Cónclave

Roberto Pazzi · Capítulo 2 de 28

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Cónclave

Capítulo 2

de los purpurados y de sus capellanes se conecten con internet para filtrar las expectativas del mundo.

No, realmente él no tiene posibilidad alguna de impartir desde el balcón de San Pedro, una tarde de aquel suave otoño, la bendición urbi et orbi.

2

Está celebrando la misa, ayudado por su capellán, monseñor Giorgio Contarini. En aquel momento, un rayo de sol inunda el pequeño altar, entre las puertas abiertas del gran armario, cayendo sobre el mantelillo blanquísimo y el cáliz dorado. Un rayo cálido como una caricia, que pasa por encima de los muros, del cristal de la ventana, y viene a posarse allí, junto a él y a la hostia sobre el corporal. Siente ese rayo sobre el brazo derecho, justo donde la articulación le duele, con el benéfico efecto de un calor que aplaca el sufrimiento, leve y afectuoso sin embargo como la mano de una persona que le aprecia. Su hermana, su sobrino, su cuñado, la cuñada viuda de un hermano, Contarini, los amigos que se casaron tras salir del seminario y tuvieron después hijos, que a su vez tuvieron otros hijos. Como un relámpago, recapitula todos los nombres de las escasas presencias aún con vida que le quieren. Después están los muertos, que son muchos más, pero los nombres no le vienen, sólo una hilera de rostros que van desalojando su memoria, como si el viento los desenraizara de sus nombres, confundiéndolos.

Se sorprende, algunos minutos después, durante la elevación, pronunciando el canon en latín, y también Contarini hace un gesto de estupor, desplazando la cabeza hacia un lado, como para controlar lo que dice su eminencia: «Hoc est enim corpus meum».

¿Por qué ha dicho esas palabras en latín? Es la lengua en la que por vez primera escuchó la misa, de niño, sin comprender su significado pero participando, sin embargo, en el rito como en el final misterioso de un cuento de hadas.

Mira fijamente la hostia entre sus manos: parece rendida ante su fuerza de creer en el milagro de la transformación del pan en carne. Cuántas veces en su vida la ha sostenido así, sintiéndose en cualquier caso cansado, inadecuado, incierto y distraído por el rumor de la vida que bullía a su alrededor, estúpida, mecánica, extraña. Y, con aquella hostia entre las manos, se había sentido arrastrar por la banalidad de lo cotidiano, vencido

casi por el sentido del ridículo, por la consciencia de una derrota en la inútil réplica del Calvario.

Ahora es la tos de su secretario lo que le distrae, pero también el eco de un claxon lejano, y además el olor de la cera en el suelo, y unos pasos apurados por el pasillo: alguien que se apresura a abrir y cerrar puertas en el sagrado edificio, en el sexto día del cónclave. Por último, el borborigmo del estómago vacío; el ruido se impone sobre todos los demás porque proviene de su propio interior, de un cuerpo inquieto e indócil, indiferente tal vez al milagro que tiene lugar en esa habitación.

En su antigua catedral podía echar la culpa a la incomodidad de los paramentos, a la lentitud de los rituales, al entrometimiento de la multitud, cuando no conseguía concentrarse en aquella hostia, si no sabía responder hasta sus últimas consecuencias a la pregunta «Pero ¿tú crees? ¿Crees que soy yo tu Dios?». Aquí en cambio, el espacio es íntimo, recogido, discreto, nadie pretende de él ninguna representación teatral y exterior. Está solo, con la hostia, aparte de Contarini, a sus espaldas.

Y entonces, ¿por qué no es capaz aún de darse completamente en ese gesto, de responder a esa pregunta? ¿Y puede un hombre así contarse entre quienes deben elegir al papa o, peor aún, entre quienes podrían ser elegidos?

Se arrodilla, como lo hace desde siempre, ante la hostia. El rayo de sol se ha desplazado; cuando se levanta de nuevo para bendecir el vino en el cáliz, ya no cae sobre su brazo.

El resto de la misa se desliza rápidamente sobre las palabras que la memoria envía a los labios, muertas como los rostros sin nombre de aquellos a quienes ha amado y ya no están. Un formulario de palabras precisas, todas en italiano esta vez, según la reforma del Concilio Vaticano II. Y casi como si se hubiera asociado a esa silenciosa carrera hacia el final del rito, sin nuevos tropiezos ni paradas, Contarini deja de toser.

Acabada la misa, su secretario le sirve el desayuno. Sobre la mesa, junto a la servilleta y la taza, está el correo, que llega siempre con un día de retraso respecto a casa y ya abierto. Las reglas del cónclave imponen un riguroso control.

Ahora se alzan de todo el palacio los ruidos de la vida.

–Eminencia, la votación es a las diez, queda una hora y media, le preparo el traje y la cartera. Después debo apresurarme a una reunión con el

prefecto en la casa pontificia, parece que tienen nuevas instrucciones urgentes.

–Cambiará algo, las reglas son vetustas, como esta censura del correo.

–Hay una nota del cardenal de Palermo, y me da la impresión de que no ha escapado a la censura.

–No, no; las comunicaciones entre nosotros, en el interior del cónclave, son libres; no faltaría más.

–Yo no estaría tan seguro.

La abre y lee, escrita a mano, con una caligrafía diminuta, la misiva: Querido Ettore, debemos vernos antes de la votación de por la mañana, yo, Génova, Nápoles, Milán, Florencia, Bolonia y Venecia. Apreciaríamos mucho que también tú participaras. Es importante. Nos veremos en mi habitación.

¿Importante el qué? ¿Hilar la trama de los italianos contra los cardenales del este, que miles de voces no habían cesado en dar como favoritos? ¿O contra los de color, hijos de África, el auténtico futuro de la Iglesia según muchos? ¿Y Asia? ¿Y el problema de China? Un chino como revancha de un heredero de Matteo Ricci -un desafío lanzado a la Iglesia, aún hoy proscrita, clandestina, perseguida en ese otro futuro de la tierra que es China- hubiera tenido mucha aceptación.

Relee la lista de los colegas: Génova, Nápoles, Milán, Florencia, Bolonia, Venecia y él mismo, Turín. Faltan los cardenales de la curia. No es casual.

–¿Dónde se aloja el cardenal Rabuiti?

–En el ala de enfrente, sé el camino. Habría que apresurarse, si debo acompañarle y correr después a mi reunión.

–Me preparo enseguida.

Se viste con el hábito talar bordado en rojo, bicoquete y botones del mismo color escarlata. Coge consigo la cartera con los documentos y mete en ella el correo que aún no ha tenido tiempo de leer.

–Vamos, Contarini.

Sale, cierra la puerta con llave y se la entrega al secretario.

Hace frío en el pasillo donde no entra jamás el sol, una humedad que se sobrepone a cualquier olor, un aroma a moho que proviene de las paredes donde el revoque, en distintos puntos, está desconchado e hinchado.

Entrevé una monja, que da la vuelta por otro pasillo. ¿Sería posible? No se admiten mujeres en el cónclave.

–Pero ¿era una monja?

–No, eminencia, era la túnica de un benedictino.

¿Cómo habrá podido cometer esa equivocación? En aquel universo suyo no hay sitio más que para los hombres. Hasta hace algunos cónclaves, el pontífice elegido debía someterse a un examen médico para testimoniar su virilidad.

Observa cómo Contarini camina ágilmente, con ese paso que él nunca es capaz de seguir. Desprende un rastro del agua de colonia que acostumbra a echarse. Impecable, como siempre, con su clergyman de corte reciente, elegante, con las manos cuidadas, el pelo jamás en desorden, los zapatos con la hebilla satinada oscura. El mejor de sus colaboradores, pero también el más misterioso. Ese resplandor en sus ojos cuando ha negado que la figura que giraba en el pasillo fuera una monja, no le ha pasado inobservado.

Un hombre todavía joven, Contarini, habrá cruzado apenas el umbral de los cuarenta años. Las notas personales y reservadas, leídas en el momento de llamarlo a su servicio, informaban de que había padecido unas trágicas circunstancias matrimoniales, cuando era muy joven, que acabaron con el suicidio de su mujer. A la desaparición de la mujer no había tardado en seguir la opción sacerdotal. Nadie había sido capaz de conseguir que hablara alguna vez de aquellos hechos. Y, sin embargo, algo del antiguo marido parecía traslucirse en el elegante secretario del cardenal. Giorgio Contarini quería seguir gustando, como si un rayo de su perdida condición matrimonial trasluciese de la nueva de inseparable ángel de la guarda de su arzobispo.

A él le molestaba aquel cuidado algo exagerado de sí mismo, la meticulosidad con la que Contarini controlaba su guardarropa, empecinándose a menudo con su cardenal a causa de elecciones de bajo perfil y modestas, en las telas, en los adornos, en el calzado, en la ropa interior. Pero le dejaba actuar, vencido por aquella sensibilidad tan aguda para los colores, en la combinación de alimentos, de perfumes, de flores con que adornar un altar y para escoger los regalos que había que saber inventar en numerosas ocasiones, para las muchas personas que circulaban alrededor de la curia arzobispal.

Una vez, su sobrino Francesco, que se hallaba en Turín debido a un cumpleaños, había traicionado con un comentario todos sus celos con relación a Contarini:

–Tío, por lo menos el día de tu cumpleaños podíamos haber ido a cenar solos, sin ese sabueso tuyo.

–Pero si aquí tenemos más intimidad… -había replicado, aprovechando un momento en el que el secretario se había alejado para contestar al teléfono.

–No mucha, con ese hombre. Y además, ¡lo que fuma! Mucho más que yo…

Su sobrino había sabido dar con el punto débil de aquel hombre perfecto que era Contarini.

–No, eminencia, vamos por aquí, hay una escalera de caracol que nos permitirá llegar antes -ahora Contarini lo devuelve a la realidad, mientras está girando a la derecha, en el pasillo por el que ha visto desaparecer la figura en hábito talar que le había confundido.

No pierde nunca el sentido de la orientación, ni siquiera cuando conduce en el tráfico caótico de Roma y el automóvil, a pesar del banderín sobre el capó que le confiere derecho de precedencia, se pierde en el mar de vehículos y autobuses. Contarini hace frente a cuantos le disputan el paso, listo para discutir con conductores locales y aparcacoches, tranquilo y seguro, sin perder jamás ese sutil aire de superioridad que, si no hace enfurecer a su interlocutor, alcanza el objetivo de que le dejen pasar. En tales ocasiones él se ovilla sobre sí mismo, en el coche, y se oculta con las cortinillas, porque se avergüenza de ese tono pero no tiene valor para reprochárselo a su conductor por los resultados que consigue. Y sabe que Contarini nota su desazón y siente cierto placer en infligírsela para verle depender de él, y contener sus ganas de imponer su mansedumbre.

Baja por la estrecha escalera de caracol, recogiéndose las faldas del hábito con la mano derecha para no tropezar. La vieja madera de los escalones cruje a cada paso. La luz apenas se filtra por un lucernario en lo alto. Pero Contarini parece ver incluso en esa penumbra, con el mismo paso apresurado. Por lo demás, el clergyman de su capellán le consiente un paso más rápido. En un primer rellano se entrevé por debajo de una puerta filtrarse una luz, pero son las voces las que les llegan, más directas incluso

que la luz mortecina. Un diálogo apremiante que se interrumpe apenas es advertida la presencia de alguien en las escaleras.

Contarini se ha detenido y se vuelve a mirarlo. Parece aguardar órdenes, pero una sonrisa le flota en los labios.

–Vamos, Contarini…, no tenemos tiempo que perder.

Sólo después de haberlas pronunciado se percata de que sus palabras han sido dichas en un susurro que podría ser malentendido como cómplice de quienes, al otro lado de la puerta, están discutiendo, casi como si no quisiera interrumpir la animada conversación, y pretendiera ocultar su identidad con aquella invitación a seguir adelante.

No se asombra del alto tono de voz de su secretario, que parece complacerse en cambio de poner en situación embarazosa a los desconocidos.

–¡Naturalmente, eminencia, vámonos enseguida!

No, no son desconocidos para él, juraría que conoce sus nombres. Dos o tres tramos más abajo oyen abrirse una puerta y de inmediato Contarini se detiene para asomarse y mirar.

–¡Contarini, déjelo ya, llegamos tarde!

Ahora ha levantado él la voz, irritado. No es la primera vez que su secretario adopta actitudes de desafío reveladoras del fuerte carácter que se esconde bajo la simulada docilidad de su servicio.

Contarini se contiene y sigue bajando a toda prisa.

Por fin llegan al vasto rellano que da a las escalinatas y conduce al ala donde está el resto de los italianos. Cruzan una puerta con el blasón de Pío X y oyen una voz:

–Ah, eminencia, qué honor, los eminentísimos cardenales están en la habitación del cardenal de Palermo, sólo nos faltaba usted -es un prelado de cámara de su santidad quien lo recibe y lo precede después de haberle besado el anillo, mientras Contarini se aleja para no llegar tarde a su reunión-. Se lo ruego, eminencia, por aquí.

Y de inmediato empieza una nueva serie de idas y venidas, esta vez, sin embargo, todas en la misma planta, marcada por los blasones de los últimos pontífices, con los retratos de sus secretarios de Estado en las paredes, Merry del Val, Maglione, Gasparri, Tardini. Por fin, tras doblar la esquina, aparece una larga galería que se abre al patio de San Dámaso, repleta de grandes tiestos de limoneros y, más allá, un nuevo pasillo luminoso gracias

a las vidrieras que lo flanquean. El prelado se acerca a una minúscula puerta, casi invisible, recortada en el revoque de las paredes y de su mismo color. Abre sin llamar y se aparta después para dejar pasar al cardenal de Turín.

Enseguida aparece Rabuiti, el arzobispo de Palermo, redondete y bajo, siempre con el rostro irradiando alegría, los labios hechos a la sonrisa, una expresión que no desaparece jamás, ni siquiera cuando los argumentos son graves y secretos, como el que deberán tratar dentro de poco.

–¡Qué amable has sido viniendo, pero qué amable! Ah, pero ya se lo decía yo a nuestros amigos, ¡veréis como Ettore vendrá, veréis como no faltará a nuestro almuerzo! – y ligero como un pajarillo, agarrando del brazo a Malvezzi, hele aquí piruetear hacia otra puerta, pasada la cual prorrumpe en nuevas efusiones-: ¡Aquí está nuestro buen amigo, aquí está nuestro Ettore!

Y ahí están todos sentados alrededor de una mesa ya preparada, donde ha sido servido un desayuno bastante más abundante que el de observancia, apenas consumido con Contarini, enviado por las monjas de las cocinas centrales. Un enorme crucifijo de madera en clásico estilo donatelliano -

bien distinto del gótico que lo entristece desde el reclinatorio en su celda- se destaca en la pared, sobre sus cabezas. Van todos vestidos como él, listos ya para dirigirse a la Sixtina, donde dentro de una hora deberán votar.

Recorre uno a uno aquellos rostros, que desde hace años comparecen junto al suyo en la prensa y en la televisión, en los viajes por Italia del pontífice, listos para recibirlo en sus sedes y a montar en el automóvil, detrás de él, hendiendo la multitud con aquella sonrisita eterna sobre los labios que en Rabuiti tiene su modelo más esmaltado. Recuerda sus comentarios a los periodistas que los rodeaban mientras cruzaban los umbrales de los sacros palacios, respondiendo a las preguntas sobre la posibilidad de salir como papa del cónclave. Había quien temblaba ante la mera idea de una contingencia de esa clase. Quien alejaba de sí mismo el amargo cáliz. Quien sabía que era la última persona que podía merecerlo.

Quien ni siquiera quería hablar de ello, de lo indigno que se sentía. Era un guión de siglos de antigüedad, que por superstición hacía que todo príncipe de la Iglesia negara esa esperanza y esa posibilidad. Todos sabían que

«quien entra en el cónclave como papa, de él sale como cardenal». Él y el