Castleview
Capítulo 19
EL NÚMERO QUE HA MARCADO
LISA SEGUÍA LLORANDO CUANDO SHIELDS Y ANN FRENARON, SHIELDS GRITÓ:
—¡Bob! ¡Eh, Bob! —y agitó la mano mientras abría la puerta del Cherokee.
Roberts atravesó presuroso el patio del establo y le estrechó la mano.
—¡Cielos, señor Shields, es bueno volver a verle!
Todavía era demasiado viejo para vender coches y los dientes seguían siendo postizos, pero Shields sintió que también él estaba encantado de ver a Roberts.
No pudo evitar sonreír cuando preguntó:
—¿Se encuentra bien, Bob?
—Tan bien como la lluvia, señor Shields. Nunca me sentí mejor. Oh, un poco cansado, pero estoy bien.
Ann había abrazado a Lisa Solomon.
—No llore. Por favor, no llore.
—Ahora ha desaparecido Sissy.
Alta y morena, la chica que había salido corriendo del establo miró de los dos hombres a las dos mujeres. Alzando las manos al cielo, musitó una plegaria que sólo ella comprendió. Algo como una avispa (aunque mucho más veloz) pasó volando por el patio, seguido al instante de un crack sordo, el sonido de algo al romperse. La chica alta bajó los brazos y pareció atontada; una mancha oscura apareció en su cazadora vaquera, y se extendió.
Tal vez nadie a excepción de Shields lo vio. Corrió hacia ella y la cogió al caer.
La avispa voló de nuevo. Sonó un segundo restallido, y el parabrisas del Cherokee estalló en fragmentos escarchados.
—¡Al suelo! —gritó Shields.
Ann y Lisa quedaron paralizadas. Acuclillándose, moviéndose a sorprendente velocidad, Roberts asió a cada una por un brazo y se dirigió hacia el albergue.
—¿Puedes andar? —le preguntó Shields a la chica.
Ella intentó contestarle; pero la sangre borboteó en sus labios, ahogando las palabras.
Colocó los brazos bajo ella y la levantó, encontrando el cuerpo fláccido muy ligero. Tratando de mantenerse encorvado y esforzándose por correr, avanzó rápidamente tras Roberts y las mujeres.
Entonces, tuvo la puerta ante sí y casi golpea la cabeza de la chica alta contra el marco. En el último segundo, giró de costado y la atravesó trastabillando. Roberts la cerró a su espalda y giró el asa de un cerrojo de latón.
La tumbaron sobre el sofá y pararon la sangre con toallas mientras Lisa intentaba telefonear al hospital. Después de una docena de llamadas, colgó.
—¿No hay aquí un número de emergencia? —preguntó Ann —. En casa es el once.
—En Castleview no lo tienen —musitó Lisa—. Es demasiado pequeño.
—El nuestro no funciona muy bien —le dijo Ann—, pero, por lo menos, hay uno. — Estaba inspeccionando a la muchacha herida.
Las mejillas pálidas parecían grises… un gris sucio como el cielo crepuscular de un mal día, pensó Ann. Roberts había cortado la cazadora vaquera y desgarrado la camisa que llevaba debajo; la parte superior de un sujetador con encajes, escarlata ahora por la sangre, asomaba por encima de las toallas. Vagamente, Ann pensó que también tendrían que habérselo quitado, pero la humillación de los pechos desnudos, de algún modo, podría haber matado a la joven herida… aunque, en cualquier caso, iba a morir. En el cuello llevaba un pequeño crucifijo de oro, un recordatorio prematuro.
—¿Cómo se encuentra? —preguntó Roberts.
—Creo que respira un poco mejor —le informó Ann.
—Es porque frenamos la succión de la herida. La bala le rozó el pulmón derecho.
Sus exhalaciones roncas medían cada silencio como el pausado movimiento de un reloj grande.
Ann se arrodilló al lado del sofá.
—¿No debería estar más echada? ¿Más horizontal?
Roberts sacudió la cabeza.
—Se ahogaría en su propia sangre.
—¿Va a morir?
—Es joven. Creo que lo superará.
Captando la mentira en su voz, Ann dijo:
—¿No consigue hablar con el hospital, Lisa?
—He marcado dos veces. No contesta nadie.
Está conmocionada, pensó Ann, demasiado conmocionada.
—Deje que lo intente yo. Dígame el número.
Agradecida, Lisa le pasó el teléfono.
—Es el tres nueve uno. Todos los números de Castleview empiezan con tres nueve uno. — Ann descubrió que sus propias manos le temblaban cuando marcó los números. Trató de contar los ruiditos por el auricular—. Nueve nueve nueve ocho. ¿Lo tiene? Tres nueve uno, nueve nueve nueve ocho.
Ann quiso gritar: cállese, guarde silencio, me está confundiendo. A cambio, se mordió la lengua, marcando los números con valor.
—Aquí. —Lisa sostuvo las páginas blancas de una guía delgada —. ¿Quiere mirarlo?
—Ya lo he marcado.
Otra llamada.
—Por si tiene que volver a hacerlo. Quizá sería mejor si pudiera verlo. Tres nueve uno, nueve nueve ocho.
—Falta uno…
Una respuesta en mitad de la llamada.
—Residencia de los Howard.
—¿Qué? ¿Qué ha dicho?
—He dicho que ésta es la casa de la familia Howard. Soy el doctor von Madadh… la señora Howard está ocupada en este momento. ¿Con quién desea hablar?
Ann tragó saliva para no ponerse a gritar.
—¿Es usted médico? ¿Un doctor de verdad? No hemos parado de llamar, pero el hospital no lo cogía y, entonces, contesta usted. Doctor, una mujer ha recibido un balazo. Estamos intentando prestarle los primeros auxilios. ¿Qué tenemos que hacer?
—¿Ha dicho que se ha producido un disparo accidental? ¿Dónde se encuentra la herida?
Lisa ahora estaba al lado de Ann, tratando de escuchar. Ann contestó:
—En el tórax, justo debajo del pecho derecho. Doctor, aquí hay un hombre que luchó en la Segunda Guerra Mundial… dice que desembarcó en la Playa de Anzio, sea lo que fuere eso. Dice que la bala entró por la espalda y la atravesó. ¿Qué debemos hacer?
La voz calmada del otro extremo de la línea murmuró:
—Sería mejor si me contara primero lo que ya han hecho.
—Está tumbada en el sofá con unos almohadones en la espalda. El hombre dice que hay que mantenerle la cabeza erguida… que la bala le atravesó el pulmón. La hemos rodeado con un montón de toallas. Todas están ensangrentadas, pero creo que ya no sangra mucho… salvo que a veces le sale sangre por la boca. Tose sangre.
—Tóquele la cara. ¿Cómo está?
—Se la limpié hace un minuto, doctor. Suda, pero tiene la piel espantosamente fría.
Shields entró y se dirigió al sofá para mirar a la joven herida.
—¿Está tapada?
—¿Se refiere a una sábana? —Ann pensó en las sombrías lonas que usaban en las morgues para cubrir los cadáveres.
—Con mantas… con cualquier cosa.
—No, pero aquí hace calor.
—Tápela, con una manta, un abrigo o lo que tenga. Su paciente está en shock. ¿Se encuentra en una casa?
—En un campamento —le dijo Ann—. Estamos en el albergue de un campamento. — Lisa se había pegado más que nunca. Detrás, Ann pudo escuchar a Shields y a Roberts conferenciando en voz baja—. Meadow Grass… es un campamento de verano para chicas.
—Si dispone de una manta eléctrica, úsela. Póngala al máximo. Debe mantenerla caliente. Aparte de eso, no puedo ayudarla más. Necesita un cirujano, transfusiones de sangre y oxígeno. Ha dicho que ha estado llamando al hospital. Supongo que alguien debió establecer la conexión equivocada en la centralita, porque el hospital acaba de llamarnos. El hijo de la señora Howard ha tenido un accidente; ahora mismo vamos para allá. En cualquier caso, vuelva a intentarlo y no deje de hacerlo… llame a cualquier lugar que le pueda enviar una ambulancia.
—¿Sabe usted cuál? —preguntó Ann.
—No soy de aquí. Mantenga caliente a su paciente y llévela a un hospital en cuanto pueda. Yo informaré de ello en cuando lleguemos. — Colgó.
Ann le pasó el auricular a Lisa; luego, lo recuperó de un manotazo.
—Vaya a buscar las mantas; usted sabe dónde se encuentran, yo no. Dijo que la tapáramos, que la mantuviéramos caliente, ¿lo entiende? Muchas mantas. ¿Willie, cómo está?
Shields se encogió de hombros.
—He comprobado todas las puertas y ventanas. La mayoría ya estaban cerradas, pero no podemos hacer otra cosa que patrullar el lugar… es demasiado grande. Si el francotirador quiere entrar, entrará.
—Quizá haya sido un accidente, Willie. ¿Lo has pensado? Puede haber sido alguien disparándole a un conejo, una lata o algo así.
—Tal vez —admitió Shields—. Pero no lo creo.
—Bueno, estaba hablando con este doctor… — Ann marcó unos números en el auricular—. Y él dijo que podría haber sido un accidente.
—¿Conseguiste hablar con el hospital?
—No, era un número equivocado, pero se trataba de un doctor. Dijo que debíamos llevarla al hospital de inmediato, y que la tapáramos y la mantuviéramos caliente. Lisa ha ido a buscar mantas. También dijo que le indicáramos al hospital dónde nos encontrábamos. — (Sólo había silencio en el auricular)—. Ahora no ha entrado la llamada —musitó Ann—. Vete, Willie, me estás distrayendo.
Ya se había vuelto hacia Roberts y la chica moribunda.
—¿Qué piensa, Bob? ¿Está ahí afuera? —Roberts se encogió de hombros —. ¿Por qué a ella?
—¿Por qué no? Realmente, señor Shields, no creo que para ellos haya alguna diferencia.
—¿Cree que son las personas que le cogieron a usted? Yo también. ¿Quiénes eran, Bob?
—Maldición si lo sé, de verdad. Algunos eran niños, o lo parecían. Pero…
—¿Pero qué?
—No todos eran niños. Pero no dejaban de moverse, de tocar esto y aquello, de mostrarse cosas. ¿Me comprende?
—Sí —le dijo Shields.
—Así que si tenían un rifle y vieron a alguien, podrían lanzar unos disparos. O no.
Ann sólo les escuchaba a medias, casi toda su atención centrada en el lento zumbido del auricular; éste fue interrumpido por una voz apagada.
—Funeraria Fouque.
—Lo siento, debí… ¡no, aguarde! ¿Tienen servicio de ambulancia? Sé que en Chicago a veces lo tienen. ¿Ustedes? ¡Por favor!
—Ya no, señora. El seguro era muy caro.
—¿Podrían…? Una mujer se está muriendo. ¿Podrían llamar al hospital por mí? Creo que este teléfono no funciona bien.
Lisa regresó con los brazos cargados de mantas.
—No, señora. Tendrá que llamarlo usted misma. El número es el tres nueve uno, nueve nueve nueve ocho. ¿Ha dicho que la mujer se está muriendo?
—¡Sí!
—Muy bien, en cuanto muera, tendrá que hacer que el médico firme el certificado de defunción; luego iremos a recogerla. Será un placer para nosotros.
Ann colgó. Tres nueve uno…
—Son esas malditas luces del establo —dijo Shields. Podía estar dirigiéndose a todos o hablando consigo mismo —. Señorita Solomon, ¿dónde está el interruptor para apagarlas?
Lisa extendía una chillona manta india sobre la joven herida.
—En el cuarto de las herramientas y las sillas, pero le vería, aunque fuera por detrás. Hay luces alrededor de todo el establo.
—Quizá no —dijo Shields—. ¿Hay una entrada trasera en el establo?
Ella asintió.
—Está cerrada con candado, pero yo tengo la llave.
Ann colgó con furia el auricular, y lo cogió de nuevo en el acto.
—¡Willie, no vas a salir para que te disparen!
—Ciertamente, espero que no —y sonrió.
—Hola —dijo una voz lejana en el auricular —. ¿Hola? ¿Hola?
—¡Estoy aquí! ¿Es el hospital?
Hablando más para Roberts y Lisa, Shields dijo:
—Puede que se haya marchado, quienquiera que fuese. Si no, nuestro mayor problema son esas luces.
—No —replicó una voz mayor—. Cielos, no, no es el hospital, querida. ¿Ya la encontraron? Soy Emily.
—Si consigo apagarlas, acercaré el coche todo lo que pueda hasta la puerta — continuó Shields—, sin los faros encendidos, por supuesto. Si no empieza a disparar, podremos meter a la chica en el asiento de atrás y salir a toda velocidad hacia el hospital.
Ann apretó la mano contra la oreja.
—Perdóneme… pero están hablando y no la oigo muy bien. ¿Quién ha dicho que era?
—Emily, querida. De la Posada del Horno Rojo… ¿apuntó mi receta de jalea de pera?
—Oh, sí. Sí, desde luego.
—Llamé porque su marido me pidió el número de teléfono. Y reconocí al instante su voz. Sólo que no recordé que me había llamado hasta que Alfred me lo mencionó. ¿Se ha calmado, querida? Durante un minuto, pareció perturbada.
—Sí, me he calmado —mintió Ann—. Me encuentro bien.
—Estupendo. Me alegra no ser la primera en darle las malas noticias. Llamaba porque el hospital nos ha telefoneado por su hija; intentaban hablar con usted. Lo siento mucho, querida, de verdad que lo siento.
Ann giró frenéticamente la cabeza en busca de Willie, pero se había ido. También Lisa.
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