Catedrales
Carmen
OFELIA: (…) Dicen que la lechuza era hija del panadero. ¡Dios mío! Sabemos lo que somos pero no lo que podemos ser.
WILLIAM SHAKESPEARE, Hamlet
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Creo en Dios. Soy creyente de una manera cabal, íntegra, apasionada. Brutal si es necesario. Qué sería de mí si no creyera; no tendría consuelo. Mi único hijo, Mateo, desapareció; si yo no entendiera que su desaparición responde a la voluntad de Dios, mi vida perdería sentido. Lo busco, no pierdo esperanzas de encontrarlo, de cruzármelo en Santiago de Compostela: en la catedral, en el parque, caminando por una estrecha calle de la ciudad vieja. A esta altura, conozco cada recoveco de este sitio como si hubiera nacido aquí.
Vinimos a una ciudad que no estaba en nuestros planes con ese objetivo: encontrar a Mateo. Reunirnos con nuestro hijo es el motor de todo cuanto hacemos hoy por hoy. El resto de la vida quedó suspendido. Alguna vez, Julián y yo habíamos soñado con conocer Roma, Venecia o París, destinos icónicos para quien vive en un país como el nuestro, fuera del centro, en el fin del mundo. Puede ser que, imaginando rumbos posibles, incluso hayamos mencionado otra ciudad que hoy no recuerde —Londres, Barcelona, Praga, Madrid—. Eran charlas en las que dejábamos fluir la imaginación, no se trataba de verdaderos planes de viaje, siempre había cosas más urgentes en las que aplicar el tiempo y el dinero. Pero estoy segura de que nunca mencionamos Santiago de Compostela. Nuestras salidas de la Argentina, con anterioridad a esta última, se habían limitado a ir a Uruguay y a Brasil. El camino de Santiago tampoco estuvo jamás en nuestros planes; nosotros marchábamos cada año a la Basílica de Luján, ese era nuestro camino de la Fe, no necesitábamos otro. Lo hemos hecho como simples peregrinos, aunque también llevando grupos de la iglesia, o asistiendo en puestos ambulantes a quienes claudicaban o hasta desfallecían por el esfuerzo físico. El que peregrina a Luján no lo hace por turismo, lo hace para cumplir una promesa o como declaración de Fe. Entre los que marchan a Santiago de Compostela, en cambio, debe de haber de todo —turismo, trekking, ganas de conocer gente, esnobismo, interés gastronómico—, y eso, para mí, le quita verdad y mérito a la peregrinación. Cuando encontremos a Mateo, si Dios así lo quiere, tal vez podamos recorrer y conocer esas ciudades que eran parte de nuestras utopías, o incluso otras. Sería una hermosa manera de festejar el reencuentro familiar, de convertir lo que hoy es un drama en una oportunidad, y así aprender a ser mejores. Como ya hemos hecho.
Al rezar, cada noche, le pido a Dios que Mateo me permita explicarle. Necesito darle mis razones, hacerle entender cómo algo que a simple vista puede parecer grave, imperdonable, hasta horrendo, no fue más que un mal menor que evitó otro mayor, superlativo. Una tarea atroz que alguien tuvo que ejecutar con valentía y desapego, olvidándose de sí mismo, persiguiendo solo el afán de proteger a sus seres queridos. Sé que hablando con Mateo, en una charla sincera, él lo entendería; que aquello que lo perturba se disiparía ni bien yo le pudiera dar mis razones. Estoy convencida de que nos abrazaríamos, lloraríamos uno en el hombro del otro y por fin él, con cariño, habiendo comprendido, me diría: “Pobre mamá, por lo que tuviste que pasar, pobre mamita”. Porque si en esta historia hay alguien que tuvo que meter las manos en el barro, en la inmundicia, para hacer lo que había que hacer, sin cometer ni delito ni pecado, esa soy yo. Y lo que había que hacer no fue algo sencillo ni agradable; Julián no habría podido solo. Julián no habría podido. Quizás, cuando Mateo sepa, cuando entienda mi papel en este asunto, cuando acepte el porqué de lo brutal, de lo horrendo, aún le resulte difícil perdonar lo que hizo su padre. Yo me esforzaré para que lo haga: si ya lo perdonó Dios, cómo no lo vamos a perdonar nosotros. Julián confesó inmediatamente la breve relación que había mantenido con Ana mientras él era seminarista —si es que se puede llamar a eso “relación”—. Lo confesó, se arrepintió, hizo la penitencia que le indicó el padre Manuel y fue perdonado. ¿Qué otro delito o pecado se le podría atribuir a Julián que haber tenido sexo con Ana? ¿La circunstancia de que lo hayan hecho sin protección? Es muy fácil responder que sí ahora, treinta años después, pero ¿quién usaba un condón en aquella época? Mateo es hoy un hombre y, si se permite la oportunidad de analizarlo fríamente, sin pasión, sumando el cariño que se merece un padre que ha dado la vida por él, no será capaz de condenar a Julián por una necesidad sexual que no pudo reprimir. No le resultará fácil. Para los hijos, sus padres son asexuados; y un padre como Julián, tan espiritual, tan poco preocupado por las cosas mundanas, tan poco pendiente de lo banal, más aún.
No sé cuánto sabe mi hijo. Tampoco sé cuánto sabía mi padre al momento de morir. Él habló con Julián de la muerte de Ana y lo echó de su casa. Sin embargo, nunca quiso hablar conmigo de detalles, nunca me interrogó a fondo como lo hizo con él. En el breve lapso que trascurrió entre el perentorio llamado a Julián y su muerte, mi padre me recriminó que, sabiendo que había tenido participación en algunos de los hechos relacionados con la muerte de Ana, yo hubiera podido enamorarme de él y lo hubiera metido en nuestra familia. Mencionó la muerte, pero no lo que pasó con su cuerpo. “Mirá el lado positivo, papá. Si hubiera renunciado a mi amor por Julián, no existiría Mateo”, dije. Y ese argumento puso fin a cualquier discusión. Mateo era su talón de Aquiles, su punto débil. Desconozco qué le agregó mi padre a la historia que le contó a mi hijo, porque, más allá de lo que supo, tiene que haber inventado, supuesto, completado vacíos de información. Así que, debo decir, no sé si Mateo huyó de nosotros porque no pudo soportar la verdad, parte de la verdad, medias verdades, o simplemente mentiras. No obstante, si a pesar de mis ruegos, si a pesar del profundo dolor con el que amanezco cada día, no se me concede la posibilidad de encontrar a mi hijo y hablar con él, cara a cara, como dos adultos, tendré que aceptar que eso es lo que Dios quiere y, una vez más, seguir hacia delante con Fe.
Tardé varios años en quedar embarazada. Jamás nos cuidamos, ni siquiera con el método Billings. Estuvimos de novios cuatro años; oficialmente fueron solo tres, porque el primero mantuvimos la relación en secreto. No fue que la ocultáramos por la muerte de Ana, sino porque no nos parecía correcto que Julián se apareciera por casa como mi novio, habiendo pasado tan poco tiempo desde que había dejado el seminario. No queríamos que nadie concluyera que nuestro amor era anterior a esa decisión. Entre nosotros tratábamos de hablar de Ana lo menos posible, así nos preservábamos de que su sombra empañara la relación que estábamos construyendo, deambulando como un fantasma itinerante que no encontraba destino. Poco a poco, a partir de que nos casamos, aquella sombra empezó a desvanecerse hasta desaparecer. Teníamos mucho en que poner nuestra energía; no pensábamos en nosotros dos, sino en la familia que queríamos concebir y hacer crecer. Y esa familia, estábamos convencidos, sería con muchos hijos. Recién cuando el primer embarazo se hizo esperar más de lo previsto, empecé a sospechar que, quizás, para mí no sería tan fácil ser madre. O, al menos, ser la madre que había soñado: rodeada de niños de todas las edades, uno al lado del otro, en escalera, tantos como quisieran venir mientras me diera el cuerpo. Temí que fuera en ese punto, ser madre, donde Dios se cobraría mi omisión; temí que la maternidad limitada fuera el castigo que me impondría por aquello en lo que le había fallado: no impedí que Ana matara al niño que llevaba dentro. No le dije que abortara, no tomé la decisión por ella; ni siquiera hablé del asunto con mi hermana: ella no me contó, yo no le dije. Pero es cierto que no hice nada por evitarlo y que, en medio de la desesperación, averigüé una dirección donde podían hacerle esa práctica para que Julián le sugiriera a qué sitio acudir. Me pareció inconveniente, doloroso, hasta sucio, que una chica de diecisiete años o un seminarista anduvieran preguntando por ahí dónde hacían esas cosas. Entonces me acordé de que un grupo de la parroquia estaba relevando lugares en los que practicaban abortos clandestinos para, en un tiempo, acercarle a la Justicia las demandas correspondientes. Pedí el listado, fingí que quería interesarme en cómo avanzaba ese asunto y le pasé a Julián la dirección de la clínica abortista que quedaba más cerca de casa. Eso también fue un error de mi parte: no llevé a mi hermana a abortar, no la llevó Julián, pero supo adónde ir porque nosotros le dimos esa dirección. Ahora, ¿qué habría pasado si no se la hubiéramos dado? ¿No lo habría hecho? ¿Lo habría hecho en un lugar mejor? O, por el contrario, ¿lo habría hecho con una aguja de tejer o una rama de perejil, como tantas inconscientes? ¿Cómo saberlo? Hasta ahí, la responsabilidad de la que me hago cargo, el peso de la culpa que llevo. No creo que, de no haberle dado la dirección, habría cambiado el hecho de que Ana muriera. Porque eso, su muerte, fue voluntad de Dios. Sin embargo, yo no impedí la muerte de ese niño por nacer. De esa omisión me hago cargo. Es cierto que tampoco la impidió Santa Ana, la patrona de las embarazadas, la santa que debía proteger a mi hermana, si para eso eligió mamá su nombre. Si no pudo Santa Ana, ¿por qué tenía que poder yo? De lo demás, de lo que siguió, no me arrepiento, por más horrendo que le parezca a alguien. No cometí delito, no pequé. “Padre, aparta de mí esa copa”. Actué para proteger a mi familia —la que tenía y la por venir—, para amparar a la gente que quería, como lo habría hecho una leona. Incluso, aunque para algunos sea difícil verlo, hice lo que hice para cuidar a Ana. Especialmente a Ana y su memoria. “Padre, aparta de mí esa copa. Pero hágase tu voluntad y no la mía”. Por eso, mi padre, Mateo o quien se entere de lo que hice y quiera enfrentarme, me podrá reprochar no haberla detenido el día que decidió abortar, cuando yo también era casi una niña. No aceptaré ningún otro reproche; si dicen que pequé o cometí un delito posterior, estarán mintiendo. Treinta años después, si alguien todavía tiene reclamos, será porque no entiende los motivos que me movieron a actuar como actué. La gente no tolera el horror, aun cuando sea inevitable, aun cuando el horror sea el precio necesario para proteger un bien superior.
No me interesa explicárselo al mundo entero; no tengo que rendir cuentas en la Tierra, sino en otra parte. A mi hijo sí, a él sí quisiera explicarle. Él se merece entender, yo me merezco que entienda. Nadie me va a convencer de que lo que hicimos, atenuar los daños, no fue un acto de amor hacia todos nosotros, de protección, de cuidado. Ana estaba muerta, el bebé estaba muerto. Eso no lo podíamos cambiar. ¿Entonces? Lo que pasó después es, en el fondo y más allá de lo que los espanta, decorado. Hubo un crimen, sí, un crimen anterior: el aborto. Me lamento por la muerte de ese bebé. Hoy, si me enfrentara a algo parecido, Dios no lo permita, haría todo lo posible para que ese niño naciera. Lo haría incluso a costa del dolor de mi familia, incluso a costa de la mancha imborrable sobre la reputación de Ana, incluso a costa de mi propia felicidad. Pero Julián y yo, en ese entonces, éramos poco más que dos adolescentes, unos inexpertos que apenas salíamos a la vida. Con desesperación, analizamos las circunstancias y decidimos como pudimos. ¿A quién podía cruzársele por la cabeza que Ana moriría? A nadie. En cambio, teníamos la certeza de que si Ana seguía adelante con el embarazo, las consecuencias habrían sido espantosas, no solo para ella, sino para los que la rodeábamos. Mi madre se habría enfermado por la pena, al enterarse de que su hija menor —una niña aún— había perdido la virginidad en una relación casual, sin ningún compromiso, un intercambio sexual donde no había habido amor verdadero. Y mamá, que además era muy sensible a la mirada de los otros, tendría que haber soportado los comentarios de los vecinos, de sus amigas, de nuestros parientes, azorados por los actos de Ana, que habría quedado manchada para siempre como una madre soltera, una chica que necesitó tener vida sexual prematura e irresponsable. Por su lado, Julián habría sido despreciado dentro del seminario; una cosa es abandonar la carrera sacerdotal por propia voluntad, luego de meditarlo y decidirlo con convicción, después de discernir la vocación verdadera con Dios y en la plegaria; y otra cosa, hacerlo en medio del oprobio de una relación prohibida que termina en embarazo. Mi padre, que tanto se jactaba de querer saber la verdad, habría tenido que lidiar con mamá y su pena; una mujer con episodios depresivos recurrentes que, con este agregado mayúsculo, hasta podría haber tenido intentos de suicidio. Pero, también, papá se habría visto obligado a sostener a una hija soltera, que seguiría viviendo en su casa y con un bebé. Por nuestra parte, Julián y yo ya no podríamos haber soñado con tener una vida compartida, con formar una familia, con crecer juntos en la Fe y en el amor. Lo digo y se me quiebra la voz. Puro dolor para todos.
Por supuesto que es pecado acabar con la vida de un inocente para preservar cualquier dolor. Eso no tiene discusión. Y porque lo es, jamás le habríamos dicho a Ana que hiciera lo que hizo. Tampoco supusimos, ni se nos cruzó por la cabeza, que ella podía morir en ese acto. Aunque una vez que mi hermana tomó la decisión —debo reconocerlo—, sentimos alivio y, Dios nos haya perdonado, la dejamos avanzar hacia su propio pecado. Ana, al matar a un inocente, estableció el precio que estaba dispuesta a pagar a cambio. Tal vez, como muchas, supuso que esa deuda quedaría impaga. La mayor paradoja dentro de esta historia familiar es que si Ana no hubiera muerto como consecuencia del aborto, habría podido seguir con su vida tal como ella quería. Más aún, si en esa vida ella se hubiera arrepentido de su acto y lo hubiera confesado, Dios —que es pura misericordia— la habría perdonado. No sé por qué lo que tenía que salir bien salió tan mal. Pero acepto que fue por la voluntad de Dios. Y Dios, muchas veces, tiene planes para nosotros que no llegamos a comprender.
Lo dijo Jesús en el Monte de los Olivos, me lo repito cada vez que se me aparece la imagen de aquel momento perturbador en que tuve que aceptar el llamado a actuar: “Padre, si es posible, aparta de mí esa copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42). Por eso, sé que el castigo que reservó Dios para mí no fue por los actos posteriores a la muerte de Ana, sino por permitir que ella abortara. Lo que siguió no fue más que la copa que me pidió beber. Su voluntad. Y así, también por la voluntad de Dios, a pesar del deseo y de nuestros planes, solo pude tener un hijo. Después de la cesárea en la que nació Mateo, tuve una infección intrahospitalaria. Estábamos en casa, el día siguiente al alta, y empecé con hemorragias incontrolables. Julián me llevó, de inmediato, a la clínica donde había sido el parto. Ni bien me revisaron en la guardia, los médicos se asustaron tanto que me trasladaron al quirófano. Le dijeron a Julián que era una septicemia generalizada y que o me vaciaban o me moría. Me vaciaron. Lo digo y se me desgarra el alma, aún hoy, tantos años después. Fue duro aceptarlo, nos refugiamos en la oración. Y en Mateo, ese bebé que fue haciéndose hombre a nuestro lado; en él pusimos todo lo que podíamos dar como padres, como educadores, como catequistas. Nuestro hijo siempre fue una luz, un faro, un chico que era pura bondad. La familia que habíamos formado era la envidia de los que nos conocían, siempre juntos, siempre los tres. Incluso a una edad en que los chicos se van de vacaciones con sus amigos, Mateo seguía viniendo con nosotros al sitio que eligiéramos, sin reproches ni cuestionamientos. A Julián le preocupaba que nuestro hijo se sumara al plan familiar porque no tenía otro programa posible, al no socializar bien con sus pares; pero no era eso, sino que disfrutaba estar con nosotros. Muchos fines de semana nos quedábamos los tres en casa, leyendo, viendo una película o jugando a las cartas. Tuvimos una vida muy feliz.
Hasta que, hace un tiempo, Mateo empezó a frecuentar más a mi padre. Por distintas circunstancias, iba solo, sin nosotros. No sé cómo empezaron esas visitas, si las provocó su abuelo o fueron idea de él. Al principio, creí que fortalecer ese vínculo podía ser bueno para Mateo; que le permitiría acercarse a un modelo masculino diferente del de Julián, que tiene muchas virtudes pero también una cierta apatía, un desgano crónico, como si su batería diaria cargara apenas hasta la mitad. Mi padre, aun a la edad en que murió y llevando esa enfermedad a cuestas, era pura energía. Julián y él no se parecían en nada. De cualquier modo, incluso con sus defectos, pensé, los dos eran modelos de hombre posibles, ejemplos de valores. Sin embargo, me equivoqué y, cuando me di cuenta, era demasiado tarde. Mi padre, por más que siguiera declarándose católico, hacía rato que había dejado de serlo. O al menos no se comportaba como tal. Ponía en cuestión dogmas de Fe, verdades que quienes somos creyentes no discutimos. Al principio, yo creía que se juntaban a dibujar catedrales y eso me pareció hermoso, una manera de unir un don artístico —que ambos tenían— con la Fe. Pero, poco a poco, mi padre empezó a meter en la cabeza de mi hijo ideas controvertidas, especialmente sobre la evolución de la especie y otros divagues genéticos. Teorías supuestamente científicas que nosotros, los que somos profundamente católicos, no aceptamos porque sabemos cómo descubrir el engaño y la manipulación que se esconden detrás de ellas. Seguramente mi padre, un fanático de los libros, habrá sumado a su propia charla lecturas perturbadoras, descabelladas, que en la cabeza de alguien como Mateo, que está en plena formación, pueden causar más estragos que la droga. Yo a veces me hacía la tonta porque no quería generar una pelea, pero llegué a esconder libros que encontré en la habitación de mi hijo y que me parecían sospechosos; libros que, no tengo dudas, venían de la biblioteca de su abuelo. Es que mi padre fue un creyente a medias, tomaba lo que le convenía, y lo que no, lo ponía en discusión. No pudo aceptar que para un católico no fuera posible una libre interpretación de la Biblia, por ejemplo. La leía, pero la discutía. Mamá ya ni lo escuchaba. Lo mismo quieren hacer las teólogas feministas, inventar una biblia nueva que avale las conclusiones a las que ellas quieren llegar de antemano. Muchas veces intentaron acercarme a sus grupos; soy una teóloga con cierto prestigio, y mi nombre junto al de ellas les habría resultado conveniente. Nada más lejos de mí que discutir lo indiscutible. En ese sentido, y aunque nunca lo reconocería frente a terceros, a quien yo más respeto en mi familia es a Lía. Ni ella ni yo validamos las medias tintas. O sos católico, o no lo sos. Si no lo sos, deberás atenerte a las consecuencias de tu vida vacía por no creer en nada. Si lo sos, no discutas ni la Fe ni la Iglesia.
Cada día que pasa, me convenzo más de que el silencio de Mateo y el hecho de que se haya vuelto invisible tiene que ser consecuencia de que mi padre, en alguna de esas cartas que le dejó, lo predispuso en contra de nosotros. Si lo hubiera hecho antes de morir, me habría dado cuenta: Mateo habría tenido una crisis temprana, se habría ido a vivir con él, nos habría enfrentado. Nada de eso pasó. Desde el momento en que Susana, la mujer que cuidaba a papá, mencionó esas cartas, supe que ahí había un peligro. Intenté encontrarlas, dediqué horas a buscarlas, pero no las pude hallar. Me dormí muchas noches angustiada, tratando de adivinar qué decían. Se habían convertido en una obsesión que no me dejaba dormir. Me inventaba un texto posible, me amargaba, lo tachaba en la mente y arrancaba con otro.
¿Qué le contó mi padre? ¿Cuánto? Y sobre todo: ¿para qué? Una crueldad sin sentido. El paso del tiempo había cerrado aquellas heridas; nunca voy a entender por qué mi padre se encaprichó, una y otra vez, en abrir nuevas.
Lo que tuvo que atravesar mi familia, no se lo deseo a nadie.
Lo que tuve que atravesar yo, menos aún.