla?

—No lo creo. Pienso que la rompió el que se llevó a Bob. Fue muy extraño.

Ann había estado probando los platos.

—Probablemente emplean mandarinas, o naranjas. No de Valencia… serían demasiado dulces. ¿Conoces las naranjas de Valencia, Willie? — Negó con la cabeza y se sirvió cerdo en su plato todavía vacío—. Bueno, lo que nosotros consideramos «naranjas» son, en realidad, naranjas de Valencia, sólo esa variedad de entre unas cien que hay. Es lo mismo que cuando pensamos en lager como «cerveza». Prácticamente, todas las naranjas que cultiva todo el mundo aquí son valencianas… las de Florida y California también. El motivo por el que las de California son distintas se debe al clima; en realidad, son de la misma variedad. ¿Qué tal está el cerdo?

Masticó y tragó, de nuevo hambriento, y bebió un sorbo de agua.

—Especias picantes, como dijo el camarero. ¿No crees que deberíamos llamar al motel?

—Yo no lo haría —decidió Ann—. Lo más probable es que se haya ido a la ciudad para tomar una hamburguesa cuando dejó de llover. No está tan lejos. Habrá cenado y tu comida se habrá enfriado.

—De acuerdo.

—Estás preocupado por ella, Willie. Puedo ver que sí. Pero ¿cuántas veces te has preocupado como ahora y no pasó nada? Cuéntame lo del cristal de la vitrina. ¿No fue una ventana?

—No, fue un expositor. Había un viejo diario en su interior, y alguien se lo llevó. Pertenecía a Bob.

—Entonces, quizá lo cogió él.

—Es lo que dijo la policía, el ayudante del sheriff. Pero ¿por qué iba Bob a romper la vitrina? Tenía las llaves.

Ann añadió un rollito de primavera sobre el pato y arroz que había en su plato.

—Entonces, si alguien lo cogió… Willie, ¿de verdad quieres decir que lo secuestraron? ¿A uno de nuestros vendedores?

Asintió.

—Algo así.

—Pues esas personas también tendrían las llaves. Entonces, ¿por qué iban a romper el cristal?

—Sólo Dios lo sabe. Lo gracioso es que oí un cristal rompiéndose antes de que llegaran a la vitrina. Resultó ser una ventana de la planta alta situada en la parte de atrás de la casa. Pero yo creí que se trataba del expositor con el diario, y fui corriendo a mirar. Bob corrió escalera arriba… también él lo escuchó, y fue lo último que vi de él.

Ann sonrió.

—Willie, ¿sabes que has tomado cinco bocados de cerdo sin beber nada? Debes de estar hambriento.

—Lo estoy. Quizá se debe al susto. Bob desapareció, yo me quedé solo en esa vieja casa… salvo que no estaba realmente solo, había alguien conmigo ahí, quizá más de uno. ¿Te mencioné la madera tallada? Había cabezas talladas sobre las chimeneas en muchas habitaciones… hombres de aspecto duro, y mujeres con caras suaves y ovaladas. Daba la sensación de que intentaran hablar, que trataban de advertirme de algo que se arrastraba hacia mí. — Shields tuvo un escalofrío; vació la pequeña taza de té. Ya casi se había acabado el cerdo; se sirvió un poco de ternera y unos wontons.

—Cuanto más terrorífico dices que era el lugar, más interesante suena — le dijo Ann—. ¿Cómo eran las otras tallas?

—Caballos. Espadas, lanzas y dagas, y escudos con blasones. En un principio creí que era por el nombre de esta ciudad: Castleview. Luego me di cuenta de que todo estaba sacado de Malory. La espada en la piedra se hallaba tallada sobre la chimenea de la sala, en la planta baja.

—¿Malory?

—Fue un escritor inglés, Sir Thomas Malory. Escribió La Morte d’Arthur. Al viejo doctor debía encantarle, o quizá a su mujer. Entonces, el órgano a vapor del establo comenzó a tocar. ¿Te conté lo del órgano? Bueno, es una especie de órgano.

—Willie, te lo estás inventando. Lo adornas todo.

—No, no es verdad. —La ternera era deliciosa.

—Sabes que sí. Nunca te encontraste en un peligro real… no como yo. He pasado por un infierno, y créeme que no había nada de fantasía en ello. Y el coche…

Alzó bruscamente la vista.

—¿Qué le pasó?

—Bueno, Willie, fui a hablar con esa agradable anciana que dirige el motel. Quería preguntarle por el caballo al que casi atropellas… el hombre grande que atravesó el camino, ¿lo recuerdas? Pareció un poco sobrenatural…

—Dijiste que no había nada de fantasía.

—Pero Willie, no lo es. Pensé que podía tratarse de alguien del vecindario, alguien a quien le gusta cabalgar de noche bajo la lluvia, y si era así, pensé que la anciana quizá lo supiera. Y lo sabía, pero tenía esta receta de jalea de pera… la llevo en mi bolso, y también la tarta de queso de Lisa, así que nos pusimos a hablar, lo cual me retrasó. Conocí a su marido; un hombre agradable. Bueno, ella me contó…

Una voz suave al costado de Shields preguntó:

—¿Qué fue lo que le dijo a Hwan? El pobre está aterrado.

Shields dio media vuelta.

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