Cónclave

Roberto Pazzi · Capítulo 25 de 28

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Cónclave

Capítulo 25

Y ahora, viendo aquella tempestad, le vuelven a la cabeza las palabras de su abuela Cesira.

La primera gota, al caer sobre la cama, despierta en ese momento a Lorenzo, que la ha recibido en medio de los párpados. Abre los ojos y le sonríe.

25

A muchos kilómetros de Roma, en una clínica de Bolonia, también otros dos jóvenes están disfrutando esa noche de la intimidad de un tiempo adverso a cualquier salida. Una feliz oportunidad, para Francesco y Caterina. A causa de la forzosa inmovilidad de él, que todavía debe soportar la escayola y no podría aprovecharse de un hermoso día de sol. Y a causa del aburrimiento de ella, quien, en la renovada ternura favorecida por el mal tiempo, transforma el tedio de estar encerrados en miedo a que alguien venga a molestarlos.

No es aún una lluvia de diluvio, pero no promete cesar demasiado pronto. Es una llovizna muy fina, que viene acompañada por temperaturas de bochorno, casi veraniegas, innaturales en diciembre. Pero han dicho que durante toda la semana el tiempo será pésimo, hasta Navidad.

En la habitación donde Francesco Cariati, sobrino del cardenal de Turín, lleva más de quince días hospitalizado, a causa de las fracturas ocasionadas por un grave accidente de coche, reina un alegre desorden. En vano Caterina, al igual que la madre de Francesco o las enfermeras de la clínica, intenta ponerle remedio. Revistas automovilísticas, de decoración, de barcas a vela, folletos de viajes, semanarios, periódicos, barajas de cartas, un ordenador portátil, bolígrafos, papel para escribir, mancuernas para poder entrenarse y moderar la tripita que ha ido creciendo a causa de la forzosa inmovilidad. Un caos coronado por el televisor, de pantalla gigante, por los muchos jerséis y camisas tirados sobre la otra cama y sobre el cajón. Y por una mesilla atiborrada de varias botellas multicolores de agua y de vino, no todas vacías, entre las cuales destaca una Veuve Cliquot, el champán que tanto le gusta a Caterina y que hace que le corra el fuego por las venas. Se lo ha traído ella, porque lo había encontrado de un humor de perros tras el anuncio de los médicos de que no le iban a dejar marcharse a casa ese domingo, como él en cambio esperaba.

–Si esto sigue así, pasaremos la Navidad aquí dentro.

–Pues la pasaremos aquí dentro, Francesco, ¿qué más da?

–Ya estoy harto. Hace años que las paso en Turín, en casa del tío. Y

estabas invitada tú también.

–Puñetazos al cielo, dice mi madre, no se le pueden dar; y añado yo, ni siquiera cuando se tiene un tío cardenal.

Francesco había soñado con ella esa noche. En el sueño, la imagen de Caterina que entraba por la puerta se confundía siempre con otras figuras femeninas. Primero era su madre, que le enseñaba el boletín de notas de la universidad o le reprochaba el haber repetido un año. Después era el rostro hermosísimo de la jefa de planta, a quien su padre había bautizado Greta Garbo, sorprendida mientras le conminaba a quedarse quieto en la cama y a dejar de usar esas mancuernas de gimnasia si quería salir de la clínica. A continuación, era la chica a la que había dejado por Caterina, que venía a visitarlo esgrimiendo una enorme jeringuilla para ponerle una inyección. De desasosiego en desasosiego había llegado casi al alba, cuando todos aquellos rostros se habían disuelto. Permanecía uno solo sobre el terreno, dulcísimo y triste, uno que no veía desde hacía muchos meses. El tío Ettore.

Le había estado hablando largo rato, pero sin que él comprendiera el sentido de lo que le decía, porque era un susurro indistinto, apenas perceptible, un balbuceo fatigado, como si su tío se esforzara por decirle algo que le importaba mucho pero fuera incapaz de hallar las palabras, a causa de una extraña afasia. Había empezado entonces a ofrecérselas él, esas palabras que le faltaban a su tío, el gran orador que hechizaba con la finura de sus homilías en la catedral de Turín, y de quien se decía que en los confesionarios alcanzaba el culmen de su mayéutica, cuando podía hablarle cara a cara al alma… Se había visto a sí mismo diciendo: «Lluvia, Roma, casa, Turín, regreso», y luego, además: «Viento, vela, ventana, cielo, alas».

Y mientras le subían a los labios, tenía la satisfacción de ver aquel querido rostro distenderse, relajarse, sonreír hasta recobrar la voz, para repetir esas mismas palabras…

Ahora que la lluvia amaga con hacerse más persistente y las sombras con caer sobre la habitación, sería mejor encender también la luz del techo.

En cambio, le prohíbe que lo haga viéndola acercarse al interruptor. La atrae hacia él, cerca de la cama. En ese momento, mientras Caterina intenta reclinarse a su lado, el sueño de la noche, desde algún rincón de la mente de Francesco, vuelve a avivarse. En un instante, ve de nuevo los rostros que lo

habían visitado, uno a uno, hasta llegar al del tío. Pero ahora el teléfono está sonando.

–¿Lo cogemos o no, Caterina?

–Haz lo que te apetezca.

–Debe de ser mi madre. Lo mejor será contestar.

–Claro, mientras tanto voy a arreglarme, no vaya a ser que entre la jefa de planta…

El teléfono entretanto no deja de sonar, con el característico ritmo acelerado de los circuitos internos, bastante fastidioso. ¿Y si no fuera mamá? No tiene ganas de enredarse con amigos pródigos en las habituales formalidades para hacer que se sienta menos prisionero, y las habituales promesas de lo que harían juntos en cuanto saliera. Ellos están allí fuera, viviendo, y él, en cambio… Pero al pensar en su Caterina deja de sentir envidia. Alarga la mano para coger el auricular. Es su madre.

–¡Enciende enseguida la televisión, en la primera cadena!

–¿Por qué? ¿Qué ocurre?

–Ponla, te digo. Parece que han elegido al papa.

–¿Qué?… La pongo enseguida.

Oye el clic del encendido y los segundos que transcurren entre el sonido y la imagen nunca le parecieron tan lentos. Una voz masculina anuncia la conexión con la plaza de San Pedro, donde dentro de poco podrá verse la fumata del cónclave. Voces autorizadas preanuncian buenas probabilidades de que por fin los cardenales se hayan puesto de acuerdo en la elección y la fumata sea blanca.

Aparece en sobreimpresión el rostro del anunciador, después, de inmediato, un plano bastante defectuoso de la plaza de San Pedro. El locutor, entretanto, pide disculpas por la mala calidad de las imágenes, pero Roma está siendo víctima de una borrasca de excepcional violencia que ha provocado ya daños notabilísimos y causado víctimas a causa de derrumbamientos y desprendimientos de edificios. Una catástrofe que ha persuadido al alcalde para proclamar el estado de calamidad natural.

La madre vuelve a llamar a Francesco, después de la pausa.

–Francesco, Francesco, ¿me oyes?

Él coge otra vez el teléfono pero su mente sobrepone a las imágenes de la Sixtina, con su chimenea apagada aún, descollante en el cielo ofuscado por la lluvia y las nubes, la visión del sueño nocturno. El rostro del tío que

le susurraba frases incomprensibles, hasta que él no le había ofrecido un sentido, repitiendo algunas palabras…

–¡Qué raro! ¿Sabes?, anoche soñé con él.

–¿Qué dices?

–Nada, que soñé con el tío Ettore…

–Francesco, imagínate que lo vemos dentro de poco, en el balcón de San Pedro…

–Mamá, pero si siempre has defendido que no tenía ninguna posibilidad…, que no había hombre a quien le quedaran más lejos esas ambiciones…

–Es verdad, pero la última vez que hablé con él, hace más de una semana, parecía reticente, arisco. Ya sabes lo expansivo que es por naturaleza, en cambio. Y cuántas ganas de hablar tiene, por lo general. Era como si quisiera ocultar algo que le pesaba.

–No quisiera, mamá, que fueran tus esperanzas de convertirte en la hermana del papa las que te hicieran recordarlo así. Conmigo estuvo alegre, muy simpático, nunca le había escuchado soltar tantas bromas.

–Y en el sueño ¿cómo era?

–¿En el sueño?… Ah, ya empiezan a hablar de la fumata, ¿lo oyes?

–Sí…

Caterina vuelve en ese momento.

Ve la televisión encendida y a su Francesco al teléfono. Seguramente, debe de ser su madre: lo que muestra la pantalla lo revela. Ese tío en el cónclave los unía tanto que a veces la ponía celosa. No ha llegado a conocerlo y ahora tiembla como una hoja ante la posibilidad de verlo.

Porque eso es lo que Francesco y su madre esperan. Y ella desaparece, deja de existir en ese momento.

Se sienta silenciosa y espera a que llegue la fumata, confiando en el fondo de su corazón con todas sus fuerzas en que sea negra, en que no aparezca ese desconocido vestido de blanco.

El primer penacho de humo aparece aún incierto, brindando al locutor la posibilidad de mantener con el corazón en vilo a millones de espectadores.

Aquel truco teatral de siglos de antigüedad sigue perforando la pantalla, enciende las audiencias, no cabe duda.

Después aparece el humo negro, y en pocos instantes, mientras el locutor adopta el papel del director de un espectáculo de escaso éxito que se

disculpa con sus espectadores, todo vuelve a la normalidad.

El mundo sin papa está ya visible en el anuncio de la carne enlatada para perros que emiten en ese momento, mientras una tupida confabulación al teléfono de su Francesco, con la desilusionada hermana de un cardenal, la excluye. Pero es una exclusión indolora, esta vez, que le da tiempo para fingir sus emociones y a ocultar el estado de ánimo que antes la había invadido.

–Francesco, ni siquiera me has dejado saludarla.

–Discúlpame, te manda muchos recuerdos, pero tenía bastante prisa, iba a salir con papá.

–Es mejor que te tapes. Antes has estado todo el rato destapado y no hace nada de calor aquí dentro.

–¿Has visto? Tampoco lo han conseguido esta tarde. ¿Quién sabe lo que les habrá saltado a la cabeza a esa gente de la televisión? Qué mal están quedando los cardenales…

–¿Es que crees que sería mejor no ver otra ocasión desaprovechada para tu tío?

–Qué mala eres…

–Lo siento, perdona. Escucha, mañana tengo que ir a casa de Maria, es su cumpleaños. ¿Es igual si nos vemos pasado?

–Ven aquí… ¿Qué te pasa?

–Nada, ¿por qué?

–Porque estás distinta, he dicho algo que te ha molestado, pero no sé qué.

Ella prefiere dejarlo correr, satisfecha de verlo otra vez afectuoso. Ya no queda ni sombra del cónclave allí dentro, ahora; el tío cardenal ha sido vencido dos veces, por la televisión y por ella.

Se despiden con la promesa de llamarse enseguida, en cuanto se despierten, al día siguiente. En la puerta de la habitación, ella se vuelve para mirarlo, de perfil. Hubiera debido cortarle el pelo, empieza a perder volumen, al estar siempre tumbado sobre la almohada. Lo quería tal y como lo había visto el primer día, de espaldas, en casa de Cinzia, en un cumpleaños. Una cascada de cabellos tan suaves que invitaban a sumergir la mano dentro. Ellos dos hacían el amor con los cabellos, había dicho Francesco en una ocasión…

Francesco no ha hecho más que apagar la luz cuando suena de nuevo el teléfono. Es otra vez su madre.

–Perdona, tesoro, me imagino que casi estarás durmiendo ya a estas horas, pero estoy algo preocupada. En la televisión han dado noticias graves de la borrasca que ha estallado sobre Roma, hacía años que no se veía un desastre de esa clase, dicen. Y el Vaticano está entre los lugares más afectados… Se han derrumbado estatuas, muros y, como en toda Roma, no funciona la energía eléctrica.

–¿Crees que el tío Ettore estará a oscuras?

–Sí, Francesco, le he llamado enseguida, pero las líneas están cortadas.

–Es normal, con este tiempo, inténtalo un poco más tarde.

–De acuerdo, perdóname, tesoro. Pero tú… ¿Qué hacía en tu sueño de anoche?

–Estaba cansado al principio, le costaba hablar, no conseguía hacerse entender, pero después se recuperaba; piensa que era yo quien le ayudaba a hacerse entender… Ay, los sueños…

–Te he vuelto a llamar entre otras cosas porque antes estaba ahí Caterina y no quería sacar el tema.

–¿Por qué?

–Ciertas cosas es mejor que queden en casa. Buenas noches, Francesco.

Su madre y Caterina no se gustan aún. Es la única espina que lo atormenta además de su retraso con los exámenes. Está más allá de sus fuerzas el hacer que las dos mujeres se aprecien.

Su tío a oscuras, como él en ese momento. Como él en la clínica, encerrado en el cónclave. Su madre se preocupa demasiado, pero será mejor escuchar el telediario, darán sin duda noticias de la capital. Enciende el televisor y ve de inmediato lo que tanto ha alarmado a su madre. No puede decirse que le falte razón, no se trata de una simple oleada de mal tiempo.

Lo turban las caras de la gente entrevistada tras el derrumbe de alguna casa o los desprendimientos de tierras que han afectado a ciertas zonas de la ciudad. Parecen haber visto algo que tienen miedo de describir. Ni siquiera la televisión consigue poner en escena el miedo, ciertas emociones no pueden representarse. La mente sí, puede albergarlas y vivirlas, por desgracia hasta el espasmo.

Apaga la luz, con una leve sensación de culpa. Como si hubiera violado el dolor de esa pobre gente tumbada en la cama, en un hospital, con vendas