Cónclave
Capítulo 1
La locura, en ocasiones
el único ojo que puede mirar fijamente al sol.
Rita Mazzini
1
Es difícil adivinar qué hora es, porque durante toda la noche ha tenido la impresión de que ya estaba asomando la aurora, a causa tal vez de la luz en una ventana de enfrente que no se había apagado. Al levantarse, entrevió algunas sombras detrás de la ventana de cristales opacos, de color amarillo oscuro. Un perro había acompañado aquella aparición con un largo aullido que podría parecer un reclamo, más que un lamento, como si intentara llamar la atención de quien se movía en los pisos más altos, él mismo quizá o los desconocidos ocupantes de la habitación, detrás de aquella ventana. El patio era tan oscuro y estrecho que no dejaba vislumbrar aquel animal, si en verdad se encontraba allí.
Ahora, sin embargo, las campanas sofocaban el afligido ladrar del perro, dando comienzo a su concierto de saludo a la luz de Roma. Se anuncian las primeras misas, y no es inverosímil que durante esas funciones matutinas las oraciones del sacerdote y los pensamientos de los fieles evoquen también cuanto acaece en el palacio donde a él le cuesta recuperar el sueño.
No todos sus compañeros de aventura, los ilustres huéspedes de aquella ala del palacio, padecen insomnio.
Una mañana se había unido a ellos, en la Capilla Sixtina, con cierto retraso, uno de los más jóvenes, primado de Irlanda, elevado a cardenal hacía poco. Y de inmediato, alguno de los más inclinados a extraer presagios y señales había deducido de ello que sería él el escogido, el elegido de aquella jornada. Previsión desmentida después, no ya una sino dos veces, por el resultado de las votaciones. No había sido un sueño visitado por el Espíritu Santo, sino ofuscado por la debilidad de la carne.
Uno de los cardenales más viejos, renuente como él a cerrar los ojos, el madrileño Oviedo, rememoraba el distinto silencio que en el último cónclave -sólo dos supervivientes podían recordarlo- reinaba en las altas habitaciones, las mismas donde todo se había desarrollado en breve tiempo.
Pero Roma era otra ciudad entonces, no se percibía aún el ruido de su tráfico llegar hasta allá arriba.
–Si te haces con unos buenos tapones de cera como los míos, el problema quedará perfectamente resuelto -había observado, con su habitual ironía, Celso Rabuiti, el cardenal de Palermo, que se había visto escuchando las observaciones de su anciano colega español.
¿Quién sabe quién dormirá detrás de esos cristales opacos?
No consigue identificarlo, aunque tiene la impresión de que esa parte del palacio, en la tercera planta, alberga casi exclusivamente cardenales italianos.
Son éstos los más activos en los contactos en curso entre las dos votaciones diarias, con vistas a un posible acuerdo sobre el destinatario de los votos. La pérdida del papado pesa a los italianos, y se susurra que un altísimo exponente político no ha dejado de presionar insistentemente sobre los componentes nacionales del Sacro Colegio, en nombre del Gobierno:
–Aunque sea del sur, aunque sea viejo, pero un italiano, por favor, eminencia. Italia, que no goza en Europa del lugar que le corresponde, tiene en ello vivas esperanzas… Elijan a un italiano…
Fantasmas de otros tiempos, cuando el cardenal de Cracovia, Puzyna, se había puesto en pie para poner el veto del emperador de Austria en el cónclave en el que acabaría saliendo elegido el papa Sarto. Las intromisiones son ahora mucho más indirectas y borrosas; no cree que ningún político italiano las haya ejercido de esa manera.
Esas sombras inquietas, esas formas indefinidas y sin embargo vivas en la noche, dan la impresión de un teatro mudo, de un juego de sombras chinas que remedan la vida aludiendo a sus necesidades: el poder, el coito, la ira, la seducción, la palabra que se ayuda con el silencio y el gesto, el secreto, la conjura, la oración.
No será la única habitación donde las sombras se agitan a esas horas.
Pero las otras no las vislumbra: sólo puede pensarlas. Semejantes a millones de seres vivientes que en aquel momento, por turnos, en una mitad del mundo duermen y sueñan y en la otra se levantan y se afanan como hormigas enloquecidas. Para intercambiarse después los papeles, y dormir quien ha corrido todo el día, y correr quien ha descansado y soñado.
Siempre le había llamado la atención la incapacidad de imaginarse a los ausentes, sobre todo a los más queridos, moviéndose lejos mientras él se hallaba separado de ellos. Pensarlos no se los restituía vivos: solamente
hacía que se sintiera más solo. Por ello le gustan tanto las fotografías y las llamadas telefónicas, aunque aviven la nostalgia.
Ya está, esas sombras aún en movimiento le sugieren tal cantidad de preguntas, encienden tal curiosidad e interés por el después, cuando se disuelvan para salir en carne viva por la puerta, que tiene la impresión de que no podrá volver a la cama.
Sin embargo, no quiere despertar a Contarini. Por el silencio absoluto de la habitación contigua adivina que su capellán y secretario aún está durmiendo. Mira el teléfono. ¿Llamar a Clara, su hermana, a Bolonia? Pero a estas horas no se puede molestar a nadie. Quién sabe si Francesco se habrá examinado por fin de Ciencias de la Construcción: es ya la segunda vez que lo intenta y le ha pedido incluso una oración por él.
Está allí, en el portarretratos, junto a su madre, el marco de plata que lo acompaña siempre. Cuanto más crece, menos se parece a su padre. Pero no se parece a mí, tiene algo de su abuela y de mi hermano, el pobre Carlo: la nariz y la boca quizá, cuando se ríe. Ay, los tíos, qué especiales se revelan en el estudio de las semejanzas, incluso a costa de escudriñar en la sangre quién sabe qué misterios…
Intenta tumbarse de nuevo, esforzándose por permanecer un poco más en la cama. Son sólo las cinco de la mañana, antes de las siete no podrá decir misa, asistido por su Contarini. Podría rezar, en vez de fantasear acerca de las sombras de enfrente y de las semejanzas de su sobrino. Son muchas las personas que se encomiendan a él: «Recuérdeme en sus oraciones, eminencia». Y casi todos le confían un dolor, una congoja, una pena, un secreto.
Observa el reclinatorio dorado con el almohadón rojo, delante del crucifijo, un mueble que debe estar presente en cada una de las celdas de los ciento veintisiete cardenales del cónclave. Piensa en esa misma postura, en ese mismo gesto para otros tantos orantes, todos vestidos de negro y de rojo: una cadena de montaje de la oración. No sumaría su pose a las otras.
Puede rezar tumbado, en la cama, mirando las pinturas del techo abovedado, los estípites de las puertas doradas, los estucos del armario que al abrirse contiene el pequeño altar donde celebra la misa.
Toma el rosario y empieza a recitarlo, por aquellos a quien sabía sufrientes de entre sus postulantes. Una madre con un hijo de sólo veinte años, agonizante de cáncer. Un padre de dos chicas drogadictas que
acababan de ser localizadas, después de una ausencia de un año, y estaban acogidas ahora en una comunidad de desintoxicación.
Una viuda que se había quedado sin nadie que la asistiera. Un alcalde y el presidente de una gran industria, que no habían tenido el valor de confiarle las razones de su solicitud, pero que tenían necesidad de ayuda.
Quién sabe, los remordimientos quizá, unidos a su poder, o tal vez cierto terror a ser descubiertos involucrados en algún escándalo.
Reza, y desde el panorama de sus fieles asciende un hedor indistinto y confuso de vileza, debilidades, egoísmo: la pasta de la que están hechos los seres humanos como él, como las sombras en movimiento detrás de aquel cristal. Pero también una extraña capacidad de darse sin interés, de consumirse por alguien a quien aman. La única fuerza capaz de emanciparles del egoísmo sigue siendo el amor. El milagro de amar a alguien más que a uno mismo tiene lugar aún. Mira el crucifijo. Es un objeto negro y retorcido, obra de algún escultor del siglo XVIII que había querido imprimirle un acento expresionista de tono flamenco y más nórdico aún. El costado abierto, los huesos a flor de piel, el cuerpo tenso y arqueado, el rostro excavado por el sufrimiento, el taparrabos retorcido, como si un viento fortísimo se lo estuviera arrancando. Los había visto parecidos en un museo de Estocolmo, en un área de Europa alejada del clasicismo.
Aparta la mirada. No reza de buena gana ante ese crucifijo. Deja el rosario sobre la mesilla. Cierra los ojos. Tal vez el salmodiar el avemaría le haya hecho conciliar el sueño, tal vez fuera la necesidad de aplazar el despertar, el levantarse, la misa, la salida de la celda. A menudo nos refugiamos en el sueño para evitar algo que no nos gusta.
Monseñor Contarini se está moviendo: el capellán se levanta y abre una puerta. Ahí está el primer golpe de tos. Y el primer cigarrillo, encendido a escondidas.
Sabe perfectamente que después abrirá los cristales para que salga el humo. En los muchos años a su servicio habrá intentado dejar de fumar veinte veces.
¿Y ahora quién podrá seguir durmiendo?
La verdad es que ya no sabe rezar. Que el pensamiento huye lejos mientras mueve los labios y le pasa por delante la película de las vidas ajenas. Estas vacaciones forzadas, esta suspensión de su existencia que es el
cónclave, han acentuado una curiosa actitud nacida en los últimos tiempos.
La de salir de sí mismo para seguir la vidas de los demás, olvidando la propia. Parece ser que es un confesor maravilloso. Es una pena que sus funciones de cardenal arzobispo de una gran ciudad industrial del norte no le consientan ejercer ese ministerio más que en escasas ocasiones al año.
Una vez, durante la visita pastoral a un centro rural, permaneció casi todo el día en el confesionario. Eran los jóvenes del pueblo quienes más le habían cautivado, los pocos presentes en la iglesia que se habían arrodillado ante él. Parecían pedirle que no rompiera el hilo que había sido tendido entre ellos y él, mientras seguían acosándole con preguntas, sobre todo de las más personales. Nada tenía que ver la fe en aquellas confesiones, sino un extraño protagonismo mezclado con hambre de amor, un deseo de exhibir de aquella forma inusitada su propia vida, ignara de pudor, timidez, turbación.
Entreveía por los orificios de la celosía caras de ojos fijos en él, cráneos pelados, cuidadosamente rasurados, en ocasiones con un pendiente rutilante en el lóbulo de la oreja o un brillantito en la nariz.
Cuando oyó a uno preguntarle si regresaría pronto, empezó a inquietarse:
–¿Por qué me lo preguntas?
–Porque quisiera marcharme… con usted.
–¿Conmigo? ¿Y por qué razón?
–Porque aquí no me escucha nadie, tengo que fingir con todo el mundo.
–Pero ¿qué ocultas? ¿Qué necesidad tienes de fingir?
–Todo debo esconderlo, todo. Que no tengo ganas de trabajar, que quisiera viajar, ser rico. Que me gustaría tener un Ferrari y no el Fiat Punto de mi padre, que me gusta la chica de mi amigo, que quisiera vivir en la ciudad…
–¿En la ciudad?…
–Sí, por eso quisiera irme a Turín con usted. ¿No le hará falta por casualidad un chófer, un cocinero? Sé conducir, y hago unos crêpes que son una maravilla, la pizza también, y por lo menos tres tipos de salsa para la pasta…
–Pero si yo como poquísimo: pasta, ensalada y un filetito de carne.
–Mejor, cosas así se preparan en un santiamén, valiente problema.
–Pero si soy un cardenal arzobispo, sería un enorme aburrimiento para alguien como tú. A propósito, ¿cuántos años tienes?
–Diecinueve.
–Sería un aburrimiento total para ti vivir conmigo, soy un viejo de sesenta y tres años.
–Siempre me han gustado más los viejos que los jóvenes, son más interesantes; y además, usted es alguien, no una persona cualquiera, con usted no me aburriría nunca.
–Sin embargo, antes de ser este viejo interesante, he sido joven yo también. Cada edad tiene su lado bueno, vividla como un don, pronto desaparecerá; no tengas tanta prisa en consumar tu juventud.
–Pura cháchara. A un joven no lo quiere nadie, un joven no es nadie.
–Es ese nadie lo que más le gusta al Señor. Recuerda lo que el Evangelio dice de los niños: «El que no reciba el Reino de los Cielos como niño, no entrará en él».
Recuerda que después de esa cita el chico dejó de repente de hablar. No porque estuviera convencido, al contrario. Quizá el haber nombrado precisamente el Evangelio lo había alejado. La confesión no había sido más que un pretexto para acercarse a una estrella, a alguien que emanaba la mágica aura del éxito.
En un pueblo del campo, un cardenal es como un actor, un industrial, casi como un futbolista o un cantante. También entre los jóvenes de su seminario más de uno proyectaba el sueño de una carrera eclesiástica.
La carrera en la Iglesia…
He aquí el supremo vértice al que podía arribarse: el cónclave. Y abrirse aquí a la nostalgia de los escalones más bajos, de los primeros que subió en su seminario de Bolonia.
Vuelve a levantarse, siente que los movimientos de Contarini se van haciendo poco a poco más frecuentes, una discreta señal para darle a entender que es la hora de prepararse para la misa.
Se acerca a la ventana para mirar hacia fuera, ahora hay más luz. Se distingue menos la ventana de enfrente con los cristales opacos; las sombras que gesticulaban se han disuelto; pero el perro sigue ladrando.
Levanta los ojos, el cielo de Roma es de un azul distinto al de su ciudad.
Un azul de lapislázuli, presagio de los cielos de África. Y nunca hay esa
niebla de por la mañana temprano, como en su tierra. Es más alegre el despertar, aquí.
Va al baño, mira la bañera de patas de león, los cristales opacos de la ventanilla ovalada. Piensa que ciento veintisiete baños parecidos a éste están recibiendo en esos mismos minutos a otros tantos ancianos cardenales. Se mira el rostro en el espejo. Tiene que afeitarse, tiene la barba larga, ayer no se rasuró.
Ya han pasado cinco días desde que se encerraran en cónclave, después del extra omnes proclamado por el cardenal camarlengo. Las puertas del palacio están selladas, es imposible mantener contactos con el exterior excepto con previa comunicación a la secretaría del camarlengo. Todos tienen la obligación de apagar los teléfonos móviles. Ayer, sin embargo, alguien debió de haber infringido la regla, porque se les rogó que los entregaran, para evitar desagradables secuestros. El sabe que algunos americanos los mantuvieron siempre encendidos. Les sorprendió hablando por teléfono. Y quién sabe cuántos otros hacen lo mismo.
Se corta en el lóbulo izquierdo mientras se afeita con la vieja maquinilla de hojas. Le duele el brazo derecho y en ocasiones le estorba en sus movimientos. Un dolor artrítico de los muchos que lo afligen en esa estación. Incluso cuando debe impartir la bendición solemne, desde el altar cercano a la capilla de la Sábana Santa, en su catedral, siente esa punzada.
De repente, piensa en la escena de la bendición urbi et orbi, desde el balcón de San Pedro. Se interrumpe y se mira otra vez en el espejo, con la maquinilla en el aire. ¿Y si le tocara a él?
Se apoya con la mano izquierda en el borde del lavabo y baja los ojos.
No tiene ninguna posibilidad de encontrarse en esa situación, su nombre no ha salido nunca en las previsiones, ni en la curia ni fuera de ella. No representa a ninguna facción, no tiene apoyos en ningún dicasterio de la Iglesia. Elevado recientemente a cardenal, sigue estando bajo observación en el Vaticano. Sabe que es considerado un pastor, más que un doctor o un político. Y esa condición no es uno de los requisitos más exigidos, entre los que habían salido a la luz. Después de un papa como el difunto es difícil que elijan a alguien que vive en la sombra como él, entre los italianos. Y sin embargo, sabe que debe su nombramiento como cardenal a la gran estima de aquel hombre inolvidable.
–Si la divina providencia lo hubiera dispuesto de otra manera y hubiera permanecido allá, en mi diócesis, hubiera vivido como tú… -le dijo en un almuerzo con unos cuantos íntimos, que algunos años antes siguió al consistorio en el que lo había elevado a cardenal. Y había añadido de inmediato-: En tu zona nacen pocos niños, y la gente se divorcia mucho, según me dicen.
–Es cierto. Son las consecuencias de un bienestar mal digerido, carente de valores espirituales. Pero debe de haber otras causas también, que no he entendido y las busco… las busco… -y se había interrumpido, dejando el tenedor de plata sobre el plato de Limoges. Al papa no quería decirle que las buscaba en sí mismo. Pero fue precisamente eso lo que en cambio oyó precisar de sus labios:
–Y las buscas… en ti.
Asintió, mirando la vieja, encorvada figura. ¿Cómo podía haberle leído el pensamiento?
Aquel memorable día no se le había escapado, durante todo el almuerzo, la expresión atenta pero no benévola con la que lo estudiaba uno de los hombres más influyentes de la curia, el cardenal Vladimiro Veronelli, el camarlengo de la Santa Iglesia Romana.
Por instinto había percibido desconfianza, reservas, más antipatía que estima, como si también en aquel fragmento de conversación hubieran salido a la luz pruebas de su escasa aptitud para gobernar la Iglesia, con un matiz de sospecha por su problematismo, tan abierto y declarado. Los supremos vértices sólo deben representar certezas, ésas de las que están necesitadas millones de personas débiles y confusas. Parecía ése el pensamiento del hombre que lo había estudiado perfectamente aquel día, replicando con escasas palabras a sus observaciones.
Y Veronelli es hoy el camarlengo que ha preparado hasta en sus más mínimos detalles, junto al decano Amonio Leporati, la compleja máquina del cónclave destinado a buscar un sucesor al pontífice que tan tangible huella había dejado en la historia. El hombre que debe hablar en latín pero también prohibir el uso de los móviles para contener la fuga de noticias. El hombre que debe sellar con el blasón de las llaves cruzadas de Pedro coronadas por el paraguas de la Sede Vacante las puertas con el exterior, como se hace desde siglos atrás, pero también impedir que los ordenadores