Castleview
Capítulo 1
LA CASA EN LAS AFUERAS
TOM HOWARD SE HALLABA EN EL BORDE DEL MUELLE DE CARGA Y miraba hacia el patio de almacenamiento. Llovía con fuerza, y ello hacía que le resultara difícil ver. El primer turno ya se había marchado; y ahora que también el verano se había ido, no había un segundo turno. El patio era un clamor con la lluvia, frías gotas que aporreaban los bidones de acero.
Sin embargo, tenía la certeza de que había visto algo.
Cuando bajó por los escalones del muelle, la lluvia también le aporreó a él, se abatió sobre los hombros de su impermeable amarillo, e impactó duramente contra el borde de su sombrero de goma. Aún no había oscurecido del todo — no reinaba una oscuridad completa— como para que tuviera que encender su linterna negra de cinco pilas; no obstante, la encendió.
No había nadie acuclillado entre las filas de bidones de doscientos litros. Nadie agachado detrás de las bajas escuadras de hierro de dos centímetros. Mientras Tom chapoteaba hacia el montón de chatarra y los vertederos, experimentó una súbita sacudida que detuvo todo pensamiento. Cayó de bruces a la grava inundada, pero jamás lo sintió.
Joy Beggs, «Su Agente Inmobiliaria», contempló la vieja casa de los Howard con una admiración que no era del todo fingida. Según las normas actuales, era demasiado grande y no había sido del todo modernizada hasta el grado que a Joy le habría gustado. Y era de madera, cierto. Sin embargo, la habían vuelto a pintar en agosto de blanco, ningún color chillón, y el techo sólo tenía dos años.
—Una casa antigua y preciosa, señor Shields — declaró con entusiasmo —. ¿No se lo dije? Y —bajó la voz— puede comprarla por nada. Le han ascendido y tienen que mudarse.
Inclinándose de modo que la boca quedó pegada al oído de su marido, Ann Schindler susurró:
—Mira esas flores, Willie.
Ann había mantenido su nombre de soltera.
—No vamos a pagar sesenta mil dólares por unas flores — respondió su marido con firmeza, y añadió—: No importa lo mojadas que estén.
—Pero eso indica que las cuidan —murmuró Ann.
Joy asintió con aprobación.
—Tiene toda la razón, y permita que le diga, señor Shields, que es afortunado de que esté lloviendo. La mayoría de las personas que buscan casa no salen cuando llueve, pero no hay nada más tonto que eso. Con una lluvia como ésta puede subir al ático con una linterna, llevo una, y mirar si hay goteras. Así no se encontrará con ninguna sorpresa la próxima vez que llueva.
Shields asintió y se frotó el mentón. Era un hombre alto y delgado, y fue un mentón largo el que se frotó.
—¿Ni siquiera vamos a salir y echarle un vistazo? — preguntó Mercedes Schindler-Shields, sentada al lado de su madre en el asiento de atrás. Tenía dieciséis años.
—Claro que sí —le dijo Joy—. Por aquí hay un paseo asfaltado y llevo paraguas suficientes para todos.
Eran paraguas de golf, con franjas anaranjadas y marrones; Joy y Mercedes compartieron uno, Shields y Ann el otro. Afortunadamente había un amplio porche techado. Joy apretó el timbre. Por encima del batir de la lluvia, Shields pudo oír unas campanillas que sonaron lentamente, casi con tristeza, en alguna parte detrás de la puerta.
Manteniendo la voz baja, Joy comentó:
—Es una vieja granja. Aún le quedan más de tres acres. Permita que se lo diga, en el negocio de los bienes raíces, nosotros consideramos las propiedades mucho más pequeñas que estas «fincas».
—¿Hay espacio para una pista de tenis? —quiso saber Mercedes.
—Por supuesto.
Shields plegó su paraguas y golpeó el extremo sobre el suelo del porche para sacudir el agua.
—Cuando los subdivisores se interesen en esta zona, y lo harán, podrá vender un par de acres por más dinero que el anticipo de la casa — le dijo Joy.
Seth Howard abrió la puerta.
—Entren. Pueden dejar los paraguas en el hall.
—Los dejaremos en el porche —indicó Joy—. Estarán bien.
Pasaron al interior. El recibidor era amplio para ser una casa particular, con techo alto y oscuro.
—Mamá está en la cocina. ¿Quieren verla? Papá aún no ha llegado.
—No hace falta —repuso Joy—. Yo les mostraré la casa. Ni se notará nuestra presencia.
No obstante, Seth los siguió silencioso, en zapatillas de deporte. Tenía diecisiete años, casi dieciocho; ya era alto, de cabello oscuro y con los azules ojos normandos de su padre. Mercedes se rezagó un poco de sus padres, y pronto ella y Seth caminaron uno al lado del otro, sin hablar hasta que ella preguntó:
—¿Adónde da esta puerta pequeña?
—A la torreta… ¿quieres verla? Debe de hacer un poco de frío ahí arriba.
—Bueno. La vi desde el exterior.
Me estoy comportando, oh-Dios-mío, como una chica de doce años. ¿Qué demonios va a querer con una cerdita como yo?
—De acuerdo. —Abrió la puerta, revelando una escalera empinada y estrecha —. El resto de la casa es de dos plantas, pero esta parte es de tres. Tiene ventanas y puedes abarcar mucha distancia con la vista.
Para infinito alivio de Mercedes, él subió primero.
Arriba, en el ático, Joy Beggs se disculpó.
—Me temo que está terriblemente desordenado y atestado ahora. Se llevarán muchas cosas. Cualquier cosa que dejen les pertenecerá a ustedes, y podrán hacer lo que les plazca con ellas.
Shields asintió con gesto ausente, mirando a su alrededor. Primero observó el techo, porque fue allí donde Joy proyectó la linterna; sin embargo, la lógica sugería que no debía haber estado tan ansiosa por traerles hasta aquí si hubiera creído que existía la posibilidad de una gotera, así que trasladó su atención al contenido del ático, en su mayoría cajas, baúles viejos y montones de libros. Tuvo la repentina premonición de que los Howard no se llevarían nada. Si compraban la casa, todo esto sería de ellos… para que él lo explorara lentamente las lluviosas tardes de los domingos.
—Pueden convertirlo en más dormitorios —aventuró Joy —. Hay ocho de esas grandes ventanas de buhardilla que dejan entrar mucha luz cuando brilla el sol, incluso con todas esas cajas delante.
—O en un estudio, Willie —murmuró Ann—. Podría escribir aquí arriba… sé que podría.
—¡Oh, es usted escritora!
—Sólo de libros de cocina —dijo Ann.
—Ya le han publicado tres —indicó Shields —. La editorial Arkin y Patris, de Nueva York.
Orgulloso de ella, quiso explicar que no se trataba de algún grupo eclesiástico que imprimía apenas unos cientos de ejemplares, aunque no supo cómo hacerlo sin ofenderla.
—Mi primer libro fue Cocinando con los Poetas del Lago. Luego escribí Cocinando con Abey Mary y Cocinando para George Bernard Shaw. Es un libro vegetariano irlandés-inglés. ¿Qué estás mirando, Willie?
Shields había estado escudriñando a través del mugriento cristal de la ventana más próxima.
—Nada —contestó—. Nada.
La lluvia batía de manera incesante sobre el techo.
En la torreta, Mercedes, a su vez, miró por cada una de los grises cristales.
—Chico, me encanta esto —comentó—. Me pregunto si mis padres dejarán que me lo quede.
—¿Van a comprar la casa? —preguntó Seth.
Mercedes se encogió de hombros.
—Tenemos que vivir en alguna parte.
—¿Os acabáis de mudar a Castleview?
—Mi padre compró un concesionario.
Había un asiento en la ventana y Mercedes lo ocupó, teniendo cuidado de dejarle espacio a Seth por si quería sentarse.
—¿De motos?
Sacudió la cabeza.
—No, de coches. Ha sido director de una agencia de Buick desde que yo era niña. Ahora se ha comprado la suya aquí.
—Oh, sí. La conozco. Estaba a la venta. —Seth no se sentó.
—¿No te importa que compremos tu casa?
—¿Por qué? Tenemos que venderla. Nos mudamos a Galena. Mi padre ha sido ascendido y dice que no podemos permitirnos mantener dos casas. Lo que pasa es que la construyó mi bisabuelo, y yo he vivido aquí toda mi vida. ¿Ves ese cuadro pequeño? — Señaló una acuarela enmarcada detrás de un cristal, la única decoración que había en el pequeño cuarto hexagonal—. La pintó mi abuela.
—¿De verdad? —Mercedes se incorporó para mirarla —. ¿Dónde está Galena? ¿Muy lejos de aquí?
—A unos cuarenta y cinco kilómetros.
La acuarela mostraba una hilera de colinas escarpadas, bordeadas por unos arces escarlatas y dorados. Unas espigadas torres de piedra, difusas, casi fantasmales, se cernían sobre las copas de los árboles.
—Entonces, podrías venir —comentó Mercedes —. Quiero decir, si desearas ver de nuevo la casa. Esto es, podrías decir que venías a verme. Daríamos una vuelta y tú me contarías cosas.
Seth asintió.
Abajo, en la cocina, Shields y Ann estrecharon solemnemente la mano de la madre de Seth, después de que Sally Howard se hubiera limpiado las manos manchadas de harina en una toalla y Shields sus algo polvorientas manos en la pila.
—No nos pareció muy educado recorrer la casa sin habernos presentado a usted — comentó Ann.
—Además —añadió Joy con pragmatismo—, tienen que ver la cocina.
—Se camina mucho aquí —dijo la señora Howard con un suspiro —, pero voy a echarla de menos cuando nos mudemos. La cocina de la casa nueva es mucho más pequeña.
Ann sonrió.
—Y apuesto que no tiene un teléfono verde aguacate, ni la mitad de esta alacena.
—No, es cierto. Pasen y mírenla. Ustedes no son de aquí, ¿verdad?
Shields negó con la cabeza y Ann dijo:
—Somos de Arlington Heights. Está al noroeste de Chicago, a unos treinta kilómetros del Loop.
—Ah. Bueno, la función de esta cocina era alimentar tanto a los peones de granja como a la familia. En tiempo de cosecha, había tres o cuatro mujeres trabajando aquí y unos doce hombres comiendo en una mesa grande afuera.
Ann dio media vuelta.
—¡Cocinando para los Recolectores! ¡Será mi siguiente libro! Cuáles eran los platos de la temporada y cómo se preparaban.
—La señora Shields escribe libros de cocina — explicó con orgullo Joy.
—Como Ann Schindler —le corrigió Ann distraída.
Por la expresión de Ann, Shields supo que ya se encontraba inmersa en la planificación de su nuevo libro.
—Me preguntaba por qué este pueblo se llama Castleview — dijo.
La señora Howard miró hacia una ventana de la cocina. Fue un gesto rápido, no más que un aleteo de los ojos; sin embargo, Shields tuvo la certeza de que había visto miedo en ellos.
—En realidad, es bastante romántico —intervino Joy —. Dicen que a veces puedes ver un castillo en la distancia, justo cuando se pone el sol. He de reconocer que yo jamás lo he visto, y he vivido aquí más de diecisiete años. No obstante, un montón de gente lo ha visto, o eso afirma. Se trata de una ilusión, no de una alucinación… algunas personas han tomado fotografías, aunque por lo general no salen bien.
—La cocina da al Este, ¿verdad? —preguntó Shields. Se dirigió a la ventana.
—Así es —contestó con voz monótona la señora Howard.
—Técnicamente, lo llaman un Fata Morgana — le dijo Joy—. Sólo el cielo sabe lo que eso significa, pero mis hijos han tenido que estudiarlo en la escuela.
—Significa «Morgana el Hada» —explicó Shields con tono ausente—. «Morgan le Fay». — Miraba la lluvia.
—Willie se licenció en literatura —indicó Ann —. Fue muy útil cuando estaba escribiendo Poetas del Lago y Cocinando para Shaw.
—En cualquier caso —continuó Joy—, se supone que es un raro efecto atmosférico que hace que algo lejano parezca cercano. Mi hipótesis es que la gente ve la línea del horizonte de Chicago. Se parecería a un montón de torres y cosas, porque es un montón de torres y cosas.
—¿Cuándo se fundó el pueblo? —preguntó Shields.
—En mil ochocientos cincuenta —contestó Sally Howard —. Somos bastante históricos. Mi familia… yo soy una Roberts; vinimos con el primer grupo, los pioneros. La familia de Tom, los Howard, llegaron en el sesenta y seis, después de la Guerra Civil.
—¿Y originalmente se llamó Castleview?
—Creo que sí. Puede averiguarlo en el Museo del Condado.
—¿No es encantador, Willie? —comentó Ann—. Como tener un fantasma en la familia. Me proporcionará unos toques preciosos para el libro.
Volviéndose para quedar de cara ante las tres mujeres, Shields asintió.
—¿Cuál dijo que era el precio, señora Beggs?
Joy lanzó una rápida mirada a la señora Howard.
—No es ético…
—No depende de mí —intervino la señora Howard —. Lo tendrá que decidir Tom.
—Quizá si fuéramos al salón…
Ann asintió. Shields las siguió por el ancho y sombrío vestíbulo hacia un cuarto grande y de techo alto casi igual de oscuro, donde Joy encendió una lámpara de pie con una pantalla con bordes de seda.
—Es lo que llamaban recibidor cuando se construyó la casa. Los amigos y vecinos te visitaban los domingos, y los recibías aquí.
—Después de misa —comentó Ann con vehemencia.
—Sí, supongo que sí.
Las mujeres aún seguían de pie, así que Shields tampoco se sentó, moviendo los pies y escuchando la lluvia. Después de uno o dos minutos, oyó el ruido de pisadas en la escalera; entró el muchacho alto que los había dejado pasar, seguido de Mercedes.
—Aquí estás —dijo Shields—. Me estaba preguntando qué te había pasado.
Mercedes se arrojó a un sillón de piel.
—Seth me ha mostrado parte de la casa. Me gusta. ¿Me puedo quedar con la torre?
Shields estuvo a punto de decir: «Si todavía eres virgen, Merc». Llegó a la conclusión de que no sería gracioso y lo sustituyó por:
—Aún no hemos hecho una oferta.
Con una nota prolongada, sonó el teléfono en la cocina.
Seth se encogió de hombros.
—Aquí no tenemos teléfono. Sólo en la cocina y al otro lado del vestíbulo, en el cuarto de mamá y papá.
Otra nota, ésta cortada por la mitad. Shields pudo visualizar a la señora Howard limpiándose los dedos antes de coger el auricular.
—Espero que no sea otro comprador —comentó Joy con vivacidad —. Odiaría ver que pierden esta casa.
—Sólo son sesenta mil, Willie —siseó Ann—. Es lo único que piden.
Débilmente, oyeron a la señora Howard mientras hablaba en la cocina; el click cuando colgó, y luego sus lentos pasos en el vestíbulo.
—Apuesto a que se trata de otro comprador, señora Beggs — dijo Seth —. Mamá viene a buscarla.
Su rostro no estaba precisamente blanco cuando entró en la estancia. El maquillaje se ocupa de ello, pensó después Shields; incluso las mujeres que están cocinando, en las grandes cocinas de las viejas granjas que hay en los pequeños pueblos de campo, ahora llevan maquillaje mientras trabajan.
Por alguna razón, primero le miró a él. Luego, a Joy y a Ann; por último a Seth. No miró a Mercedes o, quizá, no se percató de su presencia.
—Ha habido un accidente en la planta —anunció.
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