Cónclave

Roberto Pazzi · Capítulo 9 de 28

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Cónclave

Capítulo 9

puede sonreír ante lo que le asusta, y se detiene para bendecirlos paternalmente.

9

El conde Paolo Nasalli Rocca, al día siguiente de la inauguración de la sauna y del baño turco, mientras los príncipes de la Iglesia buscaban nuevamente un acuerdo acerca del nombre del futuro pontífice, guía en persona una batida por los lugares de Roma más atestados de gatos.

Y es una caza en plena regla, que da a muchos de entre los romanos más ancianos la impresión de revivir la amenaza de la carestía, flagelo de la urbe en los últimos y terribles meses de guerra. Sólo las ollas, en efecto, pueden ser el destino de esos pobres animales. En los barrios designados -en los alrededores del Panteón, en el Foro romano, en la plaza Argentina, en la cuesta del Grillo, en la plaza Vittorio, en la plaza Sallustio- se ven aparecer esa mañana algunos enormes automóviles negros de andadura lenta y furtiva. De ellos salen larguiruchas figuras de pálidos jóvenes desorientados, pero todos dócilmente obedientes a la guía de un hombre que conoce bien Roma y va y viene entre uno y otro grupo.

Atrayendo a los felinos con latitas de exquisitos comestibles colocadas en puntos donde el olor a pis de gato traiciona su presencia, se arrojan sobre los animalillos, absortos en devorar aquel maná, con enormes redes.

Forcejeando y maullando ferozmente, desaparecen todos después en los grandes maleteros de esos coches que al cabo de pocas horas vuelven a los lugares de caza tras haber depositado en el patio de San Dámaso la preciosa presa. Sólo en algunos casos surge una discusión entre esos jóvenes de cordiales maneras propias de cura y la gente. Son las gateras de las zonas más populares de Roma, insensibles ante las generosas ofertas de dinero para compensarlas por las pérdidas de algunas de sus criaturas. Pero las más indómitas consiguen volcar el saco ya lleno en la calle, liberando a los gatos enfurecidos.

Hay quien nota que no todas las matrículas son de Roma; algunos de esos coches furtivos tienen, efectivamente, matrícula del Vaticano. Más extravagante aún resulta que éstos parecen vehículos de ceremonia, con un sitial en lugar de los asientos traseros, que recuerda a cierto vehículo con absoluto derecho de precedencia en el convulso tráfico de Roma.

Esa misma tarde, aunque la caza prosiga en el curso de la noche, los gatos hacen su solemne entrada en el Vaticano, tomando posesión de él.

A oleadas, hasta el alba, mientras algunos automóviles siguen yendo y viniendo de la ciudad a los pasadizos de las murallas de León IV, los jóvenes seminaristas del coro sueltan a los felinos de los sacos en distintas plantas de los palacios apostólicos.

Los cardenales, advertidos por la Secretaría de Estado de la estratagema para liberarse de los ratones, se retiran prudentemente con antelación. No todos tienen la misma familiaridad con los felinos y algunos, ante la idea de tener que ocuparse de ellos y de dejarles vagar por sus habitaciones entre sus propias cosas, no dejan de experimentar cierta irritación.

Casi nadie puede pegar ojo esa noche. Porque los pobres animales maúllan desesperados, perdiéndose en los vastos espacios de aquel palacio, más parecido a un angustioso laberinto que a una morada para seres vivos, olvidándose de comer y de beber de las escudillas distribuidas aquí y allá.

Buscan la salida del cónclave, ignorando que es difícil de hallar incluso para los cardenales… Los más salvajes, enfurecidos por el frío, por la oscuridad, por el hambre, apenas divisan las purpúreas vestiduras de algún prelado, bufan, y si el desventurado osa acercárseles demasiado intentan arañarlo, aferrándose a sus vestiduras.

Al día siguiente, muchos de ellos son encontrados muertos de terror, demasiado viejos para renunciar a la suciedad y a la libertad de las calles y de las plazas romanas.

Sin embargo, al cabo de dos noches tan sólo, las cosas empiezan a cambiar. La atávica guerra entre felinos y roedores explota con toda su violencia, para enorme satisfacción del Sacro Colegio. Y en términos tan directos y tan carentes de vacilación que persuade al camarlengo de la necesidad de localizar un buen pelotón de gatos y encaminarlo de inmediato hacia los Museos Vaticanos también. Porque una vez que han empezado a ambientarse, caídas las primeras víctimas del rapto, la vitalidad y el instinto depredador de aquellos animales no tardan en atisbar la presencia inquietante y deliciosa de tan magníficos ejemplares del enemigo. Y da comienzo una de las más infernales zarabandas que puedan imaginarse.

Por todas partes, debajo de las camas, encima de los armarios de los paramentos sacros, sobre los altares de las capillas, en los grandes crucifijos colgados de las paredes, por encima de los baldaquinos de los sitiales de la

Sixtina, en los reclinatorios, por las escaleras, en las cocinas, en las armerías de la guardia suiza, en las habitaciones de la residencia del pontífice, en el patio de San Dámaso; en cualquier lugar se asiste a espantosas batallas hasta la última gota de sangre.

Los ratones, aterrorizados por aquel enemigo presente en masa, parecen hallar en la amenazada herencia genética extraños recursos que estimulan sus chillidos de agudos tonos. Y, ante el espanto de la muerte inminente, ante el olor de un final que sólo puede ser demorado, se yerguen sobre las patas posteriores alzando el hocico demacrado de largos bigotes, lanzándose al ataque desde lo alto, buscando siempre la ventaja de la sorpresa, dirigiendo sus agudos dientes hacia los ojos y la nariz de los felinos.

Los sacros palacios están atestados de ratones muertos, de gatos destrozados, de señales de una batalla que va adquiriendo cada vez más las características de un choque anómalo y siniestro.

–¡Basta! Esto es insoportable, esto es insoportable, Cerini, tenemos que decidirnos, llegar a un acuerdo de inmediato, en caso contrario enloqueceremos aquí dentro -comenta en esos días el cardenal de Dublín con su colega de Milán, mientras es embestido por dos ratones que se han arrojado desde una araña del techo sobre un gato blanco a sus pies. Y

mientras observa las gotas de Bohemia de la lámpara seguir oscilando y crear extraños juegos de luz en las paredes forradas de seda roja, no puede creer en las palabras de respuesta del purpurado milanés:

–Estimado John, esto es sólo el principio…

–¿Cómo que el principio? ¿Por qué, no te basta?

–¡Porque desde esta noche mi habitación está infestada de escorpiones!

–¿Estás de broma?

–Pueden testimoniártelo mis dos secretarios, que me han ayudado a dar caza a esos peligrosos insectos durante horas.

–¿Escorpiones? Pero eso es terrible…

–Verás, tendremos que luchar también contra este flagelo del Maligno.

Porque son de un color especial, no propiamente negro, sino verde oscuro, un verde iridiscente que recuerda las escamas de las serpientes.

–Qué horror…

–Cuando los ves todos juntos, a legiones, como los he descubierto yo debajo de mi cama, en el suelo del baño y en el armario de mi ropa, así a montones te parecen francamente viscosos y como sierpes…

–Tal vez sólo estén… en tu cuarto, Alfonso. Es posible que sea algo que no funcione en los desagües y en las alcantarillas de esa parte del palacio.

–Lo espero yo también, por todos nosotros.

No es un caso aislado, por el contrario, el que se verifica en el alojamiento del cardenal ambrosiano.

Los escorpiones, poco a poco, van dando muestras de su presencia en las plantas más bajas de los sacros palacios, primero; después, tentados por vertiginosas esperanzas de nuevas conquistas y de más altos dominios, van tomando posesión de la tercera, de la cuarta y de la quinta planta, hasta los apartamentos privados del pontífice en la última planta.

Y todos son de aquel extraño e innatural color verde oscuro con iridiscencias tornasoladas en las tenazas y en la cola.

El camarlengo es el último en rendirse a la nueva plaga, cuando los descubre en su alojamiento de la quinta planta, poco antes de retirarse a decir misa, en vísperas de la votación de la mañana. Está poniéndose los zapatos de hebilla de plata cuando suelta un grito: en el zapato un escorpión le ha picado en el dedo gordo.

–¡Squarzoni, llame al médico! ¡Dese prisa!

El corpulento médico en jefe tarda su tiempo a causa de una avería en el ascensor que le obliga a subir las escaleras a pie. Un ejercicio, a los setenta años, bastante fatigoso y no aconsejable por sus problemas de corazón. Pero el deber profesional y el alto cargo del enfermo no consienten demoras.

Cuando entra en la habitación del camarlengo, está tan pálido que monseñor Squarzoni se pregunta si no hará falta llamar a otro médico para socorrer también a ese hombre.

Pero el fatigado anciano desciende de uno de los pontífices más nepotistas de la historia, Clemente VIII, y no se deja abatir. Extrayendo de su maletín una jeringuilla y un frasquito, prepara de inmediato una inyección para contrarrestar el veneno, ya puesto en guardia por el capellán.

Apenas tiene tiempo de inyectar el líquido en el brazo del camarlengo cuando debe pedir un asiento. Sólo una vez cumplido su deber, se abandona en la silla para recobrar aliento.

Al difundirse la noticia del repentino incidente del camarlengo que hace que se aplace la votación del cónclave, la iniciativa de una serie de cardenales da a Veronelli la medida de cuán peligroso puede resultar para la unidad de la Iglesia el cariz que están tomando los acontecimientos.

Los cardenales de la India, del Japón, de Australia, de Filipinas, con un documento unitario proponían a todos sus colegas el nombre del cardenal uniata ucraniano, Wolfram Stelipyn. Una nueva provocación, como la de elegir a Nabil Youssef, el palestino, piensa enseguida Veronelli al recibir una copia del documento.

–Dígale a Rabuiti que reúna a los italianos. Quisiera verlos después de cenar, esta noche, Squarzoni, pero no aquí, en mis habitaciones…, en el torreón de San Juan.

Veronelli, a quien se le ha asegurado que podrá recuperarse en pocas horas gracias a la tempestividad de Aldobrandini da orden de que se reúna el cónclave a las cuatro de la tarde, en un intento de recuperar tiempo, dada la posibilidad de que se consiguiera votar dos veces, antes del atardecer.

Pero la noche estará dedicada a profundizar en esa problemática candidatura con sus más íntimos, siempre que no emerjan novedades irreparables, esa tarde, gracias a ese nombre eslavo.

Una vez organizada minuciosamente la agenda del día, Squarzoni aparece en la puerta para anunciarle una llamada telefónica de Nasalli Rocca.

–Pásamelo enseguida… Diga…

–¿Qué tal, eminencia? ¿Se va recuperando?

–Me da la impresión de que sí. Hoy por la tarde procuraremos votar dos veces. Me agrada volver a escucharle.

–Tengo una propuesta que podría ayudarnos a resolver el problema de esos escorpiones -y el ingeniero sonríe, recordando la resistencia del camarlengo a admitir aquel nuevo problema, en los días anteriores.

–Usted se las apaña muy bien para resolver ciertas situaciones, lo reconozco. Con los gatos estuvo usted extraordinario; pero a veces me desconcierta, parece haberle cogido gusto a… ciertas situaciones escabrosas… He llegado a dudar de usted…, una noche soñé que había sido Nasalli Rocca quien había infestado de ratones los sacros palacios, trayendo de vuelta nuestros coches cargados de esos animales en vez de gatos. ¿No recibirá del Ayuntamiento algún pellizco por lo de los gatos?

El ingeniero estalla en risas.

–Entonces me tomará por un criador de pollos cuando escuche mi nueva propuesta.

–¿Por qué? A ver, dígame…

–Porque el más natural enemigo de los escorpiones son las gallinas, animales mucho menos estúpidos de lo que se cree y en todo caso los más valientes contra esos insectos infernales. Sus picotazos son mortales.

–Ahora que lo pienso, vuelve usted a tener razón. Recuerdo bien el gallinero de mi madre, en el campo; ella soltaba las gallinas de vez en cuando en casa también, precisamente ante esa eventualidad.

–Entonces podríamos soltarlas también en los sacros palacios…

–¡Pero sería algo abominable!

–Puedo conseguir ya algunos miles. Me he informado en un criadero de pollos, aquí cerca, en Colleferro. He calculado también cuántas dispondremos en cada planta, aparte de la Capilla Sixtina.

–¿En la Capilla Sixtina? ¿Pero está usted loco? ¡Gallinas en la Sixtina, jamás!

–Eminencia, tal vez no le hayan referido que esta mañana han aparecido allí también y… que amenazan los frescos, a los que ya se han subido…, y siguen una extraña geometría, en su tarea de devastación: raspan sobre todo las partes en alto respecto a quien mira, donde el color es más claro…

–No sabía nada, en cuanto pueda ponerme de pie, correré a la capilla…

Pero si a las cuatro tenemos la votación, ¿qué vamos a hacer? Son ya las once…

–Para esa hora, si me lo autoriza, tendremos ya nuestras gallinas manos a la obra, son robustas y bien rollizas, acostumbradas a que se las despierte en plena noche para que coman más, creyendo que es ya de día. Verá, realizarán un trabajo magnífico.

El cardenal camarlengo de la Santa Iglesia Romana, mientras escucha al inefable ingeniero volar derecho hacia sus conclusiones con su habitual carencia de prejuicios, piensa en la mítica figura del arcángel Miguel, el más seguro enemigo del diablo, que supo, él también, devolver las fuerzas de las tinieblas a donde habían venido.

–Eminencia, ¿me está escuchando?

–Claro que le escucho, Nasalli Rocca, nuestro gran patrón…, en el fondo es usted como el arcángel Miguel para este cónclave amenazado por el… -y no tiene valor para terminar la frase, para precisar por quién está amenazado.

–Me limito a hacer mi trabajo, nada más. No me atañen los poderes que me atribuye, aunque se lo agradezco. Entonces… ¿puedo seguir adelante?