Cónclave
Capítulo 19
lucha entre el Bien y el Mal, había padecido su acecho, haciendo palanca sobre la fragilidad de la memoria del pobre Marangu.
El prelado, nacido en la misma región de África que el cardenal, escucha la severa respuesta a su relato, junto a sus colegas, sin replicar jamás, tal vez sin comprenderla en su totalidad. Al final, sin embargo, le sale de la boca una pregunta más dirigida a sí mismo que al arzobispo:
–¿Por qué nos habrá hecho el Señor tan débiles?
Pero a Ugamwa se le viene de inmediato a los labios la respuesta:
–Porque nos ha hecho libres, Marangu.
19
«Deus amentat quos vult perdere…», leía esa noche, ya tarde, en un viejo comentario de los Sermons de Bossuet, el cardenal de Milán, Alfonso Cerini.
La cita latina del comendador, del Libro de Zacarías de la Biblia, no puede ser más pertinente. Sí, es así, Dios arrebata el juicio a quien quiere condenar… Es lo que, entre estos muros, está sucediendo, piensa, sentado ante la mesa atestada de volúmenes, desde hace tres meses su compañía preferida en esa reclusión, volúmenes que no son más que una pequeña reserva traída consigo de su gran biblioteca, en Milán.
Ahora se ha colmado la medida; ¡esa danza infernal por las habitaciones de los sacros palacios! ¿Quién puede dudar ya de que el Maligno se ha asignado otro punto, en la lucha que ha sido capaz de desencadenar en el corazón de la cristiandad?
¿Es que el aislamiento del mundo no es ya la condición sabia e ideal que la tradición aconseja que se siga en un cónclave? Ahora se le aparece a Cerini como la trampa en la que hacer caer, por miedo, a los llamados a esa prueba. Sabe que los contactos con el exterior están flaqueando. Sabe que desde distintas partes del mundo va emergiendo una tendencia a imaginar una posible autonomía respecto a Roma. Siente el olvido y el desinterés enraizarse como mala hierba en torno a las murallas del Vaticano. Y la estrategia del Mal ha sido muy sutil, suspendida entre juego y terror, malicia y violencia, diversión y locura, alusión y forzamiento. «Deus amentat quos vult perdere…» Es cierto…
Como un encantador, ha actuado sobre los sentidos, reblandeciendo las severas costumbres con prácticas físicas indignas de los ministros de la
Iglesia que habían reunido en el torreón de San Juan a muchos de ellos, seduciéndole a él también. Ha presionado la imaginación, evocando espectros de bíblicas plagas, como la infestación de animales infernales como las ratas, los escorpiones y los murciélagos. Ha hecho palanca sobre su atenuado sentido de la realidad, suscitando reacciones de fuga, a causa de la claustrofobia que poco a poco había ido asustando sus almas, como en el caso de los dos hermanos suyos que habían intentado la evasión. Ha procurado alterar su equilibrio con la horrenda visión de su potencia encomendada a las hordas de escorpiones sobrepuestas al fresco del Juicio universal. Ha jugado con su inteligencia, embotándola con la extenuante sucesión de efímeras alianzas que por la mañana borraban los designios de la noche anterior. Por último, ha tomado posesión de forma violenta y desacralizadora de sus viejos cuerpos, con esa especie de baile de San Vito de una noche entera, que había herido en el corazón la dignidad del Sacro Colegio. Pero la malicia más atroz había sido levantar las más altas esperanzas con la elección de un purpurado de África, para hacer que se precipitaran de golpe precisamente en virtud de esa elección. Y aún más, el mandoble atestado al cónclave por el misterio de esa muerte tan repentina, tan silenciosa, tan inesperada de Zelindo Mascheroni, piedra angular de la ortodoxia católica, justo al día siguiente de aquella vibrante intervención suya en el cónclave. Dos de sus hermanos se habían ido, durante aquellos tres meses: el prelado de Río de Janeiro y Mascheroni. También ese espectro flota en las mentes de quienes se sienten por edad cerca del final.
Y ese pensamiento acerca de la locura, que ahora vuelve a encontrar en los Sermons de Bossuet, conjura para confundir poco a poco su inteligencia de las cosas. ¿Qué desaventura les lloverá encima, tras la picadura de tarántula de ese baile? No, no es perseguir la juventud del mundo, refugiarse en el arcaísmo de África y en su pensamiento mágico, no es la regresión al estado natural lo que salvará a la Iglesia con un papa africano. Si acaso, será necesario apuntar mucho más alto, al romanismo de la tradición, a ese divino equilibrio entre mundo moderno y mundo bárbaro del que nació la modernidad, sin dejar de vivir la herencia del apóstol Pablo, el ciudadano romano de Tarso que había llevado la supremacía de Roma tan alta como una bandera. Al mundo sigue haciéndole falta un centro, un faro, un pastor.
Todo el mal que la Iglesia había compartido con la historia de la humanidad es el precio pagado para poder guiar sus pasos, para no dejarla sola. Es
ingrato darle ahora la espalda por haberse manchado de tantas culpas, por amor hacia la defectuosa naturaleza humana. Es vil volver a la ilusión de una segunda juventud, bañándose en las aguas de África. La tradición no se ha evaporado con el tiempo, el pasado no es un arabesco de humo que debe dispersarse para liberar la mirada en una nueva comprensión de las cosas.
El pasado es una roca, la tradición es tesoro. Por eso el heredero de San Ambrosio y de San Carlos Borromeo sigue creyendo en su candidatura al papado.
Mientras el cardenal arzobispo de Milán está absorto leyendo, en el corazón de la noche, el suntuoso francés de Bossuet, demorándose en la frase latina del comentario, a breve distancia de allí, en el mismo palacio apostólico, Contarini regresa a su alojamiento. Vuelve del cuartel de los guardias suizos, donde ha estado cenando, invitado por Hans Kapplmüller.
Tras la abundante libación no le sostienen del todo las piernas. No fiándose de su equilibrio, presta mucha atención a dónde pone los pies, temeroso de despertar al cardenal Malvezzi. Sería el último de sus deseos el que le sorprendiera en ese estado.
Acerca el oído a la puerta que da al despacho de su eminencia. Silencio absoluto. La abre con cautela, temblando por el chirrido de los goznes.
Un rayo de luna llueve sobre el escritorio y sobre el suelo de madera.
Todo está en perfecto orden: periódicos, misal, documentos, cartas, volúmenes, plumas, gomas, lápices, medicinas, el marco con la imagen del cardenal entre los jóvenes de su seminario, en Turín; todo como lo había colocado él mismo, pocas horas antes de salir, sin precisar a qué hora volvería. La luz que proviene de la rendija de la puerta, en el suelo, le confirma que la costumbre de su eminencia de leer hasta tarde no se ha alterado ni tan siquiera la noche sucesiva a la danza infernal.
Por la ventana entra la luz de los cristales amarillos de la habitación opuesta a la del cardenal.
Cuando por la mañana suena el despertador a las seis, por unos instantes no reconoce su habitación, de lo profundamente dormido que está. Seguiría durmiendo de buena gana; las secuelas de la bebida se dejan sentir. Pero del otro lado del apartamento llegan los discretos ruidos de quien ya está en pie y, caminando arriba y abajo por la habitación, está esperándolo. Coge el paquete de cigarrillos que le ha dejado Hans Kapplmüller. Sonríe. La vista
de las primeras gallinas del día le deja indiferente… Se levanta para dar de comer a los animales… Ha pasado todo…
Durante la misa, en la que ayuda a su arzobispo, muy constipado por la sudadera de la larga danza, hace esfuerzos de todo tipo para que note su indiferencia ante el ir y venir de los pollos por la habitación. Le sigue preocupando lo que Hans le confió anoche, a propósito de un plan de sustitución de los secretarios y capellanes más jóvenes por otros más ancianos, llamados de las distintas diócesis.
Y Ettore Malvezzi, con alivio, nota la curación de ese secretario suyo tan precioso como imprevisible, que durante toda la noche había estado ausente, sin decirle adónde se dirigía… Había apagado la luz sólo cuando le oyó regresar.
Están ambos, puntualísimos, a las nueve menos cinco, a las puertas de la Capilla Sixtina, donde tendrá lugar la votación frustrada el día anterior.
Apenas el camarlengo acaba de pasar lista cuando se levanta pidiendo la palabra uno de los cardenales de las últimas filas, hacia el fondo, cerca de la balaustrada de mármol.
–Es el cardenal de Brasilia -le susurra uno de los dos purpurados escrutadores, Luigi Lo Cascio.
–Tiene la palabra, eminentísimo -responde el camarlengo, que nunca le ha oído hablar en público ni en privado, pero desconfía de la precipitación con la que el conclavista se ha anunciado. E inclinándose hacia el otro escrutador, Attilio Rondoni, antiguo vicario general de la Ciudad del Vaticano, le pregunta si tiene atisbos de lo que el brasileño se dispone a decir.
–No, Vladimiro, pero no es un tipo fácil, por lo general maniobra en la sombra… y esta noche sé que en su celda se han reunido todos los cardenales de Sudamérica.
Debe de ser realmente un gran urdidor el cardenal José Maria Resende Costa, porque en su discurso, tranquilo y analítico, por muy impaciente que hubiera podido parecer en anunciarse, sabe proponer razones distintas y, pese a ello, muy convincentes para destruir las últimas esperanzas de la facción africana; contraponiéndoles sin embargo, por vez primera, las aspiraciones y las ansias de justicia de otra nueva, que nadie había tomado hasta ahora en consideración, la hispanoamericana.
Va presentando, uno a uno, a sus hermanos, a los veintidós purpurados que defienden la parte del mundo más vejada por el imperialismo económico de los Estados Unidos de América, donde millones de personas viven en el hambre, en la prostitución, en la esclavitud de los niños, en el tráfico y comercio de drogas, en una inhumana explotación del trabajo para consentir que el pueblo estadounidense disfrute de su preeminencia. La verdad de esa monstruosa falsedad que sigue ofreciendo de Estados Unidos la imagen del guardián de la paz y de la justicia sobre la tierra, la conocían a la perfección en las plagas de sus diócesis.
Y uno a uno los va nombrando, haciendo que se pongan en pie, como si se tratara de la presentación ante un supremo tribunal de justicia de los testigos de cargo, llegados allí, ante el supremo juez, para un juicio que ya no puede aplazarse más.
Y se levantan, reconociendo la verdad de muchas de las terribles acusaciones que atormentan a tantos de sus hijos, los pastores de Buenos Aires, Bahia, Bogotá, Tegucigalpa, Santa Cruz de la Sierra, Belo Horizonte, Caracas, Medellín, Lima, Sao Paulo, Brasilia, Ciudad de México, Quito, Aparecida, Managua, La Habana, Córdoba, Guadalajara, Monterrey, San Juan de Puerto Rico, Santiago y Port Louis. La muerte acaecida durante las primeras semanas del cónclave justifica la ausencia del decimoctavo pastor, Emanuele Contardi, arzobispo de Río de Janeiro.
Desde hace siglos, a ese maravilloso rincón de la tierra le estaba negado su destino de prosperidad y expansión, dados los copiosos dones que el Señor había concedido sea a la naturaleza de sus llanuras, de sus mares, de sus montes, sea a sus laboriosas ciudades, a causa de ese dogal que le ceñía el cuello, de esa triste servidumbre que aún oponía los derechos del más fuerte a los del más débil. Sudamérica nunca había sido libre, el mensaje de Simón Bolívar y de San Martín aún debía ser recogido porque sólo sobre el papel las naciones de la revuelta contra España habían conquistado su derecho a la autodeterminación. Quien fuera el primero, en aquel continente, en levantar la justa protesta contra el opresor, expulsando a Inglaterra con una larga guerra, inflamado por el ansia de libertad e igualdad, en nombre del derecho a la felicidad, fue el primero en traicionar más tarde esos mismos ideales. Porque se los había negado a la otra parte del continente, sustituyendo la tiranía del rey de Inglaterra por la del presidente de Estados Unidos. Si el cónclave pudiera representar -y ellos lo
creían así- el lugar donde el Espíritu Santo inspirara un más ancho rayo de su potencia redentora, la elección de uno de ellos resultaría providencial.
Porque ofrecería a la Iglesia la posibilidad que ninguna fuerza progresista política había sido capaz de obtener en dos siglos. El Espíritu Paráclito no podía manifestarse en los poderes de la magia negra que había afligido aquella noche el Sacro Colegio. El horror de aquella danza tribal que había minado sus carnes había sido un mensaje hasta excesivamente claro. África no estaba madura, podía aguardar su turno para ofrecer uno de sus pastores al vértice de la Iglesia. Pero atención a caer víctimas de la fascinación de esos siniestros poderes. ¿Un papa exorcista? Sería como retroceder a las horas más oscuras del medievo, cuando Gregorio VII fue acusado por Enrique IV de ser un…
El cardenal de Brasilia no ha terminado aún su frase cuando se elevan unos gritos del fondo y del centro de la sala. Las manos que señalan, los rostros desencajados, todos fijos en el mismo punto, demuestran que ya nadie puede seguir escuchando.
El fresco de Miguel Ángel del Juicio universal se está desvaneciendo lentamente, como una visión que se fuera evaporando en el aire. Los rostros de los santos y de los réprobos se han vuelto plúmbeos, ya sin fisonomía, sin ojos ya, sin arrugas, sin color carne. Bien y Mal se confunden.
Desaparecen las vestes, las trombas de los ángeles, la barca y los remos de Caronte, las ruedas y las flechas del martirio, la columna de la flagelación de Cristo y la cruz de su crucifixión, las nubes, las tumbas, la piel de San Bartolomé con el rostro de Buonarroti impreso en él, las barbas, las cabelleras, las manos, los muslos, las piernas, los trapos que habían revestido las partes pudendas.
Solamente los rostros de María y del Salvador resisten en el centro de esa inmensa sombra gris que, para el imaginario de millones de hombres, ha estado bien viva durante siglos en las formas del juicio que aguarda a la humanidad al final de los tiempos. También los profetas y las sibilas de la bóveda sufren el mismo horrendo fenómeno. Las paredes desnudas vuelven a tomar posesión de la Capilla Sixtina a manos de otro pintor que pinta la Nada y la enseña como si la tierra ya no fuera más que un desierto, apagada la humanidad, deshechos por el suelo los monumentos y las obras que habían aliviado la vida, sin ultramundo alguno.
–¡Ugamwa! ¡Haz algo! ¡Detén todo esto! – se oye gritar en inglés.
–¡Pero si es él quien lo está destruyendo! ¡Con una de sus magias, es él, es él! – despotrica por otro lado, en alemán, el cardenal de Colonia.
El cardenal camarlengo se levanta y, dando grandes voces, llama al eminentísimo cardenal de Dar es Salam, cediendo por vez primera ante el ambiente que prevalece en el simposio de los cardenales:
–¡Eminentísimo Leopold Albert Ugamwa! ¡Haga algo para poner fin a todo esto!
En el tumulto que sigue a esas palabras, he aquí que la alta figura del prelado negro se levanta de su sitial y, protegido por los guardias suizos, se abre paso para bajar al pasillo.
Un cuerpo contundente, lanzado desde algún escaño, le roza la cabeza, sin acertarle: alguien le ha arrojado un misal.
Se le ve darse lentamente la vuelta en dirección hacia donde ha partido ese lanzamiento. El rostro en lágrimas habla por sí solo, constriñendo al silencio a algunos de los más cercanos. Después, como si luchara contra un viento fortísimo, sus vestiduras se levantan y se desarreglan, mientras tanto él como los guardias se protegen el rostro con los brazos.
Y el esfuerzo de caminar hacia el altar, en dirección a lo que había sido el Juicio universal, parece sobrehumano. Pero el tumulto que ha causado la monstruosa caída del fresco va apaciguándose, mientras todos en la capilla advierten el soplo de aquella fuerza que se opone al pobre exorcista y alienta sobre su propia cabeza, cada vez más imperioso y violento.
No ha entrado el viento por las ventanas, todas bien cerradas. No es una repentina corriente de aire, que ha forzado las puertas. Es un aliento frío de muerte, que penetra en los huesos y hiela la sangre.
Después ocurre algo que contrarresta toda capacidad de seguir protestando contra aquel hombre que avanza con pequeños pasos hacia la pared del fresco.
Ugamwa dice algo, lo repite en voz alta, cada vez más alta, con un esfuerzo penoso que parece plegar en dos su solemne figura. Y de repente, se ve relucir de nuevo, en la vivacidad de sus maravillosos colores y de sus miles de formas, el Juicio universal, mientras el viento se atenúa de golpe en toda la Capilla Sixtina.
Pero del exorcista, del cardenal negro que ha realizado el sortilegio contra el espíritu del Mal, no queda la menor huella.