Catedrales
Mateo
¿Para qué vivir de obras de arte ajenas y antiguas?
Que cada hombre construya su catedral.
JORGE LUIS BORGES
1
Llegué a Santiago de Compostela un domingo. Llevaba tres cartas en mi mochila de mano. Una abierta, la mía. Otra que debía entregarle a Lía de parte de mi abuelo Alfredo, su padre. Una tercera para los dos, con el encargo de leerla juntos si y solo si ambos decidíamos hacerlo. También traía conmigo un anillo de piedra color turquesa.
Me instalé en un hostel y salí a recorrer la ciudad. Era raro caminar con esa libertad desconocida, sin rendirle cuentas a nadie, sin sentirme observado. A pesar de que habían pasado varias semanas desde mi salida de la Argentina, recién entonces empezaba a sentirme libre. Como si por delante tuviera la promesa de una vida diferente que arrancaría en cualquier momento, esa misma tarde o al día siguiente, no tenía claro cuándo, pero pronto. Al llegar a Santiago, aún no sabía cuál era la librería de Lía. El abuelo no tenía el dato exacto, ella siempre le escribía con el remitente de una casilla de correos. De todos modos, no fue difícil ubicarla. En cuanto conseguí wifi, combiné un par de veces su nombre con las palabras “librería” y “Compostela” en el buscador de internet de mi teléfono. Entre las primeras opciones, apareció una nota de prensa de la presentación de la novela de un autor español que yo no conocía. Y como pie de foto de una imagen del evento —que mostraba a un hombre y a una mujer alzando el libro— aparecía el nombre de ese escritor y el de mi tía con la siguiente descripción: Lía Sardá, dueña de la librería The Buenos Aires Affair. Googleé el nombre de la librería y la búsqueda me condujo a una página de Facebook bastante precaria, pero que anunciaba la dirección del local mencionado en la nota. Pasé por allí esa misma tarde. Aquel domingo, como muchos otros negocios, la librería de Lía estaba cerrada.
Si bien no pensaba hacer contacto con ella inmediatamente, al menos quería estudiar el terreno. Tenía decidido rondar por el lugar algunos días, espiarla, ver quién era, cómo se movía, sentir si podía haber alguna conexión entre nosotros. Y recién después de eso hablarle de las cartas. Si no, si no me sentía cómodo ante su presencia, le dejaría la suya, anónimamente, sin darme a conocer, y rompería la nuestra, la que el abuelo nos había dirigido a los dos. Ante la posibilidad de que Lía y yo no sintonizáramos, esa carta dejaría de tener sentido. Fui varias veces a la librería hasta que por fin di con ella. Me impactó lo parecida que era a mi abuelo y lo poco que se parecía a mi madre. No lo había notado en las fotos que él me había mostrado, fotos en las que mi tía tenía menos edad de la que yo tengo ahora. Tampoco en un retrato en carbonilla que le había hecho mi tía Ana. Ni en la foto que la mostraba junto a aquel escritor en la presentación de su novela. Esperaba encontrarme con una versión suavizada de mi madre, pero en la que pudiera reconocerla como su hermana. Lo cual —me declaro cobarde— me intimidaba.
Mi madre me intimida. Todavía hoy.
Hace unos treinta años, el cuerpo de mi tía Ana, la menor de las Sardá, apareció quemado y descuartizado en un basural. Ana tenía apenas diecisiete. Lía, diecinueve. Mi madre, veintitrés; la edad que tengo ahora.
Lía resultó ser una mujer ágil y bien predispuesta. Verla subir y bajar de empinadas escaleras para encontrar el libro que le pedía un cliente, estimularlo en su búsqueda, indicarle otras opciones, reír en medio de la charla, y que de pronto, sin aviso, yo encontrara que alguno de sus gestos fuera idéntico a los de mi abuelo, me llenó de esperanza. Cuando llegué al hostel, me inspeccioné con detalle frente al espejo del baño. Busqué parecidos de mi rostro con el de Lía. La miré otra vez en la foto que había encontrado en internet. Quizás el color de pelo, quizás los ojos rasgados. Aunque yo tengo los ojos azules, como los tenía Ana. Cada vez que alguien lo decía, se me venía a la mente la imagen de sus ojos en una cabeza que había sido cortada del cuerpo al que pertenecía. Los de mi madre son claros pero distintos, más fríos, como transparentes. De cualquier manera, siempre me dijeron que soy el vivo retrato de mi padre. Me aliviaría encontrar la prueba de que no lo soy o, al menos, de que no soy solo eso.
No me limité a observar a Lía en la librería. La seguí por La Alameda un par de veces. Y conocí a quien supuse su marido o su novio. Me entusiasmó la forma en que se miraban cuando se descubrían uno viniendo en una dirección del camino, y el otro, en la contraria; la caricia que él le hacía en la mejilla ni bien se encontraban, la sonrisa que ella le devolvía. Me hizo ilusión saber que éramos familia, que, muerto mi abuelo, lo que quedaba en pie de esa extraña institución compuesta por miembros que uno no elige, y a la que se nos condena por nacimiento, no era solo aquello que representaba su lado más oscuro: mis padres. Así que, a los pocos días de llegar a Santiago de Compostela, ya lo había decidido, me presentaría ante Lía y le diría: “Hola, soy Mateo, tu sobrino, tengo una carta para vos y otra para nosotros, si nos atrevemos”. Y luego de su sonrisa, agregaría que me siento huérfano, que no tengo amigos, que me resulta muy difícil relacionarme con las mujeres, más aún cuando me gustan.
No, mejor todo eso lo dejaría para más adelante.
Estaba seguro de que me atrevería a leer la tercera carta. Y, de solo verla moverse, apostaba que Lía también. Pero aparecieron mis padres y, con ellos, la sombra, lo que está mal, la mentira. Verlos entrar a la librería hizo que me bajara la presión. Se me nubló la vista, se me aflojaron las piernas, como cuando terminaba una carrera de resistencia en el colegio. Me escondí de ellos. Me sentía como un chico después de romper el vidrio de una ventana de un pelotazo. Con mi altura, no es fácil esconderse sin llamar la atención. Me agaché como si estuviera buscando algo al ras del piso. Hice lo mejor que pude. “Seguís siendo un adolescente”, habría dicho mi madre si me hubiera descubierto. Y a manera de reto o de advertencia o de maldición, habría aclarado que yo no estaba preparado para dejar la casa, que me faltaba madurar, que ya llegaría el día, que con paciencia y esfuerzo, que “si Dios quiere”. Aunque rezaría a su Dios para que ese día no llegara y él jamás quisiera. Si mi madre me hubiera descubierto aquella tarde en la librería, me habría llevado de la mano al hotel, o de una oreja si mi altura se lo hubiera permitido, ante la mirada esquiva de mi padre —que obedecería estuviera de acuerdo o no—, y para mi vergüenza.
Muchas veces sentí vergüenza de mis padres. Sé que está mal visto, que los mandamientos lo condenan, que uno los debería querer y respetar tal como son y por sobre todas las cosas. ¿O al que hay que querer por sobre todas las cosas es a Dios? Nunca me acuerdo. Entiendo que para muchos sea posible obedecer cualquier precepto a fuerza de voluntad. Pero solo yo soy hijo de mis padres.
Me necesitaban y por eso me educaron para que fuera lo más dependiente posible, así se garantizaban mi presencia en el mundo que se habían inventado. Yo era una pieza clave de su plan familiar.
Los espié detrás de los estantes de libros de autores latinoamericanos. Me quedé en cuclillas hasta que se me acalambraron los muslos. Me arrodillé y los seguí espiando por un hueco donde faltaban algunos libros. Los vi agobiados, grises; pero si algo de eso tenía que ver con mi supuesta desaparición, no me importó. Sí me sentí un cobarde por no poder enfrentarlos. Tan cobarde que, detrás de esa estantería, estuve a punto de orinarme encima. En cuanto vi que mis padres entraban a la oficina de Lía, me fui de la librería sin dar explicaciones. La vendedora se debe de haber quedado esperando con los libros que le había encargado unos días atrás y que acababa de reclamarle.
Me gustaba esa vendedora.
No sabía por qué mis padres estaban en Santiago de Compostela y en esa librería. Pero era fácil adivinarlo. La hipótesis más probable era que hubieran descubierto que yo estaba en la ciudad y venían por mí. Mi madre despreciaba a Lía y no había vuelto a hablar con ella desde que mi tía se fue de la casa familiar. O desde que asesinaron a Ana; mis padres no se ponían de acuerdo en ese punto. Rara vez mencionaban a mi tía muerta delante de mí. A Lía tampoco. Si no hubiera sido por el abuelo, ella apenas habría sido en mi vida una parienta que un día se fue y con la que no se habla bajo pena de destierro por traición. Pero ahí estaban mis padres, traicionándose a sí mismos, en Santiago de Compostela, en The Buenos Aires Affair. Y de su presencia se desprendía que habían decidido volver a dirigirle la palabra a la única hermana viva de mi madre. Ante esa evidencia, estaba claro que ya no iba a ser yo quien le diera a mi tía la noticia de que era su sobrino, que había viajado desde el otro lado del océano, que había venido a conocerla. Ya no sería posible sorprenderla en La Alameda con las cartas del abuelo, como me había imaginado. Mis padres siempre arruinaban todo.
¿Por qué alguien decide ser padre? En el caso de los míos, la paternidad parecía estar vinculada con una cuestión de propiedad, “tener un hijo”, ser dueños de él. Cuando le pregunté a mi madre por qué había estudiado Teología, me contestó: “Porque quería ser madre”. No entendí la relación entre la teología y la maternidad. Hasta que me di cuenta de que lo que ella oponía a ser madre era convertirse en monja, y se me puso la piel de gallina.
No sé por qué mis padres no tuvieron más hijos. Cuando les preguntaba, decían: “Porque Dios así lo quiso”. Y evitaban otra respuesta. Por mi condición de hijo único, no tuve con quién compartir la intensidad desmedida de nuestra relación. Temían exageradamente que me pudiera pasar algo, siempre, ante cualquier circunstancia. Ellos nunca iban a permitir que me fuera de la casa familiar sin su consentimiento, no importaba que ya hubiera alcanzado la mayoría de edad.
Que no haya querido entrar al seminario para ser cura fue un golpe duro al poder que ejercían sobre mí; estaban convencidos de que yo concretaría, algún día, aquello que mi padre no quiso o no pudo. No entiendo el deseo de que un hijo sea cura. Mis padres tenían ese deseo. No sabía si para cuando llegaron a Santiago ya estaban enterados, además, de que había dejado los estudios de Arquitectura, al menos yo no se lo había dicho. Claro que, a esa altura y frente a mi desaparición, estarían convencidos de que algo sucedía, algo extraño, fuera de su lógica. Deben de haber rezado mucho, en casa y en la iglesia; deben de haber pedido en sus oraciones diarias desde algo tan concreto como que yo apareciera, hasta algo tan abstracto como que se salvara mi alma, alejada de su religión y de su dios.
No soy simpático; tampoco pedante, aunque lo parezca. Mi madre, en cambio, es la persona más pedante que conozco. Simula con eficacia ante terceros, y al mundo entero le cae bien. Logra producir en el otro la sensación de que alguien inteligente e importante se pone a su altura y se interesa por él. Pero es todo falso, es su manera de manipular. Hasta me han dicho: “Qué lindo tono tiene tu madre”. Y a mí su tono me suena desafinado. En mi caso, se confunde pedantería con la distancia que pongo, soy inseguro hasta la parálisis. Es una pedantería involuntaria. Necesito protegerme. En especial de las miradas. “El infierno es la mirada de los otros”, tengo tatuada la frase de Sartre en la muñeca izquierda, describiendo el recorrido de una pulsera.
Yo prefiero espantar a agradar, corro menos riesgos.
El caso de mi madre me es indescifrable.
Mi abuelo murió en su cama, un martes de julio. No recuerdo el día, pero sí que yo estaba de vacaciones; no tenía clases en la universidad y, por eso, me había quedado toda la tarde con él. No tengo dudas de que hizo un esfuerzo para no morirse delante de mí. Me sonrió cuando me fui, estaba extremadamente flaco, apenas hablaba, la sonrisa le bailaba en la cara. Al poco rato de llegar a mi casa, sonó el teléfono. Atendió mi madre, era Susana, la señora que lo cuidaba, para anunciar que había muerto. Mi madre colgó y dijo simplemente: murió. Sin aclarar quién. No hacía falta. La sentí aliviada, y eso me molestó. Suspiró luego de recibir la noticia, como quien se quita un peso de encima. Pero debo reconocer que la enfermedad de mi abuelo, después de meses de agonía, se había convertido en un suplicio. Sobre todo, para él. Sufría, y el fin de ese sufrimiento tenía un valor. Tal vez, hasta había sido egoísta desear que siguiera más tiempo con nosotros. Salí corriendo hacia su casa. Recién cuando llegué, me di cuenta de que estaba descalzo. Susana abrió la puerta, y me metí adentro sin darle tiempo a nada. Fui a su cuarto, lo abracé y lloré sobre su cuerpo. Todavía estaba tibio. Al rato llegaron mis padres. Susana dijo que el abuelo había dejado tres cartas para mí. Las tenía ella, él le había dado instrucciones de dármelas en mano en cuanto muriera. Mis padres la escucharon con atención; aunque Susana no les hablaba a ellos, sino a mí. Ella se disculpó, fue a su cuarto y volvió con las cartas. Mi madre quiso agarrarlas cuando Susana me las ofreció, boca abajo; supongo que lo hizo así para que no se viera a quién iban dirigidas. Pero la mujer le adivinó la intención y extendió el brazo un poco más hasta ponerlas sobre mi mano. Yo me metí las cartas en el bolsillo sin vacilar.
Creo que Susana sabía nuestros planes, quizás el abuelo le dijo, hay secretos difíciles de guardar.
Carbonización y descuartizamiento, dos palabras que aprendí a una edad demasiado temprana. Los niños no hablan de familiares que aparecen muertos, ni de cuerpos calcinados, ni de trozos de una tía. Yo sí. Tal vez fui niño demasiado poco tiempo. Si hubiera sido por mis padres, nunca habría dejado de serlo.
La muerte de mi abuelo no me tomó por sorpresa en cuanto al hecho, sí en cuanto a la oportunidad. Teníamos conciencia absoluta de su muerte cercana: sabíamos que iba a morir, no sabíamos cuándo. Porque morir, vamos a morir todos. Yo también pero, como apenas paso los veinte, tengo permitido no pensar en eso. De cualquier modo, no me tomo ese permiso, pienso en mi muerte. No como algo inminente, sino como algo certero e impredecible. A mis padres les encanta la frase: “Vos tenés la vida entera por delante”. ¿Una vida de qué duración? Ese es el punto. ¿Horas, días, semanas, años?
Ante una enfermedad como la que sufría mi abuelo, ya no fue posible simular que aún quedaba tiempo. Tenía un tumor en la cabeza en un lugar no accesible para la cirugía, así que todos sabíamos que no habría cura. Por supuesto que aquella tarde no se me cruzó que sería la última que pasaríamos juntos; de lo contrario me habría quedado con él, esperando, junto a su cama, tomado de su mano. Me había engañado, durante la enfermedad de mi abuelo me encontré varias veces pensando: “Todavía no, por ahora no va a morir”. Pero, más temprano que tarde, llegaría el llamado inoportuno para advertirme que me había estado haciendo trampas. Aunque tenía asumido que algún día me quedaría solo en nuestro peculiar sistema familiar, no saber exactamente cuándo me había provocado una falsa ilusión. Hasta aquella noche en que sonó el teléfono de mi casa, vivía como si el diagnóstico del abuelo no incluyera una certeza de muerte sino una amenaza. Y las amenazas, en algunas ocasiones, se lanzan para amedrentar, pero no se cumplen.
Me había equivocado.
Creo que mi inminente soledad le preocupaba más a mi abuelo que a mí; él, sospecho, tampoco me sentía capaz de arreglármelas por mí mismo. Claro que su preocupación no era como la que yo provocaba en mis padres, siempre alarmados por una supuesta discapacidad permanente, propiciada por ellos, alimentada por ellos. Para mi abuelo, en cambio, mi timidez, mis dificultades para relacionarme, mi fragilidad y mi nerdismo eran características transitorias y reparables con el adecuado entrenamiento. Y nunca se olvidaba de aclarar: “Siempre que vos quieras cambiarlo”. Él parecía consciente de que si hubiera sido por mi madre, yo habría quedado encerrado en su telaraña para siempre. Por eso, desde que se resignó a que los días que le quedaban serían pocos y estaban fatalmente contados, me entrenó para la supervivencia. Algunas veces, su entrenamiento fue explícito; otras veces, tácito. Así que tuve una percepción tardía de que muchas de las cosas que mi abuelo hizo en sus últimos tiempos, cuando todavía estaba bien, fueron acciones deliberadas para que yo aprendiera a sobrevivir.
Hay lugares en donde es más difícil sobrevivir: en un desierto, en una isla inhabitada, en el pico de una montaña, en Marte, en un país en guerra, en la selva. En mi familia.
Somos una cicatriz. Mi familia es la cicatriz que dejó un asesinato. Unos años antes de que yo naciera, descuartizaron y quemaron —en ese orden— a mi tía Ana. A pesar de que no la conocí, a pesar de que no había fotos de ella por la casa, a pesar de que mis padres evitaban mencionar aquel hecho brutal con la ridícula idea de que lo que no se nombra no existe, desde que supe que mi tía había sido quemada y descuartizada me convencí de que al hablar con alguien debía contarlo inmediatamente, advertirle al otro que en mi familia había habido una muerte violenta, salvaje. Me había acostumbrado a mostrar mi cicatriz familiar casi como carta de presentación. Más aún si se trataba de una chica, y en sus ojos descubría que yo le gustaba. En ese caso, sentía que no solo debía contarle, sino advertirle: “Ojo que no soy lo que ves, ¿querés escuchar mi historia?”. Y si decía que sí —siempre decían que sí—, le describía en detalle la cicatriz familiar. No porque de ella pudiera resultar ningún riesgo para terceros, sino porque sentía que no había manera de soslayarla al hablar de mí. No podía callar ni la cicatriz ni la historia que se escondía detrás de esa marca. La muerte de Ana forma parte, irremediablemente, de lo que yo soy. De lo que somos. Tal vez, mis padres no me habrían criado con los miedos con que me criaron, si la vida de Ana no hubiera terminado de ese modo. Tal vez, mi abuela no habría sido el ser amargo y dañino que fue hasta sus últimos días, si no hubiera muerto su hija. Tal vez, mi abuelo no habría tenido esa luz triste en los ojos, si su niña menor aún viviera y su niña del medio no se hubiera ido a vivir a otro continente. Sin nuestra cicatriz, tampoco habrían existido las tres cartas que yo llevaba en mi mochila el domingo en que llegué a Santiago de Compostela, dispuesto a encontrar a Lía.
A fuerza de rechazos, aprendí a simular. Poco a poco logré postergar el anuncio, no contar lo de la muerte de Ana de inmediato. Sobre todo después de aquella cita con una ex compañera del colegio secundario que me gustaba mucho, muchísimo. Me había tomado un largo tiempo antes de invitarla a salir, me sonrojé al hacerlo pero, cuando lo hice, ella dijo: “Sí, salgamos”, casi sin pensarlo, y yo fui feliz. La invité a tomar una cerveza y, antes de que el mozo trajera los balones, en lugar de intentar darle un beso como hubiera hecho alguno de mis amigos, le estampé mi cicatriz sin ningún tipo de advertencia, amortiguación o rodeo. “A mi tía Ana la quemaron y descuartizaron cuando tenía diecisiete años, nadie supo nunca quién ni por qué”. No podía estar frente a ella y no decirlo. Callar me hacía sentir sucio. Por un momento, pensé que sus ojos se ponían más verdes, que algo le hacía ganar intensidad a un tono que yo pocas veces había visto tan de cerca. Pero no se trataba de que los ojos de mi amiga ganaban color, sino que la piel de su cara lo perdía. La chica se había puesto pálida, la frente se le llenó de sudor, se paró torpemente, me dijo que iba al baño un instante y no volvió más. Ahí quedé yo, toda la noche con las dos cervezas frente a mí, sin poder tomar la mía y sin entender qué era lo que había hecho mal.
Crecer rodeado de adultos a los que un día les cambió la vida por una muerte con descuartizamiento e incineración no puede ser igual a crecer en otro sistema familiar. La familia es un sistema. “Un objeto complejo cuyas partes o componentes se relacionan con al menos alguno de los demás componentes”; según se define “sistema” en el Diccionario de Filosofía, de Mario Bunge. Yo me relacionaba con mi abuelo, hasta que murió. Mis padres se relacionaban entre sí. Mi abuelo se relacionaba con todos. Aunque en los últimos tiempos su trato con mis padres fue cada vez más distante. En ese entonces, pensé que era porque el abuelo guardaba su energía para él y para mí, para las cartas que se escribían con Lía y no mucho más. A partir de su muerte, el sistema quedó trunco, faltaron enlaces y empezó a dar “error”. Mis padres quedaron haciendo loop entre ellos. Yo desconectado, out of system, excluido.
Soy hijo de un ex seminarista y una profesora de Teología. Hay que remontar ese barrilete. Los ingresos que nos permitieron tener una vida más holgada fueron producidos por la casa de electrodomésticos que mi padre heredó de su familia. Los dos son activistas católicos y están relacionados íntimamente con la Iglesia de muchos modos: retiros, cursillos, novenas, colectas, comedores, misionar —lo que significa convencer a otros de que crean en aquello en lo que ellos creen—. Durante mucho tiempo dieron cursos prenupciales en los que explicaban cómo tener un matrimonio que durara toda la vida, condición de extra large que parecía definir el éxito del sacramento. De hecho, aún deben de estar convencidos de que su propio matrimonio es exitoso. En cambio a mí, imaginarme casado, si estar casado es vivir como viven ellos, me parece un fracaso absoluto, el más grande al que uno puede aspirar.
Con mis padres nunca tuve un verdadero diálogo, cuando hablábamos lo hacíamos con lugares comunes y frases hechas. “¿Cómo te fue en el colegio?”
“Bien, gracias”. “¿Tenés mucho que estudiar?” “No tanto”. “Hace frío, abrigate”. “Llevo una bufanda, no te preocupes”. Fue el abuelo quien me escuchó sin inmutarse cuando me suspendieron tres días por discutirle al cura que la hostia puede ser un símbolo, pero no es el cuerpo de Cristo ni de nadie, y que el vino consagrado es vino de uva pero no sangre. O cuando me amonestaron porque llamé al 911, después de que tres de mis compañeras se desmayaran en un retiro espiritual donde nos tenían a pan, agua y arroz, al sentir que “Cristo les entrababa en el cuerpo”, mientras nuestro tutor gritaba: “¡Que entre, que Cristo entre!”. Era apenas adolescente cuando mi abuelo me regaló mi primer libro de Richard Dawkins, El gen egoísta. “La religión es un delirio que sufren millones, lo dice él, no yo”, citaba a Dawkins, mientras golpeaba con su dedo índice el nombre del autor sobre la tapa del libro que acababa de regalarme. A partir de entonces, sin declararlo, sin decirme que él dudaba y sin enfrentar abiertamente ni a mis padres ni a la Iglesia, mi abuelo me educó en la posibilidad de ser libre.
Eso también fue parte de su entrenamiento.
Así llegué a Freud, que sostiene el concepto de la religión como delirio colectivo desde bastante antes que Dawkins. Y al libro de ensayos de Fritz Erik Hoevels: Religión, delirio colectivo, a lo que le sumé la lectura de algunos trabajos de quienes lo aman y otros de quienes lo odian. Y, por fin, al Seminario 11 de Lacan, en especial a su clase 5, “Tyche y automaton”: “Porque la verdadera fórmula del ateísmo no es Dios ha muerto […], la verdadera fórmula del ateísmo es: Dios es inconsciente”. Por Lacan, terminé cambiando de carrera: ya no estudio Arquitectura, sino Psicología. Al menos eso estudiaba cuando me fui de la Argentina y supongo seguiré estudiando donde sea que me instale finalmente. Cuando decidí que no quería ser arquitecto, dudé un tiempo si cambiarme a Psicología o a Filosofía y di materias de los dos planes de estudios. Pero por fin me decidí por el aprendizaje de los procesos mentales individuales, que me pareció menos abstracto que el pensamiento en sí mismo. A mis padres no se lo dije: superada la desilusión al asumir que no solo no tendrían un hijo cura sino tampoco arquitecto, habrían hecho lo imposible para que yo estudiara Psicología en una universidad católica. Si se trata de levantar un edificio, da más o menos lo mismo, pero meterse dentro de la cabeza de otro sin una mirada “cristiana” les habría parecido impúdico.
“Su técnica (la de la religión) consiste en reducir el valor de la vida y en deformar delirantemente la imagen del mundo real, medidas que tienen por condición previa la intimidación de la inteligencia”, escribió Freud en El malestar en la cultura. Quise compartir esa lectura con mi abuelo. Él repitió la frase de memoria, era difícil sorprenderlo con un texto. Aunque se recibió de profesor de Historia, su campo de interés era mucho más amplio, y se la pasaba leyendo ensayos de diversos temas: filosofía, psicología, antropología, biología, teología. A mi abuelo todo le interesaba. Mi abuela, en cambio, se lo pasaba quejando de que, después de jubilarse, él perdiera su tiempo y se alejara de ella escudándose detrás de un libro. Yo hubiera hecho lo mismo que mi abuelo.
De él heredé mi voracidad lectora.
“Intentá ser feliz sin mentiras ni delirios”, escribió el abuelo en la carta dirigida a mí, la que podía leer solo. Que hubiera elegido el verbo intentar me resultó clave: no me exigía “sé feliz”, me pedía que tratara de serlo. En esa carta también me hablaba del amor. Y me prometía que, en la que compartiría con Lía, volvería sobre el asunto. Pero para hablar de él, no de mí.
Me fui de la Argentina sintiendo que no había sistema ni lazo que me uniera con nadie. Mi sistema familiar había dado “error” y, al poco tiempo, dejó de funcionar. Era un satélite que había perdido su órbita.