Catedrales
Capítulo 3
3
Después de aquel campamento, no aparecí por la parroquia más que en horarios en los que estaba absolutamente seguro de que no me cruzaría con Ana. Fui dos veces a confesarme con el padre Manuel. Le conté mi decisión: no iba a ser cura. Y también que estaba enamorado de Carmen. No le gustaron ninguna de las dos noticias, no pudo disimularlo. Tal vez ni siquiera lo intentó. Pero, en cuanto comprobó que lo mío era una decisión tomada, ya no trató de persuadirme. Me pidió, eso sí, que no me apresurara, que me tomara el tiempo necesario antes de comentarlo en el seminario. “Cuando uno hace estos anuncios, la certeza tiene que ser total”. Yo abracé su consejo, no porque necesitara seguir pensando en mi vocación, sino porque el seminario se había convertido en un lugar seguro, fuera del alcance de Ana. Me convenía permanecer allí el mayor tiempo posible, incluso los fines de semana. El padre Manuel me reemplazó por otro catequista frente al grupo de confirmación y les avisó a los chicos que, por el momento, yo no podría seguir con las clases, sin dar muchas explicaciones.
Con Carmen nos veíamos cuando podíamos. El hecho de extrañarnos reforzaba lo que sentíamos. Yo le avisaba cuando tenía alguna hora libre en mis actividades y nos encontrábamos a medio camino entre el seminario y su facultad. Siempre en secreto. Como si nos creyéramos invisibles, caminábamos por la ciudad y hacíamos planes: dónde viviríamos cuando nos casáramos, cuántos hijos tendríamos, si me convenía trabajar en la cadena de electrodomésticos de mi familia hasta encontrar una mejor ocupación, si finalmente Carmen estudiaría o no Medicina cuando terminara Teología, si yo retomaría Abogacía, dónde sería nuestro viaje de luna de miel. Este último punto era en el que más nos deteníamos; aun sin reconocerlo, ni frente a nosotros mismos, nos excitaba hablar de ese viaje porque sabíamos que sería la primera vez que nuestros cuerpos estarían juntos, como un hombre y una mujer.
Demoré en contarle a Carmen lo que había pasado con Ana. Necesitaba que nuestro noviazgo —aún secreto— se afianzara para que pudiera entenderme y, eventualmente, perdonarme. Si ella confiaba en cuánto yo la amaba, mi confesión le dolería, pero no dejaría una marca tan profunda como para que afectara la relación. Más allá de mis previsiones, el tema, sin querer, lo sacó ella. Una tarde, mientras atravesábamos una plaza de la ciudad sin destino cierto, Carmen me dijo que le llamaba la atención la cantidad de veces que Ana —con quien no tenía un vínculo cercano, sino distante— le preguntaba por mí. En los últimos días había sido tan insistente acerca de cuándo yo volvería a la parroquia, dónde hacía el seminario y otros detalles de mi vida privada, que Carmen había empezado a pensar que su hermana menor sospechaba acerca de lo nuestro. En lugar de tranquilizarla, como ella hubiera esperado, me quedé callado y eso la alertó. “No me asustes”, me dijo cuando vio que pasaban los minutos y yo no me atrevía a decir palabra. Le pedí que nos sentáramos en un banco. Le tomé la mano, la miré a los ojos, y le conté. De cuánto yo la amaba, de cuánto la deseaba como mujer, de mi respeto por su virginidad hasta llegar al matrimonio, de la dificultad que tiene a veces un hombre para controlar los requerimientos que le hace su propio cuerpo. Carmen aún no llegaba a comprender qué tenía que ver nada de eso con Ana. Tomé coraje. Le conté, entonces, cómo había aparecido su hermana aquella noche en el fogón, las preguntas que me había hecho, el short que llevaba puesto, su desparpajo. Y el beso que me dio. “Qué hija de puta”, dijo. Y volvió a repetir: “Siempre fue una reverenda envidiosa hija de puta, desde chiquita”. Ante su reacción, me detuve, dudé si seguir o no; Carmen parecía más enojada con Ana que conmigo y eso, al principio, me confundió. Aunque luego tomé valor, porque me pareció que, justamente por eso, aquel podía ser el mejor momento para confesar lo que faltaba. Le conté que el deseo se había apoderado de mí, que el parecido físico era asombroso, que en Ana yo la veía a ella, que tocarla había sido como tocar el verdadero objeto de mi deseo. Le dije que su hermana me llevó al monte. Que nos acostamos sobre el piso. Carmen se llevó las manos a la boca y dijo: “Basta, no quiero saber”. Pero ya no se podía detener el relato, cualquier cosa que ella imaginara a partir de allí podía ser, incluso, de mayor gravedad. Le conté hasta el final, tenía que poner sobre la mesa la historia completa, cada detalle, de una vez y para siempre, de manera de no tener que volver a mencionar ese asunto nunca más. No dije “hicimos el amor”, sino “tuvimos sexo”. A Carmen se le llenaron los ojos de lágrimas, me miró con rabia unos segundos y, por fin, se paró y se fue. Quise seguirla; ella me apartó. “¡Necesito estar sola!”, me escupió.
Me quedé en el banco acobardado por sus gritos. Pensé que lo había arruinado todo. Pero al rato, cuando ya me disponía a irme, Carmen regresó. Era evidente que había llorado. Sin embargo, ahora se la veía calmada. Tal vez, había quedado agotada por su propio desborde. Se sentó junto a mí y dijo: “Me odia, siempre me odió. Y me envidia. Lía también, si bien ella es consciente de la distancia que nos separa; no compite, no me busca. Ana sí, Ana es una desfachatada, una provocadora. Quiere ser como yo y me imita, copia cada detalle de lo que me ve hacer. Nos parecemos físicamente, es cierto, las dos salimos a mamá. De lo que no se da cuenta Ana, es que —más allá del parecido exterior— nunca será como yo. Porque hay algo que ella no tiene ni tendrá jamás: mi fortaleza, mi determinación y mi Fe”. Me miró y quedó en silencio; sentí que necesitaba que asintiera y eso hice, sin atreverme a agregar palabra. Al rato, concluyó: “No tengo dudas de que ella te provocó porque se dio cuenta de que entre nosotros había algo especial. Ella sabe, intuye y envidia. Es el mal en el cuerpo de una niña”.
No estaba seguro de que Carmen estuviera sacando las conclusiones correctas, pero me alentaba otra vez el hecho de que hubiera puesto el foco en las actitudes de su hermana y no en las mías. De cualquier modo, quise dejar en claro que asumía la cuota de responsabilidad que me cabía, y empecé a decir: “Yo sé que no debí…”. Ella me interrumpió: “No debiste, claro que no debiste. Por más que para los hombres sea muy difícil controlarse y, sobre todo, cuando los incitan. Ahora, yo no voy a dejar que la envidia de mi hermana arruine mis planes. Eso es lo que ella busca. Y eso es lo que no le voy a dar”. Carmen me miró, tuve la sensación de que esperaba un gesto de mí. “¿Entonces?”, pregunté. “Entonces seguiremos adelante como lo habíamos planeado. Solo que no quiero que aparezcas por Adrogué hasta que podamos anunciar nuestro compromiso. Y para eso tenemos que tomarnos tiempo. No estaría bien visto que anunciemos un noviazgo al poco tiempo de que dejes el seminario”.
Sentí alivio y emoción. Quise tomarle la mano, ella no me lo permitió. Con ese rechazo, me hizo entender su mensaje: habíamos llegado a un acuerdo para seguir adelante, pero eso no modificaba, aún, el dolor, la bronca y el desprecio que Carmen sentía. Ella había regresado a plantearme un camino de acción, una estrategia; y cuando hay que ejecutar un plan, no es bueno que se entrometan sensiblerías de ningún tipo. El perdón que me otorgaba nacía de su superioridad moral, no de su compasión. Ni siquiera de su amor. Y así lo acepté. No me dio oportunidad de aclararle que había habido más de un encuentro con Ana, que la noche del fogón no había sido la única noche, no hablé del sexo en la carpa. Carmen no preguntó, yo no dije. Si cuando yo ingresara en la casa de los Sardá como el novio oficial de Carmen, Ana mencionaba esos encuentros, sería su palabra contra la mía. Con un poco de suerte, para entonces, esa niña ya estaría enamorada de otro. Y ni a ella ni a mí nos convendría precisar amores y encuentros sexuales anteriores.
Esa noche, al llegar al seminario, recé de rodillas; hacía mucho que no me arrodillaba para rezar. Necesitaba hacerlo. Incluso, necesitaba una mortificación corporal; envidié el uso del cilicio o las disciplinas con las que cuentan los católicos del Opus Dei. Sentía que, al menos, merecía un ayuno penitente. Aunque recordé que cuando le había confesado al padre Manuel lo mismo que acababa de confesarle a Carmen, él no me indicó mortificación personal, sino rezo. Y eso hice, a eso me aboqué, casi no dormí. Recé de la noche a la mañana. Y seguí rezando cada día de rodillas, aun frente a mis compañeros, apostando a que pronto estaría en condiciones de anunciar que dejaba el seminario.
Pasaba el tiempo, lento pero inexorable, y todo parecía encauzarse. Hasta que, una tarde, apareció Ana. Fueron dos sus visitas al seminario. La primera me tomó muy de sorpresa, jamás habría pensado que ella se podía aparecer ahí, de improviso, a preguntar por mí. En recepción dijo que era “mi prima”. Cuando bajé a ver quién preguntaba por mí, iba confiado en que debía de haber un error: yo no tengo primas. Al verla se me cortó la respiración, temí lo peor, un escándalo ahí mismo. Sin embargo, Ana me sonrió con esa sonrisa encantadora que se le dibujaba en la cara y disipó el riesgo. Salimos al jardín a hablar tranquilos, pedí permiso para recibirla, di como excusa que venía a traerme noticias de un familiar enfermo. Se la notaba feliz por haber dado conmigo, y preocupada por mi ausencia. Yo sabía que tenía que desactivar lo que fuera que la ponía en acción; traté de ser concreto, pero eludí mencionar algo que tuviera que ver con “nosotros”, intenté ser sincero sin dañarla. No hablé de lo que había pasado, no mencioné un futuro en común. Le hablé, sí, de mis dudas acerca de la vocación, de que me iba a tomar un tiempo para discernir. Y de que una de las posibilidades más firmes era que dejara el seminario: ya no estaba tan seguro de poder dedicarle mi vida exclusivamente a Dios. Le dije, por fin, que para mí pronto empezaría una vida nueva, sin resabios del pasado. “Ningún resabio”, repetí acentuando el “ningún” y la miré. Ella dijo: “Te entiendo y te apoyo”. Aunque, a decir verdad, nunca terminé de saber si lo entendió realmente, si esa niña comprendió que en el cambio que yo aspiraba para mi vida ella no estaba contemplada; o si, por el contrario, se fue del seminario abrigando la esperanza de que, una vez libre, yo la buscaría para vivir un romance que ya no necesitaría ser secreto. Me conformé creyendo que si le quedaban dudas, mis actitudes posteriores las aclararían.
Pero no llegué a demostrárselo, porque la siguiente vez que Ana vino a verme, había cambiado todo. Cuando me llamaron de recepción diciendo que estaba mi prima, bajé enojado. Se suponía que no debía volver; eso sí le había dejado muy claro en el encuentro anterior: en el seminario no estaba bien visto recibir gente. La miré con gravedad y ella, en esta segunda visita, no me devolvió una sonrisa. Tenía los ojos llorosos. La recepcionista debe de haber pensado que traía malas noticias de la salud de nuestro supuesto pariente. No fuimos al jardín, preferí que saliéramos a la calle; yo sospechaba que en aquella nueva charla el tono sería más duro y no quería que hubiera testigos. Cuando, después de escuchar mis reproches por su presencia allí, Ana logró decirme que temía estar embarazada, tuve un vahído. “¿Estás segura de lo que estás diciendo?” “No”, me respondió y se largó a llorar. Entre hipos, dijo que hacía casi dos meses que no se indisponía y que, aun teniendo en cuenta sus irregularidades, el atraso era sospechoso. Le pedí que no perdiera la calma, que esa sería la peor actitud porque nos dejaría al descubierto, existiera el embarazo o no. Que esperáramos, que volviera a su casa. Le prometí ir el fin de semana a la parroquia. Dije que iba a rezar desde esa noche y hasta nuestro próximo encuentro para pedirle a Dios que no estuviera embarazada; y le sugerí hacer lo mismo, rezar, con entrega y confianza. Le iba a decir que le rogara a Santa Ana, su protectora, pero recordé que lo era también de las embarazadas y mencionarla me pareció de mal augurio. Creo que logré calmarla, seguramente con la ilusión de que el fin de semana me vería, más que con ningún otro argumento.
Esa noche hablé con José, el único compañero con quien nos contábamos intimidades; él sabía que yo dejaría el seminario, yo sabía que él peleaba para vencer la atracción que sentía desde chico por otros varones. José tenía tantas hermanas que por momentos se confundía sus nombres; donde se crio, eran ocho mujeres y él. Me escuchó con paciencia y sin reproches, me dijo que en su casa se hablaba habitualmente de “estas cosas”, que sus hermanas sabrían qué había que hacer. Al día siguiente, me contó lo que pudo averiguar, métodos caseros para verificar el embarazo, tiempos razonables de espera y procedimientos naturales para expulsar “lo que tenga adentro”. Me dijo que sus hermanas habían elaborado un plan de entrenamiento físico para una sobrina que había quedado embarazada. Consistía en carreras de pique y de resistencia, sentadillas, abdominales, “le dieron con todo al ejercicio hasta que la chica empezó a sangrar”. La imagen me impresionó. “Mis hermanas fueron muy rotundas en aconsejar ese método frente al del perejil, ellas no te recomiendan meterle la ramita adentro, dicen que vieron chicas a las que les fue mal. El del entrenamiento físico hasta la expulsión es un procedimiento limpio. No hay una acción directa, no se mete nada, nadie puede mencionar la palabra ‘aborto’. La chica incluso puede decir que ni sabía que estaba embarazada. Si Dios quiere, sale; si Dios no quiere, no”. Le agradecí lo que había averiguado por mí. Descarté, por el momento, los abdominales y por supuesto el perejil; me quedé con los métodos caseros para confirmar o no un supuesto embarazo. Aunque no parecían muy confiables, servirían para que Ana tuviera algo de que agarrarse, y así calmara su incertidumbre. Esa chica no podía estar embarazada, no podíamos haber tenido tan mala suerte.
Los análisis caseros no nos tranquilizaron, solo demoraron encarar el problema mientras el sangrado no aparecía. Yo no sabía qué más hacer, estaba perdido. Y si estaba perdido a pesar de los rezos, me quedaba un solo camino: tomé coraje y enfrenté a Carmen. Le dije que evidentemente Dios me estaba poniendo a prueba o, mejor dicho, que nos estaba poniendo a prueba a los dos. Y que a pesar de nuestro deseo y nuestros planes, no sería tan fácil olvidar lo ocurrido con Ana. Carmen, ni bien dije “embarazo”, lloró, maldijo, volvió a llorar. Y enseguida se puso en acción otra vez. Fue a su casa a hacer un par de llamados y regresó con el dato de una enfermera que le haría el test de embarazo a Ana en el hospital donde trabajaba. “Que Ana no sepa nunca que yo estoy al tanto de lo que pasa. Tomá, llamá a esta mujer. Lo primero es tener la certeza de que está embarazada”. Hice lo que me dijo y cuando el resultado estuvo listo y el espanto fue certeza, evaluamos juntos las alternativas posibles. No eran muchas. Yo, al principio, solo veía una: que Ana tuviera ese hijo. En ese caso, nuestro proyecto de vida con Carmen era inviable. Nunca podría formar una familia con ella siendo el padre de un hijo de su hermana. Y, por más que yo no tuviera ninguna intención de tener una historia con Ana, me tendría que hacer cargo de ese chico y de una paternidad que no estaba en mis planes. El proyecto de Carmen, tal como ella temía, habría sido desbaratado por su hermana. Me faltaba el aliento, me sentía en un callejón sin salida. La alternativa del aborto era impensada para ninguno de los dos. Y cuando hablo de “los dos” me refiero a Carmen y a mí. Éramos católicos, lo somos; sin concesiones, católicos practicantes y convencidos de nuestra Fe. Jamás habríamos cometido el pecado de terminar con una vida. No veía ninguna luz, todo era sombras.
Pero Carmen sí vio una salida: “¿Y si el pecado lo comete otro?”, preguntó. “¿Qué pasa si vos no decidís qué hacer con ese embarazo? Vos te abstenés. ¿Qué pasa si lo dejás correr, y la que toma la decisión es Ana? No es necesario que compartan el peso de este pecado mortal. Si mata esa vida, será un pecado del que ella no podrá liberarse. Vos sí. ¿Ana quiere tener un hijo? ¿A los diecisiete años? ¿Está dispuesta a darle semejante disgusto a mis padres? ¿Está dispuesta a que la señalen, a que sepan que se toma el sexo con semejante libertad? Si la respuesta es no, ¿por qué vos tendrías que responder a los mismos interrogantes?”. Carmen no me dio tiempo a contestar, creo que no lo esperaba. Sus preguntas eran, en cierto modo, afirmaciones. Me indicó que hablara cuanto antes con Ana: “No la dejes librada a su pensamiento errático de adolescente. Conducila, llevala sin que lo note, guíala hasta el punto inmediato anterior a tomar la decisión. Y si te pregunta qué harías vos, callá. Vos no harías. La que tiene que hacer es ella”. Dudé, aunque los argumentos de Carmen eran racionalmente sensatos, no estaba seguro de que como católico no tuviera que expresar mi oposición. “Sabiendo que ella está por hacer… eso… ¿yo no debería impedirlo? ¿No debería salvar esa vida? Incluso vos, Carmen, sabiéndolo, ¿no deberías?” “Nos la pasamos luchando por salvar vidas, y por salvar almas. Pero no somos héroes, no podemos evitar cada crimen que se comete. Ya evitaremos otros, ya enmendaremos otras almas. Si es que, por fin, nos dejan vivir como queremos. En este caso, se trata solo de dejar que corra. Omitir. Y rezar”.
Carmen consiguió también el dato de un sitio donde poder hacer un aborto. Yo me ocupé de llamar, de pedir las instrucciones y de juntar el dinero necesario; tenía algunos ahorros, y le pedí a uno de mis hermanos el resto sin explicar para qué lo necesitaba. No obligué a Ana a abortar, en ese punto hice tal como me dijo Carmen. Fue, efectivamente, una decisión de ella. Si Ana hubiera estado convencida de tenerlo, y a pesar de que eso habría terminado con mis planes de construir una vida junto a Carmen, yo no me habría opuesto. Hice lo planeado, la dejé llegar sola a la conclusión de que lo mejor para todos —incluidos sus padres, pero principalmente para ella— era deshacerse de ese embarazo. Y cuando por fin lo dijo, cuando enunció: “No quiero tener un hijo”, yo callé.
Ana me pidió que la acompañara a hacérselo; primero dije que sí, creí que le debía ese gesto. Sin embargo, Carmen me convenció del riesgo que correría si alguien me veía entrando a un lugar clandestino como aquel. Entonces, no fui; de cualquier modo, estuve pendiente de Ana, esperé noticias, recé. Le dije que estaría el resto del día en la parroquia, con la excusa de organizar un encuentro de la Acción Católica, que me hablara por teléfono en cuanto volviera para dejarme tranquilo. Me llamó un par de veces ese día, al principio para decirme que todo había salido bien, después para advertirme que se sentía mal, cada vez peor. Sobre el final de la tarde, me pidió que fuera a verla. Le expliqué que para mí era imposible presentarme en su casa sin despertar sospecha. Lo entendió, pero dijo que entonces ella vendría a la parroquia; le rogué que no, que esperara tranquila, que descansara, que seguramente en unas horas se iba a sentir mejor. Y que rezara, que rezara y pidiera perdón, que si lo hacía con convicción iba a ser perdonada.
Esa noche regresé al seminario. No pude descansar y al día siguiente, bien temprano, volví a Adrogué. Estaba inquieto, amanecí con un mal presentimiento. No me atreví a llamar a la casa de los Sardá; si me hubiera atendido cualquiera que no fuera Carmen, no habría sabido qué decir. Pasé el día atormentado. Aunque sabía que si Carmen no llamaba era que Ana estaba bien, me dolía que me la hiciera pasar tan mal, sin una palabra. Por fin, en las últimas horas de la tarde, Carmen llamó. Fue una charla muy breve, me dijo que estaba todo en orden, que salía a buscar unos apuntes, que Ana dormía y seguramente dormiría hasta el día siguiente. “Falta poco”, dijo y cortó. El llamado me alivió.
Al rato empecé a juntar mis cosas para regresar al seminario. Cuando estaba a punto de hacerlo sonó el teléfono. Atendí convencido de que era Carmen, que se había olvidado de decirme algo, pero esta vez era Ana. Lloraba, me dijo que volaba de fiebre, que nunca se había sentido tan mal en su vida. No se había atrevido a ir a ver a un médico, no podía decirle lo que había hecho. Tampoco se había atrevido a tomar un colectivo para ir a algún hospital donde nadie la conociera; según dijo, no podía dar un paso sola. Me pidió ayuda, y lo dijo sin hacerme sentir responsable: no era esa su intención, sino que estaba pidiendo socorro. Era evidente que Ana había aceptado que lo que le pasaba era algo de lo que ella, solo ella, tenía la culpa. Mi cabeza daba vueltas. No tenía cómo consultar ninguna decisión con Carmen, y no podía esperar el tiempo que a ella le llevara regresar de buscar esos apuntes. Por fin y lleno de dudas, le dije a Ana que fuera a la parroquia, que yo, mientras tanto, iría a casa de mi padre a pedir prestada la camioneta del negocio, por si necesitábamos trasladarnos a ver a un médico a alguna otra parte.
Y eso hice. Esa fue mi intención. Pero cuando volví, Ana ya estaba muerta. Yo había estacionado la camioneta en la puerta de la parroquia, había entrado con sigilo, mirando a un lado y al otro por si alguien, en aquella tarde lluviosa, había ido a rezar a la iglesia. Ni bien abrí la puerta, la busqué con la mirada. Ana estaba allí, recostada en uno de los últimos bancos. Me acerqué, pensé que tal vez dormía. O incluso que se había desmayado. La zamarreé, le tomé el pulso, puse mi mano en los orificios de su nariz para sentir si entraba o salía aire. Le rogué: “Ana, no te mueras, por favor, no”. Lloré sobre su cuerpo. Sentí que yo también estaba a punto de morir. Era demasiado, no me podía estar pasando, además, esto. Había sido puesto a prueba varias veces, ¿cuánto más? Cuando levanté la vista, me pareció ver un bulto en el altar, pero no fui a ver qué era. Supe, tiempo después, que se había caído la estatua de San Gabriel sobre Marcela Funes, una amiga que la había acompañado hasta allí. Con la poca fuerza que me quedaba, solo pude cargar el cuerpo de Ana y llevarlo a la camioneta. Y luego volver a la parroquia, un instante, para limpiar cualquier rastro que hubiera quedado. Pasé mi suéter por el banco y por el piso, sequé las gotas de lluvia, quité las huellas de barro. Nadie sabría que Ana había estado allí, pensé. Pero no lo puedo asegurar porque, en el momento en que yo salía cargando a Ana, me pareció que se abría la puerta que comunicaba con la sacristía. A esa hora, si alguien andaba por el altar, solo podía ser el padre Manuel. Nunca lo confirmé: no sé ni si era, ni si me vio. No lo mencionó tampoco cuando me confesé con él.
Otra vez estaba perdido.
Otra vez no sabía qué hacer.
No entendía cómo moverme frente a ese mundo que me cacheteaba con una frecuencia inadmisible. Me costaba manejar, no veía bien; a las escobillas gastadas del limpiaparabrisas se sumaba un mareo que me nublaba la vista. Me temblaban las piernas sobre los pedales, el esfuerzo de cargar el cuerpo de Ana me había dejado sin aire.
No entendía, no quería entender.
Lo único que tenía claro, aquella noche embravecida, era que debía ir a buscar a Carmen.