Cónclave

Roberto Pazzi · Capítulo 8 de 28

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Cónclave

Capítulo 8

–¿Quién? ¿Sólo el cardenal de Praga y el de Varsovia? No, no, el ingeniero no está bien informado, hemos estado toda la tarde muy atareados para atender a tanta gente… -y el rostro cansado del más anciano de los dos atestigua la verdad de sus palabras.

–Ha sido casi… una procesión, eminencia…, pero… -después se contiene, pareciéndole poco delicada esa comparación.

El cardenal camarlengo encuentra sin embargo su tono más desenfadado:

–Claro que sí, una auténtica procesión. Vete a comprender la naturaleza humana… Y yo que tanto temor sentía de que se me reprocharan estas benditas nuevas «instalaciones». A propósito, tendré que bendecirlas.

–Está ya listo el cubo con el agua bendita y el aspersor, eminencia. Aquí está su camarín y ése es el del ingeniero.

–Denme la bolsa. Eso es. Ahora la abriremos juntos porque tendré que dejarle algún indumento al ingeniero aunque no sepa realmente cuál; se ha olvidado su bolsa en casa -preferiría no contar a los dos sirvientes que ni siquiera sabe lo que contiene. Quiere parecer desenvuelto.

De la bolsa de viaje emergen unos calzones de lana con tirantes, dos toallas de rizo blancas, otra más pequeña, un par de calcetines, unas zapatillas de goma, un calzador, un peine, un cepillo, un secador, una crema tonificante y una eau de toilette.

Las miradas de los dos monseñores son impenetrables y no sugieren en modo alguno al camarlengo si tal equipo es el adecuado ni, sobre todo, qué prenda asignar al ingeniero. Pero el propio Nasalli Rocca saca de apuros a Veronelli:

–Me bastará con la toalla más pequeña, para ponérmela en la cintura. Si tuvieran además unas zapatillas de goma estaría ya listo.

–Se las buscamos enseguida.

–¿No tendrán un albornoz como el suyo para su eminencia? Creo que sería lo ideal -se permite sugerir el ingeniero en jefe.

–No del mismo color. A los cardenales les corresponde blanco. Aquí lo tiene, eminencia. Cuando luego esté dentro podrá quitárselo y colgarlo de un perchero.

–Coja de todas formas una de sus toallas también, eminencia -añade Nasalli Rocca-, le vendrá bien si se desprende del albornoz. Dependerá del calor de la sauna y del vapor. Si mis obreros han trabajado bien, debería hacer un calor tal como para no resistir con el albornoz.

–Han trabajado estupendamente -replica uno de los dos monseñores-, los purpurados del este han dicho que tiene la temperatura ideal; y ellos de esto entienden.

–Entonces, vamos, que ya es tarde. Pero ¿hay alguien dentro todavía?

–Naturalmente, eminencia.

El viejo cardenal y el ingeniero en jefe se retiran a sus camarines. El primero en salir es Nasalli Rocca, con la toalla de color ciruela en los riñones y las zapatillas en los pies. No siente frío, como en cambio temía, el ambiente está muy caldeado; a lo lejos empieza a percibir una ligera música de fondo, una música de órgano ya conocida, Haendel quizá, El Mesías quizá, pero no está del todo seguro. Al cabo de más de diez minutos, se abre la otra puerta y sale Veronelli, embutido en su albornoz blanco, con las zapatillas en los pies, que le quedan algo grandes.

–Escuchen, la bendición de los locales ya vendré a impartirla en otro momento, cuando se me advierta de que no hay nadie; podrá venir monseñor Attavanti, si yo no pudiera, con todo lo que tengo que hacer en estos días. Ingeniero, pero ¿no tiene frío?

–No, estoy perfectamente, eminencia.

–Le seguimos, monseñor.

–Por aquí, por favor.

El pequeño grupo se desplaza hacia una puerta giratoria que se halla al final de la sala. La música que llega de esa puerta aumenta. El monseñor ugandés entra el primero, seguido por Nasalli Rocca y por el titubeante camarlengo.

El interior, muy húmedo, está más bien en penumbra. Mejor, piensa de inmediato el cardenal, así no se nos reconoce. Le late fuerte el corazón, y por un instante siente la tentación de volver atrás, girándose para echar un vistazo a la puerta giratoria. Pero una mano, delicadamente, le roza el brazo.

–¿Tú también aquí, querido Vladimiro?

Delante de él, envuelto en un albornoz abierto, apenas apoyado sobre los hombros, hay un hombre más bien pequeño y rechoncho, que no se

distingue bien bajo la luz mortecina. Desde una puerta que se abre y se cierra de repente, un chorro de vapor anula las ya exiguas posibilidades de reconocer al hombre, pero Veronelli capta por la voz su identidad. Es Celso Rabuiti.

He aquí, sin embargo, que en la ambigua penumbra, desgarrada a trechos por borbotones de luz concedidos por el expandirse del vapor, ante las pupilas del aturdido camarlengo aparecen otras formas blancas, en movimiento, mientras la música aumenta de volumen. Y es sin duda alguna El Mesías de Haendel, en su pasaje más glorioso, el Aleluya; alguien ha interrumpido la sinfonía pastoral del Mesías para poner en onda ese gran final.

–Querido Vladimiro, es para ti, se ha difundido enseguida la noticia de que estabas aquí…

Veronelli, que suda y ya no sabe hacia dónde mirar porque sus ojos empiezan a acostumbrarse a la penumbra y divisa a muchos de los conclavistas desnudos como el Señor los trajo al mundo, reconoce la voz de barítono de Siro Ferrazzi, arzobispo de Bolonia.

Quienes tienen ajustado a la cintura el largo albornoz no pueden dejar de evocarle, en esa atmósfera onírica, la suprema dignidad del traje que a uno de ellos le tocará llevar. Esas vestiduras que están ya listas, en tres tallas, según la complexión física del elegido.

Ahora ya no puede soportar el calor. Y se desata el cinturón, dejándose colgado de los hombros el blanco indumento. Siente como si llevara encima una capa de plomo -la misma que en la Divina Comedia con su terrible temperatura martirizaba a los hipócritas- revestida con oro por fuera.

–Debes acercarte allí, donde está la sauna finlandesa -es la voz de Rabuiti la que lo invita.

–Nasalli Rocca… ¿Dónde está usted? – implora, y se siente sin rumbo, incapaz de proseguir sin su guía, el hombre que lo había acompañado en su metamorfosis de camarlengo a un cuerpo que se desnuda y absorbe los vapores: el único testigo que en ese momento puede tranquilizarlo y no dejarle dudar de que está viviendo una de las más angustiosas pesadillas de su vida.

–Eminencia, estoy aquí, detrás de usted. ¿No me ve?

–¡Ahora sí, ahora sí! Temía haberle perdido.

Ah, pero si sale de esa aventura, la primera persona que se las pagará será esa mente turbada de Paide: por su culpa ha caído en una trampa… ¿A quién podrá confesar su culpa, sin embargo? ¿Quién podrá absolver a su conciencia de haber cedido al convertir el palacio apostólico en un lugar de curas y baños? ¿Y cómo es posible que sus hermanos deambulen ahí dentro, como sombras seráficas del paraíso?… Y ese Aleluya que ahora está llegando al culmen de su fuerza jubilosa… ¿cómo pueden haberlo recibido con ese pasaje? Él se había limitado siempre a escucharlo, desde la gloria de los altares, revestido con los paramentos más suntuosos, incrustados de piedras preciosas, bajo una mitra de bordados dorados, en las festividades más solemnes, cuando, ayudado por dos obispos, concelebraba. Y ahora se lo entonan mientras estaba medio desnudo y el cansancio de la carne le invitaba a desnudarse incluso de lo poco que defendía su decencia… Y ese hábito blanco, ¡ese hábito blanco, sobre las carnes desnudas o semivestidas!

Pero si hace ya tanto calor en esta antecámara, ¿qué clase de horno habrá allá dentro? Detrás de esa puerta nadie podrá soportar el albornoz… Y en un desesperado intento de rebelarse, abre la boca:

–Nasalli Rocca, pero ¿no había un baño turco también? Lléveme allí, haga el favor.

–Entonces venga por aquí, sí, por donde antes salió ese chorro de vapor…

Sigue al conde Nasalli Rocca y cruza una puerta de madera clara con un ventanuco redondo que no consiente que se divise nada.

La penumbra cede ahora ante una luz artificial azulada, que no se entiende de dónde llueve, entre otras cosas porque el abundante vapor no consiente distinguir demasiados detalles. A lo largo de tres lados de la vasta habitación hay una especie de asientos donde están sentadas algunas personas sin el albornoz blanco. Por lo menos esa blasfema semejanza de vestiduras se ha desvanecido. Pero ¿quiénes serán éstos? Ve que se ponen de pie… Dios mío, me han reconocido y quieren rendirme honores… Ahí están las últimas notas del Aleluya…

–Qué honor, Vladimiro…

–Bienvenido, bienvenido, querido Vladimiro.

–¡Qué placer verte!

–No os molestéis, os lo ruego, permaneced sentados.

Ha reconocido, entre las voces aflautadas, la del hombre que ha provocado todo eso, Matis Paide. Pero he aquí que Nasalli Rocca le invita a sentarse a su lado:

–Relájese, eminentísimo camarlengo, lo mejor del baño turco es el alivio que proporciona a las carnes cansadas como las nuestras. Siéntese aquí, a mi lado, deje que le cuelgue el albornoz, quédese sólo con la toalla en el regazo, pero déjela suelta, la circulación debe ser libre, sin vínculos ni ataduras, así.

Se deja guiar como un niño, su última resistencia cede. Se sienta junto a Nasalli Rocca y se abandona a la tibieza del ambiente, a la caricia cálida de esos chorros que, con un ritmo continuado, brotan de dos aberturas situadas en lo bajo. Ahora la música sigue siendo de Haendel, pero el pasaje es un recitativo lento y comedido, lejos de toda entonación triunfal. Y es placentero seguir esas notas mientras una languidez creciente va relajando sus miembros rígidos, borrando poco a poco las últimas sombras que lo atormentan…

Los ratones y su invasión bíblica. Los gatos que hay que robar en la ciudad para hacer de ellos los paladines del Vaticano. Las noticias del exterior, en las recientes llamadas telefónicas con los inquietos poderosos de la tierra. Los acuerdos no respetados para las votaciones de la mañana.

La animación y las polémicas que siguieron a la candidatura palestina…

Todo por fin se esfuma, ya no hay nada por lo que merezca la pena seguir atormentándose, si la carne, su vieja carne de setenta y ocho años, responde con tanta prontitud a la concesión de una pausa, en aquel tremendo cónclave…

Entrevé entre las volutas del vapor una forma que sabe que pertenece a Paide; incluso el resentimiento contra ese hombre se desvanece y deja espacio a algo distinto, más parecido a la conmiseración y a la complicidad.

La alegría de la clausura… Rememora las palabras del nórdico: «Es necesario ayudar a los sentidos a reconocer esa alegría», había dicho… Y se sorprende apenas de no haber hecho caso a las miradas, a la clase de miradas que más temía en un lugar como aquél. Ahora mantiene los ojos cerrados, ya no tiene ganas de seguir mirando, de perseguir las leyes de la realidad, basta seguir las volumetrías de la libre asociación de la mente, él ya no es el camarlengo, no es nadie, bajo los párpados…

Cuando vuelve a abrirlos, distingue la voz lenta y suave de uno de los cardenales francófonos, está hablando del próximo escrutinio, votará al primado de España, junto a muchos españoles y franceses…

Eso es, vuelve la idea del mañana…

Pero la manera en la que hablan de ello parece tan distinta del tono que los domina cuando están vestidos, hay casi una simplicidad y una falta de ojeriza, una ausencia de competición… La voz carece de matices, sin embargo no conseguiría distinguirla. Sigue escuchando la conversación de un hispanoamericano, el cardenal de Bogotá, el tono sereno de quien no se toma demasiado en serio… ¡Así que la mutación parece haber tenido lugar!

Durante unos instantes han dejado de representar, aquí dentro, desnudos, no se acuerdan ya, como ocurría en la Sixtina, de quiénes son, de qué papel revisten ni de cómo deben ser tratados por los demás; mejor dicho, de cómo esperan ser tratados por los demás.

Sus ojos se abren de par en par cuando en la penumbra, entre el vapor que ha ido despejándose un poco, reconoce, sobre la pared de enfrente, las formas desnudas de un pequeño crucifijo.

Es casi la una de la madrugada cuando, acompañado por el ingeniero en jefe del Vaticano y por tres purpurados, Vladimiro Veronelli abandona el torreón de San Juan para regresar a sus habitaciones.

Hacía mucho tiempo que no se sentía tan bien. Contempla durante unos instantes las instalaciones de las que está saliendo, mientras los dos monseñores, filipino y africano, se inclinan para besarle el anillo.

Tiene un instante de melancolía, ante ese gesto que le restituye toda la gravedad de su papel, la conciencia de que, junto al hábito que ha recompuesto su persona y la de sus compañeros de aventura, pronto caerá sobre su mente también la horrenda necesidad de representarse. Y

comprende que el lugar que le había inspirado tanta repulsión se parece a un cónclave en el cónclave. Cum claude, encerrado con llave. Pero en el corazón del hombre, en la desnudez de la carne, no en la efímera duración de los papeles asignados a las máscaras por el poder, el director de escena de tantos espectáculos de la historia.

Sólo en ese instante, mientras le besan el anillo, comprende que los dos monseñores tal vez hayan aceptado el encargo por no ser insensibles a la mirada más temida por él en aquel lugar. Y por primera vez siente que