Catedrales

Anne Rice · Capítulo 8 de 22

Páginas del PDF

Catedrales

Capítulo 1

1

Ana murió en mis brazos.

No es posible matar a un muerto.

Nadie muere dos veces.

La manga de mi campera se enganchó en una esquina del soporte de bronce que sostenía la imagen de San Gabriel Arcángel. Una estatua de mármol, blanca, lustrosa, pesada, el santo dando un paso hacia adelante, las alas replegadas sobre la espalda, una pieza que solo exhibían en la parroquia en ocasiones especiales. Miré detrás de mí, buscando qué me detenía; tiré de la campera para tratar de soltarme, la estatua empezó a tambalearse y cayó.

Fondo negro, oscuridad. Y luego una pantalla en blanco.

Hasta ahí, el recuerdo. Antes de eso, todo; después de eso, nada. O poco. Y a veces, por un rato; luego, el olvido. Luego.

 

(…)

 

El golpe rompió vasos, murieron células, me diagnosticaron amnesia anterógrada. El peso del arcángel, que cayó de lleno sobre mí, dañó alguna parte de mi cerebro. Y a partir de entonces, no pude guardar nuevos recuerdos. Ninguno. Ni sucesos trascendentes, como de quién me enamoré unas horas atrás; ni detalles de la vida cotidiana, como qué plato ordené en un restaurante cuando por fin el mozo trae la comida, o qué llevaba puesto al llegar a un sitio en el momento de volver al guardarropa a pedir mi abrigo para retirarme. La memoria anterior quedó intacta; a partir del golpe, la memoria corta empezó a fallar. Desde entonces, solo me es posible retener algunos pocos sucesos posteriores al traumatismo: procedimientos que aprendí de manera mecánica, percepciones sensoriales, una imagen, un perfume y no mucho más. Por ejemplo, luego del accidente y a una edad tardía, aprendí a andar en bicicleta. Si me dicen de qué nacionalidad es alguien, lo olvido; pero si me ponen su cara junto a la bandera del país donde nació, puedo asociarlo y más tarde responder la pregunta correctamente. Me advierten que no “recuerdo”, sino que “asocio sensorialmente”. Y yo lo entiendo y lo acepto, aunque luego desaparece. Sin embargo, a pesar de la imposibilidad de almacenar nuevas situaciones, logro sostener cualquier charla porque completo con mi imaginación los vacíos que corresponden a hechos posteriores al trauma. Lo que no sé, lo invento, como hace todo el mundo, con problemas de memoria o no. Mis vacíos son lagunas, pantalla en blanco, paréntesis sin contenido. Busco material en mis apuntes y, con lo que encuentro, lleno esos espacios yermos. Pienso con rapidez qué podría haber pasado y le quito a esa acción su carácter potencial: no podría haber pasado, pasó.

 

Lo anterior al golpe lo recuerdo detalladamente; nunca necesité completar esa parte de mi vida, la tengo grabada como un sello indeleble que, con el tiempo, se fija cada vez más. De pronto, hasta aparecen detalles que creía perdidos. Antes del golpe, tuve una vida que recuerdo; después del golpe, no.

Ana murió en mis brazos.

 

(…)

 

Leo y completo. Cuando volví en mí, aquella tarde después del golpe, ya me habían llevado a la sacristía, y estaba recostada en un sillón. No sé cuánto tiempo pasó entre el desmayo y el instante en que abrí los ojos, pero el suficiente como para que alguien les hubiera avisado a mis padres, y ellos corrieran hasta allí. Más de una hora, según sus cálculos. Tenía la ropa mojada, había entrado en la iglesia en algún momento posterior al atardecer, cuando empezó a llover. Mi madre me sostenía de la mano, mi padre se agarraba la cara preocupado, un médico de emergencias me tomaba el pulso y el padre Manuel, el párroco a cargo de la iglesia, rezaba.

 

(…)

 

¿Nadie mencionó a Ana? ¿Nadie me preguntó qué había pasado? Leo: no, nadie. Armé las circunstancias de lo que no recuerdo de aquel día indagando a mis padres. Posteriormente, apunté en mis libretas lo que me dijeron, y ahora el relato me pertenece, porque puedo leerlo las veces que lo necesite. Lo que no encuentro, lo completo. No es tan difícil completar, es cuestión de dejar volar la imaginación. Los momentos que siguieron al golpe deben de haber sido de mucha confusión; en la sacristía, mi memoria corta ya había dejado de funcionar, y yo no lo sabía. Recordaba perfectamente lo que había sucedido antes del golpe; las imágenes de los últimos minutos con Ana se proyectaban dentro de mi cabeza como una película que, cada vez que terminaba, volvía a empezar. Pero nadie preguntaba. Si me hubieran preguntado, les habría dicho: “Ana murió recostada en mis brazos, estábamos sentadas en el último banco de la iglesia, mojadas. La apoyé con cuidado y salí corriendo a buscar ayuda, intenté llegar a la sacristía. Al pasar por el altar la campera se enganchó en el soporte del arcángel; la estatua se tambaleó y cayó sobre mi cabeza”.

Luego, la oscuridad. Un poco después, pantalla en blanco.

Nadie preguntó.

 

(…)

 

Mis padres, al ver que volvía en mí con cierta conciencia, que sabía quién era, que los reconocía, supusieron que todo estaba más o menos bien y que lo mejor era llevarme a casa a descansar. Yo negaba con la cabeza y me resistía a irme sin Ana, por más que estuviera muerta. Me alteraba verlos inquietos por mí, mientras ignoraban el cadáver de mi amiga a pocos pasos de la sacristía. Tiene que haberme alterado. “¿Quién se ocupó de Ana? ¿Les avisaron a los padres?”, debo de haber preguntado casi con desesperación. A los gritos, tal vez. O tal vez no, es probable que no lo haya hecho. No tengo tanto coraje, nunca lo tuve. Debo de haber insistido, aunque no gritado.

 

(…)

 

“Que no se duerma”, probablemente advirtió el doctor que me asistía, sin inmutarse por mis preguntas acerca de mi amiga, ignorándolas. Según la historia médica, el profesional indicó algunos estudios posteriores; “no hay apuro”, dice mi madre que aclaró, “son solo para quedarnos tranquilos”, lo que demostraba que ni por asomo se había dado cuenta de que mi situación era de gravedad. Estaba perdida, pero como me tenían frente a sus ojos, despierta, consciente, no se dieron cuenta. Mis padres se concentraron en las instrucciones del médico y en pedirle algunas precisiones más acerca de aquellos estudios. El padre Manuel se disculpó por ausentarse unos minutos para ver cómo estaba todo en la iglesia; cuando regresó, dijo que, si me sentía mejor, era preferible que nos fuéramos, así él podía cerrar con llave, que ya era muy tarde para que la iglesia siguiera abierta. Eso dijo, o eso dicen mis padres que dijo el cura, y que por eso nos fuimos. Que, ante su reclamo, me obligaron a pararme, que me costó hacerlo, que estaba mareada. Uno de ellos me sostuvo fuerte de un brazo, el otro me tomó una mano, no sé quién hizo qué, y no dejaron que volviera a sentarme.

 

(…)

 

Antes de irnos a casa, pedí pasar por la iglesia. Sin dudas, lo hice. Fuimos todos, incluso el médico. El cura se adelantó, nos guio en el camino, se lo notaba molesto. “Pocas veces lo vi de tal malhumor”, me contó mi madre, y yo lo anoté así en la libreta en la que ahora repaso y leo. Fui hasta el último banco. Busqué a Ana y no estaba, busqué su cadáver. ¿La busqué? Busqué manchas, sudor, gotas de la lluvia que nos había mojado: el lugar estaba impecable. Dicen que el lugar estaba impecable. Leo. ¿Lo habría soñado? Lloré a Ana. Mi madre me abrazó. “Pobrecita, lo que has pasado”, habrá dicho sin tener idea de por qué lloraba en realidad. El trauma que ella imaginaba y el verdadero eran dos muy distintos. La estatua de mármol debía de seguir en el piso, con un ala quebrada. Dicen que el cura se acercó a inspeccionar los pedazos y se quejó de que una pieza tan importante como esa hubiera sido dañada. “¿Dónde está Ana?”, tengo que haber preguntado por enésima vez, con rabia, parada junto al banco donde murió. Se habrán asustado por mi enojo. Respondieron ambigüedades; mis padres, los médicos y hasta el cura trataron de calmarme, todos querían irse de una buena vez. Disculparon mis incoherencias y responsabilizaron por ellas al peso del arcángel Gabriel.

 

(…)

Busco entre las páginas de mis libretas.

Dijo mi madre que ella misma se acercó a mi oído y preguntó: “¿Ana te empujó?”. “Ana está muerta, mamá”, respondí, y señalé el banco. A ella se le llenaron los ojos de lágrimas, debe de haber pensado que el golpe había afectado mis capacidades intelectuales. De hecho, las había afectado; pero eso no quitaba que yo estuviera diciendo la verdad. “Mañana vas a poder pensar mejor”, agregó mi padre para tranquilizarme. No fue cierto, nunca volvería a pensar mejor. Para pensar se necesita agregar contenido a la memoria, y yo ya no puedo. Mi aturdimiento no me permitió insistir con la firmeza necesaria acerca de Ana. Para ese entonces, ya debo de haberme callado. Y dejé que me sacaran de allí.

 

(…)

 

De regreso en mi casa, habré esperado en vano que se acomodaran las fichas de un rompecabezas que no terminaba de armarse. Habré esperado, también, que alguien viniera a preguntarme por mi amiga: sus padres, los míos, la policía. No sé si dormí aquella noche. Pero sé que el día siguiente empezó muy temprano: a la mañana, antes de que nadie de mi familia hubiera bajado a desayunar, sonó el teléfono, era la madre de una compañera del colegio para avisar que habían asesinado a Ana.

 

(…)

 

Leo.

“Ana Sardá apareció descuartizada y quemada”. Eso dijo la mujer. Eso debe de haber anunciado mi madre, a los gritos, en el pasillo de los dormitorios. Eso deben de haber repetido todos en el barrio. Busco, completo. El rumor corrió de boca en boca a una velocidad inusitada. En Adrogué no pasaban esas cosas. Mi madre lo debe de haber seguido repitiendo una y otra vez, a lo largo de la mañana. Y me debe de haber preguntado: “¿Viste a los que la mataron? ¿Ellos te tiraron el ángel encima?”. Si lo hizo, yo, sin dudas, respondí que no, que nadie la había matado, que Ana ya estaba muerta. Se lo habré respondido primero a ella, esa mañana, y luego a quien quisiera escucharme. Incluso, leo, pedí declarar unas semanas después en la policía.

Fotocopia de mi declaración policial.

 

(…)

 

Hasta que, poco a poco, harta de que no me prestaran atención, fui guardando la verdad para mí. Con el tiempo, aquello que solo yo sabía se convirtió en silencio. El pasado, en silencio; el presente, en olvido; el futuro, en vacío.

 

(…)

 

Ser parte de un mundo donde no es posible entender qué dicen quienes te rodean, de qué hablan y, a la vez, olvidarlo casi inmediatamente, resulta aterrador. Habían matado a Ana, que ya había estado muerta en mis brazos. No era posible. Nadie muere dos veces. Debo de haber sentido que me estaba volviendo loca. Muchos, aunque no lo dijeran, creerían que lo estaba.

 

(…)

 

Apuesto a que en la sacristía también tuve mareos. A partir de entonces, un leve mareo es mi estado crónico, como si bebiera una copa de más. Convivo con él, y ya no me afecta. Si fuera solo eso, podría razonar sin dificultad. La amnesia que padezco, en cambio, me limita a la hora de pensar. No me había dado cuenta de que para pensar necesitaba la memoria, hasta que la perdí.

 

(…)

 

Leo.

“El mayor daño está en la memoria verbal y semántica, porque el golpe fue sobre el lado izquierdo”, así lo dijo el último especialista que vimos unas semanas después del accidente. Era “una eminencia en neurología” que les habían recomendado a mis padres, quien por fin llegó al diagnóstico definitivo después de varios estudios. Yo podría haber olvidado para siempre esa frase con la que el neurólogo expresó las conclusiones de mi caso médico, si no fuera que en ese mismo momento sacó una libreta bordó y me la ofreció. En la tapa de la libreta había una mariposa negra dibujada con tinta china. Aún la conservo. Cuando quiero evocar esas libretas, me aparece primero la mariposa; luego, el color de las tapas; mucho después, las hojas. Inauguré, entonces, el sistema de registro. Aquella fue la primera anotación de sucesos a punto de ser olvidados que hice. Antes de manejar esas libretas como si fueran mi propia memoria, solo había hecho anotaciones aisladas en papeles diversos, sin voluntad de recordar lo que olvidaría, sino motivadas por la bronca de no entender, por la necesidad de estampar una frase que quería destacar y repetir como un mantra. Pero, de ninguna manera, como una forma de probar un sistema que me ayudara a recordar. Ahora sí, ahora tengo un sistema. Y manejo “libretas” en la computadora, un método que me ayudó a administrar mi padre y que me permite entrar en una búsqueda por palabra, por fecha, por nombres.

 

(…)

 

Aquel día, en ese consultorio, tomé la que sería mi primera libreta sin saber por qué o para qué. El neurólogo me miró con gravedad y dijo: “No voy a mentirte. A partir de ahora, lo que no quieras olvidar lo vas a tener que anotar, ¿está claro? Escribí lo que voy a decirte”, ordenó y luego dictó: “Para recordar, debo anotar”. Y yo anoté. “Quizás logres recuperar algunos recuerdos, los caminos que recorre la información son diversos, hay atajos. Solo el camino principal está roto”. Asentí como si entendiera lo que me estaba diciendo. Y otra vez escribí, confundida, mareada y enojada, pero escribí. “Para recordar debo anotar”. “Hay atajos”. “No voy a mentirte”. “Camino principal roto”. El médico, la libreta, el diagnóstico, sus consejos. Puedo repetir lo que él dijo porque está apuntado allí y lo leo, en los primeros renglones de esa libreta bordó con mariposa negra a la que siguieron tantas otras, de distintos tamaños y diseños. Hay algunas palabras o frases que, además, me tomé el trabajo de resaltar en un color fluorescente —rosa, verde o amarillo— porque se referían a cuestiones importantes a las que podía tener que recurrir en un futuro cercano. Lo resaltado en el papel pasó a ser, con el tiempo, un archivo de favoritos en mi computadora. Resalté “amnesia anterógrada”, “memoria semántica”, “hipocampo”, “lado izquierdo”. También “Ana”, “¿asesinada?”, “Lía/anillo”, “Mateo” (con foto ilustrativa, para asociar sensorialmente nombre y cara), “Alfredo”. Las palabras resaltadas las paso de libreta en libreta, cuando una se termina y empiezo la siguiente, así no tengo que revisar tantas hacia atrás. Aunque conservo el sistema de libretas, ahora esas palabras las copio en el archivo de favoritos. ¿Ya lo dije? Lo diseñó mi padre, me permite una búsqueda más eficiente y rápida. Una memoria escrita y un procedimiento aprendido mecánicamente a fuerza de repetición: abrir todas las mañanas la libreta, hojearla en un repaso rápido y aleatorio, detenerme en el resaltado, asociar, simular que pienso. O poner una palabra en un buscador y esperar que me indique en qué libreta está. Hacer lo posible para que el olvido no venza al deseo de que la memoria perdure.

Aun amnésica, evocar o fingir.

 

(…)

 

El día siguiente al del accidente que me robó la memoria fue el velorio de Ana. ¿O fue a los dos días? Supongo que la policía habrá tardado en entregar el cuerpo. Mis padres me preguntaron si quería ir a la casa funeraria o si prefería descansar. ¿Llovía? Llovía cuando murió Ana, tal vez por eso supongo que el día de su velorio era un día desapacible. No insistieron, apenas lo mencionaron; tuve la sensación de que preferían que me quedara. “No querían que fuera”. Dice mi madre que respondí: “La vi morir, la tuve en mis brazos, la voy a velar”. Completo: otra vez dejaron pasar mi comentario acerca de la muerte anterior de Ana, ni ellos ni nadie me interrogaron para saber por qué decía lo que decía. Todos desestimaron cualquier detalle que yo contara con respecto a mi amiga, lo atribuían a la situación traumática. Concluían que, aunque yo hubiera estado presente cuando la mataron, no era una testigo confiable debido a mi “enfermedad”.

(…)

 

“No, no te preguntamos, estabas en shock, decías cualquier cosa, parecía que delirabas, hablabas incoherencias”, dijo mi madre las veces que le pedí explicaciones. Eso escribí. Mi padre me dio las mismas respuestas, debe de haber usado otro tono, menos palabras, a su manera. Leo, completo y anoto una nueva versión. La anoto una vez más porque quiero resaltarla. La resalto con amarillo. Y la paso al archivo de favoritos. Las circunstancias de la muerte de Ana no necesito apuntarlas porque las recuerdo, eso fue antes del golpe, todavía podía acumular en mi cabeza hechos que se convertirían en recuerdos. Yo estaba con ella cuando dejó de temblar, de llorar, de respirar. Y estuve con ella antes de ese momento. Por eso sé no solo cuándo murió, sino también cómo y por qué. Ana murió en mis brazos. Nadie más que yo, entre quienes rodeaban su cajón, sabía qué era lo que la había matado. Y yo había jurado callar.

 

(…)

 

O tal vez sí, tal vez allí junto al cajón estaba él, no lo podía saber. No conocía ni su nombre ni su cara. Debo de haber mirado a mi alrededor buscando descubrir en algún gesto quién era el hombre que Ana esperó aquella tarde y que nunca vino. Es probable que estuviera allí, claro. Nosotras fuimos amigas inseparables, casi hermanas; yo habría dado lo que fuera por ayudarla, por salvarla, por evitarle el dolor físico y el del corazón, por ahorrarle lo que tuvo que pasar hasta llegar a ese cajón de madera que valía demasiado poco como para albergar, desde entonces y para siempre, el cuerpo de mi amiga. Si hubiera podido volver el tiempo atrás, habría intentado explicarle a Ana que estaba equivocada, que el amor era otra cosa, que yo no lo conocía, pero estaba segura de que tenía que ser otra cosa. Aunque ella insistiera, aunque Ana creyera que de eso, de padecer, se trataba enamorarse. No puedo volver el tiempo atrás, ni pude entonces. Teníamos diecisiete años, sabíamos demasiado poco de la vida y del amor. Menos aún de la muerte.

 

(…)

Desde aquel día, empecé a mirar a todos quienes me rodeaban como a gente extraña, absurda, egoísta. Dicen que el enojo era mi estado habitual. Llegué a pensar que mis padres, mis amigos, mis compañeros, habían sido reemplazados por extraterrestres, seres que venían a invadir el mundo, alienígenas idénticos a personas que yo conocía y que ellos tenían secuestrados, habitantes de otros planetas que seguirían ocultos bajo la apariencia de quienes no eran hasta que, en algún momento, se sacarían las máscaras perfectas que llevaban y me mostrarían sus rostros verdes con un solo ojo en medio de la frente. Así llenaba mis lagunas antes de entender lo que me pasaba, inventando historias de alienígenas, atiborrándolas de imágenes y palabras. Igual que como sucedía en una película que había visto cuando era muy chica, y que podía recordar a la perfección, escena por escena: unos hombres verdes nos invadirían, y el mundo sería de ellos. Recordaba de memoria ese y cualquier otro film que hubiera visto antes del golpe que recibí. Después, ya no fui al cine; no cabía ninguna posibilidad de que yo entendiera una historia de dos horas contada en una pantalla. Podía mirarla, apreciar el paisaje, disfrutar alguna escena, pero no lograría encontrar el sentido de manera completa. Les seguí el cuento a los nuevos extraterrestres, dije lo que querían que dijera, dejé de decir lo que les incomodaba. Tenía miedo, no iba a ponerme en contra de ellos.

Fui al velorio de Ana y me acurruqué junto a su cajón. Eso me lo contaron mis padres muchas veces, se ve que verme así les impactó. Leo lo que dijo mi madre, ¿o ya lo dije? “Estabas muy mal, llorabas sentada en el piso, acariciabas un anillo turquesa que te había dado Ana”. El anillo de la suerte de su hermana Lía que no la había salvado, eso sí lo recuerdo. La tarde del velorio, no repetí más que Ana había muerto en mis brazos. Tampoco que nadie puede asesinar a un muerto; mucho menos que Ana, sentada en el último banco de la iglesia, había estado esperando a un hombre que nunca apareció. Dicen que allí no abrí la boca. Cómo decir lo que fuera, si los extraterrestres habían venido por mí; solo podía cuidarme y resistir.

 

(…)

 

No me hice los estudios que indicó aquel profesional en la sacristía, pero esa orden médica está abrochada en mi libreta. Detrás de la tapa, habilité un sector que se convirtió en una especie de “precuela”: incluye los papeles con frases rabiosas que escribí con anterioridad a mis primeras anotaciones sistemáticas. “Son extraterrestres”, “Ana murió antes de que la mataran”, “No me escuchan”, “Me quieren volver loca”. También están abrochadas allí la estampita del cementerio con la ubicación de la tumba de Ana, que me dieron en su entierro; una carta de mis compañeros donde decían que me querían y pedían que me recuperara pronto; una nota de Carmen, la mayor de las hermanas Sardá, de muy pocas líneas, donde me preguntaba si sabía si Ana llevaba un diario, “podría ser útil para la investigación”. Debo de haber respondido que no, Ana nunca llevó un diario.

 

(…)

 

Busco, no encuentro, completo. Pasaron días, semanas, hasta que mis padres se dieron cuenta de que algo no estaba bien dentro de mi cabeza. Era entendible que al principio confundieran mi falta de concentración con el trauma por la muerte de Ana; pero el tiempo seguía corriendo, y mis síntomas no mejoraban. Los llamaron del colegio y les dijeron que me llevaran a un psicólogo, que evidentemente estaba muy afectada por lo que había sucedido. Les hablaron de estrés postraumático. Mi mejor amiga había sido asesinada y, si yo me perdía, desvariaba o no razonaba adecuadamente, les parecía algo normal dada la fatalidad de lo que me había tocado vivir. Lo que no les parecía normal a mis maestros y luego a mis padres era que, varias semanas después, los síntomas, en lugar de ceder, parecían haberse instalado y nada hacía pensar que desaparecerían sin la intervención de un profesional y el tratamiento adecuado.

 

(…)

 

Leo, completo.

El psicólogo recomendó que me viera un psiquiatra. El psiquiatra, un neurólogo. Así llegué al de la mariposa negra. ¿Ya mencioné la mariposa negra? Repaso, leo, concluyo: ya mencioné la mariposa negra. Disculpas. Mi mamá apuntó cada una de esas consultas en su agenda y, tiempo después, cuando el panorama estuvo más claro, al menos para ellos, me regaló las hojas para que las agregara a mi propia libreta. Lo que apuntó mi madre también está abrochado como precuela. Creo que, más que hacerlo para que yo conservara parte de mi historia clínica, lo hizo para dejar evidencia de que ella y mi padre habían intentado todo camino posible para ayudarme a recordar. Debe de ser duro cargar con los vacíos de los hijos.

 

(…)

 

En cuanto empecé a entender qué me estaba pasando, pedí ir a la policía para que me tomaran declaración. Tuve que insistir, mis padres lo tomaron como un desvarío más, un esfuerzo que poco podía ayudar a la investigación o a mí. Tampoco en la comisaría me tomaron en serio. Un policía debe de haber tipeado la declaración sin hacer comentarios, como si estuviera frente a una loca a la que había que seguirle la corriente. Para ellos, incluso aunque yo hubiera sido testigo de un crimen, mi declaración estaba viciada, era inválida dados mis “problemas”. Leo: “declaración viciada”. Se equivocaban, yo no sabía ni sé qué pasó después del golpe, pero sí sabía y sé qué pasó antes. Tengo copia de la declaración policial en la libreta bordó. ¿Ya lo dije? Está claro que a nadie le importó lo que declaré. Creo que mi familia aceptó que yo fuera a la comisaría porque les daba pena y no querían contrariarme; me veían como una víctima del mismo crimen que Ana, un daño colateral, tal vez cometido por los que, según ellos, habían matado a mi amiga. Para mis padres y para la mayoría, había tres hipótesis posibles. La primera, que efectivamente Ana estuvo aquella tarde allí conmigo; que la estatua la volteó sobre mí la misma persona que luego la mató a ella; que esa persona se llevó a Ana viva, la violó, la asesinó, la quemó y la descuartizó en el basural donde aparecieron los trozos de su cuerpo. Cada vez que leo esta seguidilla del horror en mi libreta, se me cierra el pecho. Sé que Ana está muerta, pero en cada lectura me entero del descuartizamiento y la calcinación, y es un golpe atroz. La segunda hipótesis, que Ana y yo estábamos sobre el altar haciendo nadie sabe qué, y entonces se cayó la estatua sobre mí. Que Ana corrió a la calle por ayuda y que allí la interceptó su violador y asesino, abusó de ella, la mató, la quemó, la descuartizó. Otra vez se me cierra el pecho. Y la tercera, que yo deliraba, que Ana nunca estuvo allí, que mientras yo me accidentaba en la iglesia, ella se encontraba por voluntad propia o por azar con quien la mataría unos minutos después y que, como no pude tolerar lo que le pasó a mi mejor amiga, mi psiquis inventó que había muerto en mis brazos. Por esta tercera hipótesis se inclinó la mayoría, incluso mis padres, quienes querían imaginarme lo más lejos posible de cualquier violador. “Mis padres no me creen”. Mi palabra no valió. Ni siquiera pesó que el neurólogo dijera que — leo—: “La amnesia anterógrada se produce por lesiones o golpes y no por traumas psíquicos”. No encontraron pruebas de que Ana hubiera estado en la iglesia conmigo. Entonces, para ellos, no estuvo.

 

(…)

 

El padre Manuel había pasado por allí unos minutos antes del accidente, había ido hasta el altar a guardar hostias en el sagrario. Yo eso sí lo recuerdo, porque fue antes del golpe. Juraría que él nos saludó y vio que éramos dos. Pero él dijo que no, lo declaró bajo juramento de decir verdad: que desde ese lugar solo llegó a ver a una chica rezando en el último asiento, que seguramente esa chica era yo, que no lo podía confirmar porque sufría miopía, que no llevaba los anteojos puestos y de lejos no veía bien. El cura dijo —leo—: “Saludé como saludo a cualquiera que entra a rezar en mi iglesia, sin reconocerlo”. Tengo copia de su declaración. Luego fue a la sacristía y recién volvió cuando lo alertó el ruido del golpe de la estatua al caer sobre mí, para luego dar en el piso. Una sola chica, eso dijo que vio, lo que reforzó la hipótesis de mi delirio postraumático. Cada uno, a su modo, ayudó a completar mi historia con sus propios inventos.

 

(…)

 

En mi desestimada declaración no conté todo, no hacía falta contar ni qué ni cuánto había padecido Ana antes de morir. Nadie lo preguntó, yo había jurado callar. Sí declaré que murió sobre mi regazo, para eso había ido, para decirlo y que lo aceptaran de una buena vez. Sonaba extraño, y debo reconocer que lo era. Pero también era verdad. No había confusión posible. Mi madre — aparece textual en su propia declaración— advirtió que, por mi enfermedad, yo había aprendido a llenar las lagunas con escenas inventadas y a perderme en digresiones que no conducían a un lugar certero. Y no mentía, eso era así, lo reconozco, sigue siendo así hoy. Nadie que no haya sufrido el malestar que yo sufro puede juzgarme: es desesperante querer contar algo y no encontrar la imagen o la palabra que haga encajar las piezas. Uno va a buscar allí donde antes había recuerdos y solo encuentra vacío, una pantalla blanca donde no se proyecta nada. Antes, no; antes del golpe, sí sé. ¿Ya lo expliqué? Busco. Ya lo expliqué. Recuerdo mi vida anterior al accidente con más detalle del que nadie puede evocar. Ana murió en mis brazos, lo conté varias veces, figura en la declaración, pero a nadie le interesó que mi amiga hubiera estado muerta “antes”. Lo que sí les interesó fue saber si habíamos llegado a la iglesia juntas, si alguien más nos acompañaba, si vi entrar a algún sospechoso, conocido o no, si nos siguieron por la calle. A todo respondí que no. En la declaración dice que a todo respondí que no. Y que fui la última persona que vio a Ana con vida. Aunque niega que murió en mis brazos. Dice: “La declarante sostiene que Ana Sardá murió en sus brazos, pero apareció muerta, descuartizada e incinerada, diez horas más tarde. La escena del crimen es un terreno baldío que los vecinos usan para descartar basura, a unas cuadras de la parroquia San Gabriel”. Y unos renglones más abajo: “La declarante confunde fantasía y realidad debido a un golpe que le produjo lesiones cerebrales”.

¿Ana fue descuartizada?

La declarante soy yo.

 

(…)

 

Pantalla en blanco. Y antes, oscuridad. Y antes, el arcángel que se me viene encima. Y antes, la estatua que tambalea. Y antes, la campera que se engancha. Y antes, yo que corro a buscar ayuda. Y antes, Ana que deja de respirar acurrucada sobre mí, Ana hirviendo de fiebre aun muerta; antes, Ana diciendo “ya va a venir”. Y antes, “llevame a la iglesia”. Y antes, “si me pasa algo, dale a Lía el anillo turquesa”. Lo que sucedió primero, antes de cualquier “antes”, no lo conté, no lo dije porque le había prometido a mi amiga que no lo diría nunca, jamás. Y me lo hizo jurar otra vez, allí, frente al altar. Sin embargo, muchos años después, si bien no falté a mi juramento, ante la evidencia, lo confirmé. Leo: Elmer García Bellomo. Él, por fin, lo entendió y se lo explicó a Alfredo. Lo dijo él, no yo. Entonces, no tenía sentido seguir negando: el daño de callar habría sido mayor. Porque alguien había matado a Ana, sí, pero de otro modo, no un asesino. Yo no sé lo que pasó entre su muerte en mi regazo, y su cuerpo descuartizado y quemado. Ni bien lo leo, olvido que Ana terminó así; quisiera no tener que leerlo nunca más. Aunque me esfuerce, no puedo llenar esa laguna más que si invento porque allí nunca hubo recuerdo, nunca fue memoria ni corta ni larga. Mi vida ahora solo merece conjugarse en pretérito pluscuamperfecto, aquello que había sido antes de mi accidente. Había ido, había visto, había estado. Ella había muerto en mis brazos. Lo que sucedió antes de lo que es en el presente y no podré recordar. Mi pasado posible es un pasado anterior.

 

(…)

 

Fui al velorio de Ana, quería despedirme. ¿Me repito? No entendía nada de lo que decían a pocos pasos de mí. Me sentía metida dentro de una pesadilla, cada frase que escuchaba a mi alrededor me parecía una locura, me enojaba, me resultaba incomprensible. Eso repitió mi madre muchas veces, “estabas muy enojada”. Lo anoté. Y mi padre: “No querías hablar con nadie, no querías que nadie te tocara, te sentaste en el piso junto al cajón y no te moviste de ahí, parecías un cachorro lastimado”. Anoté y resalté: “cachorro lastimado”. “Me están queriendo volver loca” está también apuntado, pero no lo dijo nadie sino que lo debo de haber pensado yo. Las libretas me ayudan a poder pensar. Cuando fue el velorio, yo aún no anotaba. Empecé a manejar las libretas después de que fui al neurólogo, el que me entregó la primera junto con el diagnóstico de amnesia anterógrada. Me dio una libreta bordó con una mariposa negra. Antes de la mariposa negra no anotaba, antes era laguna. Si quiero saber qué pasó entre el golpe y las libretas invento, o le pregunto a un testigo y anoto sus respuestas. Las libretas llegaron tarde en algún sentido, porque aquellas primeras horas fueron decisivas, y mucha información importante se debe de haber perdido. Cuando fuimos, por fin, a la consulta con el neurólogo eminencia, el daño en mi cerebro era irreversible. Lo dijo él, “el daño hecho está”.

 

(…)

La manga de mi campera se enganchó en el soporte que sostenía la estatua del arcángel Gabriel. Antes de eso, salí corriendo a pedir ayuda a la sacristía; antes de eso, Ana murió en mis brazos. Antes de eso, Ana llegó a mi casa volando de fiebre, la cara de un color muy extraño, un amarillo cobrizo; al llegar a la iglesia, se le sumó a la piel un tono azulado, mi amiga lloraba de dolor. Todo esto no hace falta que lo anote porque forma parte de mi vida con recuerdos, eso no lo olvidaré jamás. Tampoco olvidaré el motivo de su aflicción. Le juré a mi amiga no decirlo y durante muchos años, treinta años, fui fiel a mi juramento. Pero hace unos meses sentí, por primera vez, que le debía esa verdad a Alfredo, antes de que muriera. Me debatía entre la promesa a Ana y mi lealtad a él.

 

(…)

 

¿Alfredo murió? Busco en la libreta. Sí, Alfredo murió.

 

(…)

 

“Llevame a la iglesia, llevame a la iglesia, por favor”, rogó casi sin aliento. La llevé. Nos sentamos en el último banco. Me pidió que la dejara ahí, que me fuera, “ya va a venir”. Y yo le pregunté quién, pero no me respondió, solo repitió: “Él ya va a venir”. “Decime quién, por si hace falta ir a buscarlo”. “Él va a venir”, repitió. Y, a la vez que me pedía que me fuera, me abrazaba más fuerte, hirviendo de calor, temblando, mojada, acostada sobre mi falda. Me hizo jurarle, ahora frente al altar, que nunca le diría a nadie lo que ella había hecho. Y yo se lo juré. Ana lloró un largo rato, sus lágrimas me mojaron el muslo a través del pantalón. Hasta que, de pronto, me di cuenta de que ya no lloraba, ni temblaba, ni respiraba. La zamarreé, le grité, me enojé con ella. Ana estaba muerta, no tuve dudas, no tengo dudas. Me quedé sin aire, sentí que un cuchillo me atravesaba el pecho, la apoyé como pude en el banco y salí corriendo a buscar ayuda. Corrí al altar, subí los escalones a los saltos, la manga se enganchó con el soporte de la estatua del arcángel. Me di vuelta y traté de soltarme. Tiré, la estatua se balanceó. El ángel se me vino encima.

(…)

 

Al ángel se le rompió un ala. ¿Al ángel se le rompió un ala? Leo. “Golpe”, “un ala rota”. Oscuridad, blanco.

 

(…)

 

Ana y yo nos habíamos declarado “mejores amigas” unos meses después de conocernos, en tercer grado de la escuela primaria. Teníamos diecisiete años cuando ella murió y hasta un minuto, hasta un segundo antes de su muerte, lo seguíamos siendo. Lo hubiéramos sido la vida entera. Ana sabía todo de mí. Yo sabía todo de ella, excepto el nombre de él.

 

(…)

 

Tuve que aceptar que era cierto que la habían descuartizado y quemado; lo decían mis padres, lo decían los diarios, lo decía la policía, está anotado en mis libretas. Nunca pude entender qué pasó después de que la vi muerta sobre mí. Nadie puede morir dos veces, ni nadie puede matar a un muerto. Buscaban a un asesino que no existía. Sin embargo, todos tenían respuestas. Las lagunas las completaban los otros, los que no querían ver. A mí no se me permitía inventar, o se me permitía pero subestimando mi relato porque era “la amnésica”. O “la loquita”.

 

(…)

 

Una memoria perdida, la nueva; una memoria silenciada, la vieja. Fue así hasta que, un tiempo atrás, apareció por mi casa Alfredo, el padre de Ana. Está apuntado en la libreta 4.342. Y resaltado. “Alfredo Sardá vino a verme a mí”. Escribí “a mí” porque así fue y era extraño, nadie venía a verme. Si alguien aparecía por mi casa, era para una visita general, a la familia o a mis padres, en ocasión de alguna fiesta o aniversario. Mi madre subió a mi cuarto y me avisó que el padre de Ana quería conversar conmigo. “Mi madre sube a mi cuarto”. “Mi madre dice: está Alfredo Sardá, vino a verte”. Me vestí, a pesar de que ese día —como muchos otros— había decidido no sacarme el pijama, me había quedado en mi cuarto haciendo los ejercicios que me había dado el último fisioterapista. Miro su foto abrochada en la libreta. La última fisioterapista, entonces, era una mujer que me caía muy bien. La olvidaba cada vez que terminaba la sesión, por eso guardé su foto junto a los ejercicios que me indicó. Dejé mi libreta y bajé a ver al padre de Ana. Debo de haberlo hecho. Mi madre nos sirvió un té y se fue; ninguna frase suya figura en lo apuntado en esa charla, y si mi madre se hubiera quedado, habría hablado. Mi madre siempre habla, intenta completar lo que yo no puedo recordar, quiere ser el agua de mi laguna; ella cree que así me ayuda, pero yo no estoy tan segura. Me siento un tartamudo al que se le traba una palabra en la boca y un testigo impaciente se apura a ponerla por él. ¿Por qué no me dejan inventar mi propia memoria? ¿Por qué les alarma tanto que use la imaginación? No recuerdo porque no puedo, no porque no quiero. Y asocio, siento, fantaseo, miento si es necesario. Pinto la pantalla blanca con mis colores.

 

(…)

 

Alfredo fue muy amable, primero me preguntó por mí, se disculpó por no saber qué había sido de mi vida en casi treinta años. Anoté: “¿Qué fue de tu vida, Marcela?”. Me dijo que, durante mucho tiempo, le hizo daño que le llegaran noticias acerca de las amigas de Ana, de sus logros, de sus recorridos por la vida sin ella. “Ahora estoy fuerte, contame de vos”, dijo. ¿Había algo para contar? ¿Era solo que no recordaba o no había qué contar? Sin memoria, quedé excluida de muchas cosas, de casi todo. Ya no se trató de no poder recordar, sino de no poder vivir lo que vivían los demás. En los años posteriores al golpe, no había podido hacer una carrera, no había podido enamorarme, no había podido tener nuevos amigos. Apenas conservaba algunas amistades del pasado, aunque ninguna que me importara demasiado porque mi amiga, mi verdadera amiga, Ana, había muerto. ¿Qué había sido de mí quería saber Alfredo? Rehabilitación, entrenamiento, comer, dormir, rehabilitación, entrenamiento. Nada interesante. De cualquier manera, contesté; uno aprende a contestar, repetí frases hechas, sonreí. Y luego le pedí que me contara él. Antes de que empezara a hablar, me disculpé un instante y fui a buscar mis cosas para poder anotar. “¿Listo?”, me preguntó Alfredo cuando me senté otra vez frente a él, con mi libreta en la falda. La que llevaba entonces era de tapas color amarillo. Tenía una mariposa negra, pero que dibujé yo: cuando las tapas son lisas, les dibujo mariposas negras.

 

(…)

 

Le dije que estaba lista para anotar. Alfredo empezó a hablar, me contó que unos días atrás, como hacía de tanto en tanto, había estado revisando la causa por la muerte de Ana. Que lo había hecho con mucho cuidado, pensando que, quizás, esa sería la última vez que lo haría, que estaba muy cansado de dar siempre vueltas en círculo sin encontrar ninguna pista, que le hacía mal, que estaba con algunos problemas de salud. Pero que en esa ocasión, “vaya a saber por qué”, se detuvo en mi declaración ante la policía y que lo que leyó allí le dio un nuevo sentido a los hechos. Le dije que me contara qué había declarado, porque yo no lo recordaba. Lo hizo con mucha paciencia y luego le pedí —le debo de haber pedido— unos minutos para buscar esa fecha en la computadora y así llegar a la libreta correspondiente. Del mismo modo en que aprendí a andar en bicicleta, aprendí a buscar fotos, nombres, fechas, en el programa que diseñó mi padre, lo que acorta mucho el camino hacia un recuerdo apuntado. Leí mi declaración. Cuando estuve lista, le pedí a Alfredo que continuara y que se apurara porque, en un rato, yo olvidaría todo lo que acababa de decirme. Él quería saber por qué yo había declarado que Ana estaba muerta, en mi regazo, unos minutos antes del golpe. “Dijiste: «No se puede matar a alguien que ya está muerto». ¿Por qué dijiste eso, Marcela?”. “Porque así fue”. Le conté lo que había pasado, con detalle, como hacía mucho que no lo contaba. Y él me escuchó, asintió, se le llenaron los ojos de lágrimas. Por primera vez, alguien atendía a lo que yo decía de verdad y sin prejuicios. Anoté: “Alfredo me escucha”. “No quiero atosigarte en una sola tarde. ¿Te parece posible que nos reunamos algunas veces para que me cuentes lo que recordás, con tranquilidad, y que yo pueda anotar?”. Leo: “Alfredo me pidió que nos reuniéramos algunas tardes”. “Me parece posible, claro. ¿Usted también anota, Alfredo?”. “Yo también anoto, Marcela”, me contestó, y los dos nos reímos. Tal vez nos reímos, tal vez nos abrazamos, tal vez apenas nos miramos sabiéndonos, por fin, escuchados. No lo recuerdo pero, en cualquier caso, es lo que tendríamos que haber hecho.

Apunté la fecha y horario de nuestra primera cita en la libreta amarilla, lo resalté con rosa. Dos días después, empezamos a reunirnos en la casa de Ana.