Castleview
Capítulo 13
GALLETITAS DE LA FORTUNA
¿ UÉ LE DIJO A HWAN? — ERA LA ENCARGADA DEL COMEDOR, FLEXIBLE Q
como un sauce en un vestido rojo de seda.
—No le dije nada —contestó Shields—. Le hice una pregunta. — Se levantó—. ¿No quiere sentarse, señorita…?
—Sun. Phyllis Sun. No se supone que deba hacerlo, pero… — sus ojos recorrieron el restaurante casi vacío—. A estas horas no creo que cause ningún problema.
—¿Mandarinas? —inquirió Ann—. ¿Es lo que usan en el pato a la naranja?
La señorita Sun sacudió la cabeza.
—En realidad, no lo sé. Quizá sí, o una mezcla de naranjas y mandarinas; pero nuestros platos los preparan hombres, mi hermano y mis tíos, y no les gusta tener mujeres en su cocina. ¿Cuál fue su pregunta, señor Shields?
—Ha recordado mi nombre —dijo—. Es halagador.
—Me pareció extraño que una señora Schindler dijera que era la esposa del señor Shields.
—Tengo derecho a mi propio nombre —le indicó Ann.
—Por supuesto que sí. ¿Cuál fue, señor Shields? No creo que le preguntara por mandarinas.
Shields negó con la cabeza.
—Sencillamente, le pregunté si alguna vez había visto el castillo… la ilusión o la alucinación, o como quiera llamarlo, por la que Castleview recibe su nombre.
—Es extraño. ¿Por qué iba a asustarle eso?
—¿Por qué no me lo cuenta usted, señorita Sun? ¿Usted lo ha visto?
La encargada del comedor hizo un gesto negativo.
—Jamás.
—¿Cuánto tiempo lleva viviendo aquí?
—Desde los tres años. Crecí aquí. Un montón de niños lo vieron cuando yo iba al colegio, y también eso decían algunos maestros… se estudia en séptimo. Es un espejismo, por lo menos es lo que se supone, causado por una inversión de densidad en la atmósfera. — Hizo una pausa, pero ni Shields ni Ann hablaron—. En la secundaria, los chicos solíamos salir por la noche con la intención de verlo. Se dice que se ve mejor de noche o con mal tiempo. Lo hice varias veces, pero jamás lo vi.
—¿Quería verlo? —preguntó Shields.
—Sí; de hecho, mucho. Era algo de lo que alardeabas. Con franqueza, creo que algunas de las personas que decían haberlo visto mentían. Una o dos veces yo misma me sentí tentada de mentir.
—También el señor Hwan está mintiendo —comentó Ann —. Dijo que nunca lo vio.
—Eso es algo que me intriga —reconoció la señorita Sun —. No es un mentiroso… todo lo contrario. Voy a tener que hablar con él a la primera oportunidad que se me presente. Si averiguo algo, puede que se lo cuente la próxima vez que vengan.
—¿Puede? —Shields sonrió.
—Depende exactamente de lo que averigüe, ¿no? — La señorita Sun miró su reloj—. Debo irme… se supone que las puertas ya están cerradas. Tómense su tiempo y disfruten de la cena. Hwan guardará en recipientes de cartón todo lo que no vayan a comer para que se lo lleven con ustedes.
—Gracias —dijo Shields—. Ha sido de gran ayuda. — Se levantó cuando ella lo hizo y volvió a sentarse cuando se marchó.
—Tienes razón, lo ha sido —comentó Ann—. Naranjas y mandarinas… es eso, por supuesto. Las dos son baratas y fáciles de conseguir en un lugar como éste, cerca del campo. Si son demasiado ácidas, usas más naranjas. Si son demasiado dulces, más mandarinas.
—No me refería a la comida —indicó Shields.
—¿Sabes, Willie? Realmente no pensé que fuera por eso. ¿A qué te referías?
—Que ver el castillo no depende de la cultura a la que pertenezcas. Hwan lo vio y la muchacha no, aunque él sigue siendo culturalmente chino, y ella culturalmente americana. Tampoco parece depender del deseo. Ella quería verlo, pero no lo consiguió.
—Muy bien, yo haré de abogada del diablo — comentó Ann, tragando un bocado de pato—. ¿Has pensado que puede depender de la credulidad?
—Rechazado —dijo Shields—. Yo lo vi, y llevo en el negocio del automóvil desde que salimos de la universidad. No te queda mucha credulidad pasados unos años. Además, lo vi cuando no lo esperaba, ni siquiera pensaba en él. — Se sirvió un poco de crema de alubias fritas—. Y ahora cuéntame tus aventuras. ¿Has comentado que conociste a un vaquero? ¿Qué le pasó al coche?
—Tiene la tapicería de atrás manchada con un poco de sangre. Y sí que lo conocí. Te dije que fui a la recepción del motel para preguntarle a la mujer que la atiende sobre el hombre montado a caballo, ¿recuerdas?
Shields asintió.
—Me contó que había un campamento de verano bajando por Old Penton Road… se llama Meadow Grass. Tienen un montón de caballos, y a veces las chicas los montan por la noche, aunque va contra las reglas. — Brevemente, Ann le describió su encuentro con Wrangler y Lisa—. Así que conseguí esa magnífica receta de tarta de queso que su madre recibió de una amiga. Entonces, una de las chicas, Sissy Stevenson… ¿La conoces, Willie? Cuando mencioné su nombre pusiste expresión de conocerla.
Shields asintió.
—Antes de que llegaras hablé con ella por teléfono. Ella y otra chica, creo que extranjera, están cuidando de Bob.
Ann dejó de masticar para mirarle.
—¡Bromeas! ¿Cómo, en este mundo…?
Él descartó el tema con un movimiento de la mano.
—No lo sé. No sé mucho al respecto, pero sabré bastante más cuando vaya allí y lo recoja, lo cual haré en cuanto hayamos terminado. ¿Qué relación tuviste con Sissy?
—Fue la que me enseñó los caballos, nada más… todos, a excepción de Buck, porque Wrangler seguía montándolo. Estaban secos y descansados, de modo que si fue uno de los suyos, tenía que ser Buck, aunque no lo creo en realidad. Primero, el caballo que vimos nosotros era mucho más grande, por lo menos tan grande como Boomer, el mayor que tienen allí. Pero no era Boomer, y el hombre que lo montaba no llevaba un sombrero como el de Wrangler, si es que llevaba alguno. ¿Crees que sí, Willie?
Shields sacudió la cabeza.
—No tengo ni idea.
—Si lo llevaba, era una gorra o algo por el estilo, algo ajustado. — Sorbió el té mientras consideraba la cuestión—. En cualquier caso, le di las gracias a Sissy, subí al Buick y me marché.
—¿Cómo…?
—Por favor, no me interrumpas, Willie. Estoy tratando de contártelo. Bueno, lo primero fue que me metí por el camino equivocado. Quiero decir que era el correcto, el camino hacia la entrada principal. Pero no se trataba del mismo por el que yo había ido, el que yo conocía. Pronto me convencí de que estaba perdida, mas no había ningún sitio en el que dar media vuelta, así que seguí conduciendo, con la esperanza de que el camino saliera a alguna parte. Y… Willie, ¿has visto alguna vez un caballo en una película del oeste correr desbocado después de que alguien le disparara al vaquero que lo montaba y éste cayera?
Shields asintió.
—Claro.
—Bueno, fue igual. Ahí estaba ese pobre caballo — se trataba de Buck, por supuesto— que apareció al galope, cruzando el camino justo delante de mí, sin nadie que lo montara. Casi lo atropello, como te sucedió a ti con aquel otro. Por supuesto que levanté el pie del acelerador, y alguien en la parte de atrás dijo que no le prestara atención a ningún caballo. Bueno, te lo aseguro, ¡casi me salgo de la piel! Pisé los frenos, y ella se golpeó la nariz contra el respaldo del asiento delantero. Creo que casi toda la sangre viene de ahí.
—¿Quién era? —preguntó Shields.
—La chica francesa del campamento, Lucie algo. Tenía que ir a la ciudad, tenía que verse con alguien. Así que se escondió en la parte de atrás de nuestro coche… ¿qué te parece? Bueno, le dije que lo olvidara, que iba a dar media vuelta y llevarla de regreso a la primera oportunidad.
Shields asintió, preguntándose si él se habría mostrado tan firme.
—Pero no pude. Estaba ese estrecho camino de tierra, sin ningún lugar en el que girar, así que tuve que seguir conduciendo. Sabía que saldría a la autopista y que, entonces, podría dar la vuelta y regresar sin quedarme atascada. Los laterales eran puro barro; cuando bajé, prácticamente me hundí hasta los tobillos.
—¿Por qué te bajaste? —inquirió.
—Es lo que intento contarte. Al poco tiempo vi a un hombre tendido al lado del camino. Ella no quería que me detuviera, pero ¿cómo podía seguir, dejando atrás a alguien que necesitaba ayuda? Frené y me bajé, y vi que era Wrangler, el vaquero del campamento. Creo que debió caerse del caballo. Estaba sin sentido, y sangraba un poco.
—Así que lo pusiste en el asiento de atrás. Supongo que yo también lo habría hecho.
—Así es, lo hice. Primero traté de vendarle, pero mi pañuelo no llegaba a cubrirle la cabeza. Las mujeres solían arrancarse los bajos de sus enaguas… lo he visto en la tele. Debían de ser de algodón, pero la mía es de nylon. No se rompía; además, tampoco habría absorbido mucha sangre. Así que lo llevamos al asiento trasero y le mostré a Lucie cómo debía mantenerle apretado el pañuelo contra la cabeza. Después conduje lo más rápido que pude. ¿Sabías que aquí hay un hospital, Willie?
—Eso tengo entendido… y una ambulancia.
—Pero apuesto a que no has ido. Es un sitio pequeño, más que nuestra estación de bomberos. Llegamos como un coche de carreras, Willie. ¡Deberías habernos visto! Cuando me bajé, la parte de atrás del coche estaba llena de sangre; era terrible. Al verla grité, y salieron unas personas y lo cogieron; también él tenía un aspecto terrible… tan blanco. Luego localicé un teléfono y te llamé aquí.
—Gracias —dijo Shields.
—Pues ésa es mi historia… me capturaron apuntándome con un rifle, escapé y realicé el rescate atrevido de un vaquero. En la televisión, sería una serie para toda una temporada. Tú dijiste que Bob… ¿es el hombre que se hallaba contigo en el museo? Que se encontraba en Meadow Grass. ¿Cómo llegó hasta allí?
Shields se encogió de hombros; había estado contemplando lo que quedaba del cerdo, pero sabiamente había decidido que tenía el estómago demasiado lleno para otra ración.
—Lo único que puedo hacer es emitir conjeturas. Llamé al motel, y la mujer me dijo que tú y Merc podíais haber ido al campamento; así que telefoneé allí y hablé con Sissy Stevenson. Le di mi nombre, y ella quiso saber si conocía a Bob… encontraron una de mis tarjetas en su cartera. Me contó que faltaba una de las chicas y que la consejera había salido a buscarla cuando se topó con Bob, perdido y extenuado. Quise hablar con él, pero estaba dormido y no quería despertarlo. Luego pedí hablar con la consejera, pero había salido a buscar a alguien más.
—Esto es extraño, Willie, ¿no? —Los ojos de Ann brillaron.
—Ni la mitad que ver el castillo. Alguien secuestró a Bob. Dios sabe por qué, pero lo hicieron. Creo que debió escaparse de ellos. No con la facilidad que escapaste tú…
—Estaba bromeando. Continúa.
—No creo que haya mucho más que decir. Bob escapó. Con esa lluvia, es probable que no pudieran verlo a seis metros de distancia; además, los ruidos quedarían ahogados por el agua… las ramas rotas, o algo por el estilo. Mi opinión es que no paró de correr hasta caer rendido; entonces, esa consejera…
—Lisa Solomon —indicó Ann.
—Correcto, Lisa Solomon. Es factible que haya permanecido tumbado hasta que ella lo encontró. Bueno, la señorita Solomon hizo que Sissy llamara al hospital, pero no quisieron enviar su ambulancia. Le dijeron que sólo había una y que estaba ocupada en un accidente; que si Bob no se hallaba herido, que le dejara descansar hasta la mañana. Así que las chicas la ayudaron a desvestirle y lo metieron en la cama, y tan pronto como se quedó dormido, revisaron los bolsillos para averiguar quién era.
Phyllis Sun depositó la cuenta sobre la mesa; estaba sobre una bandeja de latón acompañada de dos galletitas de la fortuna.
—Hwan se ha marchado a casa. Por lo menos, se ha ido.
—Lamento oírlo —dijo Ann.
—Quizá sea lo más adecuado… se sentirá mejor por la mañana, estoy segura. ¿Han disfrutado de la cena? ¿Quieren llevarse lo que ha quedado?
—Ha sido maravillosa. Gracias —repuso Shields.
—Y me encantaría llevarme el resto a casa, especialmente el pato — añadió Ann. Quedaban dos cucharadas—. Sin embargo, donde nos alojamos no tenemos ningún sitio para guardarlo. —Cuando la señorita Sun se hubo marchado, dijo—: Willie, se espera que nos vayamos ahora. Quieren cerrar.
—Lo sé. —Ya había sacado la cartera. ¿Se le dejaba propina a un camarero que se iba antes de que hubieras terminado de comer? Shields decidió que no —. Todavía tengo el Cherokee del que te hablé. Quiero que conduzcas nuestro coche a la agencia y que lo aparques en la parte de atrás. Los mecánicos irán el lunes y limpiarán el asiento. Te recogeré con el Cherokee y te dejaré en el hotel.
—¡No lo harás! Voy a ir contigo.
—¿Al campamento? Debes estar cansada.
—Apenas consigo mantener los ojos abiertos; pero ahora ya conozco a la gente del campamento, de modo que podré responder por ti. ¿Cómo sabrán que no perteneces a la banda que secuestró al vendedor? Además, necesitarás a alguien que cuide de él mientras tú conduces.
Partió la galletita crujiente y sacó el pedazo de papel que contenía.
—«Ten cuidado cerca del agua».
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