Cosecha
Capítulo 14
A hora solamente quedamos cuatro. Espero que aún seamos cuatro. La señora Beldam no puede estar lejos. Esta noche será la quinta que su marido pasa en la picota. El señor Quill también sigue desaparecido, por supuesto. Mañana comenzaré a buscarlo, si es que queda algo de él. Mi mayor deseo es no encontrar ni rastro del hombre, mi cartógrafo, hasta hace poco mi mayor esperanza. Confío en que alguien saliera de la hacienda durante la noche de las confesiones, cuando el señor Quill estaba ya desaparecido, en una misión de rescate para darle aviso de que no regresara jamás, para decirle que el amo lo ha llamado hechicero y lo ha acusado de ser el cabecilla de las brujas. Su amorfa vida pende de un finísimo hilo y pronto podría estar colgando de una rígida soga. ¿Pero quién puede haber sido ese salvador? Ninguno de los ayudantes, eso seguro. Tampoco el caballerizo. Ellos no se arriesgarían, ni siquiera les importaba lo suficiente. Baynham, el administrador, es una posibilidad. Un hombre consciente y educado como él podría haber tenido un repentino ataque de mala conciencia. No es más que un spaniel perezoso, leal y obediente. Como yo lo he sido, al menos hasta ahora.
Supongo que alguno de mis vecinos podría haber sido el buen samaritano aun sin pretenderlo. Es fácil de imaginar. Quizá descubrieron al señor Quill de regreso a casa esa noche y no pudieron resistirse a darle una lección por los problemas que les había causado ni quisieron dejar pasar la oportunidad de contarle la sugerencia que el señor Baynham les había hecho a las puertas de la hacienda, es decir, que fueran recogiendo leña para encender una hoguera donde quemar públicamente a las brujas: «Tengo entendido que se practica la brujería en esta región. Tenemos bajo custodia a tres de vuestras arpías». Sin embargo, no puedo imaginar al señor Quill huyendo de algo así. Ha demostrado ser un hombre valiente y honesto en varias ocasiones, despreocupado ante los peligros que se ponen en su camino o inconsciente de ellos, un inocente heroico. Habría sido capaz de liberar a la pequeña y a las mujeres. No, esa no es la respuesta que estoy buscando.
El amo Kent estaba al corriente de lo ocurrido. Él habría hecho lo posible por advertir a su cartógrafo y a sus recientes invitadas de los peligros que los amenazaban. Quién sabe, podría haberse puesto su capa sobre la camisola de dormir en mitad de la noche y salir en su busca. Es posible que tuviera la suerte de encontrar al señor Quill cuando este regresaba a casa. Ambos se habrían sobresaltado al tropezarse en la oscuridad y a continuación intercambiarían susurros y abrazos. Al menos podría haber escrito una nota de advertencia y dejarla en el porche de la casa para que el señor Quill la encontrara. Pero si el amo Kent hubiera ayudado al hombre a escapar o hubiera intentado persuadirlo de que no regresara, sin duda me lo habría dicho. Sabe que hemos hecho buenas migas. Sí, ahora que lo pienso, algo quedó sin aclarar la mañana que vino a mi casa para compartir conmigo todas las malas noticias. «¿Y qué ocurrió la otra noche cuando volvió el señor Quill?», le pregunté. El amo Kent se cubrió la boca con la mano, como con vergüenza —o quizá para esconder una mentira—, y dijo: «No ha vuelto a casa, aún no. Debe haber dormido en otra parte…». Ese en otra parte tiene ahora más sentido que entonces. En aquel momento creí que en otra parte significaba en los brazos de la señora Beldam. Ahora pienso que posiblemente el amo Kent trataba de darme a entender que nuestro buen amigo estaba a salvo. En otra parte quería decir fuera de los límites de nuestra parroquia.
Pero de todos modos sigo preocupado por los angustiosos pensamientos que me acosaban mientras bajaba de la loma de los tréboles. En ellos mi amigo está envuelto en una piel de animal, completamente incoloro. O está derritiéndose entre las llamas, su carne desprendiéndose de los huesos como si fuera la cera de una vela. Los tres esbirros de Jordan lo encontraron y lo colgaron en una improvisada horca. Lo atraparon y lo dejaron desangrándose en mitad del bosque para que los cerdos terminaran el trabajo. O quizá fueron mis vecinos quienes se encontraron con él por el camino en mitad de la noche. En esta ocasión no son los buenos samaritanos. Es tarde y el mundo está envuelto en tinieblas. Nadie puede verlos ni acusarlos. Le dan el mismo tratamiento que el caballerizo recibiría la tarde siguiente. Lo han golpeado y está malherido. Podría sobrevivir, pero alguien tiene un cuchillo de podar y el señor Quill acaba desmochado como un arbusto recién podado. No queda ni un solo miembro sujeto a su torso. Y, una vez más, los cerdos se encargan del resto.
Y si el señor Quill ha sido descubierto y despachado, ¿por qué no también la señora Beldam? No hay ni rastro de ella desde hace dos días. De modo que, ¿por qué no pudo pasarle lo mismo a ella? Veo su cabeza, en la que el cabello ha seguido creciendo, golpeada y aplastada en el suelo como si fuera un nabo. Otra dulce golosina para los cerdos. La veo tendida junto al Cartógrafo entre los cuerpos putrefactos de los animales en el Cagadero. Pero entonces un miedo diferente y más verosímil se apodera de mí, uno menos dulce y mucho más creíble, si tenemos en consideración lo que ya sabemos de ella: el dolor y la rabia por la muerte de su padre. La mujer que podría haber asesinado a Willowjack, la mujer que quizá haya estado buscando venganza, salió corriendo en mitad de la noche con el señor Quill a escasos metros de ella, pisándole los talones. Él se ve a sí mismo como el perseguidor que pronto podrá rescatarla. Pero la intención de ella no es otra que atraerlo. Quiere que él la siga. Incluso afloja el paso lo suficiente para que, a pesar de su cojera, el hombre pueda alcanzarla. Veinte metros más y será mía, piensa él. La tiene al alcance de la mano. Casi puede tocarla, si al menos tuviera aún el pelo largo podría agarrarla. Salen a campo abierto, al lugar donde encendieron su fuego el día que llegaron. Siguen avanzando y llegan al pasaje entre los árboles. La oscuridad de nuevo los envuelve, la luna ha vuelto a ocultarse. Ella se da la vuelta y le planta cara. «He venido a avisarte, hermana», empieza a decir el señor Quill. No ve el palo que desciende brutalmente sobre su cabeza. Sólo siente el primero de cincuenta golpes. Yo, sin embargo, siento cada uno de ellos, del primero al último, un incansable golpeteo en mi cabeza que no acabará hasta que no sepa si todo esto es cierto o tan sólo una fantasía. Mañana sí, mañana saldré a buscarlos. A los vivos y a los muertos. Pero ahora necesito encontrar algo de paz en sueños. Hoy ha sido el segundo peor día de mi vida.
A pesar del civismo y las convenciones paso la noche, por primera vez en muchos años, en casa del amo. Después de todo, yo soy el actual amo. O al menos quien ahora ocupa el puesto más alto en el escalafón y el único que aún habita este lugar abandonado. Después de mí, sólo los murciélagos pueden considerarlo su hogar. De nuevo he de escoger entre varias camas, todas ellas deshechas. Es fácil adivinar en cuál ha dormido el caballerizo. Ha dejado una costra de sangre seca. Después está el dormitorio improvisado con paja dispersa por el suelo, en una estancia de la mohosa galería superior y sobre la habitación de mi amo, donde los ayudantes de Jordan pasaban la mayor parte del tiempo: la sala de torturas. Apesta a hombres y a sufrimiento.
El amo Jordan también ha dejado rastros de su presencia en su habitación, sobre todo el olor de su agua de rosas, pero también el guardapolvo de lino bordado que llevaba puesto cuando se presentó en el granero de trilla para amenazar a todo el mundo y con el que, imagino, debía dormir. Elijo su cama. La ha preparado de manera confortable, o al menos ordenó que alguno de los sirvientes de la casa lo hiciera por él. Es evidente que no quiso utilizar ninguno de los jergones de paja del amo Kent ni sus raídos cobertores y en lugar de eso se preparó un cómodo lecho a base de alfombras, tapices y paños que luego cubrió con una de las viejas capas de montar de Lucy Kent. Nada a la altura de las finezas a las que estará acostumbrado. Un cúmulo de inconveniencias para alguien como él. Sin spaniels durmiendo a sus pies ni una bandeja de dulces y exquisiteces a su lado. Pero para mí es de lo más cómodo.
Al principio no reconozco el trapo que el amo Jordan ha dejado doblado para usar a modo de almohada. La habitación está oscura. Pero cuando poso en él mi cabeza, sospecho por su textura lo que puede ser. Nunca he tenido ocasión de restregar mi cara en un chal de terciopelo, aunque últimamente he soñado con hacerlo. Primero pienso que he posado mi cabeza encima de un topo. En mis tiempos también yo cacé topos, liebres y conejos. He sentido su tacto, frotado mis labios y mi piel contra su pelaje. No hay nada vivo que sea tan suave como un topo. Pero ningún topo huele tan bien como esto. Además del olor del amo Jordan y de los efluvios de agua de rosas, distingo, a pesar de las recientes salpicaduras de sangre, sangre de caballo quizá, restos de Willowjack, el cálido y dulzón aroma del cuerpo de ella. Lo cojo y le doy la vuelta en la penumbra esperando confirmar que se trata del chal de la señora Beldam. Con tan poca luz parece feo y descolorido. Trato de distinguir el tono malva de la tela. Pero no aparece. Sin embargo la luz de la luna me permite ver sus hilos de plata, brillantes y casi húmedos como el rastro de babas de un caracol. La primera vez que lo vi en todo su esplendor fue al final del baile. Ella lo llevaba sobre los hombros — de pie e inmóvil a la entrada del granero— y le daba un aire oriental bajo su urdimbre pesada y señorial. La última vez que vi el chal estaba empapado de sangre tirado al otro lado de la cerca de la casa en ruinas, más allá de donde vivían los Saxton. «Dime su nombre», me ordenó entonces mi nuevo amo. «Por mi vida que no sé cómo se llama», respondí.
Por eso me alegra haber encontrado de nuevo el chal de esa mujer. He de confesar que intento dormir abrazado a él, y también a ella. Trato de invocar su presencia susurrando en su piel de terciopelo. Me froto contra él y contra ella al mismo tiempo. Lo aprieto contra la nariz y trato de perderme en ella. El pelo que ya le vuelve a crecer debe tener un tacto muy parecido a esto, pienso. ¿Se podría decir que obtengo de ella cierta fuerza renovada? Durante estas largas horas, hundido en los profundos surcos de esta noche solitaria, creo descubrir —o lo sueño o quizá el espíritu del chal lo ha traído hasta mí— el sentido de todo esto, lo que he de hacer antes de que el rey Edmund, como el señor Quill y yo lo bautizamos en una ocasión, me convierta por completo en su fiel vasallo. Despierto empapado en una escalofriante lucidez, como si mi cuerpo hubiera sido barrido por una ola de escarcha. Escarcha y surcos. Esa es la imagen. Ahora sé lo que debo hacer. Tengo que arar de nuevo esta tierra. Ha llegado el momento de labrar los campos. No importa lo que diga ningún Jordan. La escarcha continuará lo que empiece el arado. Y el invierno traerá la primavera.
Tengo frío y estoy demasiado lúcido para volver a dormirme. De modo que me levanto desnudo de la cama, me calzo las botas, me pongo el olvidado guardapolvo de Jordan y me cubro con el chal de la señora Beldam antes de salir. Mi intención es tenderle una trampa. O al menos descubrir si sigue viva, si aún sale de noche para atender a su marido y comprobar si todavía queda alguien de quien vengarse por la muerte de su padre. He de decir que la mera visión de ella sosteniendo la piedra en una mano a modo de mazo y la escarpia de hierro en la otra, junto con la imagen que antes me asaltó de la señora Beldam atrayendo al señor Quill hacia el bosque para golpearlo con un tronco hasta convertir su cabeza en sangriento abono para esta umbría tierra, me llena de un temor más oscuro que el que ningún otro aldeano de estos contornos haya podido sentir.
El cielo está despejado, pero es demasiado temprano para que la luna haya ascendido hasta situarse sobre las copas de los árboles. Mi intención es ir a la picota. Colgaré el chal cerca del marido, pero fuera de su alcance. Ella no lo pasará por alto si aparece. Incluso en la más profunda oscuridad, sus hilos de plata brillarán desvelando dónde está. Pero ahora, temblando de frío en el exterior de la casa, el absoluto silencio que me rodea me hace recordar mi soledad y vuelvo a perder la calma. Aún no estoy listo para enfrentarme al marido. No quiero perderme por esos caminos oscuros y desiertos esta noche. De modo que me limito a extender el chal sobre el banco de piedra del porche, el mismo lugar donde su padre yació, a pesar de que dudo que la señora Beldam conozca ese detalle. Acaricio sus flecos y le digo adiós. Aunque en realidad no creo que vaya a venir enseguida.
Supongo que al final sí se ha presentado, pues tan pronto como regreso a la cama del amo Jordan y recuesto mi aún dolorida cabeza sobre los brazos cruzados a modo de almohada, demasiado tenso y preocupado para volverme a dormir, escucho el ruido de lo que debe ser un animal. Los árboles y los elementos son anárquicos, su música no es rítmica sino caótica y desordenada. Ese golpeteo y esos pasos son a un tiempo cautos y resueltos. Oigo algo en el exterior de la casa, algo que no quiere ser descubierto, algo delicado y pequeño. No me atrevo a moverme en la cama. No estoy dispuesto a abandonar mi refugio. Los suelos entarimados de la casa chirrían y crujen como si bajo ellos corretearan mil ratones. Pero cuando me estiro cuidadosamente para agarrar un candelabro por si tuviera que defenderme, por si tuviera que reducir por la fuerza o capturar a la señora Beldam, los ruidos, o los pasos, ya no se escuchan. La casa vuelve a ser sólo mía. Y por fin me atrevo a dormir, aunque tengo miedo de lo que pueda soñar o de lo que pueda encontrarme al despertar.
Al amanecer descubro que el chal ha desaparecido. No puedo adivinar qué supondrá esto para mí porque aún no he decidido cómo actuar. Por supuesto, demuestra que la mujer está viva, a menos que a algún zorro o a algún tejón les gusten los chales. Pero sea como sea, lo que me indica es la alarmante y estremecedora posibilidad de que, mientras el mundo duerme, la señora Beldam esté merodeando como un alma en pena por nuestros senderos y nuestras casas. Ella nunca duerme. Nos ha hechizado. Nos acecha incluso en los lugares más recónditos de nosotros mismos. Y ahora que todos mis vecinos se han ido, ahora que el señor Quill quizá duerma entre cadáveres el sueño de los justos, yo soy el único que queda para ella. La otra noche debió verme llegar a casa, abatido. Seguro que sabe dónde decidí dormir. La pasada noche, es de suponer, se debió quedar a vigilar la casa y me vería de pie en el porche, temeroso como un niño y vestido con el batín bordado del amo Jordan —todo un caballero, sin duda— y envuelto en el chal, demasiado bueno para alguien de su clase. Observaría cómo extendía el mantón sobre el banco de piedra. Y en cuanto cerré la puerta a mi espalda, no creo que esperara lo que dura un suspiro para empezar a moverse. Las últimas noches habrá pasado frío. Pero ahora ha recuperado su chal de terciopelo púrpura.
No era esto lo que imaginaba cuando acepté seguir el consejo del amo Kent de servir a Jordan. Pensé que, preocupado todavía por el compromiso adquirido, sería capaz de disfrutar de mi tiempo libre en los lugares que he conocido y amado, más aún, en los lugares en los que yo mismo fui conocido y amado. Todo un lujo, sin duda. Gozaría de la privacidad necesaria para llorar, de la paz del otoño. Sin embargo esta mañana, de pie entre las profundas sombras del porche de la casa del amo, con la mirada fija en la fría y desnuda piedra del banco, sólo siento angustia, un creciente y turbador miedo a la muerte. He sido un idiota quedándome aquí. Tuve ocasión de escapar. Ayer mismo podría haber huido desde la loma de los tréboles para unirme al desfile de camino al pueblo más cercano. Quizá debería haber abandonado la aldea junto a los Carr la tarde pasada, o en compañía de cualquier otro vecino que tolerase mi compañía. Esta es la verdad: debería haberme marchado en cuanto Cecily murió. Nunca he demostrado ser lo suficientemente valiente ni rubio para quedarme.
Es tentador, incluso ahora, recoger mis cosas y largarme de inmediato. Después de todo no estoy atado legalmente a este lugar. No hay testigos a quienes pueda importarles que me vaya antes de tiempo. Tan sólo respondí con un asentimiento a la petición del amo Jordan, y apenas nos apretamos las manos al sellar el compromiso. Mis dedos sólo rozaron sus anillos. Pero al final no es un nimio gesto ni un apretón de manos lo que me retendrá aquí. Es la extraña mirada que ayer me dirigió el amo Kent y su significado, que esta noche he llegado a comprender. Qué es lo que debo hacer, qué labor he de completar antes de irme y dejar atrás los surcos de esta tierra. De modo que me visto y me armo con la vieja espada corta con la que, según se cuenta, el viejo Edmund Jordan acabó con la vida de un ladrón de ganado hace más de treinta años y que, a juzgar por la oscura mancha que aún decora su punta, ha vuelto a ser usada recientemente. A continuación busco por la casa el manojo de llaves apenas utilizadas del amo Kent. No es necesario que el marido de la señora Beldam cumpla toda su sentencia, siempre y cuando acepte ayudarme con el arado.
Tan sólo puedo imaginar cuáles son sus pensamientos mientras me acerco a la picota. Estoy seguro de que no pasará por alto mi evidente ansiedad y la expresión de vergüenza dibujada en mi cara. No hay modo de esconderla. Mi cuerpo está tenso y nudoso como el tronco de un tejo. Quiero sonreír para demostrarle que tengo buenas intenciones y que esta espada manchada de sangre que llevo en la mano no ha de preocuparle si él no me obliga a utilizarla. Pero los músculos de mi cara no se relajan. Mi sonrisa se convierte en una máscara inexpresiva y artificial. Me duele el estómago. A causa de la aprensión, imagino. Pero al menos he pasado la noche en una cama confortable, he dormido más que suficiente y soy capaz de pensar con claridad. Sé bien lo que debo hacer durante la jornada que comienza. Y no puedo hacerlo solo.
Si acaso siente miedo al ver la helada expresión de mi cara y la espada, si de algún modo intuye los tejemanejes que me han traído hasta aquí, al menos no le quedan fuerzas para demostrarlo. No había pensado en lo débil que debe estar a causa de la inmovilidad y la inactividad después de tantos días. Pensábamos que el castigo sufrido por él y por su suegro sería algo leve cuando los enviamos a la picota durante siete días, además de romper sus arcos y de haber afeitado sus cabezas. «Consideraos afortunados», dijo el amo Kent. En otros lugares menos hospitalarios habrían sido apaleados y ahorcados. Pero ahora que tengo ocasión de observarlo a la luz del día — nuestros anteriores encuentros fueron nocturnos— puedo comprobar lo exhausto que está, su palidez. Su cuerpo cuelga inerte de la cruz de madera con la única sujeción de los grilletes. Sus brazos eran fuertes y robustos cuando fue encadenado. No puedo decir que ahora sean exactamente delgados, pero sin duda no son musculosos. Están exangües y cansados. Sus muñecas y su garganta se ven amoratadas a causa de los intentos de liberarse. Sus ojos parecen vacíos por la falta de sueño. Sus labios están cubiertos de costras de color anaranjado, hongos sin duda, y de profundas llagas. Su cuello está hinchado por las picaduras de los mosquitos, y la piel salpicada de úlceras rojizas donde ha intentado rascarse frotándose con la madera.
—Tengo la llave —digo, dirigiéndome a su cogote de nuevo cubierto de pelo negro. No me mira—. La he robado.
Frunce el ceño. Estará pensando: «¿Y qué?» o «Demasiado tarde». O quizá: «Mi cuello consumido por la comezón espera tu espada. Córtame la cabeza y acabemos con esto».
—La he robado —vuelvo a decirle. Ha de saber que me estoy arriesgando por él —. Me han ordenado que no te libere hasta que hayas cumplido tu sentencia de una semana. Pero, ¿sabes?, creo que soy el único amigo que tienes por aquí. En ningún momento he pretendido haceros daño… —frunce el ceño por segunda vez, de nuevo: «¿Y qué?»—. Puedo marcharme si lo prefieres.
—Haz lo que quieras.
—¿Cómo te llamas? —es necesario que me haga su amigo.
—No te importa —responde.
Por un momento —es tan sólo un impulso, lo reconozco—, siento la tentación de descargar mi espada sobre su triste cuello. Su actitud me enfurece. No creo haberme ganado semejante falta de respeto. Sin embargo, me limito a posar la fría hoja sobre su exasperante frente mientras le explico pausadamente, con la boca casi pegada a su oreja, cuál es su situación:
—Ya no queda nadie que pueda ayudarte. Nadie excepto yo. Como puedes ver… —agito las llaves— soy el guardián de las llaves.
—Dime lo que quieres de mí.
—Necesito un poco de ayuda con la labranza. Sólo por un día —esta vez asiente, un día de labranza es algo que puede comprender—. Y hay otras recompensas… Por el tiempo que has pasado aquí… con nosotros.
Le cuento brevemente que todos los aldeanos se han ido. Los amos y sus esbirros también. De modo que ahora es libre. Es decir, tan pronto como acabemos de arar el campo y hayamos recorrido nuestras casas para recoger todo lo que necesite para marcharse. Hay animales que puede llevarse. Comida para el invierno. Y si se decide puede llenar un carretillo con productos y herramientas y venderlos en el mercado más cercano.
—Puedo haceros a los dos… —levanta la mirada al oír que menciono a su esposa — bastante ricos. A cambio de un día de trabajo en mi campo.
Mi campo. Ahora es mío y de nadie más.
—¿Qué me dices?
—Digo que tú eres quien sostiene la espada. Digo que tú eres el guardián de las llaves.
Espero ser menos torpe con las llaves, pero no puedo saber cuál abrirá el candado sin antes probarlas una por una. Mis manos tiemblan, así es. Tengo que dejar la espada en el suelo para poder usar ambas manos. Pongo el pie sobre la hoja para que no pueda cogerla en cuanto quede libre. Por supuesto, no está en condiciones de hacer algo así. Cae al suelo de rodillas en cuanto levanto la viga superior. Ahora es libre para derrumbarse. Dejo que se siente y comienza a frotarse piernas y brazos mientras yo trato de decidir si puedo confiar en él. Creo que me he ganado su confianza con mis promesas de riqueza. Pero seamos sinceros, podría recuperar la energía necesaria para golpearme hasta dejarme inconsciente e igualmente sería libre para coger cuanto necesitara antes de marcharse, incluida mi espada. Sin embargo hay algo en su comportamiento que me hace confiar en él. Si tuviera segundas intenciones no me habría tratado con semejante desdén. No me habría dicho: «haz lo que quieras». Un intrigante se habría esforzado por complacerme y ayudarme y me habría dicho su nombre enseguida. Si tuviera un plan para acabar conmigo habría mentido y hecho promesas que después rompería.
Me arriesgo y lo dejo a solas para que se recupere, tendido sobre la hierba, mientras yo regreso a la hacienda. Mi intención es llevarle agua y un poco de queso y pan. También recojo fruta caída en el camino de regreso. Casi espero que se haya marchado o que haya cogido piedras del terreno de la iglesia para atacarme, como las que utilizaría su mujer para asesinar a Willowjack y quizá también al señor Quill, como soñé anoche. Pero aún está sentado junto a la picota. Ha apoyado la espalda en el poste, las piernas estiradas ahora sobre el mismo suelo que durante días sus pies hollaron. Aún le duelen los brazos y las piernas. Flexiona los hombros con claras muestras de padecimiento. Pero es evidente que, hasta no hace mucho, era un hombre fuerte y un buen trabajador. También habrá cortado algo de cebada en sus tiempos. En realidad tiene el aspecto de un segador cansado después de una larga jornada, ansioso por llevarse a la boca una manzana y un poco de pan y queso.
Le digo que volveré en cuanto haya comido y se sienta con fuerzas para trabajar. De nuevo arruga la frente. Pero esta vez su modo de fruncir el ceño me infunde confianza. La comida que le he traído y que él ha aceptado significa que hemos firmado una tregua. Ha partido el pan conmigo. No creo que haya recibido semejantes muestras de hospitalidad de otro aldeano y mucho menos de ninguno de los amos. Me arriesgo aún más y dejo la espada a sus pies. «Defiéndete si viene alguien», le digo. Aunque no tiene sentido arriesgarse de este modo. No creo que nadie aparezca por aquí. Nadie excepto quizá su esposa. O el señor Quill, por improbable que parezca. Si la señora Beldam nos está observando, y sospecho que así es, entonces podrá ver que soy un amigo. Incluso silbo cuando de nuevo me alejo de allí para demostrar cuánto confío en él, y en ella.
Pero en cuanto estoy lo bastante lejos dejo de silbar. Ahora hablo a solas. Hago una lista de las cosas que tengo que hacer. En un primer momento, este se me parece a cualquier otro día de fines verano. Hay que almacenar el grano y cortar leña para el fuego. Hay que limpiar el campo y recortar setos. Hay muretes caídos y graneros deteriorados que arreglar. Esta es la estación de las reparaciones. También es la estación para prepararse y estar listos para cuando llegue la primavera. Sé que necesitaré bueyes para llevar a cabo mi tarea. Tenemos cuatro a los que permitimos pastar en el prado en barbecho y en las tierras comunales. Son animales nobles a pesar de sus afilados cuernos y de su papada de toro. Durante el día no hacen otra cosa que descansar y comer, y no tienen otro enemigo más que las moscas. Lo único que les atosiga es el trabajo, y por estos pagos es más bien esporádico para ellos. Por otra parte, es lo que les salva del matarife. Mientras sean lo bastante fuertes evitarán convertirse en pieles para curtir o en carne para nuestras despensas. No haremos copas o bobinas de hilo con sus cuernos ni juguetes o dados con sus huesos, ni siquiera herviremos sus pezuñas para obtener cola. No hasta que perezcan de muerte natural. Nuestros bueyes tienen una vida bastante fácil.
No recuerdo exactamente dónde están atados, así que tengo que ir de casa en casa hasta que descubro sus blancos morros y el rosado interior de sus cómicas orejas. Su pelaje gris y moteado se confunde con la maleza. Hoy sólo quedan dos. Los más pequeños de los cuatro que había. Mis vecinos se han llevado a los otros dos para arrastrar los carros cargados con sus pertenencias y quizá para venderlos después en el primer pueblo al que lleguen. Agarro con una soga a los dos que quedan, los conduzco a paso lento por la vereda —sus patas son huesudas y están cansadas por el trabajo y la edad— y los ato al llegar al granero de utillaje, en cuyos alrededores podrán pastar a su gusto hasta que comience el trabajo. Los bueyes carecen de la capacidad de raciocinio de los caballos, por lo que tienden a ser más pacientes y dóciles. Son más estables y su alimentación y cuidados durante el invierno también son más baratos. Un caballo huele la silla a metros de distancia y es capaz de oír cómo su amo se calza las botas y comenzar a dar coces en señal de protesta. Un buey no sabe que tendrá que trabajar hasta el momento en que ha de empezar a tirar del arado, y ni siquiera entonces se molesta en protestar.
Siempre me ha gustado este granero. Está destartalado. Nunca me ha importado si no entraba la luz o había ratas o goteras. No guardamos nada comestible en él. Permitimos que los martines y las golondrinas hagan aquí sus nidos, y también los petirrojos. No nos preocupa que las ortigas crezcan en su interior. Cuando yo no era más que un recién llegado y trabajaba la tierra torpemente junto a los Saxton, era a mí a quien enviaban aquí, a su mocito grandullón y algo lento de entendederas, para recoger las herramientas. Creo que se divertían mucho gracias a mí, pidiéndome cosas que yo no reconocía por el nombre. «Tráenos un capacho bien lleno de granazón», decían. «Necesitamos una gamella para cerdos y un mazo de doble mocheta». Incluso cuando ya había aprendido exactamente a qué se referían seguía llevándoles las herramientas equivocadas —una fisga en vez de una guadaña de cuña, un rozón en vez de una segadera— por el mero placer de hacerlos reír. Y también para darme el gusto de volver a visitar el granero de utillaje.
Hoy en el granero hace un calor infernal, un calor que anuncia tormenta. Debo — debemos, mi voluntario y yo— ponernos a trabajar lo antes posible. El arado de balancín es el más ligero de los dos y el que está más cerca de la puerta del granero, pero sé que con dos bueyes en lugar del habitual equipo de cuatro y con tan sólo dos pares de manos para dirigirlo, necesitaría dos ruedas para sostener la parte delantera de la cabía. Arar sin ese par de ruedas sería demasiado difícil y trabajoso. No conseguiríamos surcos lo bastante profundos y el peso se desplazaría constantemente hacia el pescuño y las orejeras sin poder hacer nada para evitarlo. De modo que renuncio a la idea de utilizar el arado de balancín y, bajo los rayos de sol que ya se cuelan en el interior del granero, entre los que se revuelve el polvo que yo he levantado, busco las partes del segundo arado, el que tiene los ruedines. Compruebo que está en buen estado, lo limpio pieza por pieza y, tras levantarlo, me dirijo a la puerta del granero.
No tengo que volver a la picota para buscar a mi ayudante, pues al salir veo que me está esperando de pie junto a los bueyes y observando cómo me muevo atareado de un lado para otro. Los tres me observan. Seguramente ha oído el ruido de las herramientas y ha comprendido que debía venir. Está listo para trabajar. No puedo decir que parezca contento, pero al menos tiene mejor aspecto que esta mañana. Su piel ha recuperado en parte el color y ya no ostenta el mismo tono gris y moteado del pelaje de las bestias. Ha traído la espada. Ya veo… En cualquier caso es un gesto de sensatez. No parece dispuesto a empezar hasta el momento en que yo lo diga. Ni siquiera me saluda. Soy un hombre mayor, así que sería de esperar al menos una inclinación, el más leve gesto. Sin embargo, esta vez habla.
—La nariz antes que las orejas —dice, sin el menor énfasis o afecto en la voz.
Asiento y lo miro sorprendido. ¿Cómo es que sabe tanto? No había escuchado esa expresión en mucho tiempo. O quizá no se trate de eso. Me toma por un agricultor poco experimentado y quiere que recuerde que a la hora de ensamblar las partes del arado, la cuchilla de siembra que rotura la tierra, la nariz, ha de ir por delante de la reja, la cuchilla más ancha. Y que la gran punta de flecha que abre el surco ha de ir montada delante de la vertedera que forma la cresta. Cualquier idiota o un hombre de ciudad —yo, quizá, a su modo de ver— haría las cosas de otro modo. Sin la cuchilla en la parte delantera la tierra no cedería. Sin la vertedera detrás la tierra no quedaría preparada para la siembra.
Pero su frase tiene otro significado aún más importante. Es una advertencia, al menos entre campesinos, un recordatorio de que la vida ha de seguir su curso lógico y natural. En otras palabras, no puedes comer antes de cocinar, no es posible tejer antes de haber esquilado, no intentas encender un fuego sin haber amontonado la leña y — ahora llegamos a lo nuestro— no es posible recoger el maíz si antes no has arado la tierra y sembrado las semillas. Obviamente ha adivinado lo que le deparaba esta jornada de trabajo. Y también comprende su sentido oculto y más importante, que labrar es nuestro sacramento, nuestra solemne promesa, el modo en que honramos y consagramos nuestra tierra. Si no dejamos nuestra huella en la tierra antes de que llegue el invierno no habrá un año próximo. Y eso no puedo consentirlo. Hemos de defender la próxima primavera que está por venir. De modo que pondré la nariz delante de las orejas. Y después comenzaremos a labrar.
—Ven a ayudarme —le digo.
Al verlo avanzar hacia mí no me cuesta apreciar que ha sido labrador en el pasado, antes de convertirse en un vagabundo. Es fácil distinguir a un labrador por sus piernas desiguales, dicen. La larga es para el surco y la corta para la cresta. De modo que dejo que sea él quien se ocupe del ensamblaje. Coloco la reja mientras mi nuevo socio asegura las cuchillas, la vertedera y el yugo. Y a continuación nos dirigimos al campo de cebada. Un par de complacientes bueyes y dos trabajadores con la intención de remover y abrir la tierra una última vez.
El campo de cebada ha perdido su pulcritud desde los días de cosecha. Sólo hacen falta unas jornadas de descuido para que las malas hierbas vuelvan a aparecer. De hecho ya se atisban los primeros brotes y el color verde comienza a extenderse donde antes solamente había oro y herrumbre. Pero las huellas del esfuerzo de mis vecinos aún están frescas para que cualquiera que los conozca pueda apreciarlas. Cualquiera que los haya conocido, debería decir. Los rastrojos todavía conservan su firma. Esta es la prueba de que la cosecha forma parte de nosotros. Soy capaz de distinguir en qué lugares trazaron arcos con sus guadañas, de manera concienzuda, casi puritana se podría decir, mi vecino John Carr y otros hombres como él. El corte es bajo, el rastrojo muy corto, no más largo que un pulgar. No ha quedado una sola brizna de hierba sin segar y estoy seguro de que tampoco se han dejado ni una espiga de cebada. Ningún espigador se interpone en el camino del vecino John Carr mientras trabaja a menos que esté dispuesto a renunciar a su cuota de cerveza de las noches invernales. Por el contrario, lo mejor a lo que Brooker Higgs puede aspirar es a un corte ondulado. Siempre está cotorreando, con la cabeza levantada y mirando adonde no debe. Los arcos que traza con su guadaña son demasiado amplios. Y cuanto más los abre, más cereal pierde. En los lugares donde los tallos han crecido más, hasta la altura de la rodilla en ocasiones, la siega es un juego de niños. Al menos es lo único a lo que Willy Kip se puede enfrentar con su delicada espalda. Al observar su porción después de la siega da la impresión de que el campo haya sido víctima de una masacre tras la llegada de un grupo de jinetes que, inclinados desde sus sillas, se hubieran lanzado espada en mano sobre la cebada.
Parece que ha pasado una eternidad desde que estuve aquí por última vez con el amo Kent y el señor Quill. Entonces nombramos a nuestra Reina de la Cosecha y el amo dijo lo que siempre dice sobre «tan noble día», que sin importar la clase de la que cada cual provenga, todos nos beneficiamos por igual del espigueo: las familias que tan duramente trabajan, el ganado ajeno a todo, las ocas desagradecidas e incluso los cerdos. Sin embargo este año no dijo que los cerdos eran más importantes que el buey y el arado. Tampoco nos recordó que había que reservar este campo de cebada para plantar el trigo este invierno. No nos prometió que el pan llegaría como siempre después de la cerveza. Recuerdo haber pensado amargamente: «De modo que los sueños del amo no incluyen otro cultivo de cebada. Nuestra última cosecha llegó y se ha marchado». También recuerdo las palabras del amo Jordan: «Nunca más volveréis a necesitar el arado». En fin, ya veremos.
El marido de la señora Beldam ha tomado el control. A mí me toca ahora dirigir a los animales y azuzarlos para que avancen, dándoles golpecitos en sus rosadas orejas. Él sostiene las manceras del arado mientras clava con firmeza los pies en la tierra, inclinándose levemente hacia atrás en espera del siguiente tirón. Necesita encontrar un equilibro que incluya a los animales, la lanza y la misma tierra, y el hecho de hallarlo lo ennoblece: no había visto tanta pasión en su cara hasta este momento, ni tanta dignidad. Sabe lo que se hace cuando labra la tierra. Si alguien está observando en este momento —y espero que ese alguien sea la señora Beldam— tendrá la impresión de que está enfrentándose a los bueyes, no aprovechándose de su vigor, y sin duda parecerá que es él el más fuerte de los tres. Durante una sola jornada, este hombre trabaja un campo que está más cerca del cielo que de la tierra, está labrando las arenas del tiempo, abriendo surcos y crestas en la misma superficie de su ardua vida. Es obvio que tiene sus propias deudas que saldar. ¿No dijo el señor Quill que estos forasteros también eran fugitivos de las ovejas? ¿Exiliados de sus propias tierras comunales? Eso explicaría el entusiasmo del joven Beldam por comenzar. Hemos partido el pan juntos. Ahora él quiere desgarrar este suelo junto a mí. Liberaremos a los espíritus de la tierra. Dejaremos que sus pequeños diablillos respiren.
La clave para arar correctamente es la simetría, saber mantener una línea recta, una habilidad que nunca llegué a dominar. Señalo, al otro lado del campo, un roble cuya copa de forma cónica se alza sobre la línea de arbustos que delimita el comienzo de la vaguada. «Avanzaremos hacia esa zona con la primera línea de surcos», digo. Me alegra comprobar que incluso los bueyes levantan la cabeza y parecen seguir la línea imaginaria que acabo de trazar. La colocan justo entre sus cuernos. El roble es una especie de árbol bien conocida por su solidez. Por mucho que lo azote el viento, permanece inmóvil e impertérrito. Siempre puedes confiar en un roble. Te ayudará a seguir una línea recta con el arado para después poder contemplar durante el resto del año un agradable patrón a la vista.
El campo parece interminable desde donde estamos. Sin duda esta es una tarea que se nos escapa de las manos. Normalmente llevaría doce días ararlo, incluso contando con el equipo de cuatro bueyes y veinte hombres fornidos para guiarlos haciendo turnos. Pero sólo somos dos y no tenemos intención de rayar la perfección, tan sólo queremos llegar enteros al final del día. Lo único que pretendemos es dejar una estrecha marca sobre la tierra detrás de nosotros: primero campo abajo, después media vuelta al llegar al promontorio y de nuevo campo arriba. Sin embargo, haremos todo lo posible por marcar esta tierra con las más nobles y honestas cicatrices. Y si la buena fortuna nos sonríe, serán también rectas y orgullosas. La cresta central tendrá la altura adecuada y los dos surcos a ambos lados resultarán lo bastante profundos. «Esto será… provechoso para todos», le digo a mi compañero de fatigas con el deseo de entablar conversación. Pero él permanece en silencio. Tira de las riendas sobre su cabeza, con mano experta y gesto indiferente, las mantiene tensas alrededor del hombro derecho y bajo el brazo izquierdo. De nuevo azuzo a los bueyes. Comenzamos. Tres pasos y empezamos a abrir un estrecho cauce, dejando atrás la tierra rota.
No tarda en empezar a silbar. Su cresta y sus surcos sirven de canal para su tonada mientras seguimos avanzando por el prado. El silbido de un labrador es tan fuerte que ablanda los terrones y quiebra las piedras. Me siento tan bien que no puedo dejar de hablar. Le hablo de los muchos e interminables problemas de la última semana. Le hablo de Cecily y de Charles Kent, mi amigo de la infancia. Le digo lo valiente y decente que el señor Quill me ha demostrado ser. Los bueyes son criaturas nobles, le digo. Trabajan. Pero las ovejas «por lo que he oído» —¿cuál será su experiencia?— son bestias inútiles: «Tendremos que esperar por ellas como los esclavos por sus amos cuando llegue la primavera. ¡Como idiotas!». No estoy seguro de si me escucha. No deja de silbar. Los dos tenemos los labios ocupados esta tarde e intimamos gracias a esta comunión con la tierra. Cualquier cosa compartida tras los lomos de los bueyes es entrañable y fraternal. Seguimos avanzando hacia la vaguada y a continuación regresamos en dirección a la portilla del extremo más alto del prado. Las ruedas del arado se atascan a causa del barro. Tengo que limpiarlas cada veinte metros con una fuerte patada y, cuando esto falla, me agacho para hacerlo con las manos. Los grajos y los estorninos picotean en los húmedos surcos tras el paso del arado.
Le digo a mi ayudante que descanse durante la tarde después de haber limpiado las cuchillas, devuelto el arado a su sitio y soltado a los bueyes para que pasten a su antojo por donde quieran. Esta es una tarea que quiero acabar sin su ayuda. Transporto hasta el prado en el carretillo un saco de semillas de trigo para plantar en invierno y utilizo una pala y trozos de arpillera para seleccionar los granos más grandes para mis cestos. Sé que debería dejar que la tierra recién abierta descanse durante una semana aproximadamente, o al menos esperar hasta que la lluvia, que ya ha comenzado a dejar sus propias semillas en el suelo, termine de romperla. Pero no hay tiempo. En esta ocasión es necesario sacrificar las buenas prácticas. Dejo al marido de la señora Beldam descansando en un extremo de los rastrojos que aún quedan y comienzo a esparcir las semillas con las manos llenas, el más opulento regalo para la tierra. El granjero que hay en mí —sí, puedo alardear de eso— sabe que lo mejor para que esas semillas crezcan fuertes es aplastar los primeros tallos verdes que broten en el plazo de una o dos semanas. De ese modo el suelo se hace más firme y las plantas se agarran mejor a la tierra. El trigo, igual que los hombres y las mujeres, se beneficia del hecho de ser aplastado. Después de esa experiencia aprenden a mantenerse más firmes. Pero sólo disponemos de esta tarde para hacerlo, para llevar a cabo mi venganza, mi revancha de campesino, sobre Edmund Jordan y sus ovejas. Esta pequeña plantación de trigo será mi regalo de despedida. De modo que sigo caminando sobre estos surcos por última vez bajo esta vivificante llovizna y recibo como una bendición el que estas semillas sean regadas en el mismo instante en que caen de la palma de mi mano.
En el camino de regreso desde la vaguada, cuando me quedan menos de ciento cincuenta metros por recorrer y unos cincuenta puñados de grano en el cesto, la luz del día empieza a declinar. Me doy la vuelta para contemplar, más allá de los arbustos y del roble de silueta piramidal, el horizonte cada vez más oscuro y cubierto de nubes teñidas de gris y púrpura. Los escasos retales de azul que aún resisten pronto desaparecerán. La luz del sol apenas llega ya a nuestro campo, aunque en la zona más boscosa de nuestra tierra los rayos que aún sobreviven son lo bastante fuertes para iluminar las pálidas y desnudas ramas de las hayas, las raíces de los fresnos que afloran de la tierra fuertes como garras y los nudosos troncos de los olmos. A continuación desciende iluminando lentamente el terreno que se extiende desde la tierra comunal hasta el prado, como si estuviera buscando algo. Parece reacia a marcharse. Incluso alcanza algunas chimeneas y tejados antes de volver a ascender, impregnando de plata las nubes que, durante unos instantes, han de plantarle cara a la luz. El campo se tiñe de negro. De repente brilla fugazmente. Y un momento después, el día ha terminado. La llama de su vela ha sido apagada o alguien la ha empapado. Eso es todo.
La oscuridad es cada vez más profunda. De no ser por la lluvia, ahora podría estar caminando por la nave de alta cúpula de una catedral penosamente iluminada y coronada por nubes negras como el carbón. Este chaparrón carece de fuerza suficiente para durar. Pero de momento persiste. Las nubes soportaban demasiado peso como para llegar cargadas hasta este lugar. Casi puedo oír cómo suspiran aliviadas al soltar su lastre. Los surcos del campo de cebada se llenan de agua que drenan casi de inmediato. Parece como si las nubes intentasen que cada una de mis semillas obtuviera de una sola vez el suministro de agua que necesitan para todo el año. La tierra se vuelve viscosa. Salpica mis piernas, se pega a mis pies y su peso dificulta mis pasos. Ahora incluso caminar por ella es tarea difícil. Miro hacia el otro extremo del campo y agito la mano en dirección al lugar donde vi por última vez al marido de la señora Beldam. Incluso lo llamo, pero mis palabras son engullidas de inmediato por la lluvia y la oscuridad. Da igual, ya se habrá marchado. Después de estos últimos días estará más que harto de permanecer a la intemperie. Habrá ido a refugiarse al granero o a alguna de las casas. Por un instante me lo imagino en brazos de la señora Beldam, en la oscuridad, entre las herramientas y las ortigas. El cuerpo de ella está empapado y frío cuando se aferra a él.
Se me perdonará, creo yo, si me pregunto si soy el único ser vivo esta noche al que nadie abraza. Si no habrá otra alma en estos pagos dispuesta a abrazarme y a humedecer mi cuerpo. El día ha terminado y su luz ha dado paso a esta oscuridad. Me veo obligado a pasar esta última noche a solas, sin que nadie estreche estas manos frías y empapadas. No hay nadie a mi alrededor que levante su sombrero, como dice la tradición, cuando a causa de la paja y la humedad me viene el estornudo, una inesperada bendición para este prado. Pero mentiría si dijera que mi ánimo es tan sombrío y oscuro como estas nubes. Creo que de un modo extraño estoy emocionado. La labranza ha terminado. Las semillas han sido sembradas. Y los elementos me recuerdan que, llueva o haga sol, la tierra aguanta, la tierra resiste, la tierra perseverará por toda la eternidad. Su aroma es acre y punzante. Esto es felicidad.