Catedrales
Capítulo 2
2
El abuelo y yo armamos nuestro propio camino de Santiago. Quedé con él en que empezaría el recorrido por Polonia y terminaría en Santiago de Compostela. Pero el final de la ruta trazada no estaba en esa ciudad por la supuesta tumba del supuesto santo. Ni porque Santiago era y es la meca de los peregrinos. Del verdadero motivo me enteré después, cuando supe que tenía que entregar esa carta: allí vivía Lía. Una de “las Sardá”, la hermana del medio. Mi única tía viva. Se había ido de Adrogué a esa ciudad, antes de que yo naciera. Y no había vuelto. Otra consecuencia de nuestra cicatriz.
El abuelo me hizo prometerle que, cuando él no estuviera, yo cumpliría el recorrido que dibujamos juntos, el de las catedrales más lindas de Europa. Ese camino me llevaría hacia donde él quería que fuera: al encuentro con la hija que más extrañaba. La extrañaba incluso más que a Ana, tal vez porque echar de menos a alguien vivo tiene más sentido que hacerlo con un muerto. La muerte pide resignación, la ausencia no. Nunca logré que mi abuelo reconociera que Lía era su favorita. “Para un padre, todas sus hijas son iguales”. No era cierto, mi madre jamás habría podido competir por su preferencia. Ni por su amor. Mi madre era otra cosa.
El recorrido empezaba en Polonia. Hicimos trampa, porque Santa María de Cracovia no es catedral. “Ellos son más tramposos que nosotros y mucho más dañinos, ¿por qué no atrevernos a una trampa ingenua?”. Así las llamaba el abuelo: “trampas ingenuas”, pequeños atajos para lograr algo en un mundo que los dos sabíamos hostil. Cuando él hablaba de “ellos”, de los tramposos, se refería a los curas. Aunque nunca dejó de decirse católico, con los años fue desarrollando un profundo desagrado por la curia y las instituciones de la Iglesia. Y advertir ese desagrado fue lo que me permitió sincerarme con él cuando aparecieron mis primeras dudas acerca de la fe. Mis padres, en cambio, trataban de revertir esas inquietudes con psicólogos —graduados en universidades católicas, condición sine qua non— como si mis preguntas les resultaran obscenas o propias de un brote psicótico. Desde entonces tengo claro que ellos habrían preferido verme psicótico que ateo.
Mi abuelo declaró catedral a Santa María de Cracovia, tomó mi mano y, con la suya encima, se puso a dibujarla.
Nuestro sueño de un camino de Santiago hecho a medida no fue un proyecto relacionado con la religión católica ni con misticismo alguno. Más bien una búsqueda del porqué, una reafirmación de la cordura propia en medio de ese delirio colectivo y extendido que nos tenía rodeados, sobre todo en nuestra propia familia. Y una apuesta a la felicidad que nos producían los pequeños actos de resistencia, más que las grandes batallas. También un encuentro final, el verdadero punto de llegada, que no se limitaba solo a conocer a mi tía, sino a entender por qué mi abuelo nos deseaba juntos. Él nos tenía reservado algo más, la revelación de una verdad que daba un golpe brutal en nuestra cicatriz, para abrirla y que luego cicatrizara mejor. Pero debe de haber evaluado la posibilidad de que, con esa herida abierta, si estábamos solos, no pudiéramos seguir viviendo. Me pregunto si habrá reservado algo para él. Lo imagino dudando frente a la difícil decisión de contarnos la verdadera historia o no. Se habrá convencido de que algún día la terminaríamos sabiendo y tuvo la precaución de que estuviéramos unidos al momento de recibir ese golpe. Fue valiente. Y apostó a que el sistema “familia” pudiera volver a funcionar si dos de sus objetos —Lía y yo— lográbamos relacionarnos, salvando el mensaje de “error”. Pero para eso era necesario desbaratar la mentira, frente a ella no había trampa ingenua que valiera.
“Si Picasso dijo que el retablo de madera de Santa María de Cracovia es la octava maravilla, mirá si no merece ser la primera catedral de nuestro recorrido”. La dibujamos tomando de modelo una foto que yo mismo encontré e imprimí desde el blog de una guía polaca que ofrecía visitas guiadas en idioma español. Cuando finalmente estuve allí, después de muchas horas de vuelo transoceánico, pensé que la habíamos sobrevalorado. Santa María está ubicada en la Plaza del Mercado de Cracovia que, según las guías turísticas y los blogs de viajes, es considerada una de las mejores plazas del mundo. Tiene estrellas y comentarios positivos en los sitios de viajeros en los que me metí. Caminé desde el hotel por una calle empedrada y, al llegar, aparecí frente al edificio más impactante de la zona, el Sukiennice o Lonja de los Paños. Me detuve allí, miré a mi alrededor. La plaza, sobre el final de aquel verano, transmitía la alegría de los que tomaban algo en sus terrazas mientras conversaban al sol. Bajo las arcadas había negocios, edificios antiguos, palacios. Más allá una pequeña iglesia, San Adalberto, una construcción medieval de piedra. A un costado, la torre del Ayuntamiento. Había leído que debajo de la plaza había sótanos y pasajes que comunicaban los edificios entre sí y sentí que algo se movía debajo de mí, como si me caminaran hormigas por las plantas de los pies. Entonces, empezó a sonar una trompeta, levanté la vista hacia el lugar de donde venía el sonido y llegué a ver las dos torres desiguales de Santa María. Una música me llevó hasta allí. La melodía se detuvo justo antes de que yo llegara, en medio de una nota. Luego supe que el corte abrupto es en honor a un trompetista al que una flecha tártara alcanzó en la garganta. La muerte le llegó mientras tocaba, en la torre más alta, la Hejnał Mariacki, una canción polaca que sonaba para abrir o cerrar las puertas de la ciudad cada día, o ante ataques de otros pueblos. Nadie en Cracovia me pudo confirmar si la historia es real o mito, pero me pareció valiosa y la adopté. Apunté en mi libreta varios relatos como este, con los que me fui encontrando durante el viaje, historias de distintos lugares que nadie sabe si son ciertas o no, y que se trasmiten de unos a otros del mismo modo que pasa una receta de cocina de generación en generación. Escenas que son parte de la historia común y hasta de la identidad de algún pueblo, pero no de una religión. Si la religión fuera aceptada como la suma de relatos que nos transmitimos unos a otros a lo largo de los siglos, tal vez yo no sería ateo. Prefiero los relatos a cualquier religión. Que mis padres hayan querido convertirme a la suya con tanta vehemencia selló mi destino de renegado. Si hubieran sido de esas personas que se dicen católicas pero ni siquiera van a misa, yo no habría tenido que hacerme tantos planteamientos. A lo mejor, hasta seguiría diciéndome católico, lo que sin dudas me habría ahorrado problemas. Siempre es más sencillo parecerse a los demás. Fue acción y reacción, y se los agradezco. Una de las pocas cosas que les agradezco. Porque ante el fanatismo, tuve que resistir. Me convertí en un outsider, un raro. Desde muy chico fui alguien “diferente”, no solo con respecto a temas religiosos. Un alien. Daba lo mismo el lugar: en el colegio parroquial que mis padres eligieron para mí, en el club al que ellos me obligaban a ir a hacer deporte, en las reuniones de grupos de la iglesia que me imponían los domingos.
Fui hacia la Basílica de Santa María siguiendo la música, todavía sintiendo las hormigas en mis pies. Experimenté cierta decepción: la primera catedral que dibujamos con mi abuelo, vista desde afuera, no me parecía excepcional. Pero apenas entré y me acerqué a ese retablo de madera, entendí todo. El impacto de su belleza me dejó pasmado. Doscientas esculturas talladas por Veit Stoss entre 1477 y 1489. Había leído acerca de él antes de viajar, incluso llegué a hacerlo cuando todavía estaba vivo el abuelo, y lo comentamos juntos. Una de aquellas últimas tardes me dijo: “Todas las personas esconden algún secreto que un día será oprobio”. Le gustaba usar esa palabra: oprobio. Yo no la conocía, me explicó su significado. Y luego agregó: “Hay que estar preparados para el día en que lo descubramos, saber qué haremos con ese secreto, el nuestro y el de quienes nos rodean”. “Vos no, abuelo, qué podés esconder vos”, le contestaba. “Yo también”, respondía él, “uno que me duele más que este cáncer”, y no decía más. Se cerraba, ensimismado, ya ni siquiera podía mirarme, no había modo de seguir preguntando.
Veit Stoss tuvo su oprobio. El escultor alemán vivió varios años con su familia en Cracovia, donde hizo esta obra maestra: el Altar de la Dormición. Frente a ese altar, me conmoví sinceramente. Aún hoy me conmueve pensar cómo una mano que talla madera logra tanta verdad en los pliegues de un vestido. Pero en cuanto al “oprobio” de Veit Stoss, eso no sucedió en Cracovia, sino a su regreso a Núremberg, años después. Un día, descubrieron que había copiado el sello y la firma de un contratista que había cometido fraudes. En su ciudad, fue condenado al castigo de recibir bofetadas en público y a no salir más de su perímetro sin permiso de la Justicia. Prohibición que desoyó: lo demuestran las piezas de su autoría en otras ciudades, posteriores a la fecha de la condena.
Nadie diría, frente a ese retablo de madera que tiende a la perfección, que quien talló semejante maravilla falsificó luego el sello de un contratista y mereció ser abofeteado en público. Los reveses de las personas. Los oprobios.
Por motivos diversos, a veces con fundamento y otras veces no, descartamos importantes catedrales que podrían haber integrado nuestro camino de las más bellas de Europa. El abuelo dijo que podíamos saltear la Catedral de San Basilio, en la Plaza Roja de Moscú, porque, más allá de su belleza y colorido inusual, es un templo ortodoxo y no católico. Su argumento sonaba lógico; aunque no lo hubiera sido, yo lo agradecí en silencio: me daba terror ir a Moscú, que me encontraran con un porro en el bolsillo y terminar preso como había leído en internet que le había ocurrido a un turista argentino unos meses atrás. ¿Cómo se dice “porro” en ruso? ¿“Consumo personal”? Si alguien era candidato a terminar preso por dos pitadas de marihuana en un país donde se habla un idioma que no conoce, ese era yo.
El abuelo me prohibió que fuera a la Basílica de San Pedro, en el Vaticano: “No te quiero tan cerca del establishment católico”. Por otra parte, y a pesar de lo que muchos creen, San Pedro no es catedral. Y en ese caso, no necesitábamos hacer una excepción, como con Cracovia.
Notre Dame de París estaba en la lista, aunque para cuando me tocó pasar por esa ciudad, la catedral había sufrido un incendio descomunal. Y alguien que pertenece a un sistema familiar donde se descuartizó a una mujer y se quemó su cadáver —o al revés— no quiere oír de incendios. Estuve caminando por la orilla del Sena, pero no me acerqué ni siquiera a mirar cómo lucía Notre Dame después del fuego. Preferí quedarme con la imagen que dibujamos con el abuelo, una imagen resistente a las llamas. Reemplacé esa Notre Dame por otra, también gótica y francesa: la de Amiens. Estaba seguro de que él habría aprobado mi decisión. Tuve que dibujarla solo, no estaba en nuestra carpeta. Tracé el contorno de una catedral, por primera vez, sin sentir su mano sobre la mía, sin su guía. Y ahí, sentado en el piso, frente a aquella iglesia, en una tarde de sol, tuve conciencia de que mi abuelo ya no estaba. Me detuve en el rosetón de la entrada principal, le dediqué mucho más tiempo que al resto de la iglesia, me obsesioné con cada curva. Mientras lo hacía, lloré.
Las otras paradas de mi camino, antes de entrar en España, fueron la catedral de San Esteban en Viena, Austria; la catedral de Colonia, en Alemania; y, en el circuito italiano, Santa Maria del Fiore en Florencia, Nuestra Señora de la Asunción en Siena y el Duomo en Milán. Algunas eran más lindas de cómo las habíamos dibujado, otras no, pero todas tenían algún detalle mágico por descubrir: las tejas esmaltadas de colores de San Esteban, las franjas verdes y blancas que dibuja el mármol en la catedral de Siena, las doce campanas de la Catedral de Colonia, el meridiano que atraviesa el Duomo de Milán, con los signos del Zodíaco a cada lado. Frente a cualquiera de ellas, me sentí pequeño; no fue un sentimiento religioso, sino existencial. Es lo que busca ese tipo de arquitectura. Y lo logra. El efecto no solamente lo provoca la altura de los techos que parecen elevarse al cielo, sino la luz que entra de una manera particular, envolvente, produciendo un clima de puesta en escena donde la presencia de uno, como persona, es minúscula. Un montaje preconcebido para que quien las contemple sienta la certeza de que hay algo mucho más grande que el ser humano: algo que es ajeno y no se puede abarcar, pero que existe. Ficción, sugestión, fe, no sé cuál es la palabra adecuada. Parado frente a algunas de ellas, pude entender lo que sienten otros. Más aún, frente a Santa Maria del Fiore me desvanecí. Esa iglesia tiene una belleza brutal. Desperté atendido por unos turistas que diagnosticaron síndrome de Stendhal; hablaban un inglés que no era su lengua madre y, gracias a eso, a que lo chapuceaban con el mismo desparpajo que yo, es que les entendí mejor que a otros. Me contaron que iguales síntomas fueron lo que sintió el escritor francés al salir de la Iglesia de la Santa Cruz, también en Florencia: palpitaciones, mareos, confusión, vértigo. Intolerancia a tanta belleza, una belleza que abruma. Habría sido imposible sentir lo mismo al dibujarla, solo fue posible padecer frente a ella.
Algo así me pasa cuando estoy delante de una mujer, en especial si me gusta demasiado. Han sido pocas, hasta ahora. Me cuesta dejar que mi cuerpo sienta frente a ellas. Me da miedo. En alguna época pensé que quizá yo fuera gay. Me obligué a considerarlo. Y no, al menos hasta hoy, quienes me atraen sexualmente siempre son mujeres. Me atraen, pero me aterran. No sé abordarlas. Como si estuviera a punto de sumergirme en un túnel que me llevara no sé adónde y de donde no hubiera retorno. En general, cuando sospecho que puede pasar algo así con una mujer, pongo una barrera entre los dos. Más que una barrera, es un vidrio blindado que la chica no ve y que a mí me deja a salvo. No de ella, sino de sentir. Las pocas veces que no llegué a tiempo para blindarme antes de que me latiera el cuerpo, me sentí confundido, mareado, y no pude abordar a la que me provocó el efecto. Como cuando estuve frente a la Catedral de Florencia. Otras veces me abordaron ellas, y terminó del mismo modo. Las contadas ocasiones en que estuve en una cama con una chica, desnudos, excitados, a la gran erección inicial le siguió la imposibilidad de penetrarla y la desazón. Fin. Luego quedé asustado por largo tiempo como para que me dieran ganas de volver a intentarlo. Por momentos me da miedo de que un día, cansado de probarme a mí mismo y fracasar, ya no lo vuelva a intentar.
No sé cuánto tienen que ver mis padres con esta dificultad, no sé cuánto tiene que ver la religión que abandoné, ni la cicatriz. ¿Importa por qué padecemos lo que padecemos?
Después de que murió el abuelo, al menos tres veces noté que alguien había revuelto mi habitación. Solo podía haber sido mi madre. ¿Qué buscaba? ¿Porro? ¿Porno? ¿Revistas gays? ¿Botellas de alcohol? ¿Manifiestos terroristas? Todo era posible en su mundo frenético. No tenía idea qué fantasía podía arrojarla a una búsqueda inútil. Porro había, pero lo suficientemente bien escondido como para que mi madre no pudiera dar con él. Del resto, nada. Me daba bronca aceptar que ella revolvía, y a la vez disfrutaba sabiendo que perdía su tiempo. Hasta que un día entendí qué era lo que buscaba: durante la cena, ella y papá me preguntaron por las cartas. Que por qué eran más de una. Que a quién iban dirigidas. Que qué decían. Que si el abuelo los mencionaba. Que si mencionaba a Lía. Que les parecía egoísta e irresponsable que no las compartiera con ellos. Que si yo era consciente de que el abuelo, en el último tiempo, decía incoherencias. No respondí a ninguna de sus preguntas, ni acepté ninguna de sus exigencias. Pero agradecí que lo hubieran hecho, porque al fin supe qué buscaba mi madre cuando revisaba mi cuarto. Nunca las habría encontrado, las cartas estaban siempre conmigo, en mi mochila, no me desprendí de ellas desde el momento en que Susana me las entregó. Después de esa cena confirmé que no quería permanecer un día más en la casa en la que vivíamos juntos. Y empecé a organizar mi viaje.
Antes de partir me vino a ver Marcela, una amiga de la infancia de Ana. En realidad, no vino a verme a casa, sino que me salió al cruce, montada en su bicicleta, una tarde en que fui a lo del abuelo a buscar unos recuerdos que quería conservar. Mi madre, a una semana del velorio, había amenazado con que había que levantar la casa y ponerla en venta cuanto antes, así que me presenté tan pronto como pude a rescatar unos pocos objetos. A Marcela la había visto dos o tres veces en lo del abuelo, él mismo me la había presentado y, en cada oportunidad, daba la sensación de que para ella era la primera vez. Como en esos encuentros nadie me explicó de qué se trataban sus olvidos, concluí que era una mujer muy distraída. Pero aquella tarde, cuando Marcela me salió al cruce, pude cambiar algunas palabras con ella y percibí que tenía dificultades con la memoria. La mujer repetía lo que ya había dicho un instante antes y parecía no retener lo que yo le contestaba. En el canasto de su bicicleta llevaba una libreta donde anotaba algunas palabras mientras hablaba. Parecía una escritura taquigráfica. De esa libreta leyó: “Entregar el anillo al nieto de Alfredo para que se lo dé a Lía”. Husmeé en la lista y me pareció ver que debajo decía: leche, blazer, tintorería. Para mi sorpresa, llevaba una foto mía dentro de la libreta; en realidad, era una fotocopia de una que estaba en la casa del abuelo, en un portarretratos, sobre la chimenea. Se incomodó cuando vio que yo husmeaba la libreta y la cerró. De inmediato, me dio un anillo con una piedra turquesa, y repitió: “Es para Lía”. Luego se fue. No me dio tiempo de preguntarle cómo sabía que yo vería a Lía. Entré a la casa del abuelo algo confundido. Todavía estaba Susana, mi madre la había contratado para vaciar la casa antes de la venta. Le comenté el encuentro con esa mujer. Ella la conocía más que yo. Me contó que el abuelo le tenía mucho aprecio, pero sobre todo mucha paciencia. “A pesar de las dificultades en la comunicación con alguien así, se entendían”. Apenas dijo eso, que se entendían, y que si Marcela sabía que yo iba a ver a Lía era porque el abuelo no solo se lo había dicho, sino que se lo había hecho anotar. “Confiá en el criterio de don Alfredo”, me aconsejó. Y yo confié, sin preguntar mucho. Me contó que, cuando eran chicas, Marcela y Ana habían sido muy amigas. Y que Marcela, después de su muerte, tuvo un episodio psiquiátrico. O neurológico, Susana no se acordaba; sí, que le había dejado secuelas en el manejo de la memoria corta. “Amnesia anterógrada”, dije yo, y Susana se me quedó mirando sin poder afirmar lo que no sabía. No había querido ser pedante, pero lo había visto en una de las materias que había llegado a cursar en la Facultad de Psicología, antes de suspender los estudios por mi viaje. El profesor nos había hecho ver la película Memento para entender el cuadro, aunque yo nunca había conocido a alguien que lo padeciera de verdad. Hasta aquel día. Susana, sin conocer el nombre del síndrome, sabía que Marcela podía recordar cosas del pasado anteriores a la muerte de Ana, y que, a partir de entonces, ya no pudo almacenar recuerdos: la memoria posterior estaba vacía. “Dicen que fue por un golpe, pero para mí fue por lo que sufrió con lo de Ana”. También me contó que con el tiempo, la medicación y el entrenamiento, Marcela mejoró bastante. Parte de ese entrenamiento debía de haber sido la libreta que llevaba en el canasto de su bicicleta. Anotar le permitía llevar registro, una memoria escrita que reemplazaba la memoria ausente.
No pregunté más y acepté el encargo. Se trataba de llevar un anillo, tampoco era una ciencia infusa. Junté en una bolsa algunos libros del abuelo, su reloj, una foto en la que me tenía en brazos cuando era bebé, el lápiz con el que dibujamos las catedrales. Coloqué dentro de la bolsa el anillo de piedra turquesa que me había dado Marcela.
Salí de la casa de mi abuelo, listo para nuestro camino de Santiago.