Catedrales
Capítulo 2
2
Le mentí a Alfredo Sardá. No con respecto a la muerte de su hija. Jamás mentí en ningún caso en el que yo haya intervenido. Me puedo haber equivocado; mentir, nunca. Le mentí con respecto a mi vida privada. Es cierto que vivo en la casa de mis padres, es cierto que la heredé después de que murieron por inhalación de monóxido de carbono. Es cierto también que con mi mujer y mis hijos chiquitos dejamos ese minúsculo departamento de Temperley y nos vinimos a vivir acá. Pero no es cierto que sigamos juntos. Ella se fue hace unos años y mis hijos, que ya eran adolescentes, prefirieron ir a vivir con su madre a un monoambiente en Lanús, más pequeño aún que aquel donde empezó nuestra historia familiar. Todavía no me repongo del todo. La soledad me pesa; era un alivio después de la jornada de trabajo entrar a la casa y encontrarme con el bullicio de la gente viva, estar rodeado de los míos, oler la comida que se calentaba en el horno, que alguno de mis hijos me diera un beso, un abrazo. Un remanso. Un oasis en medio del desierto. Ese era mi antídoto contra la cercanía diaria de la muerte. Me quedé sin refugio: entre mi vida y la muerte ajena ya no hubo barrera de contención. Ahora paso de un lado a otro sin darme cuenta. A veces temo quedarme del lado equivocado.
La casa me resulta demasiado grande, no se llena con nada, mis pasos rebotan como un eco en los pisos de madera gastada. La posibilidad de dejar atrás mi trabajo al llegar al hogar se diluyó. Desde que se fueron Betina y los chicos, quedé encerrado en un mundo tanático. Cuando estoy en la casa no hago más que seguir trabajando. Tengo informes de autopsia desparramados por el piso, fotos de los expedientes en los que trabajo pegadas en las paredes de los pasillos. Linternas, pinzas, guantes descartables, luminol y levantadores de huellas dactilares en los estantes de la cocina que ya no ocupan cereales y galletas de chocolate. Cajas y más cajas con material de archivo, no solo en el cuarto que le mencioné a Alfredo, sino en cada ambiente de la casa, hasta en el baño. En parte, mi mujer me dejó por ese desorden. A decir verdad, cuando Betina estaba conmigo, no era para tanto. Yo me controlaba, ella ordenaba; había un equilibrio, y la casa lucía bastante mejor. Estoy seguro de que en la decisión de dejarme pesó más su obsesión con los gases cadavéricos. No niego que sean tóxicos y es cierto que estamos expuestos a ellos; pero, con una buena higiene, yo dejaba cualquier elemento fuera de la casa. Lo sigo haciendo ahora, que vivo solo, por una cuestión de responsabilidad profesional. Es como sacarse los zapatos antes de entrar para no manchar la alfombra con barro: se hace y punto, es automático, un reflejo condicionado. Yo lo hacía siempre, estoy convencido de que nunca llevé a nuestra casa gases, restos inclasificables, bacterias cadavéricas ni ningún otro elemento de trabajo que pudiera haber perjudicado la salud de ella o de los chicos. Se lo discutí a muerte en cada pelea en que me echó en cara cómo olía. “Olés a muerto, Elmer”. Le ofrecí pruebas de mi método de aseo, con el que le podía garantizar que llegaba a casa totalmente aséptico. Para mí, confundía el olor de algún desinfectante con el de la muerte. Fue inútil. Discutir era casi siempre inútil, aunque habláramos del tiempo: si había un sol que rajaba la tierra, ella porfiaba que estaba lloviendo. Y eso que el terco soy yo.
El desorden fue el primer argumento esgrimido por Betina para nuestra separación. Los gases cadavéricos, el segundo. Sin embargo, más allá de la pertinencia o no de ambos, el motivo o la causal que mi mujer esgrimió con mayor fuerza en las audiencias de conciliación no fue ninguno de esos dos, sino mi conversación. ¿Es causal de divorcio la conversación? Dijo que yo no hacía otra cosa que hablar de muerte, de asesinos, de crímenes y que eso la llevaba a zonas de sí misma que no le gustaban. Así lo dijo: “Me hundís en las profundidades más oscuras de mi ser”. Betina siempre tuvo delirios de poeta. Y exageraba, porque tampoco era cierto que no habláramos de otras cosas. Claro que comentaba con ella situaciones o problemas laborales, sí, como toda persona habla de su trabajo: un maestro, del problema que tuvo con alguno de sus alumnos; un camionero, de lo pesada que estaba la ruta; un médico, de la operación en la que intervino esa tarde. Trabajo con cadáveres y escenas del crimen, pero soy un tipo normal al que también le gustan el deporte, las series, tomarse un buen vino de cuando en cuando, hacer que en la casa suene jazz o un tango entonado por la voz áspera de Adriana Varela. Me mata Adriana Varela. Y esos son apenas unos pocos, tengo infinidad de otros temas de conversación. Es verdad que el trabajo es mi pasión y ocupa un lugar muy importante dentro de mis intereses. Ella me había conocido así. Incluso se había mostrado muy atenta cuando yo le contaba detalles de lo que estudiaba, mientras hacía la carrera; una vez, hasta me hizo recitarle las distintas etapas del rigor mortis como si fuera un poema (“Fase de instauración, fase de estado, fase de resolución/Fase de instauración, fase de estado, fase de resolución”). Debo reconocer que hay materias que podríamos haber aprobado los dos si ella se hubiera presentado a los mismos exámenes que rendí yo. ¿Fingió un interés que no tenía? No creo. Me inclino más a pensar que, con el tiempo, como pasa en tantas parejas, aquello que la atrajo la expulsó, y mi conversación pasó de ser cautivante a abominable.
No me atrevo a recomendarlo en los cursos que doy a futuros colegas, pero creo, definitivamente, que hay que mentirles a los clientes en lo que a nuestra vida privada se refiere, protegerlos de quiénes somos. Lo aconsejable es evitar hablar de intimidades. Se puede hacer algún comentario si es que sale el tema; es cierto que la gente es curiosa, a menudo participa preguntando o compartiendo alguna reflexión, con la certeza de que quien tiene frente a sus ojos es tal cosa o tal otra. Ante esa participación, uno tiene que decidir si miente o no. Y yo esa decisión ya la tomé hace mucho. Le mentí a Alfredo Sardá como lo hice y lo hago con todos. Para mí es fundamental que quien nos contrata crea que el criminalista es una persona similar a ellos mismos, con familia, fanático de algún equipo de fútbol, amante de las pastas, con una vida estándar. Porque lo que le vamos a tener que contar, en cuanto sepamos, va a ser tremendo, oscuro, tenebroso. Si nosotros nos presentamos como unos nerds de laboratorio o como personas raras o frikies, les damos la posibilidad de creer que estamos locos, y lo que afirmamos puede ser considerado falso. Hay que tener muy presente que la gente, como primera reacción al horror, prefiere no creer. En otras profesiones pasa lo mismo. Por ejemplo, un abogado se pone traje para ejercer su tarea. Tal vez en su vida diaria se la pasa en jogging y zapatillas, pero no se le ocurriría ir a ver un cliente o concurrir a una audiencia frente a un juez sin vestirse adecuadamente, perdería credibilidad y lo sabe. Nuestro traje es esa supuesta normalidad de base, la promesa de ser “como todos”. Y esto no se reduce solo a la profesión, también a la vida social. Somos gente que se pasa el día observando cadáveres, buscando huellas de sangre, recogiendo con delicadeza un pelo abandonado en la escena del crimen como si fuera un diamante, analizando distintos tipos de heridas corto-punzantes, diferenciando firma y modus operandi en las mutilaciones. ¿Quién va a querer ser amigo nuestro si somos unos aparatos? ¿Quién va a querer salir a tomar una copa con un señor que acaba de manipular un brazo o una pierna? Un prejuicio que puedo comprender, pero infundado. Porque si desconfían de nosotros, se equivocan: no hay gente más equilibrada en esta sociedad que los criminalistas. Tenemos que tener mucho equilibrio para trabajar en casos como los que trabajamos y mantenernos incólumes. Somos una piedra. Y, además, precisos, certeros, rigurosos, detallistas. Los criminalistas hacemos apología del detalle, no aseveramos nada sin prueba objetiva. No damos por supuesto, confirmamos. Por ejemplo, si vemos una mancha roja, no vemos sangre sino “tejido hemático”. Si es sangre, lo dirá el laboratorio. Cuando hacemos el perfil de un asesino, no tratamos de entenderlo desde la psicología; no nos importa cómo lo trataban sus padres, si en el colegio le hacían bullying o por qué otro motivo llegó a ser quién es. Ni siquiera pensamos en él en términos de buena o mala persona: nos importa el hecho, lo que hizo. Poca gente más confiable y menos prejuiciosa que un criminalista, a pesar de que nuestra mujer no lo valore y nos haya abandonado.
Treinta años después, me puse a trabajar en el expediente por el homicidio de Ana Sardá, de inmediato, ni bien Alfredo me llamó, y sin esperar a que aprobara los honorarios. Sabía que no habría problemas. Le había pasado un valor muy bajo, me interesaba el caso y lo habría hecho, incluso, gratis. Pero no es bueno que alguien crea que se está dispuesto a trabajar sin una contraprestación adecuada, porque tergiversa el sistema de trabajo. Y el sistema de trabajo y la familia son las bases de la sociedad. Se desarma eso, se viene abajo la estantería completa. A mí me queda el cincuenta por ciento del sostén, por eso lo defiendo con uñas y dientes. No estoy seguro de si lograré estar en pareja otra vez. Perdí la confianza en mí en cuanto a cómo seducir a una mujer. De joven, me llevaba el mundo por delante, avanzaba aun en batallas de gran dificultad. Y debo reconocer que, casi siempre, ganaba. Hoy en día, las mujeres están muy distintas de lo que eran cuando yo estaba en edad de salir al ruedo. Y me aventuro poco, fui perdiendo training, me cuesta abordarlas. A mí me gusta así como están, me encanta, que van de frente, que se sienten poderosas, que no esperan que uno vaya por ellas. Hasta debo reconocer que me seduce más esta nueva mujer que veo hoy, que aquella que conocí en mi juventud. Sin embargo, abordarlas es otra cosa. Me siento atraído, y cuando pienso en dar el siguiente paso, me frunzo. ¿Qué, si me quedo pagando? ¿Qué, si digo?: “Linda, ¿querés tomar algo conmigo?”, y me contestan: “«Linda» ¿las pelotas”? Están raras, poderosas pero raras, impredecibles. Igual, no es que me haya resignado, estoy juntando fuerzas, viendo por dónde llegar. Me tomé algo así como un año sabático, para analizar bien la cuestión. Aunque no me imagino el resto de mis días sin una mujer con quien compartir la vida. Me queda el trabajo: por el momento, hago base ahí. Ese es mi sostén no solo económico, sino emocional. El día que me jubile voy a estar en problemas. Faltan unos cuantos años, ya veremos qué será de mí para ese entonces.
Empecé por las cajas. Tenía mucho material, pero algunos de los papeles eran faxes, un sistema de impresión que ya no se usa. Al desplegarlos comprobé que, con los años, aquellas hojas aceradas se habían convertido en documentos ilegibles. Es impresionante cómo un sistema que parecía haber venido a revolucionar las comunicaciones cayó en el olvido en unos pocos años. Además de los faxes, en la caja había algunas hojas del expediente fotocopiadas, el informe de la autopsia, mi pedido de segunda autopsia rechazado, recortes de diarios de la época, anotaciones en servilletas de papel —la urgencia por dejar registro de un dato me habrá encontrado tomando un café—. Lo más confiable de todo lo que había dentro de la caja eran mis propios apuntes hechos a mano en un cuaderno Rivadavia. Siempre preferí el Rivadavia al Gloria, una cuestión de gramaje de papel y de textura. Lo primero que leí, escrito en el margen superior de la primera hoja y en imprenta mayúscula, fue: NO FUE UN CRIMEN SEXUAL. Una corazonada, no había evidencia suficiente ni para afirmarlo ni para negarlo. Yo no tenía dudas de que las pruebas habían sido manipuladas, y fue el manoseo más que la certeza lo que me llevó a pararme en la vereda contraria.
A continuación de aquella leyenda, había apuntado una serie de datos relativos a la primera fase de la investigación: la protección y preservación del lugar de los hechos. La notitia criminis había llegado por un llamado telefónico anónimo. Con una voz distorsionada, alguien llamó a la comisaría de Adrogué a primera hora de la mañana. El oficial que recibió la llamada no pudo determinar edad aproximada ni sexo. O sea que era probable que quien había llamado hubiera sido el mismo asesino, o un cómplice, o un testigo; alguien que quería que encontráramos el cuerpo sin darse a conocer. En el caso de Ana Sardá, la escena del crimen no necesariamente coincidía con el lugar de los hechos. Aunque se precintó la zona, no se dejó dentro del área delimitada con cintas amarillas la superficie necesaria como para la protección y preservación del terreno. Por lo tanto, no estaba garantizada una búsqueda de evidencia acorde con una investigación rigurosa. Es cierto que, por más que fuera un baldío, no se podían tomar los cincuenta metros recomendables para un descampado sin habernos metido en casas vecinas; pero a mí me quedó sabor a poco. Para colmo, el responsable a cargo del equipo, haciendo alarde de su falta de conocimientos para el puesto, definió que entráramos en espiral. Un método que habrá visto en alguna película y le pareció lucido; un sinsentido en aquella ocasión. Lo lógico habría sido barrer el terreno en franjas o paralelas y cuanto antes, ya que el clima no ayudaba y pronto no quedaría nada por observar. Entramos en el sentido contrario a las agujas del reloj, y la espiral duró un suspiro: al rato, había gente desparramada por cualquier lado. Hasta el cura de la parroquia cercana al lugar de los hechos tenía un lugar destacado en el operativo y, cada tanto, les daba indicaciones a los agentes. Más tarde, incluso, rezó un rosario junto al cuerpo, pidiendo por la chica —a quien había reconocido ni bien la vio— y por su familia.
Ana Sardá había sido descuartizada en ese terreno. Lo ratificaba el hallazgo de gran cantidad de sangre, a pesar de que la fuerte lluvia, sobre todo, durante la madrugada, había barrido una parte sustancial del material y lo que quedaba alrededor eran charcos de barro rojizo. Para colmo, a la hora de la mañana en que el equipo forense se hizo cargo de la situación, la llovizna persistía y seguía borrando huellas. También era evidente que la carbonización no había sido allí; al menos no la carbonización del cuerpo en su totalidad. Había zonas del terreno quemadas, aunque el daño no se correspondía con el calor al que tenía que haber estado expuesto el cuerpo de Ana Sardá para llegar al calcinamiento. Una botella de agua y una tapa de plástico sin quemar, a metros del cadáver, indicaban que esos materiales no habían estado sometidos a la misma temperatura que, al menos, el tronco de la occisa. De lo contrario, se habrían derretido. El pasto alrededor del cadáver estaba quemado, chamuscado, mojado y embarrado, pero no se podía hablar de “terreno calcinado”. Parecía que el fuego hubiera sido selectivo. Los pies, debajo de unas botas de cuero gruesas, casi no se habían quemado; llamaba la atención el color amarillo cobrizo de la piel de los empeines. Por momentos la lluvia, por momentos una llovizna tupida, terminaron de limpiar cualquier material sensible que pudiera haber quedado en el terreno: mancha, objeto, huella, esquirla, marca, rastro, resto, vestigio, fragmento, brizna.
Los trozos de Ana Sardá habían aparecido juntos, colocados siguiendo el orden anatómico del cuerpo, aunque no mantenían una alineación perfecta: la cabeza, el tronco y las piernas se sucedían en el orden natural, pero el tronco estaba levemente corrido hacia la izquierda de lo que podría pensarse como el eje del cuerpo. Eso ya era una firma de autor, y no la única. La “firma” de un crimen es aquello que no es necesario para la comisión del delito, un detalle propio que tiene que ver con quien lo ejecutó y no con el método elegido. En los descuartizamientos, una característica común es que los trozos seccionados se repartan en distintos lugares, lo más alejados posible, de manera que no se pueda armar el rompecabezas que permita identificar a la víctima. Este no era el caso, evidentemente. Quien había descuartizado a Ana Sardá quería que se encontrara el cuerpo y se supiera que era ella. Además del tronco desplazado, llamaba la atención que los brazos no habían sido cortados a la altura de las axilas siguiendo el modus operandi típico del descuartizamiento —como quien troza un pollo y le corta las alas—. Cuando participé del caso Sardá, tenía poca experiencia, pero no había leído en ningún material escrito antecedentes de descuartizamiento en que los brazos quedaran con el tronco, ningún profesor me lo había mencionado nunca y, en mis años de trabajo posteriores, jamás lo volví a ver. Sí vi cortes aleatorios, hechos en cualquier lado, como se ven en los casos en que los criminales tienen poca instrucción y cortan donde se les ocurre, en lugar de ir a articulaciones y otras zonas que facilitan el trabajo. En el caso de Ana Sardá, había dos cortes en los lugares del cuerpo donde cualquier sujeto, con un mínimo de conocimiento de anatomía, sabe que tiene que cortar: cuello y extremidades inferiores. Pero faltó el último corte. En letras de imprenta mayúscula, en la tercera página de mis apuntes de cuaderno Rivadavia, leí: ¿POR QUÉ ALGUIEN SECCIONA LAS PIERNAS Y LA CABEZA DE UN CADÁVER Y NO LOS BRAZOS? Treinta años después, aún no tenía una respuesta.
Otras consideraciones. El Código Penal Argentino castiga el descuartizamiento cuando este empieza con la víctima viva, por eso es importante determinar el momento de la maniobra de desmembramiento. Y para nuestra ley, el descuartizamiento de un cadáver no es delito, a menos que se haga para encubrir otro delito. Mi jefe, vaya a saber uno por qué, primero se obsesionó con determinar aquella circunstancia: que el corte no hubiera empezado antes. A todas luces, su hipótesis debía ser descartada por la forma en que se había derramado la sangre: no fueron chorros, no surgió de un cuerpo vivo. Perdió tiempo, energía, y se la hizo perder al laboratorio. Creo que ante su falta de capacidad y al no tener idea de cómo avanzar, se quedó haciendo loop en la primera hoja del manual de práctica forense. Se podría haber quedado allí eternamente, como sucede con tantas causas que no avanzan, pero fue evidente que en algún momento recibió una orden de arriba. Alguien le tiene que haber pedido que apurara la resolución del caso porque mi jefe, de la noche a la mañana, cambió a otra hipótesis de su decálogo de principiante: “Homicidio imprudente por estrangulación, luego de ataque sexual”. Sostenía que Sardá había sido víctima de un ataque de este tipo, basándose en imprecisas consideraciones de la primera autopsia: ciertas heridas difíciles de encuadrar que presentaba en vagina y útero calcinados. Sobre todo, se apoyaba en el hecho de que “si falta la bombacha, el violador se la llevó de fetiche”. Un papanatas. Mi jefe debía de ver muchas series y, gracias a eso, se sentiría formado en materia forense; lástima que en aquella época había pocas y malas. Aseguró también que había fractura de hueso hioides, lo que era cierto y, a la vez, poco significativo: si a Ana Sardá le cortaron el cuello no había forma de que ese hueso no se partiera al medio. Estaba y estoy en desacuerdo absoluto con mi jefe. Tanto cuando tenía veintipico de años como ahora, con más de cincuenta, no me caben dudas ni de que el descuartizamiento fue post mortem, ni de que no había real evidencia de ataque sexual.
Pero entonces, ¿por qué se quema un cadáver y se lo desmiembra? ¿Por qué las dos cosas? En la mayoría de los casos se lo descuartiza para ocultarlo, para poder deshacerse de él y así eludir el accionar de la justicia. En el caso Sardá, este motivo estaba descartado. Otras veces es para expresarse: el ejecutor quiere mostrarle a alguien o a la sociedad en su conjunto lo que hizo y, con eso, provocar un daño o dar una lección. Podría haber sido que el llamado de voz distorsionada tuviera que ver con esta última hipótesis, con llamar la atención. No obstante, el oficial que recibió la notitia criminis dijo que por momentos quien llamó se quebraba, que tenía que hacer una pausa antes de seguir hablando, como si estuviera tratando de contener el llanto. No cerraba tampoco esta otra hipótesis en cuanto al motivo del descuartizamiento. Quedaba un dato adicional por considerar: había evidencia de que algunas de las quemaduras eran anteriores y leves, y otras, posteriores y más intensas. Daba la impresión de que el cuerpo hubiera sido quemado por partes. Para usar una comparación con la vida cotidiana: como si alguien repartiera la carne del asado en la parrilla y a ciertos cortes los expusiera más tiempo o a más brasas que otros, porque un comensal pide “a punto” y otro, “bien cocido”. Raro. ¿Esa diferenciación en la exposición al fuego de las distintas partes era firma o modus operandi? ¿Qué había en el tronco de Ana Sardá para que mereciera mayor fuego? Quemar un cadáver, al igual que desmembrarlo, también puede tener que ver con eliminar la evidencia. Dice el maestro Osvaldo Raffo, el gran forense argentino, en su libro La muerte violenta: “Lo más corriente es quemar un cadáver para hacerlo desaparecer, impedir su identificación o disimular la verdadera causa de la muerte”. Y para mí ahí estaba la clave; yo no tenía ni tengo dudas de que en el caso de Ana Sardá se trataba de esa tercera opción: disimular la causa de su muerte. Porque, ¿para qué sumar dos mecanismos a fin de hacer desaparecer un cadáver y a la vez dejarlo en un lugar de fácil acceso? El cuerpo estaba casi a la vista, en un potrero en que los pibes del barrio jugaban a la pelota y los adultos descartaban basura. No era imaginable que alguien quisiera hacer desaparecer un cadáver ahí: un día más, un día menos, lo encontraría un chico o un perro. Si lo hubieran querido hacer desaparecer, lo deberían haber tirado en un arroyo, o en una alcantarilla. El criminal tampoco había tenido voluntad de que el cadáver no fuera identificado, ya que conservaba las manos con huellas digitales inalteradas, y la cabeza de Ana estaba en el mismo lugar que el resto de su cuerpo, con el pelo chamuscado y el rostro herido por quemaduras importantes, pero, aun así, perfectamente reconocible. La hipótesis más fuerte, tanto entonces como ahora, era que el descuartizador incendiario trató de borrar las causas de la muerte. Y por la forma en que fue calcinado, en etapas y a distinta intensidad, esas causas estaban en algún sitio del cuerpo de Ana Sardá, entre el cuello y la articulación de las extremidades inferiores. En su tronco. La opción más probable, la que parecía cantada al ver la escena, habría sido que esa chica estuviera embarazada. Pero la autopsia no mencionaba embarazo alguno. Si hubiera habido un feto, a pesar del calcinamiento, deberían haberlo detectado.
Después de unas horas, se autorizó a levantar el cuerpo y llevarlo a la morgue para hacer las pruebas necesarias y, fundamentalmente, para que la familia lo reconociera. Aunque no cabían dudas de que esa mujer desmembrada era Ana Sardá, aun antes de llevársela. El cura no había vacilado ni un segundo en cuanto la vio. Yo no me emociono cuando trabajo, es parte del entrenamiento, solo sin emoción se puede hacer bien nuestra tarea profesional. Pero recuerdo que en aquel entonces, siendo casi un chico, pensé en el familiar de esa joven que habrá tenido el coraje o la obligación de ir a mirar su cuerpo descuartizado y quemado para atestiguar que, efectivamente, esos trozos habían sido Ana Sardá, y sentí dolor. Me compadecí de él; tal vez, por prejuicio, imaginé que el elegido sería el padre y no la madre. Sin embargo, quien reconoció el cuerpo fue una de sus hermanas, una opción que no había siquiera considerado. Y cuando lo supe, me dolió aún más; no solo se trataba de alguien comprometido afectivamente con la occisa, sino de otra mujer joven, una a la que le podría haber pasado lo mismo que a la víctima. Demasiado horror para tolerar. Pasé las hojas del cuaderno buscando cuál de las dos hermanas había reconocido el cadáver, pero no encontré apuntado el dato. Quizá nunca lo supe.
Cerré la caja con el material que ya había revisado de punta a punta. Me quedé con el informe del equipo médico forense, lo leí con detenimiento otra vez, buscando algo a lo que no le hubiera prestado atención en su momento. Noté en esta nueva lectura que había varias observaciones referidas al color de la piel de Ana. Debo reconocer que no “vi” ese detalle en el momento de la revisión in situ del cadáver, ni luego en la morgue. Tampoco cuando leí el informe final de la autopsia. Más allá de que todas las partes estuvieron expuestas a distinto calor o fuego, y de que eso modifica el color de la piel quemada, había comentarios del jefe médico forense que entonces no me habían llamado la atención, y en esta nueva lectura, sí. El informe hablaba de “color amarillo cobrizo en los pies” —que habían estado protegidos del fuego por el calzado que llevaban—. Volví a buscar el cuaderno, pasé las páginas con la esperanza de encontrar algo más: “¿Qué es un ‘amarillo cobrizo’?”, advertí que había escrito en un margen, con grandes signos de interrogación. Todos los cadáveres se ponen cianóticos debido a la falta de oxígeno en la sangre y, por lo tanto, azules; es un color similar al de un bebé cuando llora desconsoladamente, tanto que la sangre no bombea bien. Por eso el azulado de la autopsia de Ana no llamó la atención de nadie. ¿Pero por qué el amarillo cobrizo en algunos sectores del cuerpo tampoco disparó una alarma? En mi caso, un error por falta de experiencia; en el resto del equipo, por falta de pericia. O por corrupción, no hay que descartar esa variable; si sabemos, más aún quienes somos parte, que el sistema judicial no es inmune a la corrupción. El cadáver de una persona que tiene diabetes y registró un pico de glucemia puede presentar los dos colores. Ictericia, cianosis. Claro que no parece lógico que quien desmembró y calcinó los trozos de Ana Sardá haya querido ocultar una diabetes.
Me quedé pensando en esos colores. Guardé el informe del médico forense en mi mochila para tenerlo a mano. Estaba irritado, con cierto enojo conmigo mismo por no haber profundizado, treinta años atrás, esa línea acerca del color de las piernas de Ana. Me serví un vino, puse en una app del teléfono Naranjo en flor, cantado por Adriana Varela. ¿Viste, Betina, que cada tanto tomo un vino y escucho música? Me mata Adriana Varela. Ni bien terminó de sonar ese tango, saqué otra vez el informe de la mochila. Intenté buscar alguna pista diferente. Las extremidades inferiores y la cabeza presentaban quemaduras de primer y segundo grado. El tronco y los brazos estaban calcinados. Los brazos flexionados en lo que se conoce como “actitud del boxeador” o “del esgrimista”; para que se hubieran contraído de esa manera necesitaban haber estado expuestos a un calor o fuego que, sin dudas, no es el que apenas chamuscó cabeza y piernas. Si, además, el terreno no presentaba quemaduras compatibles con el estado de calcinamiento del tronco de Ana Sardá, definitivamente esa fracción de su cuerpo se quemó en otro sitio. ¿Por qué tomarse el trabajo de quemar el tronco de esa manera y luego regresarlo al baldío? Segunda copa de vino, di play: ahora Adriana cantaba Garganta con arena, y yo cada vez estaba más convencido de aquella hipótesis intuitiva de treinta años atrás: no hubo crimen sexual. Tanto la carbonización como el descuartizamiento habían tenido como objetivo disimular la verdadera causa de la muerte, que fue otra, no el estrangulamiento involuntario en medio de una violación, como concluyó mi jefe. ¿Quién quiso ocultar esa muerte anterior? ¿Por qué? ¿Qué hizo? ¿Qué le obligó a hacer a Ana? ¿Y ya no quién, sino qué mató a esa chica de diecisiete años? A veces, los interrogantes son muchos y no alcanza solo con preguntarse quién mató y por qué.
Me entusiasmó saber que conocería a la testigo que decía que Ana había muerto antes y en sus brazos. Alfredo Sardá me citó en su casa, un viernes por la tarde. Sabía que no encontraría a aquella niña que declaró motu proprio y que nadie escuchó, sino a la mujer en la que se convirtió, con memoria o sin memoria. Por un lado, me preocupaba que resultara ser una persona que desvariaba o hasta una mitómana; en el ejercicio de la profesión, me he cruzado con más de una y de uno, la mentira no es cuestión de género. La locura, tampoco; a pesar de que popularmente ellas tengan peor fama que nosotros, científicamente la chifladura está muy bien repartida. Pero, por otro lado, debía mantenerme abierto y receptivo, porque también cabía la posibilidad de que esa mujer-niña estuviera diciendo la verdad: que Ana hubiera muerto en sus brazos. Cabía la posibilidad de que sus recuerdos anteriores se correspondieran con los hechos, aunque luego de esos hechos su memoria ya no pudiera recoger más nada. Como una bolsa de mercado agujereada que uno cree que carga con papas y, mientras tanto, van cayendo, una a una, por el fondo. Si, efectivamente, Ana Sardá había muerto en los brazos de una amiga adolescente, ¿qué circunstancias podrían haber rodeado a esa muerte para que alguien se tomara el trabajo de despedazar un cadáver de la manera en que lo hizo? ¿Qué debía ocultar al quemarlo antes y después de cada corte? ¿Qué culpa lo hizo llamar con voz quebrada a la policía para informar el lugar donde estaba la muerta? En definitiva, ¿qué crimen se escondía detrás de este crimen?
En esa última pregunta, que abarca todas, se iba a concentrar mi interrogatorio a Marcela Funes, en lo que se escondía, en lo que seguía oculto. Y si ella respondía, sabríamos, por fin, cuál era el horror detrás del horror.