Castleview

Gene Wolfe · Capítulo 3 de 38

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Castleview

Capítulo 2

 

 

CASTLEVIEW

 

JOY LLEVÓ A SHIELDS, ANN Y A SU HIJA HASTA LA AGENCIA INMOBILIARIA donde, mojados, cambiaron a su propio coche.

—Espero que no llueva así todo el tiempo — refunfuñó Mercedes.

—Claro que no, cariño. Es otoño… siempre llueve en otoño.

—Esto está muerto, mamá. Absolutamente muerto.

—¿A cuánta gente verías en la calle con esta lluvia? — bufó Ann.

—Le pregunté a Seth por el instituto —continuó Mercedes —. ¿Sabes cuántos chicos van?

—No tengo ni idea.

—Doscientos setenta y tres. En todo el maldito colegio… en todos los cursos. Sólo doscientos setenta y tres.

—Creo que eso es maravilloso, cariño. Llegarás a conocerlos a todos. Será como un pequeño club.

—¡Y Seth ni siquiera asistirá!

—Yo no estaría muy convencido de ello, Merc — musitó Shields.

Giró por una esquina. La Posada del Horno Rojo se encontraba en Old Penton Road, y le pareció que podría haber vislumbrado el letrero, aunque con la lluvia que caía era imposible estar seguro.

—¿Por lo del accidente, papá? El señor Howard sólo está herido. No ha muerto.

—Muerto o moribundo —musitó Shields.

Ann se volvió para mirarle.

—Willie, ¿qué estás diciendo? ¡Willie, quiero esa casa!

Mercedes se adelantó, metiendo la cabeza entre las de sus padres.

—Bueno, ella dijo que sólo había resultado herido.

—Vi su cara —le comentó Shields a su hija —. ¿Crees que delante de un grupo de extraños le diría a ese muchacho que su padre había muerto?

Vislumbró el resplandeciente letrero de neón a través de la lluvia, con un pequeño HABITACIONES LIBRES de un azul eléctrico centelleando bajo él.

Ann bajó la voz, una señal para Mercedes en la que se esperaba de ella que se comportara como si no lo hubiera oído.

—Es mi dinero, Willie, bueno, en su mayor parte mío, y quiero esa casa. La sacaron a la venta y nosotros les hicimos una oferta de buena fe.

—Que ellos no han aceptado —afirmó Shields con pragmatismo —. Hasta que lo hagan, ni siquiera existe un acuerdo verbal.

La figura oscura de un jinete apareció en el camino delante de ellos, como si hubiera caído con la lluvia. Shields pisó los frenos. El Buick derrapó, mientras su eje trasero se deslizaba a la izquierda. Movió el volante, pisando una y otra vez el pedal del freno, el cuerpo preparado para el choque.

 

De regreso en la Inmobiliaria Peak Value, Joy Beggs colgó su goteante impermeable y se metió en el pequeño lavabo para intentar hacer algo con su pelo. Una mirada al espejo le mostró que sería inútil; además, ya casi era hora de marcharse. Se empolvó un poco la cara y se puso algo de lápiz de labios.

—¿Estabas mostrando algo? —preguntó Fred Perkins, el propietario de la agencia.

—La vieja casa de los Howard —contestó Joy, asintiendo con cansancio.

—¿Y qué impresión te dio?

—Buena, al principio. Pero… —Sonó el teléfono de su escritorio y lo cogió—. Peak Value, Joy Beggins al habla… ¿La casa en Galena? No se preocupe por ello, Sally. Nadie va a obligarla a mudarse si usted no quiere… ¡Oh, Sally! Sally, lo siento tanto… ¡Dios, qué trágico!… Qué terrible para usted… ¿Qué puedo decirle?… ¿Hay algo que pueda hacer? Cualquier cosa… Bueno, técnicamente, supongo que el asesoramiento financiero no entra en mi línea; sin embargo, gran parte del trabajo que hago está relacionado… No, por supuesto que no es demasiado tarde. Sally, usted es una amiga… El estofado y los pasteles son perfectos, lo que usted haya preparado. ¿Doy por entendido que no hay mucho dinero?… ¿Y qué me dice de un seguro de vida?… Sally, no tiene por qué preocuparse, está sentada en medio de sesenta mil dólares; comparado con eso, pagar el coche no es nada… Voy para allá. — Colgó—. Ya empieza a ser buena otra vez — le dijo a Perkins.

 

Ann estudió a Shields con simpatía.

—Estás ansioso por volver a tu agencia, ¿verdad?

—No quiero…

—Willie, Mercedes puede ver la televisión aunque tú no estés. Y yo también puedo leer… mejor. ¿Te gustó ese restaurante chino donde cenamos anoche?

Asintió con esperanza, aunque sin atreverse todavía a esperar.

Ann miró su reloj.

—Vete a la agencia. Nos encontraremos contigo en el Dragón Dorado a las siete y media.

Ya se había incorporado, pero preguntó:

—¿Cómo llegaréis hasta allí? —Un instante demasiado tarde, recordó añadir —: Querida.

—Llamaremos un taxi. Sé que es una ciudad pequeña, pero tiene que haber uno o dos taxis. La mujer de la recepción podrá decirme cuál es de confianza.

Shields había cruzado la puerta antes de que ella terminara de hablar. Hasta que la cerró a su espalda no se dio cuenta de que había dejado su impermeable empapado goteando en el armario. Decidió que realmente no importaba. Una gabardina empapada no protegía casi nada; además, la lluvia ahora empezaba a ceder.

Afortunadamente, el coche se encontraba justo delante de su habitación. Dando un salto, abrió la puerta; en medio minuto conducía de regreso por Old Penton Road. No había ni rastro del jinete con el que casi había chocado, ninguna figura montada acechando en las sombras, ni siquiera una huella que pudiera ver.

Aparecieron las luces de la parte baja de Castleview, y empezó a cantar.

 

—¿Adónde vas, mamá? —preguntó Mercedes.

—A la recepción del motel —contestó su madre, enfundándose el impermeable.

—¿Para averiguar lo del taxi?

—Así es. ¿Quieres venir?

Mercedes sacudió la cabeza; ya se había vuelto al televisor.

—Me quedaré aquí.

Ann sonrió para sí misma mientras avanzaba por el inundado camino de ladrillos; Mercedes sólo deseaba ir cuando sabía que su compañía no era querida. ¿Ella misma no había sido igual que Mercedes a su edad? Después de todo, era necesario… precisamente, eran las cosas de las que las chicas estaban excluidas por las que tenían que aprender si iban a convertirse en mujeres.

—Buenas noches —saludó la mujer de cabello blanco que había detrás del mostrador—. ¿Todo está bien en la Número Diez? — Había estado leyendo The Weekly Castle View, y lo dejó sobre su regazo cuando habló.

—Todo perfecto —contestó Ann—. Sólo quería preguntarle una cosa.

—Si puedo, me encantará ayudarla —la mujer mayor la estudió por encima del borde de sus gafas.

—Casi tuvimos un accidente esta noche cuando veníamos hacia aquí.

La otra mujer asintió.

—La lluvia hace que el camino sea muy resbaladizo. Debe de estar a punto de congelarse.

—Fue alguien, un hombre grande, creo, sobre un gran caballo. No llevaba ninguna luz… — Ann se detuvo, sintiéndose algo tonta. ¿Quién en el mundo esperaría luces en un caballo?—. Atravesaron el camino justo delante de nosotros. Mi marido intentó frenar, pero casi le golpeamos.

—¿No le dieron? —La mujer mayor aún la miraba por encima de las gafas.

—Me parece que no. Lo habríamos sentido, ¿verdad? ¿No habríamos sentido un golpe?

—¿Golpeando a un caballo? Diría que sí. Le estropearía el coche si iba rápido.

—Entonces, creo que no —dijo Ann—. Pero dio la impresión de que le tendríamos que haber golpeado. ¿Sabe lo que quiero decir? — La otra mujer guardó silencio; el diario crujió en su regazo—. Me preguntaba si usted sabría quién podía ser… quién estaría cabalgando así bajo la lluvia.

La mujer mayor asintió despacio.

—Los niños. Hay un campamento de verano camino abajo a unos ocho kilómetros, sólo a ocho kilómetros desde el camino. Si va a pie o a caballo, quizá cinco.

—¿Y tienen caballos?

—Claro. A veces, cuando se supone que está durmiendo, un niño se escabulle, monta en uno y viene al pueblo. Cabalgan en la lluvia… hacen cualquier locura.

—Me gustaría ir allí y hablar con quienquiera que esté al cargo — indicó Ann.

—Se llama Sullivan o algo así. Siga el camino hasta que vea su letrero. Lo llaman Meadow Grass. Aunque el acceso no estará abierto.

Un anciano en camiseta se asomó por la puerta que había detrás del mostrador.

—¿Vio a la dama blanca?

—¡Por supuesto que no!

—¿Qué es la dama blanca? —aventuró Ann—. ¿Una leyenda local?

El hombre de la camiseta se rió entre dientes y asintió mientras salía al estrecho espacio detrás del mostrador.

—Hace autoestop para que la lleven por la noche.

—No, no es verdad —musitó su esposa.

—Por favor. Soy escritora… bueno, sólo escribo libros de cocina, pero tienen mucho color local; historias, ¿sabe? Me encantaría oír lo de la dama blanca.

—¿De verdad escribe libros de cocina? —preguntó la mujer —. Puede que tenga una receta para usted. ¿Le gusta la jalea de pera?

—La buena jalea de pera —contestó Ann con cuidado —, la jalea que de verdad sabe a peras frescas, es muy… extremadamente difícil de encontrar.

—Entonces, tiene que probar la mía. Alfred, ábrele la puerta.

Alfred levantó una parte del mostrador que tenía bisagras para que Ann pudiera pasar.

—Es buena —le dijo—. Casi todos los años gana el premio en la feria.

—Todos los años —declaró su esposa con firmeza.

Cuando Ann se encontró del otro lado, vio que la mujer se hallaba en una silla de ruedas.

Había un apartamento pequeño detrás de la puerta. Empujando la silla de su mujer, Alfred condujo a Ann a través de un salón atestado en dirección a una cocina diminuta.

—Siéntese —indicó la mujer—. ¿Pan o tostadas? Si le gusta, también tengo pan negro alemán.

—Lo que tome usted.

Ann se sentó en una silla de cocina de un amarillo chillón. Sobre la mesa ya había una gran jarra con una jalea marrón verdosa y una mantequera. Desde el salón, Alfred trajo una silla para él.

—Ahora tenemos una de esas cosas eléctricas de agua caliente… que da agua caliente en el acto. ¿Quiere café instantáneo o té?

—Té, por favor.

Mientras la mujer se ocupaba de hacer el té, Ann susurró:

—¿No va a hablarme de la dama blanca?

Alfred volvió a reírse entre dientes.

—A Emily no le gusta que hable de ella. Tiene miedo de que espante a los clientes.

—No me espantará a mí —afirmó Ann—. Dormí aquí ayer y dormiré aquí esta noche. Probablemente también lo hagamos mañana.

—Bueno, la dama blanca es un fantasma que algunos ven por aquí. Yo nunca la he visto, y tampoco Emily.

A un metro de distancia, ante la pila baja, Emily comentó:

—Si me lo pregunta, nadie la ha visto.

—Dicen que es bonita y pequeña. A veces la gente que la ha visto cree que es una niña. Lleva un vestido como de noche que le llega hasta los pies. Es blanco, y tiene el pelo rubio y largo. Espera al lado del camino, por lo general en esta parte Oeste de la ciudad, e intenta que las personas la lleven en su coche. Pero no hace señas con el pulgar, como le dije antes…

—¿Azúcar? —preguntó Emily.

—Sí, por favor.

—Más bien se queda al lado del camino e implora. Extiende las manos, y cosas por el estilo.

—¿Implora qué? —inquirió Ann.

Emily depositó un azucarero y una cuchara ante ella, seguido rápidamente por un plato con rebanadas de pan casero.

—Supongo que ayuda. Quiere que la lleven a algún lugar o que la ayuden a encontrar a alguien. A veces está llorando.

—¿Alguna vez la ha recogido alguien?

—Jim el Largo dijo que él lo hizo. Entonces no le creí y no lo creo ahora.

—¿Jim el Largo?

—Su nombre verdadero era Jim Long. Era tan alto como el asta de la bandera que hay delante del edificio de correos, así que todo el mundo lo llamaba Jim el Largo. También estiraba la verdad hasta su propia altura.

—No es bueno hablar mal de los que se han ido — protestó con suavidad Alfred—. Jim no era tan malo.

—¿Está muerto? —preguntó Ann.

Alfred asintió.

—Hace diez años. Yo fui al colegio con él, aunque era un par de años más joven que yo.

—¿Qué le pasó?

—No ha tocado el pan ni mi jalea de pera — señaló Emily—. Pruebe un poco.

—Fue atropellado por un conductor que huyó.

Ann echó azúcar en el té y lo revolvió.

—¿Qué le contó de la dama blanca?

Alfred se encogió de hombros.

—Que era muy bonita y que hablaba con cierto acento extranjero. Que dos o tres veces intentó hablar con ella, pero que casi no le respondió. No paraba de decirle que fuera más rápido y miraba por la ventanilla a la gente. Dijo que al ver eso, supo que ella había pasado una o dos veces delante de él cuando iba caminando. Recordó esa cara blanca en la ventanilla. — Emily frunció la nariz y Alfred añadió—: Entiéndalo, yo no me lo trago. Sólo se lo estoy contando para que pueda ponerlo en su libro si quiere.

—Y se lo agradezco —le aseguró Ann, extendiendo mantequilla sobre el pan.

—Luego está el jinete negro —comentó Alfred con una risita, y tomó un sorbo de té —. Los chicos del colegio dicen que es el que persigue a la dama blanca y que si le miras a los ojos, mueres.

 

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