Cosecha

Jim Crace · Capítulo 4 de 17

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Cosecha

Capítulo 4

 

Q uiso la suerte que a la mañana siguiente fuera designado ayudante del señor Quill durante toda la semana. Mi mano herida me exime de las labores de trilla en los graneros. El amo Kent insiste en que así sea. Una vez más, demuestra ser mi amigo. No debo coger herramientas ni intentar transportar objetos de ninguna clase, me advierte. Cualquier esfuerzo o movimiento brusco provocará que las ampollas que se han ido formando alrededor de la quemadura estallen. Resumiendo, no soy apto para trabajar. «Y nunca lo has sido», le gustaría añadir. Quizá le gustaría acogerme de nuevo como su ayudante personal. El grano será separado de la paja sin mi ayuda durante los próximos días. Mi principal deber ahora es cuidar mi mano. Todos hemos conocido a hombres y mujeres que perdieron un miembro y después la vida a causa de una herida mal curada. He de mantenerla fresca y seca y al descubierto para que le dé el aire, de modo que la piel lacerada del centro de la quemadura se vaya cayendo por sí sola o formando una costra. De momento está demasiado tierna para secarse y endurecer y rezuma líquidos como los que normalmente fluyen de mi nariz cuando me resfrío. Y el dolor, aunque menos agudo de lo que ha sido, es difícilmente soportable. Es implacable. No conseguí pegar ojo durante la noche anterior, es decir, la parte de la noche que pasé temblando en la cama y no caminando bajo la lluvia persiguiendo a mi hechicera. Ahora camino con la mano extendida y protegida delante de mí. Durante toda la jornada representaré el papel de mendigo, según parece. Mis vecinos observan con detenimiento la palma de mi mano, levantan las cejas y me desean que me recupere. Pero yo sospecho que están celosos a causa de mi sencilla ocupación. Ya me han etiquetado como palafrenero mayor del señor Quill. Estoy seguro de que nos ven como a una pareja algo cómica: el cojo y el mendigo, ambos heridos en la parte izquierda y con un solo par de manos útiles entre los dos. En cualquier caso no estoy tan inútil como para evitar pasar por el prado antes de que comience mi jornada de trabajo junto al señor Quill. Los muchachos llevan trabajando entre los rastrojos desde el amanecer, manteniendo alejados a los pájaros a pedradas, haciendo sonar carracas y con la ayuda de sus hondas, pero sin poner un pie en el campo propiamente dicho. Ellos no se han ganado aún ese privilegio. Su coro matutino nos apremia a levantarnos de la cama lo antes posible para acudir al encuentro de nuestra nueva Reina.

El pueblo ha sido purificado y cubierto de barro a partes iguales después de la tormenta, pero las nubes al fin se han retirado. El nuevo día promete ser difícil y soleado. Ya a estas horas es lo suficientemente luminoso y cálido para obligarnos a emprender el camino tocados con sombreros de paja. Todos nos sentimos cansados tras la cosecha en mayor o menor medida, y no es modorra por la cerveza de anoche —bueno, no sólo es eso—, ni el hecho de tener los hombros abrasados por culpa de los dos fuegos todavía recientes y de los disturbios que siguieron. Son las fatigas de todo un año. Los deberes diarios han conseguido postergar la aparición del agotamiento para después minar aún más nuestras fuerzas concediéndonos una jornada de descanso. Nuestros músculos no están acostumbrados. Un músculo que no se ejercita se queda rígido como una rama secándose al sol. En eso nos parecemos a todo cuanto nos rodea, a todo cuanto podemos ver, escuchar y oler. A pesar de la reparadora lluvia reciente y de los charcos que anegan el paisaje, incluso nuestra tierra está cansada tras la cosecha. También nuestros caminos y veredas. Hasta hoy hemos estado demasiado ocupados para darnos cuenta de lo destrozados que están por el hollar de las pezuñas y el paso de las ruedas de los carros. Deteriorados, desfigurados e irreconocibles a causa de las constantes idas y venidas motivadas por el penoso trabajo y por el esfuerzo de nuestras bestias de carga. Cada paso que hemos dado desde la última helada del final del invierno anterior —se diría que han transcurrido eras— ha quedado grabado en esta tierra.

El viento que se levantó ayer después de haber despachado las últimas gavillas desperdigó por el campo las barcias más finas y ligeras. El pueblo entero ha quedado salpicado y cubierto de cascarilla. Los serbales que se alzan entre nuestras casas y los campos de labor aún están engalanados con ella a pesar de la lluvia. En los márgenes del sendero que separa el campo de cultivo y el de la seca han ido cayendo, desde los carros y carretillas, pequeños manojos de cebada de las gavillas mal atadas que atraen a los gorriones y a los petirrojos que ahora se pelean por el cereal. También hay huellas en el suelo que indican que los cerdos de algún vecino se han escapado y han estado husmeando y escarbando en busca de granos caídos. Hay una silenciosa calma en el aire, tan dulce y lleno de vida está que queremos respirarlo lentamente, a pequeños y preciosos sorbos, como quien bebe un saludable reconstituyente. Nadie que conozca este ajetreado, benévolo y fragante universo de plantíos y las inequívocas huellas de su calendario podría confundir esta paz balsámica y este silencio con algo que no sea el Día de la Cosecha.

Ahora que estamos reunidos a la entrada del prado, permanecemos de pie y esperamos. Con el repentino final de nuestro baile la noche pasada y la irrupción de la tormenta no pudimos elegir a nuestra Reina. Semejante negligencia podría traer mala suerte. Nunca antes nos habíamos despertado el Día del Espigador sin haber escogido a nuestra soberana y acudido a su encuentro en este campo al inicio del día. Sin embargo, el amo Kent ha dicho que lo arreglaríamos esta misma mañana. Así que todas las muchachas y las mujeres solteras se han vestido con sus mejores galas, o para ser exactos las han tomado prestadas de sus madres. De los cofres de sus dotes, de sus cestos de costura y de los jardines y setos de sus casas han escogido lo necesario para confeccionarse adornos y lazos amarillos y guirnaldas a base de hierba cana, lombriguera y pilosellas. Las más ambiciosas se han untado las mejillas y los antebrazos con una pasta hecha a base de pétalos dorados. Todas ofrecen a la concurrencia un aire regio y a la vez pestilente.

Ya podemos ver cómo se acerca el amo Kent, botando sobre los setos de la avenida de su heredad mientras cabalga a lomos de su Willowjack. También él ha realizado un gran esfuerzo para este día. Lleva su mejor chistera —reservada por lo general para celebraciones poco frecuentes como bodas y funerales— y la ha adornado con dos cenefas de colores, una amarillo limón y otra verde manzana, reliquias de su difunta esposa. Ella estaba enamorada de la luz. Ahora dedicamos unos minutos a examinar a nuestras muchachas y a escoger a aquella por la cual alzaremos nuestras voces. También es la oportunidad para contemplar con calma, de un extremo al otro, nuestro campo de cebada y dar las gracias, no a un ser superior sino a la misma tierra. ¿De verdad ha transcurrido casi un año ya desde que sacamos del prado al último buey con el arado, los ojos puestos en las lejanas copas de los árboles del valle, trazando surcos profundos y rectos, en aquel día que recuerdo oscuro y frío? Después, en cuanto el frío endureció los terrones, regresamos para limpiar los surcos y robustecer los bordes hasta conseguir el lecho más adecuado para acomodar la cebada, retirando todas las piedras de la superficie. ¿Medio año ha pasado desde que en primavera contemplamos de nuevo esas copas lejanas, que ya comenzaban a cubrirse de hojas, y nos desplegamos por el campo para repartir las semillas, lanzando a cada paso generosos puñados de grano, esparciendo pequeñas promesas a manos llenas? Este año las primeras lluvias suaves tardaron en llegar. El campo se tiñó de verde con lentitud y los primeros brotes que se atrevieron a asomar fueron tímidos y endebles. Contemplábamos la cebada con ansiedad, primero temiendo la sequía y después, una vez que las plantas alcanzaron la altura de la rodilla de un hombre adulto, rezando al cielo para que no nos trajera vendavales.

Esta es nuestra costumbre. Vivimos siempre temerosos por nuestras cosechas, y hay épocas, en mi caso al menos y especialmente por las noches, en la soledad de mi frío lecho, en que mi cuerpo termina por resentirse bajo los envites de esta tiranía del miedo. Escucho el azote del viento y su fuerza incansable y, sin saber por qué, mis ánimos se encienden. En los últimos tiempos, me agito en sueños ante visiones de campos arrasados. Me despierto abatido e incapaz de cruzar la mirada con mis vecinos. Deben pensarse que ya no los aprecio, que he dejado de amar este lugar.

Cuando por primera vez llegué a estas vecindades pensé que había descubierto, si no el paraíso, sí al menos una fructífera posibilidad, cierta honesta libertad y cierta perspectiva a la hora de contemplar el mundo. ¡Qué tierras tan fértiles! Jamás había visto antes unos cielos y una tierra tan generosos. Recuerdo la primera semana que pasé aquí siendo todavía el sirviente de mi patrón. Salí a caminar por las tierras comunales hasta la linde del bosque sin osar adentrarme en él pero tocando todo cuanto veía a mi alrededor. Creí haber encontrado un tesoro. Apoyé mi nariz contra el tronco de un árbol y me sorprendió el añejo dulzor de su corteza. Permanecí de pie observando a las hormigas, sin adivinar aún los trabajos que me aguardaban, tan laboriosos como los de ellas. Recogí una flor y la guardé bajo mi gorra. Y poco después mis ojos descubrieron a Cecily y entreví la posibilidad de construir un futuro aquí. Comencé a cortejarla trabajando a su lado en los campos, codo con codo, atendiendo el ansia de la tierra que la vio nacer. Mi labor era un acto de amor. Mis músculos, poco acostumbrados al trabajo, crecieron y sufrieron por ella. El arado descansó sobre mis hombros por ella. Me volví tan duro como la madera de fresno. No tenía otra alternativa. La naturaleza es dura y peleona. Si busca enfrentarse contigo, la lucha acabará dejándote sus marcas y sus cicatrices. Quiere callos en las palmas de tus manos, quiere tus ojos llenos de tierra. Quiere arañar y desgarrar la piel de tus brazos y tus piernas con zarzas y espinos cada vez que te sales del camino marcado. Pero eso era precisamente lo que más me gustaba de la vida en el pueblo, el modo en que uno se ve obligado a plantar cara a la vida y a un mundo impredecible y voluble, un mundo que, en el lugar de donde procedemos el amo Kent y yo, sólo se manifestaba mediante las malas hierbas en las grietas del pavimento y con la forma de los productos procedentes del campo que se ponían a la venta en los mercados, siempre maduros y aparecidos como por arte de magia traídos de Dios sabe dónde. En la ciudad no importaba si llovía o soplaba el viento día y noche, bastaba con cubrirse la cabeza con una capucha o cerrar puertas y ventanas a cal y canto. Los elementos no suponían ninguna amenaza para nosotros. Por aquel entonces el sol no era mi amigo ni mi enemigo.

No puedo decir que eche de menos aquello, sin embargo hoy en día estoy menos satisfecho de lo que debería. Aquí poseo un escenario donde moverme y un papel que representar. Soy afortunado. Pero doce años en este lugar no han conseguido que me sienta como en casa. No, ya no tengo un verdadero hogar y no lo he tenido desde que la fiebre, ese despiadado saqueador nocturno, brutal como un zorro, me robó a mi Cecily. Sin mi Cecily ya no queda rastro de amor en mi trabajo. Sólo cumplo con mi deber. Nunca seré un Rogers, un Derby o un Higgs, tan enraizados en la urdimbre de este lugar que ninguna otra vida les parecería posible. Su mayor riqueza es la ignorancia de la opulencia ajena. Yo no soy un fruto de estos pagos, de estas tierras comunales. Sólo soy un visitante que se ha quedado. Y ahora que estos nuevos forasteros han llegado —estos tres invasores de nuestra tierra, estos tambaleantes vagabundos con sus carromatos— estoy más inquieto. Su presencia aquí es el recordatorio de que existe otro mundo más allá de las copas de esos árboles, un mundo que está por encima del tiránico paso de las estaciones, un mundo «reinventado», como dijo el señor Quill, donde existen infinitos «porvenires». De pie ahora, en el umbral de este campo de cultivo, me pregunto qué tendrá reservado para mí el futuro.

El amo Kent llega al fin con su alegre sombrero y consigue que mis ensoñaciones se desvanezcan. Además de las cintas de su sombrero, se ha anudado lazos dorados a la altura de los tobillos y ha decorado la crin de Willowjack con cintas amarillas. El señor Quill, que los ha acompañado durante todo el camino a pie, lleva calzas cortas y lazos en los puños y en el cuello de la camisa, una alegre efigie en tela de nuestra picota. Por supuesto, es todo sonrisas. Es difícil leer el rostro de un hombre que siempre se esconde tras una máscara sonriente. El amo no desmonta. Imagino que ha decidido permanecer sobre la silla durante toda la ceremonia y hoy tiene un aspecto algo frágil e inusualmente ansioso. Sin embargo, se las arregla para pronunciar un bonito discurso, dirigiéndose a nosotros desde lo alto, como un cazador hablando afectuosamente a sus perros y a sus bateadores. «Es este un noble día», dice, ciñéndose a la tradición. «Todo cuanto hemos cosechado es nuestro por derecho, así es. Somos libres de recoger los restos de cebada para las ollas de nuestras cocinas, para guisar, para hacer cerveza o como rastrojos». La comunidad no necesita ni un grano de más. «Después de nosotros» dice, «y siguiendo el orden del escalafón, soltaremos a nuestro ganado en los campos para que dé buena cuenta de lo que queda y elimine las malas hierbas. A continuación será el turno de los gansos, para que engorden. Y finalmente permitiremos que los cerdos escarben y olisqueen la tierra con sus pezuñas y hocicos». Sorprendentemente no menciona, como es costumbre cada año, que los cerdos precederán a nuestros arados. Cada año, este campo de cebada se reserva para plantar trigo durante el invierno (como siempre «la cerveza antes que el pan»), de modo que tendremos que comenzar a ararlo pronto, antes de que el verano se extinga. Quizá me inquieto sin motivo, pero el silencio en lo referente a esta cuestión, su elección de «y finalmente nuestros cerdos» en lugar de «finalmente los bueyes y los arados» me resulta alarmante. Quizá ese nuevo orden provechoso para todos que reveló la pasada noche podría ser ya a estas alturas mucho más sustancial que un simple sueño o una intención a largo plazo por la que no merezca la pena preocuparse. Es posible que el amo Kent no espere que volvamos a utilizar nuestros arados. Quizá esta haya sido nuestra última cosecha.

En cualquier caso, ahora tenemos asuntos más alegres que atender. El amo Kent sugiere que sea Philip Earle —nuestro señor Quill, nuestro violinista— quien tenga la gentileza de elegir a la Reina de la Cosecha de este año: «Sin duda podemos esperar de él que sea un juez imparcial». Las chiquillas y las mozas se adelantan y forman una fila delante de él, haciendo mohines y pequeñas reverencias. Él hace todo lo posible por mantener la sonrisa y aparentar que es un buen juez, pero no podemos evitar fijarnos en que su mirada reposa durante más tiempo en las mozas más crecidas y con más curvas, y en cómo estas se ruborizan. No es que el señor Quill sea un hombre atractivo o con buena planta, aunque su aparente fortuna y su amabilidad puedan llegar a ser, llegado el caso, cualidades a su favor. Tampoco hay nada que indique que el señor Quill esté buscando novia. Es sólo que este pequeño ritual conlleva ciertas connotaciones y matices que hacen que a veces prefiriéramos que en este día a ninguna de esas niñas les hubieran crecido aún los pechos. Los padres se sienten a la vez seducidos e incómodos, pues se ven obligados a contemplar a sus propias hijas y a las hijas de sus vecinos bajo una nueva e incierta luz.

Ahora mismo el señor Quill está meditando su decisión, considerando dramáticamente sus opciones. Para nuestro regocijo, se mesa su encerada barba en forma de pala. Nuestras risas son sonoras y algo exageradas. Observamos cómo contempla el horizonte sobre nuestras cabezas, con la esperanza quizá de que los árboles le sirvan de inspiración o con el secreto deseo de ver aparecer a la señora Beldam tocada con su chal de terciopelo. Posiblemente nuestro lisiado violinista, nuestro juez imparcial, pretendiera alzar su mano para escogerla a ella como Reina de la Cosecha, convirtiéndola así en una de los nuestros. Los hombres se dan la vuelta y dirigen la mirada hacia los bosques donde algunos de ellos —doy fe— caminaron buscándola bajo la lluvia la noche pasada y donde todos —no me cuesta imaginarlo — vagaron persiguiéndola en sueños. En cierto modo espero, y temo, descubrir una sonrisa de complicidad en el rostro de alguno, la sonrisa de un avispado muchacho que supo sacar provecho de la lluvia al encontrar a la angustiada señora Beldam y ofrecerle un lugar cálido y acogedor donde poder pasar juntos la noche.

El juez escoge, dulcemente, a la que menos esperamos. Elige a la pequeña Lizzie, la sobrina de John Carr y posiblemente uno de nuestros prestados. No ha cumplido cinco años y es una chiquilla desgarbada y poco bonita aún. Pero sin duda hoy ha hecho todo lo posible por engalanarse. Es con diferencia la flor más amarilla de todas las presentes. Su felicidad por haber sido escogida está cargada de inocencia y es incapaz de disimularla. De modo que, al parecer, el señor Quill ha hecho una buena elección al descartar a las chicas mayores. De todas formas, ella evita que la coja de la mano. Da un paso atrás cada vez que él se le acerca, algo asustada por su sonrisa y su extraña forma de caminar. Así que es el amo Kent quien se hace cargo de la situación. Retira de su chistera la banda de color verde y se agacha sin desmontar de su silla para colocarla sobre su cabeza. Su corona. «Has de guardarla con cuidado», le dice. En esos momentos, las mayores están rojas de celos.

El padre de Lizzie Carr y su tío John hacen un sillón para la Reina uniendo sus manos y la llevan en volandas hasta el límite del prado. La pequeña no está del todo segura de qué es lo que ha de hacer exactamente a continuación. Sólo sabe que ahora es el centro de atención, y no del todo bienintencionada en algunos casos. Su propia hermana la ha pellizcado y le ha hecho daño en la pierna. Le gustaría echar a correr o esconderse y poder dar rienda suelta a las lágrimas. Pero el amo Kent ha desmontado del caballo y se acerca a ella para ayudarla a descender de su improvisada silla. «Quítate las zapatillas, ve descalza y camina sobre el prado», le susurra. «Lo único que tienes que hacer es encontrar un solo grano, uno solo. Después te aclamaremos y serás nuestra Reina durante todo el año». Posa su mano sobre el hombro de la pequeña empujándola suavemente y ella hace lo que se le ha dicho, bendiciendo el prado con los dedos de sus pies descalzos. Los tallos son demasiado duros para sus piececitos al principio, pero tras unos pasos de tanteo encuentra suelo más limpio. Entonces se arrodilla y se inclina hacia delante para buscar el cereal. La corona se cae de su cabeza —es el único toque de verde en todo el campo—, pero Lizzie Carr no se da prisa en recogerla. Ha encontrado algo más que un grano, ha encontrado una espiga entera, perfecta e intacta, tan larga y ancha como el dedo corazón de un hombre, con aristas tan afiladas como hojas de cardencha. Ya es lo bastante mayor como para saber separar el grano de cebada deslizando sus dedos contra las cerdas. Sopla en la palma de su mano para limpiar los copos y segundos después la levanta para mostrarnos las perlas de cebada. Este momento siempre es emocionante. Nuestros esfuerzos de todo un año están dirigidos hacia este preciso instante. Doce pequeños indicios de lo que será nuestro pan y nuestra bebida, cada uno de ellos escondido y envuelto en un diminuto grano de forma ovalada, dispersos sobre la inmaculada piel de una niña. ¿Qué otra cosa podemos hacer sino lanzar al aire nuestros sombreros y vitorear?

El señor Quill está a mi lado. Se siente agradecido por haberme ofrecido a ayudarle, dice. Comprende bien que hoy estoy impedido pero no tiene en mente otra cosa más que leves tareas. Se sentirá en deuda conmigo si lo acompaño hasta los límites del pueblo nombrando todo cuanto vemos. También espera que le preste mi hombro para transportar la bolsa con sus herramientas y diagramas y que después utilice mi mano sana para preparar sus botes de pinturas de colores y finalmente curtir la piel del ternero que aún se está secando colgada de una de las vigas del granero a la espera de servirle como vitela. La necesita con urgencia para elaborar los mapas de la tierra del amo Kent. Normalmente no me gusta perder la oportunidad de recoger mi parte de los restos de la cosecha. Siempre espero hacerme con el suficiente grano para poder elaborar mi propia cerveza y un poco de harina para las gachas, además de algo de alimento para que pasen el invierno George y Gorge, la pareja de cerdos que comparto con John Carr y su familia. En esta ocasión, sin embargo, el señor Quill me propone una actividad más disfrutable —además de una oportunidad para descubrir lo que le ocurrió la pasada noche a la señora Beldam— mientras los demás doblan el lomo para examinar los rastrojos de nuestro prado.

El amo Kent permanece a nuestro lado disfrutando del ruidoso ajetreo de los espigadores en su exhaustivo y meticuloso deambular. Muchos de mis vecinos ya han conseguido recoger el equivalente a una gavilla de buen tamaño. Sostienen el botín, una lacia crin de rubios tallos, en una mano, mientras con la otra seleccionan el grano como gallinas picoteando en su corral. El amo Kent se ha colocado una espiga de cebada en la banda amarilla que aún queda en su sombrero, para que le dé buena suerte. La necesita. Sabe que mi búsqueda de la mujer ha fracasado, pues no acudió a su granero durante la noche. Tímidamente admite que esperó su llegada hasta una hora que consideró «insensata», con lo cual quiere decir, imagino, que permaneció vigilante hasta que el último de los toneles de cerveza estuvo vacío. Atribulado por algo más que los efectos de la cerveza o por la aparente desaparición de una mujer que hasta hace dos días era para él una completa desconocida y cuya cabeza ordenó afeitar sin demasiados miramientos. Se sintió confundido y al principio incluso avergonzado esta mañana al pasar a caballo a una distancia prudencial ante la picota, me dice, al ser abucheado e insultado de forma estridente, maníaca e incivilizada y con el más vulgar de los lenguajes por el más joven de los dos prisioneros. No, no está dispuesto a repetir semejantes palabras en tan noble día. «Cualquiera pensaría que era yo el criminal. Ese hombre es un rufián, no me cabe la menor duda. Pero al parecer yo soy un monstruoso asesino, o algo peor. Dijo que se vengaría, y después me maldijo. “¡Asesino! ¡Asesino!”, siguió gritando mientras me alejaba». El padre ni tan siquiera levantó la cabeza, lo que en cierto modo le hizo sentirse incluso peor, me confiesa.

Supongo que ya no tiene importancia si conseguí o no aliviar el sufrimiento del más bajito llevando a rastras hasta allí una piedra o un leño sobre el que poder reposar sus pies. Al final han demostrado su insolencia. Pero el amo Kent puede permitirse el lujo de ignorar sus insultos. Cualquier duda que pudiera albergar acerca de si merecían o no ser encadenados en la picota ya se habrá disuelto a estas alturas. De modo que no se trata solamente de eso. Una carga más pesada reposa sobre sus hombros esta mañana, algo más penoso que la reciente pérdida de su establo y su criadero de palomas. No lo había visto tan hundido desde el día en que su esposa Lucy y su hijita murieron durante el parto. Arqueo las cejas y hago una inclinación de cabeza a su paso para hacerle saber que me ha dado que pensar verlo así y que estoy preocupado.

—Ven a verme a casa, Walt, cuando el señor Earle dé por concluida la jornada — me dice, haciendo uso de la forma familiar de mi nombre, algo poco habitual—. Hay algunos asuntos que quiero comentarte.

Y lleva un dedo a sus labios, confiando en mi silencio.

El señor Quill no es un hombre ágil. Tiene más de erizo que de zorro. Es cuidadoso y tranquilo. No le gusta perder detalle. Pero su apacible compañía me resulta agradable. Espera de mí el mismo sosiego y paciencia a la hora de contemplar cada cosa que encontramos, como si fuera algo nuevo para mí. Los escollos y contrariedades de nuestra vida cotidiana se convierten en algo menos trivial bajo su atento escrutinio.

—¿Adónde piensas llevarme primero? —pregunta.

Y la mera cuestión ya me confiere un cierto estatus de autoridad y solvencia a sus ojos. Es muy de agradecer la consideración que me muestra.

—Empezaremos por inspeccionar la vega. Y desde ahí iremos ascendiendo — sugiero sonriendo interiormente.

La mencionada vega no es otra cosa que una húmeda vaguada que todos conocemos por el nombre del Cagadero. Se trata de tierra pantanosa, situada a un nivel más bajo que el arroyo, por lo que es seguro utilizarla no sólo como osario donde arrojar los cuerpos y esqueletos de las reses muertas y a cualquier animal demasiado enfermo para servirnos de alimento, sino también como improvisado retrete al aire libre. Se drena por sí solo y todos los detritus desaparecen con el tiempo bajo esa húmeda tierra. Las letrinas cerradas de madera construidas cerca de nuestras casas son más cómodas, sobre todo en mitad de la noche y durante el invierno, pero muchos de nosotros, principalmente los hombres, preferimos vaciar las tripas en un lugar en el que la Naturaleza se ocupa de llevar a cabo el trabajo sucio y de hacer desaparecer el hedor tan pronto como se produce. En las letrinas, en cambio, el olor permanece a pesar de que el encargado de las heces —tarea de la que todos nos hacemos cargo tarde o temprano semanalmente—, tras cubrirse nariz y boca y pala en mano, las retira con ayuda de un carretillo. Sin embargo, los hedores no se retiran a paladas. Nunca verás un carretillo cargado de olor.

Mientras nos acercamos al Cagadero trato de avanzar lo más ruidosamente que puedo y de alzar la voz para que el eco se la lleve bien lejos. Cualquiera que nos haya precedido agradecerá la advertencia de nuestra llegada, especialmente cuando a mi lado camina un recién llegado a estas pedanías al que probablemente no le agradará el dudoso espectáculo de contemplar a un hombre con el culo al aire in medias res. Pero no espero encontrarme con nadie allí, aunque se trata de un lugar en el que, en un día normal, hay muchas otras tareas que realizar además de arrugar el entrecejo en cuclillas esperando un poco de intimidad. Allí se recogen juncos para las velas, helechos para los jergones, barro para hacer ladrillos y turba que se utilizará como combustible para el invierno y para cubrir los tejados. Hoy, en cambio, yo voy en representación de todos —menos de la señora Beldam, a la que me muero por encontrar—. Todos mis vecinos estarán espigando cebada hasta el mediodía y después se reunirán en el granero para la trilla hasta el anochecer; hoy y durante los días que haga falta, hasta que se termine el trabajo y mientras inexorablemente se aproximan los meses del hambre. No, no creo que encontremos a nadie. Hoy el señor Quill y yo tendremos las lindes y las tierras comunales para nosotros solos.

El sendero está cubierto por la vegetación y deliberadamente abandonado. La hiedra lo invade todo procurando a los usuarios cierta privacidad a ojos de los posibles visitantes. Abro un hueco para que el señor Quill siga avanzando y pronto llegamos a los límites de la vega, con los pies enterrados en el barro —y nada más que barro, lo compruebo— a causa de la lluvia de la otra noche. Podemos ver cómo la ciénaga, en los lugares que no están ocultos por un denso telón de hayas y robles, despide vapores que dibujan formas imposibles bajo los rayos del sol. El aire hoy es extraordinariamente cálido y está cargado de aromas. De no ser por el cielo azul, sólo salpicado por pequeñas plumas blancas de niebla que se levantan de cuando en cuando, pensaría que se acerca otra tormenta. Por lo demás, todo me resulta familiar. El montón de huesos del ganado, los habituales puercos escarbando y olisqueando entre las inmundicias, los cadáveres hinchados de algún otro miembro de su especie muerto a causa de los quistes, el sendero de pronunciada pendiente que solemos utilizar para sacar la turba en carretilla, el brillo oleoso en las zonas donde el cenagal es más profundo y el murmullo de las aguas más enérgico, la barrera de matorral y sauce de cabra con cuya madera hacemos cayados y a cuyo arropo cualquier hombre necesitado de privacidad puede acuclillarse y hablar a solas sin temor a ser molestado. Tampoco hay rastro aquí de la señora Beldam.

El señor Quill está demasiado encantado con nuestro paseo para percibir alguna cosa que no le cause placer. El olor es aún peor de lo habitual pero, si acaso es consciente de él, parece no molestarle. Lo confunde con la naturaleza salvaje. Ni siquiera parece haber visto el osario, con su ejército de moscas zumbando alrededor. Se limita a comentar que es un lugar pacífico y aislado cuya belleza hace que uno se sienta más pequeño. Está ciego ante los nudos y espinas que envuelven nuestra vida aquí. Se agarra a mi brazo, presa de la excitación. Señala en la distancia, hacia el claro, a una enorme profusión de clavellinas, altísimas y de un estridente púrpura. Estridentes como también hoy lo son los pájaros, a pesar de las trampas que hemos puesto para atraparlos.

—Escucha su titeo —dice.

Deja un dedo extendido apuntando a las alturas e inclina la cabeza. Un pinzón le

conmina: «¡Paga rentas, paga rentas!». Y un zorzal se queja: «¡Tax-tax-tax!».[2]

Aunque para ser sincero, he de reconocer que la presencia del señor Quill me entristece en cierto modo. No pretendo exagerar, pero veo algo de mí mismo en él, algo que he perdido. Recuerdo la primera vez que contemplé esta vega, poco después de mi llegada aquí como hombre de confianza del amo Kent. El motivo de mi excursión, he de decir, no fue otro que ir al retrete. Era primavera. Las clavellinas apenas habían florecido. Pero las prímulas de largos tallos se alzaban en las pendientes sobre los botones de oro, las celidonias y los lirios que brotaban junto al fango. Los árboles exhibían sus primeras hojas, tan insolentes y alerta como las orejas de un ratón. Por eso, también yo me sentí diminuto rodeado de toda esa belleza y poco después por los carnales y fétidos olores que lo envolvían todo. Yo era inocente. Durante esa primera estación aquí, me enamoré de todo cuanto veía. Cada amanecer era como la Creación. La luz ascendía en el cielo y con ella llegaba la vida. Yo quería sumergirme en ella, implicarme en esa tierra, contribuir en el trabajo de esos campos. ¿Qué mayor propósito podía encontrar? ¿Había un mejor modo de pasar el resto de mis días? Nada de cuanto había visto antes me había hecho tan feliz. Me sentía más como un ángel que como una bestia.

A mis vecinos les divertía mi presencia, por supuesto, mi ansiedad de principiante. Para ellos el bulbo de un lirio era forraje para los cerdos, las celidonias no eran algo hermoso sino un enjuague para gargantas irritadas. Y las prímulas brotaban del suelo con el propósito de ser recogidas, hervidas y bebidas en infusión como remedio contra la parálisis, no para que yo las contemplara en un cagadero al aire libre.

—¿A qué lugar hemos venido a enterrarnos en vida? —me preguntó el amo Kent en una ocasión—. ¿Es que nadie sabe hablar aquí de otra cosa que del mejor modo de engordar el grano y a los cerdos?

—La cerveza y el tocino es lo único que importa aquí —respondí yo entonces, suspirando a modo de asentimiento.

En aquellos primeros tiempos temía que solamente los nacidos en este lugar pudieran soportar sus agonías. Pero desde el momento en que conocí a mi Cecily y me convertí en marido no tardé mucho en ser uno de ellos, un hombre de cerveza y tocino que sabía para qué sirven realmente los bulbos de los lirios. No necesité muchos días de trabajo para llegar a comprender que la tierra misma, ya sea césped o prado silvestre, es inflexible y severa. Es impaciente, en realidad. No puede esperar. No hay estación en la que podamos permitirnos detener el tiempo para dedicarnos a la meditación y el ensueño. Esta tierra no permite que dudemos o descansemos. No quiere que nos hagamos a un lado para comentar su belleza o componer canciones en su honor, pues no tiene tiempo para escucharlas. Lo único que quiere es que no nos agotemos para poder seguir adelante con nuestro duro trabajo. Quiere ver callos en nuestras manos, quiere ver nuestros cuellos y antebrazos negros como el roble en la chimenea; nos quiere flacos y nervudos a causa del trabajo. Nos somete bajo su yugo desde el amanecer hasta que las últimas luces se extinguen, sólo para después atormentarnos durante la noche. Esas son las rentas que hacían graznar al zorzal. Nuestra gran tarea año tras año es defendernos del hambre y derrotarlo con nuestros aperos y herramientas. El clamor es ensordecedor. Pero así es como hemos de vivir nuestras vidas.

Por eso la experiencia de esta mañana me afecta especialmente y me parece mucho más valiosa que estar atando gavillas. Me emociona que el buen humor del señor Quill me haga recordar mi juventud.

—¿Cómo se llama este sitio? —pregunta mientras de nuevo apartamos las cepas de hiedra para ascender a un nivel más alto.

—No tiene nombre —digo—. Es sólo una ciénaga. La ciénaga. ¿Qué nombre podríamos ponerle a un lugar así?

Prefiero no echar a perder sus diagramas con nombres como la Vega, el Cagadero o incluso el Osario.

—El Pantano de las Flores, quizá —dice.

—Sí, escriba eso.

Seguimos nuestro camino a paso de caracol hasta alcanzar los límites del pueblo. Llevo al señor Quill por la misma ruta que seguimos cada primavera, como comunidad, cuando hacemos inventario de lo que hemos recogido hasta el momento y de lo que esperamos recoger. Es entonces cuando golpeamos la cabeza de nuestros niños contra el mojón que marca los límites de nuestras tierras. Para que no olviden de dónde proceden, el lugar al que todos nosotros pertenecemos. Y los desafiamos a que se coman la hierba sobre la que están arrodillados para que prueben por sí mismos el forraje que alimenta a nuestro ganado. Normalmente este es el día en que ponemos en común nuestras quejas, en compañía y al aire libre, en un lugar donde las quejas no pueden sino ser expresadas con moderación y voces sosegadas. Ya puedo predecir cuáles serán las rabietas del año que viene, si es que el año que viene llega. Una de las mujeres de Higgs, por ejemplo, querrá ver incrementado el cupo que le corresponde a su familia. Ahora que tienen una boca más que alimentar en casa se creerá con derecho a más tierra comunal, a otro cerdo o, en caso de que eso no sea posible, a unos cuantos gansos extra. La madre de Thomas Rogers se quejará porque las casetas donde arrojamos los desperdicios de la comida, que después han de servir como abono, están demasiado cerca de su casa. Se ve obligada a sufrir los olores de nuestras cocinas y a soportar a las moscas de todo el pueblo. «Y nosotros tenemos que aguantar a tu hijo», le responderemos. Alguno de los más viejos refunfuñará con la misma cantinela de siempre, que los gemelos Derby, a pesar de su juventud, siempre llegan tarde al prado y se marchan antes que nadie. Esta próxima primavera, sin embargo, no tendremos que escuchar el habitual cacareo acerca de las palomas saqueadoras del amo: «Ellas se comen nuestro grano, él disfruta de sus huevos y nosotros no vemos beneficio alguno».

El paseo de hoy no servirá para hacer inventario de nuestras provisiones y no tengo intención de obligar al señor Quill a agacharse y golpear su cabeza contra el mojón que marca el límite de nuestras tierras ni le pediré que se coma la hierba. Él no ve nuestra parroquia con los ojos diligentes de un aldeano o un trabajador. No quiere escuchar nuestras quejas ni que le haga una lista detallada de nuestras tareas. No toma nota de que alguien debería arrancar las malas hierbas que han invadido el estanque si queremos atraer algún pato real hasta nuestras trampas. Tampoco le preocupa si algún roble centenario se ha vuelto demasiado frágil o si las abejas han formado un panal en su tronco, o si el árbol ha perdido su hermosa vestimenta de hojas y está ya dispuesto a caer bajo nuestras hachas y proveernos de leña para el invierno. No sabe qué tierra hemos de sembrar y cuál debemos dejar en barbecho el próximo año para que se recupere. Desconoce cuáles son los mejores juncos que hemos de emplear para urdir la estructura de vigas de un tejado o qué muro y qué cercados necesitan ser reparados y quién de los nuestros es el mejor para llevar a cabo ese trabajo.

Sin embargo, sí disfruta deteniéndose a cada paso, engalanado con sus alegres cintas amarillas, y comentando los detalles y la belleza del paisaje. Desea que nombre para él las plantas que vemos. Toma nota de ellas y en ocasiones arranca una hoja o una flor que después guarda entre las páginas de su cuaderno, su personal Naturalis Historia, imagino. Parece que inventariarlas es su manera de conocerlas. No me supone ningún esfuerzo nombrar hasta la última de las hierbas que descubrimos durante nuestro paseo. Hierbas medicinales, hierbas que sólo utilizamos para tratar a nuestras bestias, hierbas venenosas, hierbas del diablo, hierbas reservadas exclusivamente para los muertos, hierbas para los borrachos, hierbas con propiedades mágicas. Incluso me tomo la licencia de bautizar alguna que otra especialmente para él con nombres que invento. Debería existir una planta llamada purgatorio. Y otra llamada flechero. Le enseño espinosos cardos con cuyas raíces, está bien que lo sepa, es posible preparar filtros de amor. Le muestro hojas de bardana con las que envolver la manteca y también hojas de almendro para mantener a las polillas alejadas de la ropa. Me dice que soy el hombre más sabio que ha conocido. Aunque sospecho que no le impresionan los nombres de nuestros lugares. Le gustaría ponerles nombres con más relumbrón para después anotarlos junto a sus características y sus medidas. Pero sólo son nombres prácticos para el día a día. «Campo del este», le digo. «Campo del oeste y Campo sur. El plantío de lino de John Carr. El corral de los gansos de Higgs. El bosque de avellanos. La turbera. La madriguera». Solemos indicar también direcciones, le explico, o nombramos a una familia o indicamos lo que crece en cierto lugar. Somos gente sencilla e intentamos no complicarnos la vida.

—Tengo una pareja de cerdos llamados George y Gorge —digo finalmente—. Y el amo Kent llama a su caballo Willowjack aunque es en realidad una yegua, una Jill y no un Jack en todo caso. Estos son los mejores nombres que le puedo ofrecer. Ni siquiera tenemos uno para nuestro pueblo. Es simplemente el Pueblo. Y el pueblo está rodeado por las Tierras —añado—. Ni siquiera en los títulos y documentos del amo Kent recibimos un nombre. Constamos simplemente como Hacienda Jordan o Propiedad de Edmund Jordan, caballero. Fallecido tiempo atrás, por cierto.

—Es algo poco habitual —reconoce el señor Quill, aunque no toma ninguna nota.

En lugar de eso, por una vez y con evidente esfuerzo, consigue borrar la sonrisa de su cara y, tras comprobar que nadie nos observa, me coge del brazo.

—Tengo una difícil confidencia que hacerle —dice— y el amo Kent está de acuerdo en que debería compartirla exclusivamente con usted. Hay otro caballero… Esperamos su llegada. Se trata de otro Jordan, en realidad, que reclama sus derechos sobre… —el señor Quill dibuja con sus manos un gran círculo a su alrededor, abarcando con un solo gesto todo lo que poseemos— todo esto.

Al fin logro comprender el motivo de la evidente angustia de mi patrón. El viejo Edmund Jordan y su esposa tuvieron una hija, Lucy, pero ningún varón. De modo que cuando el padre murió, poco después de que Lucy se casara con el amo Kent, la hacienda y las propiedades fueron su única herencia. Herencia que según la ley debía ser dividida a partes iguales entre sus hijos varones. «Los hijos que concibiera», aclara el señor Quill.

—No hay hijos —digo—. Ella murió durante el parto esta primavera y, en cualquier caso, esperaba una niña… El amo Kent es el único heredero de la señora Lucy.

—Me temo que no. No es de su propia sangre. Un marido no es un pariente sanguíneo. Además, hay un primo. También llamado Edmund Jordan. Los cambios que el amo Kent propone no son idea suya. Cuesta creer que él desee hacer algo así. Esas ovejas, estos diagramas y tablas que preparo, como puede imaginar, han sido encargados por él. Y llega hoy mismo para hacer valer los que considera sus derechos.

De nuevo hemos ganado altura en nuestro paseo cuando la magnitud de las revelaciones me impacta verdaderamente. El campo de cebada ya está vacío. En estos momentos me resulta difícil no teñir de un oscuro significado esa imagen. No hay ni rastro de verde, ni siquiera está el lazo de Lizzie Carr. Las hectáreas de tierra cultivable parecen ondular y hundirse ante mis ojos, infinitas y monótonas. Vastas e insondables, sólo hablan de labranzas y cosechas, son un mar cuyo confín no se pierde entre las nubes o la niebla sino en una crepuscular distancia teñida de rojo. Los únicos restos que quedan por recoger se abandonan para disfrute de nuestras vacas y de los pájaros. Los pichones salvajes hacen pequeñas pausas y sacuden su plumaje, repleto ahora de grano y de un quisquilloso amor propio. Intento imaginar a la gente regresando para trabajar una vez más en este campo pero sólo puedo escuchar el extraño y fantasmal balido de las ovejas.

La reina y todos sus súbditos continúan la jornada de trilla en el granero y están demasiado ocupados cuando llego en compañía del señor Quill como para querer hacer una pausa y entablar conversación con nuestro curioso visitante. El mayal no dejará de girar sólo por él. Cada uno de sus golpes significa comida. Las gavillas de hoy han de quedar preparadas y las espigas han de ser almacenadas. Hay mucha paja que agitar para separarla del grano que después se volcará en cestos de mimbre. Y a continuación, a menos que esperemos alimentarnos a base de pan de hojas o carne de caballo, el grano ha de ser cribado antes de guardarlo en sacos que serán almacenados en los altillos. Lo que sobre o lo que se haya derramado es propiedad de ratas, ratones y cerdos. Introduzco mi mano sana en un saco medio lleno. Se hunde hasta el codo tan fácilmente como si la hubiera sumergido en el agua de un estanque. En efecto, los granos corren entre mis dedos como si de un líquido se tratara. He conocido mejores cosechas, años en los que el grano de cebada es gordo y claro. Uno no podría sacarse algo tan gordo de la nariz, solemos decir. Pero también he conocido años de hambruna en los que el cereal era duro y seco y nos vimos obligados a sobrevivir al invierno royendo huesos secos. Este año el grano es bastante bueno, pero sólo lo justo. No pasaremos hambre, pero tampoco engordaremos.

El señor Quill y yo nos mantenemos a cierta distancia de los grandes portones abiertos de par en par para no quedar cubiertos de polvo de cereal, observando como caballeros en una pelea de gallos. Él tiene las manos recogidas detrás de la espalda, preocupado quizá por el hecho de que sus palmas son demasiado blandas y están poco curtidas por el trabajo, y sin duda consciente del alto precio que todos los presentes tendrán que pagar por el hecho de que la señora Lucy no fuera capaz de alumbrar un hijo. Hago todo lo que puedo para que no se perciba en mi cara el peso de sus tristes confidencias. Dejo que mi mano herida cuelgue en mi costado izquierdo para que nadie ponga en duda el motivo por el cual hoy no estoy ayudándolos, y aun así espero —y creo merecer— mi parte de harina y de malta. Conozco bien a mis guasones vecinos. Sus sospechas acerca de cualquiera que no haya nacido dentro de los límites de estas tierras son inquebrantables. La próxima vez que me vean sentado en el banco a la entrada de mi casa, tomando una taza de té y una rodaja de pastel, se preguntarán si su sabor es más dulce por habérmelo ganado sin necesidad de trabajar. ¿Necesito ayuda, acaso, —ya que tengo la mano herida— para llevarme ese pedazo de pastel de cebada a la boca? ¿O quizá también quiero que alguien me lo mastique?

Me apresuro a llevarme de allí al señor Quill. Ya ha sonreído bastante, en mi opinión. Pero está de tan buen humor y es tan considerado que no parece dispuesto a marcharse del granero hasta haberse despedido de todo el mundo. Nadie le recompensa devolviéndole el saludo. Sólo uno o dos dejan de trabajar un instante y levantan la mirada confusos para averiguar quién se dirige a ellos. ¿Qué pretende este forastero? ¿Por qué se despide si nadie piensa marcharse hoy a ninguna parte?

Al fin, a solas de nuevo, avanzamos por la vereda que nos llevará, después de dejar atrás las vigas carbonizadas del establo y las cenizas de lo que fueron pacas de heno, hasta la torreta de la heredad del amo Kent. Nos hemos sacudido bien el polvo y la paja de los hombros, barbas y cabellos, aunque resulta evidente que el encerado y lanudo apéndice en forma de cuña del señor Quill no está del todo limpio de restos de cereal. Caminamos sumidos en una sombría conversación. A pesar de acarrear ahora el peso de lo que el señor Quill me ha revelado, el paseo ha sido tranquilo y agradable. Creo haber conseguido algo y, sin embargo, al mismo tiempo no puedo evitar sentirme estafado. Me gusta este hombre. Veo en él algún tipo de oportunidad, una manera de obtener beneficios de los cambios que se avecinan.

Cuando nos aproximamos al terreno de la iglesia me doy cuenta de que no he pensado en todo el día en la señora Beldam y en sus dos hombres. De repente me siento intranquilo. Desleal. De hecho, hago todo lo posible por evitar la vista de la picota de madera a nuestro paso. Y lo consigo. O al menos lo hago hasta que casi hemos llegado al huerto en cuyo sendero se amontona la fruta caída. Comienzo a dar patadas a las manzanas más grandes. Por supuesto, estoy inquieto. Y tengo buenos motivos para ello. Pero el señor Quill acaba de localizar al amo Kent. Desde donde estamos sólo podemos ver los hombros y la cabeza del patrón a lomos de su yegua, tocado con su mejor sombrero aún adornado con su banda amarillo limón. Da vueltas alrededor de la cruz y habla en voz alta consigo mismo. Su voz parece rota y alarmada. Se balancea adelante y atrás sobre su silla golpeándose los muslos con los puños y, como ha hecho en tantas ocasiones dentro de los límites de este terruño todavía sin santificar, recita sin cesar sus oraciones por los muertos.