Cosecha
Capítulo 3
A nochece al final de esta agitada jornada de descanso y el granero que ha sobrevivido al fuego está lleno de recolectores cansados, recostados ahora en las pacas de heno y ansiosos por probar el delicioso pan de los platos de madera de olmo del amo Kent. Bebemos cerveza de cebada de la última cosecha. Una vez más nos beneficiamos del paso de las estaciones. La luz de los faroles produce sombras tan profundas e inquietas que me cuesta identificar los rasgos del vecino que está a mi lado. Por un instante su rostro me resulta grotesco. No necesito contar cabezas para saber que todo el mundo está aquí. No hay una sola alma que se haya quedado en casa esta noche. Incluso la anciana madre de los gemelos, que no es capaz de dar un paso sin que alguien la sostenga por los codos, como a la efigie de yeso de una santa, al parecer ha conseguido llegar hoy a la fiesta sentada sobre un tamiz para la cebada. Hay bolitas de perejil, callos y estofado de menudillos. También hay tocino curado. Y el ternero criado a mano, rechazado por su madre la pasada primavera y acogido por el amo en este mismo establo, ha sido sacrificado, desollado y ensartado en la estaca del asador, especialmente para nosotros. Su pellejo está colgado de una de las vigas, sobre el fuego, para que el humo y los efluvios de su propia carne lo vayan secando y curando.
Debemos estar satisfechos. La cosecha ya ha sido recogida y almacenada. Nuestros platos están colmados de carne y la grasa gotea del mentón de todos mis vecinos. La cerveza se nos sube a la cabeza. Y a pesar de todo siento que el pueblo está inquieto. Los fuegos y los altercados de esta mañana pesan aún sobre el ánimo de la concurrencia, especialmente sobre los gemelos y Brooker Higgs, pero también sobre los hombres que con demasiada rapidez se prestaron voluntarios para sujetar a la mujer contra el suelo para esquilar su cabeza. A decir verdad, ninguno de nosotros se siente del todo cómodo, del todo libre de vergüenza. Los rumores se extienden rápido y no tengo la menor duda de que, con excepción del amo Kent y del señor Quill, cualquiera que tuviera interés en saber quién incendió el palomar ya lo habrá adivinado a estas alturas. Los secretos son como los embarazos por estos pagos. Puedes esconderlos durante un tiempo pero enseguida salen a la luz. De modo que esta noche todos somos conspiradores. Y sólo podremos salir absueltos si esos tres culpables amigos reúnen en su pecho el coraje suficiente para acercarse al amo y susurrar en su oído que los dos hombres —aún sin nombre— que en este mismo instante están encadenados con grilletes y con el cuello inmovilizado en el cepo de la picota del pueblo, en el camino de entrada a la iglesia que nunca llegamos a construir, soportando el frío del anochecer y la llovizna que lo acompaña, deberían ser liberados de inmediato e invitados a participar de nuestra fiesta en el granero a modo de disculpa. Una ración de carne sería nuestra manera de compensarlos.
Es posible —no, probable, diría yo— que el amo Kent no tome represalias contra los gemelos y Brooker Higgs si se deciden a revelar la verdad. Esta noche son como una gran familia, en cierto modo. Esta noche todos somos familia. Y el amo Kent, especialmente desde que su mujer falleció dejando sus telares sin atender y ni un solo hijo como descendencia, también disfruta de nuestra compañía. Además no hace falta mucha cerveza para dulcificar su carácter. A diferencia de muchos de nosotros, cuanta más cerveza bebe más valora la armonía. Por eso, creo yo, esta sería la ocasión idónea para que nuestros jóvenes calaveras, notablemente silenciosos, a mi parecer, y sentados junto a uno de los grupos más alejados evitando la luz de los faroles, expusieran sin excesivo miedo una versión más o menos honesta de cómo se inició el fuego de esta mañana y se enmendaran así con el amo y con los forasteros — y, por qué no, también con la escocida palma de mi mano, ya que después de todo he sido yo el único lugareño que resultó abrasado—. Pero no lo hacen. No se arriesgan a contar la verdad.
Tampoco, dicho sea de paso, lo hago yo. A pesar de lo que he visto mientras iba de camino hacia el establo, parece injusto pero también lo más sensato, creo yo, no pensar por el momento en la picota. La copa de la hospitalidad ya se ha roto. Me parece bastante improbable que nuestros visitantes deseen quedarse entre nosotros una vez transcurridos los siete días que aún ha de durar su castigo. No nos hemos ganado su afecto precisamente. Recogerán su retal de arpillera y se marcharán en cuanto queden libres. Por eso quizá sea de sabios contener nuestras lenguas por el momento y dejar que sean ellos quienes carguen con toda la culpa. Siete días no suponen una gran diferencia con hombres así, hombres sin tierra ni descendencia, hombres que no tienen raíces y son como el muérdago. Es más, hay todavía otro detalle que me impide concederles mi simpatía, aun habiendo estado ausente durante la escena de esta mañana, y que me hace pensar que de cualquier modo estos forasteros merecen estar encadenados ahora mismo en la picota sin importar quién incendió las viejas vigas del amo Kent. Porque nadie puede olvidar esos dos arcos con sus tensas cuerdas apuntando hacia nosotros ni la insolencia de haber conminado a nuestra gente a apartarse de su camino.
No obstante, estamos indudablemente nerviosos. La picota no ha sido utilizada desde hace muchos años. La llave de perno que la abre y que el amo Kent guarda junto a otra docena de llaves en una cadena de bronce en algún lugar de su salón, está oxidada y defectuosa. Los últimos ocupantes fueron dos primos, ambos Saxton, y por lo tanto parientes de mi esposa, que montaron una grave trifulca a causa de los derechos de propiedad de un cerdo. No es un asunto sin importancia. No me lo tomo a la ligera. Los cerdos son los hermanos de nuestro patio trasero y merece la pena luchar por ellos. Hicieron falta seis de nuestros hombres para contener a los dos Saxton. Para derribarlos, de hecho. Fue una tarde muy entretenida. Los primos sólo pasaron una noche encadenados, si no recuerdo mal, y cuando llegó la mañana ya habían limado sus diferencias. Compartieron el puerco desde el morro hasta la cola, pesando cada pieza, e incluso dividieron a partes iguales el hígado y el corazón de la bestia con la misma precisión con que los comerciantes parten una onza de oro o cortan un retal de una preciosa tela. Desde entonces, los dos son considerados por unanimidad nuestros pillastres favoritos. Solamente han de soltar un gruñido para que empecemos a darnos codazos y a sonreír. Hasta el día de hoy, raras veces dejaban pasar la oportunidad de afirmar públicamente, por lo general asegurándose de que el otro también lo escuchara, que pasar un día en la picota no era un castigo tan cruel como el hecho de haber estado encadenado a ella en compañía de su primo. Y aún siguen juntos. Ciertamente pagaron un alto precio a causa de un cerdo.
Eso ocurrió hará unas diez cosechas, durante el tercer año del matrimonio del amo y de su tutela sobre todos nosotros. Nunca hasta ahora ha creído necesario volver a hacer uso de la picota. Más bien ha desempeñado para nuestro pueblo la función de una cruz. La cruz de la iglesia que nunca hemos tenido. No tenemos mucho más. La parcela de tierra reservada para construir la iglesia sólo ha servido a lo largo de los años para acoger las tumbas —demasiadas— de los que hemos perdido, un montón de bienintencionadas piedras que no han sido utilizadas para su propósito original. En algún lugar, bajo los helechos, las ortigas y las hojas de los arbustos de sauce, reposan los cimientos de la iglesia que nunca se construyó. Hasta el momento nadie ha encontrado tiempo ni sentido el impulso de ponerse a cavar una zanja, preparar una buena mezcla de mortero y comenzar a apilar las hileras de piedra que se conviertan en los muros de nuestra iglesia. No nos atrevemos a decir que estamos por encima del Reino de Dios, aunque ciertamente no es nuestra costumbre acurrucarnos en su seno. Más bien consideramos que estamos al alcance de sus dedos. En ocasiones nos roza, pero muy levemente. Trabajamos hombro con hombro con bestias que cloquean, bufan y mugen, pero nunca con el Padre que nos creó a ambos. No he sentido nunca su presencia a mi lado mientras trabajaba, hoz en mano. Jamás lo he visto aligerar el peso del arado. No; nos atrevemos a pensarlo e incluso lo decimos entre nosotros, no habría cebada si dejásemos la tarea en manos del Señor, ni un solo grano. De hecho, ni tan siquiera habría campos de cultivo, tan sólo un erial azotado por el viento e invadido por las malas hierbas, las ortigas, las arvejas, los espinos y las zarzas que Él mismo nos dejó al abandonar el Edén. Jamás lo hemos visto plantando semillas para nosotros. Del mismo modo que nunca nadie nos verá sembrando malas hierbas. Pero aun así hemos de hacer frente a sus cizañas y a su fumaria, hemos de sufrir el asedio de sus pulgas, sus mosquitos y todas sus pestes. Nos hacen pagar por el pecado de Adán. En algunas ocasiones nos sentimos agradecidos por el hecho de que el campanario más cercano (¡y, dicho sea de paso, también la cervecería más cercana!) esté a más de un día de camino de aquí. No podemos permitirnos mantener a un cura. De todas formas seríamos un rebaño demasiado pequeño y mezquino para él. Nuestro resentimiento eclipsaría a nuestro temor de Dios. De modo que seguimos adelante, no como ateos pero sí conservando nuestra independencia. Preferimos no pensar muy a menudo que existen el Cielo y el Infierno y que gran parte de lo que hacemos día tras día es pecado.
Sin embargo sí tenemos una cruz de madera, nuestra olvidada picota, erguida justo a la entrada de la iglesia nunca construida. Es un poco más alta que un hombre de estatura media, hecha con madera de roble. Los dos postes articulados que forman sus alas, con espacio suficiente para encadenar a dos hombres, son más anchos y algo más largos que el asta vertical que los sostiene. Esto convierte a nuestra cruz en un estandarte más robusto y eficiente que los habituales crucifijos, más delicados por así decirlo. Los orificios, que en un lugar más cruel estarían ocupados por los cuellos y muñecas de los delincuentes, se han convertido con el paso del tiempo en un útil espacio donde poder colgar los rosarios para la oración o cadenas del amor elaboradas con flores. Es en este lugar donde el amo Kent oficia nuestros matrimonios y bautismos y donde celebra las honras fúnebres por aquellos que nos han dejado —las de mi esposa y la suya tuvieron lugar allí mismo— para consuelo de los afligidos. Y también en ese escenario nos reunimos para consagrar el maíz para la siembra, para dar las gracias por la cosecha y bendecir nuestros arados.
Por eso horas antes, al anochecer, me resultó endiabladamente triste tener que contemplar a esos dos hombres, con las manos y las cabezas colgando inertes, atados a la cruz de nuestro pueblo, lugar en el que se veían obligados a permanecer durante siete días. Hasta ese momento yo sólo había contemplado desde la distancia el humo de su hogar y oído hablar de estos forasteros, de su actitud desafiante y de sus arcos, gracias a los jactanciosos y coloristas relatos de mis valientes vecinos, en especial los de John Carr y Emma Carr y de la viuda Goose, hacia la cual, debo decir honestamente, he desarrollado en los últimos tiempos un especial apego. Por su indignada narración me había imaginado a hombres de aspecto más fiero. Todo lo que pude apreciar desde una cauta distancia, mientras caminaba siguiendo los aromas de la ternera y el tocino, fue la inofensiva parte superior de sus dos cabezas apresuradamente afeitadas y humilladas, segadas tan recientemente como nuestro gran campo de cebada, una de ellas de un color gris fantasmal, la otra ya en vías de oscurecerse con una pelambre que volvía a crecer negra como la pez. El mayor era el más bajo de los dos. Estaba de puntillas y en una posición evidentemente penosa. De haber intentado posar las plantas de los pies habría sido estrangulado por el artilugio que mantenía atrapado su cuello. En ese momento decidí buscar un madero plano sobre el que pudiera apoyarse cuando más tarde regresara a casa por el mismo camino.
El amo Kent acaba de ponerse en pie y contempla nuestras expectantes sonrisas. Es en momentos festivos como este, estimulado por la cerveza, cuando disfruta recordando ante sus convidados la vida que llevaba antes de su feliz llegada a esta región. Desgrana para nosotros exuberantes historias acerca de un mundo extraño y peligroso repleto de pícaros, un mundo de salvajes océanos, palacios y guerras, que siempre consiguen que mis vecinos se sientan afortunados por el mero hecho de no ser parte de él. Esta noche, sin embargo, su ánimo no es tan provocador. En lugar de eso ha invitado al señor Quill a compartir con él la improvisada mesa en la que degusta su cena y en este instante ha tocado palmas pidiendo silencio. ¿Es este un momento que debamos temer? «Os presento a mi buen amigo, Philip Earle», dice agarrando al señor Quill por el codo y empujándolo hacia delante para que podamos saludarlo y examinarlo. «Lo conocisteis ayer y podréis verlo por aquí durante más de una semana. Ha venido a petición mía para elaborar los mapas detallados de los suelos comunales y de nuestra tierra en general. Para ello utilizará como vitela la piel de ternero que ahora mismo cuelga sobre mi cabeza. Tomaremos nota de todo y a continuación presentaremos nuestros ruegos a la corte indicada. Lo que nos aguarda es —con vuestro benévolo y amable consentimiento— un nuevo orden provechoso para todos. Durante demasiadas estaciones hemos padecido la necesidad…». Llegados a ese punto del discurso, el señor Earle (nombre con el que nunca nos referiremos a él) desenrolla uno de sus pergaminos y nos invita a que nos acerquemos para contemplar nuestro mundo «tal como es visto por los vencejos, los milanos y las estrellas». Nos adelantamos, apretujándonos unos contra otros, hasta conseguir entrar en el halo de luz del farol. «Estos son más completos que los de ayer», dice el señor Quill, pero una vez más lo único que podemos ver son sus cuadrados y demás figuras geométricas. Sus mapas nos han reducido a un conjunto de líneas y trazos en forma de red. En ellas no hay sombra alguna de vida. A continuación nos muestra un segundo diagrama con distintos espacios. «Este es vuestro porvenir», dice. «Así es, nuestro futuro será parecido a esto», añade el amo Kent. Aunque su afirmación resulta más vacilante de lo que debiera. Hace una pausa, sonríe. «Seré preciso…», promete. Aunque, al parecer, no ha llegado el momento.
Dilo, dilo ahora, pronuncia las palabras, le insto a seguir silenciosamente. No necesito convertirme en un vencejo o en un milano para saber cómo funciona el mundo y cómo está cambiando —cambiando de forma, como sugiere el amo Kent— ni tampoco para escuchar el gemido aún lejano de animales que se aproximan y que no son vacas ni cerdos ni cabras, que no son nuestros hermanos. Lo comprendo al instante. He temido ese «así es» desde el día de la muerte de mi esposa: el nuevo orden provechoso para todos que el amo tiene en mente —diametralmente opuesto a su habitual carácter y conmiseración, y también contrario a sus promesas— implica la explotación y el cierre de nuestros campos mediante muros y verjas, zanjas y cancelas. Equivale a colocar un ronzal alrededor de nuestro cuello y nuestras vidas. Significa la desaparición de nuestras tierras comunales, la tala de nuestros árboles. Significa que este pueblo lejos de todo, que siempre ha sido un lugar con vacas, cerdos, maíz y poco más, está destinado a convertirse en otro proveedor de lana. La palabra que ni él ni nadie se atreve a susurrar y mucho menos a gritar es ovejas. En lugar de eso el amo Kent nos expone, ansiosamente, el sueño que ha tenido. Espera que, si es capaz de describir esos cambios como algo extraído de un sueño, entonces seremos capaces de comprenderlo mejor y de temerlo un poco menos, pues es bien sabido que los sueños son moneda corriente entre los comuneros. Por supuesto. También nosotros somos soñadores.
En este sueño ninguno de sus «amigos y vecinos», es decir, nosotros, se verá ya obligado a trabajar largo y tendido durante todo el año y sin certeza alguna sobre la cosecha por venir. Tenemos años buenos. También los tenemos malos, nos recuerda. Compartimos alegrías, pero también sufrimiento. El sol no es digno de confianza. Y tampoco lo es la lluvia. El gemido del viento trae consigo la ruina de nuestros cultivos. Los hongos los reducirán a pulpa inútil. Nuestro ganado puede ser diezmado a causa de la fiebre amarilla. Los cuervos robarán nuestra cosecha al más mínimo descuido —y las palomas, dice una vocecita, la mía—. Sin embargo, la lana es predecible. Un vellón de lana no requiere el calor del sol. De hecho, un vellón de buena lana crece y se tupe en la oscuridad. A la lana no le afecta el viento ni los cambios de estación, dice, ya dispuesto a afrontar su tarea, pues también esta oratoria suya es un trabajo, una labor de persuasión. Además, hasta donde nos concierne, a los cuervos no les interesa la lana. A pesar —ahora sonríe, para alertarnos de que lo que sigue es una broma— de su gusto por los rebaños.
No, el amo Kent sólo ha tenido un sueño que nos hará más ricos y ociosos. Cada nuevo día es para nosotros un día de descanso. Paseamos cayado en mano por nuestros pastos cerrados. Nos sentamos en las suaves pendientes de los prados simplemente para contemplar el paisaje. Ya no arrastramos el arado, somos pastores. No utilizamos la hoz sino las tijeras. No nos helamos hasta los huesos recogiendo piedras del suelo durante los húmedos y fríos días de invierno, eliminando las malas hierbas y arrancando raíces hasta que nuestras espaldas están más tiesas que un yugo. No, estamos sentados junto al fuego del hogar satisfechos por nuestra buena suerte. Y nuestra única ocupación es lanzarnos la pelota de un lado a otro como si de un juego se tratara, un juego de niños. El trabajo es tarea fácil: tensar suavemente los hilos en el telar, vigilar la urdimbre y la trama con las puntas de los dedos, evitar que se formen nudos y soltarlos. En lugar de bueyes tendremos telares. En lugar de rezar para que los tallos de las plantas crezcan rectos y fuertes contra toda probabilidad y a pesar del azote de los elementos, para que las mazorcas de maíz engorden y maduren, estaremos cerrando los cobertizos con popelín y fustán, estambre y tela de sarga. «¡Emocionante perspectiva! ¿No es así?», dice. En algún lugar demasiado lejano como para nombrarlo, en ciudades que nunca conoceremos, un hombre se envuelve en una capa hecha a base de nuestra lana y tejida con nuestras propias manos, una mujer se coloca un pañuelo en la cabeza y aún puede oler en su urdimbre el aroma de nuestros hogares, las fragancias de estos campos. Todo empieza con la untuosa lana que cubre el lomo de nuestro ganado —nuestras Pezuñas Doradas— y termina por convertirse en las delicadas prendas que cubren las espaldas de los aristócratas. «Se trata de un sueño que dudo que a ninguno de nosotros le parezca vil». Pero ni siquiera habiendo llegado a ese punto ha pronunciado la palabra ovejas. ¿Acaso soy yo el único capaz de darse cuenta de lo que esconde en realidad ese sueño? Es simple: las gavillas darán paso a las ovejas.
El amo Kent ha calculado bien el tiempo de su revelador sermón. El ternero es suyo. La cerveza es suya. Ya no tenemos hambre. Ciertamente no estamos sobrios. Estamos en deuda con él por la velada de esta noche y le conocemos lo suficientemente bien como para confiar en su palabra, al menos por ahora. Sus planes pueden ser a cinco años. Quizá incluso diez. Lo que importa es esta noche y esta noche nos ha obsequiado con una fiesta. Sólo ha de levantar la mano para hacernos olvidar cualquier motivo de ansiedad y permitir que la gente siga bebiendo. Nos hemos convertido en animales, cada uno a su manera, tal como dice la balada del cervecero: «La cabra borracha, lasciva es; borracho, el perro rabioso ladra; ebrio el toro, busca pelea; terco como una mula, beodo el puerco es». Nosotros, sin embargo, nos emborrachamos como caballos de posta —su sed nunca se sacia— y por eso, durante esta noche al menos, olvidamos nuestra inquietud.
Queremos música y baile. El joven Thomas Rogers es el único gaitero y nuestro ruiseñor. No hace falta convencerlo para que coja su instrumento. A la menor oportunidad llena de aire sus pulmones y los vacía para nosotros. Comienza marcando toscamente el ritmo en el suelo con el pie y a continuación empieza a juguetear con las yemas de sus dedos sobre los diminutos orificios del puntero. Hemos sido testigos de sus esfuerzos en numerosas ocasiones. Cuando Thomas se sienta por las noches y comienza a practicar es imposible no escuchar sus fallos y sus sones por más que uno intente conciliar el sueño. Sin embargo disfrutamos con su música. De no ser por él nunca podríamos bailar. De modo que esta noche lo animamos. Lo que menos esperábamos era que una segunda voz a nuestras espaldas se uniera a la suya y con gran maestría, además. Es el señor Quill, el señor Earle. Tendremos que llamarlo señor Fiddle, señor Violín, a partir de ahora. Avanza hasta las primeras filas con su torpe caminar, dejando que sea su hombro y no su pecho el que dirija sus pasos. Encuentra un taburete para sentarse junto a Thomas Rogers, coloca el instrumento sobre las rodillas y sigue frotando las cuerdas con su arco. Al principio repite la melodía de la gaita, pero poco a poco empieza a adornarla y enseguida es él quien dicta la melodía que el gaitero ha de tocar.
Rogers no parece tan complacido como el señor Quill con el entusiasmo de nuestro aplauso. El gaitero pierde confianza y aplomo. La voz del violín, al menos desde el instante en que nuestro visitante se sienta en su taburete, provoca por momentos lágrimas y risas por igual. Su cancioncilla parece a la vez feliz en su melancolía y pesarosa por volverse demasiado alegre. Pronto los niños dejan de jugar a lanzar listones, arrojan los últimos palos a la concurrencia y se hacen dueños de la improvisada pista de baile. En ese momento, el resto de los camorristas del pueblo — los gemelos Derby, por supuesto, pero también otros embajadores del desorden— salen a bailar, cogiendo de la mano a sus hermanas y sobrinas y haciéndolas girar como remolinos. A continuación son las parejas casadas las que salen. Y finalmente un puñado de muchachas solteras se levantan y se unen a las danzas, con gran solemnidad al principio, aunque pronto sus mejillas están teñidas de rojo por el esfuerzo. Una de ellas, aquella cuya devoción y belleza sean consideradas las más notables, será reina de las espigas, nuestra Reina de la Cosecha. Será elegida en cuanto termine la música, si es que tal momento llega, si es que permitimos que eso ocurra. Y mañana será ella la primera en pisar el campo de cebada al fin derrotado. Caminará sobre los restos de los tallos, se inclinará y buscará el primer grano de los que después guardaremos para aprovisionarnos contra la fría estación que nos aguarda.
El señor Quill, el violinista, de nuevo nos toma la medida, haciendo de nosotros algo coherente y geométrico con sus melodías, del mismo modo que antes lo ha hecho en los campos con sus diagramas y su tinta. Su danza es circular y después cuadrada, nos hace girar y patear el suelo, nos hace tambalearnos y recuperar el equilibrio, el alboroto es ensordecedor. Los juerguistas sienten que han de ir un poco más allá de lo habitual, hacerse líquidos, se diría. Yo mismo siento el impulso de unirme aunque soy un viudo. Pero no me atrevo a exponer la dolorida palma de mi mano y las escocidas yemas de mis dedos a ese vaivén de roces y estrechar de manos. De modo que permanezco de pie y observo la escena en compañía del amo Kent, el otro viudo reciente, que se balancea tímidamente a mi lado. Las mujeres batallan con sus hombres, zapateando en el suelo salpicado de paja y haciendo girar sus pañuelos. Las damitas están a todas luces demasiado cerca de los muchachos. Se cogen de las muñecas, se agarran de la cintura. Es posible que con esta escasa luz y con el alegre caos que reina se intercambien algunos besos e incluso alguna que otra promesa. Somos una banda de paganos, más devotos a las costumbres de los días santos que a la santidad en sí misma. Hallamos más placer en las canciones y las danzas de Dios que en su piedad. Demos gracias al cielo por no tener a un sacerdote entre nosotros para presenciarlo.
Debimos haber imaginado que la mujer de los escupitajos volvería a hacer acto de presencia justo en el momento en que éramos más felices. Era inevitable. Es la primera vez que la veo. Está de pie a las puertas del granero, fuera del alcance de las luces y tan silenciosa e inmóvil que parece estar incluso a salvo del influjo de la música de la gaita y el violín. Pero no hay duda de quién es, a menos que se trate de la visita de un espectro, alguna de nuestras esposas e hijas salida de su tumba y ahora consumida por la muerte. Es más menuda de lo que había imaginado, de algún modo imponente en su pequeñez. Y ahí está el grueso chal de terciopelo del que he oído hablar y también su cabeza torpemente esquilada, como un césped recién cortado. Está empapada y echa unos zorros, como una bruja o una mala mujer con la que alguien se hubiera desquitado. «Es la señora Beldam», murmura en mi oído el amo Kent, poniéndole al fin un nombre que a buen seguro recordaré. Beldam, la hechicera. Belle Dame, la bella dama. Los danzantes aún no han reparado en ella. Solamente cuando el violinista deja a un lado el arco poniendo fin a su tonada y, levantándose del taburete, dirige la mirada sobre las cabezas de mis vecinos hacia donde está nuestra visitante de rasurado cráneo, los demás se detienen y se giran para ver qué ocurre. Casi no pueden verla. Es apenas la sombra de una sombra, una esquiva silueta. Aún no somos capaces de ver sus ojos o su rostro ni de distinguir las costras de su cabeza herida y desnuda. Ella no pronuncia ni una palabra. Quizá la hemos imaginado. Es un espectro convocado por el alcohol y la danza. Los ánimos han cambiado bruscamente. El ambiente es más denso. Hace un instante éramos líquidos, ahora somos piedras. La noche termina con una nota discordante.
Sabemos que debemos enmendarnos de algún modo por haberle afeitado la cabeza. Por eso está ahí de pie, esperándonos. Espera que contemplemos lo que hemos hecho. Por un momento tengo la sensación de que cualquiera de nuestros hombres —también alguna mujer— podría acercarse hasta donde está, tenderle su mano y acercarse con ella a los demás danzantes para unirse al baile. Durante unos instantes, la aparición de la mujer no nos avergüenza, más bien parece que hemos encontrado a nuestra Reina de la Cosecha. Sólo tendríamos que conducirla hacia la luz y coronarla allí mismo y todo terminaría bien. Otro sueño. En éste su cabello es largo y negro otra vez, sus hombres caminan libres sin cadenas ni grilletes. Nuestra cruz de madera ha recuperado su santidad y de nuevo está engalanada con rosarios y flores. Tampoco nos ha sorprendido al amanecer de ese día ninguna columna de humo. Y las palomas no han desaparecido, vuelan en círculos sobre nuestras cabezas sin encontrar un lugar donde alimentarse. Ese es su porvenir. Buscan los campos cubiertos de espigas pero ya no hay ninguno.
Al contemplar los movimientos de los danzantes, la mujer retrocede sin dejar de observarnos, quizá desconfiando aún de nosotros. Sabe que si por un momento mostrase un ápice de duda o flaqueza, todos esos hombres la rodearían como un enjambre de avispones. Solamente al llegar al umbral de la puerta vuelve la mirada un instante hacia el exterior, hacia la oscuridad, y se adentra en ella dejándonos otra vez solos e intercambiando miradas de desconcierto. Sabemos que el violín y la gaita no volverán a sonar esa noche. No podemos bailar. Nos damos con desgana las buenas noches y corremos a casa deseando conciliar el sueño para poner fin a la noche cuanto antes o, en el peor de los casos, permanecer despiertos o, quién sabe, quizá algo peor.
Como todos los demás, deseo encontrarme con la mujer en el camino de vuelta a casa. Pero yo tengo mejores motivos que los demás. El amo Kent me lo ha pedido. Me ha dicho que he de regresar con ella, he de volver al granero con la señora Beldam y permitir que pase allí la noche utilizando el heno como colchón y su chal de terciopelo como cobertor. No le parece adecuado que una mujer, cualquier mujer, sin importar qué delito haya cometido, pase la noche sola y a merced de cualquier peligro. Percibo sus dudas. Desea especificar qué clase de peligros puede haber allá fuera pero no le parece decoroso. Ya no hay lobos a los que temer. No hemos visto huellas de lobos desde hace mucho tiempo. No hay osos ni linces. Y el amo Kent no es un hombre supersticioso que tema al diablo ni a los malos espíritus, a los dragones o a los espectros de los bosques. Por supuesto, la nieve y la escarcha tampoco han hecho aún su aparición. No hará mucho frío esta noche. El frío de finales de verano, esperable cuando llegue la madrugada, no supondrá ningún peligro real para alguien que duerma al raso, todo lo más una molestia. En cualquier caso, tras haber visto a la mujer con mis propios ojos y observando la notable preocupación del amo, comprendo que esté inquieto por lo que le pueda suceder. Y no le falta razón, pues también yo he sentido y sigo sintiendo esta noche el mismo impulso que los demás hombres del pueblo, incluido el valiente y pacífico señor Quill, algo con lo que ahora a buen seguro estarán soñando.
—Haz lo que sea necesario para que esté a salvo —me dice finalmente.
Pero primero he de volver a visitar la picota y la cruz para cumplir una promesa. No me sorprendería encontrar allí a la señora Beldam, atendiendo a sus hombres. De hecho, rezo para que esté allí. Entre otras cosas, deseo que sea testigo de mi bondad. Abandono el granero aliviado por mi tarea, pero mi ardor no tarda en enfriarse. Mientras estábamos festejando y bailando y el sonido del violín y la gaita apagaban el clamor de los elementos, un administrador de mayor rango que nuestro amo Kent se ha dado cuenta de que la cebada ha sido al fin cortada y debidamente almacenada y ha dado orden a los cielos para que descarguen su lluvia. Es esa lluvia de medianoche que carece por completo de forma hasta que te alcanza, golpeándote con la fría y aguda insistencia del mazo de un platero.
Sólo he de avanzar unos pocos pasos para darme cuenta de lo fuerte que llueve. Mis vecinos ya se han escabullido a sus casas, o eso me parece, pues no soy capaz de ver otra silueta humana a mi alrededor. Yo mismo debería irme y dejar mi tarea y mi promesa para cuando no diluvie. Sin embargo, la lluvia es agradable. Limpia nuestras impurezas. Pronto ya no queda grasa de cordero en mis dedos ni en mi barbilla. Un agua más pura y gratificante que la extraída de nuestros estanques y arroyos lava mi boca. Incluso mi mano herida duele menos bajo esta balsámica lluvia. Deslizo la lengua por el labio superior saboreando el aguacero. No es dulce ni completamente insípido. De repente me siento sobrio, lúcido, pero es que he bebido mucho menos que la mayoría.
Esta noche la luna no asoma por ningún lado, por supuesto. Las nubes, tal como las imagino, son bajas, un pesado manto tejido de negro y gris. Por el momento no se ha levantado ni un soplo de viento que aleje de aquí esta lluvia para que empape las lejanas tierras de nuestros vecinos en lugar de las nuestras. Es de esperar que la tormenta se acomode sobre nosotros y persevere hasta el amanecer. Mañana nuestros campos y veredas estarán salpicados de charcos y lodazales. Nuestros aljibes y albercas estarán a rebosar y todos nos alegraremos. Aunque ahora mismo, empapado por este aguacero, me cueste aceptarlo, somos los beneficiarios de una más de las dotes de la naturaleza. De cualquier modo dudo bastante que la señora Beldam se deje persuadir de que el granero es el mejor lugar donde buscar un refugio seguro esta noche contra los elementos.
Camino por la embarrada vereda dejando atrás los edificios de la hacienda del amo, sus jardines y establos, en dirección a la soñada aguja de la iglesia que nunca fue. No me vendría mal algo de luz, aunque no hay farol en este mundo —por bien cerrado que esté— cuya llama pueda sobrevivir por mucho tiempo a esta lluvia. He de confiar en mi experiencia de doce años aquí, más de doce años viviendo, trabajando y caminando por estas tierras. La tormenta ha despojado al mundo de todos sus colores, los habituales malvas y azules que visten la noche. Pero ahora soy capaz de distinguir algunas siluetas. Ese viejo roble achaparrado, esa sibilante hiedra, el olmo polvoriento que pronto tendrá que ser talado y hecho leña antes de que se venga abajo bloqueando el paso en el sendero. Reconozco las formas y ondulaciones de las cercas a ambos lados del camino, dónde hay huecos y dónde portillas, cuándo me aproximo a una bifurcación y cuándo se acerca una leve pendiente y dónde se pueden encontrar las ciruelas de las que obtenemos cada año el jugo más delicioso. Percibo un sinfín de olores que soy capaz de nombrar. Los establos del amo, por supuesto, y también el granero. Pero también hay aromas más agradables. El olor acre, avivado por la lluvia, de los árboles centenarios. El olor a pan horneado de la madera en descomposición. El tufo a orina y miel de los manzanos. Me muevo por mi pueblo a medianoche como lo haría un ciego, dejándome guiar por la nariz, los oídos y el tacto y por las más vagas y negras formas que yacen a mi alrededor.
Veo a los hombres antes de que escuchen mis pasos o perciban mi presencia. O más bien distingo la cruz de anchas alas, más voluminosa ahora de lo habitual, engalanada como está con los cuerpos empapados de los prisioneros. Permanezco de pie y observo la escena desde una distancia prudencial sin atreverme a revelar mi presencia y disfrutando un poco más de lo que para ellos ha de ser una pesada condena, la incesante lluvia. No pueden hacerme ningún daño, es cierto. Sus brazos están encadenados y sus cuellos inmovilizados. El único riesgo posible es que me suelten una coz. He de acercarme a ellos como quien se aproxima a un par de caballos de tiro, evitando sus cuartos traseros. Contengo la respiración para no ser descubierto. Qué silencioso está todo a pesar de la lluvia inclemente. Tengo la sensación de que no hay un solo ser vivo a mi alrededor. La noche es abrumadora. Ningún búho ni zorro se atreve a aventurarse en esta negrura. Incluso los árboles parecen haberse detenido, resistiéndose al arrullo del viento, para contener el aliento y contemplar como yo el triste espectáculo de la picota.
Si yo pudiera, si tuviera los poderes de un mago o de un dios, construiría ahora mismo la entrada de nuestra iglesia. Levantaría un arco sobre este patíbulo. Lo cubriría con un palio para que esos dos hombres no se mojaran. Ahora que mis ojos se han acostumbrado a la oscuridad puedo verlos mejor. Esta misma mañana me convencí a mí mismo de que era lo mejor para todos mordernos la lengua por el momento y permitir que fueran estos forasteros quienes cargaran con la culpa de lo ocurrido. Ahora, sin embargo, bajo estas pesadas nubes, me doy cuenta de mi estupidez. No, llamemos a las cosas por su nombre, mi cobardía y mi falta de honestidad. Y la palabra cargar en este caso no ha de decirse a la ligera. La lluvia sólo es disfrutable para quienes no están obligados a dormir al raso, para quienes tienen a mano un paño con el que secarse, un tejado sobre sus cabezas, una cama en la que calentarse y dulces sueños a cuyo ritmo mecerse. Esta noche ni la señora Beldam ni su familia están entre los beneficiarios de este don concedido por la Naturaleza.
Me aproximo a ellos y les hablo. «Me llamo Walter Thirsk… Walt». No hay respuesta. «No estaba allí esta mañana, cuando tensasteis vuestros arcos», digo. Han de entenderlo lo antes posible, yo no estaba entre sus acusadores. Yo no agité mi garrote contra ellos. No ayudé a afeitarles la cabeza. No los conduje hasta la picota. No deben saber que tampoco yo hablé en su favor. De hecho, soy el único en todo el pueblo contra el que no habrían de albergar rencor alguno. Pero no responden. Permanecen inertes como el ganado mientras se alimenta, con la cabeza inclinada hacia el suelo. La lluvia cae sin cesar sobre sus cabezas y cuellos y les arroya por la espalda. Se diría que una soga de agua de lluvia inmoviliza sus cuerpos. El más joven levanta levemente la mandíbula y me mira, después deja caer de nuevo la cabeza. Está exhausto a causa del peso de su propio cráneo. El más bajo mueve los pies tratando de acomodar su cuerpo en una posición menos penosa.
Como era de esperar, no consigo encontrar un leño para que el padre apoye los pies. No con esta oscuridad y con este tiempo. La madera más cercana está a un buen paseo de distancia, más allá de los campos de labor. No tengo la menor intención de ir de expedición a estas horas de la noche. Debería haberlo planeado antes. Quizá haber enviado a un par de chiquillos a buscar un tronco. Me olvidé. Pero sé que hay una gran pila de piedras destinadas a la construcción de la iglesia a escasos metros de la picota. No sería difícil levantar una que no fuera muy pesada y llevarla hasta donde están los dos hombres. Y no lo es, al menos al principio. Después la mano herida, de la que no me acordaba desde hacía un rato, me vuelve a doler. La he tratado mal, la he puesto a prueba demasiadas veces durante esta noche. La escasa costra que hubiera podido formarse se habrá caído. No puedo examinar ahora el daño pero sin duda puedo sentirlo. Dejo caer la piedra e intento hacerla rodar con una sola mano, pero el suelo es demasiado irregular y la piedra demasiado angulosa para eso. Consigo darle la vuelta una o dos veces pero parece tener vida propia y entre sus intenciones no figura la de avanzar en dirección a la picota.
No se me ocurre ningún objeto de los que tengo en casa que pueda servir como percha para sujetar a un anciano. Tengo un banco junto a la puerta, pero es de roble y demasiado pesado. Harían falta dos hombres fuertes para transportarlo. Tengo un arcón y un pequeño cofre, pero no están reforzados con hierro y por tanto son demasiado frágiles para soportar el peso de un hombre, incluso uno de baja estatura. Mis dos barriles están llenos, con lo cual también son demasiado pesados como para moverlos de un lado a otro. A menos que esté dispuesto a cargar su peso sobre mi espalda y permanecer sobre el suelo mojado el resto de la noche, será mejor esperar a mañana. He de cuidar mi mano si quiero volver a trabajar. Además, este asunto de la picota no es sólo problema mío y probablemente no sea tan urgente como había pensado. El viejo ya ha aguantado la mayor parte del día de puntillas, así que seguro que podrá soportar esta noche. Al amanecer llamaré a John Carr y juntos lograremos mover una de esas piedras o transportar el banco sujetando cada uno un extremo, algo que sí podré hacer con una sola mano. Mejor aún, puedo agarrar a un par de chiquillos y enviarlos al bosque a buscar algunos troncos. Pero por el momento he de preocuparme por mi herida. De repente me siento avergonzado. Vuelvo a caminar en la oscuridad bajo la lluvia. Ninguno de los dos hombres ha pronunciado palabra.
Ahora podré dedicar todas mis atenciones a la señora Beldam y, como el amo Kent me pidió —me ordenó, en realidad—, buscarla y acompañarla hasta el granero. Raras veces lo he decepcionado. Es algo de lo que me enorgullezco. Mi padre antes que yo fue empleado de su padre. Mi madre fue su nodriza. Tenemos prácticamente la misma edad y probablemente mamamos de su pecho y engordamos mejilla con mejilla cuando éramos lactantes. No puedo decir que seamos hermanos, pertenecemos a clases sociales muy diferentes. Sin embargo jugamos juntos en los jardines de su padre. A veces compartía conmigo sus libros y en su compañía pude aprender a leer, a escribir y a calcular —menos torpemente que él, me atrevo a decir —. He sido su sirviente desde que ambos éramos imberbes. Y fui yo el único a quien eligió para acompañarlo cuando Lucy Jordan aceptó convertirse en su esposa y él se hizo cargo de estas tierras y de esta vieja finca señorial. Demostró ser mi amigo al permitirme abandonar mis obligaciones directas para con él cuando yo mismo encontré esposa, mi dulce Cecily, hallando un insospechado consuelo, para un hombre acostumbrado a trabajar toda su vida en los mercados de los pueblos, al poder laborar junto a ella y sus vecinos en estas apartadas tierras. Le dije que me había enamorado de Cecily, de su risa franca, de las pecas de su cuello, de su fortaleza, pero también de las fértiles tierras de esta región. Él me respondió: «Ve entonces y comienza a labrar esa tierra». Esa es mi historia.
Nunca olvidaré esos primeros días de juegos ni mi deuda con la familia Kent. Siempre he considerado mi deber particular hablar en su favor ante mis vecinos cuando alguien mostraba su descontento. En más de una ocasión incluso me he dirigido directamente a él para comunicarle alguna negligencia o motivo de queja que podía llegar a dañar su posición aquí. Si el amo Kent me ha pedido que me ocupase de su ganado, de recolectar sus árboles frutales o de arreglar un daño en su tejado siempre lo he hecho de inmediato y sin murmurar queja alguna ni pedirle nada a cambio. No pretendo parecer un santo aureolado de obediencia. Sólo he sido sensato —y leal—, en interés de ambos. Por el bien de todos, se podría decir. A pesar de haber compartido juegos y diversiones en nuestra juventud, nunca me he permitido decirle: «Tu tejado puede esperar. He de atender a nuestros bueyes». Jamás le he preguntado: «¿Qué son esas dos cosas que cuelgan a tus costados, Charles Kent? A mí me parecen manos y brazos. Así que recoge tú mismo el fruto de tus huertos». No, siempre me he ganado su respeto mostrándole mi apoyo. Por tanto confía en mí y se inquietará, se decepcionará probablemente, si mañana voy a su casa para decirle que ni siquiera intenté llevar a la mujer a su granero porque mi mano estaba dolorida. A buen seguro pensará: ¿acaso hace falta una mano sana para hacer lo que he pedido? En ningún momento me dijo que debía levantar del suelo a la señora Beldam y llevarla a cuestas.
Por eso, en vez de largarme chapoteando a casa para secarme, ponerme ropa seca y dormir el resto de la noche, únicamente hago una breve parada para cambiarme de calzones, buscar mi sombrero de ala ancha y mi jubón de cuero. Sólo pienso en recorrer a toda prisa el camino en dirección al claro cercano a la vega desde donde esta mañana ascendía hacia el cielo el penacho de humo más oscuro. No esta mañana, ayer por la mañana. La medianoche ya nos ha dejado atrás hace rato. Sin duda la mujer habrá regresado a su ruinosa y chorreante madriguera. ¿Adónde si no? Allí la encontraré.
Mis pensamientos no son del todo generosos. La señora Beldam me ha echado el lazo, no se trata del perenne amor de mi Cecily. Es algo nuevo y diferente y más perturbador. A primera vista mi esposa era al mismo tiempo la promesa de un hogar acogedor, una mujer hermosa, vital, alentadora y cálida. Cuando me dejó, lo hizo tranquila y llena de esperanza. Sostenerla en mis brazos durante nuestra noche de bodas —bueno, en realidad antes de la noche de bodas— fue para mí como llegar finalmente al perdurable destino del cual ya nunca tendría que alejarme en los años venideros. No obstante, ella nunca fue el fulminante rayo que cantan los juglares. En cambio, al ver por primera vez a la señora Beldam algo se removió dentro de mí. Cuando vi su rasurada silueta aparecer en el umbral del granero me sentí como si también yo hubiera estado comiendo las setas mágicas de Brooker Higgs. Y ahora que espero volver a verla, ahora que me acerco al lugar donde podría haber buscado refugio, mi cabeza comienza a danzar bajo unas luces más oscuras y espectrales. Mi corazón late más rápido. Siento una audacia repentina e instantes después un miedo que me consume. He sido viudo durante demasiado tiempo. Si hay una luna tras esas nubes, sin duda ha de ser azul y sensual. Hay deseo y magia en este aire nocturno.
Está claro que no soy el único que se siente así. Hay otros hombres en los alrededores. Oigo sus pasos y distingo sus figuras en la distancia, demasiado altos y anchos de hombros como para ser la mujer que persigo. Sin duda ellos también pueden verme y se dirán en voz baja: «Ese es el sombrero de Walter Thirsk. ¿Qué habrá traído a ese vejestorio hasta aquí a tales horas una noche como esta?». Al menos mi recado no es clandestino. Sólo cumplo los deseos de mi patrón. No tengo esposa ni familia a la que ocultar mis intenciones como esas otras exaltadas figuras que hoy vagan en mitad de la noche. Aún no he pecado contra esa mujer, excepto de pensamiento, claro está. He pensado que quizá no quisiera pasar la noche sola en ese inhóspito granero y preferiría una cálida cama en un hogar como Dios manda. Yo mismo la secaré con mi mano herida. Mi mano herida conseguirá compensarla por los sinsabores de este aciago día.
Me resulta difícil encontrar la choza, aunque poco a poco mis ojos de nuevo se acostumbran a la oscuridad. Las nubes de algún modo parecen menos densas. La luz de la luna no ha aparecido pero al menos se vislumbra la callada promesa del amanecer, lo suficiente en todo caso para distinguir formas y contornos. Ahí está la gran masa negra de árboles, de cuyas ramas el agua cae sin cesar, ruidosamente. También lo que queda de lo que fue su hogar. Estoy a punto de gritar su nombre. No me importa que mis vecinos me oigan. Quiero que sepan que no tengo nada que ocultar. Pero hemos descuidado nuestra hospitalidad. No sabemos el nombre de la mujer. Señora Beldam no servirá. Entonces, solamente señora. Y eso es lo que grito. Pero no hay respuesta. Tampoco cuando me acerco a la cabaña y, como un joven lunático, aparto los restos de arpillera y las tablas caídas. El bosque es un tumulto de ruido y lluvia. Bajo un estruendo de cascadas oigo inseguras pisadas que podrían ser de cualquiera, una tos —de un hombre o de un zorro— y el chasquido de las ramas al partirse. Grito unas veinte veces: «¡Señora!». Pero en vano. Se habrá refugiado en otro lugar. O quizá me esté escuchando y no quiere responder.