Cónclave
Capítulo 23
El camarlengo entra en el alojamiento del arzobispo de Turín al final de otro día de infructuosas votaciones. Visitar a los enfermos es una de las siete obras de misericordia corporal. Pero no es con ese espíritu de piedad con el que el purpurado de curia cruza el umbral de quien sigue obteniendo, incluso en las últimas votaciones, muchos votos: treinta y siete se había ganado dos días antes, en la víspera de una nueva manifestación de excesos, debidos a la insensatez de una monja medio bruja. Y treinta y siete vuelve a recibir en la votación sucesiva.
Semejante a unas fiebres, perdura la alteración de ese cuerpo unitario que es el Sacro Colegio, legible en esos votos como en la escala graduada de un termómetro. No baja de ahí y nadie puede imaginarse ya un expediente eficaz para alejar la amenaza de una posible elevación al papado de Malvezzi, aparte de su renuncia oficial a la candidatura.
Pero no es desde luego empresa fácil hablar a un hombre que conversa con los muertos, prevé los acontecimientos y se pasa los días, desde que evocó en el baño turco al cardenal Ugamwa, leyendo en silencio, junto a la ventana de su despacho.
Se sabe que Malvezzi sólo abandona sus lecturas para consumir frugales comidas y ocuparse en persona de la alimentación de los animales que hay en su alojamiento. Es uno de los pocos que no acabaron contagiados por la peste de la risa, al haber preferido que le sirvieran platos no procedentes de la cocina de esa bruja de Sahel… También con tal frugalidad demostró su previdencia.
Poco antes, esa tarde, para complicarle al camarlengo las cosas, se había recibido una llamada telefónica. Ante el anuncio de que se trataba del palacio del Quirinal, le había asaltado la tentación de no contestar; después, su sentido del deber había prevalecido.
Había tenido que soportar una apenada admonición del jefe del Estado, quien se permitía expresar la más viva preocupación del pueblo italiano por la ya desmesurada demora en la elección del nuevo obispo de Roma. Si Veronelli, por un lado, se alegraba por una señal de atención a tan alto nivel, en contraste con el creciente desinterés de la prensa por cuanto ocurría en el cónclave, la llamada le había molestado como una indebida intromisión.
Pero no se había traicionado, alegando problemas de equilibrios que no
resultaba fácil resolver, pero que sin embargo se iban solucionando. Una obra maestra de falsedad diplomática, esa llamada, con un apéndice en el que, sin embargo, se había concedido una pequeña revancha.
El jefe del Estado le había pasado al final de la comunicación a su mujer, la señora Gina. El capellán palatino del Quirinal le había revelado recientemente que la consorte del presidente se proponía, en la visita oficial al futuro pontífice, lucir un traje blanco, privilegio exclusivo desde hacía siglos de las reinas católicas: la de España y la de Bélgica, así como de la gran duquesa de Luxemburgo y de la princesa de Mónaco. De modo que cuando la señora Gina Tarallo de Salviati le había formulado sus más sinceros votos por una iluminada elección de los eminentísimos, la frialdad del seco «gracias» de la respuesta había sorprendido a la mujer. Gina se había demorado entonces un rato, acaso para suavizar al cardenal camarlengo. Y había añadido que se auguraba poder recibir pronto, en un almuerzo, a los miembros italianos del Sacro Colegio, una vez concluido el cónclave, aunque la cocina del Quirinal dejara bastante que desear…
En ese momento, la malicia toscana de Veronelli se había espabilado.
Cambiando de tono, la voz meliflua del camarlengo solicitaba permiso para prestar al Quirinal algunas cocineras no italianas que habían hecho verdaderos milagros durante esos largos días de cónclave. La señora Gina había cogido la ocasión al vuelo, agradeciéndole aquel favor realmente exquisito del Vaticano al Quirinal.
–Mándeme pronto a esas cocineras, eminencia; ¿de dónde proceden?
–Señora, son monjitas africanas, de Sahel…
¡Ah, si todo fuera tan fácil como engatusar a esa presumida! Pero
¿cómo convencer a un loco?
Acompañado por un demacrado Contarini, de cuyas vestiduras emana más fuerte que nunca el olor a tabaco, el camarlengo se presenta ante Ettore Malvezzi.
Por su seráfico aspecto no sabría decir si su estado de salud está realmente comprometido. Sentado en su sillón, con la luz en pleno rostro, el hombre parece un doctor de la Iglesia absorto en sus profundas meditaciones. Un San Jerónimo en su estudio con el león a su lado -
sustituido por gallinas, gatos y lechuzas- o un San Carlos Borromeo que medita la homilía que ha de pronunciar poco después en la catedral, junto a un trozo de pan seco y un vaso de agua como cena… Ya no tiene esa
expresión suspendida e inquieta que tan nervioso le había puesto a menudo.
Malvezzi se alza lentamente, al percatarse de quién ha entrado en la habitación, y deja el libro sobre la mesa. Sonríe a Veronelli y le invita a sentarse a su lado, delante del fuego, en uno de los dos sillones del otro lado de la habitación. Pregunta al camarlengo si puede ofrecerle algo de beber, aunque le advierte de que no tiene más que agua.
–Vale con el agua, Ettore… Es agua…
–… mineral, naturalmente.
–Qué bien se está aquí. La chimenea tira mejor que la mía. ¿Sabes?, acaba de llamarme alguien muy importante, quejándose de nuestro retraso; dice que dañará las relaciones entre Italia y la Iglesia, prevé grandes complicaciones. ¿Tú qué crees?
–¿Por qué no me dices que era el presidente de la República? ¿Es que quieres someterme a prueba? ¿Has venido a tentarme?
–¿Tentarte? Con todas las preocupaciones que tengo ya, mi querido Ettore… Y tú también me has dado algunas, nos asustaste mucho, ya podrías echarme una mano…
–Yo sé cuanto sabes tú.
–La verdad, das la impresión de saber algo más. El otro día, por ejemplo, me hiciste saber con horas de anticipo que ibas a obtener treinta y siete votos en el cónclave, ni uno más ni uno menos. Que es lo que después se verificó, querido Ettore.
–Me fue revelado sólo para dar valor a mi solicitud.
–¿Qué solicitud?
–La de trasvasar mis votos a otro nombre.
–Se ha sabido en el cónclave, pero todos lo han tomado como una recusación de modestia ejemplar, un motivo más para votar por ti.
–No puedes reprochármelo.
–¿Sigues con la idea de retirarte?
–Más que nunca.
Al camarlengo se le escapa un sincero suspiro de alivio; ha arrancado una primera garantía. Ahora, para pasar a la solicitud de un acto formal, hace falta algo de tacto y de diplomacia. Mientras se bebe el vaso de agua que le ha servido Contarini, observa los distintos animales presentes en la habitación cuyo hedor penetra de inmediato en las narices, apenas se entra.
Y por mucho que en la Capilla Sixtina y en otras muchas salas se hayan
acostumbrado a ese olor a gallinero, aquí la pestilencia se hace casi insoportable. Maravilla el hecho de que Malvezzi demuestre no darse ni tan siquiera cuenta.
Acaba lentamente, con la mayor lentitud de la que es capaz, de beber sin dejar de observar a los animales. Los gatos y las gallinas están en semicírculo, con el hocico y los ojos fijos en su amo. Su perfecta inmovilidad llama a engaño. Apenas lo ven moverse o hacer algún gesto más rápido, se agitan como queriendo acompañarlo en sus movimientos.
Mucho más singular es la posición de las lechuzas que se mantienen a respetable distancia de los gatos, pero lo más cerca posible de Malvezzi, sobre su cabeza, con las garras aferradas a la moldura que discurre entre el techo y las paredes. Pero más extraña aún es la absoluta consigna de defender a su amo: las dos veces que, en el ardor de la conversación, Veronelli le ha rozado con la mano derecha, los gatos han soltado un bufido, las gallinas han picoteado sus zapatos y las lechuzas han agitado las alas.
–¿Qué opinas de las otras candidaturas?
–Tienen muchos aspectos contrapuestos.
–Eso ya lo sabía yo.
–No creo que ninguno de ellos lo consiga…, si era eso lo que querías preguntarme.
–Pero ¿cómo saldremos entonces de esto?
–No lo sé. También a Mascheroni y a Contardi les costaba ver el final de este cónclave.
–Ah… ¿de verdad?… ¿Fueron ellos quienes te revelaron que obtendrías treinta y siete votos?
–No lo recuerdo.
–Está claro, es el Lete de las visiones…
–Una verdad, sin embargo, parece poder desprenderse de lo que le sucedió al pobre Mascheroni…
–Después hablaremos del final de ese pobre hombre. Pero dime de qué verdad se trata.
–Que, en el fondo, no estamos tan lejos del día en que veremos en el pontificado a una mujer.
Veronelli abre mucho los ojos, revolviéndose en su sillón.
Los gatos, sin embargo, al notar el sobresalto, están a punto de lanzarse contra él, de no ser por la rápida intervención de Malvezzi para devolverles
la calma.
–Esa trágica máscara suya en el lecho de muerte, que tú quisiste borrar, significaba eso también.
–¿Es que podía dejar de borrarla, Ettore?
–No, pero ese final hace falta saber interpretarlo bien. Verás, una de las cosas más trágicas para la humanidad, y que provoca más víctimas que las propias guerras, es la lentitud de la historia. ¿Cuántos hombres han sido asesinados, condenados o repudiados en un cierto estadio de las religiones en obsequio a leyes que se consideraban absolutas, y que después, al cabo de algún lustro, eran reconocidas como obsoletas? Y nosotros, ministros de la Iglesia romana, qué eficaces hemos sido en hacer que la historia avanzara con la mayor lentitud posible… El hombre, Zelindo Mascheroni, ha pagado con la muerte la conciencia desesperada de ser esa maquinaria lentísima cuando sintió desear en la carne como natural lo que el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe debe tachar como pecado…
–Me cuesta trabajo seguirte…
–Porque te hablo de una pobre víctima que pertenece todavía a nuestro tiempo y a nuestra vida. Pero si te pusiera el ejemplo de Huss, de Giordano Bruno, de Galileo, de Campanella, de los judíos condenados como deicidas, de los albigenses, de los procesos con tortura y hoguera contra las brujas y los magos, me comprenderías.
–Tal vez pueda seguirte en determinadas responsabilidades nuestras por las que ya hemos pedido perdón. No puedo hacerlo cuando quieres convencerme de que un día será oportuno elegir papa a una mujer. Pero ¿es que no te das cuenta? ¡Va contra la ley de Cristo! El Señor no elevó a ninguna mujer a la condición de apóstol.
–Podría responderte que también los ojos de Jesús, en cuanto hombre, eran víctimas de la opacidad y de la lentitud de la historia. En la sociedad de su tiempo, entre los judíos, no hubiera podido hacerlo. Iba contra las costumbres de la época.
–¿Y quiénes somos nosotros para abolir una tradición con una antigüedad de dos mil años?
–Somos quienes ya no son capaces de elegir un papa porque no sabemos mirar a lo lejos.
–¿Y eso se debe a que no tenemos el valor de admitir a las mujeres en el sacerdocio y en el papado?
–Lo has dicho tú, yo no lo he dicho.
El camarlengo se muestra ofuscado. Había venido en busca de iluminación acerca del futuro, para sonsacar a ese estrambótico algo de esa luz que se le donaba a destellos, por una renuncia a cualquier pretensión sobre el papado, y tiene que oír que se le indica la elección de una mujer, para el trono de Pedro, como una de las claves para las puertas del futuro.
Está loco de verdad, este pobre hombre. Ahora ya no siente temor a interdecirlo del cónclave. Es más, será su preciso deber aislarlo, para impedir que algún desprevenido entre los ciento veintitrés cardenales quede fascinado por él.
–Sí, estoy de acuerdo, Vladimiro, es mejor que me quede aquí, que ya no vaya a votar -silba ese hombre imposible, con su sonrisa más radiante, clavándole una mirada que cuesta trabajo sostener. Esos ojos hacen que se sienta como un carnicero frente a su víctima conforme con su ejecución capital-. No te atormentes, ya sé que es difícil, en cualquier caso es demasiado pronto para elegir a una mujer, tranquilízate. Deben sufrir aún a causa de la superstición y los tabúes millones de mujeres infibuladas, millones de mujeres que no pueden aceptar su parte masculina como millones de hombres la suya femenina, como obsequio a nuestra maldición.
Aún deben pasar por los molinos lentos de la historia miríadas de víctimas que causaremos nosotros, junto a los ayatolás, a los rabinos y a cuantos brujos quedan aún en la tierra.
–¡No te reconozco, Ettore! En otros tiempos no hablabas así. No sólo no puedo comprenderte sino que me temo que debo condenarte.
–Lo sé. En el pasado me hubieras entregado al Santo Oficio e instruido un proceso del que no hubiera podido salir más que condenado a la hoguera.
–Pero, Ettore, te lo suplico, ¿es que no te acuerdas ya de quién eres?
–¡Por desgracia, donde estoy ahora no consigo aún olvidarlo del todo!
Es el único sufrimiento que me ata aquí…, si no fuera así… -y Ettore Malvezzi es incapaz de completar la frase, repentinamente conmovido.
–¿Si no fuera así?
–Si no fuera así, estaría ya donde están Contardi y Mascheroni…, pero me atan aún algunas memorias, algunas personas que me esperan, y algún amigo…, quién sabe, quizá incluso tú… -ahora el rostro de Malvezzi está