Cónclave

Roberto Pazzi · Capítulo 7 de 28

Páginas del PDF

Cónclave

Capítulo 7

–Si también la Iglesia cae en la trampa de la búsqueda del consenso, pobres de nosotros, entonces -se hace eco el prelado florentino, y con sus espesas gafas mira a su alrededor para ver cuántos se muestran propensos a ignorar el clamor de los medios de masas respecto a un evento tan seguido.

–No exageremos, la televisión siempre nos ha ayudado. También la apertura del cónclave fue seguida por millones de espectadores -replica el siciliano Rabuiti, algo molesto de que su colega de Milán asuma una posición tan alejada del espíritu de los tiempos. Después, aprovechando la oportunidad para abandonar un tema tan espinoso, reclama la atención de sus colegas hacia las prioridades de aquella reunión-: Disculpad, pero ¿no estábamos aquí para prepararnos para las votaciones? ¿No debíamos referirnos a los resultados de nuestros sondeos y contactos?

Y al cabo de unos instantes la conversación gira otra vez sobre las que parecen ser las orientaciones de algunas nuevas naciones, emergentes a última hora.

7

El cardenal Vladimiro Veronelli ni siquiera termina de comer; debe seguir al instante al conde Nasalli Rocca, ingeniero en jefe de los servicios técnicos de la Ciudad del Vaticano, hasta el torreón de San Juan. Y sin embargo, dos noches antes había podido disfrutar con toda tranquilidad de la cocina de las monjas: el menú proponía arroz al azafrán, alcachofas a la judea, macedonia al marrasquino, vino blanco de Locorotondo…

Había degustado los bocados de aquella cena cocinada por las monjas de servicio en esos días en las cocinas del palacio. Los dientes de la nueva prótesis, todavía poco acostumbrados a sus funciones debido a la extrema debilidad de las encías, no le consentían su habitual celeridad. Y pensar en lo rápido que había sido siempre, en la mesa… De pequeño, en su familia se le reprochaba a menudo la velocidad con la que barría la comida en comparación con sus hermanos, señalados como ejemplos de mejor comportamiento. Hacía ya tiempo que no hablaba con sus hermanos, ni con sus cuñadas, ni con sus sobrinos, todos casados ya y con algunos niños. Una familia numerosa, no reacia a recurrir a los favores del tío cardenal, que sentía debilidad por una sobrina, novicia desde hacía tiempo en un convento de Nápoles. Una familia que le había dado también muchos quebraderos de cabeza, quizá también algo mimada por él. Pero nunca cuantos le daba esa

especie de enorme familia de más de cien hermanos, que ahora en apariencia se movía dirigida por él… En apariencia solamente, porque cada día le tocaba descubrir que las iniciativas, los tejemanejes, las tentativas de violar el reglamento, los desaires, las rivalidades, las alianzas y las repentinas rupturas, las extravagancias de un mosaico tan variadamente compuesto de razas y tradiciones, se imponían de hecho sobre su voluntad.

Mientras reconsideraba el paradójico resultado de la última reunión de prelados a la que había sido inducido a participar -la de los colegas del este-, pasaba revista a las últimas extrañezas de aquellos días.

Antes que nada, la invasión de los ratones en el Vaticano.

No eran ratones de cloaca, ni de río, ni de campo; eran fieras monstruosas, de hocico feroz, con ojos que parecían clavar la mirada con intención. En pocos días se habían dividido el campo de acción como tropas infernales al asalto del paraíso. Porque encontrárselos correteando entre sus pies, incluso en la Capilla Sixtina, mientras se entonaba el Veni Creator Spiritus, había hecho que a muchos les entraran auténticos escalofríos.

El cardenal de Tokio no había podido contenerse, al notar que uno de esos animales le había mordido en un pie en su tentativa de roerle la suela de los zapatos, y había soltado un grito, con el cómico efecto de enriquecer con una nota realmente dramática la escala cromática de aquel sagrado himno. La votación, esa tarde, había determinado por vez primera que se coagulara un simulacro de mayoría, la más consistente desde el inicio del cónclave, en torno al nombre de uno de los purpurados más discutidos, el palestino Nabil Youssef.

Sin embargo, reflexionaba Veronelli, bebiendo pausadamente una copa de vino blanco, había sido una mofa esa simulación de principio de acuerdo sobre aquel nombre, casi casi una broma del diablo más que una inspiración del Espíritu Santo. Porque con aquel nombre habían vuelto a estallar, violentas como nunca, la división y la lucha, declarada explícitamente por uno de los propios purpurados, inmediatamente después de la proclamación de los resultados, con un gesto que él mismo había debido reprender a continuación. Se había levantado de golpe el arzobispo de Boston y, pasando por delante del escaño del palestino, había exclamado en inglés:

–¡Tu carrera acaba aquí, no te hagas ilusiones!

El problema del flagelo de los ratones no había sido afrontado aún; las empresas especializadas en desratización no podían cruzar los umbrales del

cónclave aunque todos los días llegaran testimonios cada vez más alarmantes.

Los más inquietantes provenían de una recientísima visita a los Museos Vaticanos, adonde había debido precipitarse ante las súplicas de su director.

Los roedores, horrendos, lo inundaban todo allí también y empezaban a mordisquear retablos de altar, iconos, grandes lienzos, tablas de madera, pinturas de cualquier tema pero con una impía preferencia por las de asunto sacro, prevalecientes en esta colección única en el mundo. De modo que resultaba espantoso sorprenderles manos a la obra, mientras roían dedos de santos, mitras de obispos, ruedas dentadas de Santa Catalina, ojos de Santa Lucía, senos de Santa Ágata, alitas de querubines, mantos de la Virgen en su huida a Egipto, túnicas rojas del Señor que se jugaban a los dados los legionarios romanos… Y también cuando, no atemorizados en absoluto por las tentativas de espantarlos, volvían al asalto triturando con sus agudos dientes melenas de un león en reposo delante de San Jerónimo absorto en su estudio, remos de la barca de San Pablo náufrago en Malta, velas de otra barquilla azotada por los vientos en el lago de Tiberíades, poco antes de que el Señor aplacara la tempestad…

El fenómeno era tanto más conturbador cuanto más claro resultaba que, al menos hasta ese momento, los incansables dientes de las blasfemas criaturas no habían osado ni tan siquiera rozar las santísimas formas del Señor o de su veneradísima Madre…

También el cardenal camarlengo, al igual que los dos cardenales de la curia que se lo habían referido, Rafanelli y Rondoni, deducía de ello que la protección de Dios se extendía aún sobre aquel palacio donde durante siglos se le había servido y traicionado continuamente…

Pero ¿cuánto habría de durar?

Parecía depender de ellos, de los dones con los que el Espíritu Santo los había enriquecido, iluminando sus decisiones… Decisiones que, aparte de las votaciones de los cardenales en un cónclave que había alcanzado su vigésimo segundo día, también debían ser tomadas cotidianamente en las otras esferas de esa vida en común de tantas personas que nunca se habían tratado mucho y traían consigo las costumbres más diversas. Una de las más desagradables había sido la que había tomado él unas horas antes, en la reunión de los purpurados del este, en el alojamiento del Fraile, el cardenal Matis Paide.

Todos se habían mostrado de acuerdo cuando Paide, con la más suave desenvoltura, había solicitado de nuevo la toma en consideración de la sauna y del baño turco en el cónclave. Amable en sus formas, simple y espontáneo como si estuviera pidiendo por favor una manta de más para aquellos viejos frioleros. Y Veronelli tenía incluso la sospecha de que se debía a Paide la indiscreción filtrada en el exterior por un periódico de que los cardenales podían disfrutar en el Vaticano de los tibios vapores de esas instalaciones… ¿Quién más hubiera podido hacerlo?

Parecía como si también en este uso fuera la imagen creada por la prensa la que dictara el comportamiento y no al revés. Sabía que precisamente sobre tal cuestión, de notable peso para la marcha del cónclave, se había hablado mucho en una de las más agitadas reuniones de los italianos. Había debido ceder, en cualquier caso, pese a que no le cupiera en la cabeza semejante enormidad. Y se había comprometido a hacer que trabajara incluso de noche el equipo de mantenimiento y la empresa de obras del Vaticano, al servicio del cónclave, para poner en funcionamiento, en un plazo de dos días, aquellas instalaciones en un ala apartada de los sacros palacios, en el torreón de San Juan. A cambio, sin embargo, había obtenido algo. El acuerdo de no oponerse al palestino, en el caso de que en las próximas votaciones continuara aflorando esa tendencia a concentrar los votos en él. Quién sabe, había pensado Veronelli, tal vez hasta elijamos al papa antes de que tengamos tiempo de preparar el baño turco…

Pero al final las cosas no salieron así.

De nuevo, los recientes escrutinios, tanto diurnos como vespertinos, y nada menos que cuatro veces, refrendan la dispersión de los votos mientras el ingeniero en jefe de la Ciudad del Vaticano, dos noches después de aquella tristísima cena, acude a advertir al eminentísimo camarlengo de que todo estaba listo en el torreón de San Juan. Y si su eminencia se digna seguirlo, podrá enseñarle ya las nuevas instalaciones en funcionamiento.

–¿En funcionamiento? Pero ¿desde cuándo?

–Desde hoy a primera hora de la tarde, cuando el arzobispo de Praga y el de Varsovia, junto a sus secretarios, quisieron inaugurarlas -y el ingeniero, el conde Paolo Nasalli Rocca, se asombra de que Veronelli no estuviera al corriente. Así, inmediatamente después de una cena consumida a toda prisa esta vez, y reducida por lo tanto a unos cuantos bocados por el

ya conocido problema de la dentadura, el camarlengo se dispone a seguir al artífice de aquel abominable servicio donde el purpurado no se imagina ni siquiera cómo hay que presentarse vestido. Camina muy lentamente detrás de Nasalli Rocca, con una bolsa en la mano, preparada a toda prisa por su secretario particular. Ni siquiera ha querido ver su contenido, dejando la decisión de qué llevar a ese lugar a monseñor Squarzoni, quien se encarga desde hace veinte años de su vestuario, junto a sor Maria Rosaria, quien se ha quedado esperándole fuera del cónclave.

A medida que, por un largo laberinto de habitaciones débilmente iluminadas, se percata de ir acercándose al torreón, crece la tentación de preguntar al ingeniero lo que no ha tenido el valor de preguntar a su secretario. ¿Cómo va vestido uno en un baño turco? Está a punto de abrir la boca y plantear la embarazosa pregunta, cuando una repentina zarabanda de ratones, desde una puerta semiabierta a su derecha, les corta el paso a ambos. Son muchos, tantos no se habían visto nunca juntos en las distintas alas del palacio apostólico; y sin embargo, lo había inspeccionado de abajo arriba con una cuadrilla de emergencia armada con un funesto raticida, un grupo de coristas de la coral pontificia transformado para la ocasión en flagelo de ratones. Porque el aislamiento del mundo, en esos días que transcurrían cada vez más lentos, obligaba a adaptarse a muchos oficios.

–Aquí también…, aquí también…, ya no tengo personal para que intervenga, me hacen falta todos para las obras de nuestros museos… ¡Qué dirá el mundo cuando sepa que el San Jerónimo de Leonardo da Vinci ha sido devorado por los ratones!

–Tenga cuidado, eminencia, son peligrosos, están hambrientos y ya no encuentran nada de comer, desde que pusimos bajo custodia todos los alimentos necesarios para los próximos días.

–Vaya usted delante, Nasalli Rocca, que tiene menos inviernos que yo sobre sus espaldas y se sostiene mejor en pie a estas horas.

Pero no resulta fácil ganar el extremo de aquella sala donde se halla el último pasillo que lleva al torreón de San Juan. No se entiende por qué han salido precisamente de la habitación de al lado tantos roedores. El camarlengo hace un gesto a Nasalli Rocca para que se detenga. Quiere abrir esa puerta. Retrocede algunos pasos y la abre de par en par.

Y comprende. Es un depósito de cuadros que aguardan su restauración, los retratos oficiales de los cardenales. Los purpurados no conservan más

que un vago perímetro del rostro y de los trajes, del busto, del manto escarlata y de las manos posadas sobre el Evangelio. Es todo un inmenso hervidero de monstruosos asesinos que borran de la memoria esas caras, esos nombres, esos títulos; un único, enorme bramar de telas, marcos, maderas, deshechos y desmigajados antes de acabar en esos pequeños cuerpos famélicos.

Ante la aparición del intruso, los ratones parecen advertir una amenaza: en pelotones, los que están más altos dan un brinco para enfrentarse al peligro de aquella interrupción, ganando la puerta.

Nasalli Rocca llega justo a tiempo de proteger al cardenal Veronelli, arrastrándolo consigo fuera de la habitación y cerrando no sin esfuerzo la puerta.

–¡Pero esto es… monstruoso!

–Mañana, eminencia, solicitaré la intervención del Ayuntamiento de Roma. Cuentan con personal especializado.

–No, no podemos, ya lo sabe.

–Como mande su eminencia, pero la situación aconsejaría una excepción a la regla del cónclave.

–¿Por unos ratones que comen cuadros? En el fondo, no son obras de gran valor todas estas… Y tal vez, en el caso de muchos de nosotros ni siquiera resulte necesario que seamos recordados…

–¿Y los Museos Vaticanos? ¿Y las telas de las capillas de los palacios vaticanos?

–Ésos me preocupan, pero por ahora con los coristas puede bastar.

–¿Esos gentiles cantores? Tienen unas gargantas maravillosas, pero, perdóneme, eminencia, ni siquiera saben manejar un extintor, una manguera de agua, mucho menos una máscara antigás, ¡son un desastre!

El camarlengo, una vez recuperado el valor, se apresura a alcanzar de una vez el fondo de la larga sala. Y deja morir la conversación. Tenía que tocarle a él aquel cónclave, a él que no veía la hora de retirarse a sus campos de Arcetri, entre las colinas de su Toscana… ¿Por qué precisamente a él?

¿Y ahora? ¿Qué se hace en un baño turco? ¿Cómo tendrá uno que comportarse entre tantos hombres desnudos? Porque los cardenales no tendrán nada que los distinga del resto de los hombres, allí, en ese lugar…

Se arma de valor a raudales y abre la boca.

–Nasalli Rocca… Entre usted también en el baño turco… -y el tono es tan humilde e implorante que durante unos segundos el ingeniero siente lo embarazoso de la situación. ¿Qué podría contestarle a aquel viejo tembloroso? Y Nasalli Rocca, que es un hombre de cincuenta y dos años, de un metro noventa de altura, apuesto y vigoroso, buen conocedor de la naturaleza humana, recupera toda su agudeza y su desenvoltura:

–Naturalmente, eminencia, aunque tendrá que prestarme una toalla porque no llevo nada conmigo.

–¿Una toalla? ¿Por qué? ¿Es que se pone uno toallas?

–Toallas o albornoces, por lo demás veo que la bolsa de su eminencia debe de estar bien equipada.

–Ni siquiera sé lo que contiene, me la ha preparado monseñor Squarzoni. Pero no tengo ni la más pálida idea de cómo debe emperifollarse uno allí. Por eso le rogaría que entrara, usted sabrá sin duda cómo comportarse.

El ingeniero en jefe sonríe ante la ingenuidad e inexperiencia de ese buen hombre que es el cardenal.

Ya se perfila la entrada al último piso del torreón. Por detrás de esa puerta de cristal, nueva y flamante, está la sauna con su baño turco, explica el ingeniero al camarlengo. Pero antes de cruzar el umbral se arma de valor para sugerirle un consejo a Veronelli, algo que ni siquiera él se había sentido con fuerzas de decir, al igual que el purpurado no había osado preguntar qué ropa debía ponerse.

–Eminencia, discúlpeme, pero a propósito de esta invasión de ratones, podría haber un remedio, el más antiguo, mucho más eficaz que la desratización…, aunque tal vez algo inadecuado para este lugar.

–¿Por qué, es que le parece a usted que una sauna es lo más adecuado?

A estas alturas ya no me maravillo de nada.

–Los gatos, eminencia, los gatos son el flagelo más seguro contra los ratones, desde que Dios creó el mundo…

–¡Los gatos!… Es cierto, son la perdición de los ratones… También en mi casa, en Arcetri…

–Y Roma está repleta de ellos, hay barrios infestados de gatos que no pedirían otra cosa más que arrojarse sobre nuestros ratones para comérselos de un bocado.

–Es verdad, en Trastevere mi sobrina da de comer a una docena. ¿Por qué no se nos habrá ocurrido antes? Infórmese de cómo podrían capturarse en gran número, prestaremos además un buen servicio a ciertos barrios de la ciudad, podemos pagarlos bien, si es necesario… Si los dueños nos los prestan de buena gana, prométanles que se los devolveremos, garantizando que estarán bien alimentados; si es gente pía, tendrá incluso el consuelo de ganarse una bonita indulgencia por una buena acción en favor de la Iglesia…

–… Y del arte, eminencia, si no son creyentes, no se olvide de los Museos Vaticanos -le corrige Nasalli Rocca.

–Deberán actuar con discreción, de cualquier forma, tampoco en este caso podemos dirigirnos al Ayuntamiento o al Gobierno.

–Destinaré a la caza de los gatos a los más despiertos de nuestros seminaristas y estudiantes, espero que los cantores se las apañen mejor con la captura de felinos que en la caza al ratón.

–Esperémoslo, conde, esperémoslo. Y habrá que hacerlo rápido, no hace falta que se lo diga, rápido…

Cuando el cardenal cruza el umbral de la sauna son las once y media pasadas. Se siente tan aliviado por esa idea que encuentra las fuerzas para sonreír a los dos monseñores en albornoz violáceo que le reciben inclinándose para besarle el anillo.

–Por aquí, eminencia, le enseñaremos su camarín.

–Denle uno también al ingeniero en jefe del Vaticano; quiere ver cómo funciona su obra de arte -se chancea Veronelli. Y sigue de buen grado por el interior del pasillo a los dos monseñores.

OceanofPDF.com