Cosecha

Jim Crace · Capítulo 7 de 17

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Cosecha

Capítulo 7

 

A l despertar nos enteramos de que Willowjack está muerta. La noticia llega al amanecer hasta la misma puerta de Kitty Goose de la mano de Anne Rogers, la madre de nuestro gaitero. Parece divertirle aunque para nada sorprenderle encontrarme allí, vestido sólo con mi holgada ropa interior, desnudo de cintura para arriba y tirando de mis calzas, a los pies de la cama de su amiga. Alguien «con manos hábiles», dice, afanó una escarpia de metal del arcón de herramientas del granero que aún está en pie y la clavó con gran fuerza y precisión en la cabeza del caballo, por encima de la oreja. La piedra rectangular que el carnicero cogió del solar de la iglesia y que fue utilizada a modo de mazo fue encontrada entre la paja, cubierta de sangre, cuando el cadáver del animal fue arrastrado fuera de su establo y ahora reposa sobre la repisa de la chimenea del amo Kent. La gente se está organizando para dar caza a quien la blandió.

«Ha tenido que ser alguien con manos grandes», dice Anne Rogers. «Alguien grande y fuerte. Un hombre por supuesto. Un hombre que ya ha hecho antes este tipo de cosas. Un hombre en quien el caballo confiara…». Titubea, pues no quiere decir lo que sin duda espera que ambos estemos pensando, que Willowjack conocía a quien la mató. ¿Cómo si no podría un extraño acercarse lo suficiente como para colocar un clavo contra su cabeza y clavárselo, aunque lo hiciera de un solo golpe? Nunca ha sido fácil acercarse a Willowjack. Incluso el arrancarle una garrapata de la oreja podía ser recompensado con una coz. Anne Rogers dirige nuestras sospechas hacia el herrero, Abel Saxton —primo segundo de mi esposa—, al que años atrás ella misma había echado el ojo para después despreciar, tras casarse con Rogers.

—Podría ser cualquiera similar a él, por supuesto —añade al ver la expresión de mi cara, haciendo un gesto de asentimiento mientras mira mis manos.

—Yo tengo coartada —digo señalando la cama e intentando aportar ante las dos mujeres algo de luz sobre esta situación que me trastorna y que, no me cabe duda, debe ser insoportable para el amo Kent. Los lazos que mantienen unida a esta tranquila comunidad comienzan a deshacerse—. Además, esta mano aún no está bien.

Les enseño mi herida en proceso de curación. La costra es más oscura y flexible. Si no tengo cuidado pronto me pondrán de nuevo a trabajar.

—Todavía me duele —me sincero, no del todo seguro de por qué las dos se están riendo—. No podría ni aplastar una mosca con ella.

—Ni siquiera desgranar una espiga de cebada.

De modo que ahora hemos de llevar dos cuerpos hasta el Cagadero, el de la amada yegua del amo y el del hombre de la picota. No sé a quién debemos culpar por la muerte del caballo. Mis primeras sospechas me hacen pensar en el caballerizo del amo Jordan. No me causó buena impresión cuando ayer le enseñé dónde podían amarrar sus caballos. Miró hacia Willowjack apretando los labios, o eso me pareció. «No le vendría mal un cepillado», dijo, a pesar de que, se mire por donde se mire, era dos veces mejor caballo que cualquiera de sus monturas. La envidia puede llegar a enloquecer a un hombre. Quizá le pateó y él se tomó su venganza.

Tampoco me resulta difícil creer en la culpabilidad de Brooker Higgs y los gemelos Derby. Es bien sabido por todos que son hombres de puños grandes. Quizá ya se ha difundido la noticia, gracias al señor Quill o posiblemente a los ayudantes del primo Jordan, de que el pueblo tal como lo conocemos y también nuestros empleos sucumbirán bajo los dientes amarillentos de tres mil ovejas. Nos superarán en una proporción de cincuenta a uno, y será pronto. Una vez más, nuestro trío de solteros habría encontrado motivos para desatar su ira y su indignación sin disponer esta vez de unas pobres palomas sobre las que descargarla. Y tampoco ovejas, claro está. Esta noche habrán escuchado el concierto de gemidos, trinos y susurros en camas que no eran las suyas. Se habrán comido las setas alucinógenas que les quedaban de su última visita al bosque hace tres noches (aunque cualquiera diría que fue ya hace mil). Y sólo entonces habrán ido a buscar el maldito clavo con el que mataron a Willowjack, un caballo al que todo el mundo amaba y por eso la criatura más merecedora de su furia y sus golpes. Sin embargo, he observado cómo Brooker y los gemelos merodeaban por el pueblo como perros escarmentados durante los últimos días, temerosos de que sus correrías como exterminadores de palomas acabaran por causarles un disgusto. Haber asado a todas esas palomas fue un acto deplorable, aunque hasta cierto punto parecía responder a alguna absurda lógica. Pero después los forasteros fueron injustamente castigados a causa del silencio y del engaño de nuestros hombres y uno de ellos, el más pequeño, ha muerto estrangulado en la picota. No existen setas lo suficientemente fuertes como para hacer que esos jóvenes mataran al caballo del amo. Ahora mismo están asustados hasta de su sombra. Y en cualquier otro lugar, sin duda temerían por sus vidas.

Otra posibilidad: me avergüenzo por el mero hecho de mencionar a mi vecino, el apreciado John Carr. Es un hombre apacible, muy querido por los suyos y amante de los animales. John Carr es capaz de detener él solo a todo un rebaño de vacas, incluso aunque estén especialmente inquietas por la presencia de algún toro o de sus crías. Lo he visto tumbar a un perro enloquecido con la punta del dedo: un firme toque en la nariz es suficiente para que deje de ladrar y otro más para que empiece a menear la cola. Es un don, un don del que nos servimos siempre que es necesario llevar a un animal al matarife. Fue John quien sacrificó el ternero que comimos la otra noche a expensas del amo Kent. Su pellejo aún se está secando en salmuera colgado de las vigas del granero, aunque entre mis desafíos de hoy está bajarlo de ahí y hacer con él un pergamino para los mapas del señor Quill. Sí, John Carr es el matarife del pueblo, y conozco a muchos otros capaces de ejecutar a Willowjack con la rapidez y habilidad que la señora Rogers ha descrito. Pero mi vecino Carr tiene manos pequeñas y regordetas, un par de manos torpes y encogidas a causa del trabajo. Y es un buen hombre.

Anne Rogers no será la única en señalar a Abel Saxton, nuestro herrero, como sospechoso. Estoy seguro. Una sola de sus manos es lo suficientemente grande como para inmovilizar la pezuña de una bestia mientras la calza con la otra. Pero la idea no me convence en ningún momento, pues Abel Saxton ha estado siempre muy unido a Willowjack desde que nació —la ha cuidado, alimentado y herrado— como para desear su muerte bajo cualquier circunstancia. El amo le paga bien por su trabajo como herrero y curtidor. El tipo es un idiota, pero no tanto como para morder la mano que le da de comer.

Estoy confundido, a decir verdad. En cuanto la señora Rogers se marcha apresuradamente para seguir difundiendo el chismorreo de que «el viejo Walter Thirsk» se ha pasado la noche dando el callo, comienzo a desgranar mentalmente un rosario de nombres, los de los veinte hombres lo bastante altos para situarse a la altura de la oreja de un caballo. Sin embargo, no encuentro a ningún candidato que me convenza.

—Habrá sido el bajito el que lo hizo —sugiere Kitty Goose mientras prepara unas gachas para empezar el día.

Había olvidado lo irritante y simplona que puede llegar a ser.

—¿Quieres decir el hombrecillo que ha muerto? Sí, es probable que haya sido él, ¿verdad?

—¿Quién si no? Si te encadenaran a la picota por quemar un palomar con todos los bichos dentro y después estuvieras a punto de ser devorado por los cerdos, matar a un caballo sería el tipo de travesura que disfrutarías —dice, segura de sí misma—. ¿No te parece motivo suficiente?

—El hombre está muerto.

—A los muertos es a los que más hemos de temer. Su alma no descansará hasta que esté satisfecha, hasta que el tipo haya sido vengado.

—Es demasiado bajo para alcanzar la cabeza de un caballo —le digo.

Intento ser razonable.

Se me queda mirando como si fuera un bufón.

—Todo el mundo es bajo cuando está arrodillado —dice, mirándome de lado.

Por supuesto, tiene razón. Qué idiota soy. El caballo no estaba de pie. Estaba tendido y durmiendo cuando murió. Ocurrió en mitad de la noche. ¿Qué otra cosa hace un caballo entonces sino tenderse en la paja y dormir? No tenía por qué conocer al asesino ni confiar en él. Tampoco tuvo que estirarse para golpear. El asesino ni siquiera necesitó levantar la roca muy lejos del suelo para hacerlo. Probablemente usó ambas manos. Lejos de ser un hombre fuerte y de manos fibrosas, el asesino pudo ser una mujer o incluso un niño. Si obviamos el fantasma de la viuda Goose y a su compañero de picota e incluimos al señor Quill y a los seis invitados del amo Kent, hay en este pueblo más de sesenta hijos e hijas de Caín que pueden haber regresado a hurtadillas hasta sus jergones de paja esta noche con sangre de caballo en las manos y en la ropa.

Y en efecto, esa es la prueba que el amo Kent desea encontrar una vez que ha reunido a todo el mundo en el granero de trilla para una nueva jornada de trabajo. Los caballos tienen corazones grandes y musculosos que bombean con fuerza la sangre por todo su cuerpo. Un vigoroso chorro de sangre salió de la cabeza de Willowjack en el mismo instante en que el clavo penetró en su cráneo. La paja está negra y pegajosa en el lugar donde se derramó. Quienquiera que sea el responsable, no habrá escapado limpio a su fechoría. Lo único que el amo necesita es encontrar una pila de ropa empapada de sangre. Los aldeanos reciben la orden expresa de no abandonar el granero en todo el día. Mientras tanto, la búsqueda se llevará a cabo en sus casas, sus jardines y sus huertos. De modo que debemos prepararnos para ver a uno de nuestros vecinos colgando de un roble —a falta de cadalso— antes de que acabe el día.

«¿Y quién eres tú?». Esa es la pregunta que nadie se atreve a hacer cuando el amo Jordan aparece. El primo no ha dicho su nombre ni dado la más mínima explicación acerca de su estatus o sus intenciones. Lo único que mis vecinos pueden ver es que se trata de un hombre que goza de una obvia autoridad, asistido por tres lacayos que aparentan estar peligrosamente aburridos. Los cuatro tienen un aspecto extremadamente limpio y pálido. Inmaculado, en una palabra. Ni a una pulga le interesaría pasar la noche con ellos. Los ayudantes van vestidos con calzones iguales, jubones con cuello de lino y sombreros sin ala, como los soldados de a pie. Desde atrás, donde estoy yo junto al amo Kent, es imposible diferenciarlos. El caballero — pues al menos sí es posible suponer que se trata de un caballero— ha prescindido de la capa de cuero de montar y del jubón acolchado que llevaba ayer y va vestido más cómodamente, como dicta la temperatura de esta época del año, con unas calzas cortas o pantalones cebolla, como también se les llama, y un gabán de lino bordado. No hay ni una brizna de lana en toda su vestimenta, si la vista no me falla. Lleva la barba muy arreglada y el pelo recogido. Pero lo que atrae de veras nuestra atención y nos convence de que se trata de un hombre al que es mejor no importunar es su sombrero de copa alta y cónica, su capotain, adornado no sólo con la insignia de la familia Jordan sino también con una pluma y un broche incrustado con piedras preciosas. Solamente el sombrero ya es un símbolo de poder, riqueza y noble cuna. Ese sombrero es suficiente para comprarnos a todos.

Para ser sinceros, este señor, este noble caballero, está teniendo serios problemas para mantener el sombrero en su sitio. Se ve obligado a levantar la mano y sujetarlo por el ala mientras describe, con gestos y palabras, lo que espera de nosotros esta jornada. En resumen, desea poner fin a todo el desorden que se ha adueñado de esta región últimamente. Vivimos demasiado ajenos a «las leyes y ordenanzas», dice. Hemos olvidado el Beneficio de la Ley, el Justo Castigo, los Deberes y Costumbres de todo ciudadano… «y de todo campesino», añade. Hasta el momento, los daños de los que se nos puede hacer responsables solamente afectan a una parte de la hacienda del amo: un inmueble y un puñado de criaturas muy queridas.

—Uno de vosotros, alguno de los que ahora estáis bajo este techo, será encontrado culpable de la desaparición de una yegua de gran valor —dice—. Esa persona ya no volverá a caminar por estas veredas y que no espere que su cuerpo reciba un entierro religioso. Sus restos irán a parar a vuestro osario junto al cuerpo del caballo que asesinó. Y allí se encontrará con su hermano en la vergüenza, con el bellaco que pensó que podía prender fuego al palomar y a todas las palomas y penar su delito con tan sólo una ociosa semana en la picota, cuyo cadáver ha sido llevado a rastras hoy mismo para que sus huesos compartan el mismo lecho que los de las bestias.

No puedo evitar buscar con la mirada a los gemelos y a Brooker Higgs entre la silenciosa concurrencia. Cuando no están con la boca abierta tragan saliva. Ya se imaginan el par de cadáveres en el Cagadero mientras se preguntan quién de entre los ahora presentes en el granero dormirá para siempre junto a Willowjack y el forastero estrangulado al que casi devoraron los cerdos. Pero todo el mundo piensa lo mismo. Está tan claro como que el trueno siempre precede al rayo que se aproximan graves problemas y que uno de esos relámpagos pronto fulminará a uno de los aldeanos. Este hombre de alto sombrero, sea cual sea su relación con la insignia de los Jordan, no estará satisfecho hasta que alguien sea castigado.

El amo Kent no dice nada. Todo el mundo puede ver cómo le cuelgan las manos a la espalda, cómo inclina la cabeza asintiendo con demasiada vehemencia —hoy sólo es un miembro más de la audiencia—. Está claro que, sea quien sea este caballero recién llegado, está por encima de nuestro amo y él lo sabe. Esta es una nueva experiencia, y nos confunde. Nadie ha visto antes al amo dando tales muestras de deferencia ante nadie. Estamos acostumbrados a que sea él quien está al mando, aunque nunca ha sido de los que necesitan dejarlo patente a cada momento. Siempre ha intentado ser justo, un sutil César entre nosotros, más predispuesto a lograr sus propósitos rodeándonos con su brazo que gritándonos al oído. Nuestro César hoy parece indefenso. Por supuesto, está triste por la pérdida de Willowjack y quizá su dolor le ha dejado mudo. Es posible que de un momento a otro levante la cabeza y de nuevo tome las riendas. Pero no, esta evidente sumisión ante un hombre más joven raya en el servilismo. Más bien parece temor. Y es peor aún a causa del porte oficioso y de la gélida y enérgica actitud del otro a la hora de buscar y conseguir la obediencia de todo el mundo. «Que Dios os bendiga», dice al fin. «Y que Dios se apiade también de uno de vosotros».

El amo Kent me agradece que lo acompañe al marcharnos del granero. Necesita «una mano amiga que lo reconforte». No sólo ha perdido a su yegua, también ha tenido que luchar para salvar su cuerpo de los oportunistas.

—Mi primo me ha llamado derrochador por no permitir cocer el cuerpo inútil de un animal para aprovechar su grasa —me dice—. Yo le dije que el caballo había sido demasiado leal y amado como para ser recompensado de ese modo.

La respuesta del amo Jordan fue que también él había querido mucho a su mastín Blunt. Evidentemente, había sido un perro tan fiero y eficaz como cualquier carcelero. Pero aun así donó sus seis kilos de grasa cuando se hizo demasiado viejo para cumplir con su deber y tuvo que ser despachado.

—Quizá soy poco previsor al no dejar que Willowjack sirva a ese mismo propósito —añade mi patrón, acercándose para que nadie le oiga—. Pero me he mantenido firme y he ganado la discusión… por una vez. Si lograra ganar al primo Edmund en todas las disputas… —nervioso, de repente se lleva un dedo a los labios —. Los dos deberíamos mantener la boca cerrada por el momento. ¿Me entiendes?

El amo debe sospechar que el señor Quill me ha contado ya cuáles son los motivos de la gira campestre de su primo. Me pide que mantenga en secreto no sólo lo que ya parece obvio —que su primo le ha usurpado legalmente su hacienda y sus tierras— sino también los detalles de la difícil y lanuda prueba que se cierne sobre todos nosotros. Espera poder ganar alguna de las próximas discusiones antes de que una sola pezuña comience a hollar esta tierra. Pretende aplacar primero los argumentos de su primo antes de que este se dirija de nuevo a nosotros, sus amigos. Estoy convencido de que el plan que trazó, nada más recibir el aviso de que el amo Jordan venía de camino a reclamar su herencia, justo antes de que comenzáramos a recoger la cebada, fue el de plantar batalla, protegernos con sus buenas razones y hallar el modo de librar al menos alguna de las tierras comunales para que nosotros —los pastores y esquiladores del próximo año— pudiéramos soltar libremente a nuestras bestias, además de preservar parte del bosque. «Mientras mis convecinos gocen de seguridad», le dirá, «y tengan trabajo, pan y un techo sobre su cabeza hasta el día en que los llame la muerte, estoy seguro de que tu rebaño de ovejas será recibido con hospitalidad…».

Pero no ha sido así. Y de algún modo el pueblo entero ya arrastraba consigo la desgracia antes de que el futuro llegara montado a lomos de un caballo, antes de que el Sueño de las Doradas Pezuñas se acercara a esta región. Estaban los fuegos, las palomas, los arcos tensos y amenazantes. La mujer y su inquietante rostro arruinando el baile. Estaba el cuerpo inerte en la picota, o lo que los cerdos dejaron de él. Es como si una fuerza impía hubiera salido del bosque durante los últimos días con el único fin de disfrutar sembrando el caos en este tranquilo lugar. Y ahora, lo peor —si es que es correcto pensar que la muerte de un caballo es peor que la de un hombre—, su Willowjack ha muerto. Es algo doloroso. Era el caballo de la señora Kent. Y también aterrador, pues quien mató al caballo también estaba apuñalando al amo Kent. Por supuesto, no se puede sincerar conmigo de ese modo ni abrirme aún su corazón. Estamos rodeados por los hombres de su primo. Y el amo Jordan también está cerca en todo momento. Tan sólo se encoge de hombros, un pequeño gesto de sus manos, mandíbula y boca pero tristemente elocuente. Parece decir: «Estos son nuestros días más oscuros, viejo amigo». Yo levanto las cejas a modo de asentimiento. Efectivamente, nunca hemos vivido un día más estremecedor.

Nos hemos alejado del granero lo suficiente como para que nadie nos oiga. El trabajo sigue su curso y el grano pronto estará limpio. El señor Quill, el administrador Baynham y el caballerizo son los únicos que no han estado presentes, aunque imagino que los dos primeros están trabajando, como improbable pareja, en sus dibujos y manuscritos. Espero poder reunirme con el señor Quill esta tarde mientras prepara sus pinturas y pergaminos, como era su intención originalmente, pero por el momento he de actuar como el «hombre de confianza del primo Charles» y dirigir al grupo hacia los hogares de nuestras familias, el corazón de todo, identificar con su nombre a sus ocupantes ausentes y después permanecer junto al amo Kent mientras su primo político y sus ayudantes entran en las casas para descorrer cortinas, arrancar mantas y cobertores, abrir baúles y arrastrar de un lado a otro barriles y bancos en busca de un puñado de harapos ensangrentados. Me resulta extraño contemplar tantas estancias privadas y ser testigo de lo exiguas que resultan algunas de ellas, ver las abultadas camas, las modestas posesiones, los desvencijados muebles. Me sorprenden el orden y la suciedad, los restos de la cena de la noche anterior en algunos casos y la ausencia de ellos en otros. Lo que es seguro es que es imposible adivinar, por su modo de trabajar o de cuidar a sus gallinas, qué tipo de vida lleva una persona tras los muros de su casa.

Me siento avergonzado cuando llegamos a casa de los Carr. John y yo nunca hemos visitado la casa del otro. Somos buenos amigos pero solamente nos vemos y hablamos al aire libre. Nos sentamos en el banco junto a la puerta y estamos de acuerdo en que los vecinos no deben fisgonear. Los vecinos deberían ser sordos y ciegos. «Tengan cuidado», les digo a los hombres antes de que entren. Pero son demasiado impacientes y fríos para preocuparse. Siento que mi petición sólo ha conseguido levantar mayores sospechas sobre los Carr. Tengo que alejarme. No puedo soportar escuchar semejante alboroto. John nunca podrá comprender por qué no entré con ellos e intenté detener sus destrozos.

También resulta embarazoso esperar junto a la puerta de la viuda Goose y escuchar cómo vuelcan la cama, todavía cálida, imagino, por nuestros cuerpos. Aún meciéndose, posiblemente. Pero hasta el momento no ha aparecido ningún rastro de la carnicería, ni siquiera en casa de Abel Saxton. La única sangre que aparece es la de un pañuelo en mi casa. Me veo obligado a enseñarles la mano y además cuento con el apoyo del amo, que les informa de mi valor durante el incendio del establo. Evidentemente conseguí salvar buena parte de su heno. Sólo entonces el amo Jordan se convence de que no soy un sospechoso.

Así llegamos a la última de las aproximadamente veinte casas habitadas y podemos hacer un descanso mientras los tres ayudantes van a mirar en la pocilga, en las letrinas y en el cobertizo del alambique, en las barracas y en cualquier rincón o grieta donde pudiera ocultarse una camisa ensangrentada. El amo Jordan en persona camina por el sinuoso sendero que conduce a la casa en la que se crió mi esposa Cecily. Y es él mismo quien casi de inmediato vuelve a salir hacia la luz dando un grito de satisfacción y sosteniendo un pesado trozo de tela empapado en sangre. Al principio, el amo y yo pensamos que es demasiado oscuro para ser el chal de terciopelo de la mujer. Pero enseguida la verdad es innegable. Desde un primer momento, la luz del sol hace brillar sus hilos de plata y, cuando a continuación extiende la prenda, ya no hay duda sobre el color, un intenso y profundo malva turco. «Vuelve a sacudirlo», siento el impulso de decirle a quien lo sostiene, «para que veamos cómo cae sobre ese lecho de cardos».

Pero consigo apaciguar mi lengua y también lo hace el amo Kent, incluso cuando su primo arroja el chal por encima de un cercado y nos invita a identificar a su propietaria.

—Dime su nombre —exclama el primo dirigiéndose a mí, el aldeano, alguien en quien a pesar de todo parece confiar, aunque posiblemente sólo sea por el mero hecho de que soy menos robusto o mi cabello es menos rubio que el de los demás.

—No sé cómo se llama —respondo, y en efecto no es del todo mentira. Le pongo rostro sin embargo. Puedo describir su cráneo bruscamente afeitado que, días después ya, estará cubriéndose de nuevo de pelo. No confundiría sus ojos oscuros y brillantes como la belladona con los de ninguna otra mujer del pueblo. Pero aparte del sobrenombre de señora Beldam con el que el amo Kent la bautizó, carece de título con el que poder identificarla.

—Nunca he visto a ninguna de mis vecinas llevando algo así. Honestamente — digo.

Dejo en manos de mi patrón la responsabilidad de reconocer la prenda y al culpable y de llevar a cabo su incómodo deber. Ya habrá llegado a la conclusión de que la mujer que escupió a Willowjack también la asesinó. Se coló a escondidas en el granero en el que poco antes había puesto fin al baile, buscó una escarpia entre las herramientas y de algún modo se las arregló para levantar la pesada piedra del solar de la iglesia y dejarla caer sobre la pobre bestia con malévola y colérica fuerza. De otro hombre que no fuera el amo Kent yo mismo esperaría una respuesta igualmente malévola y colérica. Amaba a su Willowjack. Sin embargo, ni siquiera parece sorprendido al relacionar a la mujer con el caballo. No cree que su acción tenga justificación posible, en todo caso. ¿Por qué descargar su ira con un caballo? De cualquier modo, la mujer actuó de forma comprensible. Su pariente —y aún no sabemos qué parentesco los unía, probablemente su padre— fue arrastrado hasta la picota por orden del amo Kent y abandonado allí para ser devorado por los cerdos. ¿Qué hombre con corazón negaría que la mujer tenía motivos? Tampoco me sorprende que el amo Kent no revele a su primo Edmund Jordan la identidad de la propietaria del chal. Está preparado para asumir él mismo la culpa por la muerte de Willowjack pero no se escuda en una esquiva y engañosa verdad, como he hecho yo. En lugar de eso, dice: «Ese chal era de mi mujer, tu prima Lucy Kent». No hay ni un solo aldeano en los alrededores que pueda permitirse un chal como ese, ni tampoco la oportunidad de conseguirlo. Y eso sí es cierto.

El amo Jordan asiente.

—¿Entonces quién vive en esta casa abandonada? A mí me parece que alguien ha estado durmiendo ahí.

—Posiblemente un vagabundo. Un saqueador nocturno.

El amo sacude la cabeza, tratando de ganar tiempo al hacer gala de su perplejidad. La historia que finalmente sugiere es esta: alguien llegó en mitad de la noche, algún rufián. Se coló en la hacienda y, al descubrir en ella más actividad de la esperada y a demasiados hombres de sueño ligero, decidió marcharse con el chal de terciopelo de Lucy como único trofeo.

—Estaba colgado en su viejo telar hasta la otra noche —explica—. Nuestro visitante nocturno probablemente querría tratar de venderlo en cuanto llegara a algún pueblo, o quizá sólo quisiera abrigarse con él durante la noche en esta vieja casa. Pero antes intentó robar la mejor montura para sus futuros viajes —el amo Jordan asiente de nuevo—. Por supuesto escogió a Willowjack en lugar de fijarse en tus serviciales caballos, primo Edmund —el amo Kent prosigue, calentando su historia—. Pero Willowjack es leal y asustadiza. No me resulta difícil creer que nuestro hombre recibió una coz. O quizá un fuerte mordisco. Una persona vulgar y violenta a buen seguro sentiría el impulso de vengarse por algo así.

El amo Jordan frunce los labios. Está meditando sobre lo que acaba de escuchar. No es un simple moralista de corazón duro como la piedra que pretende dar una lección sobre lo ocurrido a costa de cualquier aldeano. Sin embargo, la muerte del caballo podría servir a sus propósitos, pues sin esfuerzo alguno conseguiría dejar una profunda huella sobre toda esta futura prole suya. No hay nada como la exhibición de fuerza y justicia —y la de un cadáver balanceándose en el cadalso— para persuadir a un populacho tan poco acostumbrado a cualquier disciplina formal, un grupo de gente cuya conformidad en cualquier asunto, incluidos los relacionados con la lana y los cercados, sería casi imposible de conseguir de otro modo. Ya ha hecho promesas y amenazas. Ya ha invadido y asaltado los hogares de toda la comunidad. Perderá control y credibilidad si lo que el amo Kent ha contado es cierto. El bellaco no era un hombre del pueblo. El miserable llegó y se fue por donde había venido, al parecer.

—Que así sea entonces —dice dubitativo y al parecer sin darle importancia a que mi amo haya cogido el chal de terciopelo, empapado en sangre de caballo, mientras dice que lo hará lavar enseguida para devolverlo al lugar donde pertenece, la habitación de Lucy.

Pero el amo Jordan aún está buscando el modo de salvar su posición y de demostrar su lealtad a la justicia.

—Ese hombre que pasa la semana ocioso en la picota es el responsable de quemar tus propiedades y de matar a tus palomas, ¿no es eso cierto? —pregunta finalmente, casi con una sonrisa. Mi patrón apenas es capaz de encoger levemente la barbilla en gesto de asentimiento. Ni siquiera un sí—. El mismo, según creo, que te amenazó de muerte para vengarse.

—Es cierto. Pero sólo en el calor del momento. Además, está bien encadenado y no es posible que haya hecho ningún mal a Willowjack, excepto con alguna brujería —responde el amo.

El primo no está escuchando.

—No es mi intención cargarle con la culpa de lo ocurrido al caballo. A menos, por supuesto, que se pueda probar tu sugerencia sobre algún tipo de brujería. Pero debemos interrogarlo —dice—. Es lo mínimo que podemos hacer por tu honor, querido primo, acusarlo de sedición e incitación. Tú eres mi testigo. Él mismo dijo que pensaba asesinarte. Ahora soy el amo de este lugar sin haberlo pedido expresamente y me descubro de repente en el papel de magistrado. Creo que ya es hora de que llevemos este caso ante un tribunal. Y lo digo con gran pesadumbre.

Entonces se vuelve hacia nosotros, se gira lentamente contemplando el horizonte, abarcando con la mirada todo lo que hasta ahora no le pertenecía. Está claro que la conversación se ha terminado. Nuestro modo de vida lo enfurece. Le exaspera el desorden que ha descubierto en este pueblo. Suspira dramáticamente, para que no tengamos ninguna duda. Nosotros mismos nos hemos buscado este problema. Y él mismo le pondrá fin, de forma repentina e impaciente, si es necesario. Contemplo su mirada.

—¿Y bien, Walter Thirsk? —dice, tratando de catalogarme.

Intenta sopesar, creo yo, cuán útil le puedo ser. Yo asiento, admitiendo que así me llamo, nada más. Posiblemente lo interpreta como un gesto de complicidad por mi parte. Me ve como el hombre que no hace demasiado tiempo —doce años— pudo haber visto el pueblo como él lo ve hoy día, una pánfila y perdida mancomunidad sierva del hábito, de la costumbre y la rutina, de la pérdida de tiempo, de la indolencia y de la lentitud.

Una vez más se da la vuelta, pero esta vez sonríe. Levanta los brazos, con las palmas hacia arriba como un predicador, extiende los dedos hacia la tierra que hay ante él.

—¡Nada más que ovejas! —dice, y ríe a carcajadas.

Su broma, creo yo, es la siguiente: nosotros somos las ovejas, y ya estamos aquí rumiando hierba. No hay nada más penoso que nosotros, piensa. Nadie tan débil. Nada puede igualar nuestro temeroso mal humor, nuestras vacías vidas, nuestros escuchimizados y estúpidos rostros, nuestra dependencia, nuestra cobardía y nuestras quejas. Estoy seguro de que le encantaría perdernos a todos de vista. Poner fin a toda esta parsimonia nuestra. Reemplazarnos por un ganado más noble.