Cosecha
Capítulo 2
E sta noche el pueblo está en llamas, pero no a causa del fuego. Por la mañana, cuando el incendio en el establo del amo al fin fue sofocado y no quedaba del lugar más que cenizas empapadas, el ánimo de mis vecinos era atrevido y pendenciero. El aire estaba cargado de ansiedad. Con el amo Kent —por lo general, cuidadoso hasta de dónde caga su caballo— cabalgando a lomos de su yegua rescatada al final de la comitiva, el grupo se puso en marcha por el camino de carretas con el diablo guiando sus pasos, algo sólo posible en uno de esos días en que no hay nada más que hacer, en dirección al segundo penacho de humo que aún se elevaba hacia el cielo en el horizonte. Algunos de ellos iban armados —¿o es más apropiado acaso decir pertrechados?— con palos y duelas y, en palabras de John Carr, «algunos aperos más viles». No somos gente violenta por estos pagos. Pero nos sentimos desnudos sin nuestras herramientas. Y tiene sentido que en un lugar tan remoto como este, donde la riqueza es escasa y todos nuestros esfuerzos están dirigidos únicamente a poner una comida más sobre la mesa cada día, nos mostremos recelosos y protectores con nuestro modesto mundo y también temerosos por nuestras raquíticas vidas. Quizá sea el amo Kent el dueño de estas tierras. Sus documentos y títulos de propiedad dan fe de ello. El señorío le pertenece por derecho de matrimonio y a través de su suegro y antiguo propietario, Edmund Jordan, y su hija Lucy Kent, ambos fallecidos y enterrados a unos escasos ochenta metros de mi casa, en el camposanto sin iglesia de nuestro pueblo.
¿Pero de qué sirven los documentos cuando las cosechas han de ser recogidas? Únicamente las manos endurecidas por el trabajo pueden llevar a cabo semejante tarea. Y el amo Kent, con todos sus legajos y pergaminos, sería el hombre más pobre de la región si solamente contara con sus manos y las de nadie más para trabajar su propiedad. Estaría cubierto de vejigas al mediodía y hambriento para siempre. ¿Qué terrateniente ha llegado a encallecer sus manos a fuerza de usar la guadaña y el arado? Nuestras son las obras que marcan la diferencia. No, nuestro antiguo acuerdo dice que, aunque solamente seamos el buey para su ronzal, nos está permitido mostrarnos posesivos con esta tierra y con los derechos comunales a ella vinculados. Y todo ello a pesar de carecer de cualquier documento que lo certifique. Y es razonable, creo yo, sentirse ofendido por una ley elaborada en un lugar ignoto que otorga el derecho a asentarse y cede una porción de lo que es nuestro a cualquier vagabundo capaz de levantar cuatro paredes y encender un fuego antes de que nos demos cuenta y podamos echarlo. Es cierto, por supuesto, que algunos de nosotros llegamos aquí de esa manera y no hace tanto tiempo. Yo mismo soy uno de esos forasteros. Pero los tiempos han cambiado. Hemos ido decreciendo en número a lo largo de los años, desde que yo llegué aquí como criado personal de mi patrón. Nuestras hectáreas de tierra no dan suficiente fruto para alimentarnos a todos. Hemos perdido a muchos amigos pero no hemos tenido demasiado éxito a la hora de criar herederos o engendrar una prole vigorosa. Nos hacemos viejos y vacilantes. Las cosechas han sido escasas en los últimos años. Hay días en invierno en los que nuestro ganado cena y nosotros no. ¿Por qué motivo deberíamos compartir lo poco que tenemos con unos extraños?
En cualquier caso, ¿qué se puede decir sobre un recién llegado tan sólo observando el humo de su hogar, excepto que él o ella están esperando? ¿O pidiendo? Algún vendedor ambulante ocasional, algún hojalatero o carpintero de paso ya ha intentado —y fracasado— ganarse la vida entre nosotros. Sabemos que hay ladrones de ganado más allá de estos bosques, que los viajeros son asaltados en los caminos, que los vagabundos y las familias errantes descienden, como los grajos y los cuervos, sobre ciertos lugares para saquearlos antes de volver a desaparecer. Lo que hemos de preguntarnos es por qué esta gente ha llegado justo ahora que hemos recogido la cosecha. ¿Se trata acaso de otro acto de Dios? ¿Mala suerte, en otras palabras, y nadie a quien culpar? Un santo pensaría de ese modo. Un santo querría darles la bienvenida y estrechar sus manos. Nosotros, sin embargo, más temerosos que los santos, reservamos los apretones de manos para los nuestros. Además, tocar la piel de un extraño siempre es peligroso. No acojas a nadie antes de conocer el apellido de su familia, solemos decir. Este año hemos sido afortunados, después de todo. No hemos perdido a ningún vecino a causa de las plagas y hasta ahora solamente ha habido una muerte —terrible, eso sí— debida a las fiebres. Pero, como es sabido, el contagio es un pasajero astuto, un polizón. Puedo imaginar úlceras ocultas y sarpullidos en la espalda y en las nalgas de nuestros visitantes. Y comprendo por qué culparlos a ellos por lo que los gemelos y Brooker Higgs han hecho puede ser una bendición disfrazada. Es cierto, me sentía agradecido por poder estar en casa esta mañana y no en compañía de mis vecinos, aunque eso significase perderme el primer avistamiento de la criatura que nos ha abrasado con su fuego.
Me senté a la entrada de mi casa, con la mano herida reposando abierta sobre la rodilla, la palma hacia arriba, para que el aire aliviase el escozor. No es habitual poder contemplar en soledad las casas de mis vecinos, o en todo caso compartir la vista solamente con los cerdos y las aves de corral. El silencio era curativo pero también resultaba escalofriante en cierto modo el hecho de estar sentado en un banco de madera de roble, madera que yo mismo había arrancado de establos en ruinas que tiempo atrás habrían hecho las veces de vivienda provisional a alguna familia errante. Puedo ver la casa abandonada e invadida por la hiedra, junto al hogar de los Carr, un hogar que aún estaba habitado y lleno de vida cuando llegué a este pueblo; también el descuidado jardín de la viuda Goose, donde su marido solía cultivar rábanos y coles rozadas, caléndulas y tomillo; y, un poco más lejos, con su propio sendero de entrada, los escombros de la casita donde Cecily, mi esposa, se crió. No, no nos falta sitio para compartir. Y fácilmente podríamos proporcionar a los recién llegados un lugar donde vivir si fuésemos menos desconfiados ante la aparición de cualquier hombre o mujer no nacido con tierra de este suelo bajo las uñas. Algunos brazos extra nos serían muy útiles en lo venidero, especialmente ahora que mi mano izquierda será de poca ayuda y estamos faltos de hombres y mujeres jóvenes. Golpeo el banco con mi mano sana hasta que me duelen los nudillos. No me merezco la posibilidad de relajarme.
En momentos así es cuando más echo de menos lugares más grandes, las plazas del mercado de los pueblos que conocí, libertades más propias de la juventud, las oportunidades que tuve y que dejé pasar. Mis vecinos oriundos de este lugar se han atrincherado para protegerse del mundo exterior. Están demasiado apegados a su tierra, demasiado encerrados en sí mismos para llegar a hacer buenas migas con cualquier recién llegado. No están acostumbrados a la hospitalidad y no quieren estarlo. No hay otro pueblo, de costa a costa, que reciba a menos extraños que este. En todos los años transcurridos desde mi llegada junto al amo Kent no ha habido ni una sola alma que se haya instalado aquí por mucho tiempo o esperado hacerlo. ¿Quién, después de haberle echado un vistazo a este lugar y sin ningún interés o empresa que lo obligue a quedarse, elegiría crear un hogar entre vecinos tan poco amigables? Sin embargo, ahora soy parte de esta comunidad, soy uno de ellos. También yo me he convertido en un gruñón y he llegado a acostumbrarme a este diminuto Reino de parientes cercanos en el que cualquiera que no sea pariente sanguíneo acabará casándose con alguien que sí lo es. La hija de una familia es sobrina en otra, y también tía y nuera dos casas más allá. Y si tú mismo no eres un Saxton, un Derby o un Higgs, al menos tendrás a tu alrededor a toda una patulea de allegados que sí lo son. Somos como una colonia de grajos —una casta, podría decirse—, y como los grajos también nosotros hemos llegado a emitir los mismos sonidos y a tener el mismo aspecto. Tantos gruñones, tantas rubias, tantas barbas rizadas, tantas miradas del color del berilo, tantos brazos y piernas rechonchos que nadie necesita mencionarlos ni tan siquiera fijarse en ellos… A no ser que algún visitante que se sale de la norma llegue de repente para recordárselo. Pero incluso yo he llegado a desarrollar con el paso de los años mi propio juego de brazos y piernas gordezuelos, y eso que llegué a este lugar siendo tan flaco y desgarbado como el señor Quill.
La última casa erigida dentro de los límites de nuestras tierras es, según todos los informes, bastante miserable. Los recién llegados se han limitado a recoger troncos caídos del bosque para levantar una suerte de empalizada de cuatro lados, más adecuada para albergar a una pareja de cerdos que a una familia. Esas cuatro paredes son para hombres que prefieren arrastrarse a estar de pie. Están enjalbegadas con tierra y hojas, y a modo de tejado han colocado un tipo de arpillera poco apropiada para impedir la entrada de la luz del sol y menos aún la de la lluvia. ¿Es esa madriguera motivo suficiente para adquirir derechos en estas tierras? Me temo que nadie está seguro de la respuesta. Pero de ser así, entonces los zorros, los tejones e incluso los topos podrían reclamar sus derechos comunales y comenzar a servirse libremente de nuestras aves, nuestra fruta y nuestra leña. Por eso nadie espera que estos forasteros, estos hongos que tratan de alimentarse a nuestra costa, estos asesinos de palomas o quienesquiera que sean, decidan quedarse una noche más en cuanto descubran cuán apática, y quizá también hostil, puede ser nuestra bienvenida. Entonces continuarán su viaje. Nosotros mismos los acompañaremos hasta los límites de estas tierras y les indicaremos, gustosos, el camino a seguir.
La lumbre que produjo la leve columna de humo verdinegro al amanecer ya se había extinguido cuando mis vecinos y el amo Kent llegaron al claro cercano a la vega donde nuestras tierras limitan con densos bosques. Incluso el señor Quill ha ido renqueando tras ellos, libreta en mano, como siempre ocurre con este tipo de caballeros, tomando notas, haciendo dibujos y esperando no ser excluido de los dramas de ese día. Aunque el fuego estaba apagado en la improvisada fogata y cierta esforzada ama de casa se había encargado de remover las cenizas, la confirmación de todo cuanto mis vecinos esperaban encontrar —y por la que Brooker y los gemelos rezaban— yacía en el suelo a la vista de todos. Huesos de pájaro, mordisqueados y completamente limpios. Edmund Derby, el mayor de los gemelos y por lo general el más silencioso, señaló los restos con la gran autoridad que le confería su dedo índice y dijo: «La comida de nuestros queridos invitados. Uno de los pájaros de nuestro patrón». Sin duda la pasada noche los recién llegados habían roído carne de paloma, como si fueran «grandes señores en un festín». Aunque al parecer, según mi vecino John Carr, que se tomó la molestia de inspeccionar los restos revolviéndolos con el pie, la paloma en cuestión tenía plumas oscuras, huesos cortos y pico amarillo. En todo caso, ninguno de mis vecinos se mostró dispuesto a ser disuadido por dicho hallazgo. Era más fácil creer que, sirviéndose de alguna enrevesada argucia, los pirómanos habían logrado dar a su presa el aspecto de un mirlo.
No había ni rastro de algo vivo fuera del refugio y cuando sus habitantes nocturnos fueron convocados a gritos y exigida su presencia a base de ruido y del entrechocar de los útiles de trabajo, tampoco apareció nadie. Brooker Higgs fue el primero en levantar su vara y golpear la techumbre de la casa, creyendo quizá que de un solo golpe la derrumbaría, ganándose de paso el aplauso de la concurrencia. Su garrote produjo un sonido sordo e inesperado, como cuando se golpea un saco de paja, y para sorpresa de todos, el tejado, que tras unos instantes parecía haber soportado el golpe, se hundió. ¿Qué hombre fornido no sería capaz de derribar un pedazo de arpillera? Las improvisadas paredes de madera, sin embargo, resultaron ser más firmes y fuertes de lo que parecían.
Algunos hombres más se adelantaron entonces empuñando herramientas más pesadas y habrían puesto fin a la tarea de no ser porque, antes de que pudieran descargar un segundo golpe, un par de desconocidos —un joven con pelo estropajoso y barba rala e incipiente y un hombre de menor estatura y más viejo, el padre probablemente— salieron de entre los árboles sosteniendo sendos arcos, con las cuerdas tensas y listos para disparar en caso necesario. Igual que la mayoría de los varones de estas regiones, parecían saber perfectamente cómo lanzar una flecha llegada la ocasión. Parecían desconcertados más que beligerantes. Tenían, en otras palabras, un aspecto más inocente del que hubiéramos deseado. Con los ojos entrecerrados y la frente arrugada, parecían decir: «¿Qué clase de villanía es esta que hace que palos y porras golpeen la puerta de un pobre hombre?».
Los gemelos y Brooker Higgs ya no quisieron seguir formando parte de las primeras filas integradas por los vecinos más agresivos, y no solamente porque las flechas de los extraños parecían apuntar directamente al pecho de Brooker. Siendo el único que había causado daños hasta el momento, sin duda él sería el merecedor del posible castigo. Se abrió paso entre la multitud hasta que su pecho quedó al fin fuera de peligro y a continuación —no es ningún idiota— se agachó para parecer más bajito. Las mujeres ocultaron a sus hijos y también retrocedieron. La viuda Goose, según me han dicho, se desmayó, desplomándose sobre un lecho de ortigas. Los otros, hombres más valientes y arrojados, plantaron cara a las flechas adoptando una postura defensiva, doblando los codos sobre la cintura para proteger sus órganos vitales.
El amo Kent desmontó entonces de Willowjack y permaneció tras ella. No estaba siendo cobarde sino sensato. Los demás se desplegaron, ampliando así el posible objetivo de los desconocidos, mientras calculaban mentalmente si las probabilidades estaban de su parte; es decir, si veinte hombres fornidos defendiendo la tierra que el mismo Dios les había dado, armados con palos e incluso con alguna hoz afilada, serían capaces de acabar con dos forasteros con un par de flechas. En cuanto sendas flechas fueran disparadas, sin importar el daño que hubieran hecho, la partida habría terminado y comenzaría entonces el linchamiento. Como he dicho, no somos gente violenta. Somos, sin embargo, asustadizos, orgullosos y obedientes. Hacemos lo que tenemos que hacer. Pero en esos momentos, según me han dicho, un ánimo sanguinario se había apoderado de los presentes. Dos cazadores furtivos, además de pirómanos, se enfrentaban a nosotros armados con arcos y flechas. Nunca antes habíamos sido objeto de semejante falta de respeto y de tan descarado sacrilegio. El día se había oscurecido de repente.
El señor Quill, a pesar de no estar lo que se dice en forma, demostró entonces gran valentía. ¿O se trataba de simple cortesía? Se adelantó torpemente, desplegando la misma estúpida sonrisa que ayer nos había acompañado durante toda la jornada en los campos. Por un momento pareció que también él se disponía a descargar un golpe sobre la madriguera, listo para recibir como recompensa una saeta de madera de álamo ensartada en su corazón. Y en efecto, uno de los forasteros apuntó con su arco al señor Quill, tensando aún más la cuerda y ajustando la flecha, y dijo con un acento que nadie había oído antes: «No te acerques». Pero el amanuense del amo Kent hizo caso omiso. Tenía otros planes. De qué planes se trataban, mis vecinos nunca lo sabrían. Cuatro o cinco de ellos se habían adelantado aprovechando lo que describieron como astuta distracción del señor Quill. Mientras él entretenía a los forasteros con su resuelta sonrisa, alzando las palmas de las manos para mostrarles que no tenían nada que temer, nuestros hombres más audaces consiguieron estrechar el cerco a los desconocidos. Dos pasos más y todo habría terminado. Si el señor Quill resultaba sacrificado en el intento, ese era un precio que podían permitirse pagar. Después de todo, él tampoco era uno de los nuestros. Nadie se había acostumbrado aún a su presencia. Y no importaba en absoluto si sus garabatos quedaban incompletos. En cualquier caso, no me atrevo a afirmar que hayan llegado a pensar que su muerte habría sido provechosa.
En ese momento apareció la mujer. Todos los testigos se mostraron ansiosos por describir la visión de la mujer saliendo de su refugio. Había permanecido escondida todo el tiempo bajo el techo de arpillera, me cuentan excitados la mayoría de quienes la vieron salir. Ella es el principal tema de conversación esta noche. Mientras sus hombres —sólo Dios sabe qué parentesco puede haber entre los tres— se ocultaban entre los árboles, ella evidentemente estaba en el interior de su tosca vivienda observando, entre las tablas enjalbegadas con barro y tierra, los movimientos de lo que me veo obligado a denominar la turba, integrada por los hombres y mujeres de mi pueblo. Se preguntaría acerca de los motivos de la furia que los había llevado hasta allí, mientras contemplaba los garrotes y las brillantes hojas de sus hoces. Habría visto impotente cómo un joven fortachón, con ojos verdes y apáticos como los del gato doméstico, se acercaba y, a golpes de garrote, conseguía que el tejado de su casa se hundiera sobre su cabeza. El rostro que apareció entre los escombros estaba cubierto de sangre y sus negros cabellos parecían aún más oscuros a causa de la herida abierta de su cabeza.
El encuentro, según me han dicho, se transformó en algo completamente diferente con la aparición de la sangre. Lo que hasta el momento había sido un enfrentamiento rutinario entre dos grupos de hombres, dos grupos de hombres armados, ambos preparados para defenderse sin atender a las consecuencias, se convirtió en un instante en algo vergonzoso. La herida de la mujer era demasiado roja y fresca como para pasarla por alto. De hecho, la sangre corría por sus mejillas como las lágrimas. De inmediato, las mujeres del pueblo comenzaron a apelar a la cordura de ambas partes. Sus hombres no intentaron avanzar ni un paso más; dejaron caer las armas en la maleza o las sostuvieron ya sin intención de atacar. De nuevo fue el señor Quill quien hizo lo que no se esperaba de él. Aun a pesar de la amenaza del arco siguió avanzando torpemente, apartó las ramas más altas que hasta hacía poco cubrían aquel refugio, extendió la mano y ayudó a la ensangrentada mujer a salir hacia la luz.
¿Qué podían hacer con ella? No era hermosa, no a primera vista al menos. Tenía lo que podríamos llamar —a sus espaldas, claro está— cara de comadreja, de anchos pómulos, labios finos, mandíbula pequeña y nariz de botón. Y sus ojos y sus cabellos eran tan brillantes, oscuros y amenazadores como las bayas de belladona. Lo que llamó la atención de nuestras mujeres desde el primer momento fue el chal de terciopelo con el que se cubría los hombros. De un tejido señorial y a buen seguro costoso, de color malva turco y rematado con hilos de plata. El primer impulso fue exclamar: «¡Cuidado con el chal!». La sangre que le corría por el rostro se había ido acumulado en la barbilla y de un momento a otro comenzaría a gotear arruinando la exquisita tela. Una segunda reflexión siguió enseguida a la anterior: una prenda así es demasiado para esa mujer. Una mujer de su clase jamás podría tener un chal como ese, a menos que lo hubiera robado. Ni siquiera Lucy Kent, la esposa del patrón, había tenido un chal así. En efecto, nunca antes, hasta donde podemos recordar, se había visto en el pueblo una prenda tan exquisita. No es sorprendente, pues, que muchas de nuestras esposas e hijas la contemplaran con los ojos llenos de envidia deseando sentir su tacto entre los dedos, mientras se preguntaban qué posibilidades tenían de llegar a lucirlo.
Los hombres del pueblo no se mostraron tan impresionados por aquel trozo de tela. Por supuesto se fijaron en él y, de algún modo, sintieron que añadía una deseable nota de color a la escena. Fantasearon haciendo uso de él, extendido en algún escondido rincón de aquellos prados, lejos de la vista de sus esposas. Pero, como es habitual en los hombres, ellos medían a aquella mujer según criterios que trascendían los límites de su ropa. La examinaron cuidadosamente —pezuñas, cuernos y rabo— y a continuación estudiaron a sus dos hombres. Lo que vieron fue algo que fácilmente podía llegar a contaminar sus sueños. Una mujer de anchas caderas cuya visión los fascinaba de un modo que nunca serían capaces de explicar, más aún por el hecho de no ser hermosa ni escultural sino más bien alguien accesible y al mismo tiempo desafiante y orgullosa. Mantenía la cabeza alta, las aletas de la nariz hinchadas en gesto de desdén, los labios apretados. Ni siquiera bajó la mirada mientras el señor Quill la ayudaba a abandonar las tristes ruinas de su hogar. Tendría, según me dijeron, más de treinta años, por lo que parecía improbable (y, por supuesto, preferible) que ninguno de los dos hombres fuera su marido. El mayor tenía el pelo cano y ya escaso, posiblemente su padre, aunque cualquier parecido facial quedaba oculto tras su barba. El otro hombre era al menos diez años más joven que ella, pero sus cabellos eran igual de negros. Su hermano, sin duda. Se trataba de una familia. Y no era arriesgado decir que la hija de aquella casa aún estaba disponible a pesar de su edad. Posiblemente era viuda, con todo lo que ello implica: sería una mujer curtida y experimentada y también hambrienta de compañía. En un pueblo como el nuestro, donde las mujeres mueren antes que los hombres, muchos de mis vecinos habrán visto de inmediato en ella una tentadora oportunidad. Mientras las mujeres la habrían acogido como a un miembro más de su pequeño reino, llegando a aceptarla como una compañera de juegos de sus hijos y a considerarla incluso como una prima o una sobrina y alegrándose de que alumbrara a varios querubines de negros cabellos, aquellos hombres la habrían encerrado en su madriguera desde el primer momento en que la vieron aparecer. Difícilmente algo así podría considerarse un grave pecado. Las mujeres locales son vistas como la tierra, propiedad vitalicia de sus padres, sus esposos y después sus hijos; son primero adjudicadas y después cercadas, y cuando es necesario se habla por ellas. No está permitido traspasar sus límites ni adentrarse en ellas más allá de lo debido. Pero esta recién llegada —esta forastera— era diferente, no era mejor que cualquier porción de terruño ignorado y sin dueño en tierras comunales. Y como cualquier pichón o liebre en un coto, era una espléndida pieza de caza.
Sin embargo, había que respetar la ley escrita. El amo Kent, que aún debía hacer valer su presencia y autoridad, montó de nuevo a Willowjack y se acercó lentamente hasta el claro cercano a la casa, donde los tres forasteros y el señor Quill permanecían quietos como boliches y sin pronunciar palabra. Comprendo el proceder del patrón y entiendo por qué hizo lo que hizo. Comprendió que había permitido que ocurriera algo descabellado, de modo que decidió ponerle fin del mismo modo y, señalando los dos arcos, dijo:
—Bajad las armas. Este no es lugar para ruf… —los habría llamado rufianes de no ser por la feroz mirada que le lanzó la mujer. De modo que se corrigió—: ¡Este no es lugar para malos modales!
Ella soltó una carcajada.
—¡Pues no hemos visto otra cosa desde que llegamos aquí! —dijo—. ¿Qué delito hemos cometido para que vengáis a amenazarnos agitando vuestros palos?
—No es mi intención amenazar a nadie. Y no lo voy a hacer. Pero ustedes dos, señores —dijo señalando a los dos varones— deben pagar por las aves que cenaron ayer y que no les pertenecían —hemos visto los huesos limpios— aprendiendo mejores modales en la picota. Digamos durante una semana. Entregarán sus arcos… Y ambos serán rasurados, como marca por su condición de sospechosos viajeros.
¿Una semana? ¿Desarmados? ¿Afeitados? Un modesto castigo, sin duda. Y una feliz oportunidad para mantener a la mujer en nuestros dominios y separada de sus hombres durante el tiempo suficiente para que cada uno de los nuestros tenga ocasión de probar suerte con ella. Entonces ella escupió en el suelo, entre las pezuñas de la yegua. En cualquier caso se trataba de una grave provocación que el amo Kent no podía pasar por alto.
—Puedes considerarte afortunada, porque no hay espacio suficiente para los tres en la picota —dijo sin dirigirse a ella, por si de nuevo le lanzaba una de sus miradas —. Y da gracias que en estos pagos somos gente amable y nos preocupamos por nuestra agua, pues de otro modo te ahogaríamos en la charca del pueblo. Sin embargo serás esquilada, igual que tus hombres. Así, mientras tu pelo vuelve a crecer, tendrás tiempo para considerar tu desdén hacia nosotros.
Esta vez la flema de la mujer alcanzó a Willowjack, dejando un rosario de perlas deslizándose por su flanco.