Cónclave

Roberto Pazzi · Capítulo 12 de 28

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Cónclave

Capítulo 12

comprometía su serenidad, haciendo que subiera la fiebre del desasosiego y la conciencia de vivir casi sin imágenes, carentes de ventanas y puertas al mundo.

12

Empiezan a manifestarse inmediatamente después de la clausura de la Capilla Sixtina, a casi cuarenta días del inicio del cónclave, algunos síntomas evidentes de esa claustrofobia.

Quienes la padecen de forma más aguda son los más ajenos a las

«delicias» de la clausura tan querida por el cardenal Paide: los purpurados acostumbrados a vivir en el centro de la realidad de las más importantes diócesis, entre teléfonos, faxes, móviles, correos electrónicos, aviones y automóviles siempre listos para llevarlos a cualquier rincón de la tierra.

Se registran los primeros casos de hospitalización urgente en la enfermería vaticana. La cual, al estar orientada a los jardines privados del pontífice, desde sus ventanas provoca la ilusión, con la espesura de los plátanos teñidos de rojo de noviembre, de una apariencia de libertad y apertura al mundo imposible de captar para los cardenales desde sus alojamientos.

Pero es la tentativa de fuga desde una de esas ventanas, en el segundo piso, por parte de dos conclavistas, Horace Winnipeg de Nueva York y Anthony O'Hara de Filadelfia, lo que da la medida de hasta qué punto las dolencias de los distintos hospitalizados no son más que manifestaciones psicosomáticas de un único mal: el miedo a permanecer entrampados allí dentro, el loco deseo de huir.

Los dos purpurados, de setenta y tres y sesenta y nueve años, se habían puesto de acuerdo para intentar la fuga durante la noche, cuando la vigilancia del personal de enfermería era más limitada.

Escogida la ventana, que daba a un tejado situado tres metros más abajo desde el que podían deslizarse hasta el suelo por un canalón rico en asideros, habían lanzado desde la ventana una suerte de rudimentaria cuerda formada por todas las sábanas enrolladas. En la oscuridad, sin embargo, no habían podido controlar bien dónde iría a caer la improvisada soga. Había sido el alboroto de los pollos el que lo revelara, pero para su desgracia atrayendo también la atención de los enfermeros medio adormilados. Era uno de los vastos gallineros montados por el conde Nasalli Rocca, en el

exterior del palacio. Allí se concentraban los refuerzos de gallinas traídas de Colleferro, de Zagarolo, de Frosolone, para compensar el desguarnecimiento de las filas de los animales a causa de las picaduras de los escorpiones que daban en el blanco, pero también para consentir el plan de una cada vez más exhaustiva y racional presencia de las aves en toda la Sede apostólica.

Los habían descubierto poco después, en chándal y zapatillas de deporte, con sus respectivos pasamontañas negros cubriéndoles la cara para hacerlos menos reconocibles en el trozo de los jardines que habrían debido simular que recorrían como entrenamiento, en el caso de que a esas horas se hubieran encontrado con alguien.

Un cómplice debía estar listo para recogerlos con un enorme coche plateado descapotable, a la salida de la estación ferroviaria vaticana; un vehículo de matrícula americana, en efecto, había suscitado una enorme curiosidad entre los guardias de servicio en aquella entrada, por lo prolongado de su parada y el nerviosismo de su conductor, que no dejaba de mirar el reloj.

Ante la evidente turbación de los enfermeros que ayudaban a los cardenales a retirar la larga cuerda, los eminentísimos habían opuesto un desdeñoso silencio. No estaban seguros de deber rendir cuentas de su comportamiento ni siquiera al cardenal camarlengo.

–Si me hubiera hallado con mejor salud, lo habría intentado yo también

-confesaba desde una cama cercana Di Sacramento, el cardenal de color de Luanda, observando a los fallidos evadidos atareados en deshacer las sábanas-. Y habéis tenido muy mala suerte -añadía sonriendo-, qué se le va a hacer, ya os saldrá mejor la próxima vez.

Los dos estadounidenses no habían contestado nada, distraídos por el trasiego que empezaba a notarse al final de las escaleras, más allá del ingreso a la sala.

Aparecían precisamente en ese momento el comandante de la guardia suiza con dos soldados de altura verdaderamente notable. Traían a los dos purpurados de Nueva York y Filadelfia la orden de seguirles al apartamento del cardenal camarlengo.

La noticia estalla en el interior del cónclave como una bomba. El pobre camarlengo está intentando aún asimilarlo del todo.

¡Un escándalo inaudito, dos cardenales que intentan huir del cónclave!

No había ni sombra de precedente en la historia de la Iglesia, por lo menos en la postridentina. Jamás había sucedido un hecho tan grave. Con todo, lo que más aflige a Veronelli, fulgurado por la noticia que provenía de la enfermería al alba, es la previsión de sus consecuencias psicológicas en muchos otros conclavistas.

–Pero ¿cómo han podido hacerlo? – insiste en preguntar Veronelli a monseñor Squarzoni mientras se pone a toda prisa el batín.

Squarzoni, quien a diferencia de muchos jóvenes colegas privilegia en sus alucinaciones a los gatos, captando en los felinos una presencia más efébica que femenina, un objeto de deseo de identidad indefinida, responde acariciando entre sus brazos a un enorme gato negro de ojos amarillos que ronronea en total abandono.

–Casi, casi, hubiera preferido que hubiesen usado esa soga de sábanas para ahorcarse -exclama el camarlengo, sin contenerse ya delante de su secretario-, un suicidio hubiéramos podido hacerlo pasar por una muerte natural, no es la primera vez que ocurre. Pero este escándalo contagiará a las almas, se esparcirá como mancha de aceite; serán muchos los que intenten huir. Los veo ya abandonar la nave que se hunde y dejarme aquí solo.

Tras dar la orden de conducirlos lo antes posible ante su presencia, en la espera manda enseguida al prefecto de la casa pontificia a pedir información de los trabajos de restauración que no habían conocido tregua; se había trabajado en la reparación de la sala incluso de noche. Busca entre sus papeles la lista de los daños que le había sido presentada, pero no la encuentra. Espanta las gallinas que se habían acuclillado sobre el sillón de al lado de la chimenea y encuentra la carpeta que buscaba. Coge un aerosol de desodorante y esparce perfume de rosas por la habitación que apestaba a causa del hedor. Termina de vestirse.

Squarzoni regresa con una noticia positiva, por fin, la primera de la mañana: la Sixtina está lista, los daños se han revelado bastante menos graves de lo previsto. Sólo queda un inconveniente que aún no se ha logrado evitar, manda decir el prefecto de la casa pontificia: la persistencia, poco agradable desde luego, del hedor causado por los animales que por prudencia se ha decidido que sigan vigilando la capilla. Por mucho que se procure perfumar con incienso el aire de la Sixtina, gallinas y gatos

continúan pagando su deuda con la naturaleza y ensuciando, por lo tanto, el pavimento y apestando el aire. En todo caso, un batallón de sirvientes no dejará de estar presente con escobas y recogedores, serrín y grava para intentar contener el desagradable fenómeno.

–¡Qué se le va a hacer! ¡Adelante con el cónclave entre gallinas y gatos, hay males peores!… -comenta el camarlengo ante tales puntualizaciones. Y

añade-: Vamos, Squarzoni, llame a los dignatarios y a los prelados del séquito. Dígales que estén listos a las ocho y media, aquí en mi habitación, para el ingreso oficial en el cónclave. ¿Cómo? Ah, ¿que ya están aquí?

Bien, hágales pasar enseguida.

Monseñor Squarzoni lo interrumpe para anunciarle a sus eminencias los arzobispos de Nueva York y Filadelfia, que aparecen en ese momento en el umbral del despacho, escoltados por los dos guardias suizos.

Lo primero que llama la atención es la ropa con la que se han presentado. La misma de la fuga, al no haber tenido tiempo para ponerse la veste talar. El neoyorquino lleva un chándal azul de rayas horizontales negras con el símbolo de una famosa marca de neumáticos; el prelado de Filadelfia, un chándal rosa con un pentagrama que reproduce el principio de una canción, Cheek to Cheek.

No debe de ser una conversación carente de momentos difíciles la muy larga que tiene lugar entre los tres cardenales: las voces se elevan hasta alcanzar los oídos de los dignatarios que van apareciendo mientras tanto para escoltar al camarlengo. Hasta el punto de inducir, para tapar las palabras, a Antonio Leporati, que guía el séquito, a aprovechar aquella espera para realizar de inmediato los ensayos del Veni Creator Spiritus con algunos jóvenes coristas. Con el resultado de que, mientras dejan de oírse las voces de los tres cardenales, se elevan rabiosos maullidos de algunos felinos asustados mientras algunas gallinas, quién sabe por qué, se sienten invitadas a cantar como si acabaran de poner un huevo.

–¡Menudo vocerío el de aquí dentro! – exclama Veronelli, abriendo de par en par las puertas y dejando salir a los dos colegas en chándal.

Pero el espectáculo que se le presenta es aún más inadecuado para la vista de cuanto resultaba al oído el confundirse de voces humanas y animales. Porque los jóvenes coristas parecen sucumbir a la seducción de esas mujeres que a sus ojos son las gallinas subyugadas por su raptus canoro; intentan evitar la tentación de mirarlas, pero equivocan las entradas,

pierden el compás, retrasan los tiempos, haciendo que el cardenal decano se ponga hecho un basilisco.

–Dejémoslo estar, Leporati, dejémoslo estar. Es mejor que no canten ni siquiera en la capilla: allí también tendremos que albergar a nuestras buenas guardianas… -sugiere al oído del decano el camarlengo, horrorizado ante la perspectiva de que se renueven esas escabrosas visiones.

Y el cortejo se mueve mientras los dos cardenales que acaban de recibir la reprimenda corren a sus alojamientos para ponerse el hábito talar bordado de rojo, más acorde con su dignidad. Sólo cuando ha salido el último corista se atenúa el alboroto de gatos y gallinas.

El espectáculo que, por el contrario, se ofrece al camarlengo apenas cruza los umbrales de la Sixtina, abarrotada de cardenales, parece tranquilizador.

La teoría de sitiales a derecha y a izquierda parece perfectamente en orden, al igual que el pasillo de en medio, donde a cada metro un prelado de servicio está enfrascado en ayudar a los eminentísimos a localizar su sitio o a subir, en el caso de los más ancianos, aquellas escaleras algo angostas.

Reina, por encima de todo, el murmullo laborioso de una asamblea llena de fervor que se dispone al trabajo con un espíritu aún no del todo tranquilo, pero que promete no dejar nada por intentar para el objetivo al que ha sido llamada.

El maravilloso fresco del Juicio universal, liberado de toda monstruosa metástasis de su grandiosa alegoría de la lucha entre el Bien y el Mal, se exhibe nítido y limpio, sin sombra de escorpiones. Y es tal la alegría por volver a verlo tras recuperar la grandiosa figuración que desde hace más de cuatro siglos ilumina las elecciones de aquella asamblea, que puede soportarse incluso el hedor a orines de gato y estiércol de gallina que de inmediato ha embestido a las narices de los cardenales, según iban entrando.

Aquí y allá, entre las cátedras, por las escaleras, en el pasillo y frente al altar se nota, si uno se fija bien, la discreta presencia de algunos ancianos prelados -ha sido prohibida esa función a los más jóvenes por prudencia, dada su vulnerabilidad- con recogedores, escobas y pequeños cubos, enfrascados en contemplar con escrúpulo el suelo. Los objetos de tanta atención, los felinos y las gallinas, pasean por la capilla, con la seguridad de

una costumbre ya apaciguada, olvidados casi ya de sus calles y plazas romanas, de sus acogedores cobijos allá en Colleferro.

Un gato enroscado en el asiento de un sitial escruta con desconfianza al viejo que se acerca antes de escoger un lugar distinto para la siesta, después de haber devorado el último ratón.

Una gallina corretea desconfiada entre un escalón y otro de las escaleras, sacudiendo con el movimiento acostumbrado de su raza la cabeza atónita, el ojo que no olvida nunca la presa que de vez en cuando osa aún desafiar su dominio. Porque algunos escorpiones que han sobrevivido, aprovechando la oscuridad de algún recoveco en el zócalo de las paredes húmedas y desconchadas, siguen meditando su proterva revancha. Y así, de vez en cuando, muestran desde el agujero en el que se han cobijado la amenaza de su aguijón, agitado como un trapo rojo delante de un toro o como bandera de desafío. Ante tal visión, las gallinas pierden la escasa luz de la razón con la que la naturaleza las ha dotado incluso a ellas y se arrojan con las alas abiertas contra la madriguera del enemigo, golpeando la mayoría de las veces contra el suelo, en vano.

Veronelli, sin embargo, no puede disfrutar largo rato del placer del recobrado orden de las cosas, incluso de las cosas últimas, como el Juicio universal. Porque de inmediato se agita viendo al director de la capilla musical pontificia, el maestro Antonio Liberale, invitar a los jóvenes coristas a entrar para el canto del Veni Creator. Y sin embargo, sus órdenes al cardenal decano habían sido claras.

–Squarzoni, vaya a decirle que esta mañana no se canta, ¡del modo más absoluto! ¡Vaya, vaya enseguida, haga el favor, antes de que entren los jóvenes!

La cara perpleja y mortificada del maestro Liberale le asegura que la orden ha sido entendida.

Pero uno de los coristas, tal vez el más diligente, el más deseoso de mostrar a sus eminencias reunidas la belleza de su voz, ha tenido tiempo para entrar. Y, concentrado en leer la partitura del canto, no ve los gestos de su maestro ni los de Squarzoni. Sólo otro canto hace que levante la cabeza, demudado por el estupor, como todos por lo demás allí dentro, y le permite recibir, entre el desconcierto y la contrariedad, la invitación para que se retire.

Un gallo que ha conseguido no abandonar a sus gallinas ni siquiera en el cónclave, pasando inadvertido tal vez al control de los hombres destinados a ello por Nasalli Rocca, canta. Y canta con tal gloriosa ostentación de fuerza y alegría, con un tan seguro convencimiento de llamar al sol y ayudarlo a surgir -mejor dicho, a resurgir también en esa sala atestada de viejos, entre nubes de incienso, gatos, ratones, escorpiones y algunas caras inmóviles en las paredes, tensas como si no esperaran más que una seña para dejarse caer-, que por un momento nadie se mueve.

Entonces, como desafiado por esa doble inmovilidad, la de los vivos en la capilla y la de los muertos que están en las paredes, en la duda tal vez de no haberse empleado a fondo, renueva su fuerza, ayudado esta vez también por otros dos gallos que se ocultan entre las gallinas. ¡Tendrán que saludar todos a la vez la llegada del sol!

No es un despertar parecido a los que está acostumbrado, en su harén de Colleferro, donde la luz se derrama de repente, en el corazón de la noche, sobre la multitud de sus hembras. Es un gallinero triste, éste, en el que cuesta trabajo hacer que discurra la luz; por ello le han llamado a él y a todo su pueblo de hijas e hijos del sol. Porque su canto hace que baje incluso el sol, lo sabe, no hay gallo que cante como él…, ni siquiera esos dos gallitos que ahora le sirven de acompañamiento, no osando sobreponer sus notas a las suyas, sino tan sólo reforzarlas, en los momentos de pausa de su himno al sol.

Los cardenales estaban en silencio, escuchando aquella extraordinaria variación del programa musical de la capilla. No faltaba quien evocaba en ese canto la triple admonición al primer pontífice romano, a Pedro, que había renegado tres veces el nombre de Cristo. Otros miraban en lo alto las sibilas y los profetas, pensando a qué inusual asociación se constreñía aquel cielo de santos, héroes y majestad del espíritu. Otros en cambio cerraban los ojos, y se preguntaban asustados qué nuevas pruebas deberían soportar en aquel cónclave, antes de ver al nuevo Pedro. Estupefactos y aturdidos acaban de entrar los dos fallidos evasores, los purpurados estadounidenses, cuando se oye, interrumpiendo la estática escucha, la fuerte exclamación de una voz:

–¡Haced que se calle de una vez!

El acento toscano lo denuncia como italiano.