Cosecha
Capítulo 6
E sta noche duermo en la cama de la viuda Goose. De vez en cuando me deslizo sigiloso como un gato a medianoche para frotar mi cara contra su puerta y susurrar su nombre por la rendija tan suavemente como puedo para que nadie me escuche. Nadie salvo ella, claro está. A veces ni siquiera ella me oye y, en el silencio de la espera, tengo tiempo para recuperar el sentido y volver arrastrándome hasta mi casa, insatisfecho y rabioso conmigo mismo. En otras ocasiones, en cambio —aunque menos a menudo, dado que su casa está más apartada del camino principal y por eso es más difícil oír lo que ocurre en su interior, de ahí que sea más adecuada que la mía para, en fin, acallar el escándalo de nuestros gritos—, es ella la que se presenta en mi puerta movida por similares impulsos. Es una prueba de que ambos tomamos parte en igual medida de nuestro pecado. Esta no es la fábula del zorro y la liebre. Su excusa para visitarme, su subterfugio, por emplear una palabra elegante que he escuchado esta tarde, es que ha venido a pedirme un trozo de vela o un poco de grasa, aunque nunca estoy seguro de si lo dice con segundas.
Una o dos veces he fingido no escuchar sus golpes en la puerta o incluso no haberme acostado en absoluto, sino estar llevando a cabo algún tipo de misión nocturna en otra parte; en el Cagadero, posiblemente, gozando de un tipo de desahogo bien diferente. En tales ocasiones me he sentido reacio a responder, como de costumbre, con un «Kitty, gatita, entra ya», pues al fin y al cabo esta es la misma cama que mi Cecily, mi pequeño tordo, mi esposa, compartió conmigo. Nuestra cama de matrimonio. Y aunque no soy tan estúpido como para pensar que aún me estará observando desde el cielo, no puedo negar que una mujer siempre deja su huella en nosotros, especialmente una mujer con la que has compartido tu vida durante once años y por la que tus sentimientos no han sido meramente físicos. En efecto, a veces, cuando me asalta la melancolía y me siento atrapado en las zanjas más profundas de la noche, deslizo mi mano por la superficie de nuestro tosco jergón y encuentro consuelo al percibir de nuevo el hueco donde mi Cecily durmió (y murió), donde sus hombros y sus caderas han dejado tras de sí los fantasmas de su cuerpo.
He de decir que mis sentimientos por la viuda Goose son meramente físicos. Ni siquiera estoy seguro de que seamos amigos. Creo que nos abrazamos el uno al otro con cierto desprecio mutuo. Para ella soy algo inexplicable —mi ensimismamiento, mi negligencia para con el jardín de mi patio trasero, mi vocabulario plagado de palabras poco corrientes—, soy un perro vagabundo que merodea por el pueblo y que ladra mucho pero muerde poco. Me recrimina mi cautela. «Has estudiado demasiado», me dice a veces despectivamente. Yo la encuentro a ella más bien mediocre, excepto en las labores del campo, y poco inteligente. Pero en la cama, cuando hacemos el amor, no es ninguna boba. A diferencia de mi Cecily, tiene un apetito insaciable. Por las noches, su mano de dedos ávidos se desliza siempre hacia mi abdomen, en lugar de dejarla tiernamente sobre mi pecho como hacía mi mujer. Ha sido todo un descubrimiento. Posiblemente sea la intensidad de nuestros encuentros nocturnos lo que hace que me avergüence de ser su compañero de cama. Somos, pienso a veces, como dos animales, no muy diferentes de las bestias del bosque, incapaces de resistirse a un apetito puramente físico y bárbaro. Tampoco es especialmente hermosa, ni lo ha sido nunca. Debe de tener casi cincuenta años y desde que su marido murió no se cuida demasiado. A su ropa no le vendría mal algún remiendo y tampoco un buen lavado de vez en cuando, posiblemente. Su cuerpo está salpicado por los habituales bultos y verrugas propios de una vida larga y del duro trabajo. Su pelo ya ha encanecido, a pesar de que podría recurrir a los tintes de asfódelo que el resto de las mujeres del pueblo utilizan obstinadamente para mantener sus trenzas rubias. Y es difícil decir, incluso cuando está tendida a mi lado desnuda, si Kitty Goose es gorda o delgada. Su rostro es alargado y sus caderas estrechas, pero su cuerpo resulta grande y acogedor a la altura del vientre y la cintura. Ella lo llama generosidad de viuda y no le preocupa en absoluto —al contrario— cuando, tumbada boca abajo conmigo encima, su suave barriga se bambolea y se arruga como cuando se agita un pudin.
Reflexiono sobre lo que la viuda ve en mí. Tal como yo me considero, sigo siendo el mismo tipo escuálido, pálido y de brazos flacos, y todavía conservo una densa mata de pelo, de un color castaño atípico por estos pagos. Soy incluso atractivo, me atrevería a decir. De hecho, me han llegado a decir que soy bastante guapo, especialmente cuando llevo puesto mi sombrero o mi gorra. Y ciertamente, así es como me vi la última vez que tuve ocasión de mirarme en un espejo. El caso es que no he tenido oportunidad de volver a hacerlo desde hace años. A veces, cuando la señora Kent estaba aún viva y yo encontraba motivos para estar a solas en la casa del amo, me arriesgaba a entrar en el vestidor y me colocaba ante su gran espejo de cuerpo entero para contemplar mi imagen. Entonces escrutaba el rostro del único habitante del pueblo al que nunca veía y que, sin embargo, todos los demás contemplaban a diario. Su espejo oscurecía mi imagen y desdibujaba el contorno de mi cuerpo justo en los lugares en los que el mágico cristal reflectante, con el paso del tiempo, había sido invadido por el moho, una especie de hongo brillante decidido a apoderarse de esa luz. A pesar de todo, ese cuerpo era el mío. Cuando levantaba una mano, también se alzaba ante mí su reflejo. Respondía con una sonrisa a cada una de mis sonrisas. En más de una ocasión me acerqué al canapé donde ella dejaba extendida su ropa. Entonces, cogía alguno de sus abigarrados vestidos y cuando lo sostenía contra mi cuerpo —tan sólo me movía la curiosidad, nada más que mera curiosidad—, la mujer cenicienta y fantasmal cuya imagen devolvía el espejo no era otra que yo mismo.
Desde hace al menos un año no he visto mi cara. Las lentejas de agua de los estanques no me lo permiten. Las ventanas de la mansión se cierran con postigos y no tienen cristal. La cuchara de plata que el amo me regaló el día de nuestra boda se ha deslustrado con el paso de los años y no refleja la luz. El gastado cobre de la tetera atrapa mi sombra cada vez que me acerco, pero el reflejo es amorfo y mi cara parece marcada por la viruela, hasta tal punto deforme que soy incapaz de reconocerme. De hecho, no creo que haya un solo espejo en toda la parroquia, aunque sin duda algunas mujeres conservan en secreto objetos de plata ante los que poder horrorizarse y que sabiamente evitan. No, hasta donde yo sé, el espejo más cercano no está a menos de dos días de distancia. El amo, como es costumbre entre los caballeros de estas regiones, hizo trizas el gran espejo de su esposa y enterró junto a ella sus pedazos en la misma fosa para evitar el embrujo de su recuerdo. De modo que, a diferencia de la ciudad de la que procedo, donde todo aquel que salía a la calle podía detenerse cada poco para contemplar su imagen en un espejo o donde, cada veinte pasos, un escaparate le devolvía su reflejo, en este pueblo todos merodeamos de un lado a otro por sus caminos en la más ciega ignorancia. Cerramos un ojo y sólo vemos un lado de la nariz o quizá algo de vello facial o los contornos de una barba. Conocemos nuestras manos y rodillas pero no nuestros ojos y dientes. Por eso sólo puedo suponer qué es lo que la viuda Goose ve en mí. E imagino que ella se siente exactamente igual. Quizá, en ausencia de su marido, no tiene quien le diga lo arrugada que está. Eso es lo que significa ser viudo. No tenemos ni idea, pero esperamos lo mejor.
Cuando empecé a llamar a su puerta, Kitty Goose y yo apenas podíamos mirarnos a los ojos. Yo sólo era capaz de pensar en mi Cecily —aunque Cecily nunca se rindió en mis brazos de esta manera— y ella, supongo, imaginaba que ya no era viuda y que de nuevo gozaba bajo los envites de su jadeante, y durante años hostigado por la gota, Fowler Goose, quien, según se dice, murió entre estas mismas piernas. Abrazado hasta la muerte, con los cabellos de su amada entre los dientes, como ha dicho algún chistoso. Con el tiempo, sin embargo, me he atrevido a estudiar cada parte de su cuerpo y he gozado mucho entre sus entusiasmados miembros. Esta noche, en cambio, nos ha dejado a ambos insatisfechos. Estoy demasiado ansioso y actúo con demasiada prisa. Mi propósito al presentarme aquí, al llamar a la puerta de su casa, no es tanto el de intercambiar fluidos y disfrutar de una noche de descanso en compañía, sino de intentar olvidar o al menos desterrar de mi cabeza durante unas horas las oscuras perspectivas de las que he oído hablar mientras me ocultaba en la galería del amo Kent.
No puedo decir —aún no— que el amo Jordan haya demostrado ser un hombre rudo o desconsiderado, aunque sí ha evidenciado una total despreocupación a la hora de darle a un hombre un entierro adecuado. Es eficiente, eso es todo. Y nada ceremonioso. Habla de manera juiciosa, aunque en ocasiones el buen juicio es más frío que un carámbano. Y más afilado también. Escuchó pacientemente mientras el amo Kent contaba la historia de los recién llegados —las palomas, el fuego, los arcos, la picota— y sus respuestas sólo evidenciaban una leve exasperación. «Me da la impresión, primo Charles, de que te buscas problemas por ser demasiado amable». Los dos hombres de la picota sólo habían obtenido su merecido castigo, a su modo de ver. Si uno de ellos había muerto, bien, también eso entraba dentro de lo permitido por la ley. «Un vagabundo testarudo y pirómano» merece que le corten las orejas antes de ser conducido al patíbulo. No es algo poco habitual. Y en cuanto al joven… Bien, aún ha de cumplir íntegramente su sentencia de una semana en la picota. «¿De qué sirve ser indulgente? Ha ofendido a la comunidad y por eso ha de soportar el peso de la justicia bajo la mirada de todos sus miembros. Además, primo, tú mismo has dicho que te ha amenazado y te considera culpable de la muerte de su pariente. ¿De veras deseas verlo caminar libremente, mientras maquina su venganza? No, nos lo llevaremos lejos de aquí cuando nos marchemos para que no pueda hacer daño. Lo amarraremos a la silla de un caballo y sólo lo soltaremos cuando sea seguro para todos. Quizá le dejemos una advertencia, una pequeña cojera como recordatorio para que sea bueno de ahora en adelante. Y más sabio. No me cabe duda de que la mujer que me has descrito, la hermana o la hija o la esposa, quienquiera que sea… en fin, no tengo la menor duda de que seguirá al superviviente lejos de aquí. Mientras tanto olvídala y deja que merodee picoteando por los bosques como lo haría una oca. No te preocupes por ella. Una mujer no puede hacer daño alguno».
¿Y qué pasa con el cadáver? Una vez más, el amo Jordan no consideró que supusiera el menor problema. Hizo chasquear sus dedos restando importancia al asunto. Si el amo Kent era demasiado delicado en estas lides, él mismo encargaría a sus hombres que llevaran el cuerpo al lugar donde son arrojados los cadáveres de las reses muertas. «En mi opinión no se ha ganado un lugar en el camposanto. De modo que dejemos que los cerdos terminen lo que empezaron». Dio una palmada y continuó. «¿Lo ves, lo ves?», dijo tan satisfecho de sí mismo como un chiquillo. «Nada es tan complicado como lo pintas. Ahora, caballeros…». En ese momento bajó el tono de voz. No estaba dispuesto a perder ni un minuto más con frivolidades. Había cuestiones más urgentes e importantes que abordar.
Yo escuchaba los pasos del amo Jordan por la habitación mientras exponía sus planes de Progreso y Prosperidad. «No me culpen por tener este impulso de mejorar, esta ansia de progreso», dijo esta tarde ante su audiencia de cuatro personas. «No responde a ningún plan ni subterfugio el que estas tierras y sus rendimientos venideros hayan caído en mis manos, no… Sin embargo, las últimas voluntades del testamento han de ser respetadas sean cuales sean las consecuencias. Creo que estamos de acuerdo en eso».
En fin, que sea él quien exponga su caso. Yo prefiero no entrar en detalles en lo que se refiere a sus métodos y a su proceder, a sus cálculos y estimaciones. Al fin y al cabo, ya los hemos escuchado antes de labios del amo Kent en persona cuando se dirigió a nosotros mientras disfrutábamos de la carne y del baile. La versión del primo, sin embargo, no era una melodía tan dulce para los oídos. No había remordimiento en sus palabras. No había tenido ningún sueño en el que «amigos y vecinos» se convertían en ciudadanos ricos y ociosos, en el que sentados ante el fuego del hogar desgranábamos historias acerca de nuestra buena fortuna. Creo que, a su modo de ver, ya somos lo suficientemente ricos y ociosos. No, el amo Jordan únicamente tenía un plan, una «simple visión» en la cual la vida en esta región era mucho más simple y estaba encaminada tan sólo a asegurar el beneficio de aquellos —se refiere a él mismo— que poseen el don de ser emprendedores.
Lo más importante ahora es que al amo se le permita seguir aquí. No es la intención de su primo convertirse en un «ratón de campo», según sus palabras. Prefiere permanecer al frente de su gran casa comercial en la gran ciudad y comprobar las cifras de cuando en cuando. Cuánta lana ha salido de estos viejos campos, cuánta tela han tejido en sus telares las mujeres que trabajan para él; qué beneficios se han obtenido de su venta y cuánto se ha perdido a causa de los avariciosos sastres, los tramposos distribuidores y los perezosos limpiadores y teñidores de lana; qué telas son las más demandadas, desde el estambre o la sarga hasta el fustán, y cuáles son las que sus comerciantes y roperos le pueden conseguir. «¡Hay tantos cuervos a los que satisfacer y alimentar!», dijo dejando caer los hombros bajo el peso de sus responsabilidades. No debemos engañarnos pensando que, en un mundo moderno, nuestro sistema comunal, que solamente beneficia a los comuneros, y eso sólo en los años buenos, puede llegar a granjearse la admiración de los sagaces observadores, para quienes la «agricultura que no rinde beneficios» es un absurdo.
«Cada uno de nosotros desempeña su papel para el bien de todos», concluyó el amo Jordan. «Es de ley que nuestro cometido convierta la labor de los otros en algo más cómodo. Así funciona la sociedad», dijo dirigiéndose a su tonto del pueblo. «Usted, señor, continúe con sus tablas y dibujos y completaremos los mapas que necesitamos antes de que la semana termine. Este caballero es el señor Baynham…», en ese instante escucho unas cívicas palabras de presentación murmuradas por el tímido ayudante, «y, como podrá comprobar, es muy eficiente a la hora de preparar la tierra para las ovejas. Esta no es la primera comunidad que se beneficia del buen hacer del señor Baynham. Por supuesto, necesita familiarizarse con esta tierra vuestra, mi tierra. Se guiará por los mapas. Y cuando lleguen las primeras nieves ya habrá reorganizado y cerrado cada hectárea de estos campos con cercados, diques y muretes, según lo crea conveniente, y reclamado para ello cuanta superficie de bosque sea necesaria. ¿De qué modo puede beneficiarnos que haya árboles, robles por ejemplo, que proyecten su sombra sobre la tierra mientras no den un solo fruto que pueda ser consumido excepto por nuestras bestias? Lo más provechoso sería talarlos y vender su madera, y no permitir que sigan en pie derrotando a la luz del sol, con la mera excusa de su belleza… ¡Y a mi costa además! Del mismo modo, las tierras comunales serán desbrozadas y cerradas para su uso privado. Ahora serán pastos. Estas tierras son tan sólo hierba a partir de ahora. Nunca más serán aradas. Tú, primo…».
«Tenemos casi sesenta almas que alimentar aquí…», dijo el amo Kent al fin, con la voz insegura y temblorosa. Era su responsabilidad, al fin y al cabo. Sin embargo, el amo Jordan se limitó a extender las manos y a encogerse de hombros, como si nuestras inquietudes fueran tan sólo un inevitable inconveniente menor ante sus imparables avances. «Eso ahora es competencia del señor Baynham», dijo. «Estoy seguro de que habrá sitio aquí para esquiladores y pastores. Algunos, al menos. Contratará a cuantos trabajadores sean necesarios. Pero tristemente habrá que apretarse el cinturón…».
—Dudo que sea usted quien vaya a apretarse el cinturón —dijo entonces el señor Quill, quien, he de insistir, ha resultado ser un alma brava a pesar de sus obvias taras.
El amo Jordan entrelazó los dedos de ambas manos y contempló pensativo la urdimbre que formaban. Le dedicó al señor Quill una sonrisa cargada de malicia y serenidad. «No me corresponde a mí hacer economías sino cubrir los gastos», dijo finalmente. «No piense que he venido aquí con las manos vacías. También habrá caridad. Gratificaciones incluso. Al fin será financiada la construcción de la iglesia y contrataré a un sacerdote. Os traigo ovejas y también traeré al Santo Pastor. Habrá un campanario, más alto que la torreta de esta casa, más alto que cualquier roble que podamos talar. Este lugar será visto desde la distancia. Y tendrá una campana para convocar a los fieles a la oración y para que todo el mundo se apresure a llegar a su puesto de trabajo. Es decir, a los que aún queden». Una vez más observó sus manos y después, sin alzar la mirada, añadió, como si hablara consigo mismo: «Es el señor Earle el único que no tendrá que apretarse el cinturón, pues su única responsabilidad es elaborar mapas, y además resulta tan endemoniadamente torpe que cualquiera diría que…». Se detuvo entonces para pensar algo ingenioso.
El señor Quill no necesitó tiempo para elaborar una respuesta. «Sí, que debo haber sido pateado por un caballo o azotado por un rayo. Ya he oído todo eso antes. Que los cielos se abrieron y una lengua de luz me concedió el cuerpo de un viejo y nudoso árbol. ¡Oh, sí! Ciertamente, el mismo diablo me creó en un tarro de cristal. Y por eso soy deforme. Bien, así sea si tal cosa os divierte». Apenas si se percibía cierta crispación en su voz. Sin duda se trataba de un discurso pronunciado ya en muchas ocasiones, o eso me pareció. En ese instante, los pasos del amo Jordan se dirigieron hacia la galería, entre cuyas sombras me escondía —sonreía para sí mismo, no sin cierta dulzura—, y me vi obligado a marcharme.
Ahora siento la tentación de aferrarme una vez más al cuerpo de Kitty Goose y susurrar en su oído todo cuanto he escuchado esta tarde. Es una carga que sólo se puede aliviar al ser compartida con alguien. He vislumbrado en secreto nuestro futuro. He visto el verde y el blanco de los pastos y las ovejas. He podido escuchar el tañido de la campana de nuestra iglesia. Soy el único que sabe que nuestro amo ha sido desplazado, aunque todavía ocupe su lugar. Todos lo seremos, supongo. Sin embargo, aún conservo el suficiente sentido común como para morderme la lengua —debo velar por mis propios intereses antes de que mis vecinos se enteren—, aunque sentir de nuevo el calor de la espalda de la viuda Goose sobre mi pecho mientras, sin poder evitarlo, pienso en la señora Beldam vagando por el bosque me vuelve efusivo de un modo bien distinto. Así que volvemos a hacer el amor. Y estoy seguro de que no somos los únicos. La oscuridad sofoca los jadeos de mis vecinos en este instante en muchas otras casas. Las camas crujen bajo su peso. Hay susurros. Rodillas que se hunden con fuerza en la paja de los jergones. En noches como esta, en la que la ansiedad se percibe en el aire, se desbordan las ansias por hacer el amor. Entonces la luna es nuestro maestro de ceremonias. Marca el ritmo, haciendo que todos nos movamos al unísono. Nos incita a trinar y a canturrear alegremente en el oído de nuestra amante hasta que las mismas estrellas se hinchan y maduran ante el coro de nuestros gemidos. Como siempre en este lugar, encontramos consuelo esparciendo semillas.