Cosecha
Capítulo 5
E l joven Edmund Jordan nunca había visitado la región. Nos alertó de su llegada con seis toques de cuerno tan pronto como él y sus cinco acompañantes —un administrador, un caballerizo y tres ayudantes— avistaron por primera vez el valle esta misma tarde. Descendieron al trote por nuestros caminos y veredas sin encontrarse con nadie. Imagino que el amo Jordan esperaba una recepción más especial a su llegada. Sin duda iba vestido para tal ocasión. Al menos esperaría ser recibido debidamente en la casa y poder descansar un poco antes de ocuparse de los asuntos que le habían traído hasta aquí. Sin embargo, lo que le aguardaba no eran ofrendas de reposo y refrigerio para sus caballos, sino los restos de un granero recién quemado y poco después la penosa visión de su anfitrión y primo político sosteniendo la cabeza de un cadáver gravemente mutilado. El señor Quill, con su habitual sonrisa ahora convertida en un rictus de repugnancia, sujetaba el otro extremo de ese lamentable cuerpo mientras yo, libre aún del trabajo a causa de mi herida, los seguía a poca distancia agarrando por el bocado a Willowjack. Debían de formar la más extraña pareja, vestidos con sus brillantes telas amarillas, las manos y los calzones negros de sangre y con los hombros hundidos por el peso que portaban, cuando finalmente llegaron al patio de la casona y colocaron el cuerpo sobre el largo banco de piedra del porche de entrada ante el inesperado público visitante, todavía subidos a lomos de sus caballos.
No sé por qué pensamos que podríamos revivir a ese hombre. Claramente estaba muerto y sin duda llevaba muerto el tiempo suficiente como para que un cerdo que se había escabullido de su piara tuviera ocasión de abalanzarse sobre él y desgarrar la carne de sus pies y pantorrillas. Una de las piernas había quedado tan mal parada que el señor Quill se vio obligado a levantar el cuerpo desde las rodillas y a soportar durante todo el camino que lo que quedaba del roído miembro fuera golpeando contra sus piernas. Pero en momentos así, solamente un hombre sin corazón dejaría pasar la oportunidad de hacer un último intento por salvar una vida. Además, en cuanto los tres estuvimos reunidos al pie de la picota y comprendimos lo que le había ocurrido al mayor de los recién llegados, nos dimos prisa por largarnos con tal de evitar escuchar las maldiciones del más joven. Jamás he sido testigo de semejante furia y desesperación. El estado del cuerpo resultaba aún más penoso por el hecho de seguir encadenado al poste. Sus muñecas y su garganta habían adquirido un tono purpúreo a causa de las laceraciones. Se diría que había intentado escapar, sin importarle si conservaba o no la cabeza y las manos en el intento.
Ninguno de nosotros tenía experiencia alguna en hacer ese tipo de reparaciones, aunque sabíamos que debíamos ser los primeros… Pero, ¿los primeros en qué? ¿En subsanar lo ocurrido? De modo que hicimos lo poco que se podía hacer: limpiar la sangre, coser las heridas lo suficiente como para ocultar el blanco de los huesos, tratar de transformar el rictus de agonía del hombre, con los ojos fuera de las órbitas, en el de alguien que soporta una pesadilla en mitad de la noche y, finalmente, cubrir al desgraciado con un improvisado sudario de sarga para tapar las pacas. El amo Kent pronunció una oración, con voz no demasiado alta. Daba la sensación de que trataba de introducir, en las habituales fórmulas, algún tipo de intercesión por sí mismo, pidiendo perdón posiblemente por ser cómplice de esta muerte. He de decir que incluso yo recé, algo muy poco habitual. Pero aun así podía sentir los truenos y relámpagos que se cernían sobre nosotros. Una poderosa tormenta pronto llegaría para castigarnos, si es que aún quedaba justicia en el mundo. El aire estaba cargado de amenazas y maldiciones, y en el fondo de mi corazón sabía que algunos de nosotros nos lo merecíamos. Recé para que todo fuera sólo un sueño y para que, cuanto antes, el indiferente canto de los pájaros del amanecer me despertase para afrontar un nuevo día, un día mejor, un día sin sangre, uno en el que, a pesar de mi mano herida, cumplía con mis obligaciones y arrastraba una piedra o un pedazo de madera en el que ese pobre hombre podía apoyarse. Recé para que el tiempo pudiera retroceder y en cualquier momento el sudario que cubría el cadáver se hinchara ante nuestros ojos con el aliento que da la vida. A punto estuve de ponerme a gritar, llamando a los gemelos Derby para que trajeran algunos de sus botones de oro para revivir a este hombre.
Este es mi relato, insisto, hilado sin intención de apelar a ningún alguacil ni magistrado. Tampoco a ningún doctor, cura o sepulturero, llegado el caso. Sí, también influye el hecho de que vivamos tan ajenos y alejados de cualquier tipo de práctica civil, pues un alguacil o un magistrado tendrían la voluntad y el poder de establecer con claridad las causas de la muerte de este hombre. De su cuello roto y de sus miembros destrozados. En cualquier caso, esto es lo que debió ocurrir. En algún momento, entre mi visita pasada por agua a la picota de la otra noche y el encuentro esta mañana del amo Kent con los dos hombres represaliados, cuando el más joven de ellos, tan maníaca e incivilmente, lo insultaba, el mayor debió de perder el frágil equilibrio que a duras penas mantenía sobre las puntas de los pies, resbaló y se partió el cuello. Debió ser la lluvia lo que lo hizo caer. Esperemos que el accidente tuviera lugar de forma repentina mientras dormía. O, Dios no lo quiera, su caída también pudo ser causada por sus propios esfuerzos por espantar violentamente a algún cerdo hambriento hasta que sus huesos se partieron. Por supuesto, también se le pudo detener el corazón. Ojalá haya sido su corazón. O cualquier otra cosa poco fuera de lo común. Ocurriera lo que ocurriera, está claro que, si el padre no alzó la cabeza ante el amo Kent esta mañana, no fue a causa de su insolencia sino porque ya estaba muerto.
No soy el único que se culpará a sí mismo, y al que no le faltarán motivos para hacerlo. Cuando esta tarde dejamos el cuerpo sobre el banco de piedra del porche y retrocedimos, avergonzados y ensangrentados a causa del esfuerzo y sin atrevernos a volver la mirada hacia los visitantes aún a lomos de sus caballos, contemplé la expresión del amo Kent y del señor Quill. Un actor en un teatro no sería capaz de componer en su rostro una más honda expresión de culpa. Y en cuanto se corra la voz de lo ocurrido, muchos aldeanos se arrepentirán de haber gritado y agitado sus hoces y sus garrotes ayer por la mañana, y tantos otros se apresurarán a comprobar si alguno de sus cerdos sigue desaparecido o si ya ha regresado con aire demasiado satisfecho, tras haber dado cuenta del pie y las corvas de un forastero, con la misma tranquilidad de quien hunde el morro en la gamella para devorar su habitual pitanza. Y si los gemelos Derby y Brooker Higgs sienten algún tipo de afecto por los forasteros —una cuestión abierta a debate, lo sé— saldrán corriendo desnudos hacia el bosque para flagelarse. Esta muerte nos atañe a todos y aun así seguimos sin saber cómo se llama este hombre.
Pero por el momento, y es de agradecer, verdaderamente, hemos de cumplir con nuestro deber y ser hospitalarios. Los cuatro caballeros por nacimiento —es decir, el señor Quill, el amo Kent, su primo y su administrador— son conducidos hasta la estancia que actualmente hace las veces de salón principal de esta casa señorial. Los tres ayudantes se ocupan del equipaje y las alforjas. Yo, como cualquier sirviente, abro camino con Willowjack para indicarle al caballerizo del amo Jordan dónde puede guarecer a sus caballos a falta de establo. Cuando regreso, escarmentado e irritado por la fanfarronería y el desdén del caballerizo —¿cómo es posible que la solemne custodia de un puñado de sillas de montar haga que un hombre se sienta superior a otro?—, los caballeros se han retirado a sus cuartos en las plantas superiores de la casa. Puedo oír el siseo y el murmullo de sus voces y en una o dos ocasiones entiendo lo suficiente como para saber que el amo está contando lo ocurrido en la picota y su primo está expresando su consternación por el hecho de que la que hasta hace unos años era una elegante casa solariega se haya convertido en algo «raído y andrajoso como la saca de un mendigo».
Me gustaría escuchar algo más. Me quito los zapatos para poder moverme silenciosamente por las habitaciones. Sé que mi presencia no será requerida por los caballeros. No he de hablar a no ser que se dirijan a mí. El amo Jordan enseguida se habrá dado cuenta de mi condición por las ropas que llevo, especialmente mi sombrero de paja, y por el color tostado de la piel de mis manos y mis mejillas. Pero a pesar de todo estoy dispuesto a convertirme en el espía. Aunque si espío por mí mismo, por mis vecinos o para proteger a mi patrón, no lo tengo del todo claro. Cuando haya escuchado cuanto tienen que decir, lo sabré.
Por una vez, contemplo el interior de la casa con los ojos de un extraño. Ciertamente, este caserón no es un lugar que nos haga sentirnos celosos a quienes habitamos humildes casitas. No nos hacen falta ventanas o una planta superior. Lo único necesario en nuestra propiedad es un lecho de tierra a modo de alfombras, paredes de cascotes y un par de sólidas vigas de madera que eviten que el tejado se caiga. Sin embargo, la gente con mejor pedigrí está acostumbrada a otras delicadezas. Hemos oído hablar de prodigiosas mansiones en otras zonas rurales, en las que los caballeros y las damas descansan en lechos tan enormes y de maderas tan robustas que parecen galeones, con colchones rellenos con millones de plumas y guarecidas de la luz procedente de grandes ventanales por elegantes doseles. Duermen bajo el lino y el sedoso camelote de exquisitas sábanas, con perros spaniel a sus pies, mientras en las numerosas habitaciones de la casa decenas de criados se levantan antes del amanecer para sacar brillo a los azulejos del suelo, pulir las sillas de mullidos reposabrazos, limpiar el polvo y espantar a las polillas de pinturas y tapices y colmar con manjares las bandejas de los desayunos, deliciosos dulces y confituras y otras exquisiteces que nunca tendremos ocasión de probar. He oído hablar de los palacios de cierto terrateniente, cuyas enormes fincas albergan lagos y bosques con ciervos y con tales lujos en su interior que hay un perro mastín de guardia noche y día solamente para vigilar las alacenas donde la señora esconde su costosa plata y guarda un cofre repleto de joyas. De hecho, cuando era joven y aún no había llegado a este remoto lugar, serví al amo Kent en la lujosa residencia de piedra de su familia, con jardines amurallados por los que se paseaban los pavos reales, una torre almenada, más de cuarenta habitaciones y otros tantos sirvientes para atenderlas.
El amo Kent no posee semejantes exquisiteces y por tanto no necesita mastines en su casa, ni siquiera spaniels. En caso de que haya algún tipo de lujo u opulencia aquí, sin duda alguien se ha encargado de ocultarlos bien, o simplemente han ido perdiendo lustre con el tiempo. La casa era visitada a menudo y estaba mejor atendida cuando todavía vivía Lucy Kent. Las habitaciones eran utilizadas y siempre estaban inundadas por los dulces aromas del enebro y la lavanda. Algunas de nuestras esposas la atendían a diario, la ayudaban a vestirse, mantenían limpia la casa y también cocinaban. Pero cuando ella falleció, su viudo eligió un tipo de vida más simple. La antigua galería ha permanecido cerrada hasta esta tarde, igual que las habitaciones de la planta superior. Los bellos revestimientos de madera han perdido el lustre y sus barnices han empezado a desconcharse, pues ya nadie se encarga de pulirlos. El señor Quill está confortablemente instalado en la planta baja, en el que, aún en tiempos de Edmund Jordan padre, fuera el cuarto del administrador y en el que más tarde Lucy Kent se sentaba con sus agujas y tejía hasta el anochecer. El amo Kent se las apaña en el salón, su refugio, con su chimenea. Tiene una cama con zócalo sin doseles pegada a la pared, pero sin rastro alguno de sedas ni de plumas. Duerme en un colchón relleno de paja como todos los demás y sus edredones de verano son unas gastadas colchas del tejido más vulgar. Tiene un cofre lleno de documentos y manuscritos, una mesa de bastidor de roble en la que come a solas y descansa a la luz de una vela, un banco de respaldo alto para protegerse de las corrientes y dos recuerdos de su esposa: el más pequeño de sus telares y el cepillo con el que se alisaba el cabello cada noche. Tiene más espacio, más posibilidades que nosotros, pero ¿quién se atreverá a decir que disfruta de más comodidades? De hecho, no querría intercambiar mi casa con la suya. Y dicho sea de paso, tampoco mi vida. No ahora.
Esta es la primera vez desde hace muchos años —desde los tiempos en que dormía en el ático y en la habitación del torreón, de hecho— en que he tenido motivos y ocasión de examinar la amplia segunda planta de la casa. Había olvidado lo melancólicas que pueden llegar a ser estas habitaciones, especialmente cuando no hay niños ni perros que correteen por ellas. Apenas consigo ver dónde estoy, tal es la oscuridad que aquí reina, mientras me acerco al cuarteto de voces. En el exterior, la tarde es aún luminosa. Me veo obligado a forzar la vista buscando algo de luz, pero incluso cuando mis ojos se han acostumbrado a esta penumbra, la escasa iluminación de este caserón resulta opresiva. El edificio es demasiado viejo, más todavía comparado con las luminosas celosías y los amplios ventanales tan del gusto de las construcciones de hoy día. No hay en toda la casa ni una ventana acristalada, tan sólo rendijas y pequeños vanos y, por si eso fuera poco, la escasa luz que estos dejan pasar queda siempre atenuada por la hilera de hayas que en tiempos fueron plantadas cerca de la casa, según la costumbre, como protección contra los relámpagos. Pero al menos esta oscuridad me permite moverme sin ser visto. Consigo subir las escaleras, esquivo los débiles rayos de sol vespertino que se aventuran hasta el interior y llego al descansillo que conduce a la galería superior, donde el amo guarda lo que aún queda del mejor mobiliario y varios arcones de cobre que sin duda albergan incontables reliquias. Permanezco entre las sombras, tras el cortinón que hay junto a la puerta, observo la escena y escucho atentamente la conversación que tiene lugar.
Sólo el amo Jordan está de pie. Es alto, de huesos grandes y hombros fornidos, y va vestido con un largo jubón, tan rígido que apenas le permite moverse. Sostiene en su mano un frasquito de cristal con agua de rosas, como protección, imagino, contra la fetidez de esta descuidada galería. El en otro tiempo blanco enyesado de los techos está ahora lleno de manchas. La habitación es húmeda y apesta a pelo sucio y madera mohosa. Los otros tres están sentados en un banco tan remilgadamente como si fueran cortesanos, con las manos sobre las rodillas y la cabeza erguida, escuchando atentamente. Edmund Jordan dice entonces, como comentario ante algo que acaba de comentar el señor Quill: «Por supuesto, para usted es algo natural, me doy cuenta de ello». Está claro que considera un idiota al proyectista, un idiota sonriente y emperifollado. Y con restos de cebada aún en su barba. Incluso la palabra «natural» resulta punzante en su tono de voz. Es como si hubiera etiquetado al señor Quill como el tonto del pueblo, el idiota local que resultaría menos fastidioso si se convenciera de que nadie espera que airee sus opiniones.
Yo no soy el idiota local. Me dedico a escuchar durante la mayor parte de la tarde.