Cónclave

Roberto Pazzi · Capítulo 3 de 28

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Cónclave

Capítulo 3

patriarca de Venecia eran los únicos a quienes los periodistas no habían preguntado nada.

Advierte el pichel de plata, colmo de chocolate, el mismo que a menudo le viene servido al papa después de su misa, para que aquellos hombres ancianos repusieran fuerzas después del ayuno.

Mientras el maravilloso servicio de plata barroca refulge bajo una araña de Murano encendida en pleno día para multiplicar la pompa de todo lo que puede brillar en la mesa, ve a Rabuiti acercarle una silla.

–Siéntate, se habla mejor con el estómago lleno, el chocolate aún está caliente; te sirvo una taza.

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–Sí, ese hombre era insustituible. No ha habido otro papa tan capaz de abrirse al mundo, interpretando las ansias de la humanidad entera… Y sin embargo, no nos queda más remedio que nombrar a su sucesor, tan importante cuanto difícil de encontrar, como ya se ha visto -arranca, centrando el problema, el vivaz arzobispo siciliano. Y prosigue de inmediato-: Por eso debemos examinarnos y procurar acudir bien preparados a la elección, no podemos dejarla al albur de las mayorías numéricas. Debemos hallar aquello que comprometa las razones ideales más profundas. El acuerdo sobre el número necesario para alcanzar una mayoría no debe ser un fin en sí mismo, como por desgracia ha sucedido en estos días. Me reprocho el que no hayamos estrechado filas entre nosotros antes de hoy.

–No han sido días inútiles, Celso. Se hizo lo mismo también en otros cónclaves, los primeros días no son más que fuegos de artificio pero sirven para comprender dónde va a dejarse caer el Espíritu Santo -observa el prelado de Génova, Silvio Marussi.

–Al Espíritu Santo, sin embargo, le hace falta ayuda, Rabuiti tiene razón

-comenta en voz lenta y grave Alfonso Cerini, arzobispo de Milán, aquel a quien todos esperaban escuchar, casi como si prefirieran expresarse sólo después de haber comprendido su forma de pensar.

–Es cierto, no puede dejársele a merced de la lentitud de nuestras cervices -asiente el patriarca de Venecia, Aldo Miceli.

–Yo, sin embargo, que tal vez sea el más viejo aquí dentro -interviene el prelado de Florencia, Nicola Gistri-, no quisiera que olvidarais que también

cuando murió Pío XII parecía imposible encontrarle un sucesor. Al igual que con Pío XI, y con Benedicto XV, y sobre todo, en vísperas de la guerra mundial, cuando nos dejó huérfanos Pío X, a quien hoy veneramos en los altares…

–Sí, no debemos dejarnos llevar por el desaliento, no ayuda a ponderar la elección más oportuna -es el turno del cardenal de Bolonia, Siro Ferrazzi, quien en aquel momento, tocándose el hábito a la altura del pecho, descubre que se ha dejado la cruz pastoral en la celda.

–Por lo demás, las virtudes heroicas de este venerado pontífice nuestro, si acaban siendo demostradas, servirán para que un nuevo papa se sume a la lista de los santos -remacha el arzobispo de Nápoles, Salvatore Carapelle, sin perder nunca de vista la expresión pensativa de su colega de Milán.

–Si acaban siendo demostradas, naturalmente… -el arzobispo de Milán ha puesto la segunda piedra sepulcral sobre el cadáver del difunto, piensa Ettore Malvezzi, mientras se percata de que ya no se espera más que su turno en aquel giro de pareceres.

Y entonces se juega el todo por el todo, arrancándose la máscara por todos ellos:

–Pero nosotros estamos aquí porque queremos elegir un papa italiano, no para elegir el de más méritos, ¿no es así?

–Ettore, pero ¿qué dices? Un italiano y el de más méritos, si es posible -

corrige Rabuiti, que ni siquiera frente a una salida tan poco diplomática pierde el esmalte de su sonrisa. Con todo, le queda agradecido por haber encauzado la conversación hacia el meollo del problema.

–No un italiano a toda costa. Sin embargo, no debemos dejar de intentarlo todo -insiste Carapelle, pero de inmediato preferiría no haber hablado cuando escucha las palabras de Cerini:

–A toda costa un italiano, a toda costa.

En la sala cae un profundo silencio.

Así pues, el sucesor de San Ambrosio se postula como candidato y nadie puede fingir ignorarlo. Se ha pronunciado con el gran prestigio de su figura y de su ciudad. Faltan sin embargo los cardenales de la curia, no invitados a la reunión, nota Malvezzi. Es presumible que estén de su parte, el propio Cerini proviene de ese ambiente. Tal vez se trate sólo de una maniobra táctica: ganarse primero a los pastores de diócesis, a los políticos de la curia vaticana, después.

–Ettore, se te está enfriando el chocolate… -observa atento Rabuiti.

Malvezzi, en efecto, no ha podido dar ni un solo sorbo, impresionado por la rapidez apremiante de aquel juego de acuerdos, una tentativa inicial de tantear los ánimos antes de soltar el golpe. Pero ¿por qué maravillarse tanto? Hay millones de fieles esparcidos por el mundo en espera de conocer el nombre del representante de Cristo sobre la tierra. Es normal que esa antigua maquinaria empiece a correr para no errar el blanco. El cónclave es eso también: un juego detrás de las bambalinas que se concluirá con toda su carga de presiones y derrotas, victorias y compromisos, en cuanto aparezca ante el mundo la nueva figura blanca en la que proyectar la necesidad de un padre, de un intermediario entre Dios y el hombre, al que la mayor parte de la humanidad aún no sabe renunciar.

También el Dalai Lama responde a esa necesidad, también los imanes de los ismaelitas, el patriarca de Moscú, el de Constantinopla, y los numerosos ayatolás musulmanes. Cada uno cumple su papel para tranquilizar al hombre, asegurándole que no está solo y que su sufrimiento, su infelicidad, su vejez y, por último, su muerte poseen un sentido preciso, puesto que hay Alguien a quien le importa mucho. Ni un minuto tan siquiera abandona Dios a sus criaturas, todo resulta contado, sopesado, seguido, nada es gratuito. En eso tienen necesidad de creer los hombres, desde las más antiguas edades, desde que empezaron a temer a los relámpagos y a los truenos, imaginando en ellos la huella del padre Zeus. Y

sigue siendo así en la era de internet y del Concorde, de la bomba atómica y de los antibióticos. Se siente parte de esa potente sociedad de mutua ayuda que son las religiones, todas unidas por la misma piedad hacia el hombre, que nunca crece, que aún no sabe mirar cara a cara la Nada de la que está hecho.

Malvezzi se bebe su chocolate, complaciéndose del poco natural silencio que sigue a las palabras de Cerini, no dispuesto en absoluto a interrumpirlo como en cambio implora la sonrisa de Rabuiti.

La voz quejumbrosa de Carapelle parece aún más en falsete cuando toma la palabra que nadie tiene ganas de tomar:

–Entonces, Alfonso, haremos converger los votos sobre ti, estoy seguro de que muchas otras nacionalidades lo harán…, nosotros, aquí, no somos más que siete.

–Habrá que trabajar bastante para convencer a los demás -reflexiona el patriarca de Venecia.

–Italia debe reapropiarse de su primado católico y romano, renovar en la figura de un papa de su sangre la fuerza de su estirpe, el orgullo de su vocación universal, las geometrías de la inteligencia y del gusto latino que se han ido perdiendo en la conmixtión de culturas, en pleno corazón de la Iglesia, aún demasiado cercanas a sus bárbaras raíces…

¿Quién podrá contener al sucesor de San Ambrosio, ahora que tiene la confirmación de aquel apoyo? La fama de su oratoria había conquistado en el mundo universidades, fundaciones culturales, círculos filosóficos exclusivos donde nadie quedaba inmune ante su capacidad de fascinación.

Pero alguien acude a advertir a sus eminencias de que en la Capilla Sixtina están empezando las operaciones de reconocimiento de los votantes.

Es necesario apresurarse, entre otras cosas porque un eventual retraso de todo el grupo induciría a sospechas, descubriendo las maniobras de los italianos.

Nadie se sorprende de la candidatura de Alfonso Cerini. Sólo Gistri, prelado de Florencia, podría competir con aquel hombre, si no fuera excesivamente anciano. Ya casi está excluido del voto pasivo en el cónclave, como todos los cardenales a cargo de una diócesis de edad superior a los setenta y cinco años: después de esa edad, obligados a la dimisión de sus diócesis, de hecho ya no son votados para regir la de Roma, a diferencia de sus colegas de la curia, a quienes les es concedido, más allá de ese límite temporal, continuar en sus cargos.

Así se separan sin más comentarios, procurando llegar hasta la Sixtina

«cada uno por su lado», como ha recomendado Celso Rabuiti.

En la edad de sus colegas va pensando Ettore Malvezzi, en esa asamblea de antañones, cuando, al pasar otra vez por la escalera de caracol por donde le había conducido Contarini, oye de nuevo las voces que habían llamado su atención a la ida. Voces jóvenes, llenas de vehemencia y matices, hirientes y socarronas cuando se ofenden, arrebatadoras y contagiosas cuando rompen a reír, capaces de elevarse y atenuarse como no lo son ya las de los viejos.

¿Quiénes podrán ser? Personal de asistencia, capellanes de eminencias, clérigos secretos, acólitos ceroferarios, capellanes de honor… O guardias suizos, esas tropas que a nada sirven pero que albergan pasiones y

rivalidades de trágicas consecuencias en ocasiones, como había demostrado el triple homicidio de uno de los más jóvenes soldados, años y años antes.

Todo había sido acallado por la única justicia del mundo que podía decidir en pocos días la versión única de la fechoría y archivar el caso. Pero él sabe lo que les había ocurrido a esos tres, al comandante de la guardia, a su mujer y al joven soldado. Había conocido a aquel joven suizo. Era el sobrino de uno de sus más antiguos amigos del seminario.

Mientras rememora los detalles del sobrecogedor relato que le hizo su amigo, con quien se encontró una tarde en un convenio de estudios teológicos, se le aparecen por fin las puertas abiertas de par en par de la Capilla Sixtina, repleta de prelados domésticos y guardias suizos, capellanes y cardenales. Estos, uno a uno, después de haber sido reconocidos, entraban para ocupar su sitial, debajo del baldaquín. Ciento veintiséis baldaquines adornan los dos lados más largos de la capilla sobre otros tantos sitiales, en varias filas de puestos. El escaño del camarlengo, miembro número ciento veintisiete del Sacro Colegio, está situado aparte, cerca del altar.

Sólo uno de esos baldaquines permanecerá levantado, en el momento de la proclamación del nuevo pontífice romano, cuando los otros ciento veinticinco sean bajados para reconocer la nueva dignidad saludada por el canto Tu es Petrus; mientras el camarlengo, junto al decano, se disponga a encaminarse por el dédalo de salas que unen los palacios vaticanos con la basílica de San Pedro. Desde allí, desde lo alto de la balaustrada será dado el anuncio a Roma y al mundo con el Habemus Papam.

Ettore observa a los cardenales orientales, al grupo de japoneses, vietnamitas, indios, filipinos, que se desplazan siempre juntos, a cada llamada para la votación, y no dejan de manifestar su estupor por el arte de Miguel Ángel, levantando todos la cabeza para admirar la bóveda y las paredes, donde sibilas y profetas se alternan, conduciendo la mirada hacia el lado más corto, donde acampa la escena del Juicio universal.

¡Quién sabe cómo se les aparecerá a los hombres de aquella cultura el sistema de símbolos y signos del universo de Miguel Ángel! Han sido educados todos en seminarios y universidades católicas, pero su mente se ha criado en el universo figurativo de Brahma, Visnú y Siva, en las luchas entre el Bien y el Mal. Recordaba hermosos frescos de esas gigantomaquias de los dos príncipes luchando entre sí, vistos en Bali, en Bangkok, en

Lhasa, en Calcuta… Vivía ante los ojos de Miguel Ángel la visión del hombre de Atenas y Roma, sus desnudos viriles vibraban de armonía clásica, de la inagotable fuente de inspiración que eran las obras de Fidias, Praxíteles, Escopas, Lisipo.

Era posible, así pues, gracias a la mediación cultural del catolicismo, tender puentes entre Oriente y Occidente, helenismo y hebraísmo, romanismo y Alemania. Lo demostraba también aquel crucifijo realista de factura flamenca que se cernía sobre su reclinatorio, fruto de un arte gótico cercano a la tenebrosidad de la predestinación de Lutero. Todo se componía en aquel lugar en una única representación teatral. Las partes se armonizaban sin que ninguna prevaleciera, fiel cada una a su razón de ser en un guión que parecía aguardar aún nuevas páginas, una imprevisible solución del drama, alejado de la catarsis final.

Malvezzi se percata de que él también había perdido varios minutos observando el fresco del Juicio universal, como los cardenales orientales, olvidado de la multitud que le rodea.

–Eminencia, discúlpeme, pero debemos comprobar su documentación -

la voz meliflua de un prelado lo convoca a la entrada.

Y de inmediato reconoce a su lado al arzobispo de Milán, silencioso, con la expresión del rostro inescrutable. Quién sabe con qué ánimo estará cruzando ese umbral, el día de su gran oportunidad…

Se encienden de repente todas las luces de la Sixtina y enseguida se eleva el Veni Creator Spiritus entonado por el coro de la capilla papal. Los últimos purpurados se apresuran a ocupar sus escaños.

Ahora el canto se apaga y el cardenal camarlengo Vladimiro Veronelli ordena cerrar tanto las puertas de acceso a la capilla como la verja de mármol que la divide.

Extra omnes.

Todos deben salir. Permanecen solamente los ciento veintisiete electores y los prelados de asistencia.

Pero algo hace fruncir el entrecejo al camarlengo. Una nota que le hace llegar el médico pontificio, el príncipe Aldobrandini, le advierte de que nada menos que cuatro eminentísimos están enfermos y no pueden abandonar sus habitaciones. El camarlengo menea la cabeza, visiblemente contrariado, y decide aplazar una vez más el pasar lista en una tentativa de convocar a los ausentes.