Catedrales
Capítulo 3
3
Yo no sabía cómo olía la sangre. Esa noche, supe: huele a metal. Quien cree que puede predecir el olor de litros de sangre de antemano se equivoca; ni la menstruación, por más abundante que sea, ni una herida, por más profunda que sea, huelen como olía la sangre de Ana.
La idea nunca fue cortar su cuerpo; pero llovía, entonces no quedó otro remedio. En realidad tampoco se trató de una “idea”, sino de improvisación, de decidir y de actuar ante un hecho consumado. Hicimos lo que pudimos; si salió bien, fue porque así Dios lo quiso y no porque nuestro plan haya sido inteligente ni el método apropiado. “Aparta de mí esa copa, pero hágase tu voluntad”. Estoy segura de que hoy, con lo que ha avanzado la ciencia, de nada habría servido tanto esfuerzo para ocultar el aborto de Ana. En pleno siglo XXI, con el uso del ADN en cuestiones forenses, todo salta a la luz. Treinta años atrás y en la Argentina —en el conurbano bonaerense, para ser precisa—, no. Reconozco que con Julián fuimos inconscientes y que nos ayudó la impericia de quienes trabajaron en el caso. También, que el padre Manuel haya hablado primero con el comisario a cargo y luego con el juez de la causa para pedirles —“como buenos católicos”— celeridad y discreción “por respeto a la familia de la víctima”. Sé que intercedió, porque él mismo le confirmó a Julián que hizo esa gestión por nosotros. El padre supo, bajo secreto de confesión de Julián, que Ana había muerto en un aborto; rezó por ella y pidió a Dios que la perdonara. Cuando fui a confesarme con él, unas semanas después, lo hice entre lágrimas: “Debí detener a Ana, no debí permitir que matara a ese niño”. Él me consoló y me dijo: “Dios es pura misericordia y perdona a quien se arrepiente, tenés la suerte de poder arrepentirte en vida. Tu hermana no pudo”. La noche en que murió Ana, después de estar varios minutos delante de casa con su cadáver en el baúl, por fin convencí a Julián de que pusiera en marcha la camioneta y arrancara. No fue fácil, seguía en estado de shock y el auto se le detenía, sin motivo aparente, cada dos o tres minutos. Yo no podía manejar, entonces no sabía hacerlo; aun sin haber conducido un coche en mi vida, no tengo dudas de que lo habría hecho mejor que él. Los dos estábamos devastados por la muerte de Ana y por las circunstancias que la rodeaban; pero la pena en Julián se convertía en desconcierto y confusión, en cambio en mí se trasformaba en un desapego que me permitía mirar con cierta distancia. Fue como si el dolor me hubiera anestesiado y así, alejada, desconectada emocionalmente, actuaba olvidando por completo que lo que cargábamos en el baúl era el cadáver de mi hermana. A los tumbos, fuimos avanzando por las calles empedradas de Adrogué, sin destino, sin saber qué íbamos a hacer ni a dónde llevábamos ese cuerpo. Durante las primeras cuadras, permanecimos en silencio. Julián, concentrado en conducir; yo, con la vista clavada al frente, en lo que aparecía a través del parabrisas. Era una noche desapacible, hacía rato había oscurecido y caía una llovizna tupida y constante. Los neumáticos, rodando sobre el empedrado mojado, hacían un chirrido que todavía hoy, cuando lo oigo, me recuerda a aquella noche. “Nadie se tiene que enterar de que Ana murió por un aborto”, dije, por fin, cuando Julián dobló por la avenida, y el empedrado cambió por asfalto. Él no respondió, sino que empezó a llorar otra vez. “Nadie”, volví a decir con firmeza, ignorando su llanto. Y luego le indiqué que condujera hasta el kiosco frente a la estación. Le pedí plata antes de bajar, yo había salido apurada y no llevaba más que el paraguas conmigo; por suerte, Julián traía su billetera. Bajé y compré una caja grande de fósforos. Y cigarrillos; no fumaba ni pensaba fumar, pero no quería dejar ninguna pista que alguien pudiera seguir y así llegar a nosotros. Cuando regresé al auto, le indiqué a Julián que arrancara; no le di una dirección, no me la pidió, seguimos conduciendo a la deriva. Sin embargo, yo ya tenía un plan. Por el momento, no quería ir a ninguna parte, sino que pasara el tiempo, que cada vez se cerrara más la noche, y que nadie en Adrogué anduviera por la calle cuando, por fin, necesitáramos estar solos para deshacernos de Ana. Ni bien percibí que Julián empezaba a tranquilizarse —al menos había dejado de llorar—, le expliqué los pasos a seguir: llevar el cuerpo al terreno baldío que estaba unas cuadras más allá de la parroquia y una vez ahí, quemarlo, hacerlo arder hasta que nadie pudiera encontrar una pista de aquello que había matado a mi hermana. Julián hizo todo lo que le pedí; estaba perdido, pero entregado a mis indicaciones. Cuando ya no se veía un alma por la calle, nos dirigimos al destino. De cualquier modo, me cercioré otra vez de que no hubiera gente merodeando por la zona; era muy tarde, y con ese clima resultaba difícil que algún vecino se aventurara a salir de su casa. El lugar elegido era un potrero abandonado a su suerte por problemas de sucesión desde hacía años, que algunos chicos usaban para jugar a la pelota, y algunos grandes, como basural. Cada tanto, había quien hacía fogatas en el terreno, cuando el pasto crecía mucho, cuando la basura acumulada empezaba a dar mal olor, o las ratas pasaban a las casas vecinas. Así que el fuego no iba a llamar la atención de nadie. Estacionamos, bajamos y abrimos la puerta trasera de la camioneta. Ver a Ana muerta me conmovió; una cosa era pensar en su cadáver, otra muy distinta tenerlo frente a mis ojos. Estuve un rato mirándola, sin poder hacer nada. Julián la había acomodado sobre unas frazadas que usaban en el negocio para proteger productos delicados, electrodomésticos que podían rayarse al ser trasportados. Pero no la había tapado. Ese rostro inerte ya no era Ana, la mueca rígida en los labios nada tenía que ver con su sonrisa. Cuando pude reaccionar, la envolví con los bordes de la frazada y luego le dije a Julián que la llevara. Él se la puso al hombro, como si cargara una alfombra enrollada, y se metió en el potrero. Me quedé un instante allí, en la vereda, verificando que nadie anduviera por la zona. Luego entré y le pedí a Julián que estacionara la camioneta a unas cuadras: para cuando apareciera el cadáver, era mejor que ningún vecino hubiera visto el transporte de Electrónicos Varela estacionado frente a aquel lugar. Intenté prender la frazada que envolvía Ana con los fósforos que había comprado. Encendí varios, uno detrás del otro. No fue fácil, el piso estaba mojado y seguía cayendo agua. La frazada ardía y al rato se apagaba. Cuando volvió Julián, lo mandé de regreso a la camioneta a embeber en la nafta del tanque algún trapo que encontrara: un pañuelo, una franela, un pedazo de otra frazada. Mientras tanto, seguí tratando de hacer que el cuerpo de Ana se quemara, con poca suerte. El cabello encendió enseguida, el olor a pelo chamuscado me resultó intolerable. Pero ninguna otra parte del cuerpo ardía el tiempo suficiente, y al rato se apagaban las pocas llamas que había. Dos o tres minutos después, Julián estuvo de regreso y me entregó una franela embebida en nafta. La puse sobre el regazo de Ana y la encendí. Ardió más que la frazada, aunque otra vez la lluvia y un viento que acababa de levantarse la apagaron. Empezaba a aceptar que iba a ser imposible hacer arder el vientre y las partes íntimas de mi hermana hasta el punto que nadie pudiera dilucidar si lo que pasó por su cuerpo había sido un aborto, una violación, una práctica sexual de riesgo o qué. Se me acababan los recursos. Tenía que encontrar un plan “B”. Se lo dije a Julián y se puso a llorar como un niño. “Pensá, Carmen, pensá, algo se te tiene que ocurrir”, dijo entre sollozos, declarándose inútil, dejándome toda la responsabilidad a mí. Y yo pensé, busqué alternativas con desesperación, la cabeza me trabajaba a toda velocidad, pero nada de lo que se me ocurría me cerraba. La única manera que me parecía razonable de hacer desaparecer los rastros del aborto era que el cuerpo de mi hermana ardiera. Y no se me ocurría ningún lugar cerrado adonde lo pudiéramos trasladar para luego hacer una fogata bajo techo, sin que con eso llamáramos la atención de todo el mundo ni, mucho menos, provocáramos un incendio. Si bien me entregaba a su designio, no terminaba de entender qué me quería decir Dios con tanta adversidad. “No era necesario que permitieras que ardiera el cuerpo entero, Dios mío, pero sí, al menos, que el trapo embebido en nafta hubiera logrado encender ese trozo”, me encontré diciendo un rato después con los ojos clavados en el vientre de Ana. Y al decir “trozo” se produjo una epifanía, por fin vi con claridad. Lo que tenía que hacer era llevar el pedazo del cuerpo de Ana que necesitaba calcinar a mi horno de cerámica. Ese horno levantaba temperaturas indicadas para achicharrar lo que fuera; sin dudas, tanto o más que una pira crematoria. Tendría que hacerlo con cuidado, no quería que su cuerpo se convirtiera en cenizas, sino que se quemara de modo que no se supiera qué le había pasado a mi hermana. Solo eso. Claro que Ana no entraba toda ahí. El horno tendría apenas medio metro de ancho. Lo había comprado porque creí que la cerámica —barro, arcilla o porcelana— era la práctica artística que me interesaba. Al tiempo, la abandoné, cuando me entusiasmé con hacer esculturas de metal de santos, ángeles o vírgenes, que luego pudieran ser exhibidas en el patio de alguna iglesia. Primero invertí en el horno y luego, con el afán de trabajar el cobre o el hierro, entregué mi aguinaldo entero a cambio de una amoladora inalámbrica de última generación. Calculé a ojo el pedazo de Ana que podría entrar en mi horno. Si cortaba en el cuello, que es una zona donde naturalmente es más fácil el corte, y en las articulaciones de las piernas, quedaría su tronco limpio para transportar y meter adentro sin dificultad. Solo tres cortes: cabeza, una pierna, otra pierna. No hacía falta trozar los brazos, no se trataba de cortar por cortar; con cruzarlos por delante, si el rigor del cuerpo muerto lo permitía, o acomodarlos a cada costado, bastaría. No tenía dudas de que el trozo que imaginaba entraría en mi horno. Le conté la idea a Julián. Primero se opuso y a los gritos; tuve que calmarlo de una cachetada, no podía permitir que nos descubrieran por su escandaloso ataque de nervios. Gritaba que le resultaba “aberrante”, “monstruoso” cortar en pedazos a Ana. A mí también, ¿o qué se creía? No se trataba de descuartizar a mi hermana por placer, como puede hacer un psicópata que disfruta en cada corte. Ni tampoco se trataba de cortarla para tapar un crimen, como puede especular un asesino. Se trataba, sí, de ocultar por qué murió, una muerte que no habíamos provocado nosotros, pero cuyo motivo, de salir a la luz, solo traería más dolor. Trozarla era, simplemente, una cuestión práctica. “¿Y qué otra alternativa se te ocurre?”, le pregunté a Julián cuando se recuperó de mi cachetada. No respondió. “¿Ves?”, dije, y al rato agregué: “No es Ana, tenés que pensarlo así. Ana ya no está”. Julián siguió sin contestar, agachó la cabeza y, falto del valor suficiente, clavó la vista en sus zapatos para no mirar el cuerpo de mi hermana envuelto en frazadas. “Eso que vemos es apenas su envase, la parte menos importante de lo que somos, lo que se deshecha cuando nos vamos. ¿Estamos de acuerdo?”, le pregunté para obligarlo a responder. Julián asintió con la cabeza sin mirarme. Yo seguí: “Está muerta, Ana ya se fue. Ya se fue, mi amor”. Recién ahí, cuando dije “mi amor”, Julián pareció reaccionar: levantó la vista, me miró, dio unos pasos hacia mí y me abrazó. Luego, me dijo al oído: “Yo no puedo hacerlo, no voy a poder”. Sin deshacerme de su abrazo, le respondí: “Lo voy a hacer yo”. Tapamos el cuerpo de Ana, fuimos a la camioneta y nos dirigimos juntos a mi casa. Ninguno de los dos podía quedarse de campana: Julián tenía que manejar, yo tenía que ir a mi taller a buscar la amoladora. No nos preocupaba que alguien entrara al baldío y descubriera el cuerpo de Ana: conocíamos a nuestros vecinos, eso era prácticamente imposible hasta que parara de llover y se hiciera de día. Pero rezamos a Dios para que no se acercara ningún animal a husmear debajo de la frazada. Nos pusimos en marcha, otra vez el chirrido de las ruedas sobre el empedrado. Llegamos en unos pocos minutos. Mi casa estaba completamente a oscuras. Supuse que mis padres ya se habrían acostado a dormir. Con seguridad, y para nuestra fortuna, aceptaron que Ana seguía durmiendo en su cuarto, hasta recuperarse de lo que mi madre creyó que era la regla, de otro modo habrían estado despiertos y alertas esperando que su hija pequeña regresara. A mí y a Lía, desde que habíamos terminado el colegio, ya no nos esperaban cada día; sabían dónde estábamos y respetaban una merecida independencia. Yo había mentido que iría a buscar un piloto y volvería tarde, Lía dormía por segunda noche consecutiva en lo de una amiga de la facultad. Si Dios quería, no tenían motivo para estar despiertos. Y Dios quiso. Le dije a Julián que fuera a dar una vuelta a la manzana mientras buscaba la amoladora. Justo cuando la camioneta aparecía por la esquina, yo cerraba otra vez la puerta de calle con mi carga a cuestas. Volvimos al terreno, corrimos la frazada. Le pedí a Julián que fuera a la calle a hacer de campana; no me parecía necesario controlar que nadie viniera, pero tenerlo ahí, a mi lado, a punto de desmayarse frente a lo que estaba por presenciar, era peor que hacerlo sola. Me paré a la altura del cuello de Ana, una pierna a cada lado de su cabeza, mirando sus pies, de manera de que su rostro quedara detrás de mí y no tuviera que verlo. Encendí la máquina, el disco diamantado empezó a girar. Acerqué el filo al cuello de Ana y lo apoyé sobre ella. Enseguida empezó a salir sangre. Abrí las piernas para no mancharme; fue imposible, ya resolvería después cómo deshacerme de esa ropa. Hundí la máquina en el cuello de mi hermana. Pasé la resistencia que opusieron sus huesos y seguí hasta que la cuchilla dio contra la tierra, del otro lado. El olor metálico de la sangre se me metió en la nariz. Di pasos torpes, con una pierna a cada lado de su cuerpo, dejando atrás su cabeza, sin mirarla aunque Ana ya no estuviera allí. Me agaché y desprendí su pantalón chamuscado, lo bajé hasta dejar al descubierto sus ingles. Al hacerlo, recorrí las piernas de Ana con la mirada y me llamó la atención ver que llevaba sus botas puestas. Por qué no. Las botas de una muerta. Las botas de mi hermana muerta. Sacudí la cabeza, volví a mi tarea. Ana estaba mojada y fría, el calor del frustrado fuego no la había encendido. El suyo era el frío de la muerte. Corté una pierna y luego la otra. Otra vez la sangre, otra vez los huesos haciendo resistencia, otra vez la cuchilla del otro lado de su cuerpo hasta hacer tope con el terreno. Ana, en pocos minutos, era trozos. Le quité la bombacha junto con el apósito ensangrentado y me los metí en el bolsillo, me dio mucho asco hacerlo, pero sentí temor de que en esa sangre hubiera restos del bebé abortado. Me acerqué hasta donde estaba Julián, le pedí que fuera al negocio a buscar plásticos para envolverla. Lo esperé allí. El olor a sangre ahora sí podía atraer a algún perro; tendríamos que tapar las partes de su cuerpo hasta nuestro regreso. Corrí el trozo que iba a llevarme hacia un costado, de manera que quedaron en línea la cabeza y las piernas con un espacio vacío en medio. Preparé el trozo que cargaría conmigo, evitando mirar el resto del cuerpo. Eso no era Ana, ni lo que yo manipulaba ni lo que quedaba. Levanté el tronco y lo sacudí para que terminara de salir la mayor cantidad de sangre posible, primero agitándolo boca arriba, luego boca abajo. Los brazos hicieron movimientos poco convencionales, impredecibles; de todos modos preferí dejarlos adosados a practicar nuevos cortes. Cuando casi ya no chorreaba, lo llevé hasta la entrada del baldío. Justo en ese momento, Julián bajó de la camioneta con dos rollos de plástico para embalar. Le pedí que fuera a tapar las partes que quedaban; pero cuando vio el tronco con los brazos, tuvo un vahído y vomitó. Era imposible contar con él para algunas tareas, le indiqué que subiera al auto otra vez. Desenrollé un poco de plástico, puse el tronco de Ana encima, y lo hice girar como si fuera un matambre. Cuando estuvo listo, le avisé a Julián. Metimos el trozo y el rollo en el furgón. Fui donde estaban los otros restos de Ana, desplegué el otro rollo de plástico sobre ellos. Busqué unas piedras para hacer peso y que el viento no lo volara. Y cuando estuvo todo listo, fui a la camioneta y volvimos a casa. Esta vez, le pedí a Julián que bajara conmigo. Eran casi las dos de la mañana, mis padres no se levantarían. En cualquier caso, él debía permanecer en la puerta del depósito donde estaba mi taller y si venían mis padres, avisarme. La excusa que fuera para justificar por qué estaba allí habría sido preferible a explicar qué estábamos quemando ahí dentro. Llevamos juntos el trozo hasta el horno y luego Julián salió. Desenvolví el paquete que había hecho, le quité la ropa que todavía llevaba puesta y la arrojé sobre los plásticos; metí el torso de Ana en el horno, lo acomodé, tuve que forzar la posición de los brazos para que quedaran dentro. No fue fácil, ese cuerpo ya no respondía a las órdenes que quería darle. Encendí el horno, lo puse a la máxima temperatura, 1200 grados, y esperé. Al poco rato, el olor a carne quemada fue más intolerable que el de la sangre de Ana. Me senté en el piso y lloré. Recé y pedí fuerzas. Controlé cada tanto abriendo la puerta del horno, me tapé la nariz con el brazo cada vez que lo hice. Repetí el control cada cinco minutos hasta que ese tronco tomó la forma de un pedazo de carne carbonizada de procedencia indeterminada. Me resulta imposible precisar cuánto tiempo estuve allí, junto al horno, contemplando la calcinación del cuerpo de mi hermana; puede haber sido poco rato, pero lo sentí una eternidad. Le pedí a Julián que se llevara los restos de plástico, la ropa de Ana, y que trajera otra frazada. Hice caer el tronco sin tocarlo, empujándolo con una pala de jardinería de papá que estaba en una esquina del depósito. El humo que salía de la carne chamuscada indicaba que pelaba de tan caliente. Lo envolví en la frazada. Le dije a Julián que lo llevara a la camioneta mientras yo recolectaba basura para poder simular que en ese horno se había quemado alguna otra cosa diferente del tronco de mi hermana; no había que descartar que alguien hubiera percibido el olor, y que, al día siguiente, yo tuviera que responder preguntas incómodas. Busqué unos cacharros de arcilla sin terminar que había dejado abandonados hacía tiempo, cuando empecé con los metales. Le puse la basura adentro. Si alguien preguntaba, inventaría algún procedimiento artístico de vanguardia que justificara mezclar arcilla con porquerías orgánicas. Encendí el horno cinco minutos y luego lo apagué. Me uní a Julián, que me esperaba en la camioneta. Llevamos el tronco que fue de Ana al baldío, lo cargamos juntos hasta depositarlo donde estaban la cabeza y las piernas. Corrimos el plástico que cubría lo que había quedado en aquel terreno. Acomodé el tronco en el centro para que se completara el espacio vacío. No había ni perros ni ratas, solo dos piernas y una cabeza que esperaban la pieza que faltaba. Por fin nos fuimos a descansar y a esperar que encontraran el cuerpo de Ana. Julián se encargaría de llamar por la mañana a la comisaría, no se identificaría, sería un llamado anónimo, indicaría el lugar exacto donde hallarla. En el trayecto hasta mi casa, le hice jurar que se desharía de los plásticos, la ropa de Ana, las frazadas manchadas de sangre y lo que llevaba puesto, como yo lo haría con mi propia ropa y lo que había guardado en el bolsillo. Y que lavaría la camioneta ni bien la llevara al garaje del negocio. Entré en mi casa; me dolía el cuerpo como si hubiera peleado con alguien y todavía siguiera sintiendo el estallido de los golpes contra mí. Por la ventana, vi alejarse la camioneta de Julián. Fui a mi cuarto sin encender ninguna luz, haciendo el menor ruido posible. Me acosté en mi cama. Sabía que esa noche nadie dormía en el cuarto de al lado. Aunque cerré los ojos y no volví a abrirlos, no pude conciliar el sueño. Había hecho lo que tenía que hacer, no me hacía reproches ni sentía culpa. Sin embargo, mi cuerpo estaba impregnado del olor de la sangre de Ana mezclado con el de su carne quemada. Cada tanto, cuando parecía que estaba por dormirme, en el filo de un sueño, la cuchilla vencía los huesos y yo me despertaba, sobresaltada, como si me hubiera caído en un pozo. Muy temprano a la mañana, escuché a mamá decir que Ana no estaba en su cuarto, y a papá responderle que llamara a la casa de sus amigas. Pero antes de que llegaran a hacerlo, sonó el teléfono; era la policía para anunciar que había aparecido el cuerpo de Ana quemado y descuartizado. Mi madre, entre gritos de dolor, repetía lo que le decían del otro lado de la línea: que lo habían encontrado en un baldío por un llamado anónimo. Julián había cumplido con su parte de la tarea a la hora convenida, y eso me alegraba; no quería que se extendiera la angustia de mis padres porque Ana no aparecía. Cuanto antes se iniciara el duelo por mi hermana, mejor. Los gritos de mamá me dieron el pie para salir de mi cuarto. Mi padre me abrazó y me dijo llorando: “Mataron a Ana”. Yo me quedé abrazada a él y me puse a llorar descontroladamente. No podía respirar, creí que iba a desmayarme. Empezaron a llegar vecinos que se iban enterando de la noticia. Alguien le avisó a Lía, que llegó cerca del mediodía. La vecina de enfrente dijo que ella había sentido olor a carne quemada, “como cuando queman cadáveres en una morgue”. Pero nadie le creyó porque “al cuerpo lo quemaron pasando la iglesia, cinco o seis cuadras después, no puede haber llegado el olor hasta acá”. Y la mujer se terminó convenciendo de que lo habría soñado o que su percepción se debía a una conexión paranormal con mi hermana muerta. Nadie preguntó por los potes de arcilla que estaban en mi horno. Dios quiso, esta vez quiso. No apartó de mí esa copa, pero yo hice su voluntad, no la mía. Nada más que su voluntad.