Castleview
Capítulo 4
LA VISTA DE NOCHE
ROBERTS ABRIÓ LA CERRADURA DE LA PUERTA, ENTRÓ Y ENCENDIÓ LAS luces. El Museo del Condado había sido una casa particular en el pasado, y se encontraron en lo que debió de ser el recibidor; había un escritorio para un empleado, unas pocas vitrinas contra las paredes.
—¿Qué quería ver, señor Shields? —preguntó el hombre —. Le puedo llevar directamente.
—El castillo —le contestó.
—Tenemos toda una exposición sobre él. Por aquí. ¿Cree en el castillo?
Shields asintió.
—Lo vi.
—¿De verdad? Supongo que eso haría que un hombre se interesara. Por aquí; ésta era la sala de música cuando el viejo Doc Duncan construyó el lugar. Lo del castillo está en la siguiente sala, el estudio.
Shields volvió a asentir. La sala de música exhibía en su mayor parte monedas, y unos pocos violines de aspecto triste. Se detuvo durante un instante para escudriñar las páginas descoloridas de un diario.
—Es de mi bisabuelo —le dijo Roberts con orgullo —. Durante una época fue un agente de la Wells Fargo. Vio cosas interesantes, y tuvo algunas cosas interesantes que contar sobre ellas.
Shields hizo un gesto de asentimiento.
—Apuesto que sí.
—Querían que lo donara, pero si lo hacía, ¿qué pasaría si cerraban el lugar? Así que sólo se lo presté al Museo.
—Debería mantenerlo en la familia —comentó Shields —. ¿Tiene algún hijo, Bob?
—No hay más Roberts… yo soy el último. Sin embargo, tengo dos hijas y dos nietos.
Shields se irguió.
—Lo apreciarán cuando sean mayores.
—Eso espero. Mi bisabuelo tenía una teoría sobre el castillo… pensaba que se trataba de unas rocas en Arizona. Lo llamaba una meseta.
—Entonces también él lo vio.
—Oh, claro. Creció en esta zona. Todo el mundo de aquí lo ve. No tiene mucha lógica que los niños lo vean más que los adultos, pero así parece ser. Uno pensaría que los chicos lo verían menos, ya que son más bajos, están más cerca del suelo.
—Los adultos no trepan a los árboles —indicó Shields.
—Eso es un hecho. ¿Podría preguntarle dónde se encontraba usted cuando lo vio, señor Shields?
—En el ático de una casa de dos pisos de techos altos. La casa de los Howard… estamos pensando en comprarla.
—Lo sé —asintió Roberts.
—Supongo que lo que dicen es verdad. —Volvió a inclinarse sobre el diario, tratando de descifrar la florida y descolorida letra —. Las noticias viajan rápido en una ciudad pequeña.
—No lo dude —confirmó Roberts—. En especial si uno es el padre de la señora Howard.
Shields se volvió para mirarle.
—Es cierto, ella dijo que su nombre de soltera era Roberts. No llegué a asociarlos.
—Es mi hija Sally.
Shields titubeó.
—¿Sabe que su yerno resultó herido esta tarde, Bob?
—¿Tommy? Señor, no. ¿Fue algo serio?
Shields asintió.
—Creo que sí.
—Sally debió llamarme. Quizá llamó a Sarah… no, Sarah me habría telefoneado para contármelo.
—Quizá debería llamarla usted.
Roberts hizo un gesto de afirmación.
—Si me disculpa un minuto, señor Shields.
—Desde luego.
Roberts se apresuró a retornar al vestíbulo. Shields pudo oír girar el dial del viejo teléfono; luego, la voz apagada del hombre. Un poco avergonzado, volvió a inclinarse sobre el diario.
La página en la que estaba abierta comenzaba con la continuación de una frase: «¿… un sobresalto? Vaya, después de eso no me habría acercado a la puerta para ver a un fantasma, ni habría dejado que nadie me hablara de uno. Encontrar a alguien de casa por aquí, tomando posesión legal de tierras en Santa Cruz, supera haber visto el elefante».
—Sarah se encuentra con ella —anunció Roberts—. Dice que ha tomado algo y se ha ido a la cama. No quería despertarla. — Shields asintió —. Tommy ha muerto… supongo que usted lo sabía. Quiso darme la noticia de forma suave. Se lo agradezco.
—Pensé que era probable que estuviera muerto — reconoció Shields—. No lo sabía.
—Sally llamó a Sarah, no le explicó qué iba mal, sólo le pidió que fuera a verla. Naturalmente, Sarah fue. En cuanto lo averiguó, intentó telefonearme. Teddie le indicó que usted y yo ya nos habíamos marchado.
—Si desea ir allí, Bob…
Roberts sacudió la cabeza.
—Ahora no. Sally está dormida, y no hay nada que yo pueda hacer. Seth ha salido… es mi nieto. Lo superará, es el hijo de Tommy.
—No me cabe ninguna duda —dijo Shields.
—Tommy era un tipo duro —le explicó Roberts—. Era un luchador. — Shields volvió a asentir, sin saber qué otra cosa hacer ante el dolor controlado del hombre mayor—. Usted quería ver el material sobre el castillo. Se encuentra en aquel cuarto. Es el estudio. El interruptor de la luz está en la pared, a la izquierda según entra.
—Gracias —dijo.
Entró en el estudio y encendió las luces. Detrás de él, en la sala de música, oyó a Roberts limpiándose la nariz. Bob no era duro, reflexionó Shields. Bob no era un luchador. O quizá sí.
El jinete tiró de las riendas, y el caballo se detuvo con tanta brusquedad que pareció acuclillarse. Apuntó su rifle a Ann como si fuera una pistola, manteniendo las riendas en la mano izquierda.
—Salga del coche.
Ann asintió, abrió la puerta y salió a la lluvia. Llegó a la conclusión de que ya no caía con tanta fuerza como antes. Pensó en su cuerpo tendido sobre la hierba mojada, las últimas gotas suaves acariciándole el rostro vuelto hacia el cielo. El rifle era como esos que veías en las películas de vaqueros; parecía extraño que semejante arma disparara otra cosa que no fueran cartuchos de fogueo. El cañón la siguió como un ojo amenazador.
—Acérquese a la puerta. —Ann hizo lo que le ordenaron. Le tiró un manojo de llaves —. Ábrala.
El gran candado estaba sumergido en oscuridad. Colocó la linterna bajo la barbilla y encontró una llave que daba la impresión de encajar.
Liberada de la aldaba, la puerta se abrió hacia ella. El caballo movió la cabeza, observándola de lado a través de la lluvia; los ojos del jinete estaban perdidos bajo el ala de su empapado sombrero.
—Suba de nuevo al coche. Si piensa que es lista y apaga las luces y pone la marcha atrás, le meteré seis o siete balas antes de que haya retrocedido diez metros por el camino.
Ann sacudió la cabeza.
—No lo haré.
—Entonces, atraviese la puerta. Vaya muy despacio. Cuando haya pasado, bájese y ciérrela.
Asintió, y le vio tratando de escudriñar a través del parabrisas cuando se encendió la luz del interior. Parecía extraño, y casi antinatural, estar dentro del coche una vez más, resguardada de la lluvia. Metió la primera y dejó que el Buick avanzara despacio.
Cuando abrió la puerta, el jinete dijo:
—Apague el motor. Devuélvame mis llaves y déme las del coche. — Clavó un tacón contra el costado del caballo; éste giró obediente, presentándole su lado izquierdo a Ann. El hombre apoyó las riendas sobre el cuello del caballo, cogió ambos juegos de llaves con la mano izquierda y se los metió en el bolsillo de los vaqueros—. Abra las puertas del coche — le ordenó—. Todas.
—¿Todas?
Durante un instante pensó que le iba a disparar, cuando se adelantó sobre la silla y con la mano izquierda aferró la parte de madera del rifle, justo delante del gatillo. Giró con premura, abrió la puerta de atrás del lado del conductor, trotó alrededor del coche y abrió las otras.
—Abra el maletero —dijo.
—No puedo —le contestó Ann—. Usted tiene las llaves.
El hombre desmontó.
—Cierre la entrada al campamento con el candado.
Obedeció. El candado era grande y lustroso, y estaba bien engrasado. El hombre no era mucho más alto que ella, decidió Ann.
—Métase en el coche por el otro lado. Voy a conducir yo.
Apoyó el rifle en el asiento trasero, cerró con fuerza las puertas y alimentó el motor mientras lo encendía.
Ann cerró la otra puerta trasera y subió al coche, sentándose a su lado.
—Podría haber cogido el rifle —dijo—. Podría haberle dado la vuelta y haberle disparado.
—Lo sé —afirmó él—. Pero no va a hacerlo.
Tocó la bocina para que su caballo se apartara del camino y manejó la palanca de cambios de una forma que indicó que estaba acostumbrado a conducir con cambios manuales.
Ann se aferró al apoyabrazos cuando el Buick se sacudió al meterse en una curva cerrada.
—¿Y su pobre caballo?
El jinete se rió entre dientes.
—Buck nos seguirá. Querrá regresar al establo y que le quiten la silla de montar. ¿Está muy mojada, señora?
—No tanto como usted —respondió.
—Supongo que tiene razón. —Conducía por el camino de grava mucho más rápidamente de lo que ella lo habría hecho, pero resultaba evidente que conocía cada curva —. Si no me hubieran estropeado el jeep, no tendría que haberlo sacado con este tiempo.
—Yo misma lamento haber salido —dijo Ann.
—Era algo que me estaba preguntando, señora. ¿Ha venido a ver a alguna de las chicas?
Ella sacudió la cabeza.
—Sólo quería hablar con quienquiera que esté a cargo de esto.
—¿A cargo de las chicas o del lugar?
—No lo había pensado. Supongo que a cargo de los caballos.
—Entonces, ya lo ha encontrado. ¿Quiere pasar por nuestro establo? Quizá prefiera secarse primero. Hemos encendido un buen fuego.
—Suena bien —contestó.
En realidad, sonaba a gloria celestial; se imaginó un fuego intenso con una olla grande en un barracón, vaqueros contando historias descabelladas (¿o eran los marineros?), mientras una vieja cafetera borboteaba. A pesar de la calefacción, le castañeteaban los dientes.
Con un rugido triunfal, el Buick llegó hasta la cima de una colina pequeña y empinada; al otro lado, bajo una brillante luz que había sobre un poste alto, en un valle que parecía separado del resto del mundo, se alzaba un gran establo blanco y un edificio de piedra de techo rojo con forma irregular.
—Éste es un campamento para chicas, ¿verdad? Hubiera supuesto que por esta época estaría cerrado.
Asintió sin hablar mientras el Buick traqueteaba sobre un viejo puente de madera.
Cuando apagó el motor y le devolvió las llaves, cogió el rifle del asiento trasero.
—Creo que tiene que abrir el maletero, señora. Sólo para cerciorarme.
Ann obedeció, y él escrutó el interior. Volvió a cerrarlo y comprobó que no se abría.
—¿De qué tiene tanto miedo?
—No lo sé con certeza —contestó—. Vayamos dentro.
Le siguió a un amplio y rústico cuarto, una de cuyas paredes era en su mayor parte una chimenea: albergaba el fuego más grande, rojo y caliente que Ann pudiera haber imaginado jamás. Cuatro mujeres jóvenes estaban sentadas en un largo sofá que dividía el cuarto, más que contemplando un televisor, hablando por encima del ruido que emitía.
—Tenemos compañía, Señorita Lisa —anunció el jinete.
Las cuatro giraron las cabezas y se pusieron de pie.
Cansada, Joy Beggs abrió la puerta delantera de su propia casa pequeña en Willow y colgó la gabardina en el armario del vestíbulo. Su hijo Todd preguntó:
—¿Eres tú, mamá?
—Uh huh.
—Tienes compañía.
—¿Quién…? —empezó Joy mientras entraba en el salón. Calló cuando su visitante se puso de pie.
Era un hombre muy oscuro con una fina y puntiaguda barba negra y unos ojos extrañamente penetrantes. También había algo extraño en sus ropas, decidió Ann… en el largo abrigo de tweed marrón que mantenía cerrado a pesar del calor del cuarto y en sus zapatos de punta y sin forma.
—Tal vez debería presentarme —sugirió—. Me llamo Liam Fee, y soy archidiácono. — Alargó una tarjeta de visita.
Joy la aceptó.
—Me temo que Todd y yo no somos muy religiosos, señor Fee, y estoy terriblemente cansada. Tal vez si pudiera venir en otra ocasión, cuando no sea tan tarde…
—Lo haré —le dijo—. Oh, claro que sí. Confío en que entonces tenga buenas noticias para mí.
Joy recordó haber escuchado en alguna parte que evangelio significaba «buenas noticias».
—No somos muy religiosos —repitió. Entonces, añadió —: No tenemos mucho dinero.
Fee sonrió, exhibiendo unos dientes pequeños y torcidos que no parecían blancos ni siquiera en su cara morena.
—Es una desgracia que se puede remediar, señora Beggs, y que espero remediar yo. ¿Usted vende casas? ¿Edificios?
—Quiere construir una iglesia, mamá —informó Todd.
—Ya veo. Sí, los vendo. —Joy cogió su silla favorita, la del tapizado de faisanes en dorado y verde —. ¿No quiere sentarse, Archidiácono Fee? Lamento haber parecido un poco brusca, pero ha sido un día largo.
—Entonces, no la entretendré. Tenemos varios postulantes aquí en su ciudad… algo que quizá usted no sepa, pero así es. Deseamos proporcionarles un lugar adecuado de adoración.
—Necesita un solar situado en un buen lugar, con espacio para aparcar. — Mentalmente, Joy pasó las hojas del gran registro negro que había en Peak Value.
Fee sacudió la cabeza.
—Tal vez, más que eso. Sin embargo, no podemos construir de inmediato para unos pocos. De momento, deseamos una casa… una residencia amplia. Debe estar cerca del emplazamiento en el que construiremos, de modo que la congregación pueda ayudar en la obra después de los servicios.
—Ya veo.
—Y no debe estar muy cerca de la ciudad. Un lugar en el campo no lejos de la ciudad, quizá, o un hogar en las afueras. Usted me ha dicho que no es muy propensa a la religión, señora Beggs. ¿Puedo tomarlo como que no tiene muchos prejuicios contra una fe que no sea la cristiana?
—Claro que no —declaró Joy—. De hecho, tengo unos cuantos amigos judíos.
—Entonces, debería informarle que nosotros no adoramos al Dios de sus amigos judíos. Él se preocupa aún menos por nosotros que por usted. — Fee aguardó su objeción; cuando ella no dijo nada, continuó—: Según tengo entendido, a la agencia se le pagará una comisión por el vendedor. Usted la compartirá. Además, ofrecemos pagar una tarifa por la localización del lugar, directamente a la persona que arregle la venta. A usted, asumiendo que será dicha persona.
Volvió a guardar silencio. Joy pudo sentir cómo la sopesaba con los ojos, calculando su precio.
—La cantidad que le pagaremos será de tres mil dólares — anunció.
—¿No es extraño? —Joy sonrió—. Hoy mismo estuve enseñando una casa que será perfecta para usted.
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