Catedrales
Capítulo 2
2
En algún momento, entrada la primavera, mientras estaba dando catequesis a un grupo de varones que se preparaba para recibir el sacramento de la confirmación en la parroquia, conocí a Carmen. Recuerdo que era primavera, porque los días empezaban a ser muy calurosos y tantos adolescentes juntos, en esa pequeña sala, se hacían sentir. O, para ser preciso, se hacían oler. Intentaba explicarles una de las más complejas nociones teológicas: la Santísima Trinidad y el Espíritu Santo. Un solo Dios en tres personas distintas, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Había descartado hablarles a esos chicos de “hipóstasis”, ser verdadero o sustancia individual y singular con esos términos. Bastante difícil era ya explicarles la unión entre el verbo de Dios y la naturaleza humana usando la palabra “persona”. Pero “persona”, al menos, era un concepto que no tendrían que buscar en el diccionario. En eso andaba yo aquella tarde de primavera, dando por terminada la tarea de hacerles comprender que no son tres dioses, sino uno, y empezando a hablarles de los dones del Espíritu Santo, cuando apareció Carmen. Y fue como si hubiera tocado tierra un huracán. Golpeó la puerta y entró en un mismo acto, sin esperar a que le dieran permiso. Dijo: “Me llevo una silla”. Y eso hizo, avanzó, tomó una silla y se fue. Yo quedé suspendido en el aire, me sentí inmovilizado, como si esa mujer me hubiera hechizado. Los chicos lo notaron; quizá no interpretaron exactamente qué me sucedía, pero sí que necesitaba alguna explicación para volver en mí. Sin que yo preguntara, uno de ellos dijo: “Es Carmen Sardá, está en el patio con el grupo de las chicas”. Yo conocía ese apellido, Carmen Sardá debía de ser una de las hijas del profesor de Historia de mi colegio. Sus hijas, según mis cálculos, tenían que ser unas niñas, a lo sumo unas adolescentes. Y esa que acababa de entrar en la sala era una mujer. Una mujer que me dejó mudo a mí y, sospecho, inquieto a alguno de los chicos de mi grupo. Llevaba un jean prolijo pero ajustado que permitía adivinar su cuerpo, y una remera blanca que no llegaba a ocultar del todo su corpiño de color. ¿Rojo? Sentí un mareo o una confusión, me sorprendió confirmar que existían corpiños rojos. Esa no podía ser una de “las Sardá”, me dije, y seguí hablando del Espíritu Santo los pocos minutos de clase que me quedaban.
Cuando salimos, Carmen asistía a una chica en el patio. La había sentado en la silla que había tomado de nuestra sala, unos minutos antes. Le presionaba la nariz con un pañuelo ensangrentado y le volcaba la cabeza hacia atrás para que la sangre no siguiera saliendo. Me acerqué a ellas. “¿Qué pasó?”, pregunté. Sin mirarme, Carmen respondió: “Le pegaron un pelotazo jugando al matador. Se ve que tiene capilares muy sensibles, sangra de nada. Sostené que voy a buscar hielo”, me indicó. O me ordenó, porque del mismo modo en que antes había sacado la silla de la sala, sin preguntar ni esperar consentimiento, me dejó ahí con el encargo. A mí la sangre siempre me impresionó, de solo verla brotar me baja la presión, llegué a desmayarme en un laboratorio cuando me hicieron una extracción. Tocar ese pañuelo era algo impensable para mí. Sin embargo, Carmen lo consiguió, no sé cómo ni cuándo, pero ella desapareció en busca del hielo y yo quedé allí comprimiendo la nariz de esa niña, tratando de convencerme de que lo que veía y tocaba no era sangre.
A partir de ese día, Carmen y yo no nos separamos. Nos relacionábamos como colegas, como maestros de catequesis que compartíamos la misma parroquia. Y hasta nos permitíamos sentirnos amigos. Por supuesto, nada más. Al menos conscientemente, al menos cuando la razón permitía tomar decisiones; en las noches, en cambio, varias veces me desperté con la imagen de Carmen, como si estuviera junto a mí, excitado, o relajado luego de haber eyaculado en medio de un sueño. Yo estaba en el seminario, sería cura algún día. Y ella era una mujer destinada a formar una familia, a compartir la vida con un hombre. Lo comentamos en nuestras charlas, sin llegar a confesar lo que nos pasaba; hablábamos del uno o del otro, nunca de “nosotros”. Tuvimos conversaciones interminables acerca de mi vocación y de la suya. Ella quería ser madre, a diferencia de mí que, hasta que nació Mateo, no había sentido vocación por la paternidad. Al entrar en el seminario, supe que resignaba para siempre mis deseos de tener una vida junto a una mujer, pero el hecho de no llegar a ser padre estaba fuera de mis preocupaciones. A decir verdad, tampoco fue algo que apareció con el nacimiento de mi hijo, sino que empecé a sentirme padre recién unos años después, en el momento en que Mateo comenzó a ser alguien diferenciado de su madre y pudimos crear un vínculo propio. En alguna de esas charlas, le pregunté a Carmen si, dado su gran compromiso con la Fe católica, nunca había sentido “el llamado”. Me respondió que no, que ella no había sido elegida. Para mi sorpresa, en lugar se sentirlo como una incapacidad o un desprecio, Carmen se alegraba por no haber sido llamada. Porque quería ser madre pero también, y quizás sobre todo, porque esa libertad le permitía buscar su lugar dentro del universo de las “mujeres católicas recordadas”. No entendí a qué se refería; me lo explicó con detalle, y otra vez quedé admirado frente a ella, frente a la pasión que Carmen ponía en estudiar la Biblia, en reflexionar sobre la palabra de Dios, en atender cada detalle de nuestra Fe y su liturgia. Se trataba nada menos que de la tesis en la que pensaba trabajar para doctorarse cuando terminara la carrera de Teología. Carmen había estudiado los leccionarios de distintos países, el libro en el que cada asamblea episcopal define las lecturas que se harán en los oficios religiosos. Y detectó que, en la mayoría de ellos, las mujeres mencionadas en las lecturas elegidas eran descriptas y admiradas por sus cualidades como madres y por sus atributos femeninos, aunque hubieran tenido otros. Carmen era y es brillante leyendo la Biblia y el leccionario, meticulosa, asertiva, y definió —en base a esas lecturas— “el deber ser” de una mujer católica. Una noche la pasamos en vela comparando las Escrituras con el leccionario vigente. “Fijate, en la lectura diaria del Éxodo, pasan del versículo 14 al versículo 22, se saltean así nada menos que cuando Sifra y Púa resisten la orden del faraón de matar a los niños hebreos. Esos pasajes están en la Biblia, pero no suben al púlpito. No se leen, entonces nadie los escucha en las misas. Lo mismo sucede con Ester y Judit, son reconocidas por los obispos por sus cualidades ‘femeninas’ y no por su heroísmo para salvar al pueblo. Judit, incluso, es admirada por su belleza física. A nadie le importa leerles a los niños acerca de su coraje. A nadie le importan las heroínas, sino las madres, las esposas, las cuidadoras. Hay mujeres teólogas que se enojan con las selecciones de lecturas que hacen los obispos. Una triste versión católica del mal entendido ‘feminismo’. Yo prefiero trabajar en mi formación, teniendo como modelo las mujeres que los obispos admiran. ¿Por qué hay que cambiar lo que ha funcionado bien durante siglos? ¿Por qué la mujer tiene que tener otra meta que la superior de ser madre, formar una familia, hacer crecer a los suyos en la Fe católica para que sean buenos cristianos? Estoy convencida de que si tenemos muchos hijos y los educamos en la Fe, el mundo será cada vez un poco mejor”. Carmen era rotunda, estaba convencida, no tenía dudas. Y concluía: “¿No es esa la meta más sublime que podemos ponernos cada una de nosotras? Tener un mundo mejor”.
Así pensaba Carmen; eso quería para ella, para su familia, para sus compañeras de estudio, para sus amigas y para todos. Si tuviera que definir qué tipo de mujer quería ser Carmen, diría que aquella que eligen los obispos para admirar desde el púlpito de la iglesia. Yo no era obispo, pero la admiraba. Y la deseaba, en secreto, sintiéndome en pecado. El equilibrio que habíamos logrado entre el deseo y su represión se apoyaba en que ninguno de los dos sabía que el otro sentía lo mismo. Eso nos detuvo, eso postergó lo que era inevitable.
Hasta que llegó el verano, y ya no pudimos sostener en secreto lo que nos pasaba. Llevamos a jóvenes de la parroquia a un campamento en Córdoba; como cada febrero, los grupos pasaban veinte días en el monte trabajando la camaradería, el compañerismo y misionando por la zona. Hacía un calor indescriptible. Nos pasábamos el tiempo libre metidos en el arroyo. Nuestros cuerpos estaban siempre mojados, o por el agua de ese pequeño curso de lecho fangoso, o por la transpiración. Y el cuerpo de Carmen, mojado, me era irresistible. La espiaba con vergüenza. Hacíamos las actividades en dos sectores distintos, uno para los varones y otro para las mujeres, pero almorzábamos y cenábamos en el mismo comedor y, a la noche, nos juntábamos a cantar en el fogón con los distintos grupos. A través de las llamas, mientras alguien tocaba la guitarra y los demás entonábamos canciones que conocíamos de memoria, yo miraba su pecho, el pecho de Carmen, e imaginaba, debajo de la camisa, el corpiño rojo que llevaba el día en que la conocí. Cuando los chicos y las chicas se iban a acostar, ella y yo nos quedábamos a esperar que el fuego estuviera totalmente apagado. Demorábamos una tarea que probablemente podía hacerse en menos tiempo; estirábamos, así, el momento de estar juntos y solos.
Una noche, después de que la última brasa pareció apagada, Carmen me dijo que iba a caminar por la orilla del arroyo. Le ofrecí acompañarla. Era una zona tranquila pero, de cualquier modo, no era una hora adecuada como para alejarse sola. Le di ese argumento, y ella aceptó. Caminamos en silencio, algo inhabitual en nuestros encuentros, que se habían convertido en cataratas de palabras; me latía el cuerpo, sentía que me faltaba al aire. Estar callados hacía evidente lo que nos pasaba. En un claro del monte, ella se detuvo a buscar dónde estaba la luna: el perfil de su cara se iluminó al encontrarla. Carmen miraba el cielo, y yo la miraba a ella. Cuando, por fin, bajó la vista, estábamos demasiado cerca uno del otro. La besé. Sin pensarlo, sin ser consciente de qué estaba haciendo, solo guiado por el deseo, por la necesidad física de sentir su boca, su cuerpo. Y Carmen me besó. Nos besamos interminablemente, creo que los dos sabíamos que, después de ese beso, nos separaríamos; que sería inevitable que volviera a gobernarnos la razón, que haríamos lo imposible para que no sucediera otra vez. Hicimos durar todo lo que pudimos ese beso que, intuíamos, sería el único; podríamos habernos quedado eternamente así, juntos, unidos por nuestros labios. Pero de pronto, Carmen sintió mi erección y se separó de mí. “No puedo hacerte esto”, dijo. “No puedo”. Y salió corriendo hacia el campamento.
El beso despertó en mí un deseo que no conocía. Estaba el día entero pendiente de Carmen, mucho más que antes. Intentaba concentrarme en la oración, cansarme en el trabajo físico con los chicos, rezar en cada ocasión en que me aparecía su imagen: cualquier intento era en vano. Me imaginaba una y otra vez besando a Carmen, acariciando a Carmen, incluso haciendo el amor con Carmen. Una noche ella no vino al fogón, me mandó decir por una de las chicas que tenía un fuerte dolor de cabeza, y si yo podía hacerme cargo de los dos grupos. Sospeché que mentía, que quizás a ella le estaba pasando lo mismo que a mí, que por eso me evitaba. Y esa sospecha me excitó más aún. Las chicas, sin los ojos de Carmen puestos en ellas, estuvieron muy sueltas conmigo, como no lo habían estado hasta entonces. Yo les prestaba atención casi por primera vez, me daba cuenta de que ni sabía sus nombres y, cuando me equivocaba y llamaba a una por el nombre de la otra, reían y se burlaban con simpatía. Imitaban un leve temblor que tengo en los ojos, cuchicheaban, hablaban de mí sin lugar a dudas. Por mi lado, me hacía el ofendido, pero como parte de un intercambio aparentemente ingenuo. Aquella noche, cuando todos por fin se fueron a dormir, me quedé solo, apagando el fuego y pensando en Carmen, sintiendo más que antes su ausencia.
Entonces apareció una de las chicas; no intenté decir su nombre porque estaba seguro de que me equivocaría. “¿Estás bien?”, le pregunté y, al hacerlo, la miré y la encontré sorprendentemente parecida a Carmen. Igual a como yo imaginaba que habría sido ella a esa edad. Pensé que el parecido no era real, sino producto de mi obsesión. La chica se ofreció a hacerme compañía hasta que se apagara la fogata, dijo que no tenía sueño y que prefería charlar conmigo. Se sentó a mi lado. Reía y me hablaba con una dulzura que no tenía Carmen. Y me hacía preguntas incómodas. Eso tampoco me sorprendió, no era la primera vez que alguna chica de la parroquia me interrogaba de esa manera o usaba palabras inapropiadas delante de mí; les gustaba probarme, ver cómo reaccionaba, era un juego inocente. Durante el año, dos o tres veces habían aparecido en grupo a bombardearme a preguntas en medio de una clase, delante de los varones. Yo estaba acostumbrado a que les llamara la atención que un muchacho joven, que hasta hacía poco había sido uno de ellos en el barrio, estuviera dando los pasos necesarios para ser sacerdote. Pero ella no se quedó en el juego inocente y fue más allá: “¿Un cura puede enamorarse?”, “¿Qué tiene que hacer si se enamora?”. Yo respondía como podía, sentía que había una señal de Dios en que esa chica, tan igual a Carmen, estuviera allí preguntándome lo que preguntaba. Parecía que hubiera sabido lo que pasaba por mi cabeza. Respondí como si fuera un juego de preguntas y respuestas, me hice el chistoso; cuando fue necesario, mentí. “¿Qué siente un cura cuando besa?”, preguntó por fin. “No sé, yo no soy cura todavía”, respondí y me reí con cierta incomodidad. “¿Y vos, ‘no cura’, qué sentís?”, dijo. No llegué a contestar porque la chica, sin más rodeos, me besó. Y yo la besé a ella, primero con sorpresa, casi como un reflejo condicionado, pero luego pensando en Carmen. El beso no duró tanto como el que nos habíamos dado junto al arroyo porque enseguida la chica se separó, me tomó la mano y me llevó a un lugar solitario del monte. Yo me dejé llevar sin oponer resistencia. Allí volvió a besarme. Frotamos un cuerpo contra el otro. Y cuando empezó mi erección, en lugar de apartarse como había hecho Carmen, ella se frotó contra mi miembro duro mientras suspiraba, jadeaba y gozaba sintiéndome. Guie su mano hasta mi pene y la chica lo apretó; yo la sostuve para que no la apartara. Ella seguía besándome mientras, con torpeza, se dejaba conducir por mis indicaciones; lo hacía con ingenuidad y avidez, como si explorara el cuerpo de un hombre por primera vez. Metí la mano por debajo de su remera, busqué el corpiño rojo de Carmen, lo desabroché sin verlo: recorrí sus pechos; la piel era suave y estaba tibia. Hasta que sentí que ya no podía más, que el cuerpo me iba a reventar. Creo que ella entendió lo que me pasaba, o le pasaba lo mismo que a mí. Nos tendimos sobre la tierra, la guie para que se pusiera sobre mí, me desprendió el pantalón, me acarició como nadie lo había hecho. Yo metí la mano dentro de su short y la acaricié también, estaba húmeda. Cuando ya nada me importaba más que estar dentro de ella, la puse de lado, me subí sobre su cuerpo, me froté otra vez. Y otra, y otra. Por fin, le bajé la ropa y la penetré. Nos quedamos así un rato, sintiéndonos, moviéndonos apenas, hasta que no pude contenerme y empecé a agitarme dentro de ella hasta dejarme ir. Sentí un alivio inédito. La chica no paraba de besarme, se reía en medio de esos besos, jadeaba, se frotó —mi pene había perdido su erección así que lo hizo contra mi pierna—, y luego se dejó ir también. No estoy seguro de que ella supiera lo que le estaba pasando a su cuerpo, aunque se la veía plena, feliz. Nos quedamos uno junto al otro, acostados sobre ese pasto duro que apenas tapaba la tierra seca de aquel verano. Yo no sabía qué decir, no sabía qué hacer a continuación. A medida que volvía en mí, aparecía la culpa, el reproche, el arrepentimiento. Estuve a punto de pedirle perdón. Pero antes de que lo dijera, ella me dio un último beso rápido en los labios, se levantó y se fue. Yo quedé inmóvil, ahí, recostado donde lo habíamos hecho, esperando que se fuera la noche y despuntara el día. No pude dormir, recé un padrenuestro detrás del otro, luego diez avemarías, cada tanto un pésame. Sospecho que con ese rezo, más que buscar el perdón de Dios, pretendía que Cristo, que había sido hombre, me diera una señal para poder entender cómo seguir.
Recién al día siguiente supe que esa chica era Ana Sardá, la hermana de Carmen. Las vi hablando a lo lejos, mientras con los varones armábamos los equipos para el partido de fútbol de esa tarde. Temí que Ana le hubiera contado lo que había sucedido la noche anterior; la charla que espiaba a la distancia no parecía cordial, era más bien un reto: Carmen se mostraba enojada. Ana quería irse, y ella la detenía. Le pregunté a uno de los chicos que estaba conmigo si sabía qué pasaba. “Ni idea, pero seguro nada importante. Son hermanas, se llevan como perro y gato. Ana casi no viene de campamento cuando supo que la encargada de las mujeres iba a ser Carmen”. Me quedé temblando, pedí no jugar aquella tarde, mentí que me había bajado la presión y que miraría desde el banco.
A la hora del partido, me ubiqué de espaldas al grupo de las chicas. En la mitad del primer tiempo, Carmen se acercó y se sentó a mi lado. Se me paralizó el corazón. Temí lo peor. Sin embargo, no mencionó ni a Ana ni nada de lo que había sucedido en el monte mientras ella dormía ajena a todo. Me habló de temas menores, de cómo organizaríamos la cena, de un juego nuevo que quería proponer para el fogón de la noche. Se disculpó por haber faltado al último por su dolor de cabeza. “Espero que las chicas no te hayan vuelto loco, a mí algunas me sacan de las casillas”. Casi no pude responder, tenía un nudo en la garganta, carraspeé y apenas dije: “Tranquila, estuvo bien”. Mentí; y al hacerlo, me di cuenta de que cada vez estaba más enamorado de Carmen, porque no me lamenté por haberlo hecho, sino que, por el contrario, me juré mentir lo que fuera necesario para protegerla de lo que había dejado que pasara unas horas antes.
Preferiría no recordar lo que siguió hasta el fin de ese campamento. Si el primer encuentro con Ana tuvo como atenuante la sorpresa, no encuentro excusa para explicar mi comportamiento posterior. Lo intenté y fracasé. Había decidido pasar las noches que quedaban en una bolsa de dormir, dentro de una de las carpas que habíamos levantado más por diversión que porque hicieran falta, ya que habíamos habilitado un salón para que durmieran los varones y otro para que durmieran las mujeres. El “campamento” se hacía en una escuela en medio del monte; el edificio estaba desocupado en verano y, como en oportunidades anteriores se habían inundado las carpas con reiteración, los encargados de la organización habían decidido, desde hacía dos o tres años, que lo mejor era dormir bajo techo y usar las carpas solo de tanto en tanto. Así que decidí tomar una para mí, sin dar explicaciones. No podía dar explicaciones. ¿Qué iba a decir, que tenía miedo de hablar en sueños? ¿Miedo de excitarme descontroladamente y que alguien lo notara? ¿Miedo de necesitar recurrir a la masturbación? Me confiné en esa carpa tratando de no cometer nuevos errores pero, lejos de protegerme, terminó siendo la peor trampa.
Allí se apareció una noche Ana, casi de madrugada, mientras yo dormía. Se recostó junto a mí, me abrazó. Me dijo: “Te quiero”. Y yo, al despertar, temblando, en lugar de decirle que se fuera, me entregué a ella, a sus besos tiernos, a su piel que reparaba cualquier dolor, a su parecido con Carmen. Y luego de esa noche, otra noche. Y otra. Me dormía rezando y pidiendo que ella no viniera; me despertaba soñando que estaba allí. Su voz era un canto de sirenas; su olor, irresistible. Fui débil, no pude controlarme, la deseaba, o deseaba a su hermana mayor y calmaba ese deseo con ella. Aún hoy me maldigo por lo que hice. Lo he confesado, más de una vez. Lo hablé con el padre Manuel, él me ayudó mucho, antes y después de la muerte de Ana. He recibido el perdón. Soy consciente de que la muerte de Ana fue la consecuencia de una serie de hechos desgraciados que arrancó con nuestros encuentros sexuales en aquel campamento. Que yo hubiera incumplido el deber de castidad fue uno de esos primeros hechos. No el único; si solo hubiera sido eso, la historia de Ana podría haber sido otra. Un hecho necesario, pero no suficiente para que Ana terminara muerta. De ese hecho debo hacerme cargo y lo hago, de no haber podido frenar mi deseo, de no haber frenado el de ella. De ese hecho.
Mientras duró el campamento, traté de no pensar; tenía que ocuparme de los chicos, tenía que hacer mi tarea, tenía que disimular frente a Carmen. De noche, me acostaba jurándome que, si esa madrugada aparecía Ana, por fin sería fuerte y le diría que no. Me convencía de que era urgente detener una relación clandestina que no nos conduciría a nada. Pero cada vez que ella vino falté a mi juramento. En cambio, le rogué que no faltara al suyo: jamás contarle a nadie que habíamos estado juntos. “Yo te amo, nunca haría algo que pudiera dañarte”, dijo, pobre niña. No pude contestar al “yo te amo”, porque amaba, sí, aunque no a ella, sino a lo que de Carmen había en su hermana menor.
De regreso, fue relativamente fácil evitarla. Tardé en aparecer por la parroquia. Tenía un sentimiento ambivalente: quería ver a Carmen y no podía cruzarme con Ana. En soledad, medité mucho acerca de qué debía hacer. Por lo pronto, no estaría más con ella, eso estaba decidido; le pedí fuerzas a Dios para que me ayudara a no claudicar y perdón por haberlo ofendido. Pero evitar cualquier contacto con Ana no era la única decisión que debía tomar. ¿Podía aún ser sacerdote? ¿Podía responder al llamado de Dios con la entrega que él merecía? Y, en esas preguntas que se me repetían una y otra vez, no me estaba refiriendo al hecho puntual de haber tenido sexo con Ana, sino al hecho vivo y persistente de estar enamorado de Carmen. ¿Estaba dispuesto a ignorar ese sentimiento? ¿Me sentía capaz de vivir toda la vida sin amor, ahora que lo había conocido? Después de mucho pensarlo, después de hacer mi propio retiro espiritual en el seminario, de discernir —tal como lo había hecho antes de entrar y con la ilusión de ser sacerdote—, me convencí de que no: por mucho que me esforzara, no iba a poder renunciar a Carmen. Estaba verdaderamente enamorado de ella. Cuando ya no tuve dudas, la llamé por teléfono y le pedí que nos viéramos lejos de su casa y de la parroquia; le dije que necesitaba hablar con la tranquilidad de que nadie nos estuviera observando. Una vez más, no mencioné a Ana. Ana había sido un accidente, el detonador que me permitió, por fin, discernir.
Fui a buscar a Carmen a la salida de una de sus clases en la facultad. Sin preámbulo, le confesé que estaba enamorado de ella; para mi sorpresa, ella reconoció, de inmediato, que lo estaba de mí. Carmen nunca lo habría dicho si yo no le hacía esa confesión porque, aunque me amaba, estaba dispuesta a callar —o incluso a mentir— si eso era lo mejor para mí. “El amor también es sacrificarse por el otro”, dijo, y sentí un deseo irrefrenable de besarla. Los dos teníamos claro que seguir reprimiendo lo que sentíamos no sería lo mejor ni para mí ni para ella. Ni para la Iglesia. No nos besamos esa tarde, ni siquiera nos agarramos de la mano; éramos conscientes de que si nos tocábamos, no íbamos a poder detenernos. Le conté que había tomado la decisión de dejar el seminario; que, como ella, yo quería formar una familia y que quería que la formáramos juntos. A Carmen se le humedecieron los ojos. Acerqué el dedo a su mejilla; no corrí las lágrimas que empezaban a caer, me detuve un instante antes de tocarlas, apenas las soplé para que rodaran. Ella no quitaba sus ojos de los míos. “Me siento culpable, habrías sido un gran sacerdote”, me dijo. “No es cierto, no podría haberlo sido. Estoy destinado al amor de una mujer; y esa mujer, no tengo ninguna duda, sos vos”. En silencio, sostuvimos la mirada; nuestros corazones latían cada vez más fuerte, pero seguimos sin tocarnos. Contuvimos el deseo como una ofrenda al otro y a Dios. Y aquella tarde sellamos nuestro amor para siempre.
Seguí sin mencionar a Ana. Todavía. No quería empañar la confesión de amor que nos acabábamos de hacer. Sabía que si ese secreto se develaba, podía herir de muerte nuestra relación. También que tarde o temprano tendría que decírselo, antes de que la verdad apareciera por otra vía. Por más que Ana hubiera jurado no contar jamás lo que había pasado entre nosotros, era probable que si me presentaba en su casa como el novio de su hermana mayor, pusiera en riesgo ese juramento. Tenía que pensar muy bien qué hacer con lo que había pasado con Ana en Córdoba, cómo contarlo, cómo lograr convertirlo en una anécdota molesta, vergonzante, hasta dolorosa; pero superable. Para que eso fuera así, debía elegir la manera apropiada de manejarme con las dos hermanas. No podía fallar, el futuro dependía de cómo contara el pasado. Lo que Carmen y yo nos habíamos prometido que sería nuestra vida juntos se merecía mi mejor esfuerzo.
Creí que reponerme de aquel fracaso —haber faltado a mi voto de castidad y nada menos que con la hermana de quien estaba enamorado— sería la última prueba que Dios me pondría en el camino. Había tenido la misma sensación muchos años antes, cuando mi madre nos abandonó: la esperanza de que esa era “la” prueba, que ya estaba; que, de ahí en adelante, no habría dolor y, si lo había, no sería tan profundo. Sin embargo, faltaba lo peor. Solemos analizar los hechos con el diario del lunes, cualquier hecho; con más razón los que producen daños irreparables. Y al hacerlo, no somos sinceros. Una vez revelado el final de una historia, resulta muy fácil pontificar qué habría que haber hecho. Pero mientras transcurre, nadie conoce el desenlace, y cada uno hace lo que mejor puede. ¿Podría yo, de verdad, haber controlado ciertos daños? No lo creo. Aún hoy me asumo absolutamente responsable de dos cosas: haber faltado a mi voto de castidad como seminarista y no haber usado protección al tener sexo con Ana. Del resto, no; lo que pasó después no fue solo la consecuencia de mis actos, sino de los actos de todos los involucrados. Y algunos de ellos hasta se declararon almas puras, sin errores ni pecado.
Se lo dije a Alfredo, cuando por fin supo, poco antes de morir, y me echó a los gritos de su casa. Yo siempre, desde el primer momento, estuve dispuesto a asumir la culpa de lo que me correspondía; había precios que, sin dudas, tenía que pagar y pagué. Pero lejos de ser una actitud valiente, y a contramano de lo que muchos creen, estoy convencido de que es presuntuoso y cobarde asumir culpas que no son propias. El “yo me hago cargo” de algunos no es más que el resultado del apuro por clausurar una discusión. Discriminar responsabilidades requiere tiempo y coraje. Porque para decir: “Esta culpa es tuya y no mía”, hay que tener valor y estar dispuesto a no agradar. Somos pocos los que optamos por caer mal al prójimo antes que entregar la verdad como moneda de cambio. Entiendo que, por ser católicos, sentirnos culpables nos resulte familiar; la culpa es, para nosotros, un lugar hostil pero conocido, en el que sabemos cómo movernos. Allí jugamos de locales. “Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa”, lo he repetido hasta el cansancio en mi formación religiosa. Lo sigo repitiendo hoy. Pero por la mía, no por la del otro. Discriminar cuáles culpas me pertenecen y cuáles no me llevó años de reflexión y una dosis de valentía que, al principio de esta historia, no tuve. Fueron de gran ayuda algunos retiros espirituales que hicimos con Carmen, donde se sumaba al rezo la meditación cristiana, una forma de encontrarnos con nosotros mismos y, en ese encuentro, unirnos a Dios. Me tomó mucho tiempo aceptar, definitivamente, que el hecho de que yo no hubiera podido evitar el dolor de cada uno de las personas involucradas en este drama no me convertía en responsable de las múltiples heridas que se abrieron a partir de mis días con Ana.
Con el poco ánimo que me quedaba para enfrentar la vida que tenía por delante después de su muerte, casi como un acto de rebeldía impensado dentro de mi biografía, empecé a sospechar que yo no era el culpable de todo. Al principio, me quedé solo en la sospecha, no me atreví a decirlo en voz alta. Mientras tanto la semilla germinaba. Porque no era culpable de todo, porque aceptar esa culpa también era una mentira. Hay consecuencias relacionadas con este drama que me son ajenas, simplemente porque fueron decisiones que tomaron otros. No me siento en absoluto responsable de que Lía se haya ido de su casa y nunca haya regresado. Ni me siento responsable de que Alfredo haya tenido que afrontar un cáncer que terminó matándolo y del que muchos opinaran, como si supieran de medicina: “Lo enfermó la pena por la muerte de su hija”. Alfredo se regodeó toda la vida en detalles innecesarios del horror, con el afán de encontrar una respuesta que se le negaba, ¿por qué debería hacerme cargo de su propia obsesión? No me siento responsable de que Dolores, mi suegra, se haya convertido en una mujer oscura, dañina, agresiva hasta el día de su muerte, siempre dispuesta a maltratar a quien se le pusiera delante, excepto a Carmen. ¿No era así antes? ¿No habría sido así de cualquier modo? No me siento tampoco responsable de que mi hijo no encuentre su lugar en el mundo, confundido a cada paso, sin saber qué quiere, sin saber cómo enfrentar lo que, para otro joven, es natural: su carrera, un viaje, una mujer. No me siento responsable siquiera de que no piense relacionarse más ni conmigo ni con su madre. Me duele y lo busco; responsable, no. Si su ausencia es el infierno que me toca en vida, acepto la voluntad de Dios, pero como castigo por lo que efectivamente hice o como congoja, no como culpa que me falte asumir. Ni siquiera me siento responsable de la carga que mi mujer lleva sobre sus hombros desde la muerte de Ana; ni de que, aunque se muestre entera y sepa por qué hizo lo que hizo, esté convencida de que pagó un precio exagerado. Carmen, aún hoy, cree que Dios, al condenarla a la esterilidad después del parto de Mateo, le impuso una pena desproporcionada con la falta que cometió, privándola así de su verdadero sueño: sembrar la tierra con hijos católicos que hicieran de este mundo un lugar mejor. ¿Soy responsable de que Carmen sea estéril? No, no lo soy.
Pero todavía queda una responsabilidad, la principal, con respecto a la propia muerte de Ana y del bebé. Si alguna vez tuve dudas con respecto a cuán responsable pude haber sido, hoy ya no las tengo. ¿Acaso no han luchado tanto las mujeres por decidir ellas mismas? ¿Acaso no se desviven por enseñarnos que el aborto es su propia decisión? Entonces, ¿de qué tengo que responsabilizarme yo? Quieren la decisión, ahí la tienen; pero háganse cargo. Ana decidió, y Dios, no sabemos por qué, así lo quiso.
En esta familia a la que hoy pertenezco, cada uno de nosotros eligió el papel que iba a representar. Ana también, aunque moleste, aunque incomode. Ana también. Ella tenía diecisiete años, ¿y yo qué? ¿Me van a reprochar que yo era un adulto y ella no? ¿Simplemente porque Ana tenía unos pocos años menos de veintiuno y yo unos pocos más? Antes y después de su muerte, todos dimos pasos que nos condujeron a donde estamos. Yo no caminé por ellos, yo no los obligué a tomar una ruta en lugar de otra. Cada quien hizo con su vida lo que pudo. Tal vez, el camino que seguí haya sido menos insensato que el que siguieron otros. Yo me resigné. ¿Quién dijo que la resignación no es una virtud cristiana? Lo dijo un papa, y yo no estoy de acuerdo. Como no estoy de acuerdo con el celibato. Hay algunas cosas a las que sí hay que resignarse: la muerte del otro, por ejemplo. No resignarse es pecar de soberbia.
Porque acepté lo que había pasado como un designio de Dios es que yo pude seguir adelante, y otros no. Ana había muerto, quien está por encima de cualquiera de nosotros había decido ponerle fin a sus días en esta Tierra. Y a mí me había dado una nueva oportunidad.
“Lo que me consuela en la aflicción es que tu palabra me da vida”, Salmos 119:50.