Catedrales
Capítulo 3
3
()
Y un día, volví a la casa de Ana, treinta años después.
No había vuelto a entrar allí desde que ella murió. Eso dijo mi madre, que era la primera vez en treinta años. Aunque yo no puedo asegurar que no haya pasado por delante algún día cuando salgo a andar en bicicleta, porque si lo hubiera hecho, no lo recordaría. Allí, en esa casa, Ana estaba viva. Ir a su casa y que ella no estuviera confirmaba su muerte. Dudé, pero tenía apuntada la cita con Alfredo en mi libreta. Tenía que ir.
(…)
Me vestí con lo mejor que encontré en el placar; le pedí a mi madre que me ayudara a peinarme y ponerme algo de color en la cara. Ella, como solíamos hacer a menudo, me sacó una foto con una cámara Polaroid que me regaló mi papá; yo la abroché a la libreta y debajo puse: “Cita Alfredo Sardá”. Busqué una pulsera de plata que Ana me había regalado para mi cumpleaños de quince, tenía el broche roto, entonces la pasé por el ojal de la camisa, como si fuera un colgante o un adorno, y le hice un nudo. Le pedí a mi madre que me sacara otra foto ahora que estaba lista, también la abroché en mi libreta. Quería recordar cómo había ido vestida a aquella primera cita con Alfredo.
(…)
Guardo la foto. Doy vuelta la página. Leo.
Esperé en la puerta de casa que Alfredo me viniera a buscar. Fue muy puntual, llegó a la hora exacta que yo tenía anotada. Habíamos quedado en que él venía por mí. Alfredo, como yo, parecía inquieto por el proceso que estábamos por iniciar. Tiene que haber estado inquieto. Me dio la mano, como me la daba Ana, y caminamos así hasta su casa. Abrió el portón de entrada. El jardín era exactamente como yo lo recordaba, así lo había visto antes del golpe, muchas veces, el más verde que nunca hubiera conocido, con árboles añosos, manchado de colores repartidos en canteros cuidados y ordenados según las distintas variedades de flores. Reconocí el roble en el que contábamos al jugar a las escondidas, el tilo que nos perfumaba en primavera cuando nos metíamos ramitas entre los mechones de pelo, las santarritas fucsias de las que teníamos que cuidarnos al correr —jugando a la mancha— porque nos lastimaban con sus espinas. Todo estaba allí, menos Ana.
(…)
Lo que sentí no fue amargo como lo había imaginado, sino lo contrario: me encontré protegida, acunada. Así lo escribí en la libreta. “En casa de Alfredo me siento en mi casa”. Estaba otra vez en mi infancia, la etapa de mayor felicidad de las que me tocó vivir. No sería justo permitir que la muerte de Ana borrara esa felicidad anterior. No habrá por delante otra etapa más feliz y, si la hubiera, a menos que lo apunte, la olvidaría.
(…)
A partir de ese primer reencuentro, Alfredo me vino a buscar puntualmente, dos tardes por semana, para ir a la casa de los Sardá a hablar de su hija menor, mi mejor amiga. Mi madre parecía contenta, leo: “Mamá está contenta”, debía de ser un alivio para ella encontrar que yo podía ocupar algunas horas con actividades para las que no dependía de su compañía. En aquel entonces, mi padre ya no vivía en casa. Me sorprendía cada vez que preguntaba por él y mi madre me contestaba: “Papá y yo nos separamos hace un tiempo, él va a venir a buscarte el domingo para dar un paseo”. ¿Cómo que mi madre y mi padre se habían separado? ¿Cuándo? ¿Por qué? Me lo contaban, y al rato se me perdía. Lo anoté muchas veces en mis libretas. Lo resalté. Y lo puse también en el archivo de favoritos. Pero en cada ocasión en que mamá me decía: “Tu padre y yo nos separamos”, yo sentía la misma sorpresa que cuando alguien me decía que Ana, después de muerta, había sido quemada y descuartizada.
(…)
Alfredo y yo nos tomamos varias tardes para hablar de la Ana que conocíamos antes del drama que nos cambió para siempre. Por un tiempo, no hablamos de su muerte, sino de ella. Necesitábamos traerla otra vez con nosotros; recuperar esos recuerdos y compartirlos nos hizo muy bien a los dos. Ese mundo estaba intacto en mis recuerdos, no necesitaba ayudarme con apuntes ni inventos. Él hablaba de su hija como si fuera una niña que en cualquier momento podía bajar por la escalera para venir a charlar con nosotros. Yo, como lo que fue para mí, no solo mi mejor amiga, mi compañía entrañable en aquellos años en que pude almacenar recuerdos, sino la única persona a la que elegí amar. A mi madre y a mi padre los quería y los quiero; claro que en ese amor no hay elección. A Ana la elegí yo. El amor que está en los cimientos de esa amistad es todo el amor que pude conocer. En cambio, sé que el amor de pareja no me será posible nunca. Enamorarse lleva tiempo y en ese tiempo se evaporan mis recuerdos. Para enamorarse, hay que tener memoria. A veces finjo que estoy enamorada del fisioterapista, o del psicólogo que viene dos veces por semana a entrenarme con ejercicios conductistas para compensar la memoria que no tengo. Pero ni siquiera sé si esas personas son siempre las mismas porque, cada vez que las veo, se tienen que presentar y decir quiénes son, como si no lo hubieran hecho antes. ¿Cuántos entrenadores, psicólogos, fisiatras o terapistas han pasado por mi vida en estos años sin que yo advirtiera la diferencia entre unos y otros? No lo sé. Lo que sí sé es que mi relación con los auxiliares de la medicina resultó la relación más estable que he mantenido con nadie.
(…)
Recién dos semanas después de nuestro primer encuentro, empezamos a hablar de las circunstancias de la muerte de Ana. Así está anotado en la libreta 4.345. Lo primero que hice fue advertirle que no usaría la palabra asesinato porque no lo hubo. “No fue asesinato”. No sé si Alfredo me creyó desde un principio o no, pero nunca cuestionó que Ana hubiera muerto en la iglesia tal como yo decía. Yo anotaba en mi libreta, y él anotaba en la suya, se ve que tampoco confiaba en su memoria. Me escuchaba con atención sin querer corregirme aunque yo dudara, me equivocara, o hasta me contradijera. Después de muchos años, volví a contar lo que pasó aquella tarde. Al menos lo que podía contar, lo que no le había jurado a Ana callar para siempre. Le conté que ella había venido a buscarme con el pedido de que la acompañara a la iglesia porque allí se iba a encontrar con alguien con quien tenía una relación sentimental. La referencia acerca de que Ana había estado enamorada lo sorprendió. ¿Alfredo nunca se imaginó a Ana enamorada? “Alfredo no sabía que Ana estaba enamorada”. Me pidió un instante para ir a buscar dos cafés. “Alfredo trajo dos cafés”. Creo que era el tiempo que necesitaba para recibir la noticia de su niña y el amor. Luego, mientras los tomábamos, le conté que ese alguien no vino, al menos antes de que Ana muriera. Que, en medio de su agonía, Ana dejó de temblar. Que Ana dejó de llorar. Que Ana dejó de respirar. Que murió en mis brazos. Que la acomodé en el banco aterrada. Que salí corriendo hacia la sacristía. Que la manga de la campera se enganchó en una parte del soporte que sostenía la estatua del arcángel Gabriel. Que tiré, que la estatua se balanceó, que se cayó sobre mí. Le debo de haber hablado de la oscuridad y de la pantalla en blanco por el olvido permanente de lo que me sucedería de ahí en adelante. Debo de haber repetido lo que apunté en alguna de mis consultas médicas: “No me olvido de todo; según el camino que tiene que hacer el hecho vivido para almacenarse como recuerdo, a veces encuentra un atajo que no fue dañado y logra una ubicación. Pero es muy de vez en cuando. Hay un patrón que no logro captar, pensamientos que se originan en un lugar del cerebro desde el que puede llegar sin atravesar puentes rotos”. Eso leí. Eso leo ahora. No sé si el texto me pertenece o me lo dictaron. También me dictan recuerdos.
(…)
Leo. Completo. Invento. Alfredo respondió: “Lo siento mucho”. “No lo sienta, Alfredo. Si hay una emoción de por medio, me es más fácil evocar. Tal vez esta charla la recuerde. O recuerde que me sentí bien en este sillón, hablando con usted, aunque no recuerde qué dijimos, a menos que lo lea en mi libreta”.
(…)
Leo: “Cuando hablo con Alfredo, me siento bien”. Alfredo sonrió, se le dibujó una sonrisa hermosa, creo que estuvo a punto de abrazarme, y se contuvo.
(…)
Según mis médicos, “compenso” razonamiento con emoción. Pero no lograron descifrar el patrón, y yo tampoco colaboré para ayudar a que lo descifraran: querían usarme como caso de estudio. Fui un par de veces a una clínica especializada, me ponían en un anfiteatro frente a un grupo de especialistas, me hacían preguntas, me observaban; ellos eran los que anotaban, yo me perdía a los pocos minutos. Me dieron unas fichas médicas con conclusiones que están abrochadas en una libreta, la de aquellos meses. Nunca las releo. Ni están resaltadas con color fluorescente.
(…)
¿Fui a una clínica a que me estudiaran?
(…)
Abandoné, nada más lejos de mi interés que convertirme en una mascota de laboratorio. Leo: “Mascota de laboratorio”. Leo: “El médico pregunta: ‘¿Alguna vez estuvo enamorada?’”.
(…)
“¿De quién estaba enamorada Ana?”, preguntó Alfredo. “No lo sé, no quiso decírmelo. Supongo que era un hombre casado, o comprometido al menos. Decía que él no podía”. “¿No podía qué?” “No podía nada, ni revelar su nombre, ni acompañarla cuando la necesitaba, ni…” Me detuve. Me tengo que haber detenido. No podía mencionar el aborto. Sí le hablé de mis listas. Y de mi numeración de 1 a 5 para cada uno de los candidatos. Le prometí que las traería en un próximo encuentro. “¿Por qué pensás que puede haber muerto una chica como Ana, sana, a sus diecisiete años?”, me preguntó, tal vez me lo preguntó en varios encuentros, no queda claro en mis apuntes. Leo, comillas. “No tenía una enfermedad subyacente, no sufrió un accidente, no puedo imaginar que alguien la hubiera, por ejemplo, envenenado. ¿Por qué te parece que puede haber muerto, Marcela?” No podía revelarle la verdad, se lo había jurado a Ana frente al altar, me limité a responderle con sus síntomas sin mencionar el origen de ellos. Le dije que aquella tarde Ana se sentía muy mal, que tenía fiebre. Que incluso, cuando llegó a mi casa, le costaba mantenerse en pie. Y él me confirmó que algo sabía: su mujer le había contado que Ana estaba con una menstruación muy dolorosa, que se había acostado porque estaba muy descompuesta y que, a la mañana siguiente, cuando fueron a buscarla y Ana ya no estaba, la cama había quedado manchada. Su madre, supe por él, había confundido la sangre del aborto con una menstruación. “La madre de Ana confundió el aborto con una menstruación”. “No había mencionado la fiebre, pero eso no quiere decir que no estuviera afiebrada; Dolores no debe de haberla tocado, nunca la tocaba”, me confió Alfredo. Tampoco la vio salir así que no se dio cuenta de las dificultades que tenía para caminar y mantenerse en pie. Ni a él ni a nadie le había importado cómo se había sentido Ana, una vez que supieron que había sido quemada y descuartizada. Así que no volvieron lo suficiente sobre el asunto. No interpretaron que ese malestar tuviera que ver con su muerte. Alfredo me pidió que repitiera aquello que habíamos hecho desde que Ana me pasó a buscar, le importaban ciertos detalles que anotaba mucho más meticulosamente que como yo lo hacía en mis libretas: qué llevaba puesto Ana, si traía con ella alguna mochila o bolso, si me había mencionado que hubiera tomado algún remedio, alguna sustancia, incluso alguna droga que le pudiera haber hecho mal, si había practicado mucho ejercicio, o comido algo que no solía comer. “Remedio: No. Ejercicio: No. Droga: No”. “Ana no se drogaba, ni tomó nada raro”, le dije, le tengo que haber dicho, y era cierto, porque la falsedad no estaba en lo que respondía, sino en lo que callaba. Mis omisiones eran las mentiras. Seguí ocultándole el aborto. Repetimos estas preguntas y mis respuestas en varios de nuestros encuentros. Las anoté. Las leo.
(…)
En cada oportunidad en que nos juntamos, amplié mi relato puntualizando algo: frases, gestos, miradas, el tono de su piel. Le conté que lo único que traía Ana cuando vino a buscarme era un anillo turquesa que era de Lía y que ella creía que la protegía, que era su anillo de la suerte. Lo llevaba puesto, se lo sacó y me lo dio. Me pidió que se lo entregara a Lía. Se sentía tan mal que intuyó que, tal vez, no se lo iba a poder dar ella.
(…)
Leo: “Anillo turquesa/reunión en casa de Ana”.
Llevé ese anillo una de esas tardes, se lo enseñé a Alfredo y se lo quise dejar. Me dijo que lo conservara, que Lía no estaba, que se había ido a vivir a otro país hacía muchos años. Tengo pegada en mi libreta un dibujo de la bandera de España y al lado dice: “Lía=Compostela”. Alfredo no creía que ella fuera a volver algún día, a menos que descubriéramos lo que había pasado con Ana. Lo decía con pena; también con comprensión y con resignación. Leo: “¿Por qué Alfredo no va a ver a Lía?”. “Miedo a volar”. “Nieto”. Le pregunté a Alfredo por qué no iba él a ver a Lía. Me respondió que lo había pensado muchas veces; me confesó que siempre les había tenido miedo a los aviones pero que, tal vez, finalmente viajaría cuando su nieto pudiera acompañarlo. Yo no sabía que había un nieto en la familia, un nieto de Alfredo, un sobrino de Ana. Escribí: “Ana tiene un sobrino”. Le pedí a Alfredo que me contara. Anoté. Me habló de Mateo, hijo de Carmen y de Julián. Tampoco sabía que Julián y Carmen se habían casado, ni siquiera que él ya no sería cura. En aquella época, Julián me gustaba, nos gustaba a todas. Y recién treinta años después, me enteré de que se había decidido por la que las chicas admirábamos: Carmen. “Linda pareja”, anoté debajo de sus nombres, y luego: “Bien por él”. Le conté a Alfredo que Ana le tenía miedo a su hermana mayor, que decía que tanto esforzarse por ser simpática con los demás hacía que, dentro de la casa, sacara lo peor de ella. ¿Se lo conté a Alfredo? Se lo debo de haber contado, porque leo: “A mí también Carmen me daba un poquito de miedo (Alfredo)”. Y luego, su risa. “Alfredo se rio, era un chiste”. Y la mía. Nos debemos de haber reído los dos. Anoté el nombre del nieto: “Mateo”, anoté la ciudad donde vivía Lía: “Santiago de Compostela”. ¿Ya la había anotado? Anoté “anillo”; de cualquier modo, no me iba a olvidar de que lo tenía porque eso era un recuerdo anterior al golpe. Pero quería asociar el anillo con el motivo por el que no podía regresarlo a su dueña, tal como me había pedido Ana. Escribí: “Lía no está”. Así podía relacionarlo con el pedido de Alfredo de que lo conservara, al menos hasta el hipotético día en que él y su nieto viajaran a verla.
(…)
Una tarde, muy cerca del final de nuestros encuentros, Alfredo me mostró los archivos que guardaba en una valija en el depósito. Durante años había juntado material relacionado con la causa. Antes de enseñármelos, me pidió permiso y me advirtió que, tal vez, algo de lo que viera me podía impresionar. “Alfredo me pide permiso para mostrarme archivos”. Le dije que no se preocupara, que aunque me impresionara, lo olvidaría. Nos reímos, espero que lo hayamos hecho, hace bien reírse en medio del horror. Alfredo era una nueva y agradable compañía en mi vida vacía. “Alfredo me cae bien”. Me debe de haber parecido una lástima olvidarme de él, de lo que hoy era más allá de ser “el padre de Ana”, por eso lo anoté. Y luego: “Alfredo tiene una linda sonrisa”. Tengo dibujados corazones en mi libreta junto a su nombre. Fuimos al depósito, Alfredo abrió la valija. Había recortes de diarios, fotocopias del expediente, fotos de Ana, apuntes que él mismo había tomado preguntando a unos y a otros. Saqué una foto con la Polaroid. En la valija estaba la copia de mi declaración en la policía. Leo: “Alfredo se siente mal porque no me había preguntado antes”. Alfredo me dijo algo así: “Me maldigo por no haber hablado con vos. Me dijeron que no estabas bien, que habías quedado con un trauma después del golpe, que no podías tolerar la muerte de Ana, como tantos de nosotros. Y que por eso habías inventado que ella había muerto antes, y en tus brazos. Les creí, y hasta te justifiqué. Yo también hubiera querido inventarme otra muerte para Ana”. Le pedí que repitiera lo que había dicho, y que lo hiciera despacio para poder anotarlo. Me contó que había ignorado mi declaración hasta que una tarde, revisando los informes de los médicos forenses que hablaban de crimen sexual, se topó con la tarjeta de un integrante del equipo, un joven recién recibido que le llevaba la contraria a todos. Tarjeta de Elmer García Bellomo. Buscó entre los papeles y me mostró la tarjeta. En aquel tiempo, el joven se le había presentado en el juzgado, le había recitado una serie de circunstancias del caso por las que no estaba de acuerdo en cómo avanzaba la investigación y le había dado esa tarjeta que, treinta años después, Alfredo me mostraba.
(…)
El chico hablaba mucho, un desborde de palabras. Según me dijo, era difícil seguirlo en momentos de semejante conmoción pero, en medio de tanta palabra, Alfredo apuntó mentalmente que, para el joven experto, la evidencia no daba cuenta de un crimen sexual. Y que mencionó mi declaración. “No fue crimen sexual (Bellomo)”. Su hipótesis difería de lo que opinaba el resto del equipo; incluso su jefe, que era quien tomaba las decisiones dentro de la investigación. Para el joven, la evidencia señalaba encubrimiento de pruebas de otro tipo de crimen, no necesariamente sexual. “¿Pero cuál?”, dijo Alfredo, y lo anoté. Sostenía que la escena del crimen había sido otra diferente de ese basural en el terreno baldío, que partes del cuerpo fraccionado habían sido trasladadas. Leo: “El cuerpo fue trasladado (Bellomo)”. Alfredo se esforzaba por recordar en detalle lo que le había dicho y se lamentaba de no haber profundizado entonces en lo que le había querido advertir. Debería haber anotado Alfredo. Yo anoté. Seguramente lo vio tan joven, tan inexperto, tan parlanchín, y por otro lado su jefe parecía tan seguro de lo que decía, que Alfredo no hizo más que guardar sus datos en la valija y olvidar lo que le dijo Bellomo por casi treinta años. Pero cuando la tarjeta apareció por azar en medio de los papeles, y eso lo llevó a leer mi declaración, todo empezó a adquirir un nuevo sentido para él.
(…)
No quiso contactarlo hasta hablar conmigo. Quería confirmar algunos datos que tenía borrosos después de tantos años. Nuestras charlas lo ayudaron a atar cabos sueltos. “Cabos sueltos”.
(…)
Imagino que habré dicho: “Me alegro de que haya guardado esa tarjeta, Alfredo”. “Y yo de eso, y de nuestro reencuentro”, debe de haber respondido él. Porque Alfredo es muy amable.
(…)
¿Por qué hoy no vi a Alfredo?
(…)
Alfredo tiene una linda mirada, sus ojos, a pesar de ser marrones y no azules, se parecen a los de Ana. Miran como los de Ana. “Alfredo=ojos”. Me confesó que otra vez tenía esperanzas de poder resolver el enigma que rodeaba al cuerpo muerto de su “pimpollo”. Así la llamaba, yo no lo sabía. Anoté: “Ana=Pimpollo”. “Muchos se preguntan por qué sigo insistiendo en saber la verdad si no me devolverá a Ana. Me lo preguntan Carmen, Julián, mis amigos, mi hermano, hasta mi médico. Es cierto, no me va a devolver a Ana. Pero tal vez sí me devuelva a Lía. Y me alivie el dolor, porque la verdad que se nos niega duele hasta el último día”. No solo anoté esa frase en la libreta, la mandé a estampar sobre una foto de Ana, la enmarqué y la colgué en mi cuarto: “La verdad que se nos niega duele hasta el último día”.
(…)
Leo. Por fin, una tarde, Alfredo me dijo que había decidido contactar al joven del equipo forense, que ya no sería tan joven, y me avisaría en cuanto lo lograra. “Posible reunión con Bellomo”. Pero después de esa charla Alfredo suspendió nuestros encuentros.
(…)
¿Por qué Alfredo tiene tantos corazones?
(…)
Alfredo llamó a casa para cancelar la próxima visita, la taché en la libreta. Y no volvió a llamar. “Alfredo no llama”. Me preocupé, pensé que tal vez yo había dicho algo inconveniente. O que, quizás, Alfredo se había enojado porque se había dado cuenta de que me reservaba parte de la verdad. Leo: “¿Podré algún día decir lo que le pasó a Ana? ¿Cuándo? ¿Quién me liberará?”.
(…)
Mamá dice que la gente se cansa si repito las cosas. “No repetir. La gente no tiene paciencia (Mamá)”. Ella trató de entrenarme para evitar esas repeticiones. “Revisar los últimos renglones del cuaderno antes de hablar”. “No repetir”. “No repetir”. “No repetir”. Cómo no hacerlo.
(…)
¿Alfredo se cansó?
(…)
Pero no, Alfredo no estaba cansado de mí, sino enfermo. “Alfredo está enfermo”. “Cáncer”, “Quimioterapia”. Se enteró de que un cáncer que creía controlado había empeorado, reanudó el tratamiento de inmediato, era urgente hacerlo. Esta vez se trataba de un tumor que no podía operarse. La quimioterapia lo dejaba muy débil como para seguir con nuestros encuentros. No quiso avisarme hasta estar mejor. Por fin, una tarde me mandó llamar. “Alfredo llamó y pidió que vaya a su casa”. Se disculpó por no haberme ido a buscar, se sentía débil. No quiso ser dramático pero me dijo que, si había algo que yo quisiera decirle, aprovechara ese encuentro porque ya no le quedaba mucho tiempo. Lloré, tengo que haber llorado. Lloro ahora. Me pidió que no lo hiciera. Anoté: “Alfredo va a morir”, pero lo taché. Escribí al costado: “Hablar con Alfredo, mucho, queda poco tiempo”. Me agradeció nuestras conversaciones. Me dio una copia de una foto de su nieto para que la tuviera conmigo. “Si lo convenzo, irá a Santiago de Compostela a ver a Lía”, me dijo, “quizás pueda llevarle su anillo”. “Mateo=anillo=Compostela”. Y me pidió un último favor, al día siguiente vendría el profesional forense a su casa para evaluar juntos, por última vez, todas las pruebas. Había hecho contacto telefónico con él antes de empezar el tratamiento, y el hombre ya se había puesto a trabajar obsesivamente y por cuenta propia. Esto me dijo, esto anoté: “Elmer me dio un primer informe, y no será el último”. Luego transcribí nuestra conversación casi textualmente, hasta con guiones:
—¿Podrás venir a conversar con nosotros, Marcela? Yo te busco, mañana voy a poder, mañana ya voy a estar mejor. Apuesto que entre los tres lograremos llegar a algunas conclusiones.
—¿Qué es lo que más quisiera saber, Alfredo?
—Quién y por qué se tomó el trabajo de descuartizar el cadáver de Ana y quemarlo, después de que muriera en tu regazo. A mí me gustaría saber quién y por qué. ¿A vos?
—¿Quemaron y descuartizaron a Ana?
—Quemaron y descuartizaron a Ana.
(…)
Quemaron y descuartizaron el cadáver de Ana. Ella murió mientras yo la acariciaba en la iglesia. “Lo sé”, dijo. “Alfredo lo sabe”, anoté. Apunté en mi libreta: “Reunión con Elmer Bellomo por carbonización y descuartizamiento del cuerpo de Ana. Miércoles, 16 horas”.
Al día siguiente, a la hora señalada, caminamos juntos, del brazo, hasta su casa. Creo que debe de haber sido una de las últimas veces que lo hicimos. No tengo imagen de ese día en la libreta. Me dio vergüenza pedirle a mi madre que sacara una foto de los dos con la Polaroid. Debe de haber sido eso, el pudor ante mi madre. Por eso no hay foto. Pero está escrito: “Alfredo y yo caminamos del brazo hasta la casa de Ana para reunirnos con el forense”.
Y en lugar de un punto final, hay un corazón rojo.