Cosecha

Jim Crace · Capítulo 8 de 17

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Cosecha

Capítulo 8

 

E sta tarde disfruto de la agradable compañía del señor Quill y no puedo evitar imaginar el tipo de vida que tendría junto a él si consiguiera escapar al lanudo porvenir de nuestros campos marchándome para trabajar a su lado. Ese al menos es el plan que estoy madurando. Podría irme de aquí en una semana si él me aceptara y mi amo consintiera que me fuera. No me resulta agradable la idea de separarme de Charles Kent después de toda una vida en su compañía, de tantos años a su lado, pero menos agradable aún es la perspectiva de pasar los días que me quedan bajo la tutela de su obcecado primo. Así que hago todo lo posible por llevar a cabo mis tareas del modo más meticuloso para el señor Quill, aunque —la verdad sea dicha— he exagerado ante él mis cualidades a la hora de preparar la vitela que necesita para la copia definitiva de sus mapas con el cierre de los pastos. «La mejor vitela», me dice mientras se frota delicadamente la parte interior del brazo a modo de ejemplo, «es suave y uniforme pero al mismo tiempo ha de poseer una textura especial. Y ha de ser lo suficientemente fina para que la luz de una vela pueda brillar a través de ella». Haré todo lo que esté en mi mano para conseguir la pieza que necesita. No puede ser muy diferente de curtir la piel para un delantal o un zapato.

He sacado la piel de ternero del balde con agua salada, estiércol y cal donde ha estado sumergida durante los dos últimos días, desde que fue retirada de lo alto de las vigas del granero y traída aquí, goteando grasa y salmuera, dejando atrás el lugar de la muerte de Willowjack, siguiendo la vereda que rodea la casa del amo hasta llegar a la trascocina reservada especialmente hoy para la elaboración de los mapas. Puedo decir con alivio que mi mano se está recuperando muy bien. La herida no ha conseguido vencerme, aunque aún está muy tierna en la parte central para permitir que me una de nuevo a los espigadores y los aventadores con sus pesados aperos. Por eso es un alivio poder llevar a cabo una tarea útil tras estos tres últimos días de angustiosa ociosidad.

El señor Quill necesita que prepare la piel del ternero mientras él revisa sobre el papel los mapas de nuestros prados y tierras comunales y elabora la versión definitiva de cuanto ha observado a su alrededor desde su llegada. Hablamos en voz baja para que ni el amo Jordan ni ninguno de sus sirvientes pueda escuchar una sola palabra de mi narración de las intrigas y engaños escuchados esta mañana. Y las amenazas. «Temo por nosotros», dice. Su uso del nosotros es accidental —tan sólo ha estado con nosotros…, ¿cuánto?, ¿cuatro días?—, y sin embargo muy revelador. Puedo ver en su expresión que él mismo se ha sorprendido al decir nosotros. Evidentemente, el señor Quill está echando raíces aquí involuntariamente mientras mi intención es arrancarlas de esta tierra lo antes posible.

—Es la mujer quien más ha de temer… —digo.

Los dos estamos de acuerdo en que es necesario encontrar y advertir a la señora Beldam, quien indudablemente ha despertado en ambos ciertos sentimientos, a pesar de sus desmanes y ofensas, o posiblemente a causa de ellos. Es sólo cuestión de tiempo que nuestro novísimo magistrado o alguno de sus tenientes relacione el chal de terciopelo con su más reciente propietaria, pues no hay nadie en el pueblo que no la haya visto luciéndolo, bien la mañana en que los aldeanos visitaron la choza de los recién llegados el día de descanso o en el granero durante el festín y el baile esa misma noche. Alguien hablará tarde o temprano. La historia del amo Kent afirmando que la prenda pertenecía a su mujer quizá servirá para ganar algo de tiempo para la señora Beldam, pero tan sólo será una pequeña prórroga que posiblemente le hará merecedor del desprecio de su primo.

Podríamos y deberíamos dejar a un lado nuestras herramientas y dirigirnos a la vivienda donde fue encontrada la prenda ensangrentada. Ambos tememos que, en efecto, la señora Beldam ya haya regresado al refugio donde evidentemente pasó la noche. Y eso es peligroso. No hay duda de que el trío de esbirros, que actualmente no tiene nada más que hacer aparte de jugar a ser alguaciles, andará husmeando en este preciso instante, buscando en cada grieta y en cada rincón nuevos cuerpos del delito que poder presentar ante Edmund Jordan. Ninguno de nosotros quiere que esos hombres le pongan siquiera la vista encima a la señora Beldam. Comprendemos bien la impresión que pueden causar sus ojos y su cabello. Especialmente sus cabellos, pues ahora que han sido afeitados y crecen tan tímidamente como el pelaje de un conejo sólo intensificarán su natural insolencia y vulnerabilidad. Es demasiado tentadora para la vista. Semejantes caballeros, con demasiado tiempo libre, no serán precisamente amables con la señora Beldam si la encuentran sola en mitad de esas ruinas más allá del granero de trilla. Ojalá tenga el suficiente sentido, tras haberse vengado, para volver a perderse en los bosques de donde vino y construirse un nuevo refugio de troncos y turba. Pero fuera de los límites de nuestra parroquia esta vez, donde ninguno de nosotros tiene libertad para moverse.

—Nosotros la buscaremos —dice el señor Quill con la voz quebrada por cuanto implican sus palabras—. Pero no mientras… —señala entonces su oreja con un dedo — alguien pueda escucharnos.

Baynham, el administrador, está cerca al parecer. Escuchamos sus pasos en la habitación de arriba y poco después lo encontramos en la escalera. Revolotea como una abeja alrededor de una ciruela, y las abejas —como he podido aprender a lo largo de estos años— adoran las dulces travesuras por encima de todas las cosas. Algo desagradable e insólito nos ha ocurrido a todos. Y en cuestión de unos pocos días nos hemos vuelto todavía más desconfiados con respecto al mundo exterior.

—Podría estar en cualquier sitio —digo—. Pero sin duda hay un lugar que tarde o temprano visitará.

Su pariente que aún sigue con vida ha de comer y beber. Ella no permitirá que muera encadenado a uno de los brazos de la cruz de nuestro pueblo. Irá de noche, cuando es más seguro y nadie pueda verla, excepto los búhos, los zorros y la luna, para reconfortarlo y cuidar de él. Es ese un deber que ninguno de mis vecinos está dispuesto a asumir pero que sin duda la señora Beldam ya ha hecho suyo. De modo que hemos acordado que, en cuanto los hombres del amo Jordan se hayan retirado a dormir, el señor Quill y yo seremos como los búhos de grandes ojos redondos y pacientes, esperando escuchar los apresurados pasos de unos diminutos pies. Escondidos en un improvisado refugio de ramas y hojas y con nuestras capas de monótonos colores, que también nos harán parecer envueltos en un oscuro plumaje. Pero, ¿y cuando aparezca? Bueno, no somos capaces de imaginarlo. De momento estamos satisfechos por poder estar ocupados con nuestro trabajo, pero es obvio que no podemos pensar en otra cosa que no sea esa mujer.

Limpio el leve manto de briznas de paja que cubre las baldosas y extiendo en el suelo la piel de ternero. Ahora puedo distinguir el punto exacto donde comenzaron a rajar a este animalillo criado a mano, cuya jugosa y suculenta carne fue nuestro manjar durante la fiesta de la cosecha. La punta del cuchillo penetró a la altura de su nuca y siguió deslizándose por la espina dorsal, a continuación se despegó la piel a la altura de los costillares y finalmente fue abierto en canal para su despiece a manos del matarife. Ambos flancos todavía están unidos a la altura de lo que fue su vientre, donde se percibe un irregular pliegue en la piel. En toda su extensión, el pellejo es lo suficientemente amplio como para proveer al señor Quill con un amplio y proporcionado rectángulo para completar su trabajo. Cojo un cuchillo de filo romo y me arrodillo sujetando firmemente la piel aún empapada con las rodillas mientras comienzo a rascar con la mano buena. El cuchillo elimina cualquier desperdicio, cualquier resto de cal y jirón de carne, pero tengo que arrancar con los dedos uno por uno los pelos que hayan quedado. La piel todavía no se ha vuelto elástica, vitélica podría decirse. Aún es demasiado gruesa y resistente. He de conseguir que sea flexible. No puedo decir que sea un trabajo fácil. Tampoco disfruto lo más mínimo intimando de este modo con un animal al que conocí y que me agradaba (y al que de hecho me comí). Pero veo todo esto como un examen. Para el señor Quill esta puede ser la demostración de que, si alguna vez necesita un ayudante, yo soy su hombre. Así que hago todo lo que puedo por no quejarme. Me concentro para conseguir que el pellejo sea suave, fino y uniforme. Estoy decidido a pasar la prueba de la vela encendida.

En un lugar tan exiguo y cerrado el olor es nauseabundo. La carne que no se ha desprendido durante el remojado ha empezado a pudrirse. Tengo que apartarme cada poco para respirar algo de aire un poco más limpio. Si me pusiera en pie demasiado bruscamente me desmayaría. Pero poco a poco puedo sentir que la piel empieza a ceder bajo mi mano. Se ablanda y se hace más fina. No creo que esta vitela vaya a ser de la mejor calidad posible. Es un trabajo apresurado y carezco de la experiencia y la habilidad necesarias. He cometido errores. Ni siquiera estoy seguro de si debía remojar la piel en estiércol y cal. Hasta ahora nunca había sido necesaria una vitela por estos contornos. Sin embargo, el señor Quill no parece descontento después de acercarse para constatar mis progresos y palpar la piel con sus dedos. Evidentemente, la superficie es aún demasiado correosa, lo bastante para retener sus tintas y colores pero no tanto como para absorberlas.

El señor Quill trabaja en sus bocetos preliminares. Experimenta esperando descubrir qué trazos de colores puede emplear para escribir una historia de nuestros campos de cultivo —que pronto serán pastos para las ovejas— fácil de descifrar. Desde donde yo estoy, arrodillado en el suelo, el suyo me parece un trabajo femenino. Sus herramientas son cubiertos, piedras de afilar y morteros no más grandes que una cáscara. Casi espero de un momento a otro oler las especias de un pastel. Nuez moscada al menos. Pero lo único que percibo aquí, además de la podredumbre de la carne del ternero, son los empalagosos olores de la cola y la lejía. Es obvio que se siente cómodo en mi compañía, ahora que puede hablar libremente, sin necesidad de susurrar. No tiene importancia si algunos de los hombres de Jordan le escuchan. Ahora sólo habla de procedimientos, me mantiene informado y al mismo tiempo se recuerda a sí mismo cada paso que habrá de dar durante la elaboración de las mezclas para obtener colores. Utiliza palabras que raras veces he escuchado antes, como lapislázuli y esmalte. Están relacionadas con los tonos azules emergentes que ya adornan las puntas de sus dedos y también sus mejillas y su apuntada barba. Se supone que he de percibir los matices, las diferencias —aunque la luz aquí es muy tenue— entre el azulón, el tornasolado y el índigo que, uno por uno, me va mostrando en pequeños fragmentos de pergamino. Se siente tan cómodo con sus colores como yo he aprendido a estarlo con los de las nubes y con las extrañas mezclas que consigue el cielo. Yo tengo mis propios azules: unos anuncian los días de cosecha (pues no lloverá) y otros prometen terribles heladas; y hay algunos, más profundos, oscuros y pesados, que sólo se exhiben, silenciosa y brevemente, en el instante en que el sol ha comenzado a retirarse a su alcoba pero los vitrales del cielo aún no se han oscurecido por completo. Es el azul que nos dice que ya podemos relajarnos, dar la jornada por concluida y descansar.

De modo que la tarde transcurre cómodamente ante la perspectiva de nuestra cita nocturna. Algo en el ambiente de esta habitación me hace recordar el invierno, no porque haga frío sino por las tareas que nos ocupan. Y eso es algo reconfortante. Lo que más echo de menos, desde que mi Cecily se fue, y más ahora que siento la tentación de abandonar este lugar, son esos días fríos, silenciosos y aplastados por densas nubes en la estación muerta, en los que si era lo bastante estúpido para salir de casa y exponerme al frío y a la oscuridad sin luna de la noche, no veía otra cosa que a alguno de mis vecinos encogido a la luz temblorosa de una vela, y lo único que se podía escuchar, aparte del crujido del hielo bajo mis pies, era el laborioso trajín de ciertas herramientas. Esta es para nosotros la estación de los remiendos y los apaños. Los chiquillos labran cucharas en madera de tejo o tapan los agujeros de tazones y cántaros. Los padres cambian los mangos de las horcas y los rastrillos y sus mujeres e hijas confeccionan ropas nuevas o zurcen las viejas. Las familias se reúnen apretujadas ante las ascuas del hogar en concentrado silencio y se preparan para el nuevo año.

En nuestra casa, mi mujer y yo nos disponíamos a trabajar la cisca y el mimbre que yo mismo recogía durante el otoño; hacíamos cestos y fuentes por encargo a cambio de un pedazo de jamón, digamos, o de un tarro de miel. Esas noches eran las más dulces y reconfortantes. No tenía importancia que la primavera aún estuviera lejos ni que lo único que podíamos llevarnos a la boca fuera un poco de pan ázimo de cebada mojado en caldo, que cada día fuera un viernes sin carne. Del mismo modo ahora, en la atenta compañía del señor Quill, vuelvo a escuchar los mismos ajetreados sonidos. Mientras mi mirada no traspase el umbral de esta estancia seguiré perdido en épocas lejanas y más felices.

Durante un tiempo y mientras estamos absortos en el trabajo, los encuentros y descubrimientos de esta mañana consienten en alejarse y ser olvidados. Nuestra conversación es íntima y relajada. El señor Quill tiene la gentileza de mostrar interés por mi historia. Esta es mi oportunidad de decir lo ansioso que, ahora que mi Cecily se ha ido, estoy por un cambio. Un cambio y una aventura.

—Ninguna que suponga pasar un solo día rodeado de ovejas —añado—. Trabajar la vitela, en cambio, es una agradable tarea.

Él asiente mientras hablo. Me comprende, o eso creo. Su asentimiento me permite suponer que discutirá el asunto con su anfitrión.

—¿Y a usted, señor? —le pregunto al señor Quill—. ¿Le aguarda acaso alguna aventura?

Su historia es breve. Nunca ha estado enamorado. No tiene mujer a la que dejar viuda y sus padres han fallecido. Su hermano mayor es el heredero legítimo de la herencia familiar: la casa, un almacén y una embarcación fluvial comercial que transporta todo tipo de mercancías, desde pescado hasta telas. Pero el señor Quill no es un hombre de fortuna, dice, «ni en bienes materiales ni tampoco en lo personal, como puede ver. El lado izquierdo de mi cuerpo es como madera desde el hombro hasta las costillas. Una parálisis repentina. Algo relacionado con los huesos cuando era niño».

«¿Entonces no fue a causa de un accidente?», aventuro yo. «No fue fulminado por un rayo ni pateado por un caballo, como le oí decir al amo Jordan la tarde pasada».

—Ese era mi chiste en la escuela, mi habitual escudo contra… —comienza a decir, pero sacude la cabeza. Evidentemente no quiere volver a hablar de rayos—. Sea lo que sea no tiene importancia. Me criaron de tal modo que pudiera llegar a comprender que no soy apto para el trabajo al aire libre y sin embargo soy muy competente para ciertas tareas, digamos, de interior. No puedo ayudar a mi hermano a bordo de su embarcación ni en su almacén. ¿De qué le serviría? A causa de mi torpeza ni siquiera he podido encontrarme una esposa. De modo que he hallado la felicidad en esto… —dice señalando los apuntes y bocetos que hay sobre el escritorio —. Acércate, Walter. Observa cómo los colores ennoblecen cada uno de mis trazos.

Mientras yo trabajaba la piel para obtener la vitela, el señor Quill ha transformado sus garabatos y dibujos en algo sumamente extraño y hermoso. Hasta el momento no hay caligrafía por ningún lado. Sólo formas, líneas y color. Sin embargo, reconozco enseguida su misterio y su magia. He observado diseños de la misma complejidad, no menos inefables que estos, al pelar la corteza de árboles moribundos y la fina película blanca como el papel que recubre el tronco de los abedules. Los he visto en los líquenes que crecen sobre las piedras, en los musgos que rodean los cenagales y escondidos en la cara inferior de las alas de algunas mariposas. A lo largo de los años he encontrado esbozos semejantes en los lugares más insospechados de esta región. Solamente tenía que levantar una piedra o darle la vuelta a un tronco caído en mitad del bosque o a una hoja. Las estructuras y adornos que revelan parecen tener el mero propósito de ser descubiertas por el ojo del ser humano. Sin embargo, ninguno de ellos puede compararse en viveza con los diseños del señor Quill. Sus esfuerzos son más pulcros y alocadamente bellos y coloridos —y ciertamente más azules— que cualquier espectáculo que la naturaleza pueda ofrecer. Son un goce en sí mismos y desde luego mucho más hermosos que una espiga de cebada.

—Este que ves aquí y ahora —me dice— es mi auténtico inventario. Es cuanto existía en este lugar antes de que Edmund Jordan el Joven trajera su progreso…

—¡El rey Edmund II! —sugiero.

—Eso es, dejemos que el hombre se corone como tal.

El señor Quill quiere saber si soy capaz de identificar el campo de cebada. Vuelvo a mirar, esperando encontrar alguna pista. En esas líneas negras como el carbón, quizá. O en los lugares donde los trazos de pintura son más gruesos, o puede que donde han quedado más finos y casi imperceptibles a causa de las burbujas del papel. Pero solamente cuando recoloca la pintura, girándola algunos grados ante mí, creo reconocer los pliegues y la pendiente del prado, las zonas bajas en las que la cebada se ve obligada a crecer en suelo hostil, los extremos más elevados donde la cosecha siempre es más rica y valiosa, el sombreado más oscuro donde la maleza comienza a apoderarse del entorno, la sinuosa silueta de lo que sin duda ha de ser nuestro arroyo.

—Exactamente —dice el señor Quill cuando le indico mi respuesta con un dedo, dejando un leve borrón en la pintura—. Y aquí he colocado la línea de demarcación de vuestras tierras.

Ahora puedo distinguir el camino cenagoso y también el Cagadero, que aún no ha sido bautizado oficialmente como el Pantano de las Flores. Ahí está el altozano. Y un poco más allá se extienden nuestros densos y hermosos bosques de espigados árboles. Nuestros muros defensivos erigidos a base de zarzas y matorrales. La iglesia que nunca se construyó. Nuestras tierras comunales y nuestros hogares. Nuestro reino otrora seguro y tranquilo.

Vuelvo a mirar, pero esta vez de soslayo, sin fijarme en los detalles. Nunca había tenido realmente una visión tan general de cómo es esta tierra, de las formas que adopta; de cómo las estrellas brillan sobre nosotros o qué es lo que ven los halcones y los cernícalos al planear. Han pasado muchos años desde la última vez que contemplé estas tierras a una distancia mayor que la loma de los tréboles. Fue el primer día, de hecho, cuando hace doce años llegué junto al amo Kent y contemplé a lo lejos, desde el manto verde pálido de las vaguadas más elevadas, el cuenco verde oscuro —no, valle no es la palabra adecuada— en el que se asienta nuestra comunidad, escondida entre ríos distantes y a salvo de lo que carece de nombre. Pero si olvidamos ese momento, nunca le había puesto forma a esta región. Ahora sé que el contorno del pueblo es el perfil de un hombre de recio cráneo, un busto, para ser más preciso. El cuello y los hombros son los pastos, donde se alimentan nuestras vacas y cabras. Los cuatro grandes campos dan forma a su rostro. Su oreja, el estanque, es tan pequeña como la de un niño. Apenas tiene nariz, donde se supone que está la colina de los tréboles. Los bosques son su cabello.

Es una extraña experiencia —algo enervante en cierto modo— poder contemplar al mismo tiempo el bosque, las tierras comunales y los campos de cultivo. Verlos unos al lado de otros o separados tan sólo por el grosor de mi dedo pulgar, cuando sobre el terreno jamás los he podido observar con semejante proximidad. Aquí, el campo en barbecho de un color verde savia parece estar pegado, gracias al cautivador azul oscuro de un bosquecillo en la cima de un risco, al amarillo grisáceo de los rastrojos del campo de cebada. Son como vecinos que intercambian miradas a través de los árboles. He atravesado a pie un millar de veces esa espesura que ahora cubre mi pulgar. Es fácil hasta que te acercas al risco. El campo en barbecho posee una suave pendiente, de manera que se drena fácilmente y la tierra se mantiene en su sitio. Por lo general casi no hay barro, pero sí cantos rodados que se clavan en los pies al caminar. Después, al llegar al risco, hay que seguir avanzando por la pista de ganado y descender un poco colina abajo mientras el bosquecillo se espesa a tu derecha, para llegar a otra suave elevación. Una vez allí, un estrecho sendero se abre camino entre los zarzales hasta llegar al prado en el que ahora mismo, esta tarde, nuestro ganado continúa espigando el grano. Es precisamente en ese punto donde los árboles se elevan en toda su exuberancia y no permiten ver ninguno de los prados. Estás rodeado de vegetación. De hecho, no hay ningún lugar a lo largo de todo el paseo — que lleva su tiempo y no poco esfuerzo— desde el cual se puedan ver a la vez el prado en barbecho y el campo de cebada. Para conseguirlo habría que trepar a un árbol. O ser un pájaro.

De modo que el testimonio del señor Quill no es tan honesto como a él le gustaría. Bajo su plumilla, nuestra tierra resulta excesivamente simple y colorista. No hay sombra ni penumbra por ningún lado. Hay demasiado malva y demasiado azul. Ha plantado demasiadas clavellinas por todas partes. No hay pendientes ni lomas. La tierra no supone ningún desafío: es una mentira. No ha capturado el tiempo: cuánto puede durar un paseo, cuántas horas requiere determinada tarea, cuánto duran las estaciones o cuán larga es una noche. Ningún hombre ha contemplado antes semejante vista. Y sin embargo, no deja de ser hermoso. Además, llegados a ese punto y aunque me cueste reconocerlo, se trata al fin y al cabo del mapa del señor Quill, el mapa de los pastos ovejeros que se ciernen sobre nosotros. Pero este mapa es aún más colorista y recargado que el mundo que conocen mis ojos. Los retales de que se compone están bien ordenados. Los prados son más pequeños y han sido parcelados y delimitados. El frondoso bosque, con sus palotes agrupados a modo de árboles, casi ha desaparecido. Ya no puedo encontrar ni ojo ni oreja. El hombre de recio cráneo ha perdido su rostro.

—¿Qué le parece entonces? —me pregunta el señor Quill.

Me tomo la cuestión como una prueba. No quiero decirle que sus pinturas no son tan honestas como él pretende. Pero a la vez me resulta difícil alabarlas de forma demasiado efusiva por el mero hecho de ser simplemente bonitas, una especie de visión del mundo —nuestro pequeño mundo, de hecho— que nunca antes había contemplado y que me ha dejado extrañamente conmovido y sin aliento. Con su ayuda, al fin consigo encontrar el sentido a estos papeles coloreados todavía limpios de nombres y de marcas. Complican el mundo para simplificarlo. Finalmente he conseguido traducirlos y sería capaz de decir dónde nos encontramos en cada momento. Puedo señalar con el dedo el lugar en el que estoy de pie ahora mismo. Pero aun así sigo sin ser capaz de adivinar dónde estaremos dentro de unos días o unos años. De ahí mi aliento entrecortado. Hay algo en esas líneas y esos trazos, en esos azules y verdes aparentemente fortuitos, que a pesar de su viveza los hace parecer desolados.