Cónclave
Capítulo 22
Los santos son siempre peligrosos, tenía razón Cerini, se reconocen tras su muerte y después es necesario adorarlos. Pero de vivos es edificante también para ellos someterlos a prueba en sus virtudes, haciéndoles frente.
Así se aseguran mejor el paraíso. Cuando se tiene excesiva prisa por elevarlos a los altares puede suceder algo parecido a lo que ocurrió con la beata Lucia da Narni, cuyos pañuelos empapados en la sangre de sus estigmas eran enviados a los soberanos devotos de media Europa por el duque de Ferrara, que se había garantizado su presencia en la ciudad, pagándola a son de ducados a los hermanos de la beata. Hasta que por fin, un horrible día, los estigmas se cerraron y la pobre Lucia tuvo que sobrevivir a su fama, encerrada en su convento, olvidada por todos…
22
Cuando el camarlengo de la Santa Iglesia Romana, ayudado por los dos cardenales escrutadores sorteados esa mañana, el arzobispo de Colonia y el de Ernakulam-Angamaly de los sirio-malabares, empieza a leer las papeletas de la primera votación del día, se comprende enseguida que algo nuevo está desbloqueando el cónclave.
Los nombres son siempre los mismos: Leopold Albert Ugamwa, Leopold Albert Ugamwa, Leopold Albert Ugamwa, José Maria Resende Costa, José Maria Resende Costa, José Maria Resende Costa, Ettore Malvezzi, Ettore Malvezzi, Ettore Malvezzi… Después, más atrás, los nombres de Alfonso Cerini y Wolfram Stelipyn, con bastantes menos votos.
La dispersión, entre los ciento veinticuatro votantes -ausente el cardenal Malvezzi-, llega finalmente a su término.
El africano, el político y el santo le parecen a Veronelli las opciones más sentidas por los purpurados, mientras que el otro italiano y el hombre del este pierden terreno. Ni siquiera la ausencia a la que le ha obligado ha sido suficiente para apartar el fantasma de Malvezzi de las mentes de nada menos que treinta y siete cardenales. Y no se podrá seguir teniéndolo segregado, visto cómo se han verificado puntualmente las palabras de Malvezzi que le fueron referidas telefónicamente por Contarini, una hora antes del cónclave:
–El arzobispo de Turín está perfectamente, excelencia.
–Pero ¿ha dormido? ¿O ha continuado con… sus conversaciones?
–¿Qué conversaciones?
–Venga, hombre, ésas con los muertos, que él veía a los pies de la cama.
–Ah, sí, eminencia, se han hecho buena compañía, durante toda la noche. Me ha dicho que no se marcharon hasta el alba, apiadados de su cansancio. Pero le han bastado unas pocas horas de sueño, y ya ha dicho misa.
–¿Le hace falta algo?
–No, está leyendo su breviario, sentado en el sillón junto a la ventana.
Sólo insiste en una petición.
–¿Cuál, monseñor?
–Que los treinta y siete votos que el Sacro Colegio le concederá esta mañana vayan en la segunda votación del día a otros más dignos.
No había comentado nada de aquella previsión. La prudencia le aconsejaba no abrirse demasiado con ese capellán que parecía haberle cogido gusto a mantener al camarlengo en la parrilla de la sospecha, ahora que sabía la verdad en torno a la muerte de Zelindo Mascheroni.
Y ahora que el recuento de votos había terminado, revelando no sólo que Malvezzi había sido votado, sino que había obtenido justamente treinta y siete votos, se complace en no haberse mostrado incrédulo no habiendo dejado traslucir sus pensamientos.
Proclama por lo tanto los resultados oficiales leyéndolos del acta que el cardenal de Colonia le tiende:
–Su eminencia el cardenal arzobispo de Dar es Salam, Leopold Albert Ugamwa, ha recibido cuarenta votos. Su eminencia el cardenal arzobispo de Brasilia, José Maria Resende Costa, ha obtenido treinta y ocho. Su eminencia el cardenal arzobispo de Turín, Ettore Malvezzi, obtiene treinta y siete. Su eminencia el cardenal arzobispo de Milán, Alfonso Cerini, obtiene cinco. Su eminencia el cardenal arzobispo de Lvov de los ucranianos, Wolfram Stelipyn, obtiene cuatro votos. No habiendo sido obtenida tampoco en esta votación la mayoría simple exigida, que hoy era de setenta y tres votos, deberá procederse a una nueva votación, esta tarde a las dieciséis horas. Os doy las gracias y os exhorto a rogar al Señor Dios omnipotente con el fin de que la decisión que parece próxima nos sea inspirada realmente por el Espíritu Paráclito…
Todos notan que el camarlengo parece turbado: nunca había hecho un solo comentario después de las otras votaciones. Esta vez se ha expuesto hasta invocar la elección inminente. Y el síntoma de su conmoción es
también que no haya opuesto objeción alguna, él, tan atento a las sutilezas legales y a los procedimientos, ante los votos recibidos por un cardenal ausente de la Sixtina. Pero el arzobispo de Turín sigue estando en el cónclave, aunque temporalmente impedido.
Es acerca de esos límites temporales sobre lo que las discusiones y los comentarios bullen en las horas inmediatamente sucesivas, cuando junto a algunos eminentísimos, Rabuiti, Stelipyn, Cerini, Shaouguan de Shanghai, Bradstreet de Toronto, Dos Angeles de Maputo y Winnipeg de Nueva York, se congregan para comer numerosos cardenales.
¿Estaba Ettore Malvezzi realmente incapacitado para participar en la elección? ¿Y cuáles eran sus posibilidades, según las leyes eclesiásticas que regulan el cónclave desde la constitución de Sixto V, de recibir en línea teórica la elección pontifical? El más hostil ante semejante decisión, aunque no fuera más que hipotética, Alfonso Cerini, no duda en hacer entrar en liza la posibilidad de una ficción: Malvezzi, maestro de ambages y subterfugios, incapaz de asumir responsabilidades directas, finge y simula como un artista la locura para atraer la atención sobre su candidatura entre los conclavistas que han perdido la razón.
Aldo Miceli, patriarca de Venecia, reacciona con severo sarcasmo ante esas insinuaciones:
–¡Deberías avergonzarte, Cerini! Sabes perfectamente que Malvezzi siempre ha rechazado cualquier hipótesis de esa clase. Además, se ha sabido que jamás votó por sí mismo, sino que fue el patriarca maronita quien escribió su nombre en la papeleta.
También en las habitaciones de Rabuiti la conversación alcanza tonos notablemente encendidos. Más que alarmarse e interrogarse acerca del prelado de Turín, en la mesa del siciliano bulle la exigencia de comprender qué clase de guía podría ofrecer a la Iglesia el africano que mantiene comercio con los demonios. El horror por la desaparición del fresco de Miguel Ángel no justifica aún para la mayoría de los comensales, que son italianos y europeos, el recurso a los poderes del exorcista. La presencia en la mesa de un purpurado, el de Londres, que tuvo como colaborador en su diócesis, muchos años antes, al cardenal negro aún no elevado a la púrpura, aviva su curiosidad suscitando diversas preguntas.
–Sí, es cierto, tampoco en Londres, una ciudad tan alejada de ciertas usanzas, monseñor Ugamwa desdeñaba las prácticas mágicas… Miríadas de
personas lo buscaban, y a menudo me vi obligado a intervenir para ayudarle a liberarse y… a liberarnos…
El sutil y tortuoso interrogatorio cruzado, abierto de inmediato a manos de tres colegas de Paul Linn, prelado de Westminster, es sostenido hábilmente por el inglés:
–Hay que ser justo, sin embargo -precisa y corrige el cardenal inglés-, y reconocer también los grandes méritos de Ugamwa. Ese hombre fue capaz de salvar, con sus poderes de previdencia, miles de vidas humanas.
Valga como muestra el recuerdo de su rápida intervención para conjurar un choque entre dos trenes lanzados a toda velocidad que, si Ugamwa no hubiera intervenido telefoneando al ministro de los Ferrocarriles, habría causado, en el corazón de la periferia londinense, miles de muertos. Ese hombre estaba celebrando misa, una mañana, cuando lo vi salir a la carrera de la capilla privada, interrumpiendo el rito. Ugamwa, en efecto, había escuchado un silbido punzante y repetido y, por mucho que preguntara con insistencia, nadie era capaz de confirmarle que lo había oído. Insistía una y otra vez, porque se resistía a creer que nadie lo oyera, en la curia arzobispal.
Después había comprendido que el silbido era sólo para él y que algo o alguien le lanzaba desde aquel tren lejano un mensaje. Entonces, en su mente, todo se había aclarado: había visto el tren lanzado y el semáforo verde que al cabo de una hora daría paso al tren de Liverpool, en vez de cerrarse y de detenerlo, para consentir el paso del rápido de Cornualles. Ya no hubo modo de calmarlo, me constriñó, con mi autoridad de prelado católico, a telefonear al ministro en persona, quien intervino de inmediato para verificar la exactitud de la advertencia, impidiendo el horrible accidente…
Se interpone en ese momento para hablar, mientras las monjas de Sahel hacen llegar desde las cocinas del palacio a la mesa un apetitoso caldito de pescado, el arzobispo de Esztergom-Budapest, Vilmos Apponij. En el vértice de la Iglesia, un hombre semejante infligiría sin duda alguna la herida más grave a la espiritualidad cristiana. Nadie, en efecto, creería en virtud de la fe sino por la fuerza de los portentos y por la violencia de los milagros, transformados no ya en el fruto de una confianza infinita en el Señor sino en prueba requerida para tener confianza en él. Se sentía la exigencia de truncar la perniciosa tendencia a coartar la auténtica fuente de la Revelación -las Sagradas Escrituras, la Biblia y los Evangelios- causada
por el constante y creciente recurso a las formas indirectas de la Revelación: los secretos de Fátima, las cartas de los videntes, las revelaciones de Medjugorie, las visiones de Val Corva. Minaban los cimientos de la fe cristiana y sustituían la palabra del Creador con los dones concedidos a algunas de sus criaturas…
Y justo mientras el prelado húngaro se acalora a propósito de esos dones concedidos a algunas de sus criaturas, un fraile de color, mientras sirve las viandas cocinadas por sus hermanas de religión, tropieza con los gatos excitados por ese olor del caldito de pescado, que acuden para capturar algún pececillo. Los platos humeantes se hacen añicos con su contenido y una miríada de felinos se precipita sobre el pescado caído por el suelo. Pero apenas el primero de los animales, un grueso gato rojo, consigue hincar el diente en un lenguado, se le ve dar un brinco y, escupiendo, empezar a bufar y a maullar furioso. En unos instantes, la alarma se extiende entre todos los gatos, que rehúyen el pescado con la misma violencia que las gallinas, cuyo alboroto empieza a cubrir las voces de los cardenales.
Debe de tratarse de un espectáculo realmente cómico para la mayor parte de los eminentísimos, porque el fraile africano de servicio en ese apartamento -pero sabrá más tarde que lo mismo ha ocurrido en las otras reuniones convivales- ve a los comensales estallar en carcajadas de placer, cada vez más placenteras, a medida que aproximan el caldito a la boca. La extrañeza, sin embargo, es que al cabo de un cuarto de hora las carcajadas de la mesa entera, antes atentísima a los razonamientos del primado húngaro, no dan en absoluto señales de disminuir, mientras que los animales, siguiendo un instinto más fuerte que el del hambre, se afanan en bloque por salir de la sala, como rechazados por algo espantoso.
El fraile de Sahel, Adam Mandumi, sale para liberarlos, con la esperanza de aligerar con ese gesto lo desenvuelto de la atmósfera, tan poco acorde con la dignidad de un almuerzo de cardenales.
Pero definitivamente los eminentísimos, que han probado todos el caldito de pescado, no pueden contenerse ya, desternillándose a carcajadas, atenuando a ratos los ataques de risa para tomar aliento y precipitarse de nuevo en una salva de chillidos, agudos y gorjeos.
Adam Mandumi es el primero a quien le invade la sospecha de que algo puede tener que ver con esa epidemia de risa el caldito de pescado
preparado por las monjas en las cocinas del palacio apostólico. No quiere manifestar sus dudas, sin embargo, hasta que saliendo de la sala se topa con sus colegas de servicio en los otros alojamientos, turbados sobremanera por no saber ya cómo dirigirse a los cardenales, contagiados por unas frenéticas ansias de reír, después de haber degustado el primer plato.
Pregunta entonces si ha sido el mismo caldito de pescado que les han hecho llegar con el montacargas desde las cocinas.
–Sí, era ese pescado.
–Pero ¿por casualidad lo habéis probado vosotros también?
–Ni soñarlo, ¿te parece que se nos ocurre tomarnos el caldo de los cardenales?
–Os lo ruego, no probéis ni una gota, ¡y vamos a detener la distribución de ese plato en el resto de las mesas!
En parte protestando, en parte molestos, le obedecen todos, para referir sin embargo al poco rato que ya era tarde: el caldito había sido servido y de ese pescado no quedaba ni una espina. Pero por todas partes se oyen los estallidos de risas de los eminentísimos, que ni capaces de hablar son ya, morados por el esfuerzo de dar rienda suelta a su hilaridad.
¿Qué hacer? No queda más que precipitarse a las cocinas para comprender quién es el que ha adulterado ese maldito mejunje, fuente para los gatos de náusea y horror, para las gallinas de una sed insaciable, que les ha hecho vaciar en pocos minutos los baldes de agua, mientras que a los cardenales les ha inspirado esa impía risa nerviosa.
En las cocinas, fray Adam encuentra a las hermanas absortas en preparar los segundos platos: dos estupendos lenguados rebozados, con guarnición de patatas hervidas, y su correspondiente mayonesa hecha a mano aparte.
Cantan las tres pequeñas monjas negras y no se percatan al principio del recién llegado.
–¿Qué habéis cocinado para los cardenales? – pregunta bruscamente fray Adam.
–¿Cómo que qué? Pescado, hoy es viernes, respetamos el día de ayuno por orden del prefecto de la Casa Pontificia -respondía una de las monjas, sorprendida.
–Ya lo sé, ¡sé perfectamente que habéis cocinado pescado! Pero ¿qué diablos le habéis echado a ese pescado?
–¿Cómo que qué le hemos echado? Pues es pescado fresquísimo, viene de Ostia, lo han cogido esta misma mañana. Mira: son rayas, besugos, doradas, rodaballos, lenguados… ¿Quieres probar el lenguado?
–¡Ni pensarlo, no quiero probar nada, pero los de arriba están cantando desde hace una hora y no hay forma de que paren, desde que han ingerido vuestro maldito caldo de pescado! ¿Qué le habéis echado, en el nombre de Dios?
Al oír que los cardenales siguen cantando sin poder detenerse, una de las monjas, la madre Elizabeth, apaga el fuego bajo una sartén.
–He sido yo quien he hecho el caldito… -dice con aire absorto. Y
vuelve a pensar en los cantos que ha estado entonando durante toda la mañana, mientras limpiaba el pescado y lo cocinaba. Eran arias de su aldea, las que se cantaban para que llegaran las lluvias, pero también las que alejaban el mal de ojo… Y las que se cantaban alrededor del fuego, de noche, para vencer el miedo a que el sol no volviera… Y después, la canción más hermosa de todas, su preferida, la que el hechicero hacía cantar solamente a las niñas… la la la, laaa, la la la, laaa, la la la… Provocaba la risa en los más viejos, en quienes se negaban ya a comer y querían dejarse morir, y empezaban a reír y a comer, en cuanto la oían, a comer y a reír hasta no poder más… la la la, laaa, la la la, laaa, la la la, laaaa… Eso es lo que ha hecho: ¡entonar ese canto mientras preparaba el caldito para los viejos cardenales!
La pequeña monja de Sahel, ahora con lágrimas en los ojos, se esfuerza por recordar cómo hacía el hechicero de su aldea para que los viejos volvieran en sí, después de que se hubieran pasado casi toda la noche cantando, por efecto de aquella canción; pero no consigue acordarse.
Después se sobresalta, mientras vuelve de nuevo a sus platos.
–¡Ya está! Ahora no te preocupes, sólo tenemos que hacer que los eminentísimos coman otro plato después del lenguado, un estupendo aguacate, que hará que dejen de cantar, confiando en que nadie lo rechace.
Ahora sé lo que debo preparar, pero marchaos de aquí porque soy incapaz de cocinar delante de extraños.
–Procura no equivocarte esta vez; espero los platos afuera para meterlos en el montacargas…
La monja logra su propósito, sea cantando de nuevo algo que anulaba el hechizo canoro, sea recuperando tal vez de la memoria alguna fórmula
transmitida por los hechiceros y que servía para reconducir al silencio a los viejos risueños de su aldea.
El aguacate es servido en todas las mesas de los cardenales ya extenuados por el esfuerzo de reír que no anula la conciencia sino los frenos inhibidores. Solamente alguno se niega a probar el fruto exótico, extraño para sus costumbres alimenticias. Pero a la vista del inmediato aplacarse de la furia dionisíaca en sus colegas, comprende su valor y lo prueba. Y
cuando hasta los últimos reacios han comido el fruto, un silencio innatural cae sobre todo el palacio apostólico.
Se han estado riendo durante tres horas. Pero el arzobispo de Viena, el de Varsovia y el de Praga incluso más, observa Ettore Malvezzi desde sus habitaciones, donde ha tomado un plato frío preparado por Contarini…
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