Catedrales

Anne Rice · Capítulo 9 de 22

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Catedrales

Capítulo 2

2

Entré al Sagrado Corazón de Jesús en tercer grado. En aquel momento era un colegio solo de mujeres, ya no. Ahora hay varones, según me dicen; me lo tienen que repetir porque lo olvido. No conocía a nadie. Me senté en el único banco que quedó libre, una vez que se sentaron todas las que serían mis compañeras. El sitio disponible estaba justo en el medio del salón. Después supe que ese había sido el banco que usaba la líder del grupo, Nadina, quien ya no estaba en el colegio porque se había ido a vivir a Brasil. Como toda líder, Nadina era amada por unas y odiada por otras. Aunque su banco había quedado desocupado en agosto del año anterior, seguía siendo su banco; ninguna compañera se había atrevido a usarlo: unas, por respeto; otras, por temor a que la líder regresara y le hiciera la cruz a la usurpadora; otras, por rechazo a cualquier energía que Nadina hubiera dejado impregnada en la madera. Aquel asiento vacío había sido una presencia aún más perturbadora que ella misma. Pero no quedaba ningún otro banco libre, así que con timidez e ignorando las circunstancias, avancé hacia él. En cada paso sentí que se sumaban miradas sobre mí, como cuando los fotógrafos disparan sus cámaras frente a una estrella del cine, uno tras otro, varios a la vez. No tenía idea de los motivos de esas miradas reprobatorias. Las sentía mientras caminaba. A pesar de ellas, tenía que seguir hacia mi banco, detenerme habría sido peor. Pensé que tantos ojos puestos sobre mí se deberían a que yo era “la nueva”. De todos modos, en la breve pero intensa caminata, chequeé errores posibles: que me hubiera puesto zapatos de distinto par, que tuviera la pollera enganchada y se me viera la bombacha, que me hubiera quedado alguna basura colgando de la nariz después de haber usado el pañuelo, o pasta dentífrica en los labios. Nada.

Durante días, ninguna de mis compañeras me habló. La que se sentaba a mi lado, cuando necesitaba algo, le golpeaba la espalda a la que tenía delante, o se daba vuelta y hablaba con la de atrás. Conmigo, ni por equivocación. La única mirada que, a veces, se posaba sobre mí, y yo sentía con una energía diferente, era la de Ana Sardá. Pero ella se sentaba muy lejos, en el último banco. Cada tanto, en algún momento en que me sentía a punto de romper en llanto, yo giraba hacia atrás, la buscaba y la encontraba allí, observándome, sin compasión y sin condena. Eso me alcanzaba. Alguna vez, recuerdo, me sonrió. Hasta en un recreo, podría jurarlo, estuvo a punto de venir a buscarme para que jugara con ella y su grupo, pero tocó el timbre, y tuvimos que entrar al aula.

Así llegué hasta las vacaciones de invierno, casi sin hablar con nadie. Quería que no terminaran nunca, no me sentía capaz de empezar otra vez, de entrar a clases y aceptar que estaba destinada a ese asiento que me condenaba a ser paria, más paria aun que cualquier chica nueva en cualquier colegio. La mañana en que, por fin y por desgracia, se reiniciaban las clases, ingresé al edificio del Sagrado Corazón con un terrible dolor de estómago. Estuve a punto de faltar; mi madre no me dejó. En el patio, antes de pasar a las aulas, vi a Ana hablando con la maestra, su actitud no era la de una charla común, parecía que tramaban algo. Tuve la sensación de que, cada tanto, las dos me miraban. Yo estaba sola, como siempre; había llevado conmigo una revista de historietas que me sabía de memoria, solo para hojearla fingiendo interés y evitar así prestar atención a mi alrededor. Era una de las tantas estrategias que se me habían ocurrido durante las vacaciones para poder disimular mi soledad cuando volviera a clases y a mi banco maldito. Justo antes de que tocara el timbre para que entráramos, Ana vino a saludarme. Apenas dijo: “Hola, ¿cómo estás?”, y me sonrió; pero ese gesto me dio alguna esperanza. Al pasar al aula, para nuestra sorpresa —excepto la de Ana, que no solo sabía, sino que probablemente había sido quien tuvo la idea— la maestra pidió que no nos sentáramos todavía. Y nos indicó que permaneciéramos paradas junto al pizarrón. Cuando estuvimos todas acomodadas en el frente, dijo que quería hacer algunos cambios “en el espacio escolar” y nos hizo mover los bancos para que, en lugar de hileras, formaran un semicírculo en el que pudiéramos vernos entre nosotras y a la vez ver el pizarrón. Ella misma movió varios pupitres con energía y rapidez; después de esos movimientos, fue muy difícil saber qué banco había sido de quién. Cuando la nueva disposición del aula estuvo lista, la maestra nos pidió que nos sentáramos. Otra vez, me quedé a un costado esperando que todas eligieran. Pero, de pronto, me di cuenta de que Ana, sentada en el sector izquierdo del semicírculo, había reservado un lugar junto a ella y me hacía señas para que fuera a su lado a ocuparlo. Sin vacilar, lo hice y sentí que, por fin, era parte de ese grupo, de esa aula, de ese colegio. A partir de entonces, Ana y yo nos declaramos mejores amigas y nunca nos separamos. Hasta su muerte.

En el tiempo de nuestra adolescencia, cuando creíamos que teníamos toda una larga vida por delante, las dos nos enamoramos varias veces. Nos contábamos todo lo que sentíamos con detalle: qué, cuánto, cómo y a quién amábamos. También qué, cuánto, cómo y por quién sufríamos. A veces como un juego, otras veces con mayor intensidad, aquellas primeras experiencias no pasaban de ser un amor ingenuo, esperanzado, de alguna manera infantil. Estábamos más enamoradas del amor que de la persona en cuestión. Pero ese año, el año de la muerte de Ana, ella conoció otro tipo de sentimiento. ¿Era amor? Me lo preguntaba entonces y me lo sigo preguntando ahora. En el verano nos habíamos visto poco; yo había pasado casi dos meses en la casa de mi familia en el campo, mi abuela estaba enferma y mi mamá había querido pasar la mayor cantidad de tiempo posible con ella. Recién nos encontramos otra vez en marzo, a unos días de empezar las clases. Ana, entonces, me confesó que estaba enamorada. “Perdidamente enamorada”, dijo. Y cuando pregunté: “¿De quién?”, y ella se negó a darme el nombre, empecé a sospechar que el “perdidamente” no se refería a lo mucho, a la gran intensidad en el sentimiento, sino a su sentido literal: el amor que sentía Ana la había perdido. “¿Él no te quiere?”, preguntaba yo, avanzando solo hasta donde ella me dejaba. “Me quiere, pero no me puede querer”, me contestaba mi amiga. Y yo sufría con ella, aunque no entendía bien por qué no se puede querer a alguien a quien se quiere. Varias veces más, tímidamente, insistí con la pregunta prohibida: “¿Quién es?”. Ana no respondió, nunca, se disculpaba, se sentía mal por no poder hacerlo, le había prometido a él que no lo diría, “se lo juré”. Repetía una y otra vez: “Perdoname, él no puede”, sin confiarme su nombre.

Me di cuenta, entonces, a nuestros diecisiete años, de que empezaría a haber secretos entre nosotras, de que crecer era también eso: cada una mantendría una parte de su mundo privado en secreto. Lo irremediable de esa revelación —sentir que de alguna manera comenzábamos a separarnos— me hizo doler en algún lugar del cuerpo, como me dolía cuando en tercer grado me sentaba en el banco de Nadina y nadie me hablaba.

Hice una lista de todos los hombres casados que conocíamos, de quienes yo suponía que podía estar enamorada Ana. Y de los que estaban “muy” de novios. Profesores del colegio, hermanos de amigas, primos. Padres de amigas no puse porque me daba asco de solo pensar que Ana pudiera estar enamorada de alguno de ellos. Ponía al lado del nombre la numeración que indicaba si me parecía posible o improbable que el calificado fuera receptor del amor de mi amiga. La numeración iba de uno a cinco. La mayoría tenía el número uno: “Imposible”, o el dos: “Poco probable”. Alguno el tres: “Probable”. Por ejemplo, un profesor muy joven, recién recibido, que había venido a hacer una suplencia de unos meses y al que le habíamos puesto de apodo “Indiana Jones” por su parecido con Harrison Ford. Ninguno con cuatro puntos: “Muy probable”, ninguno con cinco: “Este es”.

La relación que mantenía Ana con su enamorado secreto nos fue distanciando en lo cotidiano. No es que nos quisiéramos menos, la amistad estaba intacta, pero dejamos de compartir momentos, anécdotas, gustos, risas. No sé si se veían tanto; ella estaba siempre “a su disposición”, a la espera de un llamado, alerta por si podían llegar a encontrarse o llorando porque no. Mi amiga tenía la cabeza tomada por su propia situación; nada que yo le contara le interesaba, ninguna cuestión fuera de su enamoramiento y los problemas que le traía esa relación secreta era tan importante como para ganar su atención. En algunas ocasiones, me daba cuenta de que Ana me miraba con los ojos perdidos mientras le hablaba, era evidente que simulaba prestar atención aunque no escuchaba lo que yo le estaba diciendo. No lo hacía solo conmigo, también con los profesores en la clase, con otras amigas en reuniones y salidas. Yo me preguntaba en qué o en quién estaría pensando. Sabía que pensaba en él, ¿pero quién era él? Nunca me lo dijo. Sin contarme mucho más que cuánto lo amaba, Ana me hizo su cómplice en esta relación. Cada tanto me llamaba y me decía: “Si me buscan mis viejos, estoy durmiendo ahí”. No sabía qué es lo que hacía, si realmente se encontraba con él o si salía por las calles a buscarlo sin rumbo cierto, a espiarlo, o esconderse detrás de un árbol hasta verlo pasar. En cualquier caso, yo rogaba que sus padres no la buscaran porque, por aquel entonces, yo no sabía mentir. Ahora sí, ahora tengo que llenar lagunas. Antes, cuando todavía recordaba, la mentira me hacía sentir culpable, y la culpa me pintaba de rojo la cara.

Poco antes de morir, Ana tuvo un breve período de esplendor, se la veía contenta, radiante. Me dijo que creía que finalmente todo se iba a solucionar, que él estaba decidido a ser un hombre libre, que le había asegurado que no quería seguir viviendo como estaba viviendo hasta entonces. No le habló de compromisos. Ana tenía diecisiete años y lo entendía, o al menos eso dijo. Pero estaba convencida de que, si se daba como él lo tenía planeado, podría contarme —primero a mí y después al mundo entero— a quién amaba. Ana hablaba de futuro, de irse a vivir lejos, tal vez a estudiar en otro país, algo en lo que yo ni siquiera había pensado todavía.

Sin embargo, en poco tiempo, lo que parecía una comedia romántica se convirtió en un drama. Mi amiga tuvo un atraso. No se dio cuenta enseguida, porque tenía menstruaciones irregulares; había sido la última de la clase en indisponerse, y el ciclo no se le había acomodado del todo. Yo, en cambio, menstruaba desde los once años y tenía sangrados abundantes exactamente cada veintiocho días. A ella la regla la tomaba de sorpresa. Para cuando notó que hacía rato no se indisponía, ya llevaba varios meses de amenorrea. Lo cierto es que, en el momento en que esa falta y la hinchazón de los pechos le resultaron suficientemente sospechosos, se lo contó a él. Esperaron; los días seguían su curso, y el sangrado no aparecía. Mientras tanto, intentaron algunas pruebas caseras. No querían arriesgarse a un análisis de laboratorio en el que había que dejar registrado el nombre y el número de documento. En aquella época recién empezaban los test rápidos de embarazo y no estaban a nuestro alcance. Uno de los métodos caseros que probaron fue poner el primer pis de la mañana en un recipiente con vinagre y dejarlo veinte minutos en reposo: si quedaba igual, no estaba embarazada; si tenía espuma, sí. Tuvo espuma, mucha. Hicieron lo mismo, pero con jabón; el método era similar, la espera y el resultado: otra vez hubo espuma. Esa media certeza, basada en una espuma poco confiable, los angustió. Entonces, él consiguió una enfermera que le sacó sangre a Ana y la llevó a una prueba en el hospital en el que trabajaba, bajo un nombre falso. La espuma no había fallado: Ana estaba oficialmente embarazada.

Recién cuando se lo confirmó la prueba de laboratorio, me lo contó a mí, llorando, una tarde que vino a hacer la tarea a casa. Yo contuve las lágrimas, aunque hubiera llorado con ganas también. La cabeza me giraba a alta velocidad, mientras trataba de asimilar lo que acababa de oír: mi amiga, casi una niña como yo, estaba embarazada. “¿Pero ustedes…?”, no podía completar la pregunta. Recién al rato de saberla embarazada, me di cuenta de que Ana se había iniciado sexualmente y que nunca habíamos hablado de eso. Por un momento, me preocupó más la constatación de que nuestra nueva amistad adulta incluiría secretos, que ya no nos contaríamos todo lo que hacíamos con lujo de detalles. “Sí, cogimos, Marcela”, respondió Ana sin necesidad de que yo completara la pregunta. “¿Cuándo?” “Muchas veces”. “¿Y no se cuidaron?” “Nos cuidamos, pero falló”. “¿Cómo?” Ana no respondió. Solo volvió a decir: “Nos cuidamos”, y yo no le creí. La abracé. Entonces sí, después de abrazarnos, lloramos juntas, mucho rato, casi toda la tarde.

Pasaban las horas, y no me atrevía a preguntarle cómo iba a hacer, cuándo se lo iba a decir a los padres, si él finalmente se iba a separar o pensaba tener dos familias. Tampoco me animaba a preguntarle si era lindo coger, si dolía, si el placer era mayor que el dolor; el embarazo de mi amiga había eliminado la posibilidad de hablar de qué se siente al estar en la cama junto a otro cuerpo. En distintas circunstancias, se lo habría preguntado; pero Ana había pasado tan rápido del descubrimiento del sexo al horror de su embarazo, que hacerlo me pareció una puñalada. Cuando ya creía que no tocaríamos el tema del placer, antes de que anocheciera, en un descanso de la tarea, recostadas sobre mi cama y sin más lágrimas por derramar, Ana me confesó: “Lo quiero tanto, tanto, que pienso en él y me duele el pecho. Y él me quiere a mí del mismo modo. No sabés lo lindo que es que te quieran así”. La escuché en silencio, quise quedarme con eso, con el amor, aunque doliera en el pecho, aunque lastimara, y por un momento me pareció que todo iba a estar bien. Me equivoqué, el remanso duró poco y, al rato, Ana estaba llorando otra vez. “¿Cómo van a hacer?”, pregunté. “Me lo voy a sacar”. No entendí. “No lo voy a tener, Marcela. Voy a abortar”, dijo para que no hubiera confusiones. La palabra “abortar” me impactó, sentí miedo. “Abortar” era una palabra que no usábamos. Una palabra sucia. Ni siquiera sabía si se escribía con be larga o ve corta: nunca había visto escrita la palabra aborto en ningún libro, en ninguna revista. Jamás la mencionó una profesora en el colegio. Si hubiéramos preguntado, nos habrían dicho que era pecado y, sin muchas más explicaciones, nos habrían mandado a la dirección o a rezar padrenuestros. Pero a quién se le podía ocurrir preguntarle algo así a las monjas. “¿Y cómo se hace para abortar, Ana?”, le pregunté. “No sé. Él va a averiguar en detalle, me va a explicar y me va a dar la plata, yo no tengo tanta. Igual me dejó libertad de decisión, no quiere decidir por mí”. “Que no decida, pero que te acompañe en la decisión”, me atreví a decir. “Él no puede”, respondió Ana. Él jamás podía, ni mostrarse, ni dar su nombre, ni decidir. Esa supuesta libertad que le daba a Ana me irritó; de ese modo, la responsabilidad quedaba exclusivamente en ella. Y la culpa, si es que él la sentía. Se lo dije a Ana, y se enojó conmigo: “Vos no lo conocés, él lo hace por mí”. “¿Si lo quisieras tener, estaría dispuesto a separarse o, al menos, a reconocer que es el padre?”

“No puede, ¿cuántas veces te lo tengo que decir? Y además, yo no quiero. Así que esa opción no existe. Tengo diecisiete años, me indispongo hace dos, ni siquiera sé si quiero ser madre algún día. ¿Vos querés ser madre, acaso?” “No sé, nunca lo pensé así, de verdad”. “Marcela, en esto estamos solas, ¿no entendés? Vos también vas a estar sola cuando te pase”. No, no entendía, no sabía si me hablaba del amor, del sexo, del aborto o de ser madres. ¿Solas cuándo? ¿Solas siempre?

Un rato después, cansadas de darle vueltas al asunto, fingimos que nos concentrábamos —una vez más— en hacer la tarea. Parecía que las horas no pasaban, interminables; ya no entraba ni un hilo de luz por la ventana, así que no cabía duda de que se había hecho de noche. Ana me preguntó si podía quedarse a dormir en casa, y le dije que claro que podía. Llamó a su casa para avisarles a los padres. Comimos en mi habitación, le dije a mi mamá que estábamos retrasadas y queríamos seguir trabajando mientras picábamos algo. “¿Cuándo vas a saber cómo se hace?” “Creo que mañana, él me dijo que si decido hacerlo lo haga rápido, porque después es un lío tremendo”. “¿Te dijo «lío»? Qué palabra tonta para referirse a esto”. Otra vez, a Ana le molestó mi comentario. Otra vez trató de excusarlo: “Es que, en el fondo, le cuesta hablar de lo que nos pasa. Sobre todo, de lo que voy a tener que hacer, le hace mal”. Se tomó unos minutos antes de continuar. “Me da mucha pena. No está de acuerdo con el aborto, es muy católico, para él es algo prohibido. Pecado. Pero está dispuesto a hacerlo por mí, me acompaña en lo que yo decida”, dijo, y traté de incorporar toda la información que me estaba dando acerca de ese hombre que yo detestaba: víctima, católico, irresponsable. “Si lo quisieras tener, no te acompañaría”, insistí. “Soy yo la que no quiere”, remató Ana con un tono cortante, y dio por terminada la discusión.

Lo odié, sin conocerlo lo odié, qué fácil era decirse católico y dejarle la decisión a Ana, una chica de diecisiete años que hasta hacía unos meses era virgen. Mientras tanto, el tipo vivía en la mentira, y eso no le parecía de mal católico. “¿Va a ir con vos? Cuando lo hagas, ¿te va a acompañar?”, pregunté después de un rato, cuando supuse que a Ana se le había pasado el enojo conmigo. “Sí, claro, me va a acompañar”, me respondió. “No vayas sola”, insistí, dudaba del real compromiso de ese hombre, lo dudé hasta el último minuto. Nos abrazamos otra vez. En el abrazo, lloramos. “Si llegás a necesitar que te acompañe, o lo que sea, avisame, yo puedo”. “Gracias, yo sé que cuento con vos. Pero no va a hacer falta”.

Poco antes de la medianoche nos metimos en la cama. Di muchas vueltas antes de dormirme. Ana, en cambio, estaba quieta; yo no sabía si dormía o apenas estaba ausente. Antes de que me venciera el sueño, la llamé: “Ana…”. “Hum… ¿sí?”, balbuceó; creo que la desperté. Giré hacia su lado, me acerqué a su oído. Hablé en voz baja: “Yo haría lo mismo, si estuviera en tu lugar, haría lo mismo”. Ana suspiró y se acurrucó sobre mí. Dijo: “Te quiero, amiga”. Y así, abrazadas, nos dormimos.

Al día siguiente fuimos a la escuela juntas, desde mi casa. Caminamos las cuadras en silencio. Ahora yo también tenía la cabeza tomada, ahora yo tampoco podía pensar en otra cosa que no fuera el embarazo de Ana. No era mi vida, era la de ella, pero sufría como si lo que le pasaba a mi amiga nos estuviera pasando a las dos. Las horas de clases resultaban interminables y, a la vez, no quería que terminaran nunca porque, a medida que transcurría el día, el aborto se hacía inminente, como si alguien hubiera dado vuelta un reloj de arena y solo quedara esperar hasta que cayera el último grano. A la salida del colegio, yo me fui a casa, y Ana a encontrarse con él para que le contara lo que había averiguado. Tuve la fantasía de seguirla, de caminar escondida detrás de ella y así descubrir quién era ese hombre que había cambiado la vida de mi amiga para bien y para mal. Pero no lo hice, nuestra amistad valía más que mi curiosidad. Hacia el final de la tarde, Ana llamó a casa: “Es mañana temprano, ya está, ya se termina”. Parecía aliviada, me alegré por ella, me alegré por mí. Quería que terminara el sufrimiento para mi amiga. Y que si nuestra amistad ya no iba a ser como era antes, al menos consiguiera un nuevo equilibrio. “Te acompaña él, ¿cierto?”, quise confirmar. “Sí”, me dijo, “me acompaña él”.

Esa noche dormí muy mal, me desperté sobresaltada varias veces, me costaba volver a conciliar el sueño. Me levanté y caminé por la casa, hubiera ido en camisón y pantuflas hasta la casa de los Sardá, estaba segura de que Ana tampoco dormía. Cada vez que me desperté, recé por ella: le pedí a Dios que la protegiera, que no le pasara nada, que todo fuera muy rápido, que no le doliera. Y que después no se le notara. ¿Se notará un aborto?, me pregunté en medio del insomnio. ¿Dejará una marca que lo delate? No tenía la menor idea. No sabía cómo era el procedimiento que le iban a practicar a mi amiga, dónde, cuánto duraría; iba él, y eso estaba bien aunque yo lo odiara. Ya me contaría luego, para saber, para compartir su experiencia, por si algún día me pasaba a mí lo mismo.

Me levanté un poco más temprano que de costumbre y me vestí, no tenía sentido seguir despierta en la cama. Cuando estaba por salir, tocaron el timbre. Vino mi madre y me avisó que me buscaba Ana. Traté de disimular mi asombro y la angustia que me provocó preguntarme por qué ella había venido a mi casa, cuando tenía que estar haciéndose “eso”. Me apuré, agarré mis cosas y salí como si fuéramos juntas al colegio. Ana también estaba vestida con el uniforme. “¿Se suspendió?”, le pregunté. “¿Me podés acompañar?”, preguntó a la vez ella; tenía los ojos hinchados, era evidente que había llorado toda la noche. Rezar por Ana no había funcionado. A veces, rezar funciona solo para calmar los nervios, repitiendo una oración que ayuda a no pensar en otra cosa. Se me aflojaron las piernas, no soy valiente, pero dije: “Sí, te acompaño”. Y cerré la puerta detrás de mí.

Caminamos despacio, agarradas de la mano. “¿Tenés miedo?”, pregunté. “Sí”, me respondió ella, y yo le apreté la mano más fuerte. Ana había buscado la dirección del lugar que le había conseguido él en una guía Filcar de su padre, y había arrancado esa hoja. La traía con ella, me la dio para que pudiera guiarnos como si fuera un mapa. Se lamentó de haberle arruinado la guía al padre, pero estaba tan nerviosa que temía confundir el camino. Analicé la ruta a seguir: se podía ir a pie, aunque no era tan cerca; quedaba a unos cuatro kilómetros de nuestras casas. Nos tomaría una hora llegar, no había ningún colectivo que nos dejara cerca. Tal vez, una hora y media. El lugar estaba ubicado en una zona por donde nosotras nunca íbamos, algunas calles todavía no tenían asfalto. A medida que avanzábamos, aparecían más perros sueltos que los que había por nuestro barrio, los autos estacionados lucían viejos y deteriorados. No pregunté por qué él no la había acompañado, no supe cómo hacerlo sin maldecirlo. A medio camino, Ana necesitó contármelo. “Decidimos que era mejor que no viniera”. “¿Por qué?” “Por si alguien lo ve conmigo y lo reconoce. No es bueno que lo vean entrar en esa clínica”. “¿Y a vos?” “Para mí no es tan grave, a mí no me conoce nadie”, dijo. “¿Mirá si nos ve alguien que le cuenta a tu mamá o a la mía? Para mí tampoco es fácil”, no fue una queja, quería que ella tomara conciencia de que a él le perdonaba todo, que no le exigía lo que nos exigía a los demás. “Si no querés, andate”, respondió Ana, enojada. “Sí quiero, solo me molesta que no haya querido él”. “Quiere, pero no puede”, repitió la letanía una vez más. Y yo callé, estaba harta de escuchar esa frase que funcionaba como el salvoconducto de un señor que no conocía ni, a esa altura, quería conocer. No tenía sentido amargarla con lo que yo pensaba de él y confirmaba a cada paso.

Ana me contó que lo habían resuelto la noche anterior, muy tarde. Él la mandó a llamar, no pregunté cómo; ella salió a escondidas de la casa y se encontraron en algún lugar seguro, tampoco me dijo dónde. Él le planteó sus dudas, qué harían si alguien lo reconocía, que si eso sucedía la más perjudicada iba a ser ella, que Ana podía pasar desapercibida sola, que a su edad nadie se iba a imaginar que estaba por hacer algo así. Su “algo así” me sumó rencor hacia él, “algo así” era de lo que quería protegerse. Caminamos un rato en silencio, despacio, estábamos demasiado cerca y las dos lo sabíamos. Caían los últimos granos de arena del reloj. Ana llevaba en la mochila un sobre con la plata, las instrucciones y la dirección del lugar que él le había dado la noche anterior. “Él lo pensaba traer hoy; por suerte lo tenía encima, y cuando decidimos que mejor no viniera, me lo dio”. Rogué en silencio que no lo mencionara más. Lo odié otra vez, con fuerza, ya era un odio continuo. Para mí estaba claro que ese hombre, al que no podía ponerle nombre, había ido a encontrar a Ana con la decisión tomada de que no la acompañaría. Pero le hizo creer a ella que lo decidieron juntos. Me dio mucha pena que ese fuera el primer amor de mi amiga. No sabía que además sería el último.

Cuando llegamos a la dirección indicada en el papel, se la señalé y guardé la hoja que hacía de mapa en el bolsillo. La clínica no era una clínica, apenas un chalet mal mantenido, con el pasto crecido y la pintura descascarada. Ella me pidió que, antes de tocar el timbre, diéramos una vuelta a la manzana, por si alguien nos seguía o por si nos estaban espiando desde alguna ventana. Yo quería entrar cuanto antes y terminar con eso de una buena vez, pero era evidente que Ana necesitaba juntar valor. Hice lo que ella quería sin ningún comentario, solo la seguí. Al regresar, después de dar toda la vuelta en silencio, temí que aún no estuviera lista; sin embargo, mi amiga, resignada, no pidió plazo adicional. Como si en esa vuelta Ana hubiera aceptado que ya no tenía otro remedio que entrar, se metió al porche y tocó el timbre con decisión. Alguien entreabrió la puerta, no llegué a verlo, apenas oí lo que dijo: “Vayan por el garaje”. Después de esa frase desapareció, dando un portazo en nuestra cara. Quedamos un poco desorientadas, a merced de lo que hicieran los que estaban adentro de ese chalet y que aún no veíamos. Unos minutos más tarde, se abrió el portón del garaje, y entramos. No había ningún auto. Solo una mesa angosta, con un hule arriba. Y una sábana rosa, doblada, en la cabecera, junto a una pequeña almohada. En una mesita auxiliar, a un costado de la improvisada camilla, había elementos de instrumental médico, de los que desconocía el nombre. Y apósitos, muchos apósitos. En el piso, una palangana de metal. Varias filas de estantes —con herramientas y otros trastos— adosadas a una de las paredes, como si además usaran el lugar de depósito. En la otra, un crucifijo de madera, sin Cristo crucificado, solo la cruz.

La médica que estaba esperándonos —si es que lo era— le dijo a Ana que se desvistiera, que se pusiera una bata raída que alguna vez debió de haber sido rosa como la sábana, y que se acostara sobre la mesa. “Pero antes, linda, dame la plata, así si después estás un poco boleada por los calmantes, no se te complica. ¿O la tiene tu amiga?” La mujer me miró, no me olvido de su cara: estaba seria, sin un gesto que me trasmitiera ningún mensaje diferente del que acababa de decir; cada movimiento que hacía era, evidentemente, un paso más de un trámite que repetía con frecuencia. Ana tomó el dinero de su mochila y se lo dio. La mujer lo contó y lo guardó en el bolsillo de su camisolín. Luego mi amiga se desvistió y se acostó sobre el hule. La mujer le indicó que se tapara con la sábana, mientras ella preparaba “el material”. Así lo llamó. “¿Querés esperar afuera?”, me dijo a mí. “Al que llamó le dijeron que hay que venir acompañada”, respondí. “Eso es para después, por si tu amiga queda mareada, para que no se vaya sola”, me aclaró, mientras le pasaba un algodón embebido en alcohol al instrumental. Miré a Ana, que a su vez me miraba a mí; ya estaba recostada sobre la mesa, tensa. En sus ojos había súplica. “Me quedo adentro”, respondí. La médica me señaló un banquito de madera y me dijo que, si quería, podía sentarme ahí de espaldas, “para que no te impresiones, que si te desmayás acá, no hay nadie para atenderte”. No le respondí; avancé hacia la camilla, me detuve en la cabecera, agarré la mano de Ana y me quedé allí, junto a mi amiga, la cara hacia el frente, de espaldas a la médica y a lo que iba a hacer. Mis ojos en los ojos de Ana, hasta que se quedó dormida; ni bien la venció la anestesia, subí la mirada y dejé la vista clavada en el crucifijo. Permanecí, el tiempo que duró el procedimiento, así, sin moverme. No recé, estaba controlando que ese dios, aun ausente del crucifijo, no me fallara. Ni a mí, ni a Ana. Mientras tanto, con la mano libre abollaba la hoja de la guía Filcar que tenía en el bolsillo. No vi nada de lo que le hizo esa mujer, pero escuché. Antes de empezar, entró alguien, seguramente una asistente. La médica le dijo: “Alcánzame la sonda, Patricia”, y luego: “Qué cerrada está esta chica”, y luego: “Me está haciendo empujar más de la cuenta la chiquita”, y luego: “Carajo”, y luego: “Muy bien, linda, ahí empieza la contracción”, y luego: “Ahora el sangrado, excelente. Cuánto, madre mía, qué cantidad. Ya va a salir todo”. Y después, silencio.

No sé cómo aguanté tanto tiempo ahí parada, no sé cómo no me desvanecí, no sé cómo no agarré a Ana y la saqué de ese lugar ni bien escuché la palabra “sonda”. Pero no hice nada de eso. Y cuando mi amiga abrió los ojos, yo seguía impávida, quieta, parada junto a la cabecera de esa improvisada camilla, agarrada a su mano. La médica le dijo que se levantara con cuidado, que se vistiera; le dio un manojo de apósitos y algunas indicaciones. Cuando nos íbamos, le advirtió que iba a seguir sangrando unos días: “Tranquila, vas a largar hasta el último restito, todo va a estar bien”.

Nos fuimos caminando. Yo no había tomado conciencia de que ir hasta allá implicaba la misma caminata de regreso. En el estado en que estaba Ana, volver a pie fue épico. Tuvimos que parar varias veces, tardamos el doble del tiempo que nos llevó la ida. La sangre le manchó la ropa. Le propuse ir a mi casa, mis padres no estarían, los dos salían a trabajar a media mañana. Ana no quiso, dijo que iba a tratar de ubicarlo a él, que necesitaba verlo. Me dio mucha rabia; ese tipo no había estado, yo había soportado la horrible mañana junto a ella y Ana lo único que quería era estar con él. “¿Eso es el amor?”, me pregunté. No tenía respuesta propia, yo no sabía lo que era el amor. Apenas podía imaginármelo gracias a mis pocos “enamoramientos” adolescentes. O por lo que había visto en el cine o leído en alguna novela. Pero sabía que si la respuesta era afirmativa, si eso era el amor, entonces nos habían engañado. Porque así, como lo vivía Ana, el amor no tenía nada de prodigioso.

Me dolió el estómago el día entero. A la situación vivida se sumaba mi preocupación por que mis padres se enteraran de que no había ido a clases. Me metí en la cama. Cuando llegó mi madre, le dije que al volver del colegio me había acostado porque me sentía mal. Me tomó la fiebre, por supuesto no tenía, “es cierto que tenés mala cara, debés estar incubando algo”. Me hizo sopa de arroz, mi madre curaba lo que fuera con sopa de arroz. Me dormí temprano, estaba agotada. Al día siguiente, Ana no fue al colegio. No me preocupó que faltara, parecía lógico que a las veinticuatro horas de hacerse un aborto no estuviera en condiciones de presentarse en el aula. Pero de todos modos, cuando terminó el día, fui hasta la casa. La madre me dijo que estaba acostada, durmiendo, que se sentía mal: “Pasó el día entero así, con mucho dolor de vientre y tiene muy mal color. Asuntos femeninos. También se puede haber pescado algún virus, no digo que no. Mejor no despertarla y que duerma lo más que pueda”. Me quedé muda, preferí eso a decir algo inconveniente. No podía siquiera asentir, sabía que cualquier hipótesis que Ana hubiera planteado respecto de su malestar era mentira. Tampoco me llamó la atención que se sintiera tan mal; en ese curso de aprendizaje acelerado y solitario de aborto precario, había aprendido que si te meten una sonda te provocan una contracción, te hacen sangrar y sale lo que está adentro; pero además que, cuando te vas, sigue sangrando, mucho, te duele la panza, te cuesta caminar, y creés que te vas a desmayar o a morir. Coincidí con la madre de Ana en que era conveniente dejarla dormir; y si dormía hasta el día siguiente, aun mejor.

Me fui para mi casa, me hubiera gustado contarle a mi madre lo que estaba pasando. La miré dos o tres veces durante la tarde con los ojos llorosos, me quedé junto a ella. Aunque yo no podía decirle, tenía la esperanza de que, tal vez, ella adivinara. Mi mamá solía adivinar qué me pasaba, y el aborto de Ana también me estaba pasando a mí. Pero aquel día ella había tenido una discusión con el director del colegio donde daba clases de Geografía y, además, se había traído una pila enorme de exámenes para corregir. Mamá estaba demasiado enojada con el mundo como para advertir que a mí me pasaba algo.

Poco antes de que terminara la tarde, sonó el timbre. Desde la cocina, mi madre gritó: “Marcela, ¿podés atender?”. Y yo fui; detrás de la puerta estaba Ana, irreconocible. La cara se le había puesto de un color rarísimo, un color sucio, en algunas zonas amarillento. Transpiraba. La toqué, y hervía. “¿Me podés acompañar? Tengo miedo de no poder llegar sola”. “¿Adónde?”, le pregunté. “A encontrarme con él”. “Estás muy mal, Ana, te tiene que ver alguien que sepa”. “Él me va a llevar; me dijo que, si estoy tan mal, me tiene que ver un médico”. Eso, en cierta forma, me tranquilizó; Ana necesitaba que la vieran con urgencia, era evidente, y que ese señor que nunca podía nada se hiciera cargo de la situación y la llevara a un hospital me parecía la mejor opción para ella. “Me tengo que encontrar con él en media hora, pero no tengo fuerzas para ir sola, me siento muy mal”. “Yo te acompaño”, dije. Tomé mi campera, le di una excusa a mi madre para que no me buscara por un largo rato. No mencioné a Ana: no quería que llamara a su casa preguntando por mí si resultaba que se hacía muy tarde. Le hice un cuento acerca de un trabajo en equipo y que estaríamos con varios compañeros en la biblioteca. No me prestó demasiada atención, seguía preocupada por su pila de exámenes. Salí. Ana estaba sentada en el piso, no sé si se había sentado por su propia voluntad o se había desplomado. La ayudé a levantarse, lo hizo con dificultad. Caminamos despacio, del brazo, unos cuantos pasos, hasta que me di cuenta de que yo no sabía a dónde íbamos. Le pregunté. “A la iglesia, nos vamos a encontrar ahí”, me respondió. Cuando me lo dijo, me sonó extraño que hubieran puesto como punto de encuentro una iglesia. Pero, pensándolo bien, para un católico practicante con un amor clandestino, la casa de Dios podía ser una buena coartada.

Tuve que ayudar a Ana para que pudiera subir los primeros escalones de la entrada a la parroquia San Gabriel. Y casi alzarla en los últimos dos. No podía dar un paso por sus propios medios. Yo podía, pero estaba muy asustada y el miedo, si bien no paralizaba mis movimientos, me dejaba sin reacción. “¿No querés que le diga a mi mamá? Necesitás ver a un médico ya”, le sugerí. “No, por favor, me prometiste que no le ibas a contar a nadie lo que hice”. “Ana…”, empecé a decir. “Juralo”, rogó, “juralo acá”. Y yo lo hice, juré con la vista clavada en esa cruz solitaria que preside el altar de la parroquia y que, aquella tarde, me parecía más grande. Una cruz similar a la que miré mientras le hacían el aborto a Ana. Pero no le juré a Dios, sino a ella. “No voy a decir lo que hiciste, te lo juro, Ana, a nadie”. Ana me acarició la pierna y agregó: “Pase lo que pase, no lo digas. Ni ahora ni nunca. Aunque me muera”, por primera vez apareció la muerte como posibilidad y se me clavó en el pecho. Sentí que no era una frase hecha, sino que Ana, de verdad, empezaba a pensar que podía morirse. Quedé aterrada por ese sentimiento.

“No quiero que mis papás sepan. Carmen no me lo perdonaría”, agregó al rato. La frase sonó extraña, la atribuí a su desesperación. Hablaba de sus padres, pero el supuesto castigo lo impondría su hermana. Ana no solía mencionar a Carmen. Y cuando lo hacía, era para transmitir un respeto reverencial que terminaba en enojo, o en rabia. Creo que sentía un temor desmedido por Carmen que no era propio entre hermanas. Le tenía más miedo a ella que a sus padres. Más miedo que a nadie. A mí me llamaba mucho la atención, porque conmigo Carmen siempre fue encantadora. Así era también con el resto de las chicas del colegio, todas se peleaban por estar en el grupo de Acción Católica que dirigía ella. Ana, no. Estuvo a punto de no ir al campamento de verano para no estar a las órdenes de su hermana. En cambio, el resto del grupo festejó que la catequista titular no pudiera ir y la reemplazara Carmen. Todas se sentían protegidas por ella. Sobre todo, después de aquel día en que una chica de mi clase atravesó una puerta de vidrio y se hizo múltiples cortes; nadie sabía qué hacer, ni siquiera la maestra a cargo del grado. Desde algún lugar, llegó Carmen, corriendo. Ni bien estuvo junto a ella, pidió a los gritos pañuelos y toallas, y de inmediato fue sacando, con delicadeza, los vidrios de cada herida y, una vez limpias, las apretó con los trapos que le acercábamos, para que no saliera tanta sangre. Hasta que, por fin, llegó la ambulancia. Carmen nunca perdió la calma, se mantuvo más tranquila que la maestra. Desde entonces, pasó a ser una heroína en el colegio; le dieron una medalla y publicaron una nota en el diario local. El titular decía: “Joven de Adrogué asiste a compañera herida y sueña con ser médica”. Hasta donde yo sé, Carmen estudió otra cosa: Teología, o Historia, o Filosofía. No recuerdo qué, pero no Medicina. Ana decía que Carmen tenía dos caras: fuera de la casa se hacía la buena para manipular a todos; adentro, era un ogro. Y que a su hermana lo único que le importaba era manejar el mundo, con la técnica que le diera resultado. Según Ana, nadie —excepto su familia— conocía a la verdadera Carmen. Me causó gracia esa descripción cargada de inquina, y me dio hasta un poco de envidia: yo no tenía hermanas. Me habría gustado ser una de las hermanas Sardá.

Esperamos sentadas en el último banco de la iglesia, no tenía sentido avanzar hacia el altar. Cuando él viniera, saldrían juntos en busca de un médico, con urgencia, así que resultaba mejor estar al lado de la puerta. Tan pronto como nos sentamos, apareció el padre Manuel, saludó a lo lejos, acomodó unas hostias en el sagrario y se fue. “¿Necesitás algo más? ¿Querés que recemos?”, le pregunté a Ana. “No, Marcela, gracias, ya podés irte, yo espero sola, andá tranquila”. “Me quedo un rato”, respondí, “no tengo apuro”. Y, para mi asombro, ella no fue insistente como otras veces, lo que demostraba lo mal que se sentía. No repitió: “Ya podés irte”. Apenas dijo: “Te quiero”, y a mí se me llenaron los ojos de lágrimas. Para Ana, lo más importante en aquel momento, en que se sabía al borde de la muerte, era que no la dejara sola. Ya no tenía importancia si yo veía a su amor secreto o no. Traté de contener el llanto, el nudo en la garganta era intolerable. “¿Y si llamo a Lía?” Lía era la hermana que Ana quería, a ella sí la nombraba a menudo; si hubiera tenido nuestra edad, seguramente habría sido también nuestra amiga. “No. No quiero preocupar a nadie más. Él va a venir, él me prometió que me busca acá”, le costó decirlo, se quedó sin aire en medio de la frase. Luego agregó: “Ya está”, y se dejó caer de lado para acurrucarse en mi regazo. La acaricié, hervía, respiraba con dificultad. Su cara se veía color azul, y eso me asustó. Ya no pude contenerme y me puse a llorar: no sabía cómo ayudarla, no podía hacer otra cosa que acariciarla.

“Va a venir, él va a venir”, dijo después de unos minutos de silencio, y parecía que Ana lo decía para consolarme, para que yo no llorara más. “¿Vos creés que Dios me va a perdonar?”, me preguntó con un hilo de voz. Y su pregunta, apenas susurrada, me lastimó. ¿Qué era eso que sentía que Dios tenía que perdonarle? Ana era mi mejor amiga y una gran compañera de todas, siempre tenía en cuenta al otro, me había salvado cuando nadie me hablaba al entrar en el colegio. Era alegre, divertida, amable, sincera, fiel. ¿Por qué pedía perdón? ¿Por haberse enamorado a los diecisiete años de alguien que no supo cuidarla? ¿Por haber tenido sexo? ¿Por interrumpir el embarazo? ¿Porque él era un señor prohibido? ¿Por haber elegido a una médica que hizo mal lo que tenía que hacer? ¿Por no haberles dicho a sus padres? De verdad, no entendía. A pesar de mis reparos, quise ser bien concreta con mi respuesta, como para que a Ana no le quedaran dudas. “Si hubiera algo que tuviera que perdonarte, sí, Ana, Dios ya te perdonó”, dije, pero no sé si llegó a escucharme, porque ella ya no habló. Tembló. La sostuve con fuerza, me daba miedo que se cayera al piso con el movimiento, traté de apaciguarla. Ana no paraba de estremecerse. Me agaché y me abracé sobre ella; hice un esfuerzo para que mi llanto fuera silencioso. Temblamos juntas. Hasta que, de repente, Ana se quedó quieta, inmóvil, y yo sentí que ella me pesaba más que antes. Como si la voluntad hubiera abandonado su cuerpo.

Es que mi amiga, por fin, eso había hecho: dejar lo que había sido, irse.

Ana estaba muerta.