Cosecha
Capítulo 16
L o que más me sorprende en la casa del amo es cómo ha cambiado su olor desde que dormí allí por última vez hace dos noches. Hace meses que no huele así, no desde que murió Lucy. No diría que el olor es menos masculino, aunque recientemente, demasiado recientemente, la casa estuvo ocupada por seis hombres además del amo Kent. El mismísimo amo Jordan trajo consigo las esencias de su almohadilla aromática y su frasco de perfume, de modo que aún perduran en su habitación los efluvios de algo femenino y superior. En todo caso, la casa tiene un olor más hogareño esta tarde. Huele a familia, a cocina en familia. Incluso desde la entrada puedo percibir el aroma a pan recién horneado y carne asada y el frescor de la ropa recién lavada, además de otros olores menos nuevos. Es evidente que la señora Beldam ha querido conmemorar la liberación y el regreso de su marido acicalando este hogar y haciendo un buen uso de su despensa. Ha estado mimando a su hombre.
El salón de la planta baja donde solía dormir el amo Kent está cerrado. Vacilo ante la puerta. Es posible que estén al otro lado, a pesar del silencio, a pesar de la quietud de la casa. Una imagen me asalta entonces. El marido, sentado en un banco, desnudo y envuelto en el chal de terciopelo de su mujer. La ropa recién lavada que llevaba, hasta hace poco embarrada y sucia después de sus días en la picota y del trabajo de ayer en pos del arado, está a su lado y aún huele a lejía mientras se seca junto a las danzarinas llamas del hogar. La mesa de bastidor, la mesa de roble en la que desayuné por última vez con mis dos amos la mañana de su partida, está aprovisionada para una buena comida. Han puesto tres cubiertos. Me esperan. El pan, todavía caliente, está cortado en rodajas. Una olla humeante contiene un guiso de carne estofada. Y la señora Beldam sostiene el cucharón de madera, listo para servir. En fin, lo que veo, lo que deseo ver, no es más que la típica escena doméstica que cualquiera querría encontrarse al llegar finalmente a casa tras una larga jornada: la comida, la mujer, el fuego.
No tengo pruebas pero estoy seguro de que han sido los Beldam quienes han preparado mis cosas para el viaje, empaquetando todo lo necesario, desde agua hasta mi cucharilla de plata. Me gusta pensar que esa es su manera de darme las gracias. Intento contar los días. ¿Es hoy el sexto o el séptimo? No estoy seguro, pero lo que sí sé es que el marido aún estaría esta tarde en la picota de no haber sido por mi muestra de clemencia. Es posible que me encontraran perdido y trastabillando por algún camino, con la barbilla y el pecho cubiertos por el vómito ya seco, y me dieran algún tónico o ungüento para salvarme de las setas y de la cerveza. Después prepararon los dos fardos con mis cosas y me dejaron junto a ellos en el patio de entrada para que la brisa me despejara las ideas y los pulmones mientras ellos entraban en casa y preparaban la comida. No puedo estar seguro de nada. Pero me gustaría que fuera así. Me gustaría pensar que me llevaron entre ambos, con mis brazos colgando sobre sus hombros, los del marido y los de la esposa, para ponerme a salvo y después prepararme para el camino. Después me darán de comer y abandonaré este pueblo junto a ellos. Además, estoy famélico y ansioso por meter mi negro y brillante pico en un plato de comida.
Pero lo único que han dejado para mí son los olores. Sea lo que sea lo que cocinaron esta mañana ya se lo han comido y sólo quedan los restos. El único signo de que hayan horneado pan es la tabla de madera, un cuchillo y algunas migas. La única evidencia de carne o de algún guiso son los platos sin lavar, aunque bien limpios a base de lametones, con excepción de una corteza de tocino y algunas manchas de salsa y de mermelada de moras. Y no hay indicio alguno de que hayan lavado ropa salvo algo de humedad en el banco junto a la chimenea. El fuego ha estado encendido, de eso no hay duda, pero ahora apenas quedan unas ascuas. Cualquier escena hogareña que haya tenido lugar en la casa durante la noche y esta mañana hace tiempo que ha terminado. De hecho parece que la habitación ha sido desvalijada y no ha quedado ni rastro de los muebles ni de provisiones. Dos pares de expertas manos han rebuscado por todas partes. El cofre del amo, en el que guardaba sus papeles y documentos personales, está volcado en el suelo. El colchón que reposaba sobre el camastro en una esquina de la habitación ha sido arrastrado por el suelo y rajado con un cuchillo. Alguien esperaba encontrar plata escondida o quizá joyas. El pequeño telar de Lucy Kent, uno de los dos únicos recuerdos de su mujer que mi amo decidió conservar en esta sala, ha desaparecido. También el cepillo con el que ella se peinaba. Lo había colocado sobre la repisa de la chimenea y aún conservaba algunos de sus largos cabellos.
Camino hacia el otro extremo de la sala y, pasando por encima del colchón destripado, me dirijo a la trascocina. Las puertas de la vitrina de la vajilla están abiertas y cuelgan de sus bisagras, pero las piezas más antiguas de la dote de Lucy Kent han desaparecido. Los restos de una taza cascada, con el asa arrancada, yacen en el suelo balanceándose ligeramente. La despensa pequeña también parece vacía, aunque quizá fuera desvalijada por los hombres de Jordan durante su estancia en la casa. Sé que había jamones para el invierno, sal y sebo, y varias estanterías repletas de conservas. Alguien ha tirado un frasco de miel que se ha ido derramando lentamente sobre las baldosas. Mis botas están embadurnadas de dulce miel.
Me apresuro para descubrir el alcance de los daños en el resto de la casa, aunque con la esperanza de que los destrozos se limiten a las habitaciones y el pasillo de servicio. Pero lo que encuentro es el caos por todas partes. Una furia descontrolada ha barrido por completo este lugar. No hay ni una mesa o silla que no esté patas arriba. Ni una tela en su lugar. Los suelos se hallan atestados de objetos hechos añicos, incluido el violín de dulce timbre del señor Quill. Lo que no está roto es porque es irrompible. Lo que ha permanecido entero es sólo gracias a que era demasiado fuerte o duro para ser desgarrado o partido en dos. El desorden de todas las habitaciones es mucho peor que el que causaron en nuestras casas los esbirros de Jordan. Supongo que se debe a que el amo poseía muchas más cosas que destruir que cualquiera de nosotros. No obstante, hasta cierto punto había, en el modo de comportarse de los tres subalternos de Jordan, cierto distanciamiento, algo de impersonal en cuanto hacían y no motivado por el desprecio o la venganza. Y en absoluto fueron tan concienzudos. El amo Jordan dio la orden y ellos se limitaron a cumplir con su deber. Lo ocurrido en esta casa, sin embargo, ha sido llevado a cabo por un entusiasta. Y un saqueador. Estoy demasiado ansioso como para realizar una inspección detallada. No pretendo hacer un inventario, pero a lo largo de los años he llegado a familiarizarme con estas habitaciones y sé bien dónde debería haber tapices y cortinas, dónde estaban las cosas de valor en armarios y cómodas, dónde se guardaban las copas de plata que el amo Kent recibió como regalo del primo político que por aquel entonces aún no conocía, cuáles eran los muebles más costosos y dónde reposaba el taburete labrado a mano por el padre de Fowler Goose que le había sido regalado al amo. Los Beldam encontrarán, en el primer pueblo al que lleguen, a un comerciante interesado o a algún ansioso chamarilero que les dará comida y dinero a cambio de los artículos de su valioso botín. Venderán los objetos más caros. Los Beldam han sufrido por nuestra culpa. Eso es innegable. Pero también se han estado alimentando a nuestra costa. Me siento traicionado por ella, por su afán por castigarnos y por culparnos a todos de sus calamidades. No puedo decir que ahora mismo sea capaz de pensar de un modo lógico o razonable. Especialmente cuando descubro sobre la repisa de la chimenea, ahora vacía de cualquier otra cosa, la piedra cuadrada ensangrentada utilizada para matar a Willowjack. Esta es la casa donde los horrores son conservados. Esta es la casa en la que Kitty Goose fue torturada e insultada, la casa cuyos suelos han quedado marcados con las lágrimas de Lizzie Carr, nuestra pequeña Reina de la Cosecha.
En la galería de la primera planta, el paisaje es muy parecido. Las paredes están desnudas y el escaso mobiliario que ha quedado aparece desperdigado por el suelo. Incluso el cuarto que el amo Jordan había elegido como alojamiento durante su estancia aquí, y en el que yo mismo y posiblemente también los Beldam pasaron la noche, ha sido saqueado y no quedan en él ni cortinas ni mantas ni alfombras ni tapiz alguno. La capa de montar de Lucy Kent ha desaparecido. Y también aquí el colchón ha sido destrozado a cuchilladas.
No creo que el hombre participara apenas en todo esto. Semejante furia contra los muebles y la decoración de una casa —hasta en los más nimios detalles— y contra todo aquello que no se pudiera aprovechar es más propio de una mujer, creo yo. Un hombre se toma su venganza cebándose en la carne. Una mujer ataca todo aquello que no sangra, a menos que se trate de un animal, de Willowjack en este caso. Muchas veces he escuchado los berrinches y discusiones de mis vecinos en sus casas. A veces los hombres regresaban al hogar al amanecer para descubrir que sus mejores calzones o su jarra favorita, o quizá la cena de esa noche, habían sido arrojados al camino por sus furiosas esposas. Las mujeres, en cambio, aparecían al día siguiente con las muñecas magulladas o luciendo moratones en la cara, o incluso en una ocasión —de nuevo los Kip— una quemadura, cuando William golpeó en la frente a su parienta con una vela encendida. «La he marcado a fuego», solía alardear después. Mientras él estaba fuera de casa, ella partió en dos su pipa preferida y pisoteó los pedazos.
Por primera vez en muchos meses, estoy en la antecámara del extremo de la galería. Desde aquí, una escalera de caracol asciende hasta el ático, desde el cual se accede a la torreta, el escondrijo en el que hice mi nido durante la primera estación que pasé aquí, antes de conocer a mi Cecily y mudarme al pueblo. O al menos antes conducía a ese refugio aislado de techo abuhardillado, y así seguiría siendo si la madera no se hubiera hundido a causa de la humedad, el desuso y el paso del tiempo. La parte central carece actualmente de peldaños. Los escalones más bajos son traicioneros y poco seguros y quedan pocos tramos del pasamanos en los que apoyarse. El año pasado, a petición del amo Kent, bloqueé el acceso con cuerdas por si algún visitante caía en la tentación de subir, para evitar que su descenso fuera más rápido y accidentado de lo esperado y de cabeza. Ahora descubro que alguien ha cortado las cuerdas con un cuchillo o una espada. Las fibras no han sido seccionadas limpiamente sino desgarradas a base de violentos tajos. Imagino que habrá sido obra de uno de los esbirros de Jordan, aburrido después de horas sin hacer nada en la casa o, posiblemente, para probar el corte de su espada tras una tediosa sesión con la piedra de afilar. No me apetece en absoluto poner a prueba la resistencia de estos escalones, aunque está claro que alguien lo ha hecho recientemente. Uno de los peldaños aparece hundido, la madera astillada aún está fresca. Y se puede ver claramente dónde colocaron las manos en busca de apoyo, en el poste de la escalera, dejando marcas de… ¿De qué? ¿Sangre? ¿Grasa? O quizá se trate del contenido de alguna de las conservas desaparecidas de la despensa del piso de abajo. Me estiro y lo toco. Las manchas no son frescas pero sí están algo pegajosas todavía. Acerco los dedos a la nariz. El olor no es dulce ni salado.
Intento no hacer ruido, al menos en la medida en que estos viejos suelos de madera me lo permiten. Es difícil distinguir unos sonidos de otros. Los que producen mis pasos sobre el entarimado y los producidos por la misma casa. Una casa de madera de varias plantas como esta rara vez permanece en completo silencio. El edificio entero se mueve y respira. Es como un viejo que cambia de postura para estar más cómodo. Un crujido no necesariamente anuncia los pasos de alguien en el piso de arriba sino simplemente que la madera se dilata o se encoge en el tejado o que un fragmento del entarimado se ha asentado más firmemente sobre el entramado de vigas del techo. De cualquier manera, es demasiado tarde para acudir a soluciones razonables. En este momento las posibilidades más alarmantes parecen las más veraces. La primera de ellas es que los Beldam no hayan abandonado aún la casa como pensé al llegar sino que, al escuchar mis pasos, y creyendo quizá que los amos habían regresado, se hayan refugiado en las habitaciones más altas, dejando tras de sí manchas de su comida repentinamente abandonada en el poste de la escalera. Los llamo como la noche anterior imaginé que los llamaba, necesitado de compañía como estaba. «Sólo soy yo, Walter, Walter Thirsk…». Pero por supuesto no hay respuesta. Es posible que hayan subido al ático y desde allí, por la escalerilla, hasta la torreta y puede que se encuentren demasiado lejos para escuchar mis gritos. Estarán acurrucados en un rincón de la estancia, temerosos por sus vidas.
Si me sintiera mejor, recuperado al menos en parte después de la única bebida y comida que tomé ayer noche y hoy por la mañana —las jarras de cerveza y las setas mágicas, aparte de eso no he probado bocado—, sería capaz de subir más rápida y silenciosamente por esta escalera. En todo caso, quizá sentiría menos miedo. De hecho, el valor que tanto ansiaba sigue sin aparecer. Si me caigo o la madera se hunde, ¿quién oirá mis gritos y quién acudirá en mi ayuda? Y si mis torpes esfuerzos por subir son escuchados desde arriba, ¿qué impedirá que los Beldam me confundan con otra persona y esperen en silencio entre las sombras hasta tener ocasión de darme la bienvenida a garrotazos? En cualquier caso, sigo ascendiendo, agachado, y me apoyo como puedo con una mano en los peldaños superiores para avanzar, sin soltar ni un momento la otra del poste central de la escalera. Sigo hablando en voz alta, repito mi nombre y hago promesas que no significan nada salvo mi desesperado intento por firmar con ellos una pequeña tregua. Incluso les doy las gracias, si es que han sido ellos los responsables, por haber preparado mis cosas para el viaje.
La peor parte de la escalera es el tramo a oscuras, al que no llega ni la luz de la ventana de la antecámara de la galería ni la luz más intensa procedente del ático. Avanzo a tientas, posando el extremo del pie en busca del punto más sólido antes de aventurar el resto de mi peso en cada peldaño. Sólo en una ocasión pierdo el equilibrio y mi tobillo queda atrapado en la madera mohosa y astillada. Puedo oír cómo cae un trozo de madera, chocando con los peldaños, por el hueco de la escalera. Pero a partir de ese momento, o el camino es más fácil o quizá me he hartado de tener miedo y he conseguido reunir el valor necesario para avanzar con decisión. Las dos habitaciones del ático están vacías con excepción de algunos viejos trastos olvidados del amo Kent: una silla rota —no por los Beldam sino por el amo Kent en persona hace mucho tiempo, si no recuerdo mal—, arreos de cuero, el gran arcón de viaje en el que hace años guardé mis pertenencias, la cunita pintada a mano para el niño, que tristemente nunca se llegó a utilizar, cazos oxidados. A diferencia de lo ocurrido en las otras plantas, todos estos objetos están intactos. Nadie los ha roto o puesto patas arriba a golpes ni los ha desperdigado con furia por el suelo.
Me doy la vuelta de inmediato hacia la escalera apoyada en el muro y trepo por sus veinte peldaños hasta alcanzar la trampilla de entrada al habitáculo de la torreta. Por un momento casi espero que la portezuela se resista a mis empujones bajo el peso de la señora Beldam y de su marido que, de pie sobre las tablas, tratan de evitar que entre. Sin embargo, esta se abre fácilmente y una fina lluvia de polvo cae sobre mí. La luz del sol que entra a raudales por los huecos sin contraventanas de la torreta me ciega en cuanto abro los ojos, después de haberme sacudido el polvo. Me pongo de pie, tratando de recuperar el aliento. El suelo está cubierto por la habitual mezcla de arenilla, polvo y humedad que se desprende de la parte interior del tejado en este tipo de construcciones. Hay restos de nidos de pájaro y también de un avispero que se habrá desprendido del bajo-techo. Es obvio que nadie salvo yo ha estado aquí en muchos años. Desde la ventana prácticamente sólo se ven algunas chimeneas y los tejados de una parte de la casa. Desde aquí no puedo ver el patio, como esperaba, para asegurarme de que los dos fardos para el viaje con mi brillante cucharilla de plata siguen sanos y salvos donde los dejé. Pero sí puedo contemplar el huerto y, más allá, el terreno de la iglesia, los campos de labor y los tejados de nuestras casas.
Lo que empieza con fuego con fuego ha de terminar, lo he oído en varias ocasiones. Al principio no me fijo en la delgada columna de humo que, reacia a ascender en este día sin apenas viento, se eleva sobre el tejado del granero de utillaje. En un primer momento pienso que debe tratarse de una nube de polvo, pero no se desplaza como si careciera de peso. El polvo no se eleva de ese modo ni adquiere formas redondeadas como las que ahora ascienden desde el tejado. Otro penacho de humo llama mi atención un poco más lejos, por el camino que conduce hacia las casas. Se trata del tejado de la casa blanca. Desde esta distancia y a esta altura no soy capaz de distinguir si hay llamas ni de oír su crepitar. De repente, del tejado de la primera de nuestras aproximadamente veinte casas habitadas —hasta hace poco, al menos— comienza a salir humo. Es la bonita vivienda en la que Thomas Rogers solía tocar su gaita y Anne, su madre, cantaba tan dulcemente como un pinzón. De momento el humo es tan escaso y su efecto tan poco dramático que, de haber salido tímidamente por la chimenea, habría pensado que sólo anunciaba la hora del té, con la habitual hilera de casas con sus cocinas y sus hogares encendidos. Pero para cuando la cuarta y la quinta casa han sido incendiadas, el cobertizo del utillaje y la casa blanca ya están envueltos en llamas y grandes lenguas de color naranja ascienden por sus paredes calcinando la madera. Y cuando la cuarta y la quinta casa están en semejante situación, el hogar de la viuda Goose ya respira humo negro y la mía tose sin cesar envuelta en una oscura humareda.
No tengo necesidad de hacer cábalas para saber quién está incendiando nuestro pueblo. Las evidencias son claras. Los Beldam se han buscado un carro y han tomado prestada la pareja de bueyes que ayer usamos para labrar por última vez el campo de cebada. El marido evidentemente me ha tomado la palabra. «Puedo haceros ricos a los dos», le prometí. Y si la vista no me engaña, y a juzgar por la carga que han dejado preparada en la explanada de la picota no me cabe duda, realmente nos han desvalijado. Menudo botín han reunido entre las casas del pueblo y la hacienda. Desde aquí distingo los tapices del amo Kent, sus mejores sillas y el viejo telar de su difunta esposa. Puedo ver incluso las partes del arado que ayer mismo ensamblamos antes de empezar a trabajar. ¿Pero de verdad fue ayer? Me resigno a encogerme de hombros. Este es el precio a pagar por la muerte de su padre, es justo decirlo.
Por el momento solamente puedo ver y oír al marido. Se dirige con paso decidido a la picota, la gran cruz de madera a la que estuvo encadenado la mayor parte de la semana. Demuestra ser tan hábil con el hacha como lo ha sido con el arado. El primer golpe es un poco alto. El roble de la parte superior es demasiado duro para él. Más abajo sin embargo, donde la madera ha estado más expuesta a la humedad y su superficie se encuentra más deteriorada por el paso del tiempo y los elementos, el hacha consigue pegarle un buen bocado al poste de un solo topetazo. Desprende las astillas con un golpe lateral y continúa dando hachazos a lo que hasta hace poco fue su inhóspito hogar, hasta que yo mismo puedo ver desde donde estoy el hueco que el hacha ha ido dejando. Oigo cada uno de sus golpes. No creo que le lleve más de treinta echar abajo el poste, pero ya he dejado de observarle. Acabo de descubrir a la mismísima señora Beldam, atraído por una fina hebra de humo en movimiento producida por la tea ardiente que lleva en una mano mientras entra y sale apresuradamente de las últimas casas, comprobando si aún queda algo que puedan robar y a continuación prendiendo fuego a cualquier cosa que parezca lo suficientemente seca. Lleva la cabeza y los hombros envueltos en el chal para protegerse del humo, supongo. Y sostiene mi espada de hoja corta en la otra mano. Había olvidado lo pequeña que es. La estela de humo que va dejando a su paso me hace pensar en una polilla, errática e impredecible, voluntariosa y enérgica.
Sé que debo apartarme de esta ventana. No creo que la señora Beldam tenga intención de marcharse de aquí sin prenderle fuego a la hacienda. Tan pronto como llega a la última casa del pueblo —y al parecer se da por satisfecha con el botín reunido hasta el momento— echa a correr camino arriba rodeada por los animales atemorizados por el fuego que han escapado huyendo de las llamas hasta llegar junto a su marido, que ahora descansa, tras su esfuerzo y con la picota ya a sus pies, inerte como un trozo de carne. En breve se pondrán de nuevo en marcha y atravesarán el huerto, caminando entre las manzanas caídas, para poner fin a lo que empezaron Brooker Higgs, los gemelos Derby y su cuesco del diablo, incendiando los demás edificios de la granja del amo. Si su intención es incendiar la casa prendiendo fuego al seco entarimado de los suelos de la planta baja no podría encontrarme ahora mismo en un sitio peor. En la torreta de un viejo caserón, con una escalinata de madera, una escalera a punto de hundirse y una amplia escalerona interponiéndose entre esta trampa mortal en la que yo mismo me he encerrado y mi supervivencia. De hecho me pregunto si este no habrá sido su plan desde el principio. Atraerme con alguna hechicería que no alcanzo a comprender hasta esta torre para después asarme como a un pollo.
No sé qué es lo que me hace detenerme al llegar a las habitaciones del ático. Sé que debo seguir bajando hasta llegar a la planta baja en lugar de quedarme aquí. El descenso nunca es tan pesado como la ascensión. Podría simplemente cruzar los dedos y lanzarme escaleras abajo. Enseguida estaría a salvo en el patio. Después recogería mis cosas y me pondría en marcha antes de que esa mujer me atrapara. Cualquier sentimiento fraternal o más que fraternal que pueda haber albergado hacia ella ha desaparecido. Ahora me asusta. Sólo siento miedo al pensar en ella. Esa mujer lleva una tea ardiente en una mano y una espada en la otra. Y a pesar de todo me detengo. De repente estoy ansioso, inquieto. No se trata de la posibilidad de que incendien la casa sino de algo que he visto sin apenas darme cuenta. Tanto es así que, al volver de nuevo la vista, no sé hacia dónde mirar. Después lo veo por segunda vez. En un primer momento había tomado esa silueta oscura bajo el gran arcón de viaje por una simple sombra pero ahora no hay duda, se trata de un charco de sangre.
Está boca abajo, apenas cubierto con el revestimiento de tela del interior del arcón, pero no necesito girar su cara para saber quién es. Reconozco sus delicadas ropas. Ya vestido como la última vez que lo vi, mientras corría hacia las profundidades del bosque en busca de la señora Beldam a medianoche en la explanada de la picota. Esas son sus botas de caballero, su ornamentado justillo, sus pantalones de ciudad y su sencillo sombrero sin pluma. Sus dedos y sus nudillos aún tienen manchas de pintura azul y verde. Reconozco su cuidada y encerada barba, recortada en forma de pala. Por un instante incluso me parece ver esa imborrable sonrisa dibujada en su cara. Me cuesta creer que haya podido desprenderse de esa sonrisa, incluso estando muerto. El cuerpo aparece plegado por la cintura, por supuesto. Extendido, sería demasiado largo para el arcón. Pero el suyo no es un cuerpo que yo haya visto nunca completamente erguido. Este cuerpo tiene el aspecto esperable en su caso. Rígido, torcido, desencajado. Ha muerto exactamente como vivió, tan falto de equilibrio como si hubiera sido alcanzado por un rayo. El cielo se abrió y una lengua de fuego le concedió el cuerpo de un viejo y nudoso árbol. No me cabe duda de que es él, el cojo, el Cartógrafo, el hombre que era demasiado valiente para darnos la espalda.
Después de examinar brevemente el cadáver y haber cerrado la tapa del arcón antes de lanzarme escaleras abajo a toda prisa para llegar a la galería, con más miedo del que haya sentido jamás en toda mi vida, tengo la certeza de que lo asesinaron con una espada. La misma, supongo, que cortó las cuerdas que bloqueaban el acceso a la escalera de caracol. A juzgar por las heridas, su cuerpo fue acuchillado con notable fuerza y determinación. La hoja atravesó su pecho una docena de veces, saliendo por la espalda y destrozando los pulmones y otros órganos vitales. La sangre ha teñido de negro sus ropas que, al secarse, han quedado rígidas. No sé demasiado sobre cadáveres, de modo que no puedo estar seguro de cuánto tiempo lleva aquí o de cuándo lo asesinaron. Pudo haber sido la pasada noche o la noche en que las mujeres dijeron su nombre al ser torturadas. Lo más probable, a juzgar por el deplorable estado de la escalera que conduce al ático, es que el asesinato tuviera lugar en las habitaciones de arriba y lo bastante cerca del arcón para haber empujado en su interior a la víctima antes de que se derramase demasiada sangre sobre el suelo. ¿Pero quién puede ser el culpable? Además de los Beldam y los hombres de Jordan ¿de quién sospechar? Por un momento, debo decir, yo mismo me siento culpable. Siento que le he fallado a este hombre. Y siento que de nuevo voy a fallarle porque voy a abandonarlo aquí. Lo menos que podría hacer era llevarlo hasta el Cagadero para dejarlo junto al resto de los cuerpos de esta semana y marcar su tumba debidamente con un pequeño túmulo de piedras en un lugar con vistas a las clavellinas. Le encantaba ese lugar. Le gustaban las flores y la luz y también la soledad. Habría disfrutado escuchando el canto de los pájaros hasta el fin de los tiempos. Pero no puedo llevarlo hasta allí, no puedo hacerlo solo. No sería capaz de arrastrar su cuerpo por estas escaleras y menos aún con la dama de la antorcha persiguiéndome con el fuego de su venganza.
Lo extraño es que la Beldam no aparece. Quizá su marido ha decidido que ya valía de fuegos o estaba ansioso por marcharse antes del anochecer. Sabe que lo más inteligente es huir, dejar atrás los límites de esta parroquia antes de que la llegada de alguien se lo impida y comiencen las preguntas acerca de los bueyes o sobre por qué su carro está cargado de artículos tan impropios de su clase y condición. Es posible que ella misma esté cansada de todo este asunto. Su ira y su dolor se han consumido. ¿De qué serviría incendiar también la hacienda? ¿Para qué quemarla con el señor Quill en su interior y que su espíritu embruje los áticos de la casa por toda la eternidad? Quizá ella no sabe que está ahí. Quizá ella no sea la asesina. En cualquier caso, está claro que nunca sabré la verdad. Por fin llego al patio, recojo mis cosas y echo a andar sin volver la vista atrás. Desde aquí puedo ver a la pareja. Veo cómo avanzan camino abajo, cargados con su botín. El marido va a pie dirigiendo a los bueyes y ella está sentada en la parte delantera del carro con el faldón recogido hasta los muslos. Y la corta espada descansa al fin sobre sus rodillas, balanceándose al ritmo de la marcha. Naturalmente lleva el chal de terciopelo sobre los hombros. Y a medida que se alejan, batiéndose en retirada, perdiéndose más allá de muros y cercados, su cuerpo se hace más y más pequeño, como si estuviera a punto de desaparecer en otro mundo.
Pronto seguiré a esos Beldam, por supuesto. Aunque por el momento, sin el acicate de las setas o la cerveza, sólo lo haré en sueños. Me veo caminando a una distancia prudencial de su carro —digamos, como un vecino que va de camino al mercado en su misma dirección—, preparado para cubrir a toda prisa los escasos metros que nos separan en cuanto ella me llame y me invite a seguir viajando a su lado, diciendo que ya no es necesario seguir guardando las distancias y que no piensan hacerme ningún daño. Podemos reconciliarnos. Pero aún no quiero soñar con ellos. Lo que quiero es ver cómo arde la hacienda de mis amos. Lo que comienza con fuego termina con cenizas. Así ha de ser si quiero brindarle al señor Quill la honorable incineración que merece en lugar de abandonarlo para que sirva de alimento a las termitas, las ratas y los pájaros carroñeros en ese baúl. ¿Es esta finalmente la muestra del coraje que anhelaba encontrar esta mañana y la pasada noche, el valor que necesitaba para llevar a cabo al menos (o en el peor de los casos) una redentora travesura? ¿Impedirá este acto extremista mi permanencia aquí como hombre de confianza del amo Jordan para el invierno? ¿Satisfará esta pequeña hazaña a mis siete testigos? ¿Y yo? ¿Quedaré satisfecho? Dejando a un lado ese último día de labor que tanto ansiaba, realmente no había trazado ningún plan hasta ahora, pero al fin he comprendido que debo terminar lo que los Beldam empezaron. Siento un repentino deseo de hacer arder toda esa madera y de contemplar cómo las mismas lenguas anaranjadas que ahora mismo consumen las casas de nuestro pueblo se alimentan también del aire limpio de esta hacienda devastando habitaciones, lamiendo muros y suelos y arrastrándose escaleras arriba hasta alcanzar los tejados. Quiero ver esa torreta iluminada como un faro, con llamas tan altas como el pináculo de un campanario de iglesia.
No me cuesta avivar los rescoldos de la chimenea del salón para encender una vela que en un instante llevaré desde el hogar hasta un rincón donde sea más fácil iniciar el fuego. Quizá necesitaría leña pero no, hay suficiente combustible en esta casa. El suelo del salón está cubierto de papeles caídos del cofre volcado de mi amo. Sus títulos, sus documentos y escritos. Tan secos y quebradizos como las cáscaras de cebada. No tengo más que rozarlos con la llama de esta vela y arderán como la yesca.